San Juan Bautista

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lunes, 27 de febrero de 2017

La Cábala homosexual en el Vaticano II




El presbítero laicizado Gregory -nacido Gerhard- Baum está riéndose del Catolicismo.

Ahora a los 93 años, él confiesa que fue el sodomita que dirigió en el anti-concilio una camarilla “gay” que traería la herejía del “ecumenismo” que enseña que “todas las religiones son iguales” y “todos adoramos el mismo Dios”, y que los judíos no sean convertidos al cristianismo.

Además, Baum impulsó la noción marxista de la “justicia social” y la asesina “Teología de la liberación” contra los líderes conservadores.

El pseudoconcilio Vaticano II fue un hervidero de herejía, marxismo y, como lo prueba el caso del presbítero Baum, el punto de partida de la sodomía institucionalizada.
  

Ya a los 93 años, Gregory Baum, un perito en el Vaticano II (1962-1965), admite que él era el homosexual oculto en el conciliábulo y llevó allí una conspiración “gay”. El presbítero Baum reveló el secreto en su nuevo libro The Oil Has Not Run Dry: The Story of My Theological Pathway (El aceite no se acaba: La historia de mi caminar teológico).
   
La camarilla secreta “gay” en el Vaticano II propuso el primer borrador para la declaración Nostra Ætate, que reivindicó la tradicionalmente condenada herejía “ecuménica” de que “todas las religiones son iguales” y que “todos adoramos el mismo Dios”. Ese documento también incluye que los judíos no debían ser convertidos al cristianismo, sino que ellos podían continuar por su propio camino (noción enteramente contraria a las enseñanzas del Apóstol San Pablo en el Nuevo Testamento). Además, Baum impulsa la noción marxista de la “justicia social” y la asesina “Teología de la liberación” contra los líderes conservadores en Latinoamérica, abrazadas por el jesuitismo arrupiano y por Jorge Bergoglio, ahora Antipapa Francisco I del Novus Ordo.

El expresbítero Baum (hijo del protestante Franz Siegfried Baum y la judía Bettie Meyer) admitió que fue un mentiroso en el Vaticano II. Él no tiene los cojones para admitir que es homosexual porque, como él dijo, asumirlo honestamente “habría reducido mi influencia como teólogo crítico. Estaba dispuesto a ser escuchado como un teólogo que confía en un Dios como Salvátor Mundi y comprometido con la justicia social, la teología de la liberación y la solidaridad global”. Baum también fue influyente en la iglesia conciliar de Canadá a pesar de sus posiciones abiertamente heréticas sobre la sexualidad, donde presionó a los obispos conciliares canadienses para negarse a adherir a las enseñanzas de Humánæ vitæ, la encíclica escrita por Montini-Pablo VI en 1968 contra el uso de métodos y prácticas anticonceptivas. El presbítero Baum primero se involucró en la sodomía a los 40 años en Londres, y antes de la navidad de 1977 se casó con la divorciada Shirley Flynn, que quince años atrás abandonó el Instituto de la Bienaventurada Virgen María (más conocido como Hermanas de Loreto o Damas Inglesas). Con ese matrimonio, sin resolverse aún la solicitud de dispensa de los votos, Baum incurrió automáticamente en excomunión.
 
El presbítero Baum tuvo un rol clave durante el conciliábulo. Él se desempeñó en varios cargos dentro de las comisiones encargadas de preparar los documentos. Comenzó su trabajo en noviembre de 1960, y acabó con la clausura del conciliábulo en diciembre de 1965. El juscanonista monseñor Vincent Foy denunció que Baum había “hecho más que cualquier persona para dañar la Iglesia en Canadá. [Parte de la información para este Comentario proviene de LIFE SITE NEWS y CHURCH MILITANT].
  
Verdaderos Católicos, con las confesiones de los heréticos modernistas ante el umbral de la muerte, los Católicos tradicionales están confirmados en el juicio de que el conciliábulo fue un hervidero de herejía, marxismo y, como lo prueba el presbítero Baum, el ascenso de los sodomitas.



Traducción del Comentario de los Padres de TRADITIO

Visto en: Miles Christi



Nacionalismo Católico San Juan Bautista




El Superior General de los jesuitas dice que hay que « reinterpretar a Jesús » - Alejandro Sosa Laprida


23/02/2017

« El beso de Judas », por Giotto di Bondone[1]

¡Ah, bueno! ¿Qué quieren que les diga? La verdad, esto ya no da para mucho más: que Dios nos encuentre confesados...

He aquí un extracto de la entrevista[2] concedida el 18 de febrero por el Padre Arturo Sosa Abascal, nuevo Superior General de la Compañía de Jesús:

P. - El cardenal Gerhard L. Müller, prefecto de la congregación para la doctrina de la fe, ha dicho a propósito del matrimonio que las palabras de Jesús son muy claras y que «ningún poder en el cielo y en la tierra, ni un ángel ni el Papa, ni un concilio ni una ley de los obispos, tiene la facultad de modificarlas».

R. - Antes que nada sería necesario comenzar una buena reflexión sobre lo que verdaderamente dijo Jesús. En esa época nadie tenía una grabadora para registrar sus palabras. Lo que se sabe es que las palabras de Jesús hay que ponerlas en contexto, están expresadas con un lenguaje, en un ambiente concreto, están dirigidas a alguien determinado.

P. - Pero entonces, si hay que examinar todas las palabras de Jesús y reconducirlas a su contexto histórico significa que no tienen un valor absoluto.

R. - En el último siglo han surgido en la Iglesia muchos estudios que intentan entender exactamente qué quería decir Jesús... Esto no es relativismo, pero certifica que la palabra es relativa, el Evangelio está escrito por seres humanos, está aceptado por la Iglesia que, a su vez, está formada por seres humanos… ¡Por lo tanto, es verdad que nadie puede cambiar la palabra de Jesús, pero es necesario saber cuál ha sido![3]

Y esto sin mencionar los dichos del Arzobispo Georg Ganswein, quien es nada menos que Prefecto de la Casa Pontificia de la Santa Sede y secretario personal del « Papa Emérito » Benedicto XVI, el cual aseguró en una entrevista concedida el 25 de diciembre de 2015 que no se puede demostrar la existencia de Dios. Éste es un extracto de dicha entrevista:

P. - Si alguien le preguntara: Su Excelencia, demuéstreme que Dios existe. ¿Qué le respondería?

R. - No hay prueba de que Dios exista, ni hay prueba de que Dios no exista. La fe no opera basada en la prueba racional. La fe vive de testigos y testimonios. Si soy convencido por un testigo y por lo que él dice, entonces esto inflama la fe. Todo lo demás no conduce a la fe, sino que permanece fuera de la fe. Esto es cierto también, y especialmente, en nuestros tiempos.[4]

Lamento mucho tener que añadir aquí una triste precisión, y espero sinceramente no escandalizar a nadie al hacerlo, pero resulta que ésta es la terrible realidad que nos toca vivir a nosotros, los católicos « post-conciliares »…

La precisión es la siguiente: lamentablemente, lo que dijo Ganswein fue también sostenido por Benedicto XVI antes de devenir « Papa Emérito », cuando afirmó que no se puede « probar » la existencia de Dios y que el cristianismo es, entre todas las « grandes opciones » en materia de religión,  la « mejor opción », por ser la más racional y la más humana…

En esta afirmación se combinan agnosticismo y naturalismo, doctrinas incompatibles con la fe católica y claramente condenadas por el magisterio eclesial. Huelga decir que la fe en Jesucristo no es una « opción », sino que es necesaria para la salvación, y que el cristianismo no es simplemente « mejor » que las otras « grandes opciones »  religiosas, pues se trata de la única religión verdadera. Ésta ha sido siempre la enseñanza de la Iglesia.

