San Juan Bautista

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martes, 27 de febrero de 2018

Neo-donatismo - Germán Mazuelo-Leytón




  En enero próximo pasado, el cardenal Zen, obispo emérito de Hong Kong, acudió a la Santa Sede para entrevistarse con el Obispo de Roma, encuentro durante el cual el purpurado le hizo entrega de sendas cartas de prelados y fieles de la Iglesia clandestina, advirtiéndole que tal acuerdo de unificación en desmedro de la Iglesia fiel, sería perjudicial para los católicos que -a pesar de las persecuciones y la cárcel- se han mantenido unidos a la Iglesia.


  Un acuerdo entre China comunista y la Santa Sede estaría listo y sería firmado en unas semanas. De finiquitarse éste, se pondría fin al cisma de 1957 cuando el comunismo chino organizó la llamada Iglesia patriótica, consagrando válidamente, aunque sin mandato pontificio, obispos y sacerdotes.


  Una de las consecuencias de tal capitulación, -similar a la acordada entre Napoléon I y la Santa Sede, cuando obispos fieles a Roma fueron forzados a presentar su renuncia al pastoreo de sus diócesis a fin de dar solución al cisma producido por la Constitución Civil del Clero- daría licitud a las ordenaciones episcopales y sacerdotales efectuadas por el sector obediente al gobierno comunista chino.



I.                 Cisma y herejía


  En el momento en que el gran Agustín de Hipona era consagrado obispo (395), la herejía donatista comenzaba a roer las entrañas del mundo católico. Muchos cristianos habían sido infectados por esa desviación herética, misma que dicha de una manera simple sostenía que la Iglesia visible está compuesta solamente de justos y santos y que los sacramentos son inválidos si son administrados por un ministro indigno.


  Recibe su nombre de Donato el Grande, su más fuerte defensor.


  Ideológicamente se deriva del error de los rebautizantes, cuya responsabilidad recae sobre Tertuliano, que, habiendo negado la validez del Bautismo de los herejes (dando la razón de que estando privados de la gracia no la podían transmitir a otros), encontró un fervoroso e inteligente campeón de su tesis en San Cipriano (+258), que se atrevió a pedirle al Papa Esteban I la confirmación de esta doctrina, recibiendo como respuesta el célebre principio «nihil innovetur, nisi quod traditum est»Nada de innovaciones, sólo la tradición»).


  Los donatistas, siguiendo la trayectoria de las ideas de los dos escritores africanos, llevaron la teoría a sus consecuencias últimas: si los herejes no pueden bautizar válidamente, porque están privados del Espíritu Santo y de su gracia, de la misma manera se ha de estimar la condición de los pecadores: estando ellos también privados de la gracia, no pueden, por lo mismo, transmitirla a través de los ritos sacramentales[1].


  Como tantas veces sucede en los que el herético quiere superar al heresiarca, y, el discípulo supera al maestro: parvus error in principio fit magnus in fine («Un error pequeño en el principio se convierte en grande al final)», el donatismo «apoyado por el celo fanático de los circumceliones e ilustrado por escritores no faltos de ingenio (Parmeniano, Ticonio, Petiliano, etc.) se extendió y consolidó tan profundamente que llegó a poner en grave peligro la existencia del catolicismo en el Africa romana. Ni la repetida intervención imperial, ni la brillante polémica sostenida por San Optato Milevitabo consiguieron doblegar el ánimo de los rebeldes. Sólo a principios del siglo V, con el apoyo del Imperio, la lógica cerrada y la caridad conquistadora de San Agustín consiguieron zanjar el cisma secular y poner en claro el principio católico, según el cual: 1) La Iglesia militante no es la sociedad de los Santos sino un “corpus permixtum” de buenos y de malos; 2) los Sacramentos traen su eficacia de Cristo y no de los Ministros, por lo que son “sancta per se et non per homines”»[2].


  Cuatro herejías combatió San Agustín:
•        el escepticismo (384-386);
•        el maniqueísmo (387-400);
•        el donatismo (400-412);
•        el pelagianismo (412-430).


  El Obispo de Hipona combatió al escepticismo como filósofo, al maniqueísmo y pelagianismo como teólogo, y al donatismo como obispo.


  Gracias a su celo, saber y santidad, San Agustín demostró que los donatistas estaban equivocados. Explicó que los sacramentos eran válidos y eficaces incluso cuando los administra un ministro indigno, porque Cristo es el verdadero actor de los sacramentos. Además afirmó el Obispo de Hipona, que la misericordia y el perdón podían concederse a todos los pecadores arrepentidos, incluso a los «traditores».


  La controversia donatista es una parte importante de la historia de la Iglesia, a menudo descuidada, ya que pone en duda no sólo su autoridad, sino la validez de los sacramentos.



II.              Donatismo moderno


  Ha surgido por una parte un integrismo donatista que se manifiesta en la actualidad en el ataque a la Iglesia como instrumento de poder, dominio y privilegio, y a la religión como una superestructura clerical de la vida religiosa contra los pobres y los humildes.


  Se pueden señalar diversas manifestaciones del neo-donatismo que llevan al arquetipo donatista de la no creencia:

•        la invención de la era constantiniana;
•        las comunidades de base;
•        los sacerdotes obreros;
•        las marchas pacifistas;
•        el primado de la ortopraxis sobre la ortodoxia;
•        la teología de la liberación;
•        la opción preferencial por los pobres;
•        la religión se convierte en ancilla revolutionis: se subordina toda afirmación de fe o de teología a la política;
•        el neo-donatismo actual puede presentarse atenuado: la Iglesia se considera como una sucursal de la cruz roja en su labor puramente filantrópica y social;
•        se ve a la Iglesia no como una madre que debe ser amada, sino como una prostituta que debe ser redimida (cfr. el meaculpismo actual)[3]


  Por otra parte, aunque el nuevo rito de la Misa, efectiva y objetivamente, favorece el error y la herejía, ello no elimina en sí mismo la Presencia Real de Jesús en la Hostia consagrada. Hay quienes afirman la invalidez de la consagración en el Novus Ordo, problema que no puede existir, porque se ha mantenido la sustancia de la forma del Sacramento. Otra cosa son los abusos litúrgicos que se dan a diestra y siniestra.


  Ergo, muchos fieles se enfrentan a la disyuntiva de participar del Santo Sacrificio de la Misa en el nuevo rito -al no poder acceder a la Misa Tridentina- o no participar de la Misa, como dijo alguien dejándolos de esta manera a expensas del mundo, el demonio y la carne.


