San Juan Bautista

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sábado, 10 de noviembre de 2018

ESI: Nuevos Aportes – Antonio Caponnetto



VUELVA COMO SE FUE
Por ANTONIO CAPONNETTO



     Cuando lo conocí a “Marquitos” yo era muy joven (sólo ahora me doy cuenta), y él ya era un personaje plenamente instalado en el mundo del Nacionalismo Católico. Era dos cosas el susodicho, si de abreviar se trata. Un hombre de cuidado, por su temeridad proverbial; y uno de esos varones en los cuales la anécdota suple a la biografía. Porque hay casos en los cuales las leyendas oralmente transmitidas desdeñan a sabiendas cualquier noticia escrita que pudieran aportar los documentos.



 Sin un tercer dato, la etopeya de Marquitos –que sólo en diminutivo se nos permitía llamarlo- quedaría irremisiblemente incompleta. El hombre era “tomista” de estricta observancia; y aunque no parecía ni lector ni amigo de Borges, es casi seguro que a él le sopló al oído aquel fragmento de su Soneto al vino, que así dice: “El vino fluye rojo a lo largo de las generaciones, como el río del tiempo; y en el arduo camino nos prodiga su música, su fuego y sus leones”. Sobre todo en este caso, los dos últimos atributos.


Marquitos era Marcos Gigena Ibarguren. Patronímicos y gentilicios competían en su nombre por darle lustre legítimamente patricio. Por eso mismo no necesitaba hacer ostentación alguna. Era una heráldica viva.


En una de sus tertulias etílicas -que eran todas-, Don Marcos contó este episodio que –clarete más o tinto menos- decía lo siguiente. Cuando tenía trece años –y tuvo que haber sido comenzando la década del cuarenta del siglo XX- su padre le obsequió dos entradas para ir, junto con su hermanita, a ver una película en “la matiné”; esto era entonces, recién pasado el mediodía. El riesgo físico o moral que tal paseo podría significar en el Buenos Aires antañón de otrora, resultaba menor, para que se entienda el contexto, al peligro que pudiera correr hoy Leónidas pertrechado con sus Trescientos, si saliera a comprarse una confitura a la vuelta de su casa.


Sucedió entonces que, el padre de nuestro protagonista, tras haberle asignado la ropa adecuada que debería ponerse y colocado algún peso en las faltriqueras, lo toma con sobreactuada fuerza de las solapas. Duele. Tanto que lo obliga a erguirse en puntas de pie para amortiguar el forzado izamiento. Y al soltarlo, acomodándole paternalmente el saco, tras una bofetada seca, de lado a lado, lo mira tan fijo como penetrante para decirle con tono intimidatorio: “¡Vuelva como se fue, y cuide a su hermana!”.


El cuento no pasaría de su cauce costumbrista, si quien lo contaba no nos hubiera extraído explícitamente la moraleja. Decía Marquitos al terminar el relato, riéndose a dos carrillos: “¡Fue la única clase de educación sexual que recibí en mi vida!”. Y aunque de averías el narrador, no podía evitar un leve sonrojo al pronunciar el horrísono nombre de la materia mentada.


¿Cuáles fueron los contenidos de esa clase hogareña, que han de tener hoy por salvaje, bárbara y cruel los cultores de la degeneración cultural imperante? ¿Cuál fue el estilo con que se impartió en tan solo un instante y que resultó indeleble para el destinatario?


Pues esa lección –lo supiese o no el paterno docente- estaba claramente inspirada en los progymnasmatas de la antigua Grecia. Esto es, en aquellos ejercicios retóricos, a través de los cuales los jóvenes se adentraban en el arte de definir, discursear verdades, defender los bienes, comprender lo real y descifrar las alegorías. Catorce tipos de progymnasmatas llegó a catalogar Hermógenes de Tarso, y entre ellos campeaban el proverbio, la confirmación y la acusación.


-“Escuche hijo mío esta sentencia que le indico. Dele credibilidad, pues pruebas sobran. Apostrofe a los falsarios; vuélvase apologeta de la verdad. Y sello esta Praeexercitamina –es decir este ejercicio preparatorio- con el rigor de mis manos sobre su gorguera porque no soy el gramático Prisciano sino su padre. Aguante sin flojeras esta severa imposición de puños y hágase gaucho, que es más que hombre, como enseñó Don Segundo Sombra “.


Así podríamos descifrar el cómo de esa “única clase” que, para su gloria, recibió Marquitos.


El qué es todavía más relevante y significativo. Y tiene dos momentos complementarios.


“Cuide a su hermana” es una proposición universal, de inequívoco sello caballeresco. La hermana es la niña, la dama, la mujer, a la que se ha de tratar con toda pureza, según enseña San Pablo en la Primera Carta a Timoteo (5,1). Es la que vive junto a nosotros, “paralela en el tiempo de la flor y la fruta”, al buen decir de Marechal. Es la chiquilla de la que un día nos enteramos que “entró la luna en su aposento”, y que tal misterio es posible porque en su alma y en su cuerpo “están abiertos los balcones para aspirar el aire puro”.


Custodiar a la hermana es un tópico que se repite en toda la historia. Como a la madre o a la huérfana o la viuda –y acaso a la patria- carga el varón justo con el deber de velar por estas femineidades arquetípicas, que coronan después en la manifestación esponsalicia. Mucho más arduo aún el desvelo si esa femineidad está en agraz; si “cantado es su verdor, y la niña entre alabanzas amanece”.


El recado primero que le dejó encargado a Marquitos su severo padre, no era sólo singular y específico: vele por su hermana de sangre, patio y cuna. Vele por el fruto de su misma madre, ahora que traspone el umbral de la casa en que jugaron juntos. Se le pedía más. Por eso el afectuoso gesto punitivo, la voz tonante y el cuello recibiendo la presión de las manos: ¡sea un caballero!