Pero Ratzinger, en total conformidad con la enseñanza del CVII en materia de ecumenismo y de la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas (Unitatis Redintegratio y Nostra Aetate), da a entender que habría otras religiones que también serían « buenas », es decir, dotadas de eficacia sobrenatural, aunque menos « perfectas » que el catolicismo. Doctrina por cierto herética, condenada[5] por Pío XI en la encíclica Mortalium Animos del 6 de enero de 1928, y que fue puesta en práctica con motivo de las cinco reuniones interreligiosas organizadas en Asís por iniciativa de los últimos tres « Papas »: Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. He aquí las palabras del actual « Papa Emérito »:

« Por último, para llegar a la cuestión definitiva, yo diría: Dios o existe o no existe. Hay sólo dos opciones. O se reconoce la prioridad de la razón, de la Razón creadora que está en el origen de todo y es el principio de todo -la prioridad de la razón es también prioridad de la libertad- o se sostiene la prioridad de lo irracional, por lo cual todo lo que funciona en nuestra tierra y en nuestra vida sería sólo ocasional, marginal, un producto irracional; la razón sería un producto de la irracionalidad. En definitiva, no se puede probar uno u otro proyecto, pero la gran opción del cristianismo es la opción por la racionalidad y por la prioridad de la razón. Esta opción me parece la mejor, pues nos demuestra que detrás de todo hay una gran Inteligencia, de la que nos podemos fiar.  Pero a mí me parece que el verdadero problema actual contra la fe es el mal en el mundo: nos preguntamos cómo es compatible el mal con esta racionalidad del Creador. Y aquí realmente necesitamos al Dios que se encarnó y que nos muestra que él no sólo es una razón matemática, sino que esta razón originaria es también Amor. Si analizamos las grandes opciones, la opción cristiana es también hoy la más racional y la más humana. Por eso, podemos elaborar con confianza una filosofía, una visión del mundo basada en esta prioridad de la razón, en esta confianza en que la Razón creadora es Amor, y que este amor es Dios. »[6]

Ahora bien: esto es manifiestamente herético…

Veamos lo que dice al respecto la Constitución Dogmática Dei Filius, promulgada por el Concilio Vaticano I el 24 de abril de 1870:       

« Sobre la Revelación: 1. Si alguno dijere que Dios, uno y verdadero, nuestro creador y Señor, no puede ser conocido con certeza a partir de las cosas que han sido hechas, con la luz natural de la razón humana: sea anatema. »[7]

El primero de septiembre de 1910 San Pío X promulgó el Motu Proprio Sacrorum Antistitum[8], con la finalidad de « conjurar el peligro modernista », el cual incluía, al final del documento, el Juramento Antimodernista que debía prestar todo miembro del clero, y que fue suprimido por Pablo VI el 17 de julio de 1967[9], por ser visiblemente incompatible con la tarea de aggiornamento de la Iglesia emprendida por Roncalli y continuada por Montini. Joseph Ratzinger efectuó el juramento (al igual que todos los papas conciliares), por lo cual su violación lo hace incurrir ipso facto en el anatema que pesa sobre quienes profesan la herejía modernista. Transcribo seguidamente un pasaje de dicho juramento:

« En primer lugar, profeso que Dios, principio y fin de todas las cosas puede ser conocido y por tanto también demostrado de una manera cierta por la luz de la razón, por medio de las cosas que han sido hechas, es decir por las obras visibles de la creación, como la causa por su efecto. »[10]

Para ir concluyendo, he aquí tres citas de Francisco[11] que están en perfecta consonancia con los dichos inconcebibles del Superior General de los jesuitas sobre la necesidad que tendría la Iglesia de « reinterpretar a Jesús »:

« En su constante discernimiento, la Iglesia también puede llegar a reconocer costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje no suele ser percibido adecuadamente. Pueden ser bellas, pero ahora no prestan el mismo servicio en orden a la transmisión del Evangelio. No tengamos miedo de revisarlas. Del mismo modo, hay normas o preceptos eclesiales que pueden haber sido muy eficaces en otras épocas pero que ya no tienen la misma fuerza educativa como cauces de vida. »[12]

 « No hay que pensar que el anuncio evangélico deba transmitirse siempre con determinadas fórmulas aprendidas, o con palabras precisas que expresen un contenido absolutamente invariable. »[13]

 « El mundo ha cambiado y la Iglesia no puede encerrarse en supuestas interpretaciones del dogma. Tenemos que acercarnos a los conflictos sociales, a los nuevos y a los viejos, y tratar de dar una mano de consuelo, no de estigmatización y no sólo de impugnación. »[14]

Salta a la vista que estas declaraciones coinciden perfectamente con lo que sostiene el nuevo Superior General de la Compañía de Jesús, de quien transcribo a continuación otro pasaje de la entrevista:

« La Iglesia se ha desarrollado a lo largo de los siglos, no es un pedazo de hormigón. Nació, ha aprendido, ha cambiado. Por esto se hacen los concilios ecuménicos, para intentar centrar los desarrollos de la doctrina. Doctrina es una palabra que no me gusta mucho, lleva consigo la imagen de la dureza de la piedra. En cambio la realidad humana es mucho más difuminada, no es nunca blanca o negra, está en un desarrollo continuo. »[15]

Pero, a todas luces, estas palabras se hacen eco del evolucionismo teológico característico de la herejía modernista, condenada por San Pío X el 8 de septiembre de 1907 en la encíclica Pascendi, como lo prueba el pasaje siguiente de dicho documento:

