San Juan Bautista

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viernes, 26 de noviembre de 2021

España: Germanos contra Bereberes - José Antonio Primo de Rivera


Nota de NCSJB: El siguiente ensayo, forma parte de los no muy conocidos “Papeles póstumos de José Antonio”, habiendo sido escritos estando encarcelado en Alicante y a pocos meses de ser fusilado.


1. ¿Qué fue la Reconquista? Un criterio superficial de la victoria tiende a considerar España como una especie de fondo o substratum permanente sobre el cual desfilan diversas invasiones, a las que nos hacen asistir como solidarios con aquel elemento aborigen. Dominación fenicia, cartaginesa, romana, goda, africana… De niños hemos presenciado mentalmente todas esas dominaciones en calidad de sujetos pacientes; es decir, como miembros del pueblo invadido. Ninguno de nosotros, en su infancia romancesca, ha dejado de sentirse sucesor de Viriato, de Sertorio, de los numantinos. EL invasor era siempre nuestro enemigo; el invadido nuestro compatriota.

Cuando la cosa se considera más despacio, ya al apuntar la mañana, cae uno en esta perplejidad: después de todo – se pregunta– no sólo mi cultura, sino aún mi sangre y mis entrañas ¿tienen más de común con el céltico aborigen que con el romano civilizado? Es decir, ¿no tendré un perfecto derecho, aún por fuerza de la sangre, a mirar la tierra española con ojos de invasor romano; a considerar con orgullo esta tierra no como remota cuna de los míos sino como incorporada por los míos a una nueva forma de cultura existencia? ¿Quién me dice que, en el sitio de Numancia, hay dentro de las murallas más sangre mía, más valores de cultura míos, que en los campamentos sitiadores? 

Quizá podamos entender esto señaladamente bien los que procedemos de familias que hayan visto nacer muchas de sus generaciones en la América hispana. Nuestros antepasados transatlánticos, como nuestros actuales parientes de allá, se sienten tan americanos como nosotros españoles; pero saben que su calidad americana les viene como descendientes de los que dieron a América su forma presente. Sienten a América como entrañablemente suya porque sus antepasados la ganaron. Aquellos antepasados procedían de otro solar, que es ya, para sus descendientes, más o menos extranjero. En cambio, la tierra en que actualmente viven, siglos atrás extranjera, es ahora la suya, la definitivamente incorporada por unos remotos abuelos al destino vital de su estirpe.

Estos dos puntos de vista descansan sobre dos maneras de entender la patria: o como razón de tierra o como razón de destino. Para unos, la patria es el asiento físico de la cuna; toda su tradición es una tradición espacial, geográfica. Para otros, la patria es la proyección física de un destino; la tradición, así entendida, es predominantemente temporal, histórica.

 

2. Con esta previa delimitación de conceptos cabe resumir la cuestión inicial: ¿qué fue la Reconquista? Ya se sabe: desde el punto de vista infantil, el lento recobro de la tierra española por los españoles contra los moros que la habían invadido. Pero la cosa no fue así. En primer lugar, los moros (es más exacto llamarles “los moros” que “los árabes”; la mayor parte de los invasores fueron berberiscos del norte de África, los árabes, la raza superior formaban solamente la minoría directora) ocuparon la casi totalidad de la Península en poco tiempo más del necesario para una toma de posesión material, sin lucha. Desde Guadalete (año 711) hasta Covadonga (718) no habla la Historia de ninguna batalla entre forasteros e indígenas. Hasta el reino de Todomir, en Murcia, se constituyó por buenas componendas con los moros, toda la inmensa España fue ocupada en paz; España, naturalmente, con los “españoles” que habitaron en ella. Los que se replegaron hacia Asturias fueron los supervivientes de entre los dignatarios y militares godos; es decir, de los que tres siglos antes habían sido, a su vez, considerados como invasores. El fondo popular indígena (celtibérico, semítico en gran parte, norteafricano por afinidad en otra, más o menos romanizado todo él) era tan ajeno a los godos como los agarenos recién llegados. Es más, sentían muchas más razones de simpatía étnica y consuetudinaria con los vecinos del otro lado del estrecho que con los rubios danubianos aparecidos tres siglos antes. Probablemente la masa popular española se sintió mucho más a su gusto gobernada por los moros que dominada por los germanos. Esto fue al principio de la Reconquista; al final no hay ni que hablar. Después de seiscientos, de setecientos, de casi (en algunos sitios) ochocientos años de convivencia, la fusión de sangre y usos entre aborígenes y bereberes era indestructible; mientras que la compenetración entre indígenas y godos, entorpecida durante doscientos años por la dualidad jurídica y, en el fondo, rehusada siempre por el sentido racial de los germánicos, no pasó nunca de ser superficial.