  Si alguno dijere, que por los mismos Sacramentos de la nueva ley no se confiere gracia ex opere operato, sino que basta para conseguirla la sola fe en las divinas promesas; sea anatema[4].


  No es el ministro o un determinado Instituto al que pertenece el ministro, quien confiere la eficacia al Sacrificio de la Misa o a los sacramentos, Cristo es el Ministro Principal de los sacramentos.


  «Cristo fundó su Iglesia jerárquica y le confió el ministerio de aplicar la Redención, la Iglesia actúa por medio de sus legítimos ministros. Independientemente del estado de gracia del ministro que actúa es la propia Iglesia quien engendra nuevos hijos de Dios, es Cristo mismo quien bautiza, quien ofrece su Sacrificio al Padre»[5].


  Pío XII enseña en la encíclica «Mystici Corporis» (1943): «Cuando los sacramentos de la Iglesia se administran con rito externo, Él es quien produce el efecto interior en las almas»; «Por la misión jurídica con la que el divino Redentor envió a los apóstoles al mundo, como Él mismo había sido enviado por el Padre (cf. Juan 17, 18; 20, 21), Él es quien por la Iglesia bautiza, enseña, gobierna, desata, liga, ofrece y sacrifica».


Germán Mazuelo-Leytón


Nacionalismo Católico San Juan Bautista


[1] Cf.: PARENTE, PIETRO, Diccionario de teología dogmática.

[2] Ibíd.
[3] Cf.: Principales aportaciones agustinianas para la teología católica.

[4] CONCILIO TRIDENTINO, canon 8, Sesión VII.
[5] SAN AGUSTÍN DE HIPONA.



lunes, 26 de febrero de 2018

Las tres fases políticas – Guillermo Gueydan de Roussel





LAS TRES FASES POLÍTICAS

     Comenzaré este estudio por un acto de fe, confesando que todo po­der viene de Dios: "Dios, dice el Eclesiastés, ha dado a cada pueblo un gobernante”. (1) San Pablo ha confirmado esta verdad, cuando dijo a los romanos que el príncipe es el ministro de Dios para favorecerlos en el bien (2). Un gobierno que no está fundado sobre este acto de fe, no es un gobierno cristiano. El manual de política redactado por Bossuet para la instrucción del hijo de Luis XIV, de quien era preceptor, fue titulado La política según las palabras de las Sagradas Escrituras, y comienza por estos términos: "Dios es el rey de los reyes". De esto surge, como lo ha observado Donoso Cortés, que "toda gran cuestión po­lítica supone y desarrolla una gran cuestión religiosa”. Esta observa­ción fundamental no ha escapado a ningún hombre serio (3). Proudhon mismo ha dicho "que era sorprendente de que en el fondo de nuestra política nosotros encontramos siempre a la teología" (4). Y Blanc de Saint Bonnet ha expresado la misma verdad diciendo que "las naciones han sido educadas por sus religiones como los hijos por sus madres(5). No puede separarse la historia de las creencias religiosas de un pueblo y la historia de sus instituciones. Más aún, cada régimen político refleja las tendencias de la religión dominante en su época. Muchos auto­res han señalado la analogía que existe entre la monarquía hereditaria y el teísmo cristiano, la aristocracia y el luteranismo, la democracia y el calvinismo, el estatismo moderno y el deísmo, el capitalismo y el puri­tanismo, el socialismo y el pietismo. No se separa la Iglesia y el Estado.

     Estas consideraciones sobre la política no están inspiradas en Aris­tóteles y en su clasificación cuantitativa de las formas de gobierno; mo­narquía y poliarquía. La sociedad cristiana no está fundada en reglas aritméticas, pero sí en la teología. Para el teólogo, el hombre y por extensión la sociedad han sido creados a imagen de Dios, a imagen de las tres personas de la Santísima Trinidad. Hasta fin del siglo XVI, los cristianos han proclamado que ninguna dominación debía fundarse mas que en la imagen de Dios: non fundatur dominium nisi in imagine Dei. Bacon de Verulam mismo ha repetido esta máxima en su “Diálogo sobre la guerra santa", en 1622. La sociedad fundada a imagen de Dios era por consiguiente una en tres personas, pero cuando el hombre, a partir del Renacimiento, se consideró a sí mismo como la imagen del mundo, se redujo a una unidad aritmética, y la sociedad se transformó en unitaria. Fue entonces que los Socinianos, llamados Unitarios, negaron la Trini­dad.

     Bajo el “Ancien Régine”, la sociedad estaba dividida en tres órde­nes. El clero decía: “Yo rezo por los tres órdenes”; la nobleza decía: “Yo combato por los tres órdenes”; y el estado llano decía: “Yo trabajo por los tres órdenes”. Era la imagen del Cuerpo Místico de Cristo: la Iglesia que combate presentando una mano a la Iglesia que sufre y dando la otra a la Iglesia que triunfa. La unidad de esta sociedad fue simbolizada por un árbol en el que la cima toca al Cielo, donde las raíces están ligadas a la tierra, y donde el tronco forma la unión entre el Cielo y la tierra. Las raíces aportan al árbol entero los alimentos terrestres; las hojas los alimentos celestiales comunicándole los buenos efectos del sol y del aire; el tronco y 'las ramas le dan su forma y mantienen su orientación hacia el Cielo. Entre los tres órdenes existía una estrecha colaboración dirigida hacia un fin sobrenatural: Dios. En tanto que el árbol social ha estado orientado hacia Dios, su origen y su fin, el Alfa y el Omega, no ha estado amenazado por las revoluciones y las luchas de clases, estos castigos que Dios envió a las sociedades cuyo tronco está podrido, cuyas ramas y hojas caen por tierra, y cuyas raí­ces no llenan más sus funciones sociales.

     Una sociedad, que ha perdido de vista su fin sobrenatural, puede compararse a los restos de un naufragio tirados por la costa. Los sobre­vivientes, después de un momento de pánico, se aproximan poco a poco al imponente esqueleto a la búsqueda de los despojos. Unos se apoderan de los objetos de arte y de los instrumentos de abordo, otros se proveen de armas y de provisiones amontonadas en la bodega, otros en fin se con­tentan con recoger las tablas dispersadas por la arena para hacer fuego. Sin embargo habrá posiblemente uno entre la masa, que no habiendo tomado nada entre sus manos, se irá llevándose lo principal: él habrá recogido la idea de la gran cosa inerte convertida en juguete de las olas y, gracias a la idea, este espectador ideal, que sus contemporáneos han llamado santo o poeta, podrá realizar o por lo menos inspirar una obra nueva marcada por el fuego de la idea.

