San Juan Bautista

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miércoles, 13 de marzo de 2019

Mis palabras no pasarán - La Gran Tribulación - Dulcísimas promesas (1951) - P. Leonardo Castellani



Mis palabras no pasarán

El mundo actual está ansioso de profecía.

Ante los desastres y las amenazas de esta época catastrófica, es natural que todos queramos saber lo porvenir. El que no sabe adónde se dirige, no puede dar un paso. ¿Adónde va el mundo?, claman todos.

A esta hambre actual de profecía se le propinan profecías falsas. Es menester dar la buena profecía, que para eso la tenemos.

Los protestantes sirven por Radio Excelsior La Voz de la Profecía a toda Sudamérica. Las revistas argentinas Maribel, Mundo Argentino, El Hogar, ofrecen con asiduidad las profecías de Nostradamus, de la Gran Pirámide, de Madame Thébes, del abad Malaquías... Algunos católicos sin mucha teología se dedican temerarios a espigar profecías privadas en el campo peligroso de los libros devotos.

Hay que dar, pues, la gran profecía primordial, la profecía esjatológica de Jesucristo, de San Pablo, del Apokalypsis de San Juan.

Este mundo terminará. Su término será precedido de una gran apostasía y una gran tribulación. A ellas sucederá el advenimiento de Cristo, y de su Reino, el cual no va de tener fin.

Estas profecías están contenidas primeramente en el llamado sermón esjatológico de Nuestro Señor, que está en los tres Sinópticos: San Lucas XV II, 20; San Mateo XXIV, 23; y San Marcos X III, 21.

De este sermón de Cristo, cuyo eco son los pasajes esjatológicos de Pablo y Pedro, y la gran revelación de Juan, hace la impiedad contemporánea su argumento principal contra la Divinidad de Cristo.

Pretenden, en efecto, que Cristo se equivocó y engañó a sus Apóstoles creyendo que el mundo se acababa entones mismo, cuando El predicaba, o muy poco después. Esgrimen exactamente la frase que en labios de ellos pone San Pedro: “Falló la promesa relativa a la Segunda Venida.” Luego, Cristo —dicen— no es lo que Él dijo.

La palabra en que se apoyan principalmente es la siguiente: “En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todas estas cosas sean hechas.

El cielo y la tierra pasarán, mi palabra no pasará” (Mc. XIII, 30). Es un solemne juramento de Jesucristo que parecería fallido. Se equivocó Cristo, entonces.

Pero esta precisión misteriosa del tiempo contiene precisamente la clave de la interpretación profética.

Toda profecía se desenvuelve en dos planos y se refiere a la vez a dos sucesos: uno próximo, llamado typo, y otro remoto, llamado antitypo. ¿Cómo podría un profeta describir sucesos lejanísimos, para los cuales hasta las palabras faltan, a no ser proyectándolos analógicamente desde sucesos cercanos?

El profeta se interna en la eternidad desde la puerta del tiempo y lee por trasparencia trascendente un suceso mayor indescriptible en un suceso menor próximo; en el modo que existe también analógicamente en los grandes poetas.

De la manera que Isaías describe la redención de la humanidad en la liberación del cautiverio babilónico, y San Juan h Segunda Venida en la destrucción de la Roma étnica, así Cristo el fin del mundo en la caída de Jerusalén y en la dispersión milenaria del pueblo judío. Eso justamente le preguntaron los Apóstoles, creídos que las dos cosas habían de ser simultáneas. Al decirles, saliendo del Templo, que de él no quedaría piedra sobre piedra, pensaron en el fin del siglo, y le interrogaron: “¿Cuándo será esto y qué señal habrá de tu triunfo y de la conclusión del siglo?”. Cristo, sin desengañarlos de su error, entonces inevitable, respondió a la vez a las dos preguntas y describió en un mismo cuadro pantografiado la ruina de la Sinagoga, que era el final de una edad, y el final de todas las edades, o, como ellos decían, “la consumación del evo”.

