San Juan Bautista

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jueves, 28 de enero de 2021

Educación presencial - Antonio Caponnetto

 


Hay distintos motivos por los  cuales se niega u obstaculiza hoy lo obvio; esto es, que el acto educativo reclama la presencia de los otros; la puesta en práctica de la alteridad o projimidad. Por un lado está el argumento infame del poder político dominante, para quien la aberración llamada eufemísticamente “neonormalidad”, es Política de Estado, y debe imponerse a rajatabla. Incluso (acaba de ser dicho) pisoteando aquellos derechos, por los cuales ese mismo poder dijo bregar como si fueran los dones preternaturales.

El otro argumento, calcado del anterior, es el que esgrimen los gremios, docentes que no son sino covachas de sinvergüenzas indoctos, agitadores maleducados y siniestros, e ideólogos desfachatados de todas las  estulticias de la izquierda. So pretexto del cuidado sanitario, lo que realmente quieren es no ir a trabajar y seguir cobrando. La virtualidad, en tal sentido, les ha resultado cómoda, escurridiza e incontrolable. La fórmula de “quedarse en casa” ha sido el camino expedito al sálvese quién pueda y viva la pepa. Baradel, con su mondongo rampante, su desaliño calculado, y su rentada holgazanería, es el icono de estos pedagogos a la violeta.

La llamada oposición, de este tema –como de todos los capitales y sustantivos- no entiende absolutamente nada. Reclama y aprueba la presencialidad, es cierto; pero limitándola y condicionándola de tal manera con decenas de protocolos, de leguleyerías y de controles, que más aproximan la escuela a un laboratorio enfermizo y alienante que a una casa de estudios. Para medir la ignorancia supina de la cuestión de fondo, baste anoticiarse del lema que han elegido para exigir la presencialidad: “Siempre con Sarmiento”. Como si el mito ridículo y procaz del “niño que nunca faltó a clase y del hombre que nunca tuvo clase” –al decir de Anzoátegui- pudiera ser el norte a imitar en estos días aciagos.

Para darnos una prueba notable de que la oposición y el oficialismo son idéntica hez, de viaje por Chile, el 27 de enero, el presidente Fernández, hablando en la sede del Cepal, hizo el elogio de Alberdi y de Sarmiento. “Liberales de la mejor cepa”, los llamó; que “entendían la importancia de la educación”. O sea que, para el Macrismo y el Kirchnerismo, el estatismo educacional de cuño liberal, masón, naturalista y laicista, es el paradigma a seguir. No es el momento ahora de refutar estas graves sandeces. Queden asentadas para el recíproco oprobio de la partidocracia toda.

Sólo quien no sabe ni valora lo que es la educación, puede negarse a la presencialidad en las aulas. Es más, sólo quien no sabe lo que es la naturaleza humana, puede seguir prefiriendo la sustitución de la realidad por la virtualidad, el reemplazo de la compañía personal por la tutoría digital; el cambio abrupto de la comunicación completa y vívida entre dos creaturas, por la conexión múltiple a la distancia y mecánicamente.

Hay unas páginas del estremecedor y significativo libro de la Hermana María de Guadalupe, titulado “Volverán las palomas”, que deberían mover a nuestra reflexión sobre el tema que nos ocupa. Son aquellas en las cuales, narrando los horrores indecibles de la guerra en Siria –cuyas devastaciones reales empalidecen las peores informaciones que se han dado de los estragos del Covid- cuenta cómo fueron los mismos estudiantes los que quisieron volver a las escuelas; y del corajudo apoyo que recibieron para tal iniciativa de sus adultos y profesores. Escuelas que eran edificios literalmente en ruinas, sin electricidad ni agua, con espacios compartidos para los refugiados, los mutilados, las familias que habían quedado a la intemperie. Y con bombardeos regulares que caían sobre tales sitios. No importaba tamaño contratiempo. Para ellos, “un día de clases, era un día de vida”. “Antes de que se instalara el conflicto armado[los estudiantes] tenían una actitud consentida y caprichosa, y marcaban los días como los presos para que llegaran las vacaciones.¡Y ahora eran felices por recomenzar las clases!”. Es el gozo de la normalidad recuperada, como condición para sentirnos dignamente vivos, y no cobayos a quienes se les pueden inocular sospechosos antídotos o vejar sus cuerpos de modo aborrecible con la excusa de testeos o controles del virus. Tal lo que venimos a enterarnos ahora que está ocurriendo en China.

Digamos las cosas con claridad. El despojo de la presencialidad a la educación significa:

-para los maestros genuinos, el cercenamiento de su vocación paternal y de su misión engendradora de discípulos. Puesto que nadie es padre por zoom ni suscita hijos espirituales conectado a una red, que incluso -en muchos casos-se interrumpe, colapsa y ni siquiera funciona.

-para los alumnos moralmente sanos, la mutilación de su necesaria sociabilidad, de su reclamo de patencias directas y afectuosas, de su urgencia por forjar vínculos de condiscipulado, nacidos al calor de la amistad que se nutre del despliegue de los sentidos externos. El meet no los abraza, el mail no los contiene con un apretón de manos, el whatsapp no trae aromas de patios escolares, el team viewer no enjuga lágrimas, ni acaricia frentes angustiadas, ni comparte el sabor del café humeante en las tardes invernales.