     Las sociedades desorientadas se parecen a un barco desamparado, encallado en la costa. Ellas ofrecen a unos juegos y diversiones, otros se pelean alrededor de sus despojos y, cuando todo parece haber des­aparecido de la superficie, resuena de golpe la voz de Dios y la voz de los muertos ante la estupefacción de los vivos. Uno no sabría insistir demasiado sobre el rol de la inspiración en política. Todas las grandes dinastías reales han sido fundadas o mantenidas por hombres unidos a Dios por una estrecha comunión, santos y santas. "Con santos y bár­baros se funda una civilización”, ha dicho Blanc de Saint-Bonnet (6). Recordemos a San Guntrano, primer rey franco de Borgonia; a Santa Clotilde, esposa de Clovis, séptimo rey de Francia de la dinastía de los Merovingios considerado el verdadero fundador de la realeza francesa; a San Carlomagno, décimo rey de Francia, primer rey de Italia y primer emperador de Occidente y de Alemania; a San Enrique, décimo empe­rador de Alemania y a su esposa Santa Cunegunda; a San Fernando, décimo rey de Castilla; a San Dionisio, sexto rey de Portugal y a su mujer Santa Isabel; a San Esteban y a San Ladislao, primer y noveno reyes de Hungría; a San Eduardo, décimotercero rey de Inglaterra; a San Canuto, undécimo rey de Dinamarca, y a tantos otros príncipes y princesas que han ilustrado las casas reales por sus virtudes y han sido elevados a los altares.

     En esta trilogía política pasaré sucesivamente vista al "combatien­te”, personaje principal de una categoría política que llamaré agonal, al "jugador”, que es el actor principal de la política-juego, y al "testigo” de la inspiración divina, que abre la era de la política metafísica o metapolítica, como la ha llamado Joseph de Maistre. Cuando uno lanza una mirada sobre la historia de los pueblos cristianos, se ve el poder ocupado sucesivamente por cada uno de estos tres personajes, héroes, jugadores y testigos, y cada uno de ellos da a la política de su época un carácter, costumbres y reglas completamente distintas. No es siempre fácil decir cuando comienza una fase política y cuando otra se acaba: la risa de los jugadores se mezcla con los gritos de guerra de los héroes y nadie sabe exactamente en qué momento triunfa la inspiración. Pero las va­riaciones políticas siguen una evolución invariable que será objeto de un último capítulo.


I - POLÍTICA AGONAL

     La política agonal precede a la política-juego y ocupa, en la historia de los pueblos, un período mucho más largo que ésta última. En la Ciudad Antigua, como lo mostró Fustel de Coulanges, la política está fundada en la religión hasta el día en que el interés público (res publica) se convirtió en el único principio de gobierno. Este período, que se extiende, en Grecia, hasta la aparición de los estrategas, y, en Roma, hasta el tribunal, fue una época de la política agonal. En Europa, las nociones de interés y de utilidad pública no son desarrolladas sino a partir de la Reforma.

     La política agonal está caracterizada por la ausencia de elementos propios de la política-juego. Ella no conoce espectadores, sino única­mente actores, pues una comunidad política fecunda y viviente exige el concurso de todos sus miembros. No se encontrará tampoco a los auxiliares de los espectadores, tales como los periodistas, reporteros, tribu­nos, demagogos y árbitros. El pueblo no está dividido en partidos o en clases, que representan las necesidades materiales, él está por el con­trario unificado según sus funciones en un solo cuerpo, semejante al hombre que posee un alma, un corazón y miembros. Las reglas aritmé­ticas no son aplicables a este cuerpo. Leemos en efecto en la Biblia que David queriendo proceder a la enumeración de los hombres capa­ces de tomar las armas, fue disuadido por su consejero Joab con las siguientes palabras: "Que el Señor aumente el pueblo del rey mi señor hasta un céntuplo de lo que es. ¿Pero qué pretende el rey mi señor por tal enumeración? ¿No es bastante que sepáis que todos son vuestros servidores? Que más buscáis, y porqué hacer una cosa que volverá pecador a Israel(7).

     El poder legislativo, que la política-juego ha creado para satisfacer la ambición de los espectadores y justificar el mito de la soberanía po­pular, está unido durante la política agonal al poder ejecutivo. Es él quien promulga las leyes de origen concreto y no abstracto, que son la expresión de la voluntad divina y no el resultado de las pasiones popu­lares. Como decía Aristóteles, "la inteligencia sin pasión es ley
(8).

     El jefe del gobierno es responsable delante de Dios, el verdadero creador y soberano de toda sociedad humana. Si este jefe no ratifica su mayor responsabilidad ante Dios, si él obedece a una facción del pue­blo o a una organización internacional, no hay más política agonal.

     Por último la lucha, en política agonal, es siempre dirigida contra el enemigo exterior. Esta es una "lucha contra”. La historia nos muestra al Papa Urbano II tomando la iniciativa de la guerra santa con la in­tención manifiesta de poner fin a las luchas intestinas que amenazan al orden agonal cristiano: "Y ellos se convertirán en soldados, decía, ellos, los que a su tiempo, fueron bandidos; ellos combatirán legítima­mente contra los bárbaros, ellos que se batieron contra sus hermanos y primos; y merecerán la recompensa eterna, ellos que se levantaron como mercenarios por un poco de dinero" (9). Los bandidos y los mer­cenarios no pueden en efecto estar comprometidos en la lucha agonal: "La causa de esto, nos dice Maquiavelo, es que ellos no tienen otro amor ni otra ocasión que las que tienen en el campamento por un pequeño salario (10).

     El héroe, que personifica la lucha agonal, es un hombre desintere­sado, temeroso de Dios y sin rencor. Él sabe que tiene su victoria de Dios, y combate bajo la mirada de Dios, no bajo la mirada del público. La foto, el cine, la televisión, que usurpan de alguna manera esa mirada de Dios, y la reemplaza por la mirada del hombre, hacen imposible la existencia de héroes. Ellos desvían su acción hacia un fin material, sen­timental o comercial. "Los ojos de los insensatos miran la tierra”, dice en los Proverbios (11), y provocan la aparición de héroes románticos o técnicos. Todo lo que desvía el gesto de los héroes de su verdadero fin para ofrecer un espectáculo a los terceros es incompatible con el heroísmo, incompatible con la política agonal.


