San Juan Bautista

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viernes, 23 de enero de 2026

Una opinión sobre los hechos de Venezuela - Por Antonio Caponnetto



        Ha pasado un tiempo prudencial desde la cruenta invasión norteamericana a Venezuela, con la consiguiente e histriónica captura del delincuente Maduro. Deliberadamente no hemos querido expedirnos a tambor batiente; primero porque el vértigo no es buen consejero en estos casos, y segundo porque la política internacional requiere unos conocimientos que nos son ajenos.

        Pero motivados por quienes han pensado el tema, entendemos que hay algunos conceptos básicos que deben ser aclarados. Llama la atención ,por lo pronto, la ligereza y la liviandad con que se desatienden argumentos que están tan grotescamente a la vista. Verbigracia el quebrantamiento del Derecho, el apoderamiento del petróleo como móvil dominante, la mano pro judaica tras los fines perseguidos, el precedente que se sienta si se permite que una superpotencia como Estados Unidos nombre a su máximo gobernante con el rango de <presidente interino> del país que se le antoje, los muchos antecedentes de actos de beligerancia similares que terminaron en catástrofes, y la flagrancia de una conspiración de fuerzas que, de mínima, consiste en una síntesis macabra de lo sucedido en Yalta, Potsdam y Nurenberg. Sin olvidarnos de los tentáculos expansionistas norteamericanos, una vez más anunciados como amenaza.

 

Todo esto les parece filfa y pamplinas a los liberales de variopintas cepas; documentan su supina ignorancia al desconocer las centenares de probanzas concretas y recientes del complot hebreo tras las decisiones de Trump, o documentan su alarmante complicidad al conocer las mentadas probanzas y pasarlas por alto; y como portadores de naderías son destratados los acusadores del Imperialismo Internacional del Dinero, frente al bien inmenso que se seguiría de haberle puesto el cascabel al gato; esto es al criminal Maduro.

 

 No importa si el cascabel se lo pone una hiena, con su manojo feral de conjurados. No importa si al gato se le permite conservar su cría maligna y su descendencia corrupta, y no importa tampoco si el cascabel no trae sonidos de campanas regeneradoras sino el aturdimiento de las turbinas petroleras. El mismo León XIV llegó a decir, el pasado 4 de enero, que “el bien del pueblo venezolano debe prevalecer sobre cualquier otra consideración”. Pero ¿cuál es ese bien, Santidad? Porque si no lo especifica, recordando que usted debería hablar como Pontífice, ese “bien” puede interpretarse del modo más ambivalente. En otras palabras: ¿sigue siendo Cristo la única fuente del bien privado como la del bien público,según lo sintetizó San Agustín? ¿Debe extirparse de Venezuela el marxismo chavista e instaurarse un Orden Social Cristiano? ¿O se trata de un “bien” reducido a la recuperación del bienestar perdido, de próximas elecciones “libres” con un títere de Trump garantizando el toma y daca? ¿De qué nos habrá servido leer y citar tantas veces la admirable obra de Benson, “Señor del mundo”, si cuando los epígonos intercambiables del temible Julian Felsenburgh despliegan sus atrocidades muchos le ofrecen sus aplausos y consentimientos?

 

"La soberanía de un Estado terrorista debe combatirse, no respetarse", dice uno de los analistas oficiales del problema. Es el argumento que usaron el ERP y los Montoneros para combatir al supuesto Estado Terrorista Militar Argentino. Y es argumento de neto cuño leninista. “Hay que llevarse preso a Maduro porque es el jefe de una asociación narco y no respeta los derechos humanos”, dice otro. No;no hay que guiarse por la DEA sino por Juan de Mariana. No por las categorías revolucionarias sino por las reaccionarias. Maten al tirano por marxista, y digan que lo es, mas no lo rapten entre las espesuras y las evidentes complicidades de sus guardianes principalmente porque el hombre está en el negocio infame de la droga. Puesto que además, ¿es en serio que Trump tiene autoridad moral y política para convertirse en el custodio de la salubridad planetaria?; ¿ es humorismo negro nombrarlo adalid del Ius Gentium? ¿De veras la pax trumpeana trae resonancias de la de los emperadores de Roma? ¿Ahora van a decirnos que el semental Scott Bessent y el aeróbico Jared Kusner son los neo Rómulo y Remo amamantados por la luppa cesárea del Tío Sam?

Lo que hizo el forajido Donald no es condenable porque violó la soberanía popular, puesto que  no existe. Tampoco es condenable porque violó la soberanía nacional, ya que la República Bolivariana de Venezuela es un satélite de Rusia, China e Irán. Lo condenable de Trump es comer pública e insolentemente del árbol de la ciencia del bien y del mal. Él es dios y decide quiénes y qué países se le deben someter a su "interinato presidencial", a sus tribunales y a sus sentencias. Viola la soberanía divina, no la venezolana. Su atropello no lo justifica la Escuela Salmantina; lo condena el Génesis.