Al fin de cuentas, gracias a la pedagogía de Don Quijote, Sancho terminó llamando a su esposa Teresa, hermana mía. Como llamó a la mozuela aquella –en aquel su primer pleito como gobernador de Barataria- reconviniéndole fraternalmente que cuidara su cuerpo y su honra más que a su bolsa. Era este mote fraterno, traslaticiamente usado, el eco lejano que llegaba a las costumbres cristianas, de aquella voz inspirada del Líbano que, en el Cantar de los Cantares, al modo de una anáfora, insiste en llamar a su esposa: amada mía, hermana mía, ven.


El segundo momento de la lección paterna dada a Marquitos era genuinamente tomista, sin ironías ni juegos de palabras.  El eterno binomio del exitus-reditus (emanación-retorno), con que el buen Aquinate explica la Historia o aplica a la comprensión de la Trinidad. En muchos pasajes de su obra aparece –no sin antecedentes, claro, en ciertas fuentes antiguas- aunque nos viene ahora a la cabeza el Comentario a las Sentencias: exitus a principio et reditus in finem.


Don Marcos cumplía trece años y emprendía su exitus. Su tránsito de la infancia hacia la región jocosa y doliente, áspera y divertida, pero dificilísima siempre, de la adolescencia humana.

Como el del eterno femenino tutelado por el caballero, el tema del viaje es otro tópico, que el buen retor sabía usar en sus ejercicios. La literatura abunda en ejemplos, y nos quedaríamos cortos citando a Homero, a Virgilio, a Dante, a Chesterton, Saint Exupery o Tolkien. O los Relatos de un peregrino ruso, dictados tal vez desde los hondones mismos del Monte Athos.


El viajero cristiano, en un sentido, tiene que volver como se fue: fiel a sus raíces, leal a su cepa, pío ante sus antepasados y devoto frente a sus lares. Y en otro sentido debe volver distinto y mejor, si ha viajado bien y con aplomo. Debe tornar pulido, acerado, ascético, purificado en la travesía, limpio de andares exigentes y templado a  fuerza de tantos  itinerarios escarpados. Cada quien tiene su propio camino de Santiago, aunque no se haga en la geografía sino en el espíritu.


No sabemos si este cuento de Marquitos es verídico, o fruto de un magín bañado en Chivas Regal. Para el caso dá lo mismo, porque las consecuencias que de él se derivan son invariables y confortadoras.


Por eso, cuando vemos que hoy se empapelan impúdicamente las calles de la ciudad, las escuelas, las plazas y hasta ciertas parroquias, con cartelones degradantes e infames, en los que el gobierno les dice  a los chicos de trece años -¡justo a esa edad!- que están autorizados legalmente a pecar, a contraconcebir, llegado el caso a abortar, a traicionar su naturaleza y al Autor de la misma que es Dios.


Cuando vemos el frenesí demoníaco puesto por los políticos para que nuestros jovencitos pierdan cuanto antes, ya no la virginidad sino el sentido mismo del Orden Natural, nos asaltan las ganas de ir casa por casa a repetir la didáctica del bofetón preventivo y del doble grito de guerra: Varón, cuide a su hermana y vuelva como se fue. Merecedor de ser llamado caballero.  Mujer: preserve su honra y exíjasela al hombre que va a su lado. Adolescentes de trece años, desoíd las convocatorias verracas de los poderes mundiales, enarbolando el alegre orgullo de proclamarse castos.


Si los hombres y las mujeres vuelven como se fueron y mejor que como se fueron. Si la casa es umbral y pórtico, pero a la vez malecón, muelle, vaguada y puerto de anclaje seguro. Si queda todavía un revés paternal dado a tiempo, y una madraza ejemplar mitigando durezas; entonces habrá esperanzas.  Será la tarde y la mañana del Sexto Día. Después será el sosiego de Dios y la salvación de las creaturas.




Nacionalismo Católico San Juan Bautista






jueves, 8 de noviembre de 2018

La hora actual – Jordán Bruno Genta





     La hora que vivimos reclama urgentemente una pasión afirmativa, constructiva, avasalladora, que arrebate a un puñado de soldados, civiles y sacerdotes en la tarea de restaurar a la Patria en Cristo y en el Señorío sobre todo lo propio.


     Se requiere el sentido heroico y el renunciamiento total de sí mismo para tener libertad de acción y de decisión, sean cuales fueren las consecuencias personales y familiares.


     Están en peligro las almas y la Patria. El precio del rescate es ofrecerlo todo sin reservarse nada, hasta dar la vida que es el modo de ganarla para la eternidad.


     Se han enarbolado todas las falsas banderas, se han proclamado las consignas del idealismo utópico y de las ideologías materialistas. No hay mito demasiado humano que no se haya ensayado políticamente. Es hora de salir con Cristo y con María, enarbolando la bandera de Belgrano; no hay más política nacional que la Verdad, el Sacrificio y la Jerarquía. Se trata de empuñar a las almas y a la Patria, para arrebatarlas hacia Cristo por María, sabiendo que fracasar temporalmente en la demanda es todavía vencer, es todavía la gloria en el tiempo histórico que refleja la eternidad de Dios. La consigna suprema del Nacionalismo argentino: adorar a Cristo contra la idolatría del dinero y la adulación de las masas.


     Marx envenenó al mundo entero con la divisa del resentimiento social: Masas, no héroes. Nosotros, en cambio, proclamamos la divisa del hombre esencial: Héroes, no masas.



Jordán B. Genta: “Guerra contrarrevolucionaria” Ed. Dictio 1976. Págs. 246-247



Nacionalismo Católico San Juan Bautista



sábado, 3 de noviembre de 2018

jueves, 1 de noviembre de 2018

Elogio de la Cigüeña - Antonio Caponnetto



“¡Alta va la cigüeña, niños... Tan alta ya, se borra en el azul. Un premio al que antes la descubra!”

Gerardo Diego


         No parecen atemorizarse ante presencias humanas, pero algo les otorga una armónica alianza de confianza y prevención. Porque conviven con nosotros, es cierto; pero se instalan a la vez en chimeneas, campanarios o cúpulas; recodos todos visibles pero de difícil acceso a las humanas artrosis.