« 25. […] Hay aquí un principio general: en toda religión que viva, nada existe que no sea variable y que, por lo tanto, no deba variarse. De donde pasan a lo que en su doctrina es casi lo capital, a saber: la evolución. Si, pues, no queremos que el dogma, la Iglesia, el culto sagrado, los libros que como santos reverenciamos y aun la misma fe languidezcan con el frío de la muerte, deben sujetarse a las leyes de la evolución. No sorprenderá esto si se tiene en cuenta lo que sobre cada una de esas cosas enseñan los modernistas. Porque, puesta la ley de la evolución, hallamos descrita por ellos mismos la forma de la evolución. Y en primer lugar, en cuanto a la fe. La primitiva forma de la fe, dicen, fue rudimentaria y común para todos los hombres, porque brotaba de la misma naturaleza y vida humana. Hízola progresar la evolución vital, no por la agregación externa de nuevas formas, sino por una creciente penetración del sentimiento religioso en la conciencia. »[16]

Moraleja: Los católicos tenemos actualmente dos « Papas » en el Vaticano pero, desgraciadamente, ambos son herejes…



[5] « […] invitan a todos los hombres indistintamente, a los infieles de todo género como a los fieles de Cristo […] Tales empresas no pueden ser aprobadas por los católicos de ninguna manera, ya que se basan sobra la teoría errónea según la cual todas las religiones son todas más o menos buenas, en el sentido de que todas, aunque de maneras diferentes, manifiestan y significan el sentimiento natural e innato que nos conduce a Dios  y nos lleva a reconocer con respeto su poder. La verdad es que los partidarios de esa teoría se extravían en pleno error, pero además, pervirtiendo la noción de la verdadera religión, la repudian […] La conclusión es clara: solidarizarse con los partidarios y los propagadores de tales doctrinas es alejarse completamente de la religión divinamente revelada. » http://es.catholic.net/op/articulos/19089/cat/703/mortalium-animos.html
[11] Para mayor información acerca de las innumerables herejías y blasfemias de Francisco, se puede consultar el libro Tres años con Francisco: la impostura bergogliana, publicado por las Editions Saint-Remi en cuatro idiomas (castellano, inglés, francés e italiano):
http://saint-remi.fr/es/livres/1436-tres-anos-con-francisco-la-impostura-bergogliana.html                                        
[12] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium del 24 de noviembre de 2013, § 43: https://www.aciprensa.com/Docum/evangeliigaudium.pdf
[13] Ibidem, § 129.
[14] Entrevista con  Joaquín Morales Solá el 5 de octubre de 2014 publicado en La Nación:

sábado, 18 de febrero de 2017

¿Martires protestantes? – Mons. De Segur



  ¿Tiene mártires el protestantismo? Él (protestante) así lo cree, pero se engaña.

  Un mártir es un hombre que da su vida por permanecer fiel a la fe de Jesucristo. Él muere, no por opiniones personales, sino por la doctrina de la Iglesia de Dios. Él no es terco sino fiel. De consiguiente, todo cristiano que es muerto en odio de la fe, es un mártir.

  Los pocos protestantes que han sido muertos con motivo de sus opiniones religiosas, ¿habrán sido mártires? No, pues que ellos han sacrificado su vida por ideas personales, por convicciones puramente humanas, prefiriendo su juicio propio a la misma vida; de manera que su muerte ha sido el acto supremo del orgullo, mientras que el martirio es el acto supremo de la humilde sumisión y de la abnegación de sí mismo. No basta morir para ser mártir. Es necesario, para merecer esta palma, morir por la Verdad, cuyo honor exige a veces el sacrificio de la propia sangre.

  El carácter de los pretendidos mártires de las sectas protestantes, es ante todo fanatismo, la exaltación, el furor, lo cual es propio orgullo. Los verdaderos mártires, al contrario, aquellos que la Iglesia, esposa inmaculada de Jesucristo, le da por hijos, esos desde San Esteban hasta los misioneros que hoy dan testimonio con su sangre a la fe en el extremo Oriente, han muerto todos en la paz de Dios, dulces y humildes, como víctimas inocentes, perdonando con amor a sus verdugos, dignos de Jesucristo en la vida y la muerte.


  La Iglesia Católica es la única que engendra mártires, como ella sola engendra santos.



Mons. G. de Segur – Conversaciones sobre el Protestantismo actual – 1984
 Tipografía San José de Juan M. Troncy –Págs.119-120.



Nacionalismo Católico San Juan Bautista


martes, 14 de febrero de 2017

El resentimiento del judío errante



  “Basta de galos, por favor. Basta de celtas, de germanos, de eslavos, de conquistadores romanos y de conquistadores árabes. Porque entonces me siento solo y desnudo: mis antepasados no han sido nunca ni galos ni celtas, ni eslavos, ni germanos, ni árabes, ni turcos…”

  “Yo no he podido nunca decir “nosotros” al pensar en esas ascendencias históricas de las cuales se enorgullecen mis conciudadanos. Nunca he oído a otro judío decir “nosotros” con naturalidad, sin hacerse vagamente sospechoso de ligereza, de condescendencia o de hipocresía”.

  “Cuando hace algunos años salí de Túnez para trasladarme a Francia, sabía que salía de un país musulmán, pero ignoraba que iba a un país católico. Unas cuantas semanas bastaron para imponerme esa evidencia”.

  “Descubrí rápidamente que la realidad francesa es inextricablemente confusa, liberal y católica, clerical y anticlerical al mismo tiempo. Pero el fondo común cristiano se encuentra en todas partes, más o menos diluido, más o menos ruidoso”.

  “Francia, a pesar de todo, continúa siendo un país católico, del mismo modo que Norteamérica es un país protestante”.

  “Cuando viajo por el interior de este país, ¿qué es lo que me muestran con justificado orgullo? ¿Qué es lo que yo mismo pido que me enseñen, espontáneamente, sino las iglesias, las capillas, los baptisterios, las Vírgenes, los objetos del culto, y muy pocas cosas más? He comprobado la exactitud de las descripciones de escritores ecuánimes: los pueblos están apretados alrededor de su Iglesia, alrededor de los campanarios, que los señalan desde lejos y parecen protegerlos”.

  “¿Es un caso exclusivo de Francia? No, desde luego; el año pasado quedé estupefacto e indignado primero, y luego amargamente divertido, al leer en los periódicos italianos la solemne declaración de Togliatti, jefe de los comunistas italianos, estimulando y bendiciendo a los “comulgantes comunistas”. Lo sé: se me dirá que se trata de simple “táctica”… Pero, si es necesaria la táctica, significa que existe una realidad con la cual hay que enfrentarse. Y la realidad, en este caso, estriba en que el pueblo italiano es profundamente católico, como lo es el pueblo polaco, como lo es el pueblo español, etc.”.

  “Lo que constituye mi situación religiosa no es tanto el grado de mi profunda religiosidad como el hecho de que no pertenezco a la religión de los hombres entre los cuales vivo, de que soy un judío en medio de no-judíos. Lo cual significa asimismo que mis hijos, mis padres, mis amigos, se encuentran en ese caso. Hasta cierto punto, me encuentro siempre al margen del universo religioso, de la cultura de la sociedad de la cual formo parte en otros aspectos.”.