-para los padres cuerdos, la extinción de su carácter de primeros titulares de la formación de la prole, que por eso mismo delegan con cuidado, en maestros e instituciones que juzgan confiables, el completamiento de la vida cultural de sus hijos. Los padres pueden y deben ser ser eximios e insustituibles  testigos, ejemplos y formadores en el hogar. Por cierto que así debería ser siempre, y lo ratificamos. Pero el oficio pedagógico, el don didáctico, la pericia docente, o el entrenamiento metodológico, no son atributos que los padres puedan adquirir repentinamente, y conducir de ese modo a buen puerto la educación sistemática de los hijos.

-para la escuela, como institución de orden natural que debería proponerse ser, significa la imposibilidad de cumplir con su nobilísima finalidad, la de cultivar y ejercitar la vida virtuosa. Ya que la misma reclama perentoriamente el compromiso diario de todos sus integrantes, poniendo el cuerpo en las dificultades, el gesto corpóreo de aprobación, el rostro que mira sin mediaciones de cámaras, la voz que se pronuncia y que le llega al otro sin las interferencias de un micrófono.

Si tanto nos preocupa la salud, debemos saber y hacer saber, inmediatamente, a padres, maestros, educandos e instituciones escolares, que no hay salud sin presencialidad, no hay normalidad  humana sin hombres viviendo cara a cara, asistiéndose recíprocamente con los brazos y los corazones. Sin presencialidad no hay equilibrio psicofísico, porque como bien decía el poeta Jorge Manrique: “quien no estuviese en presencia/no tenga fe ni confianza/pues son olvido y mudanza/las condiciones de ausencia”.

La presencialidad es condición imprescindible para educar, porque es un acto de amor crear presencias; es corroborarle al prójimo, cada jornada, que nos interesa su existencia plena, entera, cabal. No su “estado” en la web, su twiter o su facebook.

Cuando en los albores mismos de esta endemoniada cuarentena, iniciamos una campaña por la reapertura de los templos, algunos amigos no entendieron el propósito. Creían que era luchar para que se pudiera volver a la liturgia show del progresismo posconciliar. Se equivocaron en sus juicios, lamentablemente. Era un intento por predicar que no se pueden conculcar los derechos de Dios; que el Estado no puede avasallar la práctica de la lex credendi, de la lex orandi y de la lex vivendi. Que es una iniquidad que clama al cielo sentar el precedente de la complicidad entre la Jerarquía y el Poder Político para priorizar la añadidura por encima del Reino de Dios. Los tristes hechos nos han dado la razón. No era el Novus o el Vetus Ordo lo que estaba en litigio. Era si se enfriaba la caridad o si se cumplía con el Tercer Mandamiento. Si <Nuestra ayuda está en el nombre del Señor> o en la infectología militante de los asesores del gobierno. A casi un año de este drama, no parece ser el Decálogo el que resultó ganancioso. Como no parece preocuparle demasiado el asunto a la máxima autoridad eclesiástica.

 Ahora sucede algo análogo. Algunos prefieren que las escuelas permanezcan cerradas, que todos practiquemos el “homeschooling”, y nos olvidemos de una vez por todas de reabrir los colegios en los cuales se enseñan contenidos aborrecibles. Saben bien quienes nos conocen que nada tenemos contra el proyecto de “escuela-hogar”, al que miramos con beneplácito y esperanza;  y que hemos protestado cuanto pudimos contra las atrocidades que se enseñan y se aprenden en los institutos educativos.

Pero este clamor que formulamos a favor de la reapertura de las escuelas, es un reclamo legítimo de salud física, moral, intelectual y espiritual, cuya vigencia no sólo no parece importarles a quienes gobiernan, sino que parece importarles exactamente lo contrario: la extinción de los vestigios de Orden Natural que pueda significar y significa el simplísimo hecho de que un chico vaya a una escuela. Es un pedido básico de cordura frente a los odiadores seriales de la normalidad. Es un llamado a recuperar el pisoteado sentido común. Es el agere contra de la degeneración de un gobierno que nos pide, desde su propaganda oficial, que nos sintamos orgullosos(sic) de usar barbijo, de no compartir el mate y de convertirnos en denunciantes de los infractores a la coacción de la tiranía. ¡Orgullosos de habernos convertidos en seres despreciables!

Recuperemos la salud. Recuperemos la normalidad. Recuperemos la presencialidad educativa, sin dudarlo ni siquiera un instante. Hay algo peor que un presunto contagio masivo. Es el contagio de la deshumanización, del automatismo, del vivir y morir conectados a una pantalla. La presencia es fortaleza. La ausencia cobardía. Seamos valerosos; estemos presentes.