         Desde lo alto otean, vigilan, contemplan. Descubren.


         Se sabe que son monógamas y fidelísimos tanto el macho como la hembra y por ende familieros; que migran con sus crías en búsqueda de climas siempre benignos; y que regresan a los sucesivos pagos cuando en estos reaparece el sol, venciendo la frigidez del invierno.


         Aceptan conformarse con un nido austero y sólido, mientras tenga vista al cielo rampante; en lo posible sin cableados, aunque a ellas tal vez les parezcan pentagramas.


         Las jóvenes cuidan de las viejas, sobre todo, porque parece inexorable que les sobrevenga la ceguera. Y hasta una ley de la antigua Hélade –la pelárgica, porque pelargos significa cigüeña- instaba a los retoños a tutelar a sus progenitores en la ancianidad y en la decrepitud, a emulación de los zancudos.


         Nosotros lo sabemos pues se lo escuchamos cantar a Martín Fierro:


“ La cigüeña cuando es vieja,
pierde la vista, y procuran,
cuidarla en edad madura,
todas sus hijas pequeñas.
Aprendan de la cigüeña,
este ejemplo de ternura.”


         Recíprocamente, los padres, tutelan a sus vástagos hasta bien crecidos en edad. No concebían el abandono de los que estaban unidos por la misma sangre. Quizá por eso los viejos romanos tomaban a las ciconias como símbolo de fertilidad, y esperaban su retorno para plantar la vid. Que es como esperar al alba para entonar antiguas laudes.


         El profeta Jeremías reprochó la incomparecencia y la ignorancia del pueblo del Señor, comparando a sus miembros ingratos con la lealtad de la cigüeña “que bien conoce sus tiempos señalados”(Jeremías 8,7).


         Si anidaban en la proximidad de una casa, la casa se volvía fecunda como un vergel tras una lluvia copiosa. Aves de buenos agüeros: así pasó a la historia, tras integrar la leyenda. Los niños nacían cuando ellas tornaban tras sus migraciones; o acaso dejaban el exilio para que las madres alumbraran. Mitologías, claro. Aunque unánimes relatos procesionan por innúmeras culturas.


         Esopo las convirtió en protagonistas benévolas de algunas de sus fábulas. Y en los bestiarios medievales se las representaba con nobleza, aplastando una serpiente. Algunos escudos la incorporaron orgullosamente a las categorías heráldicas. Hasta el férreo Odón, obispo de Túsculo, alguna vez, según se cuenta, instó a considerarlas buenas compañías.


         Nadie empardó el encomio de Alejandro de Mindo –mitad zoólogo, mitad adivino de la helenidad remota- según el cual, cuando las cigüeñas llegan a la senectud, pasan a las misteriosas Islas del Océano, en las cuales –como premio a sus virtudes- se convierten en “hombres piadosos y justos porque en ninguna otra parte bajo el sol, podría subsistir tal raza". Claudio Eliano –retórico descollante bajo Septimio Severo- que trae la cita en su tratado Sobre la naturaleza de los animales, jura que es cierto. Y no andamos de humor para discutirle.


         Pero hubo que esperar al siglo XIX para que el danés Hans Cristian Andersen le atribuyera a la ya insigne zancuda la nobilísima misión de traer los hijos al mundo. Está en su cuento Las Cigüeñas –de a ratos macabro, como la mayoría de los suyos- pero que en un pasaje pone en boca de la gran zanquilarga madre esta promesa: “Sé donde se halla el estanque en que yacen todos los niños chiquitines, hasta que las cigüeñas vamos a buscarlos para llevarlos a los padres. Los lindos pequeñuelos duermen allí, soñando cosas tan bellas como nunca mas volverán a soñarlas. Todos los padres suspiran por tener uno de ellos, y todos los niños desean un hermanito o una hermanita. Pues bien, volaremos al estanque y traeremos uno para cada uno de los chiquillos que se portaron bien”.


         Una pintura de Carl Spitzweg no desmiente a Andersen; y otra posterior de Józef Chelmonski, dá ganas de sumarse al dúo de campesinos o labriegos, para verlas sobrevolar el horizonte en blancas bandadas.


         A esta altura del encomio, que detenemos por mesura más no por falta de motivos, se preguntarán algunos a qué viene esta ponderación súbita e impensada del cósmico cigüeñal.


         Es que ante la afrentosa degeneración de niños y jóvenes, programada y ejecutada por la ESI como abyecta política de Estado. Pero también ante el maloliente espectáculo de los padres sinodales jugando al pansexualismo freudiano con los jóvenes, a instancias de Bergoglio. Pero también asimismo ante la espantosa confusión de tantos bienpensantes, que aceptan la educación sexual, como si ella no fuera ya  esa “peligrosa pretensión e indecorosa terminología”, que denunciara Pío XI.  Pero también igualmente ante el engendro de tres Comisiones Episcopales, que en su Declaración del pasado 26 de octubre manifiestan aceptar “la perspectiva de género como categoría útil de análisis cultural”, llegando a honduras especulativas jamás vistas como cuando concluyen que “no es el color del vestido el que los hace mujer o varón” a los niños. Pero también, y por último, ante la estulticia de tantos catolicones, que hasta ayer nomás prendían velas a Jansenio y ahora se vanaglorian de que sus hijos, ya en salita de dos, saben el nombre técnico de los genitales y de las cópulas humanas.


         Ante todo esto y tanto más, me digo si no ha llegado la hora de preferir a este logos cochambroso e infame, el maravilloso mito de la cigüeña portadora de chicos a cada casa, a cada esposa encinta, a cada varón conceptivo y fértil.


         Y caminar barrios, jardines o plazas, diciéndoles a los pequeños junto a sus madres grávidas que un ser alado les dejará muy pronto en el umbral, sobre un cestillo aloque o zarco, el hermano que tanto anhelan, para compartir travesuras y travesías.