  “La legalidad de los países cristianos es una legalidad de inspiración cristiana apenas disfrazada, y a menudo proclamada; la legalidad de los países musulmanes es una legalidad musulmana sin reticencias”.

  “La religión de los otros está en todas partes, en la calle y en las instituciones, en los escaparates y en los periódicos, en los objetos, en los monumentos, en los discursos, en el aire, la moral y la filosofía son tan cristianos como el derecho y la geografía. La tradición filosófica que se enseña en las escuelas, los grandes temas de la pintura y de la escultura están tan impregnados del cristianismo como la legislación del matrimonio. Encontrándome el año pasado en la Costa Azul, me divertí observando los pueblos que llevan nombres de santos: Saint-Tropez, Saint-Maxime, Saint Raphael, Saint-Aygulf… Por otra parte, ocurre lo mismo con las estaciones del Metro de París. Si mis recuerdos son exactos, mi primera irritación contra París, ciudad a la que por otra parte quiero tanto, fue de origen religioso. Ocupado parte del día en un desagradable trabajo, por la noche velaba hasta muy tarde para progresar en mis estudios; cada mañana me despertaban unas campanas lanzadas al vuelo, insistiendo largamente, y volviendo a la carga cuando estaba a punto de quedarme dormido de nuevo. Entonces, todo hay que decirlo, vivía en un pequeño hotel a dos pasos de una Iglesia; pero en esta ciudad siempre se está a dos pasos de una Iglesia. Aquellas campanas anunciaban unos deberes comunes a los demás, pregonaban su unión; al mismo tiempo, señalaban a mis oídos mi exclusión de aquella comunidad... Estaba en un país católico; todo el mundo debía encontrar normales y quizás agradables aquellas campanas matutinas, excepto yo, y los que eran como yo, que me sentía molesto e indignado. Con una indignación impotente, por añadidura, ya que los otros, los que no se sentían molestos por el toque de las campanas, que tal vez ni siquiera les despertaban, eran el número y la fuerza. Lo que a ellos les preocupa, lo que ellos aprueban es la legitimidad. Aquellas campanas no son más que el eco familiar de su alma común...”

  “¿Se dan cuenta siempre, los cristianos, de lo que el nombre de Jesús, su Dios, puede significar para un judío? Para un cristiano, incluso convertido en ateo, evoca, o al menos ha evocado, una inmensa virtud, un ser infinitamente bueno, que se propone como el Bien y que ha venido a sustituir todas las morales del pasado. Para el cristiano que continúa siendo creyente, resume y realiza la mejor parte de sí mismo. El cristiano que ha dejado de creer no se toma ya esa ambición en serio, incluso puede experimentar un resentimiento, acusar a los sacerdotes de incapacidad o aún de falsedad; pero, si denuncia una ilusión, no pone en duda, generalmente, la grandeza y la belleza de la ilusión. Para el judío que no ha dejado de creer y de practicar su propia religión, el cristianismo es la mayor usurpación teológica y metafísica de su historia, es una blasfemia, un escándalo espiritual y una subversión. Para todos los judíos, aunque sean ateos, el nombre de Jesús es el símbolo de una amenaza, de esa gran amenaza que pende sobre sus cabezas desde hace siglos, y que en cualquier momento puede estallar en catástrofes, sin que ellos sepan por qué, ni cómo prevenirlas. Ese nombre forma parte de la acusación, absurda, delirante, pero de una eficaz crueldad, que les hace la vida apenas respirable. Ese nombre ha acabado por ser, finalmente, uno de los signos, uno de los nombres del inmenso aparato que les rodea, les condena y les excluye. Que mis amigos cristianos me perdonen; para que me comprendan mejor, y para utilizar su propio lenguaje, diré que para los judíos, su Dios es un poco el diablo. Si el diablo, como ellos afirman, es el símbolo, la condensación del mal sobre la tierra, inicuo y todopoderoso, incomprensible y obstinado en aplastar a los desamparados humanos”.

  “Un día en Túnez, un idiota judío (siempre teníamos cierto número de esos desgraciados que frecuentaban los cementerios y las reuniones comunitarias), al ver pasar un entierro cristiano se sintió súbitamente poseído por un insólito furor. Con un cuchillo en la mano, se precipitó sobre el cortejo, el cual se dispersó aterrorizado, en tanto que el idiota, sin mirar siquiera a la multitud aullante de terror, se acercó rápidamente a uno de los monaguillos… y le arrancó el crucifijo de las manos, lo tiró al piso y lo pisoteó rabiosamente largo rato. Tardé bastante en comprender aquel hecho: la ansiedad se expresa como puede; el idiota respondía a su modo a nuestro común malestar ante aquel mundo de crucifijo, de sacerdotes y de iglesias, símbolos concentrados de la hostilidad, de la extrañeza de aquel universo que nos rodeaba en cuanto salíamos del angosto espacio del gueto”.

Ahora estoy convencido de que la historia de los pueblos, su aventura colectiva, es una historia colectiva, es una historia religiosa; no solamente marcada por la religión sino vivida y expresada a través de la religión. Esa fue una de nuestras grandes ingenuidades, y muy nociva: el haber creído, en nuestros medios llamados de izquierda, en el final de las religiones. Fue un gran error haber tratado de minimizar su papel en la comprensión del pasado de los pueblos. No se trata de celebrarlo ni de lamentarlo, sino de comprobar su extraordinaria importancia y tenerla en cuenta. Hoy me parece evidente que toda la vida colectiva de los cristianos está determinada aún en su conjunto por el cristianismo; su historia pasada y la historia que continúa haciéndose. Ved aún esas sucesivas consagraciones que jalonan la historia y la vida de Francia; la consagración de Carlomagno y la de Clovis, la consagración de Carlos VII y la de Napoleón. Se sabe el lugar y el papel de la Iglesia en las costumbres y en la política: esas regiones enteras dependientes de las consignas de sus párrocos…”

