San Juan Bautista

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domingo, 12 de enero de 2020

Sobre la responsabilidad iraní en la caída del avión ucraniano - E. Michael Jones


Declaración del Dr E. Michael Jones en relación a la admisión de responsabilidad iraní por la catástrofe del avión de pasajeros ucraniano.


 11 de enero de 2020. South Bend, Indiana
(Traducción: Luis Alvarez Primo)



  Después de un período inicial de confusión acerca de la causa de la catástrofe aérea, el gobierno iraní ayer asumió la total responsabilidad por el disparo del misil que derribó el avión de pasajeros ucraniano cuando despegaba del aeropuerto Imam Khomeini en Teherán.  Una vez que la causa del accidente estuvo clara, el Presidente Hassan Rouhani emitió una declaración diciendo que "La República Islámica de Irán lamenta profundamente este error desastroso. Mis pensamientos y oraciones acompañan el dolor de todas las familias afectadas"

    La reacción de los iraníes marca un profundo contraste con el modo en que el gobierno de los EE.UU. reaccionó en un incidente similar, cuando un misil guiado Cruiser USS Vincennes derribó el Airbus que realizaba el vuelo Iran Air 655 en el que murieron 290 personas inocentes, incluidos 66 niños.  A diferencia del Líder Supremo de Irán, el Vice presidente George H. W. Bush se rehusó oportunamente a pedir disculpas por el hecho, diciendo que "Nunca pediré disculpas en nombre de los Estados Unidos de América. No me importa cuáles hayan sido los hechos”. Eventualmente, el gobierno de los EE.UU. expresó su "profundo pesar" por el incidente, pero nunca reconoció su responsabilidad legal, ni pidió disculpas formalmente a Irán, aun cuando pagó U$D 61.8 millones en compensación por daños.  En esto los norteamericanos siguieron el ejemplo del gobierno de Israel cuando sus aviones de combate atacaron el buque de investigación USS Liberty en aguas internacionales, matando a 34 miembros de la tripulación estadounidense e hiriendo a otros 171. Hasta el día de hoy los israelíes sostienen la ficción de que sus pilotos no sabían que estaban atacando un buque de los EE.UU., aun cuando los miembros sobrevivientes de la tripulación norteamericana declararon que la bandera estadounidense estaba desplegada y se la podía identificar con claridad.

  El canciller iraní, Javad Zarif fue al fondo de la cuestión cuando escribió por twitter que el desastre de marras más reciente fue causado por una combinación de "Errores humanos en un tiempo de crisis provocado por el aventurerismo estadounidense". La causa real de esta tragedia es el abandono de la diplomacia por parte de los EE.UU. bajo la Administración Trump y la prosecución de una política temeraria e imprudente que ha llevado al mundo al borde de una guerra nuclear.  Los EE.UU. comenzaron a recorrer este riesgoso camino cuando la Administración Trump abandonó el JCPOA (acuerdo nuclear de Irán) a instancias de tres ricos judíos: Sheldon Adelson, quien ha instado a lanzar bombas nucleares sobre Teherán, Bernard Marcus y el capitalista buitre Paul Singer.

  A la luz de esta tragedia, es tiempo de retornar a la diplomacia que el gobierno de los EE.UU. abandonó a instancias del lobby de Israel. Donald Trump, quien una vez dijo que nunca en su vida ha tenido que pedir disculpas por nada, tiene la ocasión de mostrar su arrepentimiento por haber creado esta situación, despidiendo al secretario del Tesoro Mnuchin, autor de las sanciones que constituyen un acto de guerra contra el pueblo iraní, y reemplazarlo por un hombre que represente los intereses del pueblo estadounidense y no a otros ricos judíos.

   En este sentido, Donald Trump se halla en un marcado contraste con el Líder Supremo de Irán, quien en el año 2010 pidió una disculpa pública por permitir la legalización de la contracepción en Irán cuando sucedió al Ayatollah Khomeini en 1989.  El Ayatollah Khamenei calificó esa decisión suya como el más grande error de su vida y rogó a Allah que lo perdonara. ¿Puede alguien identificar un líder mundial que haya realizado una declaración semejante? Yo no puedo.  Sólo espero que el Líder Supremo de Irán en ejercicio sea capaz de aportar una alternativa a aquellos que están decididos a seguir las políticas de la familia Bush y de los neoconservadores, quienes se rehúsan a pedir disculpas no importa "cuales sean los hechos" y continúan arrastrando a los EE.UU. al borde de otra guerra.




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jueves, 9 de enero de 2020

Ezra Pound: El poeta contra la usura – Ruben Calderón Bouchet




Los males de nuestro tiempo son muchos, pero uno de los más funestos es, indudablemente, el papel determinante que asumió la economía en el proceso de todas las actividades del espíritu. Ezra Pound lo vio así desde que comenzó la difícil tarea de pensar por su cuenta y se hizo conscientemente fascista contrariando los sentimientos de su pueblo y su educación. El fascismo representó para él el único camino transitable para devolver a la economía su situación de sierva en el orbe de nuestra civilización.

Nació en Idaho, Estados Unidos, el 30 de octubre de 1885 y luego de realizar estudios en la Universidad de Pensilvania y en el Hamilton College, fue encargado del curso de literatura romántica en la misma universidad donde estudió. A partir de 1910 vivió más en Europa que en los Estados Unidos. Sus continuos viajes a Italia lo pusieron en contacto con Mussolini y se convirtió en un admirador entusiasta de su régimen político. Indudablemente, los norteamericanos nunca pudieron entender por qué razones, un hombre que había bebido la leche y la miel de sus instituciones, mostraba en plena madurez, preferencias tan extrañas a la ideología de su patria.

Durante la última guerra mundial trabajó para una emisora de Roma e hizo propaganda a favor del fascismo. Inculpado de traición a la patria por el Tribunal del distrito de Columbia, es arrestado por el ejército de los Estados Unidos y exhibido en una jaula de acero como si fuera un mono en los alrededores de Pisa. Juzgado en Washington, fue declarado loco e internado diez años en un manicomio. De acuerdo con los cánones de normalidad psíquica estilados en los Estado Unidos, nunca recuperó su cordura porque jamás logró adaptarse a las exigencias del modelo social impuesto en su nación y cuando salió de su encierro, en 1958, volvió a Italia donde vivió con una hija suya hasta 1972, año de su fallecimiento en Venecia.


Eugenio Montale sostiene que Ezra Pound, filósofo, economista, esteta y desesperadamente individualista y egocéntrico, fue un socialista aristocrático que vomitaba a Marx, los derechos del hombre, la democracia, el capitalismo, a toda América y al judaísmo con ella. Se aferró con fuerza al mito inventado por Mussolini y por unos años, los mejores de su vida según su propia confesión, soñó con una civilización de la que habría sido eliminado el pecado capital de nuestro mundo: la usura.

Ezra Pound veía en el sistema capitalista, tal como se daba en las naciones sedicentes democráticas, una organización para explotar a los hombres y someterlos al monstruo de la usura. Resultaba imposible luchar por un orden justo mientras subsistieran las condiciones impuestas por ese sistema en la elección de los gobernantes. En tres días, los canallas, los monopolizadores, los mercaderes encontrarán alguna astucia para estafar al pueblo.

“En 1860 – continuaba Pound en un escrito ocasional – uno de los Rothschild tuvo la delicadeza de admitir que el sistema bancario sostenido por él era contrario al interés del pueblo y esto antes que las sombras de las prisiones hitleristas se abatieran sobre la fortuna o parte de la fortuna de esta acaudalada familia.”

“Es tarea de esta generación hacer lo que no han hecho los primeros demócratas. El sistema corporativo que concede al pueblo poderes en relación con su trabajo y vocación, les proporciona también medios para protegerse eficazmente contra las potestades del dinero.”