“Esta generación” significa, pues, a la vez los Apóstoles allí presentes con referencia al typo, que es el fin de Jerusalén; y también la descendencia apostólica y su generación espiritual con referencia al antitypo, el Fin del Mundo. Los Apóstoles vieron el fin de Jerusalén, la Iglesia verá el fin de Roma.

De esta manera la objeción racionalista ha servido de ocasión para estimular y para iluminar la interpretación católica, ahora en posesión de la llave de la exégesis. Y el encarnizado trabajo de Heitmüller y Renán para aplicar cada versículo del Apokalypsis a los sucesos colindantes al reino de Nerón -año 6 4 - se vuelve útil al creyente: iluminando el typo para comprender mejor el antitypo.


La Gran Tribulación

Renán escribe:

El Anticristo ha cesado de alarmarnos [...] Nosotros sabemos que el fin del mundo no está tan cerca como creyeron los inspirados videntes de la primera centuria, y que ese fin no será una súbita catástrofe. Operará por medio del frío en centenares de centurias, cuando nuestro sistema no tenga más poder para reparar sus pérdidas; y el planeta Tierra haya agotado los recursos de los senos del viejo Sol para proveer a su curso.

Antes de esta quiebra del capital planetario, ¿alcanzará la humanidad la perfección de la ciencia, que no es sino el manejo de las fuerzas cósmicas, o será la Tierra otro experimento fracasado entre millones, convertida en hielo antes que el problema de matar a la muerte se haya solventado? No podemos decirlo. Pero con el Vidente de Patmos, más allá del flujo de las vicisitudes, percibimos el ideal, y afirmamos que un día será cumplido.

Entre las nieblas de un universo embrionario, contemplamos las leyes del progreso de la vida, la conciencia del ser creciendo y ampliándose en sus fines, y la posibilidad de un estado final en que todo será sumergido en un Ser definitivo, Dios, igual que los innumerables brotes y yemas del árbol en el árbol, igual que las miríadas de células del organismo viviente en el viviente.

Estado en el cual hallará cumplimiento la vida universal; y todos los seres individuos que han sido, vivirán de nuevo en la vida de Dios, verán en El, gozarán en El y cantarán en El un eterno Aleluya.

Cualquiera sea la forma en que concibáis el futuro adviento de lo Absoluto, el Apokalypsis no puede dejar de regocijamos. Simbólicamente expresa el principio fundamental de que Dios no tanto "es”, cuanto que "llegará a ser".


Hasta aquí el apóstata bretón, padre del modernismo.

Frente a este sueño averroísta y ateo de disolución paulatina en Dios, y aquesta remotísima y del todo irresponsable evolución bergsoniana, la palabra terminante de Cristo dice que el mundo terminará de golpe, que los hombres serán juzgados, que no todos desembocarán en la Vida, “como las células vivientes en el viviente”, puesto que muchos caerán en la "muerte segunda” y definitiva; y que una terrible lucha precederá como agonía suprema la resolución del drama de la Historia.

Las palabras de Cristo en su simplicidad sintética son más temibles que las fulgurantes visiones del Apokalypsis con sus formidables despliegues de sangre, fuego y ruinas. Cristo dice simplemente que vendrá una tribulación como no se ha visto otra en el mundo -¡y cuenta que se han visto algunas!-, que si no fuera abreviada perecería toda carne, y que si fuese posible, serían inducidos en error los mismos electos. Las guerras terribles, las pestes, los terremotos que se sucederán en el mundo, no son sino el principio del dolor. El Dolor mismo será peor todavía. Porque madurada ya la iniquidad de la tierra, ella se levantará en toda su pureza y aprovechará todos sus anteriores ensayos, dirigida por Satanás en persona, que será arrojado a la tierra y estará en pleno furor, sabiendo que le queda poco tiempo, iAy de las que crían y de las preñadas en aquellos días! iAy de los que quedaron para ser cribados por Satanás en la última prueba!