  “Todo eso es trivial, desde luego; hasta tal punto, que apenas se piensa ya en su significado. Se descubre todavía mejor, quizás, la intensidad de lo religioso en los momentos de fiesta, cuando lo religioso culmina, cuando la colectividad adquiere conciencia de ella misma, como ser único. Por una ironía de la suerte, no menos trivial e incomprensible, es entonces cuando el judío se descubre más excluido. En el instante en que el cuerpo social se unifica más en la comunión recobrada, en el recuerdo de los dramas y de las victorias comunes, el judío mide mejor su no-coincidencia, su distanciamiento de la comunidad. Entonces, todo se lo recuerda, con más insistencia que de costumbre: los periódicos, la radio, las calles, las manifestaciones públicas de los jefes de la nación. En la semana de la Navidad, los discursos científicos, políticos, en la radio, en la televisión, empiezan con unas invocaciones: “En estos días en que todos los hombres se sienten niños de corazón...” ¿Todos? Yo, no; yo no pertenezco a esa comunión. Uno de los primeros gestos del general De Gaulle al asumir el poder fue dirigirse al Papa solicitando su bendición para Francia y para los franceses. ¿Forma parte el judío de esa Francia? En caso afirmativo, ¿cómo puede aceptar que sea bendecido por el Papa, y él con ella? En realidad, los jefes de Estado obran como si el judío no existiera. Es cierto que apenas cuenta, que ni siquiera se atreve a contar él mismo: de no ser así, ¿cómo toleraría que el jefe de Estado, es decir; su representante, fuera a la Iglesia en el ejercicio de sus funciones, es decir, en su nombre? El nuncio apostólico es decano del cuerpo diplomático: ¿con que derecho? Por una simple deferencia hacia la religión católica, que no es la suya (la del judío). En los momentos de mayor efusión, en las ceremonias y en los ritos comunes, en el sepelio de los héroes, en la celebración de las victorias, o en las catástrofes ferroviarias, el judío comprueba con más fuerza su aislamiento y su escasa importancia; y su corazón se oprime al descubrir que aquella efusión, aquella reconciliación general, donde todos sus conciudadanos vuelven a encontrarse, redescubriéndose orígenes y proyectos comunes, le dejan al margen”.

  “Me doy cuenta, en el mismo instante de enunciarla, de lo que mi protesta puede tener de poco convincente y de irrisoria, y mi reclamación de exorbitante. ¿Acaso pretendo imponer mi ley a la mayoría? ¿No es natural que una nación viva según los deseos, las costumbres y los mitos del mayor número? Pero, me apresuro a decirlo, lo reconozco inmediatamente: completamente natural. No veo cómo podría vivir de otro modo. Debo confesar, incluso, que hoy tengo un concepto distinto del fenómeno religioso. Continúo creyendo, desde luego, en lo nocivo de la influencia clerical en la vida de una nación, en la necesidad de luchar contra toda influencia política de los sacerdotes y contra toda utilización política de la religión. Pero creo también que el fenómeno religioso no es una invención de los curas o de una sola clase dominante. Es una expresión, de las más importantes y significativas, de la vida de todo el grupo”.

  “El judío es el que no pertenece a la religión de los otros. Quisiera, sencillamente, llamar la atención sobre esa diferencia y sus consecuencias, vividas por mí. Es evidente que tengo que vivir una religión que no es la mía y que rige y determina toda la vida colectiva”.

  Tengo que salir de vacaciones en las fiestas de Pascua cristianas y no en la Pascua judía. Que no se me replique que numerosos ciudadanos no judíos condenan también esa contaminación. No se trata más que de una condena teórica; su vida cotidiana permanece ordenada por la religión común, que al menos fue su religión y que no les desgarra.

  “Lo malo- me decía, medio en broma, medio en serio, uno de mis amigos no-judíos- es que ni siquiera has sido cristiano”

  “Ya he contado en otro lugar cómo nuestra adolescencia y nuestra madura juventud se negaban igualmente a pensar en serio en la posibilidad de persistencia de las naciones: Vivíamos en la entusiasta espera de nuevos tiempos, inauditos, y creíamos ver ya sus signos precursores: la agonía, decisivamente iniciada, de las religiones, de las familias y de las naciones. Los Retrasados de la historia que se aferraban a esos residuos sólo nos inspiraban cólera, desprecio e ironía. Hoy comprendo mejor por qué poníamos tanto ardor en cultivar tales esperanzas. Desde luego, el humor impaciente y generoso de la adolescencia, que la impulsa a liberarse y a liberar al mundo entero de todas las trabas, encaja de un modo especial en las ideologías revolucionarias. Pero, además, éramos judíos. Estoy convencido que el hecho de ser judíos no era ajeno al vigor de nuestra elección: por encima de las familias, las religiones y las naciones de los demás, que nos rechazaban y nos aislaban en nuestro judaísmo, queríamos volver a encontrar a todos los hombres como los demás”.

  “Bueno, sea que nos equivocábamos del todo, sea que hayamos entrado en un período de reflujo, sea simplemente que me he hecho viejo, me he visto obligado a admitir que aquellos residuos poseían la vivacidad de la grama y se obstinaban en continuar siendo unas estructuras profundas de la vida de los pueblos, unos aspectos esenciales de su ser colectivo. La guerra se hizo en nombre de las naciones, y la Paz confirmó a las más antiguas e hizo nacer otras nuevas. La postguerra vivió un indiscutible renacer religioso que llevó, en una parte de Europa, a unos partidos confesionales al poder.  Por haber comprendido eso, los comunistas, atentos siempre al pulso de los pueblos, felicitan a los comulgantes comunistas, proponen a los cristianos su “mano tendida” y se proclaman patriotas nacionales. Los socialistas ni siquiera tienen necesidad de fingir”.

  “Al parecer, estamos condenados, y por mucho tiempo, a las religiones y a las naciones. Una vez más me limito a dar constancia de una realidad, no la juzgo”.

  “¿Qué va a ser de nosotros? ¿En qué quedarán nuestras esperanzas de adolescentes? Lo que sentíamos de un modo confuso, lo que queríamos suprimir rechazando toda la sociedad de entonces, no quiero ni puedo ocultármelo ya a mí mismo: siendo lo que es el estado religioso de los pueblos, siendo lo que es la nación, el judío se encuentra, hasta cierto punto, al margen de la comunidad nacional”.

  “La historia del país donde vivo se me aparece como una historia de prestado. ¿Cómo podría sentirme representado por Juana de Arco, cómo podría oír con ella sus voces patrióticas y cristianas? Sí, todavía la religión. Que me den una receta para pensar independientemente en la tradición nacional y la tradición religiosa. No puedo olvidar que la heroína nacional llevaba su espada como una cruz: como la mayoría de los héroes históricos; al morir, Bayardo pedía que dejaran besar su espada; doble símbolo fundido en uno. ¿Cómo podría identificarme con Clovis, ingenuo y bueno al decir de los manuales de la escuela primaria pero que, al parecer, hubiera exterminado de buena gana a los malvados judíos? ¿O con Napoleón, tan ambiguo, tan halagado, por los judíos de su época? ¿O,  con mayor motivo, a los zares pogromistas o a los soberanos orientales? En verdad, me resulta imposible coincidir seriamente con el pasado de ninguna nación”.
  

A.    Memmi: Retrato de un judio, Gallimard, 1962 citado por Leon de Poncins: El judaísmo y la Cristiandad, Ed. Acervo, 1966 pag. 211-222


Enviado por Santiago Mondino



Nacionalismo Católico San Juan Bautista

viernes, 10 de febrero de 2017

De un Dios apático a un Dios simpático, para un final antipático - Dardo Juan Calderón.