“Si os gusta la idea corporativa – agregaba Ezra Pound  – buscad otro sistema eficiente, pero no perdáis la cabeza, no olvidéis lo que busca la gente honrada. No os mintáis a vosotros mismos, no cambiéis el arado por una hipoteca, ni la hipoteca por un arado.”

Las fuerzas económicas deben ser disciplinadas para que sirvan las necesidades de la nación, y el principio áureo de la economía no puede ser enriquecimiento, sino alimentos sanos, techo decente, vestidos apropiados. Quien habla del trabajo como fuente de riqueza y no como medio de vida, es un estafador. Tiene el propósito de hacerse rico, no con su trabajo, sino con el manejo de las transacciones a costa de lo producido por otros.

“La historia de ese maldito siglo XIX no nos enseña más que la violación de ese principio por la usurocracia liberal. En suma, la doctrina del capital ha mostrado por sí misma que se la podía resumir como un permiso a los ladrones sin escrúpulos y a los grupos antisociales de corroer los derechos de la propiedad.”

Esta tendencia es muy vieja. Moisés la llamada Neshek. Podemos llamarla usura, aunque el término capitalismo le permite aspirar a un premio de virtud.
Entre las acusaciones que llovieron sobre Ezra Pound, una de las más eficaces para malquistarlo con la opinión pública norteamericana fue la de antisemita. Acusación gratuita y maligna porque en su actitud nunca fue un racista  lo dijo con toda claridad en un artículo publicado por Greater Britain Publications en 1939.

En ese artículo sostenía, con la intrépida decisión que caracterizó siempre su posición intelectual, que no estaba contra el judío como hombre, sino por su particular vocación al ejercicio de la usura.

“Aquí y para que nadie intente salirse del tema – afirmaba – quiero distinguir entre la prevención contra el judío como tal y la actitud del pueblo judío adopta frente a su propio problema.”

“¿Desea como individuo observar la ley de Moisés? ¿O se propone seguir robando a los demás, por medio del mecanismo de la usura y queriendo, no obstante, ser considerado como un buen vecino? Este último es el tipo de criterio que una innoble delegación británica intentó poner en vigencia mediante la correspondiente Sociedad de las Naciones. La usura es el cáncer del mundo, solo el bisturí del fascimo puede extirparla de la vida de las naciones.”

Los zurdos han pretendido que solamente ellos tenían la receta para curar el mal. La prueba de lo contrario está en la opípara alianza que hicieron con las usurocracias en contra de los países fascistas. ¿Existe una connivencia fundamental y más allá de las luchas entre sus testaferros entre los países capitalistas y los comunistas? Ezra Pound lo creía así, y los fascistas, en general, estaban convencidos de la existencia de este entendimiento en el nivel internacional.


Ruben Calderón Bouchet: “Una introducción al mundo del fascismo” Ed. Nuevo Orden. Bs. As. 1989


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miércoles, 8 de enero de 2020

Los dos Papas



Y finalmente, se cayó la máscara.

Cayó cuando el telón todavía estaba levantado. Es decir, cuando estaban registrando las cámaras. He ahí el drama.

El mundo pudo ver con sus propios ojos, que Dr. Jekyll y Mr. Hyde son el mismo sujeto, la misma persona. El mismo.

Dos papas conviven en uno.

El sonriente Francisco, el tierno Francisco, el humilde Francisco, perdió por un instante el efecto que la pócima milagrosa le daba, y retornó al primitivo estado de Bergoglio, ese ser grosero, violento, irascible e impiadoso.

Francisco venía sosteniendo la compostura, el don de gentes, la simpatía.

Pero de pronto, por obra de un pequeño, un ínfimo incidente imprevisto, apareció Bergoglio, el depredador que no soporta contradicciones.

Como el hombre que pisó a la niña en la nocturna calle londinense, según lo relatara Stevenson, este otro golpeó a la mujer con violencia inusitada en la noche romana. Ambos se sintieron amenazados, agredidos, estorbados, y actuaron con el mismo modus operandi.

La biopic de netflix (o netflit, pues es productora del género flit, es decir: venenoso, dejó pronto paso a la historia fantástica que algún día algún atrevido osará filmar. La extraña historia de los dos papas, en uno. Ya le regalo el título: “All about Jorge”.

Pero, un momento, ¿no somos acaso todos nosotros dos hombres en uno, no convive con el hombre nuevo el hombre viejo, según la enseñanza paulina?

En efecto, y ese hombre agazapado en nosotros a veces puede surgir, pero convengamos que generalmente los arrebatos o berrinches pertenecen al dominio de lo irracional infantil, o al peligro próximo inmediato con que nos sentimos amenazados: un asaltante violento que coloca una pistola en nuestro abdomen y nos maltrata de manera atroz, o cosa semejante.

Nadie está exento de ninguna bajeza, o, como decía San Agustín: «No hay pecado posible en un hombre con el que yo no pueda mancharme» o la Imitación de Cristo: «Todos somos frágiles; pero tú a nadie tengas por más frágil que tú.» [Libro I, c. 2]. Pero convengamos que se espera que el Sumo Pontífice dé el ejemplo de ser dueño de sí mismo. Y no se trata de “hacer leña del árbol caído”, sino de entender la carga simbólica que esta escena penosa y grotesca, más propia de una película de Fernandel o Pepe Arias, que de un Sumo Pontífice ante sus fieles, trae consigo. Porque esto es el síntoma de una enfermedad, que sale a la luz.

Esto es un caso distinto: el hombre que disfruta de bañarse entre las multitudes, que goza de ser toqueteado, fotografiado, registrado, entrevistado, alabado y aplaudido, de pronto, como si se tratase de un taxista cuyo auto fue encerrado por un colectivero en una esquina porteña, o de un barrabrava herido en su orgullo futbolístico por un clásico rival, súbitamente se encoleriza y “se le sale la cadena” por un pequeño tironeo hecho por la mano de una pequeña mujer oriental. ¿Es para tanto? ¿O será que esa mano pequeña y femenina, había adquirido una fuerza inusitada, tras haberse santiguado, haber rezado y haberse animado a hacer un reclamo por todo un pueblo tiranizado? ¿Era la fuerza de todo un pueblo mártir que estaba tironeando del devastador líder peronimodernista, haciéndole perder el equilibrio? ¿A cuántos estaba representando ese simple gesto de una mano urgida y unas palabras clamando al Vicario de Cristo por quien seguramente habría estado ese pueblo rezando?

La mujer oriental, según se ve, se salió del papel habitualmente esperado: a su alrededor no hay sino fans de sonrisa bobalicona, que parece van a idolatrar al papa, como mañana pueden hacerlo con el actor de cine, el futbolista o…la Pachamama. En cambio la mujer china está y permanece seria, sin euforia ni ánimo festivo.

La insignificancia del incidente junto con la desproporción de la reacción, ameritan una interpretación no sólo del orden psicológico –que alguien hará seguramente- sino simbólico-religioso.

Así es como de lo que acá se está hablando no es de las imborrables miserias humanas que todo hijo de Adán y Eva –salvando la Santísima Virgen Corredentora- porta en sí. Acá de lo que se debe hacer mención es de la “acepción de personas” en cuanto al celo o furor pontificio. Puesto que con los enemigos furibundos de la Iglesia, con los deicidas, los herejes, los satanistas, los mundialistas masónicos y los idólatras pachamámicos, Francisco es todo sonrisas, abrazos, besos y “cultura del encuentro”. Con los fieles de a pie que se muestran “rígidos”, es decir, respetuosos de la Tradición, afectos a la sana doctrina, amantes de María y promotores de la recta moral, contra esos, palabras áridas, gestos despóticos y golpes en las manos.

De lo que acá se trata es de una imagen falsificada del cristianismo, que de pronto pierde su máscara y, por una nimiedad increíble, muestra su verdadero y horrible rostro. Dr. Jekyll es en verdad el disfraz de Mr. Hyde.

