LIBERALISMO O SOCIALISMO
La
falsa disyuntiva en la que vive Argentina
Alejandro
Sosa Laprida - 30/12/2025
Javier Milei en la última reunión de
Gabinete, en la que regaló una copia del libro “Defendiendo lo indefendible”,
del economista libertario Walter Block (El Presidente Milei encabezó una
reunión de …)
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Los libertarios son ignorantes crasos
de los sanos principios de la filosofía política clásica, y ni hablar de la
doctrina social de la Iglesia. Su incultura es abismal y su simplismo
intelectual, grotesco. El libro “Defendiendo lo indefendible”, de Walter Block
(Prostitución, narcotráfico, derecho al
aborto y …), que
promueve estúpida, fanática e irresponsablemente el presidente Javier Milei
junto con todo su gabinete, es totalmente contrario al bien común social y a la moral más elemental
(La hipocresía y la impostura provida
como política de Estado).
En él se hace la apología del “libre
mercado” como la norma suprema de la sociedad, lo que es una aberración
antropológica absoluta. La noción del “bien común” social -que incluye ante todo el bien
moral de la población, además del legítimo y necesario bienestar material-,
brilla por su ausencia. Sólo se considera perjudicial para el ser humano -y, por tanto, merecedor de la
intervención protectora del Estado- el daño corporal, haciendo completa
abstracción de los comportamientos perniciosos que atentan contra los valores
morales, deterioran el vínculo social y socavan los valores básicos sobre los
que se funda la civilización. Aunque el autor, con total incoherencia, no
aplica su principio al caso del aborto.
Criticar el socialismo en todas sus
variantes (“kirchnerismo”, “progresismo”, “wokismo”, etc.), está muy bien.
Pero proponer a cambio el delirante “anarcocapitalismo” -suerte de liberalismo exacerbado
y distópico-, con su visión distorsionada sobre la libertad, la naturaleza de
la sociedad y la función del Estado, es un gravísimo error, de nefastas
consecuencias, que necesariamente reforzará el discurso engañoso de la
izquierda, que se autoproclamará como siempre defensora de los “valores
comunitarios” y de la “solidaridad social” contra el disolvente individualismo
liberal y el atomismo social que éste engendra inevitablemente.
La Argentina se halla desde hace tiempo
en una espiral infernal de la cual no hay salida posible. Es indispensable
cortar el nudo gordiano falaz que presenta como única opción de gobierno y de
organización política al funesto dúo revolucionario y anticristiano integrado
por el “socialismo” y el “liberalismo” -en lo que constituye una dialéctica
intelectual destructora, interminable e insoluble-, y volver a la fuente de
nuestro ser nacional, es decir, a la tradición cristiana e hispánica de nuestra
Patria.
Seguidamente, transcribo dos textos
históricos que, indirectamente, se relacionan con el tema, y que ayudan a
comprender cómo la Argentina ha podido llegar a esta situación inextricable,
política, social, económica y espiritualmente hablando.
Obviamente, a esto habría que añadir
otro factor clave, a saber, la situación en la que se encuentra el catolicismo
vernáculo, la cual está ligada indisolublemente a la de la Iglesia universal,
pero eso debe ser tratado en un capítulo aparte (Ver al respecto: LA RELIGIÓN DEL HOMBRE.).
1. “El Catolicismo Federal Argentino
frente al Laicismo Unitario: un Conflicto Histórico y Cultural.” - Por Ezequiel Britos San Martín.
En la Argentina del siglo XIX, el
catolicismo fue mucho más que una religión: fue el alma del proyecto federal.
Frente a ello, los unitarios abrazaron un laicismo militante inspirado en el
racionalismo europeo y la Revolución Francesa, buscando arrancar de raíz la
influencia de la Iglesia en la vida pública. El choque no fue sólo político,
sino profundamente cultural y espiritual.
Los caudillos federales -Juan Manuel de
Rosas, Facundo Quiroga, Estanislao López y tantos otros- comprendieron que sin
religión no hay orden, ni patria, ni verdadera autoridad. En un país en
formación, el catolicismo era la fuerza moral que unía al pueblo y daba
legitimidad a las instituciones. Rosas, aunque pragmático, entendió el valor
simbólico y social de la fe, protegiendo el culto y sosteniendo la enseñanza
religiosa en las provincias.