     El pobre Francisco no da pie con bola, confiado plenamente en que las teorías de Karl Rahner le abrirían un mundo de congratulaciones, dio por terminado el culto a un Dios apático, para presentarnos el Dios simpático del modernismo, y terminó todo en una trifulca bastante antipática. Resulta que un montón de mal agestados no aceptan su simpática apertura, al punto de modificarle el propio gesto al Pontífice que tiene que andar  mostrándose con cara de traste. ¡Los hombres no tienen remedio! Uno propone un mundo libre, igualitario y fraterno y al otro día hay que hacer andar la guillotina. ¿Qué nos pasa? Este Pontífice declara terminado el débito jurídico, y al otro día tiene que aplicar a macha martillo el reglamento. Hagamos un poco de memoria.


     El asunto es que el modernismo hacía su entrada triunfal al Concilio Vaticano II con las promesas de inaugurar una época de reencuentro “simpático” con el mundo moderno, lo decía expresamente ese otro Papa con mal gesto que era Pablo VI y que en su alocución de clausura del Concilio nos decía pletórico:

     “La religión del Dios que se ha hecho hombre   se ha encontrado con la religión – porque tal es- del hombre que se hace Dios ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, una condenación? Podría haberse dado, pero no se produjo… Una “simpatía inmensa” lo ha penetrado todo… reconoced nuestro nuevo humanismo: también nosotros y más que nadie, somos promotores del hombre.” (Resulta que la “simpatía inmensa”, al rato era un extraño humo).

    La palabra “simpatía”, dentro de un texto eclesiástico podía pasar un poco simplona y chabacana para el vulgo, pero tenía tras de ella toda una obra de conceptualización realizada por el neoteólogo Karl Rahner. Este había dicho que el Dios medieval, inconmovible y fríamente justiciero, es decir, “apático” (que “no sufre” con el hombre; que estaba en su castillo perfecto cobrándonos lo que debíamos) daba ahora lugar al Dios “simpático”, que venía a “padecer con nosotros”, con todos los hombres, y a esto se refería el Pontífice.

    ¿Cómo había entrado el modernismo a la Iglesia? Pues de la mano de aquella “Nueva Teología” que se formó en los equipos de la renovación litúrgica y que se expresaba con un mensaje lleno de optimismo, optimismo que reflejaban en su eslogan central: “El misterio Pascual”. Rótulo este último, que aplicado a la Misa venía a reemplazar al viejo, oscurantista y entristecedor “Misterio de la Cruz”,  con el que habíamos andado esos tiempos en que no encontrábamos la forma de hacernos simpáticos. ¡Basta de cara de traste! De esa cara que nos quedaba cuando cada Domingo íbamos a ofrecer un Sacrificio, el Sacrificio de un Inocente que era solicitado por un Dios iracundo y ofendido, que lo pedía por nuestras culpas, exigiendo el pago duro y puro - en Sangre - recordándonos – a nosotros insolventes- nuestras culpas impagables que Aquel Hombre sin tacha pagaba vicariamente por nosotros. Una Cruz con un Cadáver sanguinolento coronaba nuestras celebraciones.

     Ahora el asunto había cambiado, el “pathos” de aquel Cristo Inocente no era más nuestra culpa ni se solicitaba por Dios en un acto de estricta justicia,  era un acto solidario de “simpatía” con el Hombre (simpatía=padecer con), de padecer sus mismos padeceres para mostrarnos la vía, el “paso” (Pascua) que lleva a la Gloria de la resurrección. Decía el neoteólogo Ratzinger que si en aquellos días se simbolizó con la crucifixión, era por ser propio de aquel imaginario, pero que en realidad se refiere al sufrir del hombre que en cada época se da de distintas maneras.

      El “Misterio Pascual” era - en suma-  ya no detenerse sobre los aspectos negativos de la religión,  producto del desmenuzamiento escolástico, e iniciar en el acto litúrgico una experiencia comunitaria – un ágape- con un Dios que nada tiene que reclamarnos, porque en nada podemos ofenderlo, y Quien por un derroche de amor se hace solidario con el hombre en su viar.

    Un Dios que acompaña el sufrimiento de la condición terrena e imperfecta que hay que guiar y curar,  acompañando al hombre con su pasión (acción divina que ya no es “precio” de rescate ante un Dios ofendido, sino que lo acerca a nuestros propios sufrimientos que transita por solidaridad),  para juntos, en una relación bilateral, lograr en la “experiencia” litúrgica del encuentro comunitario, que es banquete, con su “presencia misteriosa”, que nos muestra tras ese “anecdótico” sufrir, el “paso” (Pascua) a un estado mejor y superado que encuentra su realización cabal en el estado glorioso de una resurrección – resurrección y glorificación que es el verdadero sentido de su Venida y de su Encarnación - y no aquel de la Cruz, que tomó preponderancia en virtud del fraccionamiento efectuado por el esquematismo escolástico y la mentalidad medieval, los que - por bajo poder de síntesis - no alcanzaron a ver que toda esa historia del Hombre Dios, era esencialmente una historia y un mensaje de resurrección y no de sacrificio.

    Si alguno quisiera saber más de este “Misterio Pascual”, y tiene tiempo, puede leer el meticuloso trabajo del Padre Álvaro Calderón, que con dicho título obra en el Nro. 4 de los Cuadernos de La Reja. La cuestión es que el asunto “Misterio Pascual” terminó siendo el  Caballo de Troya que los novadores introdujeron en el Concilio y que, con la excusa de ser un asunto estrictamente litúrgico, demolió toda la certeza doctrinal de la Iglesia y,  entre otras “bondades”, como verán del pequeño excursus que he efectuado, da por tierra con el concepto mismo de pecado, de culpa, y de penalidad, que es justamente el frente que retoma con toda “simpatía” nuestro querido Francisco, el que a pesar de tantos reproches de antiguos camaradas, no hace otra cosa que seguir un curso lógico marcado por el “simpático” Pablo VI y todos estos novadores.
             
    Este monstruito ideológico, deforme y difuso, tuvo varios progenitores, que fueron construyéndolo con parciales aportes sobre la espina dorsal que formó Dom Odo Casel, al que fueron agregando sus particularidades – muchas veces contradictorias entre sí- otros herejes como él. (Recuerden que la palabra “hereje”, significa “el que elige”, para mostrar la diferencia con “el que acepta la autoridad”). Es bueno en este punto de las ¿discusiones? (sería más ajustado decir: diatribas)  que llevamos de hace un tiempo, remarcar que el “inventor” del eslogan “Misterio Pascual” fue nada más ni nada menos que… ¡nuestro querido Louis Bouyer!, quien usó el término por primera vez para el título de su libro sobre las propuestas litúrgicas novedosas, allá por el 1945 (más o menos).

      Este eslogan modernista se repetirá literalmente con la fórmula genial impuesta por el francés en muchos de los documentos del Vaticano II y será “la llave” que abrirá la caja de Pandora y llenará de optimismo al Papa Pablo VI que entendió inaugurar una época de simpatía con el mundo moderno. (En el trabajo del Padre Calderón encontrarán sobradas citas del mencionado Bouyer, que lo ponen en el núcleo de este movimiento herético).