II – POLÍTICA-JUEGO

     Es indispensable antes que nada precisar la noción de juego. El jue­go posee dos significados muy diferentes según la edad de los sujetos: en los niños, él aparece como una forma del instinto, mientras que, en los adultos, y sobre todo en los viejos, es el residuo inconsciente del acto cumplido. Mowgli "como hijo de leñador heredó toda suerte de ins­tintos, y le gustaba ponerse a fabricar pequeñas cabañas con ayuda de las ramas caídas, sin saber porqué...(12). Los juegos de la infancia son generalmente las manifestaciones rudimentarias de una fuerza crea­dora en vías de desarrollo. Bergson ha dicho justamente que todos los juegos de los niños son los ejercicios preparatorios a los cuales la na­turaleza los invita en vista de la labor que incumbirá al hombre for­mado (13). Los juguetes fabricados en serie dejan a los niños indife­rentes; las reglas no responden jamás a sus necesidades y parecen contrariar en ellos algún misterioso movimiento interior; en fin los sentimientos de ser observados por terceros los turban. Estos tres ele­mentos —medios técnicos, reglas preestablecidas y público— componen en lo posterior la parte esencial de los juegos del hombre adulto.

     Esta evolución no tiene nada de sorprendente: en el hombre que ha pasado el período de formación, el juego deja de servir al instinto para satisfacer la memoria del hecho cumplido. "Cada uno de nuestros actos de ayer parece llamarnos hoy(14); la necesidad hace lugar a la costumbre y el azar sustituye lentamente a la voluntad. El juego se con­vierte en el recuerdo de nuestros actos, la reproducción artificial del movimiento, un fantasma de acción. Cada edad, cada clase social, cada estado, cada pueblo, cada época tienen sus juegos predilectos, donde el origen se explica por la historia de las sociedades que los practican. Los financistas juegan al bridge o a la ruleta, los diplomáticos y mili­tares al ajedrez, los aventureros a los juegos de azar, y todos los juegos constituidos por la rivalidad y la oposición de dos campos adversos gustan siempre a un pueblo educado en la lucha de clases y partidos.

     La política-juego está caracterizada por la presencia del espectador. Los tiempos modernos han visto a este personaje ocupar un lugar cada vez más importante en la sociedad cristiana. Él aparece en el siglo XVI después que la autoridad y la unidad de la Iglesia fueron batidos en retirada por el Renacimiento y la Reforma: los cristianos comenzaron entonces a mirar alrededor de ellos con inquietud y curiosidad, como viajeros sorprendidos por un accidente. Ellos deseaban ver, porque no creían más. El mundo se les apareció como un teatro y la vida humana como una comedia. “¿Qué es la vida? —Una comedia”, ha dicho Eras­mo (15). Es así que muchos de ellos se transforman en espectadores: espectadores del cielo, con Galileo, espectadores del mundo, con Des­cartes (16) y los rosacruces (17), espectadores del príncipe, con Maquia velo y los políticos (18), espectadores del hombre, con los moralistas (19), y espectadores del pasado, con los románticos del siglo XIX.

     Uno de los principios fundamentales de toda política es la lucha. Ahora bien, cuando la lucha deja lugar al espectáculo de la lucha, la po­lítica-juego entra virtualmente en acción. El espectador es sentado sobre el trono. La opinión se transforma en reina (20). El hombre de Estado no es más que un comediante. Karl Marx ha dicho que el “moderno Ancien Régime no es más que la comedia inspirada en un estado social donde los verdaderos héroes han muerto(21). El teatro ha seguido una evolución parecida: aparece en sus orígenes como una gesta religiosa en la cual toda la comunidad toma parte; con la introducción del espectador, cesa poco a poco de ser una acción para transformarse en una representación fictiva.

     Yo dije que el espectador es un hombre que ha perdido la fe; la política-juego la ha reemplazado. Donoso Cortés tenía razón, cuando ha­blaba de la baja del termómetro religioso que apareja la suba del ter­mómetro político. Es en efecto con la disminución de la fe que aparecen los mitos políticos. Cuando el derecho divino de los reyes comienza a caer en descrédito, en el siglo XVII es cuando nace el concepto de la soberanía — soberanía absoluta del rey o soberanía popular que no tie­ne límites ni en el cielo ni en la tierra. "Cuanto más terreno pierde la fe, más gana la ley”, observa muy juiciosamente Agustín Cochin (22). No teniendo más la fe, el espectador se coloca en el exterior de la co­munidad para salvaguardar sus intereses privados. Él se separa de ella, como la ciencia se separa de la fe en la misma época. Él construyó un edificio nuevo sobre bases científicas, pues no tiene más entera confianza en lo antiguo. En política, él construye una sociedad artificial y un pa­raíso terrenal: es el objeto de la "Ciencia política". Por Augusto Comte y Proudhon, esta turbación representa un progreso y, con el apoyo de esta pretensión, estos "filomitos” proclamarían la famosa ley de los es­tadios: "Religión, filosofía y ciencia; la fe, el sofisma y el método; tales son, escribía Proudhon, los tres elementos del conocimiento, las tres etapas de la educación del género humano(23). La política ha seguido, en efecto, estas tres etapas. Ella ha tenido primeramente como meta la guía de los hombres hacia su salvación eterna —etapa religiosa—; después se ha hecho una filosofía —, Bodine habló, ya en 1577, de los "sagrados misterios de la filosofía política” — ¡finalmente fue bauti­zada ciencia: "La política se transformará en una ciencia positiva", profetizó Saint-Simón; en 1825 (24). En esta evolución, yo busco vana­mente un progreso. Los demonios también tienen la ciencia sin la cari­dad, como dijo San Agustín, y ellos no son sin embargo superiores a los ángeles. Yo no veo en esta evolución más que el pasaje de la política agonal a la política-juego, cuyos caracteres esenciales expondré a con­tinuación.

     El juego nos da la más completa ilusión de la libertad, leemos en la Gran Enciclopedia. Es el dominio de la ficción por excelencia. Un filó­sofo del siglo XVIII, que compuso un “Tratado del juego" (25), observó que las condiciones esenciales del juego son la libertad y la igualdad. Todo el mundo, en efecto, toma parte en el juego con derechos iguales y chances en principio iguales; y cada uno es libre de dejar el partido cuando tiene ganas. De aquí nace la concepción del “Contrato social”.