Del otro lado, los unitarios -formados
en el clima intelectual de la Ilustración- veían en la Iglesia un obstáculo
para sus planes centralistas y modernizadores. Bernardino Rivadavia, el más
representativo de ellos, promovió la supresión de órdenes religiosas, la
confiscación de bienes eclesiásticos y la creación del registro civil.
Inspirado en modelos extranjeros, intentó imponer una visión secular del
Estado, marginando a la religión que había moldeado la identidad argentina.
Estas reformas provocaron una fuerte
reacción en el interior. Facundo Quiroga, caudillo riojano, alzó la bandera de
“Religión o Muerte”, una consigna que no era mera retórica, sino la expresión
de un pueblo que veía amenazadas sus raíces. El interior católico se levantó
contra el centralismo laicista de Buenos Aires, defendiendo sus costumbres, su
fe y su modo de vida.
La masonería tuvo también un papel
protagónico en este conflicto. Muchos unitarios -incluidos Rivadavia y
Sarmiento- pertenecían a logias inspiradas en principios racionalistas y
anticlericales. Desde allí se impulsaba la idea de una nación “moderna”,
desligada de toda autoridad espiritual. Para los federales y el clero, esta
influencia extranjera representaba una amenaza directa a la soberanía nacional
y a la tradición católica del pueblo.
En el pensamiento de Sarmiento, el
enfrentamiento se hizo más explícito: el gaucho, símbolo de la religiosidad y
del orden natural del campo, fue degradado a emblema de la “barbarie”. Así, la
lucha entre civilización y barbarie fue también -aunque no lo dijeran
abiertamente- una lucha entre el espíritu católico del pueblo y el espíritu
laicista de las élites ilustradas.
En definitiva, el conflicto entre
federales y unitarios no se limitó a disputas de poder o de economía. Fue una
batalla de visiones: entre una Argentina fiel a su tradición, su fe y sus
raíces hispano-católicas, y otra que buscaba modelarse según los patrones
extranjeros del liberalismo y el secularismo.
A más de un siglo y medio de aquellos
acontecimientos, aquel choque entre tradición y modernidad aún resuena en
nuestra vida pública. Las mismas tensiones -entre fe y razón, entre pueblo e
ilustrados, entre patria y cosmopolitismo- siguen vivas en el debate sobre la
identidad nacional argentina.
Fuente: El Catolicismo Federal Argentino frente
al Laicismo Unitario
2. CASEROS: LA TRAGEDIA MAYOR DE
LA PATRIA. - Por Revisionismo Histórico
Argentino.
LA DERROTA QUE NO FUE SOLO MILITAR
Hace más de siglo y medio se vino abajo
algo mucho más profundo que un gobierno o un ejército: se derrumbó el último
intento serio de construir una PATRIA GRANDE, SOBERANA Y AUTÓNOMA en el sur del
continente. Ese proyecto no nació de una consigna romántica ni de una
voluntad personal, sino de una realidad histórica concreta: el VIRREINATO DEL
RÍO DE LA PLATA, concebido como una unidad política, económica y estratégica
destinada a defender Sudamérica de las potencias marítimas.
En Caseros no se perdió solo una
batalla. Se quebró un destino continental. El 3 de febrero de 1852 no
marcó simplemente la caída de Juan Manuel de Rosas: marcó el triunfo definitivo
del orden liberal dependiente, funcional al comercio británico y al
expansionismo brasileño.
EL PROYECTO GEOPOLÍTICO DEL PLATA
La unidad rioplatense no fue un invento
rosista. Venía de lejos. Desde Irala, Garay, Hernandarias, Trejo y Sanabria, se
consolidó una concepción estratégica clara: el Plata debía ser un espacio
integrado, con control del comercio, de los ríos y de la defensa territorial.
La creación del Virreinato en 1776
respondió a esa lógica. Y ese mismo principio -ya en clave criolla- sobrevivió
en los caudillos federales y encontró en Rosas su última expresión orgánica. No
es casual que José de San Martín, desde el exilio, escribiera en 1848, en plena
agresión anglo-francesa:
“Rosas es el único hombre que sabe
resistir a la Europa, y el único que puede salvar la independencia americana.”
