San Juan Bautista

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viernes, 23 de enero de 2015

Universidad sin Dios (1943) - P. Leonardo Castellani


Dios en la facultad



  Cuando alguien se aleja de Dios, se hace a sí mismo un gran mal. Filosóficamente hablando, no habría que decir se hace un gran mal sino hace el Gran Mal. Y el castigo que Dios le da es éste: Dios se queda donde está. Esto es lo que dice esa parábola del Hijo Pródigo que muchos imaginan es solamente una imagen de la sensiblería de Dios, una imagen de la lenidad de un padrazo pachorriento o a lo más una imagen de la misericordia divina, siendo así que es ante todo una imagen de la trascendencia divina. El Hijo se va y el Padre no lo ataja; el Hijo pide “lo que es suyo” y el Padre se lo da sabiendo muy bien que no es suyo. Castiga a la criatura insensata con el terrible castigo de que habló el otro poeta correntino:

“A un hombre que se quiere engañar
¿qué castigo le hemos de dar?
Dejarlo que se engañe, ch’amigo.
¡No hay pior castigo!..

  La Universidad de Buenos Aires en un momento de su historia y por culpa de no sé quien, echó a Dios de su seno; y lo que le pasa ahora es muy sencillo: no tiene a Dios. Y sin Dios el hombre puede hacer muy pocas cosas divinas. El tratado teológico De Gratia afirma que sin Dios el hombre no puede guardar la ley natural entera. Y así, según la teología —y en cuanto puédese otear en lo recóndito— la universidad está en estado de pecado mortal...

  Pero la solución ¿no será esa que dije arriba, a saber: que ella vuelva a Dios, como el Hijo Pródigo? ¡No! Ésa no es una solución sino que es una verdad. No es una verdad universitaria, ni es una verdad científica: es una verdad mística, una verdad para hacer, no para decir...

  Pero ¿no se podría traducir del idioma mística al idioma ciencia? Quizá sí. Por ejemplo: traducir Dios por Verdad. Decir que la forma cómo se  manifiesta la ausencia de Dios en las facultades es principalmente una  gran sequía de Verdad, una torsión de toda la gran maquinaria más bien hacia la Utilidad, un desalojo de la Especulación por la Especialización...

...la Universidad no contempla ya al Sabio, sino al Profesional, que ella es un grande y costoso aparato burocrático de fabricar profesionales en serie, profesionales que aun saliendo buenos —y gracias a Dios lo son muchos— no escapan al cabo de la cruel definición de Gavióla: “patentados por el Estado para explotar las necesidades humanas [salud, justicia, técnica, verdad, belleza y mando] a cambio de dinero y munidos de un diploma”. Que la cabeza de la Universidad fuese, pues, el Sabio; y que los profesionales que produce tuviesen al menos un algo de sabios, es decir, una unción sacral de la Verdad, besados una vez por la luz. El que ha sido sumergido una vez en la luz, para toda la vida no lo olvida. Si tu ojo ha mirado al sol, todo tu cuerpo será luminoso. Pero eso ¿quién no lo sabe? La cuestión no es decirlo, sino hacerlo:

“con hechos, que son varones
no palabras, que son hembras”,

como dijo mi cofrade Baltasar Gracián.

  Y volver a Dios ¿cómo se hace? Prohibiendo la blasfemia, como diría el bárbaro —casi pongo un nombre propio de un gran universitario mi amigo—. . . San Martín, el cual dio esta ley en el Ejército de los Andes:
“Todo el que blasfemare el Santo Nombre de Dios o de su Adorable Madre, o insultare la Religión: por primera vez sufrirá cuatro horas de mordaza, atado a un palo en público por el término de ocho días; y por segunda vez será atravesada su lengua por un hierro ardiente, y arrojado del cuerpo... Sea honrado él que no quiera sufrir: la patria no es abrigo de crímenes”

  Ahí ven ustedes por qué no acabé mi conferencia: si voy a decir esto me corren. Y con razón me corren, pues hubiese sido mal dicho. Somos profesores, no somos héroes; somos sacerdotes y no militares; somos en este momento traductores. Volver a Dios, la vuelta del Pródigo, ¿cómo se traduciría en universitario? Facultad de Teología. La Universidad es la serena morada de las ciencias —no es un ejército en campaña de vida o muerte— y existe una ciencia de Dios, que es la Teología. Nadie diría que la Teología es ciencia, visitando solamente las facultades de Teología que yo conozco en la Argentina, que parecen a primera vista colegios secundarios de catecismo y también parecen acaparadas por la formación de profesionales. Las apariencias engañan es cierto, y yo me puedo engañar y hasta lo deseo, como el tío de la poesía; pero vive Dios que eso es lo que parecen, y si no que venga Dios y lo vea. Y sin embargo, Santo Tomás ha probado —ron raciocinios y con el ejemplo— que la teología es, rigurosamente, ciencia: ciencia altísima y muy difícil. De manera que aquí en la Argentina el problema sería: 1. Volver a introducir la Teología en la Universidad; 2. Volver a introducir la Universidad en la Teología. Las dos cosas deben ir juntas; si no, no hacemos nada. Cada día se fundan “seminarios mayores” entre nosotros, que no son mayores sino iguales. ¿Cuándo se fundará el verdadero Mayor? Los “sabios” en teología son cosa escasísima, quizá la cosa más escasa que existe. Si yo encontrase cinco en Buenos Aires, sería capaz de adorarlos como un milagro.

  Como ven, la solución del problema universitario es que por ahora no tiene solución. Y sin embargo, la facultad de teología no es imposible: la tiene la universidad en Inglaterra, la tiene la universidad en Alemania, la tuvo la universidad en la Argentina. Solamente, dice el mismo tratado De  Gratia, que cuando alguien vuelve a Dios, es Dios que le ha salido al encuentro, como el Padre del Pródigo, justamente. Y aquí, entre nosotros, ojalá me equivoque; yo no lo diviso a Dios moviéndose, ni a la teología viniendo. Otra vez deseo equivocarme; pero si viene... Si viene vendrá de una de dos maneras:

  1. O bien debe entrar en la Universidad como cenicienta y por sus propios medios de seducción debe llegar a conquistar el trono por matrimonio de amor y no por prepotencia de poder; como la Universidad de Lovaina.

  2. O bien, creada fuera de la Universidad debe cobrar tanta fuerza intelectual que para saber a Dios necesitase de todas las otras ciencias y entonces las otras ciencias se percaten que necesitan de ella y se haga una ronda de manos y cuellos abrazados, como en la Danza de la Aurora de Guido Reni, quiero decir, como en la Universidad de Milán.

  Pero para todo esto se necesita un San Martín junto con un Mamerto Esquiú. Si predomina San Martín, primera solución; si predomina Fray Mamerto, la segunda.

  ¡Gran Soldado y Gran Fraile de la Patria! ¡Levantaos de vuestras tumbas!

Cabildo, Buenos Aires, N9 338, 9 de setiembre de 1943.

Leonardo Castelli – “Las Canciones de Militis” - Biblioteca Dictio – Bs. As. 1973



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