         Si no ha llegado el tiempo de recuperar candores, misterios, inocencias, purezas: la doncellez fundante. Si acaso no es preferible imaginar aves con picos de cuna que conocer el oficio de los obstetras. Si no debemos ofrecerle a la infancia las palabras luna, carillón, crepúsculo y nacimiento, antes que estrógeno, progesterona o misoprostol. Si no debemos entender de una vez que “tan sólo en Cristo se puede educar el cuerpo para el alma, y el alma para Dios y para el prójimo”.


         Ya estamos escuchando a los orcos racionalistas gruñir sobre los derechos de la ciencia biológica y los no menos derechos de los educandos a escudriñar sus aparatos reproductores desde el momento de la lactancia. Son los que menos nos preocupan, y hasta nos place irritarlos con este panegírico anacrónico de las afables cigoñinas.


         Lo que peor nos ponen son esos cristianos negociadores, contemporizadores, protestones del mal absoluto, que por grotesco y sucio no pueden sino advertir; pero propagandistas de otras tantas confusiones que propalan con aire docto y piadoso.


         Sería bueno que entendieran que este problema sólo admite una solución: la educación de las virtudes; y específicamente, las de la castidad, la virginidad, el pudor y la templanza. El ámbito propicio para ello fue siempre la morada, la casa solariega. Sólo por extensión el aula, en tanto ella sea ese thíasos del que hablan los textos platónicos: una cierta comunidad sacral, litúrgica, cuasi monástica en su estilo.


         La solución, lo reiteramos, está en la familia. Donde los hijos sanos ven a sus padres compartir el lecho presidido por el crucifijo; e intuyen primero y saben después que allí, y no en camastros villanos, se aman sacramentalmente en cuerpo y alma. Detalles y minucias tienen su tiempo de llegada.  Pero antes debe llegar el ejemplo del tálamo esponsalicio.


         Si la escuela quiere heredar este legado y enseñar al respecto lo que cuadre, primero deberá ser garantía de que se comportará como delegada de la misión paterna.


         Entretanto que vuelen las cigüeñas. Que si vienen de Paris, despeguen del rosetón de Notre Dame; si de la Madre Patria, de Cáceres, si del solar criollo, de algún peñasco de los Andes. Que cada hombre recuerde al niño crédulo que fue traído por ella. Y cada niño sepa que crecerá añorándolas, como añoran los arenales la mojadura del mar.


         Le cedemos al final, como al principio, la palabra sonora y bella a don Gerardo Diego:



“Cigüeña, vieja amiga de las ruinas, la del pico de tabla y el vuelo campeador.

Cigüeña que custodias las glorias numantinas.  Cigüeña de las peñas de Calatañazor.

Yo soñaba contigo...Tú eras entonces milagrosa y buena,

hada madrina de los campanarios.

Cuando la nube amaga y la tormenta truena guardabas del pedrisco los tesoros agrarios.

y así siempre te busco cuando voy de camino y detengo mi ruta para verte volar,

y te envidio, cigüeña, tu bifronte destino,  tus inquietudes nómadas, tu constancia de hogar”.




Antonio Caponnetto




Nacionalismo Católico San Juan Bautista


sábado, 27 de octubre de 2018

Democracia y pecado – Antonio Caponnetto



     Desqueyrat nos expone… algunas ideas… interesantes. Según él, “todo Estado que pretende no filosofar (sobre la filosofía del hombre) es un mentiroso y un mentiroso peligroso. «Un Estado sin moral se convierte siempre en un Estado sin moralidad» (Etienne Gilson)”(1). “El Estado […], sabiendo que el pecado existirá hasta el fin de los siglos, incluso entre los bautizados, debe elegir el mejor medio para hacerlo disminuir […]. Si el Estado no es cristiano o si los miembros del Estado no son todos cristianos, la práctica se alejará aún más del ideal […]. El Estado debe ayudar a las almas a alcanzar su salvación. Y el mejor medio de ayudarlos a alcanzar su salvación sobrenatural es socorriéndolas moralmente”(2). Y como quien prevé que puede ser tildado de utopista por lo que acaba de decir, agrega: “La tesis representa un ideal que se impone en toda la medida de lo posible, y no un ideal que se propone a la buena voluntad de los hombres, gobernantes o gobernados”(3). De una vez por todas, abandonemos el refugio en el facticismo y en el “hipotetismo” para abrazar el deber ético que nos impele a hacer todo lo posible para volver realidad la tesis.


     No podríamos decir que el Estado democrático y liberal carece de una filosofía del hombre. La tiene y la Iglesia se ha expedido en reiteradas ocasiones fustigando al naturalismo, al laicismo integral, al inmanentismo y al sinfín de errores que conforman esa filosofía. En tal sentido, la expresión de Desqueyrat es doblemente aplicable. Estamos ante un Estado mentiroso, por carecer de una recta filosofía del hombre y por proponer en su lugar una de pésima factura. La mentira y la inmoralidad –según oportuna referencia a Gilson- hacen a la naturaleza misma de ese Estado democrático y liberal. Ni es un Estado cristiano, ni es consciente de su obligación por evitar el pecado y fomentar la virtud. Es más; según esa misma Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano…, sólo debe considerarse delictivo lo que está señalado previamente como tal en la ley positiva que la comunidad se dicta a sí misma. Ninguna referencia al Decálogo o al Derecho Natural regula, controla y normativiza las nociones de pecado o de virtud. Luego, y es aquí adónde queríamos llegar, la democracia y la mentira están connaturalmente emparentadas. La democracia y el pecado otro tanto. Del mismo modo la democracia y el Estado peligroso e inmoral.