LA PATRIA QUE SE FUE ACHICANDO
Antes de Caseros, el territorio ya
venía siendo descuartizado. Paraguay quedó aislado tras la revolución del Dr.
Francia, más por el abandono porteño y la presión externa que por voluntad
popular. El Alto Perú fue entregado de hecho por el Congreso rivadaviano de
1824, que bajo la fórmula de “disponer de su destino” habilitó su separación.
La amputación más brutal llegó en 1828,
cuando Gran Bretaña impuso la creación del Estado Oriental como estado tapón
entre Argentina y Brasil. Lord Ponsonby lo expresó sin eufemismos ante el
Foreign Office: la independencia oriental era necesaria para servir a los
intereses del comercio inglés.
Artigas lo había advertido en 1813 con
claridad absoluta: “Ni por asomo la separación nacional.” Lavalleja
habló en 1825 a los “argentinos orientales”. La Asamblea de la Florida exigió
la reincorporación. Pero Londres decidió otra cosa.
ORIBE, ARROYO GRANDE Y LA RESISTENCIA
DEL PLATA
Pese a las amputaciones, la conciencia
rioplatense persistió. La resistencia se expresó con fuerza en Arroyo Grande,
donde Manuel Oribe derrotó el proyecto balcanizador impulsado por Rivera y
Berón de Astrada bajo el nombre engañoso de “Federación del Paraná”.
Ese plan respondía a la vieja
estrategia británica de fragmentar para dominar. Rosas lo comprendía con
claridad cuando advertía que la desunión era la verdadera derrota, porque hacía
imposible cualquier política autónoma frente a los imperios.
EL VACÍO DE PODER Y LA OPORTUNIDAD
IMPERIAL
Entre 1847 y 1848 Europa estaba
sacudida por revoluciones. Francia, Inglaterra y Austria atravesaban crisis
profundas. Ese vacío fue aprovechado por el Imperio del Brasil, que reactivó su
vieja obsesión: la “ilusão do Prata”, la expansión hacia el sur. Brasil no
actuó solo. Londres financiaba, asesoraba y legitimaba.
La banca Rothschild aportó recursos.
Lord Palmerston consideró “legítima” la exigencia brasileña de la caída de
Rosas. Rosas era el último obstáculo serio al libre comercio irrestricto, a la
navegación sin control de los ríos y a la fragmentación definitiva del espacio
rioplatense.
URQUIZA Y EL PRONUNCIAMIENTO
En ese contexto apareció Justo José de
Urquiza. No fue un ingenuo ni un reformista: eligió el bando del dinero.
Aceptó subsidios, la libre navegación, la apertura al capital extranjero y el
respaldo internacional. Encabezó el Pronunciamiento contra su propio país.
Mientras tanto, en el Estado Oriental
se compraban jefes y se desactivaba a Oribe. En Buenos Aires, incluso en Santos
Lugares, operó el soborno. Las banderas de “Constitución” y “Libertad” se
pagaban en libras esterlinas.
CASEROS Y EL DESTINO SELLADO
Caxias, Urquiza y César Díaz cumplieron
la orden. La batalla fue breve, desigual y confusa. Y Caseros selló un
destino sin retorno. Cayó el último poder fuerte del sur. Brasil consolidó su
hegemonía. Se abrió el camino para la destrucción del Paraguay. Se cerró
el ciclo de Juan Manuel de Rosas, uno de los mayores defensores de la Patria
Grande Iberoamericana.
EL ARREPENTIMIENTO DE URQUIZA
Lejos de ser una construcción
posterior, el arrepentimiento de Urquiza surge de sus propias palabras,
expresadas a lo largo de su vida. El vencedor de Rosas descubrió rápidamente
que el triunfo no era un punto de llegada, sino el inicio de una derrota
política humillante.
Apenas entró en Buenos Aires comprobó
que el poder real se le escapaba entre las exigencias extranjeras, las
presiones brasileñas y el desprecio de los unitarios, que jamás lo aceptaron
como conductor. El día de su entrada triunfal fue obligado por Brasil a
retrasar el desfile para conmemorar Ituzaingó. Aquella humillación lo
enfureció. Se presentó con poncho y galera, luciendo la cinta punzó y montando
un caballo con marca de Rosas, como si su propia figura delatara una
contradicción irresuelta.