La reconquista no es, pues, una empresa popular española contra una invasión extranjera; es, en realidad, una nueva conquista germánica; una pugna multisecular por el poder militar y político entre una minoría semítica de gran raza –los árabes– y una minoría aria de gran raza –los godos–. En esa pugna toman parte bereberes y aborígenes en calidad de gente de tropa unas veces y, otras veces, en actitud de súbditos resignados de unos y otros dominadores, quizá con marcada preferencia, al menos en gran parte del territorio, por los sarracenos.

Hasta tal punto es la Reconquista una guerra entre partidos y no una guerra de la independencia que a nadie se le ha ocurrido nunca llamar “españoles” a los que combatían contra los agarenos, sino “los cristianos” por oposición a “los moros”. La Reconquista fue una disputa bélica por el poder político y militar entre los pueblos dominadores, polarizada en torno de una pugna religiosa.

Del lado cristiano, los jefes preminentes son todos los de sangre goda. A Pelayo se le alza en Covadonga sobre el pavés como continuador de la Monarquía sepultada junto al Guadalete. Los capitanes de los primeros núcleos cristianos tienen un aire inequívoco de príncipes de sangre y mentalidad germánica. Más: se sienten ligados desde el principio a la gran comunidad catolicogermánica europea. Cuando Alfonso el Sabio aspira al trono imperial no adopta una actitud extravagante: pleitea, con el alegato de la madurez política de su reino, por lo que podía alentar desde siglos antes en la conciencia de príncipe cristianogermánico de cada jefe de los citados conquistadores. La Reconquista es una empresa europea, es decir, en aquella sazón, germánica. Muchas veces acuden de hecho, para guerrear contra los moros, señores libres de Francia y de Alemania. Los reinos que se forman tienen una planta germánica innegable. Acaso no haya Estados en Europa que tengan mejor impreso el sello europeo de la germanidad que el condado de Barcelona y el reino de León.

 

3. En esquema –abstracción hecha de los mil acarreos e influencias recíprocas de todos los elementos étnicos removidos durante ochocientos años–, la Monarquía triunfante de los Reyes Católica es la restauración de la Monarquía góticoespañola, católicoeuropea, destronada en el siglo VIII. La mentalidad popular distinguía entonces difícilmente entre nación y rey. Por otra parte, considerables extensiones de España, singularmente Asturias, León y el Norte de Castilla habían sido germanizadas, casi sin solución de continuidad, durante mil años (desde principios del siglo V hasta finales del XV, sin más interrupción que los años que van desde el Guadalete hasta el recobro de las tierras del norte por los jefes godocristianos) sin contar con que su afinidad étnica con el norte de África era mucho menor que la de las gentes del sur y levante. La unidad nacional bajo los Reyes Católicos es, pues, la edificación del Estado unitario español con el sentido europeo, católico, germánico, de toda la Reconquista, y la culminación de la obra de germanización social y económica de España. No se olvide esto, porque quizá por ahí va a encontrar la “constante bereber” su primera rendija para la rebelión.