     Vale la pena detenerse un minuto para entender qué cuernos es el “modernismo” - en pocas palabras - ya que, como se viene diciendo, no es una “escuela”, sino que son diferentes decursos diletantes del pensamiento moderno que coinciden en un “espíritu” general, pero que rara vez  reconocen un maestro. Su enemigo es todo “magisterio” que encorsete sus libres divagues, que surgen más o menos caprichosamente desde el liberalismo clásico protestante, o del existencialismo o de fuentes compuestas. Pero este espíritu general, no es de corte “positivo”  sino “negativo”.

     Aclaro lo de “negativo”: todo acto revolucionario encuentra justificación en un “ideal” utópico del que nos encargaremos “mañana” (y que todos sabemos de antemano que es imposible), que es un sueño angelical y será traicionado de alguna mala manera por una naturaleza humana que permanece igual y que no logra trocarse con ninguna alquimia, obedeciendo de esta manera al pesimista principio escolástico de que la gracia supone la naturaleza (tal cual la dejó el pecado original). El “mañana” de todo revolucionario es amargura y frustración, que se suicida, se angustia, o se entrega a un “pasado mañana”.

     La utopía de los liturgistas modernos nos promete un acto cultual de encuentro “presencial y revelador” de Dios al hombre,  del hombre que en ese encuentro se redime y resucita – o comienza a resucitar - con una nueva naturaleza por una experiencia comunitaria - envuelta por la gracia del  Espíritu Santo - en la misericordia de Dios.  Muy lindo. Pero su tarea de hoy - no nos engañemos - y hasta tanto ese misterio se realice en nosotros;  es demoler los concretos y claros entendimientos del sacrificio, de la expiación, es decir, la cabal obligación de reparar en términos de rigurosa justicia el pecado. El misterio de la cruz se abandona por un misterio pascual, que es lo que para ellos resume la victoria de la redención.

     La tarea del “hoy” del pensamiento revolucionario es demoler las estructuras fijadas por el orden tradicional, y en esta tarea, son compadres de ruta los que ataquen por cualquier flanco, todo sirve si es para efecto de la demolición, que es en suma, la única tarea de la revolución.

     Por más que le queramos poner a la “modernidad” un nuevo rótulo que la defina como una “nueva civilización”, o un nuevo “eón”;  por más optimismo que pongamos en este encuentro simpático que nos une en alguna utopía ideológica,  nadie acuerda a acertar ni definir este “nuevo sentido” (los liturgistas del “misterio pascual” expresamente lo declaran a este misterio: “indefinible”), y esta simpatía con todos los hombres, no es otra que la simpática tarea de demoler entre todos el cristianismo.

     Pero no se escapa, aún al poco advertido, que sigue siendo nuestra época no el inicio de “algo”, sino la continuidad de un proceso de demolición de la civilización cristiana, y que cada vez que se pretende detener un proceso de destrucción total que lleva al caos, se ve necesitado de recurrir a los valores cristianos para retomar un cierto orden.

    Es por esto que toda acción revolucionaria necesita mantener “algunos cabos tirados” con el orden, o retomarlos según el caso, como hace el mal con el bien y con el ser. Cosa que lleva por momentos a creer que son los principios de una restauración lo que en realidad son momentos de retracción ante el vacío y la nada, y esto se produce porque aún bajo la tentación diabólica y romántica de bajar a la nada para que todo renazca, los viejos esquemas metafísicos escolásticos están allí para recordarnos, muy a nuestro pesar, que de la nada, nada sale.

     En este aspecto, como toda revolución,  el modernismo se contiene - en la confusión- dentro de términos “católicos” a los que conserva por miedo y con culpa. No quiere salirse de ciertos márgenes positivos actuantes hasta ver el mañana que canta, hasta que se defina,  no en un “concepto” (esto es tomista) sino en una “experiencia”, sabido del destino de otras herejías que como la protestante estalló en mil pedazos.

     Pero esta falta de cumplimiento y definición se traslada hacia el futuro - y porque las conquistas no son para los cobardes - su falta de concreción siempre lleva la sospecha de obedecer a la pusilanimidad de no atreverse a la “nada”.   Francisco es un inconsciente y se desboca en su pendiente  haciendo peligrar el viejo edificio sin tener dónde trasladarse. Estos personajes aflojarán la estructura tomista pero dejando ciertos cabos tirados. Soltarse sin que se haya producido el “milagro utópico”, el “misterio pascual”, sería temerario. Restos de orden jurídico deben quedar y la noción de “pecado” no puede desaparecer de un día para el otro.

      Bouyer en especial expresa esta frustración del revolucionario, pero sin renunciar a los actos demoledores ya efectuados.
  
     Escuchemos al Padre Calderón diciendo esto mismo en términos concluyentes y con un interesante matiz:

     “Las corrientes teológicas que dieron a luz el “misterio pascual” son las que, después de la Encíclica Humani Generis de Pio XII, fueron denominadas con el genérico de “nueva teología”. Si bien se dice “nueva” por antonomasia a la teología que pretende utilizar como instrumento la filosofía moderna, la nota característica que incluye un modo de pensar en esta nueva especie de teología es de orden negativo: la desconfianza del método escolástico, esencial a la teología católica de la Iglesia y cuyo ejemplar más acabado es la Teología de Santo Tomás”.

      “El modernista se da perfecta cuenta que lo que impide a la Iglesia ser envuelta en la revolución liberal y la va llevando a estar cada vez más lejos del mundo es la lucidez escolástica. La falta de fe y el natural horror a la exclusión social, lleva al neoteólogo a desconfiar del método escolástico medieval y a buscar una salida por delante o por detrás. Sale por delante el que reemplaza la lógica aristotélica de la Edad Media por las ideologías de la Moderna y sale por atrás quien la rechaza volviendo a la Antigua Edad de los Santos Padres. Aquellos serán teólogos de avanzada y estos de atrasada, pero todos caen finalmente en la misma bolsa de la “nueva teología”, porque las diferencias son pequeñas frente a la común tarea de destruir la teología católica, muro de defensa de la enseñanza dogmática del Magisterio de la Iglesia”.

      “Casel – y Bouyer agrego yo-  es un ejemplo típico de neoteólogo de atrasada”.
 