     …ha explicado acertadamente el Padre Gustavo Thils que hay sociedades que rehúsan glorificar a Dios, impiden la expansión del cristianismo, incurren en pecados o los fomentan y pueden terminar rindiéndole pleitesía a Satanás(4). “Las sociedades llevan la marca permanente del pecado de quienes la han creado y transformado, en todo cuanto las constituye; en las ideas y las doctrinas que ellas representan, en los sentimientos y la mística que a su derredor propagan, en las leyes y constituciones que regulan su estatuto jurídico, en las tradiciones y las costumbres que esparcen entre sus miembros o entre las personas y los valores con quienes establecen contacto. Todos estos constituyentes llevan en sí la marca de la tara pecaminosa y conservan su veneno”(5)


     No podemos minimizar estas reflexiones. La política no es ajena a la moral ni a la Religión. Los regímenes políticos no están exentos de fomentar per se el vicio, y de constituirse inclusive en ocasiones próximas para que el demonio campee a sus anchas. Lo propio del ciudadano católico, o del simple patriota de una tierra concreta, es estar despabilado o en vigilia, evitando incurrir, por acción u omisión, en cualquier maridaje o contubernio que lo vuelva socio activo o pasivo, directo o indirecto del mal enorme que todo lo corroe. No podemos coadyuvar a la consolidación de un régimen político, del que se sigue a su vez la consolidación de una sociedad, de la que convenga antes huir que salir a su encuentro.



Antonio Caponnetto: “Democracia un debate pendiente (Vol. II)” – Ed. Katejón – Bs- As- 2016. Págs. 265-269.




[1] A. Desqueyrat, Doctrina de la Iglesia, Bilbao, Desclée de Brower, 1966, p. 172.
[2] Ibid, p.177-178.
[3] Ibid, p. 203
[4] Gustavo Thils, Teología y realidad social, San Sebastián, Dinor, 1955. Cfr. Especialmente II parte, capítulo IV.
[5] Ibid. P. 154.




Nacionalismo Católico San Juan Bautista

miércoles, 24 de octubre de 2018

Nuevo Orden Mundial, Democracia y Fin de los Tiempos (Repost) - Augusto TorchSon



La conferencia tiene por nombre Nuevo Orden Mundial, Democracia, y Fin de los Tiempos. 

El objetivo principal de la misma es exponer sobre la denominada gobernanza global o Nuevo Orden Mundial hoy reinante en el mundo, para lo cual es necesario realizar un análisis histórico y político; y su vez, a estos examinarlos teniendo en cuenta la implicancia religiosa de los mismos, y de esa manera relacionar los tiempos que vivimos en su adecuación a las previsiones esjatológicas de las Sagradas Escrituras, es decir, para los tiempos postreros de la Historia a la luz de la fe Católica.

Augusto Espíndola






Nacionalismo Católico San Juan Bautista

lunes, 22 de octubre de 2018

Iglesia y Estado: asunto abominado – Antonio Caponnetto




Basta recordar el Catecismo para saber que los bienes que el hombre puede y quiere conquistar, en relación con los atributos de su personalidad, podrían dividirse en tres: los del cuerpo, los del alma y los exteriores. Ámbitos en cada uno de los cuales los pecados capitales hacen lo suyo, corrompiendo la búsqueda y la posesión de los mismos. Por lo que toda alerta es poca y toda rectitud virtuosa recomendable.

Recordemos también –para proseguir con el didactismo- que los bienes clasificables según su objeto, son los honestos, los deleitables y los útiles. Es sabio y pertinente pedir el resguardo de todos estos bienes, pero de un modo jerarquizado y señorial, sin confundir lo urgente con lo importante, y sin darle a la añadidura mayor entidad que al Reino de Dios y su justicia.

En esta perspectiva debe medir el buen cristiano el compendio de males que ha causado y está causando a la patria esa escoria ignominiosa que, para abreviar, llamaremos macrismo.

Por poner un ejemplo casi obvio y que cae de maduro: el vasallaje explícito al Fondo Monetario Internacional es menos grave por el endeudamiento y la miseria que provocan que por la deleznable revolución cultural a la que nos obliga y somete.

Y si otro ejemplo se pide, la corrupción del Poder Judicial no consiste primariamente en que el mismo viola el principio de presunción de inocencia; sino en la lenidad e impunidad en que mantiene a los corruptos –comunes o políticos- y en la pesada vara de culpabilidad cósmica e insaciable que deja caer sobre aquellos a quienes tocó la tarea de combatir al terrorismo marxista.

Que la economía se reduzca a crematística con su secuela de estragos para la sociedad en su conjunto, vaya si es malo. Pero que los niños y jóvenes de esa misma sociedad sean prostituidos por la ideología del género, o eliminados por los abortos, sobrepasa la maldad precedente porque conculca bienes mayores. Que ladrones y malvivientes de toda índole entren y salgan de las cárceles, sin demasiados sobresaltos, puede ser calificado de pésimo, por limitar la adjetivación en un punto. Pero que el latrocinio y la malvivencia –espiritual, intelectual y moral- sean política de Estado, sobrepasa lo pésimo para alcanzar dimensiones atroces y repugnantes.

Viene a cuento tanta obviedad por la “misa” lujanera del pasado 20 de octubre. Y entrecomillamos la palabra misa, no por volcarnos ahora al sempiterno debate entre el vetus y el novus ordo, sino porque, ni por la catadura ruinosa de los oficiantes, ni por el contenido de lo celebrado, ni por la denigrante feligresía reunida, puede ser aquello considerado una misa.

Radrizzani y quienes lo secundaron en esta parodia sacrílega. Radrizzani y sus mandantes, socios, prohijadores, fogoneros y artífices han incurrido públicamente en el pecado contra el Segundo Mandamiento. Juntaron su hez con la hez, respaldaron de modo grotesco a la calaña peronista y estofas satelitales. Y no hubo en ningún momento de la pseudohomilía esa jerarquización de bienes y de males con las que principiamos estas reflexiones. Ni en el falso sermón, ni antes ni después. Todo lo contrario.

Se calló de modo imperdonable el enunciado y la condena de los daños mayores y monstruosos que el Régimen está produciendo en las almas, las mentes y los corazones; mientras se acentuó exclusivamente la mirada terrenalista, naturalista, sociológica y horizontal. No; claro que no, lo reiteramos. Aquello no fue una misa, sino un maridaje entre malevos, un contubernio entre cumpas de orga gangsteril y viciosa; un cónclave de maleantes que se cubren recíprocamente las espaldas. Usemos la palabra necesaria: fue una profanación.

