San Juan Bautista

San Juan Bautista

lunes, 17 de julio de 2017

Dialogo de Carmelitas (Película)




  Dialogo de Carmelitas es una película que retrata el martirio de las monjas Carmelitas de Compiègne, religiosas que se negaron a dejar la vida monástica en tiempos de la revolución francesa y fueron ejecutadas el 17 de julio de 1794 en un juicio inicuo en donde el delito era profesar la fe católica.

  Realzada en tiempos en los que las películas católicas todavía eran verdaderamente católicas (1960), “Dialogo de Carmelitas” está basada en la novela de Gertrud Von Le Fort y la obra teatral homónima de Georges Bernanos (“Le dialogue des Carmelites”).

  En el día del aniversario del paso a la Eternidad de las Mártires de Compiègne, y avizorando un futuro próximo no muy diferente para quienes quieran defender la fe Católica Apostólica y Romana, vaya nuestro humilde homenaje pidiendo intercesión a estas santas religiosas para que nos ayuden a estar a la altura de las circunstancias llegado el caso.






Nacionalismo Católico San Juan Bautista

viernes, 14 de julio de 2017

Martirio de Mons. Jozef Tiso: Gobernante y sacerdote nacionalista - Antonio Caponnetto



  Nota de NCSJB: Mons. Jozef Tiso fue un santo sacerdote nacionalista eslovaco, doctor en teología. En su actividad pastoral, como reconocimiento a su celo pastoral le fue otorgado el título de Monseñor. Fue designado Ministro de Higiene en el gobierno de Praga en 1927 y durante la crisis Checoeslovaca de 1938/39, aprovechó para lograr la independencia de Eslovaquia de la opresión checa, fundando el Estado Eslovaco.

  Fue elegido entonces Presidente sin dejar nunca de servir asimismo como párroco en la pequeña localidad de Bánonce.

  Al declararse la Segunda Guerra Mundial, Monseñor Tiso se unió a las potencias del eje en la lucha anticomunista. Al vencer las fuerzas que responden a la judeo-masonería, fue apresado y juzgado injustamente por los comunistas determinando así su muerte en la horca, habiendo ofrendado su vida por Dios y por su Patria.

  Al hablar de la participación de este santo varón con su nación en la guerra anticomunista; decía nuestro mártir Jordán Bruno Genta, en la obra cuyo prólogo del Dr. Caponnetto aquí reproduciremos:


 


“...me complace estar con los vencidos de la tierra. Cuando los ejércitos de Europa presididos por el maravilloso ejército alemán invadieron la Unión Soviética, yo participé con todo mi corazón y con toda mi alma en la esperanza de que abatieran a los renegados de Dios, a los enemigos del género humano”

  “¿Por qué quería con toda mí alma el triunfo de esas fuerzas maravillosas con esa disposición al sacrificio y a la muerte? Porque el triunfo de los que fueron vencedores de la Segunda Guerra Mundial, el imperialismo internacional del dinero y el comunismo ateo se iban a adueñar de la tierra entera como está ocurriendo en estos momentos”.

  “¡Qué honor! señores, estar al pie de la Cruz, como en un campo sembrado de cadáveres de los que han muerto por amor a Dios y por amor a la Patria. No estáis ante un espectáculo de muerte, no estáis ante nada que sea aniquilamiento, estáis en presencia del comienzo de la Vida verdadera por aquellas palabras maravillosas que dijo San Agustín: La Vida verdadera bajó hasta nosotros, tomó nuestra muerte, y la mató con la abundancia de Su Vida”.


J.B. Genta. Buenos Aires, 23 de Abril de 1974




Prólogo al trabajo de Jordán B. Genta: “Monseñor Tiso. El Gobernante Mártir”




  Este año que concluye se lleva consigo el aniversario número cincuenta del martirio de Monseñor Tiso.

  Su sólo nombre todo lo dice para los hijos fieles de la entrañable nación eslovaca. Y a fe que otro tanto ocurre con sus enemigos históricos, que aún dominadores impunes y estultos, no podrán olvidarse de quien tan gallardamente los enfrentó, con su palabra, con su conducta y con su sangre.

  Pero ese nombre cargado de resonancias para unos y otros, y proferido en el Cielo a la diestra del Padre, nada significa frente a las actuales generaciones, ni ante esos cristianos acédicos, ignorantes de las glorias de la Iglesia y siempre prontos a disculparse por lo que le han hecho creer que son sus extravíos.

  Son ellos entonces quienes primero necesitan conocer estas páginas…

  Conocer que Monseñor Tiso, al igual que otros sacerdotes ejemplares, como su recordado maestro, el Padre Hlinka, comprendieron que por lo mismo que la patria hundía las raíces de su fundación en el misterio de la Cruz, era necesario pelear por su rescate y trabajar sin pausa por su entero señorío. Sin concesiones ni compromisos con los destructores de la estirpe. Sin contemporizaciones ni enjuagues con los poderosos; sin dobleces ni asomo de esta común bellaquería que hoy envuelve a tantos trémulos pastores.

  Conocer asimismo que fue Tiso, en cada uno de los cargos públicos que desempeñó, hasta llegar a la mismísima presidencia de la República, un sacerdote que asumió la autoridad como servicio, y no un político que desertó del Orden Sagrado en pos de la carrera electoral.

  Un consagrado que en carácter de tal, veló eficientemente por su pueblo, en nombre de la caridad y del bien común antes que de programas asistencialistas. Un ungido que volcó sus bendiciones sobre la nación que gobernaba, mas que un candidato de engañosas fórmulas mundanas. Un párroco que no abandonó jamás el ejercicio de su ministerio, y que al igual que San Luis bajo aquel legendario roble de Francia, siendo el primer mandatario, atendía los requerimientos de los suyos, a la salida de las misas dominicales en su capilla aldeana de Bánovce. Un hombre de Dios, entregado jerárquicamente a Él desde el puesto de mando; de rodillas frente al pequeño e infinito pórtico del Sagrario y de espaldas a la puerta ancha del horizontalismo.

  Fue Tiso el Capellán de Eslovaquia. Un verdadero Príncipe Cristiano en tiempos de aplebeyados ateos.

  Conocer además que es posible proclamar la Realeza de Cristo, en cumplimiento del primer deber de un estadista bautizado. Y que de esa prioritaria y urgente proclamación se siguen todos los bienes, como la añadidura tras la búsqueda principal del Reino de Dios. Así, durante los años de gobierno del singular presbítero, su país, pública y orgullosamente definido como confesional y como buen vasallo del Supremo Rey, alcanzó la prosperidad material y la resolución inteligente de los problemas terrenos.

  Conocer, en suma, que Monseñor Tiso, sabía y quería hablar claro, desdeñando las elipsis y prefiriendo la contundencia del verbo esencial. Dado “el carácter infernal del bolchevismo -dijo en el Parlamento en 1936- es imposible la conciliación... y no se puede tener respecto de él, ni siquiera una posición neutral”. Tres años después, el 21 de febrero de 1939, agregaría en el mismo recinto una definición tajante: “no queremos ser ni seremos nunca los esclavos de cualquier ideología que no surja de nuestra tradición eslovaca y de nuestro espíritu cristiano”. He aquí la síntesis de su ideario y de su posición doctrinal: el nacionalismo católico. Ese nacionalismo que es amar y soñar cristianísimamente a la propia patria, y que no pueden entender ahora los adocenados servidores del Nuevo Orden Mundial.