 

 ANTONIO CAPONNETTO


lunes, 21 de septiembre de 2020

Nueva incoherencia del discurso progresista - Dr. Antonio Caponnetto

 LAS CLASES EN LAS CALLES 


      A poco de empezada la enajenante cuarentena, hicimos una serie de referencias a la descarada incoherencia del discurso de las izquierdas. Pongamos apenas un ejemplo: se pasaron la vida despotricando contra el Estado policíaco, militarizado u opresor; exteriorizando una inacabable muestra de epítetos anticastrenses, pro libertarios y derechohumanistas. ¡Qué no dijeron en pro de la sacra libertad, vuelta además, inter nos, un destemplado y tríptico sonsonete hímnico! Y ahora resulta que aplauden, incentivan y adhieren a un Alberto enajenado y esclavista que no cesa de amenzar con botones rojos, índices en ristre, fiscalizaciones casa por casa, aduanas infranqueables, detenciones carcelarias a los disidentes, apropiaciones estatales de los cuerpos, pensamiento epidemiológico único y hasta con el fatídico lema <por la razón o por la fuerza>, de reminiscencias no precisamente progresistas.

      Recientemente, estos mismos personajetes de la izquierda nativa han coronado su esquizofrenia con una nueva cuanto penosa prueba. Resulta que ahora, sería cuasi un crimen de lesa educacionabilidad, el querer dar clases al aire libre –en las calles, las plazas o los espacios abiertos- propuesta rechazada de cuajo por Eduardo López, verbigracia, Secretario General de la UTE(Unión de Trabajadores de la Educación). Según el “utero”, tamaña medida sería “hacer marketing anticuarentena y no la vamos a acompañar”. Así oraculizó desde su módica esfinge gremial el pasado 16 de septiembre.

      Nosotros creíamos ingenuamente que la cuarentena era, en el mejor de los casos, un mal necesario. Algo así como la inmovilidad física en un posoperatorio o la convalecencia en cama tras un episodio traumático. En cualquier consideración, algo que cuanto antes se superara airosamente, mejor. Pero resulta que no. Que la cuarentena es un logro de marcado signo ideológico revolucionario, una causa militante más; y que su antítesis es la reacción derechista misma o el ultramontanismo atroz. Así se pruebe con documentación abultada y hechos evidentes que las más portentosas usinas capitalistas trabajan para los cuarenteneros profesionales, que han sabido y saben sacar sus buenos dividendos del encierro obligatorio y compulsivo. El aislamiento hasta reventar de hambre o angustia, es de avanzada, ¡vamos! Cuarentena sine die para <todes>, braman día a día. Querer recuperar la normalidad y la presencialidad será fascismo y rechinar de dientes. El confinamiento y la muerte en un camastro solitario es un logro democrático, claro. La intemperie tiene una marcada nostalgia a Múnich en 1933. Estos tipos son capaces de ideologizar hasta las estaciones del año o los eclipses de sol.

      Pero ¿por qué los acusamos de incoherentes y de esquizofrénicos en esta conducta cerril de negarse a dar clases en la calle?

      Porque tal vez el gran público no lo sepa, ni tenga porqué saberlo. Pero desde los años sesenta del siglo XX que las izquierdas vienen agitando una corriente pedagógica que, bajo el lema común del “aula sin muros” , propone explícitamente “sacar la escuela a la calle y meter la calle en la escuela”. En esta tesitura se han expedido hasta el hartazgo autores como Everett Reimer, Ivan Illich, John Holt, Paul Goodman, Mc Luhan, Paulo Freire y De Olivera Lima. Y para justificar tamaño desafuero no dejaron desatino o cretinismo por predicar ni contranatura pedagógica por llevar a cabo. Se nos eximirá que analicemos ahora el despropósito de marras, pero abundamos en su momento, cuando en el año 1985 publicamos “Educación y Determinismo”; y no es esta la circunstancia de pormenorizar refutaciones académicas.

      Sólo nos importa subrayar la hipocresía desenfrenada, el cinismo aborrecible y la incomparecencia cruel que acompaña fatalmente todo el andamiaje argumentativo del progresismo. Y como nunca faltará un desubicado ante el cual tengamos que mostrar nuestras credenciales existenciales, reste decir que nada nos une al señor Rodríguez Larreta, a no ser un anhelo manifiesto de que tanto a él como  al resto de la clase política se los trague el averno, inexorablemente. Pero es de sentido común deducir, que si se pueden peatonalizar calles para la gastronomía u otros usos comerciales, bien podría hacerse algo análogo ante una presunta emergencia escolar.

      Si bien se miran las cosas, lo mejor sería regresar al modelo socrático y aristotélico. Salir como Sócrates –mitad guerrero,mitad sabio- al gran espacio público de la ciudad, a forjar discípulos en el combate vigoroso  contra los sofistas, qué buena falta hace. Peripatear como el Estagirita, por las correderas y los callejones de la polis, enhebrando la Verdad, el Bien y la Belleza. Pues en la concepción clásica de estos grandes pensadores, no es la escuela la que sale a la calle, en el sentido mundano y mundanizante. Es el maestro, esté donde estuviere, a cuyo alrededor contemplan agradecidos y absortos la sabiduría aquellos que lo siguen. Después vendrían los montes elegidos por Nuestro Señor como Cátedras de Amor Vivo, izadas en la mitad de la Civitas. Pero no; por supuesto. No es la calle la que educa ni los muros tutelares los que han de derrumbarse para que se confundan con el estrépito de las urbes. Es el maestro quien guía. Donde él está, está la cabecera, se le oirá decir a Don Quijote. Le toque ayer en un aula salmantina, en un ágora ateniense u hoy en una recóndita senda de la ciudad trinitaria.