     La Declaración de los derechos del hombre ha introducido en la política las grandes ficciones propagadas por los filósofos del siglo de las luces, y ha abierto la era de la política-juego. Por otra parte la Cons­titución ha fijado las reglas. El Estado es la máscara detrás de la cual se esconde el poder para no espantar a los jugadores. El poder legisla­tivo representa a los espectadores y acomoda el juego a su fantasía. Las leyes tienen la reputación de dar carta abierta en los ciudadanos a la ilusión de la libertad, sustrayendo al hombre del poder del hombre: cub lege libertas. El poder ejecutivo tiene por misión hacer durar el juego lo más posible; él debe quedar absolutamente imparcial y neutro frente al vencedor: es el árbitro irresponsable. El ejército que no pue­de ocultar su carácter esencialmente agonal, es siempre sospechoso en la política-juego. En fin, la policía tiene por mira impedir al público intervenir activamente en el juego. La única pasión permitida al público es en efecto la pasión del juego (26). Él tiene el derecho de expresar li­bremente sus opiniones y de hacer la crítica. La libertad de prensa es sagrada en política-juego, porque ella es la válvula de seguridad de las pasiones populares: ella conserva a la lucha su carácter artificial. En política internacional hay grandes Estados que hacen luchar a los más chicos para librarse de armas o hacer triunfar los “principios”. Ellos arreglan también el derecho de arbitraje y encargan a los otros Estados aplicar las sanciones. Esto es lo que se llama, en la política-juego, in­ternacional “pacifismo”.

     El secreto es también una característica del juego. La mayor parte de los juegos reconocen a los participantes el derecho de esconder su juego. Desde que el secreto, el cálculo' y la disimulación intervienen en materia política, ésta última tiende a aproximarse al juego. La política- juego ofrece naturalmente un vasto campo de acción a las intrigas de las sociedades secretas, cuyo rol se ha desenvuelto preponderantemente en el siglo XVIII.

     El efecto principal de la política-juego es el de vaciar la noción primitiva de lucha y desviarla de su fin natural que es la victoria del combatiente. Podemos aplicarle este juicio de Tito Livio: Ostentare hoc est; non gerere bellum". Uno de los caracteres del juego, según Santo Tomás, es el de no estar ordenado hacia ningún fin (27). Es el especta­dor el que fija el objeto de la lucha y lo impone al combatiente; éste último no es más que un campeón, es decir un hombre que lucha por la causa de otros. Hoy el campeón ha derivado en un técnico: Si se rehúsa luchar por el objeto fijado por el espectador, es descalificado; se lo coloca fuera del juego y se lo pena. Esta “lucha por", que reem­plaza a la lucha agonal, tiene generalmente por objeto nociones abstrac­tas, las cuales no tienen ninguna relación con la lucha empeñada: son el derecho, la justicia, la dignidad humana, la civilización, la democra­cia, el progreso en la paz. Alexis de Tocqueville ha pasado revista a los tipos humanos que se agitaban en la política durante el año 1848, y él hace el retrato siguiente del campeón de la política-juego: “Cerca de él he visto otros que, en nombre del progreso, se esfuerzan por mate­rializar al hombre, queriendo tomar lo útil sin ocuparse de lo justo, la ciencia lejos de las creencias y el bien separado de la virtud: he aquí, se dice, los campeones de la civilización moderna. . . (28). La “lucha por” representa la victoria del campeón secundaria y la paz inútil: no hay más que una ganancia, un beneficio, que es siempre en pro del espec­tador.

     La ausencia de victoria, la introducción del secreto y la importan­cia atribuida al azar quitan a la lucha todo valor moral. La lucha deriva en su propio fin y dura tanto tiempo como dura la política-juego. Es un círculo vicioso. El juego es, por otra parte, generalmente acompa­ñado de la representación del círculo, testigo las arenas, los teatros, los circos, los estadios, los autódromos, los hipódromos, las calesitas, los círculos de jugadores, etc.... En la época de la Revolución francesa se representaba la ley como el centro de una circunferencia ideal for­mada por los ciudadanos (29). Esta ausencia de objeto moral y religioso tiene algo de diabólico. La Biblia dice: “In circuitu impii ambulant(30): cuando el hombre toma el lugar de Dios, él gira en un círculo. “Los errores políticos no son más que los errores teológicos realizados”, dijo con razón Blanc de Saint-Bonnet.

     El color es el signo distintivo del juego. Los palos y los brazaletes sirven para distinguir a los adversarios. Los instrumentos del juego son abigarrados. Los colores les dan un carácter convencional e inofensivo. Es con este mismo objeto que se pintan de colores vivos los juguetes de los niños. Esto es tan verdadero que nosotros atribuimos instinti­vamente a los animales multicolores, atigrados o manchados, un tempe­ramento de jugadores: la mariposa, el loro y el gato, aparentemente como seres inconstantes, burlones y propensos al juego. El pavo real es vanidoso y fatuo. El gallo (31) orgulloso, el camaleón inconstante. Al contrario el águila, el cisne, la paloma, el armiño, el león, el ciervo, el elefante son los animales nobles, como el lirio, el edelweiss y la rosa lo son en el reino vegetal.

     En política-juego los colores sirven de señales y reemplazan a los símbolos de la política agonal. Remarquemos al pasar que un símbolo pintado no tiene más valor simbólico y trascendental que una enseña de restauración, que es generalmente pintada. Nunca se pinta un símbolo. Para manifestar su hostilidad a la atención de un personaje histórico, el pueblo revoca sus estatuas. El 17 de julio de 1789, Luis XVI, por con­sejo de La Fayette, unió los colores de la ciudad de París (32) a la escarapela blanca que llevaba en su sombrero, y Mirabeau saludó esos tres colores con el nombre de “libreas de la libertad”. El rey se con­virtió entonces en la víctima de la política-juego, y los realistas no han llegado jamás a restablecer la bandera blanca, símbolo de política agonal. “El encarnizamiento de los legalistas tendiendo a conservar tres colores en nuestra enseña anuncia un profundo desprecio por una nación que creen capaz de apasionarse por tales puerilidades”, constató De Bonald. Los colores sin símbolo son en efecto las señales de la política-juego, y esto último es evidentemente pueril. Todas las repúblicas creadas artificialmente para favorecer el juego de las sociedades secretas, como Austria, Bulgaria, Yugoslavia, Checoslovaquia y Rumania no llevan más que colores en los pabellones.


