San Juan Bautista

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miércoles, 4 de junio de 2014

Respuesta a la subversión marxista.– P. Alberto Ezcurra


  Cuando se corta la maleza en vez de desarraigarla, ésta vuelve a crecer en breve tiempo. Lo mismo sucede cuando se desarticula el aparato militar subversivo sin atacar las fuentes económicas o culturales que lo alimentan. Mueren los que tuvieron el coraje de empuñar las armas. Entre ellos había locos, aventureros o criminales, pero también jóvenes que canalizaron por caminos equivocados, hacia metas utópicas, su capacidad de lucha, de coraje, de asco y de sacrificio. Quedan en cambio a salvo los responsables principales, instigadores, mandantes y consejeros: el profesor universitario, el ensayista, el periodista fabricante de la “opinión”, el sacerdote tercermundista, la religiosa “concientizadora”, el político democrático… Ellos sabrán capear el temporal y preparar las tropas para el relevo.

  La subversión puede ser derrotada en el campo de combate, y triunfar políticamente. Implacable cuando triunfa, cuando se ve acorralada cambia de táctica y se moviliza para debilitar la presión de las fuerzas represivas. El jefe del F.L.N. argelino escribía en 1957: “Dado que el ejército hace suya la acción de la policía, no tenemos la misma protección legal que necesitamos para movernos. De manera que ruego a todos nuestros amigos que realicen toda la campaña que sea necesaria a fin de que la legalidad sea restablecida. En caso contrario estaremos perdidos

  La legalidad se transforma así en un arma de combate. De allí nacen las campañas por los “derechos humanos”, la libertad de los presos “políticos”, la amnistía, la supresión de las leyes de excepción, en cuyo favor se moviliza la opinión pública y la presión de los organismos internacionales. Objetivo último: la “institucionalización”, el “retorno a la normalidad”, las elecciones, es decir: el abandono del poder a los cómplices, a los imbéciles, a los “kerenskys”…

  La mentalidad burguesa y la miopía liberal tienden a identificar la subversión exclusivamente con manifestaciones violentas. Cuando se deciden a enfrentarla lo hacen en un combate estéril, que pretende eliminar los efectos sin tener en cuenta las causas que los provocan. Consideran la paz como ausencia de guerra y califican de subversivo a todo aquello que pueda alterar el “orden establecido”. Pero la paz es, en su definición clásica, la “tranquilidad del orden”, y no del orden aparente, sino el que se funda en la Verdad y la Justicia. La subversión no es la alteración más o menos violenta del “orden establecido”, sino del orden natural, y del orden querido por Dios en la Sociedad, lo que aparta a ésta de su finalidad, el Bien Común, entendido como el conjunto de condiciones que permiten al hombre realizar su destino natural y sobrenatural. Así las cosas, el “orden establecido” puede ser subversivo, falso, injusto, tiránico, y el Bien Común exigir su ruptura y la lucha (incluso armada) para la restauración del Orden verdadero.

  Hay quienes afirman que al marxismo no se lo combate con las armas, sino con la “justicia social”. Esto es sólo parcialmente verdadero, y cuando se reduce dicha justicia al terreno económico, nos encontramos frente a una especie de marxismo ingenuo e invertido…

  Pero los militantes de la subversión no surgen por lo general de los ambientes económicamente “sumergidos”, ni el marxismo es primordialmente una doctrina económica o un programa político. El marxismo es una cosmovisión total, es una religión invertida, que viene a dar una respuesta falsa pero coherente a los interrogantes fundamentales acerca del sentido de la vida. El marxismo no es un problema de estómagos vacíos, sino de cerebros y almas vacías. Por ello encuentra en los ambientes universitarios e intelectuales un eco que está lejos de provocar entre los obreros y “proletarios”. Por ello también nuestro “Occidente cristiano”, en proceso de apostasía y disgregación, donde reinan el materialismo práctico y el indiferentismo liberal, ciega para la fe, carente de doctrina y de verdad, resulta para el marxismo terreno fácil y fértil de conquista. Como lo señala Jean Ousset “el marxismo es el único sistema coherente de la incoherencia”, es un punto lógico de llegada en el camino de la Revolución Anticristiana, es la civilización moderna que toma conciencia de su propia realidad.

  Como en las postrimerías del Imperio Romano, nos encontramos al fin de un ciclo terminal y decadente. Por fuera la invasión de los bárbaros, por dentro la corrupción  la disgregación espiritual. Pero éstos son los “signos de los tiempos” que nos señalan la misión concreta que Dios exige de nosotros, y ésta no es la de encerrarnos en nostalgias estériles, o convertirnos en guardianes sin esperanza de ruinas ilustres, tropas auxiliares de un “orden” que ha dejado de ser cristiano. Es la de construir otro orden, fundado en los principios que tienen la perennidad y la frescura de la eterna verdad. Pues “si remedio ha de tener el mal que ahora padece la sociedad humana, este remedio no puede ser otro que la restauración de la vida e instituciones cristianas” y “cuando las sociedades se desmoronan, exige la rectitud que si se quieren restaurar, vuelvan a los principios que les dieron el ser” (León XIII, Rerum Novarum)

  La magnitud de esta tarea está indicada en la célebre frase de Pio XII: “es todo un mundo el que hay que rehacer desde sus cimientos; hay que transformarlo de salvaje en humano y de humano en divino, es decir, conforme al corazón de Dios”.

  Pero estaríamos derrotados de entrada si aceptamos el mito marxista del determinismo histórico, vulgarizado en expresiones que han llegado a ser hoy moneda corriente: “el proceso irreversible”, “la marcha inexorable al socialismo del mundo o de la historia”, etc. Estas frases pertenecen al acervo de la guerra psicológica, y su eficacia es tremenda para derrotar anímicamente a un adversario que, al aceptarlas, se considera vencido de antemano. La historia no es un cauce ciego, no existe en ella nada que sea en verdad “inexorable”. Las revoluciones son el producto de minorías llenas de fe y de audacia, y pueden ser trastocadas por la voluntad férrea de otras minorías, capaces en un primer momento de resistir a la corriente, para remontarla luego…


P. Alberto Ezcurra


Visto en: “Freire y Marcuse: Los teóricos de la subversión” A.Caturelli – E. Diaz Araujo. Ed. Mikael 1977.


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1 comentario:

  1. Anónimo5/6/14 5:17

    http://www.fatimaondemand.org/brazil_07/sp/cf.html

    Cornelia Ferreira

    Autora de varios libros que exponen el Movimiento Nueva Era y el Feminismo, posee un Master de grado en Ciencias, y es una escritora y conferencista internacionalmente conocida. Sus artículos han aparecido en ‘Catholic Family News’, ‘Christian Order’ (Orden Cristiano), ‘The Homiletic and Pastoral Review’ (Revista Homiléctica y Pastoral), y otras publicaciones.


    La Historia de Fátima 20/08/07 @ 3:15 p.m.
    Las Naciones Unidas: Falso Camino para la Paz Mundial 22/08/07 @ 2:00 p.m.
    El Engaño de la Perestroika Actualizado

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