Ha pasado
un tiempo prudencial desde la cruenta invasión norteamericana a Venezuela, con
la consiguiente e histriónica captura del delincuente Maduro. Deliberadamente
no hemos querido expedirnos a tambor batiente; primero porque el vértigo no es
buen consejero en estos casos, y segundo porque la política internacional
requiere unos conocimientos que nos son ajenos.
Pero
motivados por quienes han pensado el tema, entendemos que hay algunos conceptos
básicos que deben ser aclarados. Llama la atención ,por lo
pronto, la ligereza y la liviandad con que se desatienden argumentos que están
tan grotescamente a la vista. Verbigracia el quebrantamiento del Derecho, el
apoderamiento del petróleo como móvil dominante, la mano pro judaica tras los
fines perseguidos, el precedente que se sienta si se permite que una
superpotencia como Estados Unidos nombre a su máximo gobernante con el rango de
<presidente interino> del país que se le antoje, los muchos antecedentes
de actos de beligerancia similares que terminaron en catástrofes, y la
flagrancia de una conspiración de fuerzas que, de mínima, consiste en una
síntesis macabra de lo sucedido en Yalta, Potsdam y Nurenberg. Sin olvidarnos
de los tentáculos expansionistas norteamericanos, una vez más anunciados como
amenaza.
Todo
esto les parece filfa y pamplinas a los liberales de variopintas cepas; documentan
su supina ignorancia al desconocer las centenares de probanzas concretas y
recientes del complot hebreo tras las decisiones de Trump, o documentan su
alarmante complicidad al conocer las mentadas probanzas y pasarlas por alto; y
como portadores de naderías son destratados los acusadores del Imperialismo
Internacional del Dinero, frente al bien inmenso que se seguiría de haberle
puesto el cascabel al gato; esto es al criminal Maduro.
No importa si el cascabel se lo pone una
hiena, con su manojo feral de conjurados. No importa si al gato se le permite
conservar su cría maligna y su descendencia corrupta, y no importa tampoco si
el cascabel no trae sonidos de campanas regeneradoras sino el aturdimiento de
las turbinas petroleras. El mismo León XIV llegó a decir, el pasado 4 de enero,
que “el bien del pueblo venezolano debe prevalecer sobre cualquier otra
consideración”. Pero ¿cuál es ese bien, Santidad? Porque si no lo especifica,
recordando que usted debería hablar como Pontífice, ese “bien” puede
interpretarse del modo más ambivalente. En otras palabras: ¿sigue siendo Cristo
la única fuente del bien privado como la del bien público,según lo sintetizó
San Agustín? ¿Debe extirparse de Venezuela el marxismo chavista e instaurarse
un Orden Social Cristiano? ¿O se trata de un “bien” reducido a la recuperación
del bienestar perdido, de próximas elecciones “libres” con un títere de Trump
garantizando el toma y daca? ¿De qué nos habrá servido leer y citar tantas
veces la admirable obra de Benson, “Señor del mundo”, si cuando los epígonos intercambiables
del temible Julian Felsenburgh despliegan sus atrocidades muchos le ofrecen sus
aplausos y consentimientos?
"La soberanía de un Estado terrorista debe
combatirse, no respetarse", dice uno de los analistas oficiales del
problema. Es el argumento que usaron el ERP y los Montoneros para combatir al
supuesto Estado Terrorista Militar Argentino. Y es argumento de neto cuño
leninista. “Hay que llevarse preso a Maduro porque es el jefe de una asociación
narco y no respeta los derechos humanos”, dice otro. No;no hay que guiarse por
la DEA sino por Juan de Mariana. No por las categorías revolucionarias sino por
las reaccionarias. Maten al tirano por marxista, y digan que lo es, mas no lo
rapten entre las espesuras y las evidentes complicidades de sus guardianes principalmente
porque el hombre está en el negocio infame de la droga. Puesto que además, ¿es
en serio que Trump tiene autoridad moral y política para convertirse en el
custodio de la salubridad planetaria?; ¿ es humorismo negro nombrarlo adalid
del Ius Gentium? ¿De veras la pax
trumpeana trae resonancias de la de los emperadores de Roma? ¿Ahora van a
decirnos que el semental Scott Bessent y el aeróbico Jared Kusner son los neo
Rómulo y Remo amamantados por la luppa cesárea del Tío Sam?
Lo que hizo el forajido Donald no es condenable
porque violó la soberanía popular, puesto que
no existe. Tampoco es condenable porque violó la soberanía nacional, ya
que la República Bolivariana de Venezuela es un satélite de Rusia, China e
Irán. Lo condenable de Trump es comer pública e insolentemente del árbol de la
ciencia del bien y del mal. Él es dios y decide quiénes y qué países se le
deben someter a su "interinato presidencial", a sus tribunales y a
sus sentencias. Viola la soberanía divina, no la venezolana. Su atropello no lo
justifica la Escuela Salmantina; lo condena el Génesis.