      Parece que, a pesar de los docentes amontonados en la siniestra, todavía quedan padres, hogares y simples cuanto nobles profesores, que reclaman para sus hijos y alumnos la cuota de limpia normalidad que el poder político les viene negando con  un talante crapulosamente homicida. Pero si algunos, a quienes estos meses de estar como galeotes privados de la luz, les resultara temeroso aceptar el desafío del peripateo y del clamor socrático al aire libre, que sepan las instituciones escolares lúcidas, que pueden contar desinteresadamente con los reservistas. “Tengo más de ochenta años –decía San José de Calasanz-  y aún voy muchas veces a ayudar en una u otra escuela”.

      Sí; en efecto; pueden contar con aquellos que llevamos el magisterio en el alma; y que sabemos, con el Padre Castellani, que una escuela se construye con el contento como piso, la alegría y los goces como paredes laterales, y el júbilo cual techumbre. Este edificio no necesita ningún permiso gubernamental para construirse. Sólo que haya dos o más congregados en torno a Su Divino Nombre (Mt.18,20).

      “Tu poder radica en mi miedo”, le habría dicho Séneca a Cicerón. Para acotar de corrido: “yo no te tengo miedo, luego, tú ya no tienes ningún poder”. Tomemos la decisión de una vez. Sin temores a la tiranía imperante. La infancia y la juventud son categorías demasiado valiosas para dejarlas en manos de estos déspotas indoctos.


Por Antonio Caponnetto

 

   Nacionalismo Católico San Juan Bautista

sábado, 24 de noviembre de 2018

La carencia de la forma en la Educación en el sentido Metafísico - Antonio Caponnetto



Conferencia del Dr. Antonio Caponnetto realizada 
en una residencia universitaria el corriente año




“Tan enojados están los modernos, tan enojada está la revolución contra la verdadera naturaleza de la inteligencia humana, que hay una ley que prohíbe ser inteligente… que es la ley antidiscriminatoria. Porque discriminar es justamente abstraer, separar, distinguir, jerarquizar.


Está prohibido por ley ser inteligente; la persona que discrimina va presa. Y todo en virtud de esta ridícula guerra semántica, que no tiene el coraje ni la lucidez de decir, que una cosa es la discriminación, y otra, la injusticia que se puede cometer, cuando por el declinar de la inteligencia, el hombre no sabe distinguir con precisión las jerarquías”.





Video reproducido en nuestro canal por gentileza del canal de youtube de Lucio Producciones.




Nacionalismo Católico San Juan Bautista



viernes, 23 de enero de 2015

Universidad sin Dios (1943) - P. Leonardo Castellani


Dios en la facultad



  Cuando alguien se aleja de Dios, se hace a sí mismo un gran mal. Filosóficamente hablando, no habría que decir se hace un gran mal sino hace el Gran Mal. Y el castigo que Dios le da es éste: Dios se queda donde está. Esto es lo que dice esa parábola del Hijo Pródigo que muchos imaginan es solamente una imagen de la sensiblería de Dios, una imagen de la lenidad de un padrazo pachorriento o a lo más una imagen de la misericordia divina, siendo así que es ante todo una imagen de la trascendencia divina. El Hijo se va y el Padre no lo ataja; el Hijo pide “lo que es suyo” y el Padre se lo da sabiendo muy bien que no es suyo. Castiga a la criatura insensata con el terrible castigo de que habló el otro poeta correntino:

“A un hombre que se quiere engañar
¿qué castigo le hemos de dar?
Dejarlo que se engañe, ch’amigo.
¡No hay pior castigo!..

  La Universidad de Buenos Aires en un momento de su historia y por culpa de no sé quien, echó a Dios de su seno; y lo que le pasa ahora es muy sencillo: no tiene a Dios. Y sin Dios el hombre puede hacer muy pocas cosas divinas. El tratado teológico De Gratia afirma que sin Dios el hombre no puede guardar la ley natural entera. Y así, según la teología —y en cuanto puédese otear en lo recóndito— la universidad está en estado de pecado mortal...

  Pero la solución ¿no será esa que dije arriba, a saber: que ella vuelva a Dios, como el Hijo Pródigo? ¡No! Ésa no es una solución sino que es una verdad. No es una verdad universitaria, ni es una verdad científica: es una verdad mística, una verdad para hacer, no para decir...

  Pero ¿no se podría traducir del idioma mística al idioma ciencia? Quizá sí. Por ejemplo: traducir Dios por Verdad. Decir que la forma cómo se  manifiesta la ausencia de Dios en las facultades es principalmente una  gran sequía de Verdad, una torsión de toda la gran maquinaria más bien hacia la Utilidad, un desalojo de la Especulación por la Especialización...