En efecto, el tipo de dominación árabe era preponderantemente político y militar. Los árabes tenían vagamente el sentido de la territorialidad. No se adueñaban de las tierras, en el sentido jurídicoprivado. Así pues, la población campesina de las comarcas más largamente dominadas por los árabes (Andalucía, Levante) permanecía en una situación de libre disfrute de la tierra, en forma de pequeña propiedad y, acaso, de propiedades colectivas. El andaluz aborigen, semibereber, y la población bereber que nutrió más copiosamente las filas árabes, gozaban pues, una paz elemental y libre, inepta para grandes empresas de cultura, pero deliciosa para un pueblo indolente, imaginativo y melancólico como el andaluz. EN cambio, los cristianos germánicos traían en la sangre el sentido feudal de la propiedad. Cuando conquistaban las tierras erigían sobre ellas señoríos, no ya pluralmente políticomilitares como los estados árabes, sino patrimoniales al mismo tiempo que políticos. El campesino pasaba, en el caso mejor, a ser vasallo; tiempo adelante, cuando por la atenuación del aspecto jurisdiccional, político, los señoríos van subrayando su carácter patrimonial, los vasallos, completamente desarraigados, caen en la condición terrible de jornaleros.

La organización germánica, de tipo aristocrático, jerárquico, era, en su base, mucho más dura. Para justificar tal dureza se comprometía a realizar alguna gran tarea histórica. Era, en realidad, la dominación política y económica sobre un pueblo casi primitivo. Toda aquella enorme armadura –Monarquía, Iglesia, aristocracia – podía intentar la justificación de sus pesados privilegios a título de cumplidora de un gran destino en la Historia. Y lo intentó por el doble camino: la conquista de América y la Contrarreforma.

 

4. Es un tópico (puesto en circulación por la literatura “bereber” de que se hablará más tarde el decir, que la conquista de América es obra de la espontaneidad popular española, realizada casi a despecho de la España oficial. No se puede sostener esa tesis en serio. Muchas de las expediciones se organizaron, ciertamente, como empresa privada; pero el sentido de la cristianización y colonización de América está contenido en el monumento de las Leyes de Indias, obra que encierra el pensamiento constante del Estado español a través de vicisitudes seculares. Y la conquista de América es también una tesis católicogermánica. Tiene un sentido de universalidad sin la menor raíz celtibérica y bereber. Solo Roma y la Cristiandad germánica pudieron transmitir a España la vocación expansiva, católica, de la conquista de América. Lo que se llama el espíritu aventurero español, ¿será español de veras en el sentido aborigen o bereber, o será una de las señales de sangre germánica? No se desdeñe el dato de que, aún en nuestros días, las regiones donde sale mayor número de inmigrantes, es decir, de aventureros, son las del Norte, las más germanizadas, las más europeas, las que desde su punto de vista castizo y pintoresco, podrían llamarse menos españolas. En cambio, es todavía abundantísimo el número de andaluces y levantinos que se transplanta a Marruecos, a Orán, a Argelia y que vive allí absolutamente como en su casa, como una cepa que reconoce la tierra lejana de donde arrancaron a su ascendiente. Esta derivación meridional y levantina hacia África no tiene la menor homogeneidad con las expediciones colonizadoras hacia América. Incluso África y América han sido constantemente como las consignas de dos partidos políticos y literarios españoles. De dos partidos que coinciden exactamente en casi todos los instantes con el liberal y el conservador; el popular y el aristocrático; el bereber y el germánico. Era casi cosa obligada que un escritor antiaristocrático, antieclesiástico, antimonárquico, incorporase a su repertorio frases como esta: “Más valía que la Monarquía española, en vez de extenuar a España en la empresa de América, hubiera buscado nuestra expansión natural, que es África”.

Al lado de la conquista de América, la España germánica (doblemente germánica ahora bajo la dinastía de los Habsburgo) riñe en Europa el combate católico por la unidad. Lo riñe y, a la larga, lo pierde. Y, como consecuencia, pierde América. La justificación moral e histórica de la dominación sobre América se hallaba en la idea de la unidad religiosa del mundo. El catolicismo era la justificación del poder de España. Pero el catolicismo había perdido la partida. Vencido el catolicismo, España se quedaba sin título que alegar para el imperio de Occidente. SU credencial estaba caducada. Ya lo vio el astuto Richelieu que, para hundir a la casa de Austria, no vaciló en auxiliar a los paladines de la reforma. Sabía muy bien que la piedra angular de los Habsburgo era la unidad católica de la Cristiandad.