Es el sueño de la Iglesia Nacional Justicialista, que alguna vez le regaló al mismo Perón un cura homosexual, gnóstico y masonoide –genuino mamarracho humano e ideológico- llamado Pedro Badanelli. Sólo que ahora tienen en Roma al pontífice sumo de este engendro. Brazos en alto, risas ordinarias, balconeadas populacheras, canonizaciones de perdularios y principios teológicos invertidos, como los clérigos que apañó o muchos de los visitantes que recibe sin sobresaltos para su anestesiada conciencia de pastor ruinoso.

Después del 20 de octubre, ofendiendo a la Virgen de Luján, riéndose de los verdaderos pobres que son víctimas de estos sindicalistas opulentos a los cuales se encubre, prodigándose recíprocamente “paces” y ternezas entre rufianes, al pie de un altar ficticio y mundano, los argentinos de bien y los católicos serios, ya saben bien en qué han convertido a la Iglesia nuestros obispos. Esta “Iglesia” y este “Estado” son, por cierto, una juntura para abominar y salir corriendo.

Le debemos a un fiel sacerdote puntano la profunda meditación del Salmo Primero. “Bienaventurado aquél que no se sienta en la reunión de los burladores”, dice el salmo. Es la tercera clase de pecadores que retrata. “No caminar con ellos, no detenerse, no sentarse. Tres verbos progresivos, porque así procede el mal. Desgastando. Y al final una reunión, una asamblea. Son burladores. Se burlan de Dios, ésa es su impiedad característica. Y tendrán, a su tiempo, el castigo. Y el justo no se instala allí, no se sienta, no habita, no forma parte, se separa, se aparta. Su corazón está en otra parte, en la Palabra del Señor. Ésa es su gozosa soledad. Es la soledad de Cristo. Y es una soledad llena de vitalidad. Sus hojas nunca se marchitan, plantado junto a las aguas, da fruto a su tiempo. De la única vitalidad posible. De la única Vida real. Y el justo aparece sólo, como el árbol frente al pasto seco”.

Contra esos hombres contrahechos que siguen moviéndose dentro de categorías demasiado humanas –macrismo, peronismo y otras sentinas-;que creen poder apostar a una de ellas contra las otras, como si no fueran exactamente lo mismo; que han elegido bandos y líderes intercambiables, cabecillas sin honduras, ni claridades y hasta sin prosodia ni gramática.

 Contra toda esta recua de confundidos que nos asaltan –de diestras o siniestras, da lo mismo-; oportunistas, contemporizadores, partidócratas y sirvientes del sistema; ególatras autoreferenciales, componedores y rejuntadores de votos, se alce la gran lección del Salmo Primero.

Llévense sí, ante todo y por sobre todo, nuestro repudio y rechazo, los pastores aludidos, traidores a la Iglesia Católica, y fautores de este neoengendro, que tras décadas de escarnio eclesial, han hallado al fin en Bergoglio al Caronte de esta barcaza, remedo y antítesis de la Barca.

A la Virgen Santísima, la gran agraviada, le ofrecemos nuestra reparación movida por el dolor y la esperanza:

Andamos indigentes de tus advocaciones,
Ven, Virgen Venerada, conforta a tus legiones.

Te escoltarán, Señora, en unánime lanza,
como ayer, como siempre, tan Digna de Alabanza.
Tu potestad de llanto, de luz corredentora,
Virgo Potens si acaso fuera la última hora
consérvanos la fe, las promesas crismales
grácil Virgen Clemente, que no seamos eriales.
Que no seamos perjuros en la Postrimería
Virgen Fiel del pesebre, la gran cosmogonía.
Tu balanza no pesa con la ley del tendero,
Espejo de Justicia,como un sable cristero.
Desata el nudo oscuro del indócil sirviente,
Sede de la Sapiencia, aplasta a la serpiente.
Entonces reíremos y Tú serás la Causa
De Nuestras Alegrías,¡Ave dicha sin pausa!.

Antonio Caponnetto




Nacionalismo Católico San Juan Bautista



miércoles, 17 de octubre de 2018

El miedo y rechazo al regreso de Cristo (Repost) - Augusto TorchSon


Imagen tomada de Radio Cristiandad

Cada vez es más frecuente encontrar en el ambiente católico conservador y hasta tradicionalista, un rechazo rotundo y una inocultable molestia al considerar como posible la cercanía de la Parusía. El padre Leonardo Castellani decía que creer que Cristo regresaría en miles de años, es lo mismo que considerar que no regresará nunca. Y así empeñó una gran cantidad de su producción literaria a demostrar cómo los tiempos que se viven pueden adecuarse perfectamente a las previsiones divinas para el retorno de Nuestro Señor.


Si los católicos conservadores, es decir, los que defienden el “status quo” de la falsa iglesia hoy gobernante, se lamentan del mundo actual al que equiparan con una nueva Sodoma y Gomorra; y los católicos tradicionalistas que reniegan de la apostasía reinante en toda la jerarquía eclesiástica actual, pero coinciden en la última consideración; entonces ¿por qué rechazar con tanta vehemencia la cercanía del Regreso glorioso de Nuestro Señor Jesucristo, único remedio al humanamente invencible Nuevo Orden Mundial hoy reinante?

Si la esperanza máxima y repetida por los católicos en cada Padrenuestro es la Venida a nosotros del Reino, ¿por qué seguir anhelando esperanzas puramente mundanas y contingentes, y no la trascendente por excelencia?

Muchas veces repetimos en ésta página el sinsentido de considerar que Dios al tener el poder, va necesariamente a suscitar guerreros o apóstoles que venzan el actual poderío de los medios publicitarios, políticos y represivos de la elite judeomasónica que domina a todos los gobiernos del mundo, ya que esto implicaría una intervención Divina que tuerza las corrompidas voluntades de casi toda la humanidad, haciendo del milagro una situación de regla y no de excepción; y de ser así, volcada la humanidad por coacción divina hacia el Creador, y no por la voluntad libre; ¿Cómo no considerar que a lo que se está aspirando es un verdadero paraíso terreno?