El que hasta ahora no lo había visto, ahora no puede no verlo. Esa es la importancia que cobra esta pequeña escena de teatro.

La película de netflit, con esto, se viene abajo. Y el pontificado de Francisco se cae a pedazos.

De modo tal que una situación que podría haberse tratado de un simple incidente, pasó a tomar cuerpo de símbolo, pues se trata de desnudar toda una impostura, y no sólo de Francisco, sino del modernismo que se ha aposentado en Roma desde el Vaticano II y busca ahora llevar la herejía hasta sus últimas consecuencias.
Si queremos apartarnos de esta falsificación presentada a nuestros ojos como si fuese verdaderamente católica, veamos el modelo que nos es propuesto, así como lo contaba el Padre Ezcurra:

“De qué manera en Cristo se juntan las virtudes aparentemente más opuestas. ¡Cómo nos han querido falsificar a Cristo en esas imágenes que antes veíamos! ¡Cómo nos han falsificado a ese cristo dulzón, a ese cristo sentimentalón, a ese cristo barato! ¡A ese cristo difuminado, a ese cristo unisex!
Cristo reúne al mismo tiempo la tremenda misericordia hacia aquellos que tienen hambre, hacia el pecador arrepentido, hacia el publicano, hacia la prostituta, el amor por los niños y al mismo tiempo las palabras más fuertes y más duras. El mismo Cristo que perdona a los pecadores, que cura a los enfermos, que resucita al hijo de la viuda, que llora sobre la tumba del amigo, es el Cristo que cuando PROFANAN LAS COSAS DEL PADRE ES CAPAZ DE AGARRAR EL LÁTIGO Y SACAR A LATIGAZOS A LOS MERCADERES DEL TEMPLO. Los mismos labios de Cristo que son capaces de decir "Dejad que los niños vengan a mí" son capaces de decir, frente a la soberbia de los fariseos. "sepulcros blanqueados", "raza de víboras”, "ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas".
(Tu Reinarás, págs. 26-27)

Hoy que casi todos los pastores están mudos, Dios se vale de los fieles de a pie para “hacer lío”, pero del que hay que hacer, frente al atropello de los enemigos de Cristo: un joven austríaco, una mujer china, armaron gran revuelo. También un obispo perseguido y oculto, pero que habla con auténtico coraje, con claridad y sin eufemismos. ¡Ojalá los que se dicen tradicionalistas o conservadores hablaran de esa forma, sin ningún compromiso!

La máscara cayó del todo, y una simple mano bastó para desequilibrar al gran responsable de la catástrofe actual en la Iglesia. Actitudes valientes que se repitan, que se animen, que sin perder el sentido de pertenencia a la Iglesia, empujen la mentira fuera de obra, animarán a más fieles, quizás a algún clérigo (aunque esto es más difícil, lamentablemente), a seguir pugnando contra la falsedad y la impostura de los ocupantes y asaltantes de la Iglesia, de los revolucionarios que por más películas que hagan para exaltarse, por más medios que manejen para promoverse, por más periodistas que compren para ocultarse, en algún momento inesperado, muestran sus garras y sus colmillos, pero también sus pies de barro, tambaleantes y frágiles.

La mentira siempre termina saliendo a la luz. Y no hay fuerza como la fuerza de la verdad, no es necesaria otra cosa para arrancar las máscaras todas, allí donde estén. Pero esa fuerza se la da a quienes de verdad la aceptan y la proclaman entera, con prudencia pero sin pusilanimidades. Los enemigos son vulnerables. Hay que tener gestos audaces, decididos. Cada vez más fieles católicos comprenden lo que ocurre y están dispuestos a defender a sus buenos pastores. En esa línea, allí es donde hay que apuntar, a ese liderazgo a demandar a Dios y la Virgen mediante el Rosario, a que surja un clero “no juramentado”, vigilante, combativo, esclarecido, sin máscaras ni dobleces.

En definitiva: santo. Basta de publicidad, de películas y de teatro. Llaneza y simplicidad, rectitud y cruz, nos evitarán continuar esta mise-en-scène desquiciada, que termina en el abismo de allá abajo.

Fray Llaneza




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martes, 7 de enero de 2020

El desmelenado presidente Donald Trump y la crisis iraní - Luis Alvarez Primo






Lo que sigue es una breve síntesis de los conceptos expresados por el Dr. E. Michael Jones a la televisión iraní   en una entrevista de Press T.V. en ocasión de la crisis en curso entre EE.UU. e Irán.

 La ‘hybris’ del Comandante en Jefe de la FF.AA. norteamericanas y ‘twitero’ jefe de la diplomacia norteamericana, Donald Trump, manejado por el lobby israelí en los EE.UU.  lo ha llevado a extralimitarse  con un acto criminal  de guerra en violación de todas la normas del derecho internacional.

La gravísima crisis entre los EE.UU.  e Irán precipitada por el asesinato del prestigioso General Soleimani, acción desmesurada, desproporcionada, criminal e ilegítima que ha puesto al mundo al borde de una nueva guerra, tiene una causa inmediata y una causa lejana.  La causa lejana es el imperialismo norteamericano que en relación a Irán data de 1953 cuando la CIA de los EE.UU. y el M16 británico impulsaron el golpe de estado que removió el gobierno legítimo de Mossadegh e instaló en el poder al Sha Reza Palevi. La causa inmediata tiene su origen en la renuncia al acuerdo nuclear entre la República Islámica de Irán y los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU y la Comunidad Europea por parte del Gobierno de Donal Trump, a instancias del lobby judeo-israelí en los EE.UU. que busca precipitar una guerra con Irán para servir los intereses geopolíticos imperialistas de Israel.


Los verdaderos responsables de esta política belicista criminal estadounidense son cuatro judíos sionistas: Los ricos financistas Sheldon Adelson, Bernard Marcus y Paul Singer, principales aportantes del Partido Republicano y de la campaña de Trump. El otro es el fanático sionista Benjamin Netanyahu, Primer Ministro de Israel, quien dice a los norteamericanos “yo les tengo el saco mientras ustedes pelean”.


Un factor humano psicológico habría contribuido a precipitar la situación: es el hecho de que Trump, superado por el stress, las tensiones y las presiones de su entorno belicista, que no lo justifican en absoluto, lo han precipitado a la gravísima decisión criminal que tomó, y que, además, parece empeñado en profundizar cuando ‘twitea’ que “tiene identificados 52 sitios culturales” de Irán para atacar en caso de una represalia Iraní. Ese entorno belicista (‘warmonger’) del llamado ‘Deep State’  (estado profundo) vive de y para la descomunal maquinaria de guerra estadounidense.  La red mediática judía mundial acompaña batiendo el parche con el tema de la presunta y eventual represalia iraní con el fin de azuzar al león herido para que reaccione y se precipite en una guerra de consecuencias destructivas jamás vistas dada la sofisticación tecnológica militar alcanzada.

La táctica ya conocida de los belicistas judeo-estadounidenses va desde la mentira, las falsas denuncias y la abierta provocación hasta el operativo de ‘falsa bandera’ para provocar una reacción precipitada e inmediata que luego los justifique, tal como se vio en estos años en Iraq, Siria y otros lugares del mundo, sin excluir la Argentina.

Irán, una nación con una civilización de más de 2500 años, debería evitar precipitarse ante esta provocación, con una reacción y una represalia que tendría gravísimas consecuencias para su propio pueblo en particular y para el mundo en general. La alternativa, por ingenua que parezca, es que la acción criminal de Trump y su Gobierno sea sometida a los procedimientos políticos y legales previstos por el sistema constitucional de los EE. UU y el concierto internacional para resolver este delicado asunto.  Si Irán resiste la tentación de una represalia inmediata, el propio pueblo norteamericano probablemente no tolerará más y removerá a un presidente extraviado y alucinado en el poder. 