  Conocer por último, que tras el triunfo de los aliados todavía celebrado amén de por sus socios, por algunos sedicentes humanistas- Eslovaquia fue invadida por los rojos, padeciendo desde entonces un doloroso via crucis, cuyas estaciones de angustia y espanto no han arrancado nunca la proverbial furtiva lágrima de los denostadores profesionales de genocidios. Eslovaquia fue invadida; y Monseñor Tiso, capturado como no podía ser menos por la policía norteamericana, acabó entregado a los verdugos de Moscú. Supo entonces de la prisión y de los vejámenes, de los campos de concentración -que olvida la historia oficial escrita en Yalta- y de las torturas físicas y morales. Supo de la crueldad del bolchevismo que había osado desafiar y de la negra alianza entre liberales, marxistas, judíos y masones. Los mismos que ahora resultan objeto de inmerecidos requiebros, y exculpados de una historia que los ha visto como victimarios de cristianos y perseguidores de la Iglesia. Pero supo también el Padre Tiso de la particular asistencia de la gracia. Y se mantuvo varonilmente enhiesto hasta el final, prefiriendo la muerte mártir a la traición que le proponían protagonizar para salvar su vida. La horca pudo ceñir su cuello, pero ya no podía ceñir su corazón. Pudieron dispersar al viento sus cenizas, mas no la unidad de su alma, juntura inamovible de amores esenciales y haz sin fisuras de la contemplación de Dios y de Eslovaquia.

  Doble lección la suya de nacionalismo y de martirio cristiano, de celo sacerdotal y de piedad patria, de pastoreo de la grey y de conducción de los ciudadanos. Y conocer sendas cosas justificaría sobradamente la reedición de este opúsculo que hoy se presenta.

  Sin embargo, posee el mismo para nosotros, el valor especialísimo de haber sido escrito por un argentino que fue capaz de vivir y de caer en el combate en defensa de los mismos altos bienes por los que lidiara y cayera Monseñor Tiso.

  Todo es paradigmático en estas voces de Genta que exaltan la figura del egregio esloveno. Todo es paradigmático, pero a la vez, misteriosamente premonitor. (Y nunca más oportuno recordar que el misterio es diafanidad y lumbre).

  Paradigmática es la alabanza del Varón Justo, como emblema de una genuina política de soberanía física y metafísica aplicada sobre el cuerpo y el alma de la nación.

  La exaltación de la Cristiandad y -por ella- el milagro de la comunión de las patrias, más allá de las diferencias accidentales. El rescate del arte de las definiciones, con las cuales nombrar como cuadra a los réprobos y a los elegidos, a los malditos y a los benditos del tiempo y del espacio. Paradigmáticas las razones -que se elevan en la oratoria de Genta como los arcos de una arquitectura gótica- en virtud de las cuales se enseña que todo hombre de honor debe rechazar el éxito del mundo y homenajear a los grandes derrotados; a aquellos que, a imitación del Señor, han resultado vencidos aquí abajo por no abdicar de las cosas de arriba. “¡Qué deferencia más señalada -dirá Genta con su acento inconfundible- “ser convocado para honrar a un vencido en la tierra!”. Es el alegato de un hombre superior que ha penetrado en la concavidad más recóndita del secreto del Calvario. La confesión, casi inefable, casi incomunicable, de quien ha visto de cerca la silente victoria del Viernes Santo. Es la inauguración trascendente de la mañana y del gozo, tras la mera inmanencia de la pena y del crepúsculo.

  Pero algo más veía Genta cuando hablaba de su admirado Tiso. Tuvo “un destino envidiable” -proclamaba, delante de sus compatriotas exiliados que lo escuchaban como a un maestro- “porque mereció el triunfo y la gloria del martirio. ¡El martirio, esa buena muerte, esa preciosa e insuperable muerte donde empieza la vida sin muerte!”. Y largos años después, volviendo con fidelidad a rendirle homenaje, insistía con tono impetrante: “permanezco en el mismo lugar en que estaba entonces y espero que la muerte me encuentre, en esa definición católica y nacionalista que profeso, y a la cual he consagrado mi vida”.

  La muerte lo encontró como quería. Y la tuvo “buena, preciosa, envidiable e insuperable”, cual la había descripto hablando de la de Monseñor Tiso. Premonición misteriosa decíamos. O deseo recto y ardiente que se alcanza por merecimientos propios. O inspiración bajo el auxilio de la gracia, si se prefiere.

  De cualquier modo, concurren en Genta los mismos valores, que invitábamos antes a contemplar en el biografiado: el amor a Dios y a la Patria, la ciudadanía del Cielo y de la tierra, la disposición al martirio y el patriotismo militante; el nacionalismo católico para decirlo con las mejores palabras, y por eso, las que más irritan a los tibios.

  Supo escribir Gerado Diego ante un muerto cercano y encomiable, que era “vergüenza vivir cuando los buenos mueren”. Que abajo, quienes quedamos, “cantamos y cortamos las flores del poniente”. Mas “las del alba, tú solo, las cosechas celeste, del jardín de la vida, tras el mar de la muerte”.

  Allí han de estar entonces, ya sin sombras de dudas, en el altísimo prado, Monseñor Tiso y Jordán Bruno Genta cosechando las flores del alba. Unidos en hermandad de sangre, entonando epinicios para Eslovaquia y Argentina. Porque Dios así restituye la gloria a quienes lo sirvieron en vida.

  Nosotros aquí, a despecho de tantas persecuciones e incomprensiones, de tantas soledades y pruebas, queremos continuar el camino que nos trazaron con sus ejemplos. Precisamente porque los tiempos son difíciles, porque los recursos son pocos, porque los desertores abundan y los pusilánimes acechan. Precisamente porque pareciera que está todo perdido y queda por ganar la vida eterna lidiando contra el Maligno. No es mal destino si se sabe ser dócil a las ultimidades de la Historia.

  Nosotros aquí, una vez más. Escuchando -como los soldados de Enrique V en vísperas de San Crispín- la promesa magnífica y certera reservada a los que sean capaces de jugarse sin reservas: sus nombres serán resucitados por el recuerdo viviente de los descendientes, y serán saludados con copas rebosantes. Los que no hayan participado de la contienda se sentirán viles, y los protagonistas -aún tumbados- serán ennoblecidos por el coraje.

  Nosotros aquí, en este cotidiano entrevero de querer recordar y emular a los testigos de la Verdad. Para no sentir “vergüenza” de seguir viviendo. Hasta que la flor del alba -señera, firme, altiva- reverdezca luminosa regada con nuestra propia sangre.




Antonio Caponnetto
Buenos Aires. Noviembre de 1997



Jordán Bruno Genta “Monseñor Tiso. El Gobernante Mártir”. Ed. Santiago Apóstol 1997.


Un especial saludo y agradecimiento a Vladimiro La Torre


Nacionalismo Católico San Juan Bautista


sábado, 1 de julio de 2017

Nuevo Orden Mundial, Democracia y Fin de los Tiempos - Augusto TorchSon




  La conferencia tiene por objetivo principal, exponer sobre la denominada gobernanza global o Nuevo Orden Mundial hoy reinante en el mundo, para lo cual es necesario realizar un análisis histórico y político; y su vez, a estos examinarlos teniendo en cuenta la implicancia religiosa de los mismos, y de esa manera relacionar los tiempos que vivimos en su adecuación a las previsiones esjatológicas de las Sagradas Escrituras, es decir, para los tiempos postreros de la Historia a la luz de la fe Católica.