He ahí la más absoluta de las victorias judaicas en la mentalidad católica. La búsqueda de la cristalización de las promesas mesiánicas solamente en lo material y en el orden temporal.

El judaísmo no aspira a un sentido trascendente de la vida sino a esa victoria temporal y material sobre sus enemigos, que de hecho por el poder de la usura están consiguiendo. Quieren ese paraíso terreno en el cual los “goyims” (no judíos o ganado según ellos) sean sus esclavos, y esto lo esperan confiando en su código sagrado, el Talmud. Pero promueven el sentido materialista de la vida a esos mismos “no judíos” a fin de atarlos a bienes de los cuales ellos son dueños y así poder subyugarlos.

El Islam por su parte, considerado justamente como “espada de Israel”, fue adoctrinado para buscar en el Paraíso, goces puramente mundanos, como el goce sexual de vírgenes que después de ser “usadas” regresan a esa condición anterior para mayor placer del beneficiado por Allāh, y así son capaces de los más terribles crímenes en la búsqueda de tal recompensa supuestamente divina.

Volviendo a la cuestión parusíaca, se aduce para confrontarnos que sólo el Padre sabe el día y la hora del regreso de Cristo, y se nos acusa de pretender profetizar el momento preciso, cosa que nunca hicimos. Sin embargo, dicho argumento puede ser usado perfectamente para quienes lo esgrimen, ya que ellos tampoco pueden asegurar que faltan miles de años o muchísimas generaciones para ese liberador acontecimiento, y si decidimos estar preparados, y esto sucede en miles de años, de cualquier manera nos veríamos beneficiados, al contrario de lo que podría suceder a los incautos que se relajan ante un tan probable panorama esjatológico.

Castellani, para aclarar la situación, enseñaba que las profecías contenidas en la Revelación Pública no podían ser tan oscuras hasta llegar al punto de ser indescifrables; porque, en dicho caso, no habría ninguna necesitad de que estuvieran en las Sagradas Escrituras; y de darse dicha situación, solo podrían considerarse estas profecías como una humorada de Dios que estaría transmitiendo a los hombres lo humanamente indescifrable.

Pero supongamos que éste mundo puede seguir evolucionando técnica y “espiritualmente” como supuestamente lo hace hasta éste momento, según nos dicen los optimistas, ¿qué podríamos esperar para dentro de 50 años? Teniendo en cuenta el actual grado de perversión de las sociedades, el progreso de la ciencia para ofrecer mayores posibilidades de extremar el hedonismo, el nihilismo, ¿cómo podemos pensar que pueda existir la gracia en donde la pornografía sea mostrada en las escuelas públicas a los niños? Tengamos en cuenta que hoy ya se enseña como parte de lo que se denomina eufemísticamente “derecho sexual de los niños” y “educación en ideología de género”, y está actualmente en progreso en las curriculas escolares promovidas en el mundo entero por la UNESCO; pero imaginemos esa evolución en 50 años. Si hoy en todas las tapas de los diarios “conservadores” encontramos a mujeres (y sodomitas) mostrándose impúdicamente, o contando cual prostitutas, sus más vergonzosas intimidades, ¿qué podríamos esperar que suceda en ese sentido en 10 lustros? Eso por no hablar de la TV. Si hoy se anuncia la construcción de muñecas (o muñecos) sexuales, con una similitud increíble con una persona real, ¿qué podríamos esperar cuando la ciencia siga avanzando en ese sentido? Si hoy se considera un “gran avance científico” a las técnicas de fertilización artificiales en las cuales se descartan la mayoría de los embriones utilizados, o se los mantienen congelados por tiempo indeterminado, ¿cómo creer que las prácticas multiabortivas pueden generar una sociedad más justa y sana?

Probado está, que la ciencia hoy ayuda al hombre en sus posibilidades a pecar más fuertemente, por lo que en ese pretendido “avance espiritual”, que hoy se predica especialmente en la neo-iglesia bajo forma de tolerancia misericordiosa, la dirección a seguir por el neocatolicismo debe dirigirse necesariamente hacia el protestantismo de Lutero, ya que de ese modo se podría seguir el consejo del monje maldito al decir: “Peca fuerte, pero ten fe más fuerte todavía”. De esa forma se puede conciliar el considerarse una persona “católica” manteniendo la conciencia tranquila. Y es así que hoy como resultado tenemos, como proféticamente lo predijo Castellani, al cristianismo sin Cristo de la época del Anticristo. Cristianismo filantrópico antes que espiritual, antropocéntrico antes que Cristocéntrico.

El tema es que, si realmente creemos en el dogma fundamental de “Extra Ecclesiam nulla salus” (fuera de la Iglesia no hay salvación), y sabemos que el catolicismo está en franco e irreversible retroceso, especialmente en los países que se consideran a sí mismos civilizados y del “primer mundo” (ejemplo son los países nórdicos que tienen un grado casi absoluto de ateísmo), si es que de la cada vez más escasa cantidad de católicos se cuentan como practicantes a una cantidad muy inferior al 20%, y de ese porcentaje sabemos que quienes acuden a Misa dominical, no consideran como pecados mortales la contracepción, las relaciones sexuales fuera del matrimonio, la masturbación, la homosexualidad, el aborto, y un largo etcétera de cuestiones que quedan libradas a la consideración subjetiva del “fiel” o las torcidas enseñanzas del párroco, el obispo, cardenales y hasta del “Papa”; y si es cuestionado el mismo dogma antes mencionado, ya que el Concilio Vaticano II lo hizo ambiguo para estirarlo o interpretarlo “inclusivamente” para dejar atrás la supuesta “rigidez preconciliar” ¿Cuántos entonces estarían en condiciones de salvarse? Conviene repasar el trabajo de San Leonardo de Porto Mauricio: “El pequeño número de los que se salvan”, donde, como el título lo indica, es ínfima la cantidad de “católicos” que se salvan, y eso teniendo en cuenta que este santo realizó dicha prédica en el siglo XVII, donde no sólo la corrupción moral era inmensamente menor, y todavía existía la Cristiandad, sino que además se conservaba, a diferencia de hoy, el orden natural en las sociedades.