III – POLÍTICA METAFÍSICA
  
     La política-juego, que precede siempre a la política metafísica, sub­siste solamente durante el tiempo en que ella es capaz de mantener en vigor la regla del juego. Tan pronto como la ley no rige más, la Cons­titución es sometida al capricho del poder, el espectador deja la tri­buna para descender a la escena política, el juego termina. La desapa­rición del espectador es el indicio más seguro del fin de la política-juego.

     Sin espectador no hay más juego (33), no hay más árbitros neutros, no hay más jugadores profesionales disfrutando de la inmunidad parlamen­taria. Desde que todo el mundo se convierte en actor, el pueblo no necesita más representantes; él está presente en todo. Los colores, que la política-juego ha izado al mástil son entonces reemplazados por el color único.

     Todo aquello puede llegar más rápidamente y casi simultáneamente en un país. Por otra parte una política, que ha adoptado las marcas del juego, no dura jamás mucho tiempo sin pasar por la tercera fase de la política metafísica. Este pasaje es siempre acompañado por actos de violencia. Como decía Pascal, "el último acto es siempre sangriento, por más bella que sea todo el resto de la comedia”.

     La política metafísica no es más una lucha de hombre a hombre, como la política agonal, ni una lucha convencional, como la política- juego, sino una lucha de ideas encarnadas en los hombres, y represen­tadas por los símbolos. Al portador de la idea se le llama testigo. El testigo es el personaje principal de la política metafísica. Es la medida humana de la idea, en tanto que el campeón no es más que la medida humana de la materia. Es un abuso del lenguaje hablar de mártir del aire, mártir del mar, mártir del frío, mártir de la ciencia, etc., El testigo no recurre ni a los medios técnicos, ni a la astucia, él no se somete a reglas preestablecidas, ni lleva colores, sino solamente un símbolo. El símbolo es el uniforme de guerra de la idea, cuando ella desciende a la liza para combatir a otras ideas. Él es inmaculado, es decir, sin manchas.

     Más el testigo es desligado de la materia, él contribuye eficazmente al triunfo de la idea de la que es portador. "Yo creo en los testigos que se hacen degollar”, dijo Pascal. "Detrás de todos los acontecimientos, observa Bernanos, hay un hombre que se ha decidido a morir" (34). La muerte es en efecto el desligarse de la materia empujada a su último límite. La política-juego es esencialmente materialista y no puede sufrir la efusión de sangre que denuncia una presencia espiritual. Ella es pa­cifista en lo exterior y, en lo interior, ella no admite más que el acci­dente en el que las víctimas son escrupulosamente indemnizadas en di­nero, a fin de sacar a la sangre derramada todo valor espiritual. La política metafísica es, al contrario, fundada sobre el valor del sacrificio. “Cuando dos partidos se pelean en una revolución, observó Joseph de Maistre, si vemos a un lado esas víctimas preciosas, se puede juzgar que ese partido terminará por vencer, pese a todas las apariencias en contrario(35). Como se ve, la victoria del testigo es en realidad el triunfo de la idea, de la que el testigo no es más que el cuerpo, la medida y el instrumento. Ahora bien la idea triunfa siempre por la vía de la rever­sibilidad, pasando de los muertos a los vivos.

     La migración de las ideas se cumple según un procedimiento tan invariable como la reproducción física. Si el grano no muere, la planta no germina. “Veritas moriendo declarata est, non occidendo” ha dicho San Agobardo. El verdadero vencido, en política metafísica, no es el que muere, sino “el heredero de los instintos del hombre que él ha matado”, según una expresión brillante de Villiers de l'Isle-Adam (36). Todo el mundo se acuerda de esta frase profètica de San Juan: “Ellos mirarán a Aquel al que han matado(37). Los antiguos, que conocían los efectos de la reversibilidad, decían: Et saepe victor victus”. Es porque los atenienses estimaban que, para vencer a un pueblo hacía falta atraer el favor de los dioses. Los griegos y los romanos elevaban los templos a las divinidades tutelares de las ciudades conquistadas, y manifestaban por este gesto que por encima del pueblo vencido había un poder su­perior delante del cual las armas debían inclinarse. Era lo mismo bajo el Ancien Regimelos soberanos de Europa, como lo ha observado De Maistre, se servían del hombre suavemente, y todos, conducidos por una fuerza invisible, evitaban golpear sobre la soberanía enemiga con alguno de sus golpes que podían rebotar (38). Hoy las guerras no son más con­ducidas según los principios de la prudencia antigua, y esto es así por­que todos los golpes “rebotan"; el vencedor es el heredero de las pa­siones del vencido; es el verdadero vencido. No hay más vencedor y, por lo tanto, no hay más paz. Cuando Dios no es más el lazo de unión de la sociedad, la guerra es perpetua, guerra de nervios, guerra de todos contra todos, homo homini lupus. Ahora bien, es menester que la paz convencional de la política-juego pase por este estado de guerra perma­nente para que la política metafísica triunfe.

     El color cabal testigo es el rojo. Es el color del sol poniente. Pero es también el de la aurora. Todo lo que termina, como todo lo que comienza a despuntar —la noche como la mañana, el otoño como la primavera, la muerte como el nacimiento— lleva el color de la sangre. La humanidad ha nacido con Adán, que en hebreo significa rojo; ella ha nacido una segunda vez con Jesucristo que, antes de morir, fue re­vestido del simbólico manto escarlata, y finalmente ella desaparecerá con el fuego, como lo anunció San Pablo.

     La política metafísica, que se señala por el triunfo del color único rojo sobre los colores múltiples de la política-juego, es a la vez el cre­púsculo y la aurora (39). El lábaro de Constantino, que era una cruz de la que pendía una bandera roja de forma cuadrada, anunciaba a la vez el crepúsculo de los dioses paganos y el triunfo de los mártires de Cristo. Es con la bandera roja que Constantino ha realizado la unión de Oriente y Occidente, y ha creado la primera monarquía universal cristiana. El oriflama rojo de San Dionisio flota a su turno sobre las primeras pági­nas de la historia de Francia. Como el lábaro, él siguió un período de anarquía, y, como el lábaro, él anuncia el tiempo del símbolo: la cruz con Constantino, y, la flor de lis con Luis VII: este rey adopta en efecto oficialmente la flor de lis en 1180, después que su padre, Luis VI, enarboló el oriflama por primera vez.