Luis Alvarez Primo



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lunes, 30 de diciembre de 2019

La paciencia, virtud vencedora - don Francisco de Quevedo y Villegas


       La paciencia es virtud vencedora, y hace a los reyes poderosos y justos.

La impaciencia es vicio del demonio, seminario de los más horribles, 
y artífice de los tiranos. (Joann., 20.)


Thomas autem cum audisset a condiscipulis suis, quod vidissent Dominum, respondit: Nisi videro fixuram clavorum, et mittam manum meam in latus ejus, non credam. Denique venit, et dicit Thomae: Infer digitum tuum huc, et vide manus meas, et affer manum tuam, et mitte in latus meum: et noli ese incredulus, sed fidelis. Respondit Thomas, et dixit ei: Dominus meus, et Deus meus.
«Como Tomás oyese de los que con él eran discípulos, que habían visto al Señor, respondió: Si no viere la señal de los clavos, y no metiere mi mano en su lado, no creeré. Finalmente vino y dijo a Tomás: Entra tu mano en mi lado, y no quieras ser incrédulo, sino fiel. Respondió Tomás, y dijo: Señor mío y Dios mío».


San Cipriano empezó aquella elegantísima oración del bien de la paciencia con estas palabras (siguiendo a Tertuliano, a quien llamaba maestro): «Habiendo de hablar, hermanos dilectísimos, de la paciencia, y declarar sus utilidades y provechos, ¿de dónde podré mejor empezar, que de la necesidad que ahora tengo de vuestra paciencia para oírme? Porque esto mismo que oís y aprendéis, sin la paciencia no lo podéis obrar». De esta prevención me excusa, serenísimo, muy alto y muy poderoso Señor, el hablar en todo este libro con vuestra majestad, en quien resplandece heroica esta virtud, que el mismo santo mártir llama en esta oración bien de Cristo; y en otro lugar de la propia oración dice: «Porque esta virtud es común a nosotros con Dios». Esto, que es de tan esclarecida loa al real ánimo de vuestra majestad, es de confianza a la poquedad de mi entendimiento; porque así como el que teme hablar con vuestra majestad reverencia su grandeza, así quien osa hablar con tan soberana grandeza, conoce vuestra piadosísima clemencia y benignidad. Yo trataré de la virtud de la paciencia ética, política y cristiana, y probaré que para la guerra no sólo es fuerte y eficaz, sino que en la guerra sin ella los más fuertes son flacos; que siempre venció quien la tuvo; que siempre quien no la tuvo fue vencido; que es autora de la paz, y quien la conserva, y quien solamente sabe gobernar en la paz y en la guerra; que ella contradice a todos los vicios; que con ella florecen todas las virtudes.

Mucho pareciera lo que prometo de esta virtud, si no fuera aun más lo que ella obra. Por ser este capítulo el más importante de esta Política para todos y particularmente para los reyes y monarcas, busqué con atenta consideración en toda la vida de Cristo nuestro Señor, que toda fue paciencia desde el nacer al morir, lugar en que autorizar mi discurso; y por el más encarecido de su soberana, inmensa y benigna paciencia, escogí éste del apóstol Santo Tomás. La causa que me obliga a preferirle a tan innumerables actos de paciencia en Cristo nuestro Señor, quiero que preceda a la doctrina política cristiana. Aguardó el Hijo de Dios, para encarnar, con paciencia enamorada, que se llegase el plazo de las profecías y el de las semanas; aguardó para hacerse hombre el sí de su criatura, de su Madre y siempre Virgen; aguardó en su sacratísimo vientre los plazos de la naturaleza en los meses; nació yendo a obedecer el edicto de César, quien es obedecido de los serafines; consintió que le fuese cuna un pesebre, y compañía dos animales; que siendo él fuego del divino amor, le hospedasen las pajas y el heno, no sólo seguros de incendio, sino gozosos; tuvo paciencia viendo que Herodes le espiaba la vida, y siendo toda la valentía del cielo, para huir con sus padres a Egipto. Esto será explayarme sin orilla, si prosigo por todas las acciones en que Cristo nuestro Señor tuvo la paciencia con ejercicio grande e incomparable. Llamáronle comedor y endemoniado, y no se enojó; quisiéronle apedrear y despeñarlo, y tuvo paciencia; sufrió a Judas a su lado, tuvo paciencia para sentarle a su mesa, y para que comiese en su plato; besole para entregarle, y pacientísimamente consintió el beso; escupiéronle muchos; diole un ministro una bofetada, y el golpe que alteró el rostro no demudó su paciencia. Azotole Pilatos; hicieron burla de su majestad los soldados, hiriéndole con golpes, coronándole con espinas. Las señales se vieron en su santísimo cuerpo, no en su paciencia. Ésta más allá estaba de la furia y de la crueldad: todos la ejercitaban, nadie la irritó. Pusiéronle desnudo en la cruz por malhechor, entre dos ladrones. Tuvo paciencia para todas tres cruces: para la que padecía; para la del buen ladrón, perdonándole, y acompañándose con él en su reino; para la del malo, viendo que aun un ladrón no le quería acompañar. Vio a su santísima Madre al pie de su cruz, viola que le veía; vio que su cuerpo y su pasión la eran martirio; tuvo paciencia para dejarla, para llamarla mujer, y darla por hijo su discípulo querido; para dársela por madre. ¿Puede ser la paciencia de Cristo más hazañosa, más divina, ni más encarecida? Señor, maravillosas acciones son éstas, dignas sólo del que era hijo de Dios y Dios verdadero; mas se obraron todas siendo hombre pasible, y que padecía como tal lo que vino a padecer por su amor y por nuestro remedio. Empero dudar Tomás apóstol que hubiese resucitado, y decir que si no ve las señales de los clavos y entra la mano en su costado, que no la ha de creer; y mandarle Cristo nuestro Señor resucitado, glorioso, impasible, que metiese la mano en su costado y manosease sus llagas, es hazaña de la paciencia divina, que excede toda ponderación, adonde se desalienta el espanto.

San Pedro Crisólogo pesa los quilates inmensos de esta paciencia en el sermón 84. Juzguen los oídos y los ojos con oírlas o con verlas el fil de las balanzas de sus preciosas palabras, que aun el desaliño de mi estilo no podrá apagar todas las luces que tienen. «¿Por qué así Tomas requiere las señales de la fe? ¿Por qué a quien tan piadosamente padece, tan duramente examina resucitado? ¿Por qué aquellas heridas que la mano impía rasgó, la diestra devota de nuevo las ara? ¿Por qué el lado que la impía lanza del soldado abrió, vuelve a cavarle del discípulo la mano? ¿Por qué los dolores que causaron los furores de los que le perseguían, la cruel curiosidad del compañero los renueva? ¿Por qué con los tormentos al Señor? ¿Por qué a Dios con las penas? ¿Por qué, para averiguar el médico celestial, el discípulo se informa de la herida? Cayó la potestad del demonio, abriose la cárcel del infierno, fueron rotas las ataduras de los muertos. Muriendo el Señor, se arrancaron los monumentos; y resucitando el Señor, toda la condición de la muerte fue mudada; fue trastornada la piedra del mismo sacratísimo sepulcro del Señor; las ligaduras fueron deslazadas, y a la gloria del que resucitaba huyó la muerte, volvió la vida, resucitó la carne, que no había de volver a caer. ¿Y por qué a ti sólo, Tomás, demasiadamente curioso explorador, pides que solas las heridas se presenten para el juicio de la fe? ¿Qué fuera si éstas como otras cosas se hubieran borrado? ¿Cuál peligro hubiera ocasionado a tu fe esta curiosidad? ¿Juzgaste que no podías hallar algunas señales de piedad, ni documentos de la resurrección del Señor, si no surcabas con tus manos las entrañas que la judaica crueldad había arado?». No se hartaba el Santo de más elegante pluma, de más sabroso estilo, con mejor metal de palabras, de ponderar la más encarecida ocasión a la más encarecida paciencia de Cristo.

