San Juan Bautista

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sábado, 26 de diciembre de 2020

La Verdad y el aborto - Waldemar Garro


Cientos de artículos y estudios se han hecho en torno al aborto, surge la pregunta del lector: ¿Qué no se ha aportado aún al tema en cuestión? Buscamos en este espacio dar a conocer ciertas verdades negadas, o peor aún, ciertas verdades que han sido vilipendiadas. No se buscará dar oposición a las intenciones de los defensores de los niños por nacer, sí a los medios optados. La dificultad en ellos no radica en no ver la solución, la dificultad es que ni siquiera pueden ver el problema. Siendo más precisos, el verdadero conflicto de todo es teológico, en no entender que es una lucha entre Dios y el diablo. Si se niega este escenario, se estará obnubilado ante la presente guerra y cuestión de tiempo de que el enemigo logre su cometido.

Más de uno se sentirá molesto en lo expresado en las siguientes líneas, pero la virtud de la veracidad me implica a hablar en términos del sermón de la Montaña del “Sí, sí. No, no”. Pero sobre todo sabiendo que el mundo necesita la luz y sal que hablaba Nuestro Señor en el pasaje de San Mateo.  

El enemigo sabe muy bien lo que hace y lo que busca, la confusión y la mentira son las armas impuestas, y es importante reconocerlas para entender que lo único que se logra al acatar sus pautas es fortalecer más aún el sistema, principal promotor de la ­actual decadencia.

La primera verdad es que el aborto es un pecado. No un pecado más, sino que clama al cielo; como nos enseña el Génesis: “¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano CLAMAR a Mí desde el suelo” (Gn 4, 10-12). La matanza de inocentes desata la santa ira de Dios y en caso de la aprobación de esta ley, la justicia de las naciones se purga en el plano temporal. Enseña el cardenal Pie que los castigos por esta ofensa son el apartamiento de los ojos de Dios a la Nación y el segundo la decadencia moral.

Monseñor Ojea si es que está tan comprometido con la presente causa, se le sugiere presentar un comunicado oficial dando a conocer públicamente la excomunión ipso facto de toda la casta política, periodísticas y todo aquel que promueve y participa de este crimen.

Negación de las verdades absolutas. Quizás este error es en el que más se hizo persistencia y querer profundizar en ello es necesario un libro. Podemos decir que es penoso que se hable de diálogo y consenso para poder determinar verdades del orden natural. Como si la naturaleza se sometiera a la cantidad sandeces que se pronunciasen, como si el agua dejara de mojar porque se definió en las cámaras legislativas.

Que la vida humana empieza desde la concepción es una verdad natural que no se debate. Si es un “fenómeno”, que “no es persona”, y tantos disparates son signos evidentes de que no hay nada que debatir. Querer dar respuesta a todas las estupideces que día a día ensoñan los suscitadores de la muerte de niños es entrar en el juego. El genocida de Ginés sabe muy bien que hay vida en el vientre materno en todas las etapas de su desarrollo, nos toma por “estúpidos”, y no tiene sentido querer darle explicaciones y razones.

La forma mentis del hombre contemporáneo ha sido sumergido en este elemento profano que tiene la democracia, por la cual multitud decide e impone normas y principios. Y con ello todo es debatible y cuestionable, hasta que el número determine la sentencia.

El verdadero origen del aborto. Al dar a conocer los males por lo cual se llega al aborto no se encauza hasta su verdadero origen. Este crimen llega a consecuencia de una sociedad que le ha dado la espalda a Dios y es esclava de los placeres más bajos. No se condena la pornografía, las relaciones sexuales prematrimoniales, la cultura hedonista, ropa, música, programas de televisión, etc. Todos ellos son los principales culpables y lo primero que debe condenarse, ya que el aborto es un mal consecuente de otros males precedentes. Los embarazos de adolescentes y las violaciones surgen debido a una sociedad que intenta suprimirlos, pero a la vez los promueve.

Es necesario volver a hablar de la castidad y de la virginidad, formas manifiestas de la templanza. No como “virtudes negativas” que suprimen la sexualidad, sino ordenadas a la recta razón, la conservación de las familias y de un orden social en donde prima la virtud. La historia nos enseña que toda sociedad apegada a los vicios está condenada a su destrucción y desaparición, aquí radica la importancia sobre la práctica de estas virtudes. Los hijos son consecuencia del amor de los padres dentro sacramento matrimonial, y es necesario que se desarrollen en un hogar digno donde Cristo, maestro de todas las virtudes, sea el centro del hogar.