     El rojo acompaña siempre los grandes cambios en el orden político y social. No es un azar si la bandera roja flota sobre todas las revolu­ciones, después de la de 1848, donde ha estado a punto de reemplazar a la bandera tricolor en Francia. Pero el rojo no es más que un color de transición: es la prueba de fuego. Así el pasaje del Mar Rojo ha abierto al pueblo hebreo un nuevo período de su historia. El verdadero signo del orden nuevo, es el que sale, por así decir, de entre cenizas con un brillo nuevo: son las Tablas de la Ley salientes del Material Ardiente; es la cruz; son los lirios. Y ese símbolo es incoloro, como todo lo que es purificado por la llama. A veces es también el amarillo, como el oro que sale del cristal: en heráldica, el oro y la plata no son colores. La coraza de los mártires es blanca (40), el santo sudario es blanco, y el pendón de Juana de Arco, que se transformará, después de Carlos VII, en la bandera de los reyes de Francia, es igualmente blanca.

     El blanco caracteriza la política agonal, que sigue a la política me­tafísica. En teología, es el color de los que “blanquean sus vestiduras en la sangre del cordero(41). Hasta el siglo XVIII, los pabellones de los principales poderes europeos, —Francia, España, Portugal, Inglaterra— son blancos y cargados de símbolos. Con la introducción de la política- juego, ellos se transforman en multicolores.


IV - SENTIDO DE LAS VARIACIONES POLÍTICAS
  
     Las variaciones políticas siguen el ritmo de las variaciones religio­sas de la humanidad. Ella comienza por la epopeya paradisíaca donde la familia humana vive en sociedad con Dios. De la misma manera, los gobiernos originariamente estaban estrechamente ligados por la religión. La sociedad, como el hombre, ha sido formada a imagen de Dios.

     Pero he aquí el pecado. El hombre desvía su mirada de Dios, y la dirige hacia la tierra, hacia la creatura, hacia sí mismo (42). Esto es lo que Renan llamó la ley del “progreso a través de la ciencia”. Según él “todo esfuerzo del mundo tiende a conocerse, a amarse, a verse, a admi­rarse(43). En una palabra el hombre se transforma en el espectador del mundo y de sí mismo. Es la edad de la política-juego, que se llama ge­neralmente política a secas. Fustel de Coulanges, estudió minuciosamen­te el desarrollo de la Ciudad Antigua: “La política, dice, tomó el lugar de la religión y el gobierno de los hombres se transforma en cosa hu­mana(44). Un autor alemán ha definido la política sich mit den Menschen beschäftigen anstat mit Got”.

     “Ah! qué peligrosa es la política!”, exclamaba Bossuet, que la co­locaba entre las diversas formas de idolatría (45). Entre el espectador y el idólatra, hay en efecto poca diferencia: los dos tienen el culto a la creatura; los dos se tornan semejantes a aquellos que ellos aman. La pasión de ver, la pasión de recibir las imágenes del mundo acaba por borrar en el hombre la imagen de Dios.

     Después de haber abandonado a Dios, el hombre se vuelve contra el hombre y lo mata. Lo mata, porque no ve mas en él la imagen de Dios. En política esto es la revolución y la guerra civil. La humanidad será rescatada por el sacrificio del Hijo de Dios, y los pueblos por la sangre de los testigos inocentes. Política metafísica: devolver el alma al pueblo. Karl Marx, que ha remarcado esto de las variaciones políti­cas, se ha quedado en el camino. Para él: “Dio letzte Phase! einer Welt­geschichtliche Gestajt ist ihre Koemedie”. Esta es una alusión al Santo Imperio germánico, del que el “Gran Imperio” de Napoleón fue eviden­temente una parodia. Pero esta parodia no impide la posibilidad de la formación de un nuevo imperio católico. Como judío, Marx ignora la regeneración. Sin Cristo y sin el bautismo, todo queda en efecto en co­media: Viena, como Roma, desaparecen irremediablemente en los pla­ceres y los juegos. La risa es un destructor implacable. Fantasías al reír de Voltaire. Pero, para el cristiano, la comedia no es el fin: ella es el preludio de la gran tragedia. “Desgraciado de ti que te ríes, pues llo­rarás” dijo Nuestro Señor (46). Recordemos el drama del Calvario: él fue precedido de todas las señales posibles de la comedia y del juego: venta de Jesús, golpe de espalda falso, huida burlesca de los discípulos durante la noche, negaciones de San Pedro delante de una simple sir­vienta mientras cantaba el gallo, arbitraje de Pilatos, tentativas múltiples de tornar a Jesús en algo irrisorio, corona de espinas, genuflexiones, juegos de la soldadesca, inscripción de la cruz que los judíos no hallaron bastante irónica, (47) risa de los espectadores. Sin embargo Jesu­cristo, el testigo divino, triunfó sobre la risa, como triunfó sobre la muerte. El rey vendido, mofado y crucificado entre dos ladrones es trans­formado en Rey de reyes, en Juez de jueces; el instrumento del suplicio en instrumento de salvación, y, después de veinte siglos, contemplamos con veneración cada detalle de esta divina comedia.

     Lo mismo que la salvación de la humanidad por Nuestro Señor ha precedido y permitido la formación de un orden cristiano, así la polí­tica metafísica precede a la política agonal. La sangre de la reparación necesaria del juego (48). Cuando un pueblo ha caído de la política meta­física agonal a la política-juego, él no vuelve jamás a la primera sin pa­sar por la prueba de la política metafísica. La Prudencia y la Justicia divina lo han dispuesto así. El purgatorio de los pueblos está en la tierra.

     La dictadura no constituye una excepción a esta regla. El dictador es generalmente un jefe de partido que, habiendo llegado legalmente a jefe del poder ejecutivo, ensaya retornar a una política agonal. Ahora bien, la historia ha probado que ningún dictador llegado al poder por medios de la política-juego, puede instituir un régimen durable. Él copia siempre alguna cosa del pasado; él no crea nada: sólo Dios da el poder de crear. No es sin embargo lo mismo en la llamada dictadura militar surgida de un golpe de Estado. Ella sí puede crear un orden durable, porque ella no debe nada al juego: ella emana de una institución esencialmente agonal; el ejército. Pero ella puede también caer en la política- juego, si el jefe militar busca una justificación humana a su conducta, o se apoya en la legalidad. No se puede servir a dos señores, Dios y la opinión. Cuando el hombre cree haber encontrado la paz y la seguridad en el orden material, la revelación está próxima.