Tertuliano, en su doctísimo libro De Patientia, dice: «La paciencia del Señor fue herida en Malco». ¡Grande encarecimiento de la paciencia misericordiosa! Mas en Tomás fue la paciencia de Cristo en él propio (digámoslo así) sobreherida. Solamente la incredulidad inventara herir las mismas heridas; hízolas la judaica incredulidad, volvió a abrirlas la del discípulo; sus dedos volvieron a ser clavos, su mano lanza. Según esto, acreditado deja la elección que hice de este lugar, y acción de paciencia en Cristo, para arrimar firmemente a su doctrina este capítulo. Para empezar a discurrir en lo político cristiano, resta averiguar la utilidad que resultó de esta incredulidad, que obligó a Cristo resucitado a tan soberana paciencia. Consecutiva al lugar referido la declara San Pedro Crisólogo: «Buscó, hermanos, esta piedad, inquirió esta devoción que después ni la misma impiedad pudiese dudar que el Señor resucitó. Pero Tomás no sólo curó la incertidumbre de su corazón, sino la de todos. Habiendo de predicar esto a las gentes, diligente ministro, inquiría cómo fortaleciese sacramento de tanta fe. De verdad más fue profecía que terquedad. ¿Pues para qué había de pedir esto, si de Dios no le hubiera sido revelado con espíritu profético, que para el juicio de su resurrección se guardaban sus heridas?». En importando, Señor, a la salud de los suyos, que la paciencia de Cristo sea ejercitada en su cuerpo, dispensa los privilegios de resucitado.

Yo aplico, para la inteligencia de este misterio, literales las palabras del Apóstol: «Todo lo cerró Dios en la incredulidad, para apiadarse de todos. ¡Oh altura de las riquezas de la sabiduría y ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios, y cuán investigables sus caminos! ¿Quién conoció el sentido del Señor, o quién fue su consejero, o quién lo dio a él primero, y se le dará retribución?». No sé que haya otro lugar en todo el Testamento nuevo, en que literalmente se viese que Cristo lo cerrase todo en la incredulidad, para tener misericordia de todos, sino éste de Santo Tomás; pues en su incredulidad desengañada y convertida en fe por la paciencia de Cristo, curó con misericordia la duda de todos los corazones, como lo afirma San Pedro Crisólogo en el lugar referido, diciendo que dudó Tomás para que nadie dudase. Es tan sublime esta misericordiosa paciencia de Dios, que en acabándola de referir, exclama San Pablo con tan esclarecidas palabras: «¡Oh altura de las riquezas de la sabiduría y ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios, y cuán investigables sus caminos!». Exclamación que nos da bien a entender de cuán majestuosa admiración está colmado este misterio, y que para mi intento es el ejemplar más a propósito y el mayor.

Ofréceseme considerar con novedad (quiera Dios con provecho y acierto) por qué causa, siendo María Magdalena tan favorecida de Cristo, y tan amartelada y tierna amante suya, y que con tanta solicitud y lágrimas le buscaba en el sepulcro, habiendo asistido al pie de la cruz; cuando buscándole, y no conociendo a Cristo, le pregunta por sí mismo, y Cristo con sólo llamarla María se da a conocer, y ella derretida en amor le llama Maestro, Cristo la dice «No me quieras tocar»; y a Tomás, que certificándole los demás apóstoles que Cristo había resucitado, dijo con despego incrédulo: «Si no veo las señales de los clavos y entro mi mano en su costado, no lo creeré»; no sólo se le aparece, no sólo dice que le toque, sino le manda que le escudriñe las entrañas, que le repase las heridas. ¿Por qué el Señor dispensa aquí, para que le toque Tomás, el inconveniente de no haber subido al Padre, y en la Magdalena no lo dispensa, pues dice: «No me quieras tocar, porque aún no he subido a mi Padre»?

Señor, en tocar la Magdalena a Cristo no había interés de bien universal, solamente una caricia amorosa de reverencia y adoración; mas en el tocar Tomás a Cristo había utilidad para la fe y creencia de todos. Del tacto de aquella mano pendían los corazones de todos los hombres, el crédito de aquella gloriosa resurrección. Aquella mano, tentando con duda, adiestra a que nosotros con la fe, que es ciega, acertemos creyendo. Por eso acaba su sermón el gran Crisólogo diciendo: «Vengan y oigan los herejes, y como dice el Señor, no sean incrédulos, sino fieles. Cristo nuestro Señor no dispensó por las caricias en sus favorecidos y amados algo de su severidad, y siempre dispensó por el provecho y mejora de los suyos y de las almas. Cuando a vuestra majestad le dicen que un vasallo hizo de otra manera lo que en su real nombre se le mandó, o que lo hizo mal, o que no lo hizo, entonces ha de dispensar a intercesión de la paciencia (virtud de Dios) con su poder para castigarle, con su ira para deshacerle. Entonces para reducirle ha de hacer las más encarecidas pruebas de su real ánimo: no sólo le ha de oír vuestra majestad, no sólo dejar que le vea, ha de consentir que ponga la mano en las diligencias que a su remedio importan; que en estos negocios tanto importa a los reyes dejar que los toquen los acusados para que los reyes no crean acusaciones envidiosas, como que los toquen para creer y obrar lo que dicen y mandan.

¿Cuál descortesía pudo igualarse a no creer que Cristo había resucitado, habiéndolo él dicho, y diciéndoselo a Tomás los otros apóstoles? Empero el Señor, que vio el bien que resultaba de aquella incredulidad, olvidó la descortesía y atendió al provecho del mundo. ¿Quién contará los príncipes a quien ha depuesto su impaciencia? ¿Los que por ella han sido cuchillo de sus reinos, veneno de sus buenos vasallos, fin de sus grandezas, vituperio de sus ascendientes, infamia de los siglos, escándalo a los porvenir y abominación a la memoria de las gentes? ¿Quién, sin perder la paciencia, pudo ser cruel? ¿Quién avaro? ¿Quién soberbio? ¿Quién adúltero? ¿Quién tirano? Si pudo resultar provecho tan grande de la incredulidad de Tomás examinada, ¿por qué Señor, no podrá resultar para los reyes y príncipes de la duda y terquedad de los vasallos? Para que esto no se averigüe, los que mal los asisten procuran que no sólo no puedan tomar a los monarcas, mas ni verlos ni hablarlos. No quieren que la mano delincuente negocie por sí, sino con las manos que la hacen delincuente. Dios guarde a vuestra majestad, que en esto ha dado ejemplo a todos los reyes de su tiempo, cuando en materia tan ardua y temerosa se cerró con el duque de Ariscot, gran señor en Flandes, y le oyó, y vio, y acercó a sí con piedad magnánima de que espero resultará a él libertad con perdón, y a vuestra majestad gloria con seguridad.

El grande y magnánimo rey don Alonso de Aragón (a quien todas las naciones llaman por excelencia el Sabio) tuvo tan docta e invencible paciencia, que no sólo sufrió que se le atreviesen, como se vio en el soldado que en público en Nápoles le detuvo con insolencia, mas no contento con perdonarlos, premió a los que de él hablaban mal; y no consintió que en su presencia se dijese de otros, como sucedió con los que notaron a Nicolao Pichinino de bajo nacimiento. No sólo no rehusaba que no le obedeciesen, antes mandaba a todos sus consejos que no le obedeciesen en lo que ordenase contra razón; y a los ministros que dependían de estos superiores, mandaba que no los obedeciesen en lo que no fuese justo. Así lo refiere todo esto de este raro ejemplo de reyes valientes y sabios y católicos Antonio Panormitano, en el libro que en latín escribió de sus dichos y hechos, adicionado por el doctísimo Eneas Silvio, obispo de Sena, por otro nombre papa Pío. Léase este libro y el que de su historia escribió el elegantísimo Bartolomé Faccio, y se verá cuánto mayor rey fue don Alonso con una paciencia perpetuamente docta y triunfante, que Alejandro Magno y César; cuánto mayor capitán que Aníbal y Escipión; cuánto más sabio que Sócrates.