Nacionalismo Católico San Juan Bautista



viernes, 23 de junio de 2017

San Juan Bautista: Nuestro Patrono (Repost) - Por Augusto TorchSon


     Juan el Bautista es el único santo cuya fiesta se celebra en el día de su nacimiento.

     Fue concebido a pesar de la esterilidad de su madre y la vejez de ambos padres.

     El Ángel Gabriel al anunciar a su incrédulo padre la llegada de su hijo, dijo: "No tengas miedo, Zacarías; pues vengo a decirte que tú verás al Mesías, y que tu mujer va a tener un hijo, que será su precursor, a quien pondrás por nombre Juan. No beberá vino ni cosa que pueda embriagar y ya desde el vientre de su madre será lleno del Espíritu Santo, y convertirá a muchos para Dios".

     San Juan Bautista no nació en pecado como el resto de los hombres ya que fue purificado en el seno materno ante la presencia de Jesús en el vientre de la Santísima Virgen María.
     En el “Cántico de Zacarías” al referirse a la misión de su hijo, éste decía: “‘y tú niño serás llamado Profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor preparando sus caminos, para hacer conocer a su Pueblo la salvación mediante el perdón de los pecados”.

     Y en la preparación de los caminos de Nuestro Señor, Juan predicaba el bautismo de penitencia, y esa predica no era dulce y suave a los oídos, sino más bien recia e imperativa: “convertíos”, de ninguna manera buscando agradar, sino queriendo hacer tomar conciencia del pecado.

     Hoy asistimos a la pérdida casi absoluta del sentido del pecado. El querer ser como dioses que hizo caer a Adán y Eva, nos lleva también a nosotros a determinar el bien y el mal. La prédica del pecado y del Infierno, son temas mayoritariamente tabúes en la Iglesia cuando deberían ser no solo una obligación, sino un deber de caridad, advertir a nuestros hermanos para que no se pierdan eternamente. Sin embargo hoy desde las más altas jerarquías se promueve la tolerancia, no ya hacia quien yerra, sino al error mismo; se promueve el “respeto humano” hacia las diferentes y falsas religiones, en donde debemos dejar de lado la propuesta evangélica de llevar la Buena Nueva al mundo entero, para no molestar a los no católicos o como se dice actualmente: “no querer imponer nuestras ideas”, como si la verdad fuera una cuestión ideológica.

    Por eso al elegir el nombre de Nacionalismo Católico San Juan Bautista, lo hicimos con el propósito de pedir la protección de este gran santo de quién dijo Jesús: “No ha surgido entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista”. Asimismo le pedimos asistencia para estar dispuestos a seguir su ejemplo aun cuando eso implique ser perseguidos por la ira y la venganza de los adúlteros de la libertad y la justicia, y podamos ser fuertes y no desistir ante ninguna amenaza del cumplimiento de nuestros cristianos deberes.
  
     San Juan predicaba la necesidad de conversión para la venida del Señor, y hoy tenemos que hacer lo mismo pero esta vez para su regreso cada vez más cercano.

     En tiempos en donde el sostenimiento de la verdad va a implicar el martirio como lo fue para el Bautista con su decapitación, queremos prepararnos sabiendo que a pesar de que para el catolicismo liberal imperante esta predica pueda sonar pesimista, nosotros sabemos que Dios saca provecho aún del mal.

     Rogamos a San Juan interceda por nosotros ante Dios para poder imitar su ejemplo sin buscar protagonismos, como cuando dio un paso al costado diciendo: "conviene que él crezca y que yo mengüe"; y en la convicción que la victoria no nos corresponde, solamente la lucha; podamos dar el buen combate, predicando el Evangelio a tiempo y destiempo y quiera Nuestro Señor que como su Siervo y Santo Precursor, podamos también ser "una voz que clama en el desierto"


Augusto TorchSon



Nacionalismo Católico San Juan Bautista

jueves, 22 de junio de 2017

Perón y la Iglesia – Leonardo Castellani



  Tengo tres libros sobre la mesa con este título o tema, además del libro Revolución y Contrarrevolución en la Argentina, de Jorge Abelardo Ramos, en el cual el tema está negado, y por tanto “brilla por su ausencia”, como dicen. Ramos sostiene que el “conflicto con la Iglesia” no existió, pues fue solamente un “pretexto decorativo de la reacción oligárquica” (pag. 450). Un poco más que eso fue evidentemente. ¿Qué fue?


  Me disgusta tomar este tema, desautorizado públicamente como estoy por la Iglesia Jerárquica –o algo por el estilo; pero no tengo más remedio. El periodista es un galeote, un esclavo de las “galeras”. Que me valga San Jerónimo, el primer periodista de la Cristiandad. Total, si yo no hablo, hablarán las piedras, las piedras ahumadas. Ya han hablado.


  El mejor de los tres libros es (para nosotros) Infiltración Clerical, de Pablo Baransky, hijo de un noble polaco y cura rural de la Diócesis de San Juan, que es otro título de nobleza; por la sencilla razón de que toma el asunto en solfa, componiendo una especie de novela o mejor dicho crónica humorística de lo que le tocó vivir en la persecución de Perón; o mejor, de los “peroncitos provincianos” con quienes tuvo que arreglárselas en su pobrecita parroquia de Santa Rosa. 


  La actitud es más señoril y también quizá más justa; y por lo demás, todos los datos esenciales del episodio están al final, desde la pág. 175. Muchos curas o canónigos la tomaron demasiado a la tremenda, empezaron a echar humos; y eso no solamente después de los incendios (pues eso fue realmente tremendo) sino desde el principio. No quiero agraviar a mis cofrades, pero el espectáculo que vi de religiosos enterrando apresuradamente ya en 1954 cálices de oro o copones de plata, no precisamente porque fueran de ellos, sino porque eran “el tesoro de Don Bosco o la corona de la Virgen”, era un poco risueño. No está mal esconder la plata, pero hay modos y modos. El autor de Infiltración Clerical no tenía por de contado nada de eso que esconder, y así pudo tomarlo con más calma y en tono risueño, que es el tono más religioso en este caso.


  Los otros dos libros están escritos con criterio totalmente clerical y con poca calma. El del Canónigo García de Loydi es decente, claro y completo. El otro nos gusta menos (nada), parece un leguito fuera de la vaina, se permite reprender públicamente al P. Carbone, y firma con un pseudónimo: Pablo Marsal S. Cuando tantos nombres propios se manosean y califican en su libro, el autor por honradez debe declarar el propio. Uno de los libros parece tener por objetivo la defensa o elogio del Cardenal Copello. El otro, la tesis de que Perón no tuvo la culpa sino “los que lo rodeaban”.