Libramos esta batalla con las verdaderas armas cristianas, y más aún ante la presencia de una guerra justa. No pregonamos un cristianismo tibio, sin dar batalla, no opondremos la espada a la Cruz. Seguiremos denunciado la democracia como sistema que permite la total perversión, no nos prestaremos a participar de los comicios para determinar verdades de índole natural y sobrenatural, no defendemos la soberanía popular y el destrono de Cristo, no tenemos a la constitución como fuente de toda verdad y justicia, sino las leyes divinas, el orden natural y la Sagrada Escritura.

La lucha por la instauración de la Reyecía de Cristo no es una opción para el cristiano, sino un deber. Debemos hacer uso de las auténticas armas cristianas y no las impuestas por la judeomasonería. Decimos con el profesor Antonio Caponnetto:

“(…) con la gracia de Dios es posible encontrar los antí­dotos para vencer a la tibieza y a sus tentaciones. Los antído­tos son necesariamente las virtudes y los atributos morales que derivados de ellas hacen del hombre un ser combativo y du­ro de rendir. Es preciso, por supuesto, cultivar todas las vir­tudes, y tal vez, de un modo especial en estos tiempos, la for­taleza y la paciencia, la perseverancia y la magnanimidad. Fortale­za para atacar, pero ante todo para resistir, que —llevado al grado heroico— es la substancia misma del martirio. Paciencia para sobrellevar con entereza los pesares sin poner límites subjeti­vos a las pruebas que se nos envían ni caer tampoco en velei­dades estoicas. La paciencia del Señor que pidió se le aparta­ra el cáliz de amargura, pero, por sobre todo, pidió que se cumpliera la voluntad del Padre. Perseverancia para persistir y prolongar la contienda, aunque ésta parezca no tener fin ni nos resulte favorable. Saber con ella que uno es el tiempo de la siembra y otro el de la cosecha. Y magnanimidad para ape­tecer lo egregio, lo superior, lo grande, y aborrecer las múlti­ples formas que toma la medianía encandilando nuestros sentidos.” (El deber cristiano de la lucha, Antonio Caponnetto). 

En vísperas de la Natividad de Nuestro Señor, recordando que se gestó en el vientre de la Santísima Virgen María, pedimos a Dios los auxilios divinos para evitar la inserción de este mal como instrumento legislativo, que priva a miles de niños del sacramento bautismal. Pedimos también, mantenernos firmes en la Verdad y dar testimonio de lo que el Magisterio Semper Idem enseñó.  

Alentamos a fortificar nuestras plegarias para precipitar la Parusía, de lo contrario ni los justos se salvarían (Mateo 24, 22) con las tres fuentes de la vida del alma: oración, penitencia y Eucaristía. Y por último, solicitar al ángel custodio de nuestra querida y golpeada Patria la protección constante por la cantidad de ofensas realizadas a Nuestro Señor. 


 Waldemar Garro


4 comentarios:

  1. Palabras tan simples como verdaderas. Tan lejanas a la tibieza y/o complicidad de los pastores.(Raza de víboras y sepulcros blanqueados)

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  2. Mejor que el Papa no venga a la Argentina, así no le hace publicidad a este gobierno criminal.

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    1. Anónimo1/1/21 22:41

      si viene salimos de cacería y bajamos dos pajarracos de un tiro...

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  3. Estoy de acuerdo con el autor. Sólo quisiera agregar algo, tal vez porque veo lo poco que se lo menciona: nuestra época casi parece dividirse entre quienes tienen al Dinero como señor y quienes padecen la ilusión de creer que pueden servir a los dos señores. Es necesaria la fortaleza y la templanza, pero ellas no hallan su fuerza y orden último sin la justicia. El falso catolicismo burgués, el que va a misa pero se olvida de Dios en sus quehaceres diarios, su cotidiana inescrupulosidad en cuanto al uso de los bienes económicos, es la gran oportunidad que encontraron los asesinos; no tuvieron rival. O Dios o el dinero.

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