Conozcan pues los que a los príncipes les quitan la paciencia, todo lo que les quitan; pues les quitan todo lo que es bueno y real. Deseo saber dónde halló Nerón paciencia para sufrir siempre y solos a aquéllos que le quitaban la paciencia para que no pudiese sufrir a ningunos otros; y cómo y dónde dejaron éstos paciencia en Nerón para sí, quitándosela  para los demás. Tropelía es del diablo ésta: padeciola Roma en este y en otros malos emperadores, sin entenderla. Tan grande virtud y tan real es la de la paciencia, que Tertuliano dice de ella estas animosas y altísimas palabras, hablando de Cristo: «El que propuso esconderse en la figura de hombre, nada de la impaciencia de hombre imitó. De esto principalmente, fariseos, debisteis conocer al Señor; paciencia semejante ningún hombre pudo alcanzarla». ¡Gran dignidad de la paciencia de Cristo principalmente debieron conocer los fariseos que era Dios; pues siendo hombre, no participaba nada de la impaciencia de hombre! ¿Quién desecha virtud que da a conocer a Dios, siendo hombre? Y ¿cuál hombre admitirá la impaciencia, no sólo pecado del demonio, sino artífice de los demonios y de los pecados y de los pecadores? Así lo prueba, desde Luzbel y Adán y Caín, universalmente San Cipriano, en su Oración de paciencia. Según esto, los que a su señor dijeren que tener paciencia es de esclavos, y de bestias el sufrir, contradicen a la verdad calificada por Cristo con sus mismas experiencias.

Tiene el diablo sus paciencias, porque siempre pone los nombres de las virtudes a sus maldades. Aconsejan los instrumentos de Satanás, que por un leve descuido quiten el oficio y el crédito a uno: quéjase, y dícenle con enojo que agradezca a la suma paciencia del rey el haberle sufrido sin hacerle morir en una prisión; préndenle, y dícenle que agradezca no haberle hecho quitar la vida; hácenle morir, lloran los hijos, -dicen que fue paciencia no degollarlos con el padre. ¿Quién creerá esto, sino el que lo mandare hacer? Porque el demonio que lo aconseja, porque conoce lo que es, lo aconseja. Él no hace sino poner nombres: a la soberbia llama grandeza, y a la envidia atención, y al robo ganancia, y a la avaricia prudencia, y a la mentira gracia, y a la venganza castigo; y por el contrario, a la humildad vileza, a la pobreza infamia, al desinterés descuido, a la verdad locura, y a la clemencia flojedad. Y los que estudian por estos vocabularios sólo adquieren suficiencia para condenados. Dije que la paciencia siempre era vencedora en la guerra: lo que yo dije dicen las historias del mundo. Alejandro Magno, a quien el grito universal da mayor gloria militar, véase si fue en otra virtud tan frecuente ni tan glorioso: léanse sus acciones con los vencidos, con los que se le dieron, con los enemigos que cautivó. ¡Cuál ejemplo de paciencia dio con el aviso del veneno! ¡Cuál de constante ánimo y sufrido en las heridas, pues dice Plutarco que no tenía parte en su cuerpo que no se la señalasen! ¡Cómo trató a la mujer e hijas de Darío! ¡Cómo sufrió el motín de su gente! ¡Cuán magnánimo fue en dar lo que más quería! ¡Con cuán dócil paciencia oía de los sabios los consejos y las reprensiones! ¡De Diógenes los desprecios! Julio César, que le es segundo, sólo tuvo por principio, medio y fin de sus glorias la paciencia: ésta fue su imperio y su  mayor estratagema en la guerra. Carlos V, nuestro glorioso emperador, a quien estos dos deben ceder, a entrambos los excedió en grandeza. Nadie mereció el imperio con más virtudes, ni lo tuvo con más triunfos, ni le dejó con tanta gloria; y esto porque los excedió a todos en la virtud de la paciencia. No se lee sin ejemplo en ella alguna palabra en su vida ni en su muerte, por eso gloriosas entrambas.

Señor, esta doctrina de la paciencia militar un ejemplo de los romanos es quien mejor la enseña. Quinto Fabio Máximo (llamado El Cuntador, El Detenido, que en sustancia es El Sufridor), conociendo la valentía y astucias de Aníbal, y que si recibía batalla o si se la daba se perdía, aconsejado con la paciencia le llegó a desesperar. Los bachilleres en el Senado llamáronla cobardía; enviaron otro que alternativamente mandase con él: éste de impaciente dio la batalla de Canás y perdiose con toda la nobleza romana, sólo por haber perdido la paciencia con que Quinto Fabio vencía sin pelear. Irrefragable texto es en el libro 1 de los Macabeos, en el verso 3 del cap. 81. «Y (oyeron) cuanto habían hecho en la región de España, y cómo habían puesto bajo de su poder las minas de plata y de oro que hay allí, y habían conquistado toda la región por su consejo y paciencia». Donde el nombre paciencia dice literalmente toda la valentía victoriosa de los romanos en España.

La paciencia, Señor, no da lugar a la ira ni a la pasión, con que estorba la ceguedad, y se le debe la vista; da lugar al consejo, y al mejor consejero, con que se le debe el acierto: ella dispone la prevención propia, y embaraza la ajena; no admite presunción ni orgullo, con que no se precipita; no cree ligeramente, con que no se engaña; no se cansa de oír, con que se informa; ni de ver, con que se asegura; en los casos adversos se recobra, en los prósperos se reporta. Pues, Señor, si esto obra la paciencia, y la impaciencia lo contrario; y Cristo naciendo, viviendo y muriendo, y lo que más es, resucitado, nos es (todo y en todo) ejemplo de paciencia, ¿quién no conocerá en ella y por ella todas las utilidades de la guerra y de la paz del alma y del cuerpo, de la vida y de la muerte? Mucho importa la paciencia para vencer; más si el vencedor la deja, podrá ser vencido de su propia victoria por la confianza de ella. Cristo nuestro Señor, muriendo, había vencido la muerte y el infierno con la paciencia; y con no poder ser vencido nunca, ni de nada, victorioso y triunfante y resucitado, no sólo tuvo paciencia, sino la mayor, como he probado en este capítulo. ¿Quién peleó como Job con todos los elementos, con Satanás, con la salud y con los amigos? ¿Cuál persecución fue igual a la suya? Todo lo venció con la paciencia. Y victorioso por no quedar sin ejercicio de paciencia, dice Tertuliano en su libro De patientia, que no pidió a Dios que le volviera, con lo demás, sus hijos, que le había muerto la ruina de la casa; que si los pidiera, otra vez se llamara padre. Sufrió tan voluntaria orfandad por no vivir sin alguna paciencia. Hasta en esto fue Job sombra de Cristo, que después de la victoria que le dio la paciencia, quiso quedarse con paciencia que le conservase victorioso. Que la paciencia en el príncipe y en los vasallos es el alma de la paz, es cierto; porque la paz es amor y caridad, y la caridad el Apóstol dice es paciente y es sufrida.

Con admirable elegancia lo dice Tertuliano (harele español, con temor de poder expresar aquella elegancia africana): «La dilección, dice, es magnánima: así admite la paciencia. Es bienhechora: la paciencia no hace mal. No envidia: eso propio es de la paciencia. No sabe a protervia: la modestia tomó de la paciencia. No se hincha, no se encona: no son cosas que pertenecen a la paciencia. No cobra lo propio: súfrelo mientras a otro aprovecha. No se irrita: ¿qué dejará a la impaciencia? Por esto dice: La dilección todo lo sufre, todo lo sobrelleva; conviene saber, porque es paciente. Con razón, pues, nunca caerá: todas las demás cosas se evacuarán, serán consumidas. Agotarse han las lenguas, las ciencias y las profecías: quedan la fe, la esperanza y la dilección. La fe, que la paciencia de Cristo introdujo; la esperanza, que la paciencia del hombre espera; la dilección, que teniendo a Dios por maestro, acompaña la paciencia».