Comandos peronistas con atuendos robados en las Iglesias


  Ramos, califica duramente, aunque soslaya, todo el episodio. Para él la Iglesia Romana hace mucho (no dice cuánto) está al servicio de los diversos imperialismos (por su “identificación” con Mussolini, y después con la Banca Morgan) y es en sí misma una especie de imperialismo moral; los nacionalistas y los clericales y los rosistas (y los católicos) todo es uno; y el clero ha intervenido para estorbar y obstaculizar cada vez y siempre que el país se enderezó por el camino de la grandeza. Es curioso que Ramos en el caso de Perón minimiza o nulifica el “influjo del clero”; al cual en todos los otros casos le atribuye una magnitud exorbitante, que obviamente no posee. No dice que el país está atrasado en electrotecnia por culpa del clero, pero parece pensarlo.


  El influjo del clero existe, no sé si decir “gracias a Dios”; pero es más bien como el Pelente o las pastillas insectívoras Yale, que no ese martillo pilón que Ramitos sueña. Su influencia existe, pero se ejerce más bien por inhalación o “infiltración” (por enseñanza de la doctrina cristiana) que no corporativamente (o por acción política): por la razón sencilla de que el clero en la Argentina es difícilmente un cuerpo; por la otra razón sencilla de que la cabeza es difícilmente una cabeza. El Obispo de Corrientes,  por ejemplo, predicó directamente contra Frondizi en las últimas elecciones: y ganó Frondizi las elecciones.

  Ninguno de los dos libros clericales puede dialogar con Ramitos ni Ramitos con ellos ni con 50.000 más que se hagan por el estilo; porque Ramitos, lo mismo que Perón, no percibe el interior de la Iglesia sino sólo lo exterior, donde están situados también los dos libritos clericales. Y ellos defienden lo exterior, pues de eso viven; y a Ramitos esa corteza le da en el rostro y lo irrita; la cual dicha y dichosa corteza en la Argentina está demasiado desarrollada, y en parte, chuya. El que no percibe sino lo exterior de la Iglesia no puede escribir bien sobre la Iglesia. Quisiéramos ver a la revista oficial Criterio o al diario católico El Pueblo refutando a Jorge Abelardo Ramos… No pueden refutarlo; porque la corteza que Ramos percibe, existe y es repelente; y justamente de esa corteza forman parte los CRITERIOS.


  ¿Por qué, pues, cada vez que a la Iglesia Argentina le ha ido bien, al país le ha ido mal, como en tiempos de Mitre y otros cercanísimos a nosotros; y cada vez que el país agarro el camino ascendente, la Iglesia se plantó en el medio como con Roca y con Perón? –se pregunta Ramos. El planteo es inexacto y ambiguo; sin embargo…


  Para reforzar a Ramos por puro gusto, copiaré dos párrafos del libro “Palabras, Palabras, Palabras” de un ensayista argentino. Dice así en su capítulo “Politización y amoralidad”, pág. 27: “Ser argentino y ser católico se está volviendo dos cosas antagónicas, que Dios nos libre y guarde; sobre todo ser argentino “muy-pero-muy católico”. Cuando más mal le va a la Patria Argentina, más bien y mejor le va a la Iglesia, y viceversa: por lo menos según una “Historia de la Iglesia Católica”, tomo IV, pág. 658, que hemos estado leyendo (Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1951, Nº 76). En esa “historia” se asevera que el Papa erigió en la Argentina  en 1830 “la Diócesis de Panamá” que Rosas “déspota y dictador” sostuvo que en 1849-1850 ”una guerra desastrosa con Francia, Inglaterra y el Brasil”, y que “arrastró al país” a ese desastre; que expulsó a los jesuitas “y otros religiosos” (¿cuáles?) y que cuando a la Iglesia le fue realmente bien en este país fue durante las Presidencias de Urquiza y Mitre, y un poco durante Figueroa Alcorta ( ¡que Dios mande a su Iglesia Gobernantes masones!), que fue justamente cuando a la Patria le fue mal. Indica además que hay aquí por lo menos desde 1918 una “Universidad Católica” y un “Partido Católico”; y que el diario El Pueblo es una maravilla: en lo cual último estamos medio de acuerdo.”


  “No repararíamos en este disparate (bastante propio de la “grandiositá spagnuola”, que dice Carducci) si no fuera por el “criterio” usado por el historiador, a saber: que a la Iglesia Católica le va bien cuando un gobierno, masónico o no, le hace regalitos, como el General Mitre, que “le regaló el terreno del Seminario”, dato que creemos erróneo, encima, no de su peculio particular en todo caso. Bien, ahora gracias al General Mitre hay Seminario, pero no hay Seminaristas. Ese “criterio” es indigno de un varón religioso, y aun de un adulto; pero es el criterio del P. Leturia, buen hombre por lo demás, si eso se compadece con el no tener honradez profesional. El mismo criterio es, por lo demás, de los sacerdotes argentinos que bendicen a la vez la bandera de Belgrano, la fábrica de heladeras “Most-Better” y la ley 1420. Los miembros del actual Gobierno y el Dr. Atilio Dell`Oro Maini están excomulgados, si no nos engañamos, en virtud del canon 2334, latae sententiae. De esta excomunión no se hace estado; se hace estado de la excomunión del “Otro”(1) que antes no era “el Otro”; porque mando a pasear gratuitamente a dos Monseñores(2) haciéndolos héroes de golpe…”


  Hasta aquí el ensayista… inédito. Pero volvamos al “Otro”. He aquí lo que pasó, “assicondo noialtri”. El “Otro” no era ateo, como cree Ramos, ni un buen católico justicieramente enrabiado como cree Rebeldía (3), sino católico mistongo, más todavía que San Martín: el cual fue probablemente un católico tibio. Veía a la Iglesia como un organismo político, al cual favorecer por amor de los benditos y bienhadados votos, y el prestigio personal; pues el carecía de toda percepción de las realidades y fuerzas morales. Cosa grave en un político, aunque sea muy vivo. Por otra parte, veía que algo andaba más en la Iglesia indígena, o al menos que ella no era tan divina como pretendía; y eso, más por lo que le cuenteaban que por sí mismo, pues él personalmente con “momias” no quería perder tiempo. Éste fue Perón todo el tiempo, créanme. Fue un argentino típico (4).


  Llegó el momento en que (como Roca) percibió que su poder personal no absorbía ni digería ese otro poder “político” que tenía enfrente, incomprensible para él; que al revés de los “otros” partidos argentinos o entidades políticas, era COLOIDAL a su Justicialismo; y empezó a apretarlo un poco a fin de obtener la “gratitud” que a él le debía, y la adhesión incondicional (de acuerdo con el juramento que hacen los Obispos “reconociendo su Alto Patronato”) que todos tenían que mostrarle… y le mostraban. De hecho intentó dividir el Clero y al Episcopado en “buenos cristianos” y “malos cristianos”, según que fueran peronistas o no. Me consta, porque yo mismo, modestia aparte, fui solicitado por un clérigo vinculado a Remorino (5) a volverme buen cristiano; cosa que yo deseo ser, pero es muy difícil serlo… a gusto de todos.


  Esta nueva actitud fue alimentada rápidamente por muchos “circundantes”, algunos de ellos para llevar el agua a su molino, o mejor dicho, el ASCUA (6) a su sardina, e incluso para hacerlo tropezar al Duce; como de hecho tropezó –tropezó suicidalmente.


  Perón fue el responsable del incendio de las iglesias o templos. “En táctica siempre hay que devolver de inmediato el golpe aunque sea mal y torpemente: peor es quedarse aturdido y no contragolpear” era uno de sus axiomas políticos-militares que él explicaba en sus “clases magistrales”. El golpe en este caso fue la enorme manifestación católica silenciosa de Corpus 1955; que a él le pintaron esencialmente diferente de lo que en realidad fue, para enfurecerlo. Hay indicios de que el Conductor estaba entonces decidido a , aun ansioso de, dar marcha atrás y reconciliarse con los Magnates Eclesiásticos cuando comenzó el humo, es decir, la matanza de Plaza de Mayo; cuyo contragolpe fue el incendio de los templos, que no alcanzó por cierto a los marinos, al contrario, les hizo el juego (7). Al fin y al cabo, Carlos V saqueó a Roma y después se arregló y amigó entrañablemente con Paulo IV –le decía un consejero eclesiástico o eclesiástico consejero, actualmente fuera del país. Pero ya era tarde.

 
  Cuando estuve en Lourdes en 1956, los eclesiásticos franceses, españoles e italianos que allí encontré tenían esta idea (los ingleses, más prudentes, no tenían idea alguna) acerca de la Argentina, paisillo que por un momento se había puesto de moda “Perón favoreció a la Iglesia; después la persiguió; y los católicos LO VOLTEARON.” Yo les decía con modestia: “No es eso exactamente”, pero no discutía con ellos: la Argentina les interesaba menos que Rumania o Bulgaria; pues eso es en realidad la Argentina, excepto para nosotros.


  Pero la persecución fue verdadera persecución, y torpe por añadidura, letra de tango y no mero humo de pajas. No precisamente por haber amenazado (sin tocarlos al fin) los famosos “bienes eclesiásticos”; sino más bien por haber tocado la estructura religiosa tradicional de la familia argentina con el “divorcio”, el derecho natural de los padres de familia con las leyes de enseñanza y al fin la moralidad y decencia pública con escándalos y malos ejemplos de toda clase. Ramos se burla sin razón de este último motivo; y se equivoca al asignar como único motivo real la “fuerza política” de la Iglesia en los episodios históricos de Rivadavia, Roca y Perón.


  Rivadavia, Roca y Perón atacaron a la Iglesia Argentina no por demasiado fuerte sino por demasiado débil. Difícilmente un poder temporal argentino atacará a la Iglesia si esta lucha por los bienes netamente espirituales, en cuyo caso ella es fuerte, porque está en su terreno. Cuando está embarazada con sus bienes materiales, “que son también espirituales” (cosa que yo no dudaría un momento si tuviera alguna parte en ellos, una prebendita cualunque), la Iglesia anda débil e invita al ataque: como pasó con Enrique VIII. Por el contrario, y sin salirnos de Albión, en el famoso asesinato en la Catedral, el Arzobispo Thomas Becket padece martirio por una cosa política aparentemente; pero que en realidad tocaba el corazón de la estructura del Medioevo: los “Fueros” de los Gremios o “Guildas”, nominalmente aquél que estatuía el derecho de que “nadie puede ser juzgado sino por sus pares”; los obreros, por sus gremios; los Lores, por los Lores; los Clérigos, por los Clérigos; los pecheros, por los pecheros; principio capital y sumamente democrático de la organización cristiana medieval. El poeta Eliot pinta al hidalgüelo Becket como terco y un poco mandón; y puede que lo haya sido; más no dilucida bastantemente su “causa”. Uno de los “Tentadores” que salen en el poema dramático podía haberlo dicho derecho: “Estás en hombre político y no en varón religioso: lo que defiendes es tu poder. Eres un ambicioso, aunque sea para la Iglesia. Cristo no fundó si Iglesia para darle poderes temporales” –y el Arzobispo responde: “Te equivocas, you are wrong; defiendo una causa religiosa… y por eso voy a triunfar. Como en efecto triunfó –después de muerto.


  Pero el poeta indica cómo la causa del Prelado se confundía con la del pueblo y los pobres –y no con los tesoros de la Catedral o sus propios feudos de Canterbury: el coro de mujeres proletarias gira y gira en torno al caprichudo hijo de Lord Becket como ovejas aterrorizadas y tercas –y como lobas con hijos- alrededor del “jefe nato, del gran Varón de Iglesia.


  Que los Monseñores no se mostraron muy jefes y se asustaron un poco de más, y que algunos curas hicieron demasiado barullo (instintivamente, sin consigna alguna de arriba) es voz común, y es probable. Yo puedo decirlo, aunque faltando a la modestia, porque aosadas fui el sacerdote más perjudicado materialmente por la persecución peronista y conservé bastante la calma; aunque no tanto como el risueño curita Baransky, mi antiguo Secretario; a juzgar por su risueña crónica o novela o nivola o lo que sea. Fui atropellado como “sacerdote”, y no como “opositor”, por cierto; y el primero de todos. Todavía no le he pasado la cuenta a Aramburu ni a Mons. Laffitte.

La Iglesia Argentina visible ha sido apaleada dos veces en poco tiempo; por lo menos yo fui apaleado dos veces, quizá por demasiado… visible. Nunca escapa el cimarrón si dispara por la loma. Van dos por un camino, y el tercero lo adivino. Pero hay una Iglesia invisible, que Ramitos no conoce, ni puede conocer, no le hago cargos. Las dos son una, como el cuerpo y el alma; aunque ahora en la Argentina parezcan separadas y de hecho estén distendidas. Eso es mala seña, porque la muerte es la consecuencia de la separación del alma y cuerpo; y cuando están distanciados, eso es enfermedad. La Iglesia de Cristo no morirá nunca, aunque pasará “agonía”. Pero el mundo sí morirá un día. Dios nos pille confesados. Por lo menos, así me han enseñado a mí. No puedo decir a Ramitos, ni siquiera brevemente, que cosa es ese “espíritu” de la Iglesia que no morirá: no es como “ese vínculo espiritual que une a SHELL-MEX con el productor argentino.” –que dice en este momento el locutor; no, no es así.

  Para hacer todo mi deber de gacetillero “malgré soi”, juzgaré el libro de Ramos muy brevemente; aunque muy mucho se preste a hablar, en mal y en bien. Es un libro muy bien hecho, de un hombre de talento y de trabajo y de ánimo generoso, lo que se ve al menos: el fondo de él es un gran clamor, y ese clamor es argentino; pero es en cierto modo deforme, a causa de sus prejuicios y su esquema político en demasía simple.


  Se puede decir en suma que su filosofía es deficiente y su historia es certera en general; más sus juicios de personas particulares –Rosas, Mitre, Roca, Irigoyen, Ibarguren, Sánchez Sorondo Matías y Marcelo, Uriburu, Ramón Doll, Castellani, Ernesto Palacio, etc.-son sumarios y terribles. Sin embargo cuando un hombre de ánimo generoso se pone a pensar por sí mismo, puede ir muy lejos; y éste es un hombre que camina, cada uno de sus libros ha marcado un avance en el “ranking” (¿Por qué no decir “rango”, si en Castilla se dice “rango”?) intelectual. Libro deforme y áspero, pero fibroso para personas preparadas y mayores, véanse los lúcidos análisis del final, por ejemplo.

No lo recomendamos a los “criterios”, como ya está dicho.



***



Si Cristo fuese crucificado en Buenos Aires
entre dos ladrones, al tercer día resucitarían los
dos ladrones.







1 Perón.

2 Perón expulsó del país a Monseñor Tato y a Monseñor Bonamín.

3 Una hoja editada por el P. Hernán Benítez.

4 Lo mismo dice Borges. Perón y Borges representan la aparente oposición de los “hermanos siameses”.

5 Canciller de Perón.

6 ASCUA fue un grupo liberal combativo.

7 El 16 de junio de 1955 la aviación bombardeó la Casa de Gobierno y ametralló la Plaza de Mayo, masacrando gran cantidad de civiles. Perón salvó la vida porque se había refugiado en la Secretaría del Ejército. En represalia, ese mismo día el Gobierno hizo detener a más de 100 sacerdotes y permitió el incendio de ocho Iglesias en el centro de la Capital.




Leonardo Castellani: "Dinámica Social" Nº 89, Marzo de 1958, p. 7-9 Citado en Castellani por Castellani, Mendoza, Ediciones Jauja, 1999, Págs. 259-265


Articulo enviado por Santiago Mondino


  Nota de NCSJB: Dos hechos precipitaron los trágicos acontecimientos sucedidos el 16 de junio de 1955 y avizoraban el derrumbe del régimen Peronista que gobernó la Argentina desde 1946 hasta 1955: el conflicto con la Iglesia y el proyectado convenio con una empresa petrolera norteamericana por el cual se le entregaba una extensa región de la Patagonia. Entre las medidas contrarias a las enseñanzas del Magisterio católico el Estado dispuso la supresión de la enseñanza religiosa obligatoria, el divorcio, la equiparación de hijos legítimos e ilegítimos, se resolvió convocar a una nueva reforma constitucional para imponer la separación de la Iglesia y el Estado entre otras medidas que echarían más leña al fuego. No faltó detalle en esa ofensiva antirreligiosa: hasta se dispuso la reapertura de los prostíbulos. Otras opiniones atribuyen el enfrentamiento de Perón con la Iglesia al disgusto que causó en la dirigencia eclesiástica la presentación en el estadio del club Atlanta -hacia mayo y junio de 1954- del pastor evangélico Theodore Hicks, que realizaba curaciones milagrosas ante nutridas multitudes. Antes de su presentación, el cuestionado "milagrero" había sido recibido personalmente por Perón. Cabe recordar que ya en 1950 grupos católicos habían vivido como una provocación el multitudinario acto efectuado en el Luna Park por la Escuela Científica Basilio, reconocida en aquel tiempo como la vanguardia más activa del movimiento espiritista.
  Esos dos hechos aceleraron la preparación revolucionaria. En junio de 1955, el ambiente estaba ya formado. Solo faltaba el alzamiento popular, juntamente con el de gran parte de las fuerzas armadas.

  Lo cierto es que el conflicto quedó planteado en toda su crudeza el 10 de noviembre de 1954, cuando Perón dijo públicamente, en una reunión de gobernadores, que en la Argentina había curas y prelados que estaban desplegando actividades perturbadoras (lo cual era verdad). Tras nombrar uno por uno a esos sacerdotes que actuaban como enemigos de su gobierno, Perón destacó que pertenecían, principalmente, a tres diócesis del interior: la de Córdoba, la de Santa Fe y la de La Rioja. A partir de allí, la crisis se fue agudizando. Los diarios de la cadena oficialista lanzaron una agresiva campaña contra la Iglesia y pronto el enfrentamiento escapó a todo control. Un dato que es importante remarcar es que el manejo de la prensa estaba en manos del judío y miembro de la Masonería Raúl Apold designado por el judío Ángel Borlenghi, casado con la judía Clara Maguidovich y cuñado del Subsecretario del Interior Abraham Krislavin, ambos masones y socialistas, quien daba órdenes a los periodistas peronistas de que tuvieran una actitud hostil hacia la Iglesia y trataran con simpatía a los judíos, los sionistas y el Estado de Israel. Raúl Apold fue el que designo a cargo del estatizado Suplemento Cultural del diario “La Prensa” al judío Isaac Zeitling Porter, más conocido por su alias de “Cesar Tiempo”, quien introdujo allí a otros judíos como Prilutzky Farny.

  El malestar continuó creciendo y se llegó, en medio de una creciente tensión, a la famosa procesión de Corpus Christi del 11 de junio de 1955. Ese día, luego de una Misa en la Catedral, los fieles católicos comenzaron a recorrer la Avenida de Mayo en nutridas columnas, desafiando la prohibición policial (el régimen peronista había prohibido las reuniones públicas y manifestaciones que no fueran las organizadas por los seguidores del gobierno). La marcha era silenciosa, pero trasuntaba un fuerte espíritu de rechazo al peronismo gobernante. Se advertía de lejos que la columna se había engrosado con sectores interesados especialmente en manifestar contra Perón.

  La procesión llegó hasta el Congreso y allí se disolvió. Posteriormente, ante el estupor general, el gobierno informó que en la plaza del Congreso los católicos, antes de disolverse, habían quemado una bandera argentina. Pronto se supo la verdad: la quema de la bandera había sido hecha, en realidad, por los agentes de una comisaría céntrica con el fin de endilgarse a los manifestantes católicos ese gesto de antipatriotismo.

  En la mañana del 16 de junio de 1955, oficiales de la Aviación Naval atacaron Plaza de Mayo en un intento por terminar con el gobierno del presidente Juan Domingo Perón. El Registro Civil contabilizó oficialmente 169 muertos: 168 por heridas de metralla, balas, quemaduras o explosiones, y uno, el italiano Domingo Stirparo, de 89 años, fallecido por síncope cardíaco. Ninguna bomba alcanzó directamente la Plaza de Mayo, aunque algunas pegaron muy cerca, sobre el borde. Los muertos y heridos por bombas y metralla se produjeron sobre la avenida Paseo Colón. El mayor número de víctimas se generó por los disparos cruzados en la batalla por el Ministerio de Marina. El diario Clarín del día siguiente hizo un recuento de 156 muertos y 846 heridos; publicó, además, los nombres y apellidos con sus internaciones en la Asistencia Pública y en los policlínicos. Lo cierto es que no había ningún acto público, ni se había convocado a nadie y, además, con 200 personas no se llena esa plaza. Se la colma con cien mil, pero esa tarde estaba vacía, porque del lugar se fueron todos apenas se escuchó la primera estampida. No quedaron ni las palomas.

  Sin duda que ese bombardeo fue un acto de grave irresponsabilidad castrense, por las muertes civiles que ocasionó, pero la actitud del ministro de Ejército, el general Franklin Lucero  de sacar tres horas antes al Presidente, sin alertar al personal de la Casa y sin evacuar la zona aledaña indica falta de interés en proteger a los transeúntes, expuestos al bombardeo. “Nosotros, por nuestros servicios de informaciones, ya habíamos sido advertidos con anterioridad”, asumió el Presidente por la cadena de radio.

  En las primeras horas del 15 de junio fueron allanados en Buenos Aires y en el interior, parroquias, asilos, colegios, seminarios, monasterios y todos los locales en que funcionaban centros o círculos de la Acción Católica y clausuradas las sedes de la junta central, consejos femeninos y consejos de hombres.

  El 16 de junio se cumplió la orden de incendiar los templos de la ciudad de Buenos Aires, y otros del interior. La agresión fue realizada por diversos sectores del peronismo, y muy particularmente por las fuerzas de choque existentes en varias reparticiones públicas.

  La curia fue regada con nafta por los peronistas, preparando el incendio que se realizó entre las 15.30 y las 16.45 ante la pasividad de los bomberos que estaban allí desde la mañana. Ese fuego no sólo consumió papeles eclesiásticos, también destruyó para siempre el archivo colonial de la ciudad de Buenos Aires, guardado desde 1600.

  En una sola noche, el 16 de junio de 1955, fueron incendiadas más de una docena de iglesias. El mayor número de iglesias atacadas fue en Buenos Aires.  También hubo hechos similares en algunas ciudades del interior de Argentina.

  No fue un incendio aislado ni un desborde ocasional; por sus dimensiones, su sincronización y sus implicancias, rápidamente encontró impacto internacional en los principales diarios del mundo. Tampoco se puede sostener seriamente que los ataques a las iglesias fueron totalmente espontáneos. Los atacantes conocían las direcciones de los 16 templos, sabían dónde atacar y dónde no. Por ejemplo, se evitó atacar a las iglesias de culto católico ortodoxo y a las del culto cristiano copto, pese a encontrarse ambas en el camino de los incendiarios, y no ser nada fácil distinguirlas de una católica romana.

  La insólita agresión a los templos -conviene recordarlo- se consumó con la pasividad cómplice del Ministerio del Interior, cuyo titular era todavía Ángel Borlenghi. Ni la policía ni los bomberos hicieron el más mínimo gesto para contener a los incendiarios ni para evitar la propagación del fuego. Pero la comprobada participación del vicepresidente Tessaire (masón grado 33 para más señas, a cuyas órdenes partieron desde el Ministerio de Salud Pública y otros edificios del gobierno varios grupos hacia los templos luego siniestrados) no exime al General de suficiente incumbencia en lo que vino.

  La responsabilidad de Perón surge no tanto por sus órdenes directas sino por ser el principal promotor en generar un clima anticlerical, con discursos incendiarios en los que no midió sus palabras, especialmente el del día lunes 13 de junio.

  Una vez consumados los incendios, el gobierno salió a ofrecer cuantiosas sumas destinadas a la reconstrucción de las iglesias: procuraba dejar a la jerarquía eclesiástica neutralizada. Sin embargo, las instituciones católicas lo rechazaron.

  Curiosamente, Perón ordenó una "severa e inmediata" investigación para identificar a quienes habían provocado el incendio y el saqueo de los templos. La investigación se hizo y dio origen a un curioso expediente en el cual se terminó responsabilizando oficialmente de esos sucesos "a una logia masónica antiperonista”.

  Como resultado de esos hechos, Juan Domingo Perón fue excomulgado. Ocho años después, el 12 de febrero de 1963, el fundador del justicialismo dirigió una nota al obispo de Madrid. En esa carta, fechada en la quinta 17 de octubre, Perón pedía que se le levantara la excomunión y se manifestaba "sinceramente arrepentido" de los actos que se le imputaban. La respuesta le llegó en menos de 24 horas. El obispo de Madrid, en nota fechada el 13 de febrero de 1963, le comunicó que su petición había sido satisfecha.


Angel Borlenghi judío, socialista y masón, ocupo el cargo de Ministro del interior del gobierno peronista.

Almirante Alberto Teissaire vicepresidente durante el 2do. Gobierno de Perón. Mason grado 33


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

lunes, 12 de junio de 2017

El divorcio - P. Leonardo Castellani




     El argumento más fuerte en pro del divorcio es que el señor Fulánez vive incómodo con la señora de Fulánez, y es una crueldad no dejarlo casar con la señora de Mengánez. Pero se da con frecuencia el caso que el señor Fulánez vive también incómodo sin la señora de Fulánez y con la señora de Mengánez. Se da…

     Los sentimentales se enternecen sobre la mujer del asesino, que está en cadena perpetua, porque no se puede divorciar del asesino; pero no se acuerdan de la mujer del asesinado. Se emocionan de la desgracia de la mujer que se casa con un demente o un contagioso; más la conclusión que de esa sana emoción nuestros mayores hubiesen sacado, es que hay que tener mucho cuidado de no casarse con un demente o un contagioso; y quien no tiene ese cuidado, que se aguante, y que no haga culpable de él a las instituciones.

     Cuando en Inglaterra en 1917 los partidos de izquierda se afanaban en introducir la ley Naquet que se estaba experimentando en Francia, Chesterton escribió el regocijante librito La superstición del divorcio, cuyo solo título es un hallazgo.

     Efectivamente, los partidarios del divorcio son tan inconsecuentes como los partidarios de la ”yetta”, la herradura, o del número 13: desean deshacer el vínculo matrimonial, que encuentran es una esclavitud y una maldición, con el fin de contraerlo después de nuevo. Los partidarios del matrimonio indisoluble y los del amor libre son serios; los del divorcio son cómicos. Quieren atropellar la venerable institución que durante 20 siglos ha constituido el núcleo de la civilización cristiana, y ha formado la admirable raza blanca, para después someterse de nuevo a ella: más lógico es suprimir simplemente el matrimonio.

     En realidad lo hacen o quieren hacer por respeto humano, por la “consideración social”: quieren gozar de la consideración que merece un contrato difícil y honorable, haciéndolo al mismo tiempo fácil y deshonorable. Quieren ser descasados y perderse al mismo tiempo en el ejército respetable de los casados; quieren la igualdad de dos cosas por naturaleza desiguales. Sienten que han hecho algo poco honroso porque si no ¿por qué ocultarlo detrás de otro contrato?

     Si el matrimonio indisoluble es una cosa mala, reaccionaria y “medieval” ¿por qué lo contraen? Y si se han equivocado y lo han contraído por irreflexión (cosa que nunca hay que hacer con un contrato de esa laya) ¿por qué se quedan intranquilos, y se ponen a ansiar que un juez, un escribano y si es posible un cura autorice otra vez solemnemente la próxima equivocación?

     Mas dejando las bromas aparte y la dialéctica (las pasiones no tienen dialéctica) la institución del matrimonio, base de la familia, no debe ser tratada por el sentimentalismo. Es cuestión de razón sociológica.

     El filósofo Juan Bautista Vico descubrió el origen de la diferencia entre “patricios y plebeyos” en la antigua Roma: ese origen radica en los “matrimonios sacros”: patricios-patres.

     Aquellos que en el principio del tránsito del estado silvestre al estado cultural en las tribus latinas, se sujetaron a la primitiva, elemental y sana religión de los dioses Lares, cuyo núcleo, no solo moral sino hasta ritual, era el “matrimonio sacro”, se convirtieron por el mismo hecho de la estabilidad de la familia, y las benéficas consecuencias que de ella derivan, en un núcleo social superior. A ellos fueron a pedir cobijo en sus percances los más atrasados súbditos de la “Venus vaga”, que dice Horacio; y se convirtieron en “clientes”, es decir, en un ceto* social inferior, que se imponía menos obligaciones y cargas, pero también tenía menos derechos religiosos, políticos y sociales.

     Algo parecido puede encontrar el observador en nuestras provincias norteñas, como Salta o Corrientes, donde la tradición es más pertinaz, y la sociedad más cercana a sus leyes naturales.

     Spengler y Toynbee extendieron la ”ley de Vico” a todas las sociedades primitivas, notando (curioso fenómeno) que la rotura del “matrimonio sacro”, y consiguiente des-orden de la familia, coincide en la histórica con la rotura del derecho de propiedad, y las guerras sociales. La propiedad pertenecía a los patricios, y los plebeyos sólo gozaban de ella en cuanto se adherían a la “familia”, constituida fuertemente en un núcleo indisoluble: y eso no por ley o “privilegio” alguno sino como consecuencia natural de esa benéfica y roborante indisolublez.

     De ahí que cuando el patriciado rompió por el divorcio legal la consistencia de ese núcleo, parejamente el plebeyo atentó contra sus propiedades y exigió “igualdad de derechos”. ¿Por qué no, si ya se habían hecho iguales? La diferencia entre el patricio relajado y entregado ya a la “Venus vaga”, y el plebeyo con sus uniones transitorias y sus hijos naturales, se había borrado.

     El divorcio en las clases altas y el comunismo en las bajas son dos fenómenos paralelos. Y los dos, según Spengler (que no es ningún varón religioso) son índices fatales de decadencia social y nacional. De hecho se dan siempre juntos.

     También es dado ver el vínculo sociológico entre el divorcio y la decadencia de una raza: porque los que reciben el impacto de las consecuencias del divorcio son los hijos. Los niños en este caso son los privilegiados; reciben el privilegio de un nuevo padre o una nueva madre, y suelen quedar marcados para siempre por ese sencillo hecho.

     Los sentimientos de los niños son blanditos: el niño es un emotivo constitucional. Y los sentimientos confusos y aturdidos provenientes de la destrucción del hogar y substitución por otro, se imprimen en general para toda la vida, y no con efectos saludables.

     Recuerdo que cuando visité el Kaiserebertdorf  de Viena (el gran reformatorio de menores instalado en el antiguo castillo de Francisco José) el ingeniero Von Waldsdorf me enseñó la estadística, hecha por ellos, de la proveniencia de los menores allí recluidos para su reeducación, por transgresiones de todo grado, desde el parricidio hasta la simple “vagancia”: y me hizo notar que un gran promedio (23%) provenían de hogares divorciados, en tanto (que cosa notable) ni uno solo de los menores criminales provenía de hogares bien constituido**; y eso que la guerra y su saña había pasado sobre el fino y educado “Reino del Este”, Osterreich.

     Esto ha sido constatado ya hasta el cansancio por los sociólogos.  El sociólogo E. Faguet (que si ha habido un liberal en el mundo es él) escribió de paso en su librito “El culto de la incompetencia”, constatando un efecto social de la ley Naquet, lo siguiente: Se ha notado que después de la ley de divorcio (que si fue necesaria, fue una triste necesidad) se dan muchas más, pero incomparablemente más, demandas de divorcio que se daba antes de la “separación”. ¿Depende esto de que, no dando la “separación” sino una libertad relativa, o sea una semi-manumisiòn, se sentía que no valía la pena por tan poco ponerse en movimiento? No lo creo; porque cuando se trata de un yugo insoportable, es natural que se hagan tantos esfuerzos para aflojarlo, bien ampliamente por cierto, como se harían para eliminarlo.

     La verdad es, creemos, que la existencia de la ley civil y su acuerdo con la ley religiosa, daba a los individuos una mentalidad particular en cuanto al asunto del casamiento: “hacía que lo considerasen como algo sagrado, como un vínculo que era vergonzoso romper y que no había que romper sino era absolutamente por fuerza, casi bajo pena de la misma vida. La ley que estableció el divorcio ha sido lo que nuestros padres hubiesen nombrado una “indiscreción” legal: ella ha suprimido un pudor. Salvo cuando el sentimiento religioso es muy fuerte, no se tiene ahora vergüenza de divorciar: sin escrúpulos se divorcian. Ha acontecido un despatarro: el pudor se ha ido abajo, el deseo de libertad arriba. De este despatarro una ley ha sido causa: una ley fruto de costumbres nuevas; pero que a su vez ha creado nuevas costumbres o extendido, desparramado, dado a luz, las que estaban en trance de hacerse.”

     El buen burgués Faguet deplora una cosa que la burguesía trajo. Fue durante la revolución francesa, obra de la burguesía, cuando se forjó la primera ley de divorcio en Occidente cristiano. Napoleón I dio el mal ejemplo (como Enrique VIII) de romper con fraudes legales su propio matrimonio; pero no hizo legal el divorcio para todos: eso le toco a la 3ª República.

     El divorcio nació vinculado con el Liberalismo y por lo tanto con el Capitalismo: los dirigentes de la oligarquía plutocrática saben lo que hacen; no se ilusionan, no cometen errores. Un profundo instinto les ha marcado el hogar doméstico como el obstáculo de más consistencia en su inhumano “progreso”. Sin la familia fuerte, quedamos desvalidos ante el avance del Estado superfuerte, que en este caso es el Estado esclavista. La familia cristiana es la única fuerza actual capaz de repeler el Capitalismo. Es una fuerza que ataca “de a dos en fondo”.

     No sabemos si el divorcio es también actualmente, como en Francia, una “triste necesidad” para la Argentina. Eso es cuestión de sociólogos y políticos; nosotros nos limitamos en este artículo al desairado quehacer del “teórico”.

     En Italia, por los “pactos lateranenses”, se han creado de hecho dos matrimonios: el “civil” pasible de disolución de vínculo, para los no católicos, y el religioso indisoluble, para los católicos, respetando el Estado así los dogmas del Cristianismo, que reconoce como religión de los italianos. La objeción que oímos allá contra legislación es aquesta: “¿Por qué obligar a apostatar a gente que es católica a medias?”, porque efectivamente, se obliga a juramento firmado de que “no son católicos” a los que eligen el matrimonio de la “Venus vaga”. Es cierto que en materia de Cristianismo hay muchos grados; y existen hoy por desgracia muchos que sólo son cristianos “por el nombre que ostentan, el bautismo que profanan y la fe nominal que no entienden ni practican”, como dice el amigo Ducadelia. Obligar a estos a declararse de una vez, y declarar con su conducta si son o no son en definitiva ¿es un bien o un mal? Ecco il problema… político.

     Nuestros Obispos sabrán resolverlo, confiemos en Dios. Nosotros, pobres doctores, sólo sabemos enseñar modestamente que según la experiencia histórica el divorcio está ligado en todas partes con la decadencia de las razas y el desorden de las sociedades.



* Grupo

** He aquí la estadística del Ing. Heinrich von Waldford: Huérfanos 6%. Sin padre conocido 18%. Madres solteras 13%. Divorciados 23%. Viudas de guerra 0%. Padres alcoholistas 11%. Prostitutas 21%. Varios 7%. De hogares bien constituido 0%. (L.C.)





Leonardo Castellani: “Castellani por Castellani”, Mendoza, Ed. Jauja, 1999, pags. 321-325




     Este artículo fue publicado con el título Las pasiones no tienen dialéctica en Dinámica Social Nª 47, julio de 1954, cuando Perón amenazaba con legalizar el divorcio. Luego Castellani cambió ese título por el presente.



 Enviado por Santiago Mondino



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