Y así, perdida la partida en Europa primero, en América después ¿qué tarea de valor universal alegaría la España dominadora –Monarquía, Iglesia, aristocracia– para conservar su situación de privilegio? Falta de justificación histórica, dimitida toda función directiva, sus ventajas económicas y políticas quedaban en puro abuso. Por otra parte, con la falta de empleo, las clases directoras habían perdido el brío, incluso de la propia defensa. Se observa una colección de fenómenos, semejantes en extremo a la decadencia de la monarquía visigótica. Y la fuerza latente, nunca extinguida, del pueblo bereber sometido, inicia lentamente su desquite.

 

5. Porque, aún en las horas cenitales de la dominación, la “constante bereber” no había dejado de existir y de obrar nunca. Los pueblos superpuestos, dominador y dominado, germánico y aborigen bereber, no se habían fundido. Ni siquiera se entendían. El pueblo dominador vigilaba el no mezclarse con el dominado (hasta 1756 no se deroga una pragmática de Isabel la Católica que exigía probar la pureza de sangre, es decir, condición de cristiano viejo, sin mezcla de judío o de moro, aún para desempeñar modestísimas funciones de autoridad). El pueblo dominado, entre tanto, detesta al dominador. Con un giro muy típico, adopta al respecto de los dominadores apariencia de sumisión irónica. En Andalucía se llega a los más exagerados extremos de adulación; pero bajo esa adulación aparente se venga la más desdeñosa zumba hacia el adulado. Esta actitud, la burla, es la más dulcemente resignada que adopta el pueblo desposeído. Más arriba aparece ya el odio y, sobre todo, la afirmación permanente de la separación. En España la expresión “el pueblo” guarda siempre un tono particularista y hostil. El “pueblo hebreo” comprendía naturalmente, a los profetas. El “pueblo inglés” incluye a los lores, ¡a buena hora permitiría un inglés consciente que no le considerase solidarizado, bajo la denominación popular de inglés, con los primeros jerarcas del país! Aquí no: cuando se dice “el pueblo” se piensa decir lo indiferenciado, lo incalificado, lo que no es aristocracia, ni Iglesia, ni milicia, ni jerarquía de ninguna especie. El mismo don Manuel Azaña ha dicho: “no creo en los intelectuales, ni en los militares, ni en los políticos; no creo más que en el pueblo”. Pero entonces los intelectuales, los militares, los políticos, como los eclesiásticos y los aristócratas ¿no forman parte del pueblo? Sin especificar, se alude al sojuzgado, al sustraído a su siempre añorada existencia primitiva, indiferenciada, antijerarquíca y que, por lo mismo, detesta rencorosamente toda jerarquía, característica del pueblo dominador.

Tal realidad ha penetrado todas las manifestaciones de la vida española, incluso las de apariencia menos popular. Por ejemplo, el fenómeno europeo de la Reforma tuvo en España una versión reducida, pero absolutamente impregnada de la pugna entre germánicos y bereberes, entre dominadores  y dominados. En España no se dio un solo caso de hereje príncipe, como en Francia y en Alemania. Los grandes señores se mantuvieron aferrados a su religión de casta. Todo hereje, pequeño burgués, o letrado, era como un vengador de los oprimidos; en su disidencia alentaba más que un tema teológico una incurable inquina contra el aparato oficial, formidable, de Monarquía, Iglesia, aristocracia…

Y así hasta las fechas más recientes. L línea bereber, más aparente cada vez según ve declinar la fuerza contraria, asoma en toda la intelectualidad de izquierda, de Larra hacia acá. Ni la fidelidad a las modas extranjeras logra ocultar un tornillo de resentimiento de vencido en toda la producción literaria española de los cien últimos años. En cualquier escritor de izquierdas hay un gesto morboso por demoler, tan persistente y tan desazonante que no se puede alimentar sino de una animosidad personal, de casta humillada. Monarquía, Iglesia, aristocracia, milicia, ponen nerviosos a los intelectuales de izquierda, de una izquierda que para estos efectos empieza bastante a la derecha. No es que sometan aquellas instituciones a crítica; es que, en presencia de ellas, les acomete un desasosiego ancestral como el que acomete a los gitanos cuando se les nombra a la bicha. En el fondo los dos efectos son manifestaciones del mismo viejo llamamientos de la sangre bereber. Lo que odian, sin saberlo, no es el fracaso de las instituciones que denigra, sino su remoto triunfo; su triunfo sobre ellos, sobre los que odia. Son los bereberes vencidos que no perdonan a los vencedores –católicos, germánicos– haber sido los portadores del mensaje de Europa.