Brasil le exigió la Banda Oriental, las
Misiones, el reconocimiento del Paraguay y el reintegro de los gastos de
guerra. Inglaterra presionó para desmantelar los tratados sostenidos por Rosas.
Los unitarios conspiraron de inmediato. Ante eso, el 21 de febrero de 1852
Urquiza restableció el cintillo punzó y denunció a los “salvajes unitarios”,
señal inequívoca de que el control político ya se le escapaba.
En privado, su visión era aún más
clara. En mayo de 1852 confesó al representante británico Gore:
“Hay un solo hombre para gobernar la
Nación Argentina, y es Don Juan Manuel de Rosas. Yo estoy preparado para
rogarle que vuelva aquí.”
Ocho años después, en 1858, escribió al
propio Rosas reconociendo los servicios extraordinarios que el país le debía y
cuya gloria nadie podía arrebatarle. El aislamiento se profundizó. Para los
unitarios, Urquiza era un estorbo. Para Brasil, un hombre influenciable. El
general brasileño Osorio conocía su punto débil: el amor inmoderado por la
fortuna.
En marzo de 1870, un mes antes de
morir, Urquiza escribió su confesión final:
“Toda mi vida me atormentará
constantemente el recuerdo del inaudito crimen que cometí al cooperar, en el
modo en que lo hice, a la caída del General Rosas.”
Y agregó, anticipando su destino:
“Temo siempre ser medido con la misma
vara y muerto con el mismo cuchillo, por los mismos que he colocado en el
poder.”
El 11 de abril de 1870 ese temor se
cumplió con exactitud brutal.
NOTA DE LA REDACCIÓN: Desde Nacionalismo
Católico San Juan Bautista no creemos en absoluto en un verdadero arrepentimiento
del cipayo Urquiza, quien traicionó a la Confederación no solamente en Caseros,
sino también en Pavón y en la Guerra de la Triple Alianza, cuando las montoneras
federales -con el Chacho Peñaloza como su principal caudillo-, esperaban su
orden para ir a luchar junto a nuestros hermanos paraguayos, orden que nunca
llegó porque Urquiza se había vendido nuevamente al Brasil, entregándoles
veintidós mil caballos a un precio irrisorio. Hay que tener en cuenta que la
Batalla de Pavón, dónde se entrega definitivamente la Argentina a los
liberales, fue en 1861, y la Guerra de la Triple Alianza en 1864, es decir,
nueve y doce años después de la ignominia de Caseros. Por consiguiente, no
damos crédito alguno al supuesto arrepentimiento de Urquiza, cipayo despreciable,
nefasto personaje de la historia de nuestro país. Traidor inveterado que habrá
tenido, en el mejor de los casos, un atisbo de lucidez acerca de sus abyectas
acciones.
LA CONSTITUCIÓN DE 1853: ORGANIZAR PARA
DEPENDER
La Constitución que siguió a Caseros no
fue la culminación de la soberanía, sino la institucionalización de la derrota.
Ríos abiertos, aduanas condicionadas, un país pensado para integrarse al
comercio mundial como proveedor de materias primas y no como nación industrial.
No organizó la Patria Grande: organizó su subordinación.
LA GUERRA DEL PARAGUAY
Lo que Caseros dejó abierto, la Guerra
del Paraguay lo consumó. La destrucción del último Estado verdaderamente
autónomo del Plata fue la consecuencia lógica del nuevo orden nacido en 1852.
Sin Rosas, sin un poder regional fuerte, sin unidad estratégica, el Paraguay
quedó solo frente a la coalición alentada y financiada por intereses
extranjeros. Ahí se cerró definitivamente el ciclo iniciado con Caseros.
CONCLUSIÓN
Caseros no fue el nacimiento de la
Nación. Fue la derrota del último intento de soberanía real en el Río de
la Plata. No es solo pasado. Es la matriz de un país que todavía discute si
quiere ser nación o factoría.
Fuente: CASEROS: LA TRAGEDIA MAYOR DE LA PATRIA
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