...la Universidad no contempla ya al Sabio, sino al Profesional, que ella es un grande y costoso aparato burocrático de fabricar profesionales en serie, profesionales que aun saliendo buenos —y gracias a Dios lo son muchos— no escapan al cabo de la cruel definición de Gavióla: “patentados por el Estado para explotar las necesidades humanas [salud, justicia, técnica, verdad, belleza y mando] a cambio de dinero y munidos de un diploma”. Que la cabeza de la Universidad fuese, pues, el Sabio; y que los profesionales que produce tuviesen al menos un algo de sabios, es decir, una unción sacral de la Verdad, besados una vez por la luz. El que ha sido sumergido una vez en la luz, para toda la vida no lo olvida. Si tu ojo ha mirado al sol, todo tu cuerpo será luminoso. Pero eso ¿quién no lo sabe? La cuestión no es decirlo, sino hacerlo:

“con hechos, que son varones
no palabras, que son hembras”,

como dijo mi cofrade Baltasar Gracián.

  Y volver a Dios ¿cómo se hace? Prohibiendo la blasfemia, como diría el bárbaro —casi pongo un nombre propio de un gran universitario mi amigo—. . . San Martín, el cual dio esta ley en el Ejército de los Andes:
“Todo el que blasfemare el Santo Nombre de Dios o de su Adorable Madre, o insultare la Religión: por primera vez sufrirá cuatro horas de mordaza, atado a un palo en público por el término de ocho días; y por segunda vez será atravesada su lengua por un hierro ardiente, y arrojado del cuerpo... Sea honrado él que no quiera sufrir: la patria no es abrigo de crímenes”

  Ahí ven ustedes por qué no acabé mi conferencia: si voy a decir esto me corren. Y con razón me corren, pues hubiese sido mal dicho. Somos profesores, no somos héroes; somos sacerdotes y no militares; somos en este momento traductores. Volver a Dios, la vuelta del Pródigo, ¿cómo se traduciría en universitario? Facultad de Teología. La Universidad es la serena morada de las ciencias —no es un ejército en campaña de vida o muerte— y existe una ciencia de Dios, que es la Teología. Nadie diría que la Teología es ciencia, visitando solamente las facultades de Teología que yo conozco en la Argentina, que parecen a primera vista colegios secundarios de catecismo y también parecen acaparadas por la formación de profesionales. Las apariencias engañan es cierto, y yo me puedo engañar y hasta lo deseo, como el tío de la poesía; pero vive Dios que eso es lo que parecen, y si no que venga Dios y lo vea. Y sin embargo, Santo Tomás ha probado —ron raciocinios y con el ejemplo— que la teología es, rigurosamente, ciencia: ciencia altísima y muy difícil. De manera que aquí en la Argentina el problema sería: 1. Volver a introducir la Teología en la Universidad; 2. Volver a introducir la Universidad en la Teología. Las dos cosas deben ir juntas; si no, no hacemos nada. Cada día se fundan “seminarios mayores” entre nosotros, que no son mayores sino iguales. ¿Cuándo se fundará el verdadero Mayor? Los “sabios” en teología son cosa escasísima, quizá la cosa más escasa que existe. Si yo encontrase cinco en Buenos Aires, sería capaz de adorarlos como un milagro.

  Como ven, la solución del problema universitario es que por ahora no tiene solución. Y sin embargo, la facultad de teología no es imposible: la tiene la universidad en Inglaterra, la tiene la universidad en Alemania, la tuvo la universidad en la Argentina. Solamente, dice el mismo tratado De  Gratia, que cuando alguien vuelve a Dios, es Dios que le ha salido al encuentro, como el Padre del Pródigo, justamente. Y aquí, entre nosotros, ojalá me equivoque; yo no lo diviso a Dios moviéndose, ni a la teología viniendo. Otra vez deseo equivocarme; pero si viene... Si viene vendrá de una de dos maneras:

  1. O bien debe entrar en la Universidad como cenicienta y por sus propios medios de seducción debe llegar a conquistar el trono por matrimonio de amor y no por prepotencia de poder; como la Universidad de Lovaina.

  2. O bien, creada fuera de la Universidad debe cobrar tanta fuerza intelectual que para saber a Dios necesitase de todas las otras ciencias y entonces las otras ciencias se percaten que necesitan de ella y se haga una ronda de manos y cuellos abrazados, como en la Danza de la Aurora de Guido Reni, quiero decir, como en la Universidad de Milán.

  Pero para todo esto se necesita un San Martín junto con un Mamerto Esquiú. Si predomina San Martín, primera solución; si predomina Fray Mamerto, la segunda.

  ¡Gran Soldado y Gran Fraile de la Patria! ¡Levantaos de vuestras tumbas!

Cabildo, Buenos Aires, N9 338, 9 de setiembre de 1943.

Leonardo Castelli – “Las Canciones de Militis” - Biblioteca Dictio – Bs. As. 1973



Nacionalismo Católico San Juan Bautista

domingo, 21 de julio de 2013

Dr. Antonio Caponnetto: "Concepción Católica de la Educación" (VIDEO)

Presentamos la primera conferencia que brindó el Dr. Antonio Caponnetto en Tucumán el 01/06/2013 auspiciada por: 
Nacionalismo Católico San Juan Bautista





miércoles, 5 de junio de 2013

La educación de los hijos. Aplicación práctica y literal de los consejos bíblicos - Por Augusto TorchSon

  A raíz de nuestro artículo en donde transcribimos las enseñanzas de la Biblia en Eclesiástico sobre la educación de los hijos (ver aquí), se me ocurrió hacer unos pequeños y prácticos comentarios al respecto.