El resentimiento ha esterilizado en España toda posibilidad de cultura. Las clases directoras no han dado nada a la cultura, que en ninguna parte suele ser su misión específica. Las clases sometidas, para producir algo considerable desde el punto de vista de la cultura, tenían que haber aceptado el cuadro de valores europeo, germánico, que es el vigente; y eso les suscitaba una repugnancia infinita por ser, en el fondo, el de los odiados dominadores.

Así, groso modo, puede decirse que la aportación de España a la cultura moderan es igual a cero, salvo algún ingente esfuerzo individual, desligado de toda escuela, y algún pequeño cenáculo inevitablemente envuelto en un halo de extranjería.

 

6. Tras de las escaramuzas tenía que llegar la batalla. Y ha llegado: es la República de 1931; va a ser, sobre todo, la República de 1936. Estas fechas, singularmente la segunda, representan la demolición de todo el aparato monárquico, religioso, aristocrático y militar que aún afirmaba, aunque en ruinas, la europeidad de España. Desde luego la máquina estaba inoperante; pero lo grave es que su destrucción representa el desquite de la Reconquista, es decir, la nueva invasión bereber. Volveremos a lo indiferenciado. Probablemente se ganará en placidez elemental en las condiciones populares de vida. Acaso el campesino andaluz, infinitamente triste y nostálgico, reanude el silencioso coloquio con la tierra de que fue desposeído. Casi media España se sentirá expresada inmejorablemente si esto ocurre. Desde luego, se habrá conseguido un perfecto ajuste en lo natural. Pero lo malo es que entonces será pueblo único, ya dominador y dominado en una sola pieza, un pueblo sin la más mínima aptitud para la cultura universal. La tuvieron los árabes; pero los árabes eran una pequeña casta directora, ya mil veces diluida en el fondo humano superviviente. La masa que es la que va a triunfar ahora, no es árabe sino bereber. Lo que va a ser vencido es el resto germánico que aún nos ligaba con Europa.

Acaso España se parta en pedazos, desde una frontera que dibuje, dentro de la ínsula, el verdadero límite de África. Acaso toda España se africanice. Lo indudable es que, para mucho tiempo, España dejará de contar en Europa. Y entonces, los que por solidaridad de cultura y aún por misteriosa voz de sangre nos sentimos ligados al destino europeo, ¿podremos transmutar nuestro patriotismo de estirpe, que ama a esta tierra porque nuestros antepasados la ganaron para darle forma, en un patriotismo telúrico, que ame a esta tierra por ser ella, a pesar de que en su anchura haya enmudecido hasta el último eco de nuestro destino familiar?


José Antonio Primo de Rivera

Prisión de Alicante, 13 de Agosto de 1936


“Papeles póstumos de José Antonio” E. Plaza & Janes. Barcelona 1997. Págs. 160-167.



4 comentarios:

  1. Que impresionante claridad de ideas. Y su análisis se ha cumplido palabra por palabra. Puede decirse profético.

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  2. Isabel la católica que pregonaba la mezcla del español con el indio? Los hasburgos revistas? La monarquía que fundó pueblos por toda hispanoamérica con españoles negros y indios, no quería mezclar? El protestantismo era racista, no el catolicismo. Que decepción este escrito

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  3. Realmente desgraciadas y disparatadas son estas consideraciones atribuidas a José Antonio sin ninguna prueba de su autoría. Sería muy extenso consignar todos los errores, van algunos referidos a que los visigodos no aceptaron a los musulmanes y la población nativa sí:
    1. Los que traidoramente se pasan al bando musulmán e incluso lo llaman, son los judíos y un gran sector de los visigodos, el llamado bando witizano, que incluye a parte del clero como el obispo don Oppas. Ver Henri Levi Provencal Hist. de España dirigida por R. Menéndez Pidal Tomo IV España Musulmana.
    2. Se menciona al reino de Todomir en Murcia. Ese episodio es todo lo contrario de lo que se pretende probar, el que entrega ese territorio no es la población nativa sino el conde visigodo Teodomiro, quien le da el nombre a esa zona que en árabe es Tudmir.
    3. Lo mismo en Barbastro cuyos señores visigodos toman el nombre "al Hafsun". Después de varias generaciones siguen siendo rubios y de ojos celestes y vuelven a declararse cristianos con Omar al Hafsun. Fuente citada. y Marcelino Menéndez Pelayo "Historia de los Heterodoxos Españoles".
    4. Ídem con los Banu Qasi que se enseñorean de Zaragoza, descendientes del conde Casio
    5. El historiador musulmán Ibn Al Kutiyah es descendiente de godos de ssangre real, su nombre significa "Hija de la Goda". Otros que se apostaron traidoramente.
    6. La propia reina visigoda de España, Egilona (Esposa de Rodrigo) se convirtió al Islam tomando el nombre de Aylay se casó con Abd al Aziz ben Mussa, hijo del jefe invasor musulmán Muza ibn Nusair, jefe de Taryk.
    7. Los celtas son tan arios como los germanos, es ridículo hacerlos aparecer con alguna familiaridad con los bereberes.
    8. Sin la participación de los judíos la invasión no podría haberse concretado. La hueste de Taryk era muy reducida, debía detenerse y sitiar grandes ciudades como Córdoba por ejemplo. Una quintacolumna judía la tomó y formó una milicia que la guardó, permitiendo que los musulmanes siguieran su avance hacia el norte sin distraer fuerzas.
    También fue esencial la traición de las dos alas de su ejército que Rodrigo confió a los dos hijos de Witiza en la batalla de Guadalete. Todos sus integrantes, jefes y tropa, eran visigodos
    Y termino aquí pero puedo ampliar la lista de disparates hasta el infinito, especialmente demostrando que la población no visigoda por su fe católica jamás aceptó a los musulmanes, ya sean estos árabes o bereberes.

    El culto, honesto y admirado José Antonio jamás pudo escribir tal sarta de sandeces.
    Fernando José Ares

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  4. Confieso que debí empezar por la incoherencia del título, la Reconquista no es una nueva conquista germánica como dice la nota sino el triunfo de la cruz sobre la falsa doctrina de Mahoma. Justamente el gran ausente de la obra que comento es la ausencia total del factor religioso en la la guerra que reconquistó para Dios y para España el solar de nuestra raza.

    No es como se dice que los germanos no se querían unir a la población nativa (había leyes que lo prohibían) sino que tampoco los nativos se querían unir a los germanos. había una diferencia religiosa entre ambos, visigodos y suevos eran herejes arrianos y los nativos cristianos. Después de Recaredo las uniones fueron bastantes comunes lograda la uniformidad religiosa. Y los jefes de la Reconquista también obraron en consecuencia, el casamiento del rey Fruela I con la vasca Munia de Álava, así lo prueba.

    Es que España toda, no los germanos, vivió levantado cruces, primero contra el musulmán invasor, luego expulsando moros y judíos, evangelizando América, llevándola victoriosa a Lepanto y luchando contra la herejía personalizada en la Pérfida Albión.

    Con relación a estos "Papeles Póstumos" hay que tener mucho cuidado, recién fueron presentados en 1983, casi 50 años de la muerte del "mejor hombre de España", por Miguel Primo de Rivera y Urquijo, luego de pasar por varias manos, alegando que el propio José Antonio había dispuesto que se entregaran al masón socialista Indalecio Prieto, de tenebroso prontuario¿?
    Recién en 1996 fueron publicados con un prólogo del mencionado Miguel quien dice que no lo hizo antes por consejo de importantes personas. Después dice secamente que franco quiso apoderarse de los documentos y que "los papeles «muestran claramente la evolución ideológica asumida por José Antonio desde su encarcelamiento hasta su fusilamiento».
    O sea que hay un José Antonio que ha cambiado ¿Arrepentido? según este falsario portador de un insigne apellido que no merece.
    Como se ve todo muy políticamente correcto, un arrepentido y un Franco poseido de intenciones ocultistas o destructoras, demonizado por este nuevo Judas Iscariote. La España masónica, partidocrática y democrática muy agradecida.
    Fernando José Ares

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