San Juan Bautista

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domingo, 7 de julio de 2013

Homenajes que debemos a Maria - Por Dom Columba Marmion

Ensalzar sus privilegios, como lo hace la Iglesia en su liturgia

  Para agradecer bien el puesto único que Jesús quiso ocupar a su Madre en sus misterios, y el amor que María nos tiene, hemos de tributarle el honor, el amor y la confianza a que tiene derecho como Madre de Jesús y Madre nuestra.

  ¿Cómo no amarla, si amamos a Nuestro Señor? -Si Cristo Jesús quiere, como ya os he dicho, que amemos a todos los miembros de su cuerpo místico, ¿cómo no habríamos de amar en primer lugar a la que le dio esa naturaleza humana, mediante la cual llegó a ser nuestra cabeza, esa humanidad que le sirve de instrumento para comunicarnos la gracia? No podemos poner en tela de juicio que el amor que mostramos a María sea muy grato a Jesús. Si queremos de veras amar a Cristo, si queremos que sea Él todo para nosotros, hemos de tener especialísimo amor a su Madre.

  Más, ¿cómo hemos de manifestarle ese nuestro amor? Jesús amó a su Madre, colmándola, como Dios que es, de privilegios sublimes; nosotros mostramos nuestro amor ensalzando esos privilegios.

  Si queremos ser gratos a Dios Nuestro Señor, admiremos las maravillas con que amorosamente adornó el alma de su Madre; quiere Él que nos unamos a Ella para rendir incesantemente gracias a la Santísima Trinidad, que glorifiquemos a la Virgen por haber sido escogida entre todas las mujeres para dar al mundo un Salvador. Así compartiremos los sentimientos que Jesús tuvo para con Aquella a quien debe el ser Hijo del hombre. «Sí, la cantaremos con la Iglesia: tú sola, sin igual, agradaste al Señor». [Sola sine exemplo placuisti Domino. Antíf. del Benedictus del Oficio de la Santísima Virgen in Sabbato]; bendita seas entre todas las criaturas; bendita porque creíste en la palabra divina y porque en ti se han cumplido las promesas eternas.

  Para alentarnos en esta devoción, no tenemos más que mirar la conducta que sigue la Iglesia. Ved cómo la Esposa de Cristo ha multiplicado aquí en la tierra sus testimonios de honor a María, y cómo practica ese culto, especial por su trascendencia sobre el de los demás Santos, que se llama hiperdulía [A todos los santos les debemos homenaje de dulía, palabra griega que significa servicio; la Madre del Verbo encarnado merece, a causa de su dignidad eminente, homenajes enteramente particulares, lo que se expresa con la palabra hyper-dulía].

  La Iglesia ha consagrado numerosas fiestas en honra de la Madre de Dios; durante el ciclo litúrgico celebra su Inmaculada Concepción, su Natividad, su Presentación en el Templo, la Anunciación, la Visitación, la Purificación, la Asunción.

  Mirad también como, en cada uno de los principales tiempos del ciclo litúrgico, dedica a la Virgen una «Antífona» especial, cuyo rezo impone a sus ministros al fin de las horas canónicas. Habréis observado que en cada una de esas antífonas la Iglesia se complace en recordar el privilegio de la maternidad divina, fundamento de las de mas grandezas de María.-«Madre augusta del Redentor, cantamos en Adviento y Navidad, engendraste, con asombro de la naturaleza, a tu mismo Creador, Virgen al concebir, permaneces Virgen después del parto; Madre de Dios, intercede por nosotros».

  -Durante la Cuaresma la saludamos como «la raíz de la que ha salido la flor, que es Cristo, y como la puerta por donde la luz ha entrado en el mundo». En tiempo Pascual brota de nuestros labios un himno de alegría, en el que felicitamos a María por el triunfo de su Hijo, y renovamos otra vez el