Las independencias nacionales pueden no ser
necesariamente legítimas ni absolutas ni oportunas. Tiene razón quien lo ha
recordado. Casos dolorosos hay en la historia que podríamos citar. Pero tan
delicado principio no parece ser que aplique al punto que estamos tratando. Porque
los secuestradores del asesino Maduro no bregan por una Venezuela que vuelva a
ser y a integrar el Virreynato de Nueva España o el de Nueva Granada o la
Tierra de Gracia, como la llamó Colón en 1498. La quieren como surtidor
inagotable de hidrocarburo y de nafta. No se define así una guerra justa sino
la tropelía de un filibustero. No se libera así a una sociedad; se la mantiene
vasalla y sumisa, cumpliéndose el dicho popular, según el cual, no hay que
cambiar de collar sino dejar de ser perro.
Trump no tiene “justos títulos” otorgado por reyes
santos para llevarse puesta a una comunidad política entera. Tiene una
“Operación Determinación Absoluta” que cumplir, y ella no se fraguó en un trono
hispanocatólico sino en contubernio con el Estado de Israel del genocida Benjamín Netanyahu. Puede discutirse si los católicos vivimos
mejor bajo el liberalismo que bajo el socialismo. En la Argentina, por lo
pronto, tanto diezmaron al criollo las hordas sarmientinas y mitristas, como
perpetraron atrocidades sin cuento las guerrillas rojas. Tanto persiguieron al
catolicismo los laicistas trespunteados del fatídico ochenta del siglo XIX,
como los progresistas socialdemócratas que legalizaron el “aborcio”, según
apocopaba Díaz Araujo. Tanto mantienen el mito de la lesa humanidad contra
nuestros soldados, desde el abogado de Santucho que fuera Alfonsín hasta los
actuales empleados de la Escuela Austríaca.
Pero comparanzas al margen, lo trágico es que
vivimos peor desde que la Iglesia –Nuestra Madre- dejó de condenar y de declararle la guerra a ambas
ideologías por pestes perniciosísimas y virus repugnantes. Puede abrigarse una
cierta y difusa esperanza en el alivio que el encierro de Maduro ha traído a
tanta buena gente venezolana obligada al exilio y a la separación de sus
hogares. Quienes lo piensan o lo desean ejercitan una amabilidad respetable. Pero
si esa esperanza consiste en un regreso físico al pago, y el pago ya no es
propio sino de una extranjería expoliadora y materialista, no vemos la
ganancia. Salir de la sartén para caer en las brasas, no parece el alivio más
indicado que merecen las sufridas víctimas de la subversión chavista.
Lo que
acaba de hacer Trump, inclusive, y lo que
se vanagloria de seguir haciendo cada vez que se le antoje, es funcional a la estrategia
de las izquierdas, no sólo ideológicamente sino en el ámbito del terrorismo. La
Revolución Permanente –concepto acuñado por Trotsky a principios del siglo XX-
encuentra en la invasión a Venezuela su mejor caldo de cultivo. Le acaban de
hacer a la sarnosa zurdería el mayor regalo vintage
que esperaba: le devolvieron el “¡Yankee, Go Home!”.
Ahora falta que le resuciten a Carlos Puebla y le rearmen el Festival de
Woodstock.
Por otra parte, el bloque de Estados opositor a
Trump –por motivos seguramente distintos a los nuestros- no permanecerá
indiferente. O está prevista ya la repartija de botines de guerra, como sucedió
tantas veces en la historia. O la conflagración será devastadora, y quedaremos
envueltos en una trampa de pluricontiendas ajenas, en las que insensata y
criminalmente nos involucró el arrastrado amoral de Milei.
El
gobierno vasallo que surja ahora en Venezuela, será tan ilegítimo como el de
sus predecesores. Estados Unidos será el garante de que las cosas sigan el
curso de acción que le conviene a la alianza sionista y masónica que Trump
conforma y co-dirige. Una vez más, la democracia, será la enfermedad de
nuestros países. Será el problema, no la solución. La esclavitud, no la
libertad.
Venezuela,
Argentina e Hispanoamérica, sólo serán realmente libres cuando descubran y
acaten que únicamente la Verdad nos hace libres. Y el nombre de esa Verdad es
Jesucristo. No es Maquiavelo el que ha muerto, como ha dicho nuestro primer
golem en el reciente Foro de Davos, en un discursete pedante cuanto abstruso.
Es a Nuestro Señor al que han matado los deicidas como él. Mientras siga
destronado no habrá paz ni libertad sobre la tierra. Aunque al yanky le regalen
el premio Nobel y el libertario crea que ser libres es carajear tres veces como
un lunático.
Antonio Caponnetto

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