Luego pruébase que sin paciencia no se puede gobernar la paz: porque no hay fe, esperanza y caridad sin paciencia; y sin estas tres virtudes no puede haber paz, ni gobierno pacífico, ni cristiano. Por esto los que quieren a los reyes con paciencia para ellos solos, que ellos solos los sufran, y que a todos los demás sean insufribles, en nada se ocupan tanto como en poner asco para la grandeza real en la virtud de la paciencia. Dicen que los hace despreciables, que los abate, que introduce pusilanimidad en su soberanía y abatimiento en su respeto; que les borra la majestad, y se la vulgariza. Dicen verdad, si se entiende de la paciencia con que los sufren a ellos solos.

Quiero quitar a la paciencia estas máscaras abominables con que estos solicitadores de la mentira desfiguran la paciencia, y que descubra la hermosura de su rostro una acción del rey don Alonso el Sabio, rey de Aragón, de Nápoles y Sicilia; rey que en los que le precedieron no tuvo de quien pudiese aprender ni ser discípulo, y de quien todos los porvenir aprendieron y aprenderán. Refiérela el libro citado de sus Dichos y Hechos, en el fol. 9, pág. 1, al fin; y refiérela Antonio Panormitano, que la vio: «Yendo que íbamos de Aversa para Capua, acaeció que el rey iba el delantero de todos; acaso halló que a un pobre hombre se le había caído en el lodo un asno cargado de harina, y él estaba en necesidad, sin haber quien le ayudase, dando voces. Los que algo tras quedábamos vimos al rey apearse del caballo; vimos luego al rústico asido de la una parte del asno, y al rey de la otra; de manera que se lo ayudó a levantar del lodo. Nosotros entonces aguijamos y limpiamos al rey del lodo que se le había pegado. El labrador que esto vio, y conociendo que era el rey, estaba espantado, y temblando de miedo pedía perdón. Esto fue, como veis, una muy poca cosa; mas sin duda fue causa la nueva que de aquí salió, para que muchos pueblos de la Campania se dieran muy libremente al rey». Y añade en su nota o glosa, Eneas Silvio, papa Pío: «El rey don Alonso, por haber ayudado al asnero, concilió a sí los de Capua». Éstas son, fielmente trasladadas, las palabras con que los refiere Antonio Rodríguez de Ávalos en la traducción de este libro, que hizo e imprimió en Amberes en casa de Juan Steelsio, año 1554.

Señor, considere vuestra majestad si puede haber acción de rey en que intervengan más bajos interlocutores: un asno, un villano, una carga de harina, un pantano. ¿Quién duda que si estuvieran con el gran rey los que llegaron después a limpiarle el lodo, que riñendo al villano por desvergonzado, procuraran manchar con impaciencia aquel ánimo todo real? ¿Cuáles cosas dijera la retórica de la adulación contra el villano? ¿Qué inconvenientes hallara en el lodo para la grandeza coronada y en la vileza del asno para el decoro de la caballería? Lo cierto es, Señor, que el rey lo hizo porque iba solo. ¿Qué le dio este asno caído, y este lodo que le ensució, por medio de su magnánima paciencia? Muchos lugares de la Campania, y a Capua, fortísima ciudad y cabeza de aquella provincia. Más y mejor, muy poderoso monarca, conquistó el nunca bastantemente alabado rey don Alonso con un borrico caído, que todo el poder de los griegos con el caballo preñado de escuadras. Él, con lodo y sin sangre ganó una provincia: ellos, con sangre y fuego y traición y engaño una sola ciudad. Juzgue vuestra majestad si debió más aquel rey a su paciencia, que le apeó del caballo para levantar al asno caído y le enlodó en el pantano, que a sus allegados, que estregándole el lodo, no hacían otra cosa sino quitarle la tierra que agradecida a tal acción, pegándose a su vestido, le dio posesión de sí misma. Nunca se levantan más los reyes que cuando se bajan a levantar los caídos, aunque sean bestias. Este rey (de quien se escribe que estudió tantas veces con sus glosas toda la Biblia, que casi la tenía de memoria) sin duda de aquella meditación se dispuso a imitar, como le fue posible, la paciencia de Cristo, Dios y hombre verdadero; y esto le hizo rey poderosísimo, muy sabio, siempre triunfante aun preso de sus enemigos, como se lee en su historia: en todo piadosísimo, sabio en dichos y en hechos, católico en ejemplo a todos sus vasallos, padre en el amor, rey y padre en la soberanía y gobierno, padre, rey y maestro en la enseñanza.

He dicho cómo en su vida y en su muerte todo lo obró Cristo nuestro Señor con paciencia, y luego que resucitó. Resta decir cuánto y con cuál amor favorece la paciencia de los suyos, y cuánto le merecen con la paciencia. Murió Cristo, y fue su sacratísimo cuerpo sepultado; y en aquellos días que estuvo en el sepulcro, bajó su sacratísima alma al limbo a sacar las almas de los padres, que con tan larga y envejecida paciencia le estaban aguardando por tantos siglos. Premió la paciencia antes de resucitar con su glorioso cuerpo: fineza, Señor, llena de celestiales promesas a los que esperaren en su divina majestad, y le esperaren con infatigable paciencia.

Seis apariciones de Cristo, verdadero rey y rey de gloria, se leen después de su resurrección, y en todas mostró su inmensa paciencia con la incredulidad de los suyos, que no creían su resurrección y le tenían por fantasma, y oyendo a las santas mujeres que había resucitado, lo tenían por burla.

De suerte, Señor, que el ministro de que Cristo se servía para todos sus negocios, vivo, y muriendo, y muerto resucitado, fue la paciencia. Bien encomendada queda con estas meditaciones, para que el real ánimo de vuestra majestad y su piadosísima inclinación, su santo celo, su justicia católica, no despache nada sin ella, ni deje que se la usurpen, ni consienta que se la limiten, ni permita que se la comenten. Esto es desear que vuestra majestad prosiga lo que siempre ha hecho, y que siempre sea, como siempre ha sido, el mayor lugarteniente de Dios entre los monarcas temporales, y el más obediente hijo de su vicario en la universal y católica Iglesia romana.




Francisco de Quevedo y Villegas: “Política de Dios, gobierno de Cristo” (1635), Capítulo XX.




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martes, 24 de diciembre de 2019

Sermón sobre la Navidad - San Bernardo


Sobre el anuncio litúrgico del nacimiento del Señor:

Jesucristo, Hijo de Dios, nace en Belén de Judá

Un grito de júbilo resuena en nuestra tierra; un grito de alegría y de salvación en las riendas de los pecadores. Hemos oído una palabra buena, una palabra de consuelo, una frase rezumante de gozo, digna de todo nuestro aprecio.

Exultad, montañas; aplaudid, árboles silvestres, delante del Señor porque llega. Oíd cielos; escucha, tierra; enmudece y alaba, coro de las criaturas; pero más que nadie, tú, hombre. Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de Judá. ¿Quién tendrá corazón tan de piedra que, al oír este grito, no se le derrita el alma? ¿Se podría anunciar mensaje más consolador? ¿Se podría confiar noticia más agradable? ¿Cuándo se ha oído algo semejante? ¿Cuándo ha sentido el mundo cosa parecida?

Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de Judá. ¡Expresión concisa sobre la Palabra condensada, pero henchida de celeste fragancia! El afecto se fatiga intentando expandir un mayor derroche de esta meliflua dulzura, pero no encuentra palabras. Tanta gracia destila esta expresión, que, si se altera una simple coma, se siente de inmediato una merma de sabor.

Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de Judá. ¡Oh nacimiento esclarecido en santidad, glorioso para el mundo, querido por la humanidad a causa de incomparable beneficio que le confiere, insondable incluso para los ángeles en la profundidad de su misterio sagrado! Y bajo cualquier aspecto, admirable por la grandeza exclusiva de su novedad; jamás se ha visto cosa parecida, ni antes ni después. ¡Oh alumbramiento único, sin dolor, cándido, incorruptible; que consagra el templo del seno virginal sin profanarlo! ¡Oh nacimiento que rebasa las leyes de la naturaleza, si bien la transforma; inimaginable en el ámbito de lo milagroso, pero subsanador por la energía de su misterio!

Hermanos: ¿Quién podrá proclamar esta generación? El ángel anuncia. La fuerza de Dios cubre con la sombra. Baja el Espíritu. La Virgen cree. La Virgen concibe en la fe. La Virgen alumbra y permanece virgen. ¿Quién no se asombrará? Nace el Hijo del Altísimo, Dios de Dios, engendrado antes de todos los siglos. Nace la Palabra-niño. Imposible admirarlo cual se merece.

Tampoco es inútil este nacimiento, ni queda estéril tal condescendencia de la majestad divina. Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de Judá. Los que yacéis en el polvo, levantaos exultantes. Mirad al Señor de la salvación. Trae la salvación y viene con ungüentos y con gloria. Es inconcebible un Jesús sin salvación, como lo es un Cristo sin unción y un Hijo de Dios sin gloria. Él es la salvación; él, la unción y la gloria, como está escrito: El Hijo sensato es la gloria del padre.

Dichosa el alma que ha gustado del fruto de la salvación, porque le atrae y corre tras el olor de los perfumes para contemplar su gloria, gloria del Hijo único del Padre. Reanimaos los que os sentís desahuciados: Jesús viene a buscar lo que estaba perdido. Reconfortaos los que os sentís enfermos: Cristo viene para sanar a los oprimidos con el ungüento de su misericordia. Alborozaos todos los que soñáis con altos ideales: el Hijo de Dios baja hasta vosotros para haceros partícipes de su reino. Por eso imploro: Sáname, Señor, y quedaré sano; sálvame, y quedaré a salvo; dame tu gloria, y seré glorificado. Y mi alma bendecirá al Señor, y todo mi interior a su santo nombre, cuando perdones todas mis culpas, cures todas mis enfermedades y sacies de bienes mis anhelos.

Estas tres cosas, queridísimos míos, saboreo en mi alma cuando oigo la buena noticia del nacimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios. ¿Por qué le llamamos Jesús? Únicamente porque salvará a su pueblo de todos sus pecados. ¿Y por qué le llamamos Cristo? Porque hará pudrir el yugo de tu cuello con la efusión del aceite. ¿Por qué e Hijo de Dios se hace hombre? Para que los hombres se vuelvan hijos de Dios. ¿Quién puede resistir a su voluntad? Si Jesús es el que perdona, ¿quién se atreverá a condenar? Si es Cristo el que cura, ¿quién podrá herir? Si el Hijo de Dios es el que enaltece, ¿a quién se le ocurrirá humillar?

Nace Jesús. Alégrese incluso el que siente en su conciencia de pecador el peso de una condena eterna. Porque la misericordia de Jesús sobrepuja el número y gravedad de los delitos. Nace Cristo. Gócense todos los que han sufrido la violencia de los vicios que dominan al hombre, pues ante la realidad de la unción de Cristo no puede quedar rastro alguno de enfermedad en el alma, por muy arraigada que esté. Nace el Hijo de Dios. Alborócense cuantos sueñan con sublimes objetivos, porque es un generoso galardonador.

Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de Judá. Fíjate en el detalle. No nace en Jerusalén, la ciudad de los reyes. Nace en Belén, diminuta entre las aldeas de Judá. Belén, eres insignificante, pero el Señor te ha engrandecido. Te enalteció el que, de grande que era, se hizo en ti pequeño. Alégrate Belén. Que en todos tus rincones resuene hoy el cántico del "Aleluya". ¿Qué ciudad, oyéndote, no envidiará ese preciosísimo establo y la gloria de su pesebre? Tu nombre se ha hecho famoso en la redondez de la tierra y te llaman dichosa todas las generaciones. Por doquier te proclaman dichosa, ciudad de Dios. En todas partes se canta: El hombre ha nacido en ella; el Altísimo en persona la ha fundado. En todo lugar, repito, se anuncia se proclama que Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de Judá.

Y no en vano se añade de Judá, pues la expresión nos insinúa que la promesa se hizo a nuestros padres. No se le quitará a Judá el cetro, no dejará de salir el caudillo de entre sus muslos, basta que llegue el que tiene que venir. El mismo será la esperanza de todas las naciones. Es cierto que la salvación viene de los judíos, pero se extiende hasta los confines de la tierra. Está escrito: A ti, Judá, te alabarán tus hermanos; pondrás tus manos sobre las nucas de tus enemigos; y otras cosas que leemos, pero que nunca se cumplieron en la persona de Judá, sino únicamente en Cristo: él es el león de la tribu de Judá. Sobre esto mismo está también escrito: Judá es un cachorrillo de león; te has abalanzado hacia la presa, hijo mío. Cristo es el hábil cazador que, antes de saber decir mamá o papá, se llevó el botín de Samaria. Diestro conquistador que, subiendo a lo alto, llevó cautiva a la misma cautividad. Y, sin robar nada, distribuyó dones a los hombres.

La expresión Belén de Judá nos recuerda estas profecías y otras parecidas que se cumplieron en Cristo, porque se referían a su persona. Ya no nos interesa saber si de Belén puede salir algo bueno.

Lo que sí nos interesa saber es la manera como quiere ser acogido el que quiso nacer en Belén. Quizá alguno hubiera pensado prepararle fastuosos palacios, para acoger con realce al rey de la gloria. No es ése el motivo de su venida desde el trono real. En la izquierda trae honor y riquezas, y en la derecha largos años. En el cielo había abundancia eterna de todas estas cosas, pero no pobreza. Precisamente abundaba y sobreabundaba esto en la tierra, y el hombre ignoraba su valor. El Hijo de Dios se prendó de ella, bajó, se la escogió, y revalorizó su encanto para nosotros. Engalana tu lecho, Sión; pero con humildad y con pobreza. le agradan estos pañales. María nos asegura que le gusta envolverse con estas telas. Sacrifica a tu Dios las abominaciones de los egipcios.

Por último, fíjate que nace en Belén de Judá. Procura tú mismo llegar a ser Belén de Judá. Entonces no desdeñará tu acogida. Belén es la "casa del pan". Judá significa confesión. Tú sacia tu alma con el alimento de la palabra divina. Y aunque indigno, recibe con fidelidad y con la mayor devoción posible ese pan que baja del cielo y que da la vida al mundo: el cuerpo del Señor Jesús. De este modo, la carne de la resurrección renovará y confortará al viejo odre de tu cuerpo. Así, mejorado por este sedimento, podrá contener el vino nuevo que está en el interior. Y si, en fin, vives de la fe, nunca te lamentarás de haber olvidado de comer tu pan. Te has convertido en Belén, y digno, por tanto, de acoger al Señor; contando siempre con tu confesión. Sea, pues, Judá tu misma santificación. Revístete de confesión y de gala; condición indispensable que Cristo exige a sus ministros.

Para concluir, el Apóstol te pide estas dos cosas en breves palabras: que la fe interior alcance la justicia y que la confesión pública logre la salvación. La justicia en el corazón, y el pan en la casa. Ese es el pan que santifica. Dichosos los que tienen hambre de justicia, porque quedarán saciados. Haya justicia en el corazón, pero que sea la justicia que brota de la fe. Únicamente ésta merece gloria ante Dios. Afore también la confesión en los labios para la salvación. Y ya, con toda confianza, recibe a aquel que nace en Belén de Judá, Jesucristo, el Hijo de Dios.



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