Pascuas de 1969.
   
GUILLERMO GUEYDAN DE ROUSSEL
A.C.A. 
El Bolsón (Río Negro)


Revista JAUJA N° 34, Octubre 1969. Págs. 7-21.

Visto en: Syllabus
  

 Notas:

(1) XVII, 14.
(2) XII, 4.
(3) "No hay principios en los hombres si la divinidad no se los ha revelado; todo el resto no es más que ilusión y humo”, (Pierre Charron: "De la Sapiencia", 1601, p. 69).
“Jamás hubo Estado que se fundara sin que la religión le sirviera de base”, J. J. Rousseau.
“Nosotros debemos al cristianismo, en el gobierno un cierto derecho político, y en la guerra un cierto derecho de gentes, que la naturaleza humana no sabría reconocer bastante”, Montesquieu.
“Creo y sé que ninguna institución humana es durable, si no tiene una base religiosa”, Joseph de Maistre: “Consideraciones sobre Francia”.
“Los dogmas fundan las naciones”, De Bonald.
“Los fenómenos religiosos son el germen del que todos los otros —o por lo menos casi todos los otros— derivan”, Durkheim.
“Todas las nociones esenciales de la teoría contemporánea del Estado no son otra cosa, que concepciones teológicas secularizadas”, Cari Schmitt: "Politi­que Theologie”, 1922.
(4) "Confesiones de un revólucionario”.
(5) "Política realista”, París 1861 p. 4.      '        
(6) “Política realista”, p. 142
(7) Primer Libro de las Crónicas, XXI, 3; Segundo Libro de Samuel XIV,3.
(8)     Política, Libro III, Cap. XI, Par. 4.
(9) Cf., Funk-Brentano: Las Cruzadas, París 1934, p. 26.
(10) El Príncipe, p. 149.
(11) XVII, 24.
(12) El libro de la jungla, p. 57.
(13) Las dos fuentes de la moral y la religión, París, 1934, p. 307.
(14) A. Gides, Paludes, p. 111.
(15) Elogio de la locura, 1508.
(16) “Y en los nueve años siguientes, yo no hice otra cosa que rodar de aquí para allá por el mundo, tratando de ser espectador más bien que actor en todas las comedias que se representaron” (Discurso del método, 1637).
(17) “Pansophie ist die Anschauung des Universums” (Dr. H. Schick: Das altere Rosenkreuzertum).
(18) Sociedad secreta a la cual pertenecieron Berín, Bacon de Verolam y Campanella. En su libro “De la dignidad y crecimiento de las ciencias”, Bacon re­produce en los siguientes términos una frase de "El Príncipe”, de Maquiavelo: “No conviene inquietarse de la virtud misma, sino solamente de su parte exterior que está mirando hacia el público, y que no es nada más que para los espectadores”.
(19) La Fontaine considera las fábulas como: “Una amplia comedia con cien actos diversos, cuyo teatro es el Universo” (El leñador y Mercurio). Los filósofos eran también espectadores del hombre: “Locke hizo como Malebranche, él se encerró en sí mismo, y, después de haberse contemplado durante mucho tiempo, él presentó a los hombres el espejo en el cual se había mirado” (Diccionario Histórico, 1821).      
(20) "Cada hombre es así sobre la tierra un pequeño reino gobernado despóticamente por la opinión” (Le Mercier de La Rivière: El orden natural y esencial de las sociedades políticas, 1767.
(21) 1. Abt., 1 Bd., 1 Halbbd., p. 611.
(22) Abstracciones revolucionarias y realismo católico,         1935, p. 63.
(23) De la creación del orden en la humanidad, París, 1843.
(24) Memoria sobre la ciencia del hombre.
(25) Jean Barbeyras, Amsterdam, 1709.
(26) “El procedimiento electoral es simplemente una de las numerosas utilizacio­nes jurídicas de la pasión del juego". (Maurice Haurieu: Principios del derecho público).
(27) II.;. 168.2.3.
(28) La democracia en América, 1848, T. I, p. 19.
(29) "Yo me figuro que la ley es como el centro de un globo inmenso: todos los ciudadanos, sin excepción, están a la misma distancia de la circunferencia”. (Sieyés: ¿Qué es el estado llano?)
(30) Ps. XI. 9. La palabra "charlatán” (en latín, circulater) viene del verbo “circular”, formar un círculo. La rueda es el símbolo del charlatán.
(31) El uso de las escarapelas, en francés “cocardes”, remonta al siglo XVII. Etimológicamente “cocarde” significa manojo de plumas de gallo. En 1789, el gallo apareció por primera vez como emblema de Francia.
(32) Las armas de la ciudad de París llevan, en campo de gules un navío de plata sobre ondas del mismo metal, en jefe, de azur sembrado de lises. No es probable que La Fayette haya visto en el azul con el rojo los colores de la ciudad de París. Como francomasón, el veía los colores de la secta.
(33) Todas las comunidades religiosas hacen la guerra al espectador, a fin de que el culto no derive en un juego. La Ciudad Antigua asimila al hombre de afuera, al espectador, con el enemigo público (hostis); la entrada a los templos le está prohibida; su presencia durante las ceremonias es un sacrilegio.
(34) El gran pavor de los bien pensantes, París, 1931, p. 176.
(35) Noches de San Petersburgo, T. II, p. 457.
(36) Axel, París 1923, p. 190.
(37) Apoc., VII, 14.
(39) Eusebio: De vita Constantini.
(40) “Yo daré al victorioso una piedra blanca sobre la cual estará escrito un    nombre      que nadie conocerá, salvo el que la reciba" Apoc. II. 17
(41) Apoc., VII, 14.
(42) “Et coluerunt et servierunt creaturae petius quam Creatori” (Rom. I, 25). Este amor sui caracteriza el fin de los tiempos: “Erunt homines se ipsos amantes” (2. Tim. III, 2).
(43) Diálogos y fragmentos filosóficos, París, 1925, p. 181 y 58.
(44) P. 378.
(45) T. XXXV, p. 369.
(46) San Lucas VI, 23.
(47) San Juan XIX, 21.
(48) Lammenais ha escrito, en 1829: “Sí, ella, (la revolución) vendrá, porque es necesario que todos los pueblos sean instruidos y castigados; porque ella es indispensable según las leyes generales de la Providencia, para preparar la regeneración social”.



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