Las independencias nacionales pueden no ser necesariamente legítimas ni absolutas ni oportunas. Tiene razón quien lo ha recordado. Casos dolorosos hay en la historia que podríamos citar. Pero tan delicado principio no parece ser que aplique al punto que estamos tratando. Porque los secuestradores del asesino Maduro no bregan por una Venezuela que vuelva a ser y a integrar el Virreynato de Nueva España o el de Nueva Granada o la Tierra de Gracia, como la llamó Colón en 1498. La quieren como surtidor inagotable de hidrocarburo y de nafta. No se define así una guerra justa sino la tropelía de un filibustero. No se libera así a una sociedad; se la mantiene vasalla y sumisa, cumpliéndose el dicho popular, según el cual, no hay que cambiar de collar sino dejar de ser perro.

Trump no tiene “justos títulos” otorgado por reyes santos para llevarse puesta a una comunidad política entera. Tiene una “Operación Determinación Absoluta” que cumplir, y ella no se fraguó en un trono hispanocatólico sino en contubernio con el Estado de Israel del genocida Benjamín Netanyahu. Puede discutirse si los católicos vivimos mejor bajo el liberalismo que bajo el socialismo. En la Argentina, por lo pronto, tanto diezmaron al criollo las hordas sarmientinas y mitristas, como perpetraron atrocidades sin cuento las guerrillas rojas. Tanto persiguieron al catolicismo los laicistas trespunteados del fatídico ochenta del siglo XIX, como los progresistas socialdemócratas que legalizaron el “aborcio”, según apocopaba Díaz Araujo. Tanto mantienen el mito de la lesa humanidad contra nuestros soldados, desde el abogado de Santucho que fuera Alfonsín hasta los actuales empleados de la Escuela Austríaca.

Pero comparanzas al margen, lo trágico es que vivimos peor desde que la Iglesia –Nuestra Madre- dejó  de condenar y de declararle la guerra a ambas ideologías por pestes perniciosísimas y virus repugnantes. Puede abrigarse una cierta y difusa esperanza en el alivio que el encierro de Maduro ha traído a tanta buena gente venezolana obligada al exilio y a la separación de sus hogares. Quienes lo piensan o lo desean ejercitan una amabilidad respetable. Pero si esa esperanza consiste en un regreso físico al pago, y el pago ya no es propio sino de una extranjería expoliadora y materialista, no vemos la ganancia. Salir de la sartén para caer en las brasas, no parece el alivio más indicado que merecen las sufridas víctimas de la subversión chavista.

        Lo que acaba de hacer Trump, inclusive,  y lo que se vanagloria de seguir haciendo cada vez que se le antoje, es funcional a la estrategia de las izquierdas, no sólo ideológicamente sino en el ámbito del terrorismo. La Revolución Permanente –concepto acuñado por Trotsky a principios del siglo XX- encuentra en la invasión a Venezuela su mejor caldo de cultivo. Le acaban de hacer a la sarnosa zurdería el mayor regalo vintage que esperaba: le devolvieron el “¡Yankee, Go Home!”. Ahora falta que le resuciten a Carlos Puebla y le rearmen el Festival de Woodstock.

Por otra parte, el bloque de Estados opositor a Trump –por motivos seguramente distintos a los nuestros- no permanecerá indiferente. O está prevista ya la repartija de botines de guerra, como sucedió tantas veces en la historia. O la conflagración será devastadora, y quedaremos envueltos en una trampa de pluricontiendas ajenas, en las que insensata y criminalmente nos involucró el arrastrado amoral de Milei.

        El gobierno vasallo que surja ahora en Venezuela, será tan ilegítimo como el de sus predecesores. Estados Unidos será el garante de que las cosas sigan el curso de acción que le conviene a la alianza sionista y masónica que Trump conforma y co-dirige. Una vez más, la democracia, será la enfermedad de nuestros países. Será el problema, no la solución. La esclavitud, no la libertad.

        Venezuela, Argentina e Hispanoamérica, sólo serán realmente libres cuando descubran y acaten que únicamente la Verdad nos hace libres. Y el nombre de esa Verdad es Jesucristo. No es Maquiavelo el que ha muerto, como ha dicho nuestro primer golem en el reciente Foro de Davos, en un discursete pedante cuanto abstruso. Es a Nuestro Señor al que han matado los deicidas como él. Mientras siga destronado no habrá paz ni libertad sobre la tierra. Aunque al yanky le regalen el premio Nobel y el libertario crea que ser libres es carajear tres veces como un lunático.


 Antonio Caponnetto



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