Como sostuvimos, las hodiernas sociedades están descompuestas por lo mismo que siguen buscando en mayor medida “libertades”, “derechos”, pero sin las correlativas obligaciones y límites en su ejercicio. Y esto solo se consigue con la democracia, satánico régimen por el que abogaron hasta los Papas del preconcilio, sin entender (queremos creer) que la misma implica la radical negación de la existencia de un Dios que al ser Creador también es Legislador; ya que en dicho régimen, son los hombres quienes deciden lo que es bueno y lo que es malo por la fuerza del número, más no de la verdad misma, o sea, por mayoría de votos; reeditando el atroz pecado de Adán y Eva de querer ser como dioses. Y hoy el mundo democrático podría expresar como lo hizo el personaje de la obra de Gustave Thibon que pretendía la inmortalidad terrena del hombre: “El Dios del Génesis sabía lo que hacía al prohibirle al hombre probar del fruto del conocimiento, para así impedirle ser señor del cosmos”.

Entonces, si tenemos el convencimiento de que lo que realmente importa en la vida de cualquier persona es salvarse, y esta situación resulta indiferente a la inmensa mayoría de la humanidad; para los pocos creyentes que tienen que vivir oprimidos por esta dictadura de la búsqueda interminable de los goces sensuales, que es hasta coactivamente impuesta por los estados como promoción de “derechos humanos”, ¿cómo no considerar como liberadora a la Parusía? ¿Cómo no anhelar el retorno en majestad y gloria de Nuestro Señor para rescatar a nuestros hijos del ambiente tan perverso en el que les toca crecer?

La respuesta parece ser, que el miedo a los dolores de parto que son previos al mayor y más maravilloso acontecimiento de la Historia después de la Encarnación del Verbo, esto es, su regreso, es mucho más grande que su anhelo a la restauración definitiva del Reino de Dios. Esto tiene que ver específicamente con el miedo al sufrimiento y a realizar grandes sacrificios, aunque sea en pos de un bien mayor. Ese miedo parece ser incluso mayor que el simple temor a la muerte, ya que el evitar el sufrimiento lleva a los hombres a cometer todo tipo de atrocidades, incluso en la hora de la muerte misma.

Pero lo cierto es que así como la Biblia tiene un Génesis que marca el inicio de la Historia, tiene un Apocalipsis que marca el fin, por mucho que lo rechace el “catolicismo” moderno. Y el mundo es finito; así como tuvo principio, tendrá un final. Y a pesar que muchos vean esto como una terrorífica noticia o posibilidad, en el contexto que antes mencionamos, nosotros la consideramos como liberadora, como el fin de la esclavitud del pecado, del peligro constante de la condenación para quienes perseveran no sin cierto temor, en un mundo hasta jurídicamente hostil a la práctica de la fe.

Si las advertencias de la Virgen en Fátima, en su primeras apariciones, solicitaba esencialmente la conversión de la humanidad para evitar una guerra peor que la que acababa de finalizar, cosa que de hecho no sucedió y las consecuencias fueron las predichas por Nuestra Madre Celestial; resulta ridículo creer lo que el Vaticano reveló en el año 2000 al sostener que el tercer secreto se refería al extraño atentado a Juan Pablo II, y que la Virgen había aceptado las consagraciones hechas a su Inmaculado Corazón, aunque las condiciones puestas por Ella misma no tienen nada que ver con lo que se hizo. Además de que ésta situación no coincide para nada con la visión del obispo vestido de blanco muerto en medio de muchos sacerdotes asesinados (según la previsión de la Virgen); e incluso consideramos esa cuestión como absolutamente secundaria en cuanto al requerimiento principal realizado por la Santísima Virgen María: “la conversión de la humanidad”.

Y por más que se quiera contextualizar, justificar, atenuar lo dicho por el Cardenal Ratzinger, lo corroborado por Juan Pablo II o lo escrito por el cardenal Sodano, lo cierto es que la interpretación vaticana del tercer mensaje, resultó una inmensa mentira. No se puede sostener racionalmente que el mundo actual (o el del año 2000), en el cual es legal la sodomía, el adulterio, la pornografía, el genocidio de niños por nacer, y por sobre todas las cosas, el rechazo a la fe católica, única y verdadera; sea un mundo “convertido”.

En definitiva, quienes realmente se esfuerzan por vivir como buenos católicos, no deberían preocuparse ante la posibilidad de un pronto retorno de Cristo, sino todo lo contrario. La Parusía debe esperarse como consuelo ante las espantosas tribulaciones que nos tocan, y si es que no estamos turbados por los tiempos que vivimos, por la pasión de la Iglesia ante la descomunal apostasía; es que algo anda mal en nosotros. Y realmente debe considerársela como una buena noticia desde que Cristo fue quien dijo: “Más cuando estas cosas comiencen a ocurrir, erguíos y levantad la cabeza, porque vuestra redención se acerca” (Lc. 21: 28).

Si solo Dios basta, significa que todo lo demás sobra, es contingente o tiene una importancia relativa o acotada a las circunstancias y representan un simple medio; y si Cristo vuelve y estamos en las condiciones debidas, ya no tenemos que esperar nada más porque no vamos a necesitar nada más. Por eso, si creemos que, “donde está tu tesoro, está tu corazón” (Mt. 6: 19-23), debemos dejar de amontonar tesoros donde hay polilla y herrumbre que corroe, y de poner nuestra confianza en la ciencia, la técnica, o la buena voluntad de los hombres, para ponerla completa y absolutamente en nuestro Creador. Si estamos viviendo los últimos tiempos en sentido estricto (y así lo esperamos), la única previsión que nos debería preocupar sería (como también decía Castellani) es que Dios nos agarre confesados.


Augusto Espíndola


Nacionalismo Católico San Juan Bautista