  Me motivó publicar la sugerencia bíblica, el ver a la casi totalidad de los matrimonios católicos amigos, con una impotencia casi absoluta para poner límites a sus hijos.

  En mis años de escuela primaria, difícilmente se veían faltas de respeto como las que hoy se ven, y estoy hablando de los '80 y no de los años '30.

  La sola mirada amenazadora de una docente, nos hacía bajar la cabeza y los más rebeldes se hacían acreedores de un tirón de oreja que la dejaba encendida por el resto de la tarde, con el agravante de tener después que dar explicaciones en la casa, y de contar lo sucedido, debíamos preparar la otra oreja para emparejar el color de ambas y darle simetría estética a nuestra cabeza. Siempre nuestros padres apoyando la pedagogía de nuestros maestros, situación que mucho dista de la que hoy vivimos.

  Los niños son naturalmente desobedientes, porque es la manera en la que van descubriendo los límites. Hoy se enseña en forma siempre “positiva” la educación de los niños, esto es por ejemplo, en vez de decir: “NO arrojes el zapato contra los adornos”, la psicología moderna aconseja decir: “si lanzas tus zapatos hacía el aparador puedes romper los adornos que con tanto sacrificio, tus padres que tanto te aman compraron”; si son cristianos reemplazan lo último diciendo una estupidez mayor, esto es: “Diosito se pone triste”.

  Explican los solterones pedagogos que los niños tienen que escuchar durante su crecimiento más síes (sí) que noes (no).

  Empíricamente se puede comprobar que ante estas medidas preventivas, los niños, primero miran en forma maliciosa y acto seguido revolean el calzado mientras lanzan una feroz carcajada, y al romperse la cristalería de la bisabuela del siglo XIX, los padres se lamentan de la incapacidad intelectual del niño de 6 años para entender la psicología moderna.

  Ahora me gustaría graficar un método mucho más efectivo, pero a la vez sujeto a las más feroces y modernas críticas.

  Una mujer del campo viene trayendo una olla caliente con comida y su hija está atravesada en la puerta por donde esta debe pasar. La señora le dice a su niña: ¿mabé?, (regionalismo utilizado para significar, "¿haber?" o "permiso"); y ante la indiferencia de la niña, la madre increpa nuevamente, esta vez en tono más alto: ¡MABÉ!, ante lo cual la niña continúa impertérrita en sus actividades. Esta madre campesina que nada sabe de Froid, Lacan o del accionar de UNICEF, o de la UNESCO, con mucha calma, deja la olla en el suelo, y mientras levanta a su hija de la prolija trenza que forma su cuidado peinado, le sacude la cabeza con un chirlo (cachetada) a la voz de: “ti dicho que mabé, ¿entendí ahora lo que e' mabé” que sería algo así como: "te dije permiso, ¿comprendes ahora el significado de permiso?", acto seguido, su hija sin llorar, aunque todavía sobándose la nuca, asiente con su cabeza, tratando de acomodarse un poco el peinado que ahora parece el de Don King.

  En otra situación similar pero esta vez, en un hogar de clase media alta, para no juzgar el ejemplo anterior como consecuencia de la escasez de cultura; un amigo mío le advirtió a su hijo que no jugara a la pelota en el living-comedor. Se dio vuelta y seguimos conversando cuando sentimos el ruido de unas botellas de vino de su bodeguita destrozarse contra el suelo. Con toda naturalidad y sin mostrar enojo alguno, este padre pidió permiso, se levantó y acercándose a su hijo que ya empezaba a cerrar los ojos encogiendo los hombros a modo de amortiguación, le propinó tal cachetada, que bien pudo haber servido para tratamiento para la pediculosis, porque no le debe haber quedado un solo piojo en su cabeza. Hasta me pareció sentir el ruidito en su cabeza: "iiiiiiiiiii" de lo aturdido que quedó. Volviendo en sí, el niño ante el requerimiento de su padre: “que se dice”, respondió: “perdón papá”, y recobrando el sentido del equilibrio, volvió a jugar con mi hijo, no sin antes ayudar a levantar los vidrios. Cuando regresó mi amigo, comentó: “así hay que tratarlos a estos bichitos o se vuelven tiranos manipuladores”

  Me quedé reflexionando sobre la elocuencia correctiva, y terminé concluyendo que como decía mi abuela: "un cinturón te puede ahorrar mucho dinero en psicólogos y da mejores resultados"

  A esta verídica historia, le puedo agregar como corolario, que este niño hoy tiene 18 años, juega la basquet en 2 divisiones, es un excelente estudiante y al igual que mi hijo, es un adolescente muy sano a los que nunca se los sintió decir una mala palabra (al menos delante nuestro)

  Podrán alegar brutalidad en los ejemplos puestos; podrán esgrimir en el primer caso por tratarse de una mujer que es "violencia de género", sin embrago las cosas cuando más simples y sencillas, MEJOR. Y a las pruebas nos remitimos.

  Los límites en los niños le dan seguridad, ya que al carecer de ellos son como un rió sin cauce, se desbordan y se vuelven inseguros. El moderno masónico eufemismo del espíritu libre, hace hombres viciosos, incapaces de dominarse a sí mismos y hoy lamentablemente asistimos a una generación educada en el desorden y la falta de límites.

  Al mundo no podemos cambiarlo, ni nos corresponde hacerlo, pero podemos y debemos mejorar nuestro entorno, empezando por nuestros hijos.

  Dios nos concedió la tutela de los mismos y debemos esmerarnos para hacer de ellos buenos cristianos y podamos finalmente compartir con ellos la vida eterna.

  Cierto es que junto al castigo debemos siempre considerar, ser prudencialmente flexibles, demostrarles afecto y hacerles sentir nuestro orgullo por sus buenas obras, más cuidando siempre el equilibrio necesario para que entiendan que nuestro inmenso amor por ellos no nos hace amigos. Podemos ser compañeros de nuestros hijos pero siempre haciéndoles entender el concepto de autoridad, que va a hacer de ellos el día de mañana, hombres de bien, buenos padres de familia, grandes patriotas y celosos soldados de Cristo.

Trabajando para que Cristo Reine.

Augusto TorchSon

Nacionalismo Católico San Juan Bautista

jueves, 30 de mayo de 2013

La educación de los hijos en La Biblia

  En tiempos en donde la corrección y el orden (poner límites) se confunde con limitar la libertad de nuestros hijos, nos parece importante resaltar la pedagogía divina para lo cual transcribimos estas atemporales enseñanzas.

Eclesiástico 30
La educación de los hijos

1 El que ama a su hijo lo castiga asiduamente, para poder alegrarse de él en el futuro. 

2 El que educa bien a su hijo encontrará satisfacción en él y se sentirá orgulloso entre sus conocidos. 

3 El que instruye a su hijo dará envidia a su enemigo y se sentirá dichoso delante de sus amigos, 

4 Muere el padre, y es como si no muriera, porque deja detrás de sí a uno igual a él. 

5 Mientras vive, se alegra de verlo, y a su muerte, no siente ningún pesar: 

6 deja a alguien que lo vengará de sus enemigos y devolverá los favores a sus amigos. 

7 El que mima a su hijo vendará sus heridas y a cada grito que dé, se le conmoverán las entrañas. 

8 Un caballo sin domar se vuelve reacio, y un hijo consentido se vuelve insolente. 

9 Malcría a tu hijo, y te hará temblar; juega con él, y te llenará de tristeza. 

10 No hagas bromas con él, para no sufrir con él ni rechinar tus dientes al final. 

11 No les des rienda suelta en su juventud, 

12 pégale sin temor mientras es niño, no sea que se vuelva rebelde y te desobedezca. 

13 Educa a tu hijo y fórmalo bien, para que no tengas que soportar su desvergüenza. 






Nacionalismo Católico San Juan Bautista

martes, 23 de abril de 2013

La educación de los hijos, según San Juan Crisóstomo



  Fue el más grande y amado entre todos los oradores cristianos. Nació en Antioquía hacia el año 344, de familia rica. Su padre ocupaba un cargo elevado en el ejército imperial de Siria. Muerto muy joven, tuvo qué encargarse de su educación su madre. A los 20 años Antusa quedó viuda y aunque era hermosa renunció a un segundo matrimonio para dedicarse por completo a la educación de su hijo Juan.

  Antusa era un tipo de mujer fuerte, que hacía exclamar al retórico sofista Libanio: "¡Dioses de Grecia, qué mujeres hay entre los cristianos!". La frase era de pura admiración. 


  Libanio, pagano de pies a cabeza, maestro y amigo de Juliano el Apóstata, había iniciado al joven en el cultivo de las letras y estaba orgulloso de la aplicación de su discípulo. Pero el muchacho evadió su peligrosa influencia, gracias a las decisiones y consejos de Antusa, principalmente. Fue ella la que más veló para que su hijo adquiriese una gran formación en las ciencias sagradas y en las virtudes.

  San Juan fue consagrado Arzobispo de Constantinopla en el año 398 y emprendió la reforma del clero. La elocuencia y el celo del santo movieron a penitencia a muchos pecadores y convirtieron a numerosos idólatras y herejes.   Los primeros tiempos de su patriarcado fueron muy agradables para Juan, después tuvo problemas con los poderosos de su tiempo.


  San Juan Crisóstomo habla de educar a los niños a través de enseñarles a dominar los cinco sentidos, que son como las puertas de la ciudad, que somos nosotros mismos. Y esa ciudad la va a habitar el Rey del universo cuando esté dispuesta. Dice entonces que la “lengua es muy amiga de relacionarse. Y antes de cualquier otra cosa, equipémosla con puertas y trancas, no de madera ni de hierro, sino de oro. Pues de oro es, verdaderamente, la ciudad que vamos construyendo (...). Cuando hayas construido así las puertas, macizas y de oro, preparemos también dignos ciudadanos. ¿Cuáles son éstos? Son las palabras santas y piadosas que enseñamos al niño a pronunciar” (n. 28).


  Luego explica San Juan que hay que ser exigentes con los niños, que su disposición es muy favorable pues no luchan por las riquezas ni por la gloria, ni por la mujer o los hijos. Recomienda ponerles una ley: “No injuriar a nadie, no hablar mal de nadie, no jurar, ser pacífico” (n. 30). Pedía a las madres enseñar a sus hijos a ser amables. “Si ves que se muestra insolente con el acólito –esclavo que acompañaba al niño al colegio para llevar sus enseres escolares— no hagas la vista gorda, castiga, más bien, al libre” (n. 31). El pueblo le escuchaba emocionado y de pronto estallaba en calurosos aplausos, o en estrepitoso llanto el cual se volvía colectivo e incontenible. Los frutos de conversión eran visibles.


  “Vayamos ahora a otra puerta. ¿Cuál? Una que está cerca y tiene un gran parentesco con ella: el oído. Aquélla tiene ciudadanos que van del interior al exterior y nadie entra por ella; los de ésta, sin embargo, van del exterior al interior y nadie sale a través de ella (...). Así, pues, que los niños no oigan nada inconveniente ni de los criados ni del pedagogo ni de las nodrizas. Sino que, igual que las plantas necesitan de un mayor cuidado precisamente cuando están tiernas, así también los niños. De manera que preocupémonos por tener buenas nodrizas para, desde la base, echarles buenos cimientos y, en una palabra, para que desde el principio no reciban ninguna mala influencia. Que no oigan, por tanto, necias historias de viejas. “Fulano, dice, ama a mengano”. “El hijo del rey y la hija menor han hecho tales cosas”. Que no oigan nada de eso (...). No a todos los criados ha de estarles permitido mezclarse con los niños, antes bien, deben ser sobresalientes” (nn. 36-38).


  Luego explica que los niños sienten veneración por sus padres y preferirían recibir mil azotes antes que oír una maldición de su boca. Sugiere que se le enseñe a no avergonzarse por la escasez de medios, a soportar con nobleza los avatares de la fortuna y todo lo demás. Cuando cumpla quince años, dice, que oiga hablar del infierno. “Si alguien le cuenta cosas innobles, no consintamos en modo alguno que un tal se acerque a él. Si ves que en su presencia un esclavo dice obscenidades, castígalo inmediatamente y conviértete en severo y duro censor de las faltas” (n. 53).


  Hay otra puerta más hermosa y difícil, de guardar, dice San Juan: la de los ojos. Tiene muchas ventanillas, no sólo para mirar, sino también para que la miren. Aquí hacen falta leyes severas como “no mandar nunca al niño al teatro para que no reciba un daño completo, tanto a través del oído como a través de los ojos” (n. 56). Y aconseja que se le hable de la belleza del alma. ¡Cómo se nota que su madre Antusa tuvo mil cuidados y delicadezas en la educación de su hijo!

  Dice luego: “Si necesita lavarse los pies, que nunca lo haga un esclavo, sino él mismo, y harás un hombre libre bondadoso con los esclavos y muy digno de ser amado. Que tampoco nadie le tenga que dar el manto, ni espere en el baño la ayuda de otro, sino que todas estas cosas las haga por sí mismo. Esto lo hará vigoroso, modesto y afable” (n. 70).


  San Juan anima a las madres de familia a suavizar el genio de sus hijos con razonamientos de nobleza de alma y de afán de adquirir virtudes. Dile a tu hijo: “Si ves un estilete estropeado por un criado, no te enfades ni le insultes, sino sé indulgente, sé comprensivo”. Así, partiendo de cosas sin importancia, soportará también los daños graves. Es que los niños son difíciles cuando se trata de este tipo de pérdidas y antes darían la vida a dejar sin castigo al que se ha portado mal en esto.


  Habla también de solidaridad con los hermanos: “Edúcale para que ponga a su hermano pequeño por delante de él, si es que lo tiene, y si no es el caso, incluso al esclavo, porque también esto es propio de una altísima filosofía” (n. 74). La cima de la sabiduría es no dejarse apasionar por chiquilladas. 


  Procuremos que sea prudente para que sea un hombre inteligente y amable. Y es que nada vuelve tan insensato como las pasiones (cfr. n. 87).

San Juan pide que la madre aprenda a educar a su hija siguiendo estos principios y “la aparte del lujo, los adornos y todas las demás cosas que son propias de mujeres de mal vivir. Que haga todo conforme a esta ley y se aparte de la vida regalada y de la embriaguez, lo mismo el joven que la muchacha. Y esto es importante para la castidad” (n. 90).


  A este santo la gente le puso el apodo de "Crisóstomo" que significa: "boca de oro", porque sus predicaciones eran enormemente apreciadas por sus oyentes. Es el más famoso orador del siglo IV. Su oratoria no ha sido superada después por ninguno de los demás predicadores.


Autor: 
Rebeca Reynaud - Visto en: www.churchforum.org


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