San Juan Bautista

San Juan Bautista

viernes, 12 de agosto de 2022

Día de la Recomquista (12 de Agosto) - Por Antonio Caponnetto

 


Hoy la ciudad acampa en su ribera,

el viento del sudeste empuja al río,

trazando orillas que no son de agua.

Albión está encallada en un estuario

que la cartografía de los mares

da por perdido al sur, ignoto y frío.

Sopla el invierno su canción helada,

rastro del mediodía, racha dura,

aire que no perdona al forastero.

Hoy es el día en la ciudad signada.

Bofarrul arengaba a los Miñones,

Juan Gutiérrez plegaba su velamen,

el polvorín de Alzaga está inquieto

y las anclas del bárbaro navío

yacen hundidas en la tierra infértil.

Los riachos del Tigre o San Isidro,

la Chacarita de los Colegiales,

o en Luján, los Corrales o en Olivos,

donde pasa Liniers todos lo aclaman

El ultimátum ya arribó hasta el Fuerte,

la mirada de Beresford se apaga:

“¿Cómo han llegado allí, de las orillas,

armados de trabucos antañones?

¿Quiénes son estos hombres de a caballo,

de a pie, de a puño limpio, o poncho al brazo?

¿De qué cuartel salen mujeres, chicos,

viejos, caudillos, veteranos, frailes,

en qué Academia las terrazas lanzan

aceite hirviendo, piedras o guijarros?

¿Qué táctica es aquella de facones,

de relinchos, caronas y cabestros?

¿Cuándo enseñó el Liceo entre sus aulas

que una reja es puñal o carabina,

cuándo se vio el repique de badajos

animando el coraje de plegarias?”

A bayoneta y paso de carrera

otra vez Bofarrul se abre camino

entre dos centenares de invasores.

Y Liniers en vanguardia, sable enhiesto,

en las calles, la plaza, la recova,

en el pórtico antiguo del santuario,

multiplicando esfuerzos y victorias.

Tres balas condecoran su uniforme,

él escucha un clamor: “¡avance, avance!”

Su nombre y su destino eran Santiago.

Las murallas del Fuerte por asalto,

el puente levadizo que se tumba,

el mástil rojo y gualda, nuevamente,

desfila la derrota, silenciosa.

Hoy es el día en la ciudad signada,

un día medieval, templario, andante.

Santa María de la Reconquista

se llama desde entonces Buenos Aires.


Antonio Caponnetto


martes, 9 de agosto de 2022

Tiranía y abuso sexual en la Iglesia católica: una tragedia jesuita - Dr.John R.T. Lamont



A la luz de las nuevas revelaciones sobre los abusos sexuales en la Iglesia, muchos católicos se preguntan cómo es posible que se haya producido la situación que estas revelaciones han descubierto. La primera pregunta que surge, una pregunta de larga data, es: ¿Por qué los obispos trataban a los abusadores sexuales ocultando sus ofensas y transfiriéndolos a nuevas asignaciones, en lugar de removerlos del ministerio? Todavía no se ha dado una respuesta satisfactoria a esta pregunta. La cuestión ahora se ha acentuado más por una pregunta adicional; ¿cómo Theodore McCarrick fue nombrado arzobispo de Washington y cardenal, e incluso se convirtió en uno de los principales redactores de la política de los obispos estadounidenses sobre el abuso sexual en 2002, cuando su propia participación en el abuso sexual era ampliamente conocida en los círculos clericales y se había dado a conocer a La Santa Sede?

Estas cosas no sucedieron a causa de la ley eclesiástica. Hasta el 27 de noviembre de 1983, la ley vigente en la Iglesia latina era el Código de Derecho Canónico de 1917. El canon 2359 §2 de este código decretó que, si los clérigos cometen una ofensa contra el sexto mandamiento del Decálogo con menores de dieciséis años, sean suspendidos, declarados infamantes, privados de todo oficio, beneficio, dignidad o cargo que pueden sostener, y en los casos más graves depuestos.

Este canon fue reemplazado por el Canon 1395, §2 en el Código de 1983, que establece que 'el clérigo que de cualquier otra manera ha cometido una ofensa contra el sexto mandamiento del Decálogo, ... con un menor de dieciséis años, sea castigado con penas justas, sin excluir la destitución del estado clerical si el caso así lo amerita'. El Código de 1983 abordaba delitos del tipo cometido por el Cardenal McCarrick con el Canon 1395 §2, que establece que 'Un clérigo que de otra manera ha cometido una ofensa contra el sexto mandamiento del Decálogo, si el delito se cometió por la fuerza o amenazas o públicamente o con un menor de dieciséis años, debe ser castigado con penas justas, sin excluir la expulsión del estado clerical si el caso así lo amerita.” Estos cánones no presentan estos castigos como opciones; requieren que tales ofensas sean castigadas por la autoridad eclesiástica. Así que nuestra pregunta ahora es; ¿Por qué las autoridades eclesiásticas violaron la ley al no hacer cumplir estos cánones?

Sin duda, una serie de factores se combinaron para producir esta situación desastrosa. Sin embargo, hay un factor que no ha sido ampliamente discutido o entendido, pero que ha tenido un efecto preponderante en dar lugar a la escandalosa situación que ahora absorbe nuestra atención. Esta es la influencia dentro de la Iglesia de una concepción de la autoridad como una forma de tiranía, en lugar de estar basada y constituida por la ley. Este ensayo presentará la naturaleza de esta concepción, describirá cómo llegó a ser influyente y explorará algunos de sus resultados más significativos.

Los orígenes intelectuales de esta concepción de la autoridad y la obediencia se encuentran en gran medida en la teología y la filosofía nominalistas. Guillermo de Ockham se puso notoriamente de un lado del dilema de Eutifrón al afirmar que las buenas acciones son buenas simplemente porque son ordenadas por Dios, y que Dios podría hacer que la idolatría, el asesinato y la sodomía fueran buenas, y que la abstención de estas acciones fuera mala, si él ordenaba que así se hiciera. Esta concepción de la autoridad divina presta apoyo a una comprensión tiránica de la autoridad en general basada en la voluntad arbitraria del poseedor del poder, más que en la ley.

Una comprensión de la autoridad basada en la ley, por el contrario, sostiene que la ley derivada de la naturaleza del bien proporciona la fuente de la autoridad de un gobernante, y delimita la esfera en la que un gobernante puede dar órdenes. Los estudiosos saben desde hace mucho tiempo que el dominio del pensamiento nominalista del siglo XIV dejó su huella en el pensamiento católico durante siglos, con tesis claves del nominalismo que permanecieron arraigadas incluso en los eruditos que creían que defendían las tradiciones antinominalistas. La naturaleza de la autoridad fue una de estas tesis. Los teólogos y filósofos católicos durante la Contrarreforma sostuvieron que la ley y la obligación moral deben entenderse como resultado del mandato de un superior; Suárez dio una descripción característica de la ley como 'el acto por el cual un superior desea obligar a un inferior a la realización de un acto particular'.

La restauración de la disciplina entre el clero y los religiosos fue uno de los principales objetivos de la Contrarreforma. Las teorías de la ley y la autoridad que guiaron esta restauración diferían de una posición puramente nominalista, pero estas diferencias se perdieron cuando se idearon los principios prácticos para el entrenamiento en la obediencia. Estos principios encarnaban una comprensión tiránica de la autoridad y una comprensión servil de la correcta obediencia que consistía en la sumisión total a la voluntad del superior. La formulación más influyente de estos principios se encuentra en los escritos de San Ignacio de Loyola sobre la obediencia. Los elementos clave de la noción ignaciana de autoridad son los siguientes:

— La mera ejecución de la orden de un superior es el grado más bajo de la obediencia, y no merece el nombre de obediencia ni constituye un ejercicio de la virtud de la obediencia.

— Para merecer el nombre de virtud, el ejercicio de la obediencia debe alcanzar el segundo grado de obediencia, que consiste no sólo en hacer lo que manda el superior, sino en conformar la propia voluntad a la del superior, de modo que no sólo se quiera obedecer una orden, sino que se quiera que esa orden en particular se haya dado, simplemente porque el superior así lo quiso.

— El tercer y supremo grado de obediencia consiste en conformar no sólo la voluntad sino también el intelecto a la orden del superior, de modo que no sólo se quiera que se haya dado una orden, sino que se crea realmente que la orden era la orden justa para dar, simplemente porque el superior lo dio. “Quien quiere hacer de sí mismo una oblación entera y perfecta, además de su voluntad, debe ofrecer su entendimiento, que es un grado ulterior y supremo de obediencia. No sólo debe querer, sino que debe pensar lo mismo que el superior, sometiendo su propio juicio al del superior, en cuanto una voluntad devota puede doblegar el entendimiento.

— En el más alto y más meritorio grado de obediencia, el seguidor no tiene más voluntad propia para obedecer que un objeto inanimado. “Cada uno de los que viven bajo la obediencia debe dejarse llevar y dirigir por la Divina Providencia por medio del superior como si fuera un cuerpo sin vida que se deja llevar a cualquier lugar y ser tratado de la manera deseada, o como si fuera un bastón de anciano que sirve en cualquier lugar y de cualquier manera en que el poseedor quiera usarlo.'

— El sacrificio de la voluntad y del intelecto que implica esta forma de obediencia es la más alta forma de sacrificio posible, porque ofrece a Dios las más altas facultades humanas, a saber. el intelecto y la voluntad.

Cabe decir que el ejercicio práctico de la autoridad de San Ignacio no concordaba con sus propios escritos. Estaba acostumbrado a enviar jesuitas en misiones independientes donde tenían que usar su iniciativa. Interpretado literalmente, sus escritos sobre la obediencia no podrían tener aplicación en estas situaciones, porque el superior no estaba allí para dar las órdenes a las que se debe este tipo de obediencia.

Podemos explicar la contradicción entre su teoría y su práctica por la influencia de las ideas filosóficas y teológicas aceptadas de su tiempo, y por los objetivos a los que apuntaban sus enseñanzas sobre la obediencia. Su doctrina sobre la obediencia estaba destinada a proporcionar un entrenamiento inicial en disciplina, del tipo practicado en la profesión militar que una vez había seguido. Una vez completada esta formación, también se pretendía que los jesuitas en misión independiente interiorizaran el objetivo que sus superiores les habían enviado a cumplir, para que cumplieran correctamente y con entusiasmo las misiones que les habían sido encomendadas. Pero San Ignacio no pretendía dar a los superiores religiosos un control totalitario sobre todos los pensamientos y acciones de sus subordinados.

Desgraciadamente, los intérpretes de sus obras leyeron sus escritos al pie de la letra y le atribuyeron el mantenimiento de un control totalitario de este tipo como modelo de autoridad religiosa. Algunas exposiciones de su enseñanza describieron la obediencia a una orden que uno sospecha, pero no es seguro que sea inmoral, como una forma de obediencia especialmente alta y loable. Esta declaración sobre el mérito excepcional de obedecer órdenes que son moralmente dudosas se hace en la carta 150 de San Ignacio. La carta, de hecho, fue escrita para él por el P. Polanco, su secretario; pero como salió con la firma de San Ignacio, se benefició de su autoridad.

El pleno desarrollo de una concepción tiránica de la autoridad religiosa y una concepción servil de la obediencia se encuentra en “Práctica de perfección y virtudes cristianas” de Alonso Rodríguez S.J. Esta obra, el manual de teología ascética de la Contrarreforma más leído, se publicó en 1609. Fue lectura obligada para los novicios jesuitas hasta el Concilio Vaticano II. Su contenido fue aceptado como la interpretación correcta de la enseñanza de San Ignacio sobre la obediencia. En su propuesta de examen de conciencia, el hermano Rodríguez (que no debe confundirse con San Alfonso Rodríguez mártir) exige al penitente:

II. Obedecer en voluntad y corazón, teniendo un mismo deseo y voluntad que el Superior.

III. Obedecer también con entendimiento y juicio, adoptando la misma opinión y sentimiento que el Superior, no dando lugar a juicios o razonamientos en contrario.

IV. Tomar la voz del Superior… como la voz de Dios, y obedecer al Superior, quienquiera que sea, como a Cristo nuestro Señor, y lo mismo para los funcionarios subalternos.

V. Seguir la obediencia ciega, es decir, la obediencia sin indagación ni examen, ni búsqueda de razones del porqué y del para qué, siendo razón suficiente para mí que es obediencia y mandato del Superior.

Rodríguez alaba la obediencia, tal como él la entiende, en términos esclarecedores.

Uno de los mayores consuelos y consuelos que tenemos en la Religión es este, que estamos seguros en hacer lo que manda la obediencia. El Superior es el que puede equivocarse en mandar esto o aquello, pero ten por seguro que no te equivocas en hacer lo mandado, porque la única cuenta que Dios te pedirá es si has hecho lo que te ha mandado, y con eso vuestra cuenta quedará suficientemente descargada ante Dios. No os corresponde a vosotros dar cuenta de si la cosa mandada fue buena, o si otra no hubiera sido mejor; eso no es tuyo, sino de la cuenta del Superior. Cuando obran bajo la obediencia, Dios la quita de sus libros y la pone en los libros del Superior.

Como otros escritores, Rodríguez hace la excepción habitual por la obediencia a los mandatos que son manifiestamente contrarios a la ley divina. Sin embargo, se ha señalado que la doctrina jesuita del probabilismo tiende a anular esta excepción. De acuerdo con esta doctrina, no hay pecado en realizar cualquier acción que una autoridad acreditada mantenga como permisible; y el superior religioso de uno normalmente cuenta como una autoridad respetable. También hay un hecho psicológico que tiende a hacer que esta excepción sea nula. Interiorizar y practicar esta noción de obediencia es difícil y requiere tiempo, motivación y esfuerzo. Cuando se ha hecho con éxito, tiene un efecto duradero. Una vez que se ha destruido la capacidad de criticar las acciones de los superiores, no se puede revivir esta capacidad y su ejercicio a voluntad. Seguir la directiva de rechazar la obediencia a los superiores cuando sus órdenes son manifiestamente pecaminosas se vuelve psicológicamente difícil o incluso imposible, excepto quizás en los casos más extremos, como las órdenes de asesinar a alguien, que no son el tipo de órdenes pecaminosas que los superiores religiosos suelen tener interés en dar en ningún caso.

Esta concepción de la obediencia no quedó como una peculiaridad de la Compañía de Jesús, sino que llegó a ser adoptada por la Iglesia de la Contrarreforma en su conjunto. Se hizo predominante en la nueva institución del seminario de la Contrarreforma; el “Tratado sobre la Obediencia del sulpiciano Louis Tronson” consideró a la enseñanza y los escritos de San Ignacio como la cumbre de la enseñanza católica sobre la obediencia. La adopción sulpiciana de esta concepción fue particularmente importante por su papel central en la formación de los sacerdotes en los seminarios a partir del siglo XVII. La concepción servil de la obediencia siguió siendo la estándar hasta el siglo XX. Adolphe Tanquerey, en su obra “Précis de théologie ascétique et mystique”, ampliamente leída y traducida (y en muchos sentidos excelente), pudo escribir que las almas perfectas que han alcanzado el más alto grado de obediencia, someten su juicio al de su superior, sin siquiera examinar las razones por las cuales él las manda.

El enfoque jesuita de la manifestación de la conciencia contribuyó a inculcar una comprensión totalitaria de la autoridad. San Ignacio no sólo alentó, sino que exigió la manifestación de la conciencia, y exigió que la manifestación se hiciera al superior religioso. La manifestación de la conciencia incluía 'las disposiciones y deseos para la realización del bien, los obstáculos y dificultades encontradas, las pasiones y tentaciones que conmueven o acosan el alma, las faltas que se cometen con mayor frecuencia... el patrón habitual de conducta, afectos, inclinaciones, propensiones, tentaciones y debilidades.” Exigió que tal manifestación se hiciera cada seis meses, y ordenó que todos los superiores e incluso sus delegados estuvieran capacitados para recibir estas manifestaciones. En lugar de restringir el propósito de la manifestación de la conciencia al bienestar espiritual del manifestado, no solo permitió, sino que exigió al superior que usara el conocimiento de sus subordinados ganado a través de la manifestación de la conciencia para propósitos de gobierno.

El poder arrogante que esta práctica otorga al superior religioso no necesita subrayarse. Las antiguas órdenes religiosas se resistieron a la introducción de una manifestación obligatoria de conciencia según el modelo de San Ignacio, pero muchos institutos religiosos modernos la adoptaron. Los abusos de la práctica fueron tan graves que el papado finalmente tuvo que prohibirla. Fue prohibido para todos los religiosos por el canon 530 del Código de Derecho Canónico de 1917 (sin embargo, a los jesuitas se les permitió conservarlo por un decreto especial del Papa Pío XI). En ese momento, sin embargo, la práctica había tenido varios siglos para dejar su huella en la comprensión de la autoridad, las formas de comportamiento y la psicología de los superiores y subordinados dentro de la Iglesia Católica.

La novedad de esta comprensión de la obediencia se puede ver al contrastarla con la posición de Santo Tomás de Aquino. Santo Tomás considera que el objeto propio de la obediencia es el precepto del superior (Summa theologiae,2a2aeq. 104 a. 2 co., a. 2 ad 3). El grado más bajo de obediencia de San Ignacio, que él no considera virtuoso, es considerado por Santo Tomás como la única forma de obediencia. Sostiene que las supuestas formas superiores de obediencia de San Ignacio no caen bajo la virtud de la obediencia en absoluto:

Séneca dice (De Beneficiis iii): 'Es erróneo suponer que la esclavitud recae sobre todo el hombre: porque la mejor parte de él está exceptuada'. Su cuerpo está sujeto y asignado a su amo, pero su alma es suya. Por tanto, en lo que toca al movimiento interno de la voluntad, el hombre no está obligado a obedecer a su prójimo, sino sólo a Dios. (2a2aeq. 104 a. 5 co.)

Santo Tomás no considera que la obediencia implique el sacrificio de la propia voluntad como tal. La virtud de la obediencia en su opinión solo implica el sacrificio de la voluntad egoísta, que se define por su adhesión a objetivos que son contrarios a nuestra felicidad última. Sin embargo, Rodríguez deja en claro que no es la voluntad egoísta, sino toda la facultad humana de la voluntad misma, la que debe ser sacrificada. Este es un sacrificio en el sentido de un abandono y una destrucción, ya que implica eliminar la operación de la propia voluntad y entregarla a la voluntad de otro ser humano. Santo Tomás tampoco piensa en la obediencia como una forma virtuosa de ascetismo personal. Él no sostiene que obedecer un mandato que nos desagrada es mejor como tal que obedecer un mandato que estamos felices de cumplir.

Una buena persona se complacerá en llevar a cabo cualquier mandato adecuado, ya que tales mandatos promueven el bien común. No considera que todas las buenas obras estén motivadas por la obediencia a Dios, porque considera que hay virtudes cuyo ejercicio es anterior a la obediencia, como la fe, a la que la obediencia religiosa la presupone. Tampoco considera que la esencia del pecado consiste en la desobediencia a Dios, ni siquiera que todo pecado implica el pecado de la desobediencia. De hecho, todo pecado implica una desobediencia a los mandamientos de Dios, pero esta desobediencia no es deseada por el pecador a menos que el pecado implique una voluntad de desobedecer el mandato además de la voluntad de realizar el acto prohibido (2a2ae q. 104 a. 7 ad 3). La obediencia es simplemente un acto de la virtud de la justicia, que está motivada por el amor a Dios en el caso de los mandatos divinos y el amor al prójimo en el caso de los mandatos de un superior humano. Estos amores son más fundamentales y más amplios que la obediencia.

La concepción de la autoridad religiosa y la obediencia religiosa que se hizo dominante en la Iglesia a partir del siglo XVI fue, por lo tanto, una innovación fundamental que se apartó de las posiciones católicas anteriores. Llegó a influir en la Iglesia a través de la formación impartida en seminarios para sacerdotes diocesanos y el enfoque de la disciplina en las congregaciones religiosas. La vida cotidiana de los seminaristas y religiosos estaba estructurada por una multitud de reglas que regían las minucias del comportamiento, y las actividades que caían fuera de esta rutina generalmente solo podían llevarse a cabo con el permiso del superior. Tal permiso se negaba arbitrariamente de vez en cuando para fomentar la sumisión en los subordinados. No se proporcionaron los motivos de los pedidos y no se respondieron las preguntas sobre los motivos de los pedidos.

Este enfoque de la autoridad tuvo efectos perjudiciales para el clero y los religiosos. La exigencia de obediencia servil por parte de los subordinados destruyó la fuerza de carácter y la capacidad de pensamiento independiente. El ejercicio de la autoridad tiránica por parte de los superiores producía un orgullo desmesurado y una incapacidad para la autocrítica. El hecho de que todos los superiores comenzaran en una posición subordinada significó que se facilitó el avance de aquellos expertos en las artes del esclavo: adulación, disimulación y manipulación.

Los laicos no podían esperar un ascenso en la jerarquía eclesiástica, por lo que el efecto de la promoción de una comprensión servil de la obediencia religiosa fue infantilizarlos en la esfera religiosa. Esta infantilización se puede observar en el arte y la devoción religiosa, especialmente a partir del siglo XIX, y en la voluntad de obedecer ciegamente al clero. La disociación resultante entre la madurez adulta y la creencia religiosa socavó la fe y el compromiso religioso entre los laicos, y contribuyó a la secularización constante de las sociedades católicas.

Los efectos de esta concepción de la obediencia fueron mitigados por factores compensatorios. El derecho canónico, la disciplina litúrgica y las reglas de las órdenes religiosas proporcionaban prescripciones detalladas que limitaban el ejercicio tiránico de la autoridad por parte de los superiores. La filosofía y la teología escolásticas, la educación clásica y el requisito de dominio del latín impusieron estándares objetivos para el conocimiento y la capacidad intelectual exigidos al clero. Las escuelas secundarias jesuitas, que eran con mucho las más importantes y exitosas de sus apostolados, se regían por una ratio studiorum excelentemente diseñada que establecía en detalle qué se debía estudiar y cómo. En la medida en la que la concepción tiránica de la autoridad estuvo restringida por estos factores, ésta fue paralizante pero no fatal para la Iglesia.

Una característica insidiosa de esta concepción de la autoridad es que al principio parecía ser un éxito. Se usó para poner fin a la mala conducta financiera y sexual del clero que había ayudado a producir la Reforma. Al hacerlo, contribuyó a los brillantes logros de la Contrarreforma. La situación de la Iglesia era como la de Roma bajo Augusto o la de Francia bajo Luis XIV; la paz y el orden producidos por el gobierno absoluto permitieron el florecimiento de los talentos producidos por la sociedad libre que había existido antes del absolutismo. Cuando se gastó la herencia de la libertad y se sintieron todos los efectos del absolutismo, estos talentos se marchitaron. La brillante constelación de santos y genios que iluminó la Francia católica del siglo XVII fue sucedida en el siglo XVIII por el fracaso y las frecuentes capitulaciones frente a los ataques anticristianos de la Ilustración.

Esta exposición de la historia y naturaleza de una concepción tiránica de la autoridad en la Iglesia explica muchos rasgos de la crisis del abuso sexual. Se necesita madurez psicológica para resistir con éxito la tentación sexual. Al atacar esta madurez, la inculcación de una comprensión servil de la autoridad hace muy difícil la castidad. Las personalidades retorcidas e inadecuadas de quienes se sienten atraídos por la actividad sexual perversa no serán identificadas en un sistema de entrenamiento que se base en inculcar la obediencia servil. Tales personas suelen ser buenas para el servilismo y la disimulación. Éstos prosperarán en un sistema basado en la obediencia servil, mientras que los hombres de inteligencia y carácter bregarán bajo el mismo.

Los superiores no pensarán que su propia autoridad está ligada a la autoridad de la ley, y no estarán inclinados a respetar y obedecer la ley como tal. Tendrán un fuerte incentivo para ocultar el abuso sexual, porque la autoridad del clero sobre los laicos se basará en una concepción infantilizada que hace de los clérigos figuras paternas divinas que no pueden hacer nada malo. Tal concepción se destruye si se hacen públicos los errores graves del clero. Los laicos que sostienen esta concepción serán fácilmente persuadidos o intimidados para que guarden silencio sobre los casos de abuso sexual que encuentren. Tanto a los superiores como a los subordinados en un sistema tiránico se les enseña a adorar el poder y a quienes lo detentan, y a despreciar a los inferiores, los débiles y las víctimas. Como resultado, no tenderán a sentir compasión por las víctimas de abuso sexual, especialmente los niños. Su simpatía irá a los abusadores, que han estado ejerciendo un poder tiránico en forma extrema. Todos los anteriores enunciados se han observado una y otra vez en los casos de abuso sexual que han salido a la luz.

La infantilización producida por esta comprensión de la autoridad contribuyó al abuso sexual de varias maneras. Una persona infantilizada no puede ejercer un juicio independiente y no puede defenderse a sí misma ni a los demás. Los bebés no son capaces de comprender el mal y no son capaces de admitir o incluso entender que sus figuras paternas sean malas. Aquellos sacerdotes que tomaron como verdadera la concepción tiránica de la autoridad, si no se ajustaron a ella para realizar sus ambiciones y disfrutar de los placeres de la tiranía, fueron psicológicamente incapaces de denunciar el abuso sexual y correr riesgos para corregirlo. Los ambiciosos no lo hicieron porque no había ningún porcentaje para ellos.

En cuanto a los laicos, la verdad brutal es que muchos abusos sexuales de niños por parte de sacerdotes ocurrieron con la confabulación de los padres de estos niños. Sin esta confabulación, el abuso sexual de niños y adolescentes por parte de sacerdotes nunca podría haber tomado las dimensiones que tomó. Así lo atestigua esta declaración de 'James', un niño abusado sexualmente repetidamente por el cardenal McCarrick: “James dijo que había tratado de decirle a su padre que estaba siendo abusado cuando tenía 15 o 16 años. Pero el padre McCarrick era tan querido por su familia, dijo, y lo consideraban tan santo, que la idea era inimaginable. … James dice que cuando era niño, no tenía un lugar seguro para discutir lo que le estaba pasando. 'No hay lugar. No hay lugar. Mi padre simplemente no iba a escucharlo”. …'Lo intenté un par de veces con mi madre, pero ella decía: 'Creo que te equivocas'. Mi padre nació en 1918, mi madre nació en 1920. Fueron criados de una manera en que la Iglesia Católica era todo. Mi padre era un tipo santo. Caminaba con un rosario en la mano todo el día. Mis padres eran muy santos, y sus padres eran muy santos. Toda su idea sobre la vida era de esa manera.”[1]

Esta concepción errónea de la santidad no fue el resultado de la estupidez de los padres de este hombre. Era lo que les había enseñado el clero, siguiendo una concepción tiránica de la autoridad. Significaba que eran incapaces de comprender que los sacerdotes podían ser malos, y pensaban que esta incapacidad era virtuosa y un deber religioso.

El caos que sumió a la Iglesia en las décadas de 1960 y 1970 probablemente se debió en gran parte a la rebelión contra el ejercicio tiránico de la autoridad que se había infligido al clero y los religiosos antes de la década de 1960. Sin embargo, como otras revoluciones registradas por la historia, esta rebelión contra la tiranía no condujo al triunfo de la libertad. En cambio, produjo una tiranía de mayor alcance y más profunda, al destruir los elementos del antiguo régimen que habían puesto límites al poder de los superiores. Eliminó los factores enumerados anteriormente que habían contrarrestado la influencia de una concepción tiránica de la autoridad en la Iglesia de la Contrarreforma.

La facción progresista que tomó el poder en seminarios y órdenes religiosas tenía su propio programa e ideología que exigía total adhesión y que justificaba la represión despiadada de la oposición. Las herramientas de control psicológico y opresión que habían aprendido los progresistas en su propia formación se usaron de la manera más efectiva y se aplicaron de manera más radical que nunca en el pasado: la diferencia entre los dos regímenes es bastante similar a la diferencia entre la Okhrana y la Cheka.

Parte de la ideología progresista era la falsedad y la nocividad de la enseñanza sexual católica tradicional; el efecto de este principio en la crisis del abuso sexual no necesita ser trabajado. Pero sería un error pensar que el progresismo como tal es el responsable de esta crisis, y que su derrota resolvería el problema. Las raíces de la crisis van más atrás y requieren una reforma de las actitudes para con la ley y la autoridad en cada sector de la Iglesia.

Dr. John R. T. Lamont

 

Fuente: Catholic Family News (originalmente en Rorate Caeli y actualmente borrado de ese sitio)



lunes, 1 de agosto de 2022

ELOGIO DE LA RIGIDEZ - Antonio Caponnetto

                                               

 

          Ha tomado estado público la respuesta de Bergoglio a un sacerdote mendocino; respuesta en la cual intenta explicar y justificar las tropelías de su sirviente Taussig contra la diócesis de San Rafael -supuestamente a su cuidado- y que concluyeron, entre muchos males sin cuento, en el cierre del Seminario Arquidiocesano.

       La precitada misiva, fechada el 9 de julio del corriente, y aparecida en diversos medios( cfr.https://www.aciprensa.com/noticias/papa-francisco-se-pronuncia-en-una-carta-sobre-la-crisis-en-diocesis-de-san-rafael-46643 ),centra la cuestión en uno de los ideofijismos que obsesiona a Bergoglio: el de la rigidez. La cual, en su cosmovisión sesgada, arbitraria  y heretizante, es siempre y necesariamente sinónimo de disvalor, de gesto  condenable, de conducta pecaminosa.

        En pocas palabras, la respuesta de Bergoglio al sacerdote viene a decir que los castigos aplicados a los sanrafaelinos, religiosos y laicos, por la mano verduga de su mandatario episcopal felón, son consecuencia de que en aquella diócesis no se entendió que “la rigidez no es un don de Dios, la mansedumbre sí; la bondad sí;la benevolencia sí, el perdón sí, ¡pero la rigidez no! Porque es la antesala de la ideología que tanto mal hace y que llevó a los rígidos del tiempo de Jesús a condenarlo por poner la misericordia por encima de la ley”.

          Si valiera la pena (que creemos ya que no lo vale, dado el escándalo en que vive y que provoca permanentemente este ruinoso cacique vaticano), varias reflexiones cabrían al respecto y se podrían agrupar en tres clases. Las primeras consistirían en innúmeros y documentados argumentos ad hominem; ya que el hombre que clama contra la rigidez no cesa de ser el jefe cruel y alevoso de una estructura de agarrotamiento, punición y dureza contra todos aquellos a quienes considera sus contradictores. El mismo Taussig, usado y descartado para desmantelar a los “rígidos” sanrafaelinos, es hoy merecida víctima del menosprecio de su pontífice. Y así anda por la vida, sin vida; monumento al fracaso, a la nadería y al desaire; convertido apenas en un detrito errante que no acierta a depositarse en la cloaca final de sus desventuras. Es que la despótica tiesura del pachamámico más se encarniza en sus adulones que en quienes lo enfrentan. Antes se ensaña en los serviles que en los que desenmascaran frontalmente su condición de lobo revestido de cordero.

           Las segundas reflexiones deberían versar sobre los propios rigorismos bergoglianos y sus respectivos desemboques en otras tantas ideologías. O sin rodeos: lo que Jorge Mario declama abominar es exactamente lo mismo que él hace, pero con una diferencia capital: su rigidez es contra los católicos, apostólicos y romanos;a los que no pierde ocasión de zaherir, destratar y humillar. Para lo cual no le bastan las palabras y las conductas de agravio sistemático a la Iglesia y a la Tradición; no le bastan los pedidos de perdones insostenibles y falaces ni las múltiples volteretas fraseológicas con las que vacía la recta doctrina y adultera impiadosamente la Verdad, sino que necesita mostrarse activamente cómplice de las peores expresiones ideológicas; desde las contenidas en la Agenda 2030 hasta las que dictan los pregoneros de la contranatura y del Nuevo Orden Mundial. La rigidez bergóglica desplegada desde hace ya largo tiempo para sojuzgar y aplastar la Fe Verdadera, no sólo lo ha colocado, según sus palabras, “en la antesala de las ideologías”. Lo ha conducido al santa sanctorum invertido y malhumeante del iscariotismo eclesial. Es la rigidez farisaica del traidor a Jesucristo.

             Las terceras y últimas reflexiones, en fin, deberían ser sobre la naturaleza misma de la rigidez; palabra que, como tantas otras, fue devorada por la guerra semántica, y a la que el progresismo -desde su expresión psicoanalítica hasta su mamarracho teológico- ha incorporado, sin más, a la galería de términos intrínsecamente nocivos. ¡Hay que ver la rigidez de los anti-rígidos, para impedir cualquier polisemia legítima del vocablo! Porque el Diccionario nos dice que la rigidez es la capacidad de resistencia de un cuerpo a doblarse o torcerse por la acción de fuerzas exteriores que actúan sobre su superficie. En tal sentido, es fácil deducir y enseñar que, analógicamente hablando, hay una rigidez santa, sabia, martirial y heroica; que es ni más ni menos que la que tuvieron todos los testigos de la Cristiandad para no doblegarse ante el error, la confusión, la ignorancia y la mentira. Pagando para ello, en graves ocasiones, el precio de la propia sangre.

          Hay una rigidez que enaltece, salva y honra, y una elasticidad que abaja, homologa, desquerarquiza, basurea  y mezcla. Una rigidez que es la letra o la norma que mata al espíritu; y una rigidez que es la firmeza de plantarse entero cuando quieren atropellar, por caso, la Eucaristía. Sobre todo, cuando los atropelladores son los mismos que deberían estar dispuestos a morir y a matar por su defensa. Hay, en definitiva, como pasa con la violencia, la censura, la represión, la discriminación y tantas palabrejas arrojadas al baúl de los “retrógrados”, una rigidez virtuosa y otra viciosa. Dependerá del qué, cómo, por qué y para qué. Así de elemental. Y por eso mismo, así negado, ante un mundo que ha perdido el sentido común. Y ante una feligresía acostumbarada a las baratijas espirituales y conceptuales.

           Es de San Agustín, en uno de sus Sermones, aquella síntesis iluminativa: “una bofetada puede ser fruto de la caridad y una caricia una invitación al pecado”. Las flexibilidades, contemporizaciones, ternezas, sincretismos, irenismos y horribles cambalaches de palabra y de obra, que no se cansa de perpetrar Bergoglio, son esas caricias que repugnan al Hiponense. Las rigideces de los centinelas incorruptibles de la Cruz, pueden ser, en cambio, los últimos frutos de la caridad, en una Barca cuyo timonel la convirtió en galeón filibustero con la proa enfilada al abismo.

           Por eso, aunque bien intencionado resulte, es un error escribirle cartas a Bergoglio, pidiéndole actitudes paternas, pontificias, pastoriles o simplemente caritativas o reparadoras. Es un error querer tenerlo filialmente de padre, eclesiológicamente de Pastor, humanamente de varón cabal. No; no hay que escribirle carta alguna. Sería como mandarle un saludo navideño a Herodes, o desearle felices pascuas a Judas, o solicitarle a Caifás que se prosterne ante el Calvario. Bergoglio sólo sabe darles a los católicos fieles, la rigidez de la Sinagoga, la fría inflexibilidad de las sentencias masónicas, la inconmovible y rencorosa venganza del Sanedrín, el severo estupor de los sepulcros blanqueados.

           Hace veinte siglos, los deicidas, mataron a aquel que fue el Arquetipo Supremo de la mansedumbre, de la bondad, de la misericordia, de la benevolencia y del perdón. Pero que lejos de oponer dialécticamente estos dones a la rigidez, tuvo precisamente la necesaria, lícita y divina reciedumbre de quien gobierna “con autoridad y rigidez” (Ez.20, 33). Fue la mano de hiel de su rigor y la mano de azúcar de su misericordia –como diría Marechal- la que extendió, ambas en una, para enseñarnos a portarnos como hombres y no como amebas.

            Nos conceda Nuestro Señor la gracia de saber usar ambas manos. De trocar los corazones de piedra por otros de carne y sangre palpitantes de caridad. Nos mueva a perdonar, a predicar y practicar las obras de misericordia. Y nos inculque a la par, como lo hizo siempre, la determinación de conservar esa rigidez de acero, para que no nos dobleguen los enemigos, en estas horas dolientes, sublunares y postrimeras.

 


Antonio Caponnetto


martes, 26 de julio de 2022

Reseña Editorial: "Plandemia: Tiranía Sanitaria Global" de Alejandro Sosa Laprida

 


Diario La Prensa - 24/07/2022

Autor: Agustín de Beitia

 

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https://drive.google.com/file/d/1gomBsmGBh55Dy_vkFj_V-Ix7tVH_nkCT/view

De a poco van apareciendo, también en nuestro medio, libros que cuestionan la narrativa oficial sobre lo sucedido en el mundo desde fines de 2019. Este breve pero valioso opúsculo titulado “Plandemia”, de Alejandro Sosa Laprida, debe contarse entre los más provechosos: es compacto, vertiginoso, desafiante y, sobre todo, pone las cosas en perspectiva, a la luz de la fe.

Sosa Laprida es licenciado en Filosofía, profesor de francés y autor de varios libros de tema religioso, incluso alguno crítico del papa Francisco. Es muy activo en las redes sociales, provocador, un poco fragoroso. También es uno de los pocos que entrevió con perspicacia desde el comienzo el engaño que estaba detrás de la última emergencia sanitaria global y se lanzó con ardor a dejar constancia sobre las demenciales medidas que se fueron adoptando.

La “secuencia orwelliana” que denuncia es ya conocida por muchos lectores de este suplemento: sospechosa alarma mundial por un virus que tiene una letalidad similar a la de una gripe estacional, introducción de un test que crea falsos positivos, restricciones de todo tipo, vacunación masiva con terapias genéticas, mordazas a los que disienten, discriminaciones inconstitucionales para los insumisos, y refuerzo de un gobierno mundial con perfiles tenebrosos.

Un giro copernicano en nuestras vidas, el “Gran Reinicio” famoso, como se llamó a esta verdadera maniobra de ingeniería social, política y económica desestructurante de la vida humana tal como la conocíamos, que Sosa Laprida expone en 14 breves artículos que antes fueron entradas de blog. Esos breves escritos permiten seguir la evolución de esta maquinación aberrante, pergeñada por Bill Gates, el Foro Económico Mundial y la OMS.

Pero aquí lo que importa es la mirada a futuro, y Sosa Laprida propone una justificada mirada teológica, o escatológica. Porque el “secuestro psicológico” de la población, que aún no despierta ante esta “comedia grotesca”, como él la llama, puede ser un anticipo de lo que vendrá. Pero la cuestión no se limitará ya a preocuparse porque una elite megalómana e inescrupulosa de millonarios pueda arrogarse el derecho a decidir cómo debemos vivir, si podemos viajar, lo que debemos pensar, lo que estamos autorizados a hacer. El asunto es que el “Gran Reinicio” tiene -qué duda cabe- un carácter diabólico y prefigura ese mundo unificado política y religiosamente bajo el mando del Anticristo y del Falso Profeta del que habla el Apocalipsis.

Tan ineludible es esta mirada como el prólogo de Flavio Infante, que brinda el marco histórico que favoreció la pérdida de todo horizonte sobrenatural en el hombre. El resultado es un libro que se alza como un saludable ejercicio de sentido común, moralmente apremiante, como dice el autor, y podría agregarse que de lectura indispensable.

Fuentes:

1. https://www.laprensa.com.ar/518290-El-Gran-Reinicio-y-su-aterradora-proyeccion-.note.aspx

2. https://drive.google.com/file/d/112TDZlImcKpbPGb_RSxadLkoYQCFpzjv/view

Publicado en:

https://gloria.tv/post/CTkZ3Pa7qExp24G83qemdFVun

Presentación

El propósito de esta publicación es el de cuestionar la narrativa oficial acerca de lo que viene sucediendo en el mundo desde marzo de 2020, cuando la OMS declaró el estado de pandemia por un nuevo tipo de coronavirus, aparecido en China a fines de 2019.


En base a esta supuesta pandemia de “covid” -con un índice de letalidad equivalente al de cualquier gripe estacional-, se tomaron una serie de decisiones sin precedentes en la historia: confinar el mundo entero; dejar a toda la población prácticamente sin atención médica; impedir las autopsias; cerrar las escuelas; prohibir viajes y reuniones; suspender el culto religioso; deshumanizarnos a través del enmascaramiento, el aislamiento y el distanciamiento; infantilizarnos mediante todo tipo de restricciones absurdas; discriminar arbitrariamente entre categorías sociales “esenciales” y “no esenciales”; destruir la economía, empobreciendo a la gente y volviéndola así dependiente de los subsidios estatales, con la consiguiente pérdida de autonomía y de libertad; erradicar la “presencialidad” de la vida social, convirtiendo la “virtualidad” digital en la norma de una existencia humana artificial y solitaria; instaurar una “nueva normalidad” distópica que fragiliza las relaciones humanas y daña la salud física y psíquica, pero que incrementa exponencialmente las pingües ganancias de las grandes corporaciones tecnológicas y farmacéuticas -todas poseídas por “filántropos” que quieren “cuidarnos”, como es bien sabido-; adoctrinarnos con una “propaganda del miedo” incesante en todos los medios de prensa subvencionados por el sistema; utilizar una prueba PCR fraudulenta -no apta para diagnósticos médicos- ideal para identificar tantos casos “positivos” como sea necesario a los efectos de poder mantener las restricciones; prohibir cualquier tratamiento alternativo y sancionar a los médicos que los utilicen; certificar casi todos los decesos como “muerte por covid”.


Descargar la tapa completa:

google.com/file/d/1d8pZbIXl59zgJ_v__frOy-muzyIbWB2P/view

Por último, vacunar masivamente a la población con falsas vacunas pero verdaderos tratamientos génicos experimentales, no probadas en animales, cuyos efectos adversos a mediano y a largo plazo se desconocen, cuyos efectos a corto plazo son de una gravedad nunca antes vista en ninguna vacuna y cuyos fabricantes exigen la confidencialidad de los componentes, así como la inmunidad jurídica ante las eventuales demandas.

Dicha “vacunación universal” fue “decretada” por Bill Gates, pocos días después de la resolución de la OMS, en una sonada entrevista con el Financial Times, en la que tuvo la delicadeza de informarnos que, sin ella, “no habrá un retorno a la normalidad” (sic). Cabe precisar que este multimillonario “filántropo” y eugenista militante es uno de los principales financiadores de la OMS, un poderoso accionista de la industria farmacéutica y que en octubre de 2019 había organizado nada menos que una simulación de pandemia mundial de coronavirus, el “Evento 201”.

Por otro lado, está el aspecto “abortivo” que revisten estas “vacunas”, las que fueron desarrolladas y/o probadas empleando cultivos celulares obtenidos de células de fetos provenientes de abortos provocados, y cuyos tejidos -de múltiples órganos-, además, les fueron extirpados in vivo -requisito indispensable para que sean de utilidad en la experimentación biológica-, lo cual añade al infanticidio una capa suplementaria de crueldad de una malicia propiamente luciferina.

La lista de hechos inusuales, de extrañas coincidencias, de situaciones sospechosas y de aberraciones morales presentes en esta secuencia orwelliana de acontecimientos es infinita: declaraciones contradictorias, decisiones incoherentes, mentiras desvergonzadas -por ejemplo, hacer creer que es una “vacuna” lo que es un tratamiento génico experimental inédito en la historia de la medicina-, conflictos de interés omnipresentes -los vínculos financieros entre laboratorios, fundaciones “filantrópicas”, mass media y organismos gubernamentales son un secreto a voces-, propaganda mediática incesante -sin nada que envidiar a la de los regímenes totalitarios del siglo pasado-, imposiciones arbitrarias, censura sistemática de los disidentes, “lavado de cerebro” y manipulación emocional permanentes, odiosas medidas extorsivas para “sumar vacunados”, discriminaciones inconstitucionales, violación de las libertades personales, etc.

En definitiva, a la luz de todo lo acontecido durante este proceso “sanitario” interminable y que amenaza con volverse crónico, sin precedentes en la historia y carente de toda racionalidad y sustento científico, y cuyas nefastas consecuencias para la salud física y psíquica de la gente -lo ocurrido con ancianos y niños estremece- y para el bienestar general de la sociedad son incalculables, considero que el hecho de atreverse a cuestionar la veracidad de la versión oficial sobre la “pandemia”, mal que les pese a los censores mediáticos, a los fact checkers y demás propagandistas de los laboratorios, no solo está plenamente justificado, sino que es una saludable manifestación de sentido común y una actitud moralmente apremiante.

PEDIDOS A:

Librería y Editorial Santiago Apóstol

La Plata 1721, Bella Vista (1661), Provincia de Buenos Aires, República Argentina.

Teléfonos: 11.3782.8582 / 11.5016.9712

Mail:
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sábado, 23 de julio de 2022

In Memoriam: DELICIA GIACHINO - Por Antonio Caponnetto

 

 

En la mañana de este 23 de julio del 2022, se murió María Delicia Rearte de Giachino.

Me van a permitir –porque el dolor suele ser un factor inhibitorio- que la recuerde ahora con palabras que ya le dediqué hace cuatro años, cuando tuvo la generosidad de pedirme que le prologara su libro de Memorias; así como varios años atrás me había encargado el Introito de su primera obra, titulada significativamente: “Cada día un 2 de abril”. Van aquí mis deshilvanados fragmentos en su recuerdo, en su homenaje, y en testimonio de imperecedera gratitud:

 

Sí; hay que dar gracias. Y no ya, en exclusiva, de un modo individual sino nacional,por el hecho de que La Argentina aún pueda recibir el benéfico ejemplo de esta mujer admirable.

En tiempos de torvos feminismos y de degradaciones otrora inconcebibles en los talantes de tantas féminas desorbitadas, Delicia tiene la sensatez y el temple de enorgullecerse por ser hija, esposa, madre y abuelaza de un batallón de críos, bisnietos entre ellos.

Tiene la antigua y entrañable hidalguía de ser una dama cabal.

No es la ofensora del varón ni la víctima del patriarcado. Es el testimonio elocuente e imbatible de que en el Orden Natural esplenden las creaturas; de que acatándolo se vuelven virtuosas, y de que siendo virtuosas hallan la felicidad genuina. Aunque -o por lo mismo- no falten los dolores ni los gólgotas; que a nadie se le prometió vivir sin ellos.

Cada una de aquellas enunciadas potencias femeninas las ha desplegado con naturalidad, con júbilo, con contento; tal vez fuera ésta la palabra exacta, puesto que contención es lo que ella alberga y dispensa a la vez.

Pero sobre todo, ha vivido estas manifestaciones de su naturaleza, llena de gratitudes al Autor de la misma: Dios Nuestro Señor.

Hay que dar gracias también a Delicia por remitirnos con su sola patencia a esa noción bíblica de varona, sin que haya que explicar otra cosa que la que surge de la etimología del término: fuerte,corajuda, perseverante y fiel.

Tuvo motivos para desmayarse, pero siguió de pie. Motivos incluso para que la ganara la desesperanza, la angustia, la derrota o el rencor. Expulsó estos motivos de su alma y los trocó en consuelo,acatamiento y resignación cristiana. Desterró la negritud del pesimismo y echó el ancla al malecón seguro de la plegaria, que todo lo vence.

Para quien puede facer esta hazaña –diría el Cid- los clásicos tenían reservado el calificativo magnanimidad, pues alma grande significa. Hazaña moral y espiritual, y por eso mismo de gravitante monta.

En centenas de ocasiones esa magnanimidad que es su sello distintivo nos ha prestado a muchos el servicio de una confortación impar. Cuando se derrumbaban tantas expectativas o se consumaban en abundancia felonías, allí irrumpía Delicia, a golpes de epístolas o de discursos, para llevar un surtidor de agua fresca a la cicatriz que más la necesitara.

Verla enhiesta, congruente, batalladora, respetuosa de sus silencios y señora de sus palabras, obliga a quien la contempla a querer estar a la altura del mensaje que emite y de los amores que funda.

 Amor a Jesucristo Rey y a Su Madre, la Virgen Santísima. Amores pródigos a sus familiares, parientes, antepasados y descendientes. A su esposo, que fue sostén y lazo,palenque y torreón firme en la lid. Amor vibrante e incondicional a nuestra Patria, como pocas veces yo he podido presenciar.

Todo lo recuerda Delicia. Todo lo esencial lo ha conservado en ese cofre de la memoria, según noble metáfora agustiniana.Y creyendo que esta hora de su vida es la más apta,desenvainó el gerundio del castellano y nos regala Memoriando.

Todo lo recuerda Delicia,reiteramos. Pero esta reminiscencia tiene un eje bendito, glorioso,célebre. Que parte al medio una existencia, casi como se la parte el dique al torrente convulso, o el Ande al Zonda fragoroso.

Ese eje,claro,es el 2 de abril de 1982, cuando Pedro, el hijo mayor se recibió de Primer Héroe de la Reconquista de Malvinas. Desde entonces y hasta hoy, Delicia, sumó a sus títulos de mujer fuerte,otros rangos honoríficos.

Fue la Madre del Gran Caído, la engendradora del brioso Capitán, la simiente y el lecho originario de quien volcó su sangre juvenil y marinera en las costas argentas del Sur entrañable.

Supimos todos con asombro que habían nacido para la historia una madre de Pedro y un Pedro de su madre. Pero ambas vinculaciones insertas siempre –como cuadra- en el seno de una institución familiar, que asumió y asume con legítimo orgullo  el legado invicto del Soldado Giachino. Los Giachino saben bien quién es  Guerrero Pedro.

La Divina Providencia me ha conferido la gracia de poder conocer y tratar a Delicia, desde los inmediatos días posteriores a la contienda justa abrileña de aquel inolvidable ochenta y dos. Si apuramos las  cuentas hace de esto casi cuatro décadas. ¡Es tiempo, vaya!

Y en todo su decurso jamás –ni una vez siquiera,ni un instante- la he escuchado quejarse de la muerte de su hijo. Ninguna palabra de reproche, de resentimiento, de victimización, de acusación o de improperio. Ningún pedido de explicación, de resarcimiento o de protesta, al que tristemente nos tienen acostumbrados otros familiares de patriotas caídos.

Ella ha hecho de su dolor una batalla, de su duelo un clamor de soberanía, de su pérdida humana una ganancia sobrenatural,de su niño muerto un héroe histórico indiscutido. Y ha hecho de su luto privado e íntimo un juramento público con que todavía nos alecciona, cada vez que habla del tema: ¡Malvinas Volveremos!

Yo no sé cómo ha sido el resto de las madres de los demás patriotas malvineros,abatidos por el invasor. Sé que Delicia es un espejo en el que esa maternidad doliente debería mirarse. Entre otras cosas, porque habla de su hijo en tiempo presente, sabiendo que está presente en las consignas de rigor de los obituarios épicos.

El pasado 12 de mayo de este año[2018] que se escurre, en la IV Brigada Aérea de Mendoza, tuvo lugar un extraordinario homenaje a la Guerra de Malvinas. No encuentro palabras para encomiar el espíritu y la organización de ese festejo. Ni tampoco las hallo para agradecer a quienes me invitaron a disertar en la ocasión. No tiene uno la posibilidad habitual u ordinaria de hallarse rodeado de héroes, usando la voz en el sentido más estricto y equitativo.

Pero hallado o no el término necesario para manifestar mi reconocimiento a los hospitalarios jefes de la IV Brigada, sucedió algo durante la Jornada, con lo que quisiera concluir este pórtico.

Estaba disertando uno de esos pilotos legendarios. El salón de actos al tope. Lo ocupaban veteranos de distintas procedencias y armas. Familiares de caídos, sobrevivientes curtidos en la liza y un público henchido de ese patriotismo que no sabe de rendiciones ni de límites. Atentos, concentrados, tensos de emoción, reviviendo cada detalle de la lejana y cercana guerra.

Orillando el mediodía, el Jefe de la Unidad –un caballero cristiano- interrumpió cortesmente al orador, para anunciar que estaba haciendo su ingreso la madre del Capitán Pedro Giachino.

Fue instantáneo y unánime. Todos hicimos un silencio respetuoso y admirativo. De a racimos nos pusimos de pie para verla entrar. La emoción nos envolvió al conjunto entero de los testigos. Vi tras mi llanto contenido otros llantos manifiestos. Después hubo aplausos y vivas a Cristo Rey y a la Patria. No estoy dispuesto a olvidarlo mientras Dios me dé vida.

Ella fue entrando con pasos cortados pero  no trémulos, ayudada de un báculo. Porque aunque jamás osaría escribir que ha envejecido (sería la fatal oración así decidora legítimamente censurada  en ejercicio del noble mester de coquetería), debo decir que Delicia lleva nueve largas décadas siendo joven, e incluso niña. Y que tal rasgo le da a su aspecto una lozanía notable.

Conozco a Delicia. Sé que se mortificó su humildad y su modestia en aquel momento de tanto protagonismo. Hubiera preferido ingresar inadvertida, quedarse en el fondo del recinto, sortear ese vértigo de emociones y de reverencias.

Pero sé también que se da perfecta cuenta que lo que la vuelve plausible, ovacionable y digna de ponderación, es lo que ella representa y encarna con un empecinamiento y un temple que parecen extraídos de nuestras mejores crónicas hispanocriollas. Por eso Delicia –sonrojada y a regañadientes, henchida de pudicia y de decoro- recorrió al fin esos largos metros hasta los primeros sitiales de la enorme aula. Y quedamos en paz para seguir atentos al orador, que fue el primero en saludarla.

Yo sólo atiné a pensar entonces y lo escribo ahora: se llama María Delicia Rearte de Giachino. Pero su nombre verdadero es Señora Malvinas. Y brotó este sonetillo provinciano:

 

Supo desde siempre que la guerra es justa

si en ella se vierte la sangre de un hijo,

quien llevó consigo su fiel crucifijo

colgado en el pecho que el correaje ajusta.

 

Supo en la mañana de la fecha adusta

cómo va el tormento junto al regocijo,

la angustia inefable que nadie predijo

y a su vera el gozo de una estirpe augusta.

 

Pasaron los tiempos, decenios de añares

grávidos de olvidos,traiciones, conjuras.

Pasaron los ocres, las sales marinas

 

la patria espoleada sobre sus ijares.

Pero algo persiste sin mancha o fisuras:

Alla va Delicia, Señora Malvinas.


Antonio Caponnetto