     Francisco es un Robespierre,  y no puede esperar más. Ve en los otros que la reforma conciliar se estanca temerosa como un parásito que no quiere matar del todo a su víctima, pidiendo tiempo para la transformación que no llega nunca. Su mentalidad es una mentalidad muy típica de la Nueva Teología en su versión latinoamericana. Tiremos las últimas barreras que sostienen a ese Dios Vengador y el Dios Simpático aparecerá a nuestra vista y a nuestra experiencia. El desafío es la intemperie que surge de la demolición, pero hay que salir a las “periferias”.  Recién a la intemperie el milagro va a ocurrir. El Dios “apático” que Rahner ve acomodado en su Cielo y en sus Templos adustos, va a ceder el lugar al Dios “simpático”, al que camina por solidaridad “junto a nuestro padecer” por las calles del mundo rumbo  a su glorificación, que es la nuestra. El que no viene por justicia, sino por amor. El que no viene por amor al Padre, sino por solidario amor al hombre.

      Contra esta acentuación de la obra de Cristo en su Resurrección y Glorificación; puesta en desmedro de su Pasión y Sacrificio Vicario por “pagar” en moneda de Sangre Inocente por nuestra culpas; podríamos oponer el argumento chestertoniano de que sólo un ignorante de la literatura puede no darse cuenta de que el vórtice de aquel relato está en el pasaje del Gólgota. Pero podemos arrimar otros argumentos teológicos, donde se nos señala que no había ningún esfuerzo ni mérito en Cristo al volver al estado de Gloria que le era connatural, que tenía y que jamás perdió. No hay en esto ninguna “adquisición”. No vino “para resucitar”, sino para pagar el precio de nuestro rescate, para restablecer la justicia que Dios exigía por la ofensa proferida a la gloria de su creación. Nuestro misterio es la Cruz y Cristo encuentra su glorificación cuando “es elevado en el madero”.  (Otros muchos argumentos encontrarán en el opúsculo citado del Padre Calderón.

         ¿En qué deja esta tragedia el modernismo? Sigamos con el citado:
 
       “Para el modernismo liberal, el pecado no es más que una travesura de niño. Dios Padre es ofendido por nuestras desobediencias y caprichos, pero como una madre con sus niños pequeños, nos reta sin dejarnos de amar. Los golpes que le dirigimos en nuestras rabietas no lo pueden dañar, y si nos castiga simulando enojo, es sólo para que no nos causemos mayor mal.
 Para el modernista entonces:

a)     El pecado es desobediencia y ofensa pero sólo nos daña a nosotros mismos y no le hace a Dios ningún mal.
b)    La pena es castigo sólo medicinal, porque el Padre se muestra airado, pero no nos dejó nunca de amar.
c)     La satisfacción consiste en dar contento al Padre por la obediencia, pero sin ninguna connotación penal.

     ¿Y los sufrimientos de Cristo? Consecuencia inevitable de mezclar su vida con nuestros desórdenes, como los golpes que recibe el hermano mayor al calmar la riña de los más pequeños.

     Este espíritu es falsa misericordia que tan profundamente deforma el Evangelio, al que le da lo mismo el justo que el pecador, para el que poco o nada significa la gloria de Dios, que en su forma extrema peca contra el Espíritu Santo, es el espíritu que triunfó en el Concilio Vaticano II.”

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     ¿Por qué no nos resulta simpático un hombre que viene a sacarnos el “pasivo” que nos mantenía nuestra vieja religión? ¿Qué hay en nuestra naturaleza de irreformable que no nos permite abandonar del todo la culpa y nos cierra este maravilloso camino de transfiguración que nos prometen? ¿Por qué nos negamos a recibir esta condonación que se nos ofrece en bandeja?

     Porque un hombre que nada debe, queda estancado en su condición, y esta condición, no le satisface. Aclaremos.

     Todo hombre de negocios que pretende crecer en sus riquezas, sabe que cada paso que da hacia adelante en ese camino, supone indefectiblemente compromisos, deudas, obligaciones. Un verdadero hombre de negocios sabe desde sus tripas que la señal de su éxito no son sus “activos”, que así solos, están muertos en la inacción y siempre resultan pocos y mermables. Sino que su éxito lo mide la cantidad de obligaciones adquiridas, es su “pasivo”  el que le da la medida de lo que ambiciona. El balance que da positivo está siempre dibujado, el verdadero balance demuestra que las obligaciones contraídas sólo son pagables por un futuro crecimiento. Un balance de activo estable es una partida de defunción. Una autopsia. Esto lo saben los hombres del mundo.

     Hay en la naturaleza humana un ansia de perfección, un deseo de grandeza que enfrentado a su situación actual de bajeza, le provoca un estado de “tensión” entre la perfección deseada y sus limitaciones humanas. La condición humana es una condición de “estar en rojo”, y saliendo de esa condición, si por un momento nos encontráramos con nosotros mismos “en balance”, el golpe sería tremendo e inaceptable. Si voy a ser esto que soy, si ya no puedo adquirir, si dejo de deber, y tengo que enfrentarme a mí mismo, sólo encuentro a un pobre infeliz que me ha estafado.

      “Matar en el hombre la posibilidad de sufrir, es matar la esencia humana” decía Thibón. Matar en el hombre el concepto de pecado – causa de sus mejores sufrimientos- es dejarlo abandonado a los límites de su propia bajeza sin posibilidad alguna de salir, y lo que es peor, sin explicación alguna para ese estado de bajeza, ni solución a la vista.

     La utopía modernista no es la felicidad, es el conformismo en nuestra humana condición, es la aceptación de la bajeza sin solución. Es el regodeo en esa bajeza. El humanismo es un sueño inhumano, el que por ahora no nos da esa “conformidad en el ser” que nos promete, ni la podrá dar nunca,  porque nuestra condición natural es la “inconformidad en el ser”. Y de allí esas caras, esos gestos, y esta religión que comienza a ser antipática.

     Para un hombre que no tiene culpa ni pecado, el orden sólo le puede ser impuesto desde el capricho, desde la tiranía, desde el desnudo poder. Y sólo se le impone “para nada”. Porque nada nuevo lo espera, sino a sí mismo, a un sí mismo que no puede engañarse en la utopía comunitaria; que se encuentra frente al espejo, solo, decayendo y agonizando. El peor resultado de una vida es encontrase al final de ella con uno mismo.

     Abolir el pecado es abolir al hombre, transformar el orden en una tiranía sin sentido, la religión en una estafa emotiva que se desvela ante la muerte.

    El simpático Dios del modernismo arroja al cristiano a padecer junto a los infieles y los herejes, no ya la Pasión de Cristo que paga la deuda que debe, sino la angustia nihilista. Esta es la “simpatía” (el padecer juntos) que festejaba Pablo VI con el mundo moderno. Este es el ecumenismo. Sufrir es una condición insoslayable, lo que podemos es elegir sufrir como ellos y con ellos, o sufrir con Cristo.

     La falsa sonrisa de Francisco ya es una mueca y un rictus, porque nadie le agradecerá este regalo maldito que nos hace al dar por terminado el pecado y la Cruz.

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Para quien desee consultar el artículo del Padre Calderón este es el link:  https://drive.google.com/open?id=0B67zeUgV9Ui5ZUg4M3pPMWRpb3M





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