Las dos fuerzas antagónicas que pelean en el mundo desde la Caída se tenderán en el máximo esfuerzo. Los santos serán derrotados y vencidos por todas partes. La apostasía cubrirá el mundo como un diluvio. La iniquidad y la mentira tendrán libre juego. El poder político más poderoso que haya existido no sólo perseguirá la Religión a sangre y fuego, sino que se revestirá de religiosidad falsa. Y los pocos fieles a Cristo parecerán perder el resuello cuando, separado el Obstáculo, aparezca en la tierra el Hijo de Perdición, aquel en que Dios no tiene parte y que Cristo no se dignó nombrar siquiera: el Anticristo... El Otro.

Decir “una tribulación como nunca se vio otra igual”, es decir muchísimo.

Quiere decir que los cristianos de aquel tiempo sufrirán como nunca se sufrió, como no sufrió Job, ni Edipo, ni Hamlet; como no sufrió San Alejo, San Roque, Santa Liduvina, San Juan de la Cruz, San Alfonso Rodríguez.

Y los cristianos de aquel tiempo no son los que ya pasaron; somos nosotros, o algunos muy próximos a nosotros. ¡Bienvenido sea ese dolor, con tal que veamos volver a Cristo!


Considerad una cosa, señores. En el mundo antiguo la tiranía fue feroz y asoladora; y sin embargo, esa tiranía estaba limitada físicamente, porque los Estados eran pequeños y las relaciones universales imposibles de todo punto. Señores, las vías están preparadas para un tirano gigantesco, colosal, universal, inmenso [...] Ya no hay resistencias ni físicas, ni morales. Físicas, porque con los buques y las vías férreas no hay fronteras, con el telégrafo no hay distancia.., Y no hay resistencias morales, porque todos los ánimos están divididos y todos los patriotismos están muertos*.

*Donoso Cortés, Discurso de los sucesos de Roma, 14/01/1849.


Dulcísimas promesas

Las terríficas visiones del Vidente de Patmos -que Renán califica de “delirios de terror”- y las palabras de Cristo -más duras aún en su limpidez de acero que las del discípulo- inducirían pánico y desesperación, sí no estuviesen equilibradas por las promesas más dulces.

Así como la mayor tribulación en su brevedad encierra un terror desmesurado, así la condicional si fuera posible encierra una promesa amorosísima. “Caerían, si fuera posible, los mismos escogidos”, dice Cristo.

No es posible, pues, que caigan los escogidos. Un ángel les marca la frente y los cuenta. Dios ordena suspender las grandes plagas hasta que están todos señalados. Dios abrevia la persecución por amor de ellos. El Anticristo reinará solamente media semana de años (42 meses, 1,260 días). Todos los mártires serán vengados. Los impíos serán flagelados de innúmeras plagas. Dos grandes santos defenderán a Cristo y tendrán en sus manos poderes prodigiosos. Y cuando caigan, Cristo los llamará y revivirán.

Después, nosotros, los que vivimos, seremos llamados y arrebatados con Cristo en el aire. Ésta será la Resurrección Primera. Y reinaremos con Cristo mil años, es decir, un largo tiempo, en la Jerusalén restaurada, donde tienen que cumplirse un día todas las opulentas promesas mesiánicas: porque ni una sola de las dulcísimas promesas de la Escritura dejará de llenarse más allá todavía de la esperanza y la imaginación del hombre, cualquiera sea el sentido que corresponda en la realidad futura a esta difícil palabra, cuya interpretación aquí no prejuzgamos... ¡Dichoso aquel que merezca gozar la Resurrección Primera!


Pero antes tiene que manifestarse el Misterio de Iniquidad, tienen que reinar las Dos Bestias, tiene que ser quitado el Obstáculo, tiene que aparecer la Gran Prostituta.



Leonardo Castellani: “Cristo ¿vuelve o no vuelve? – Ed. Dictio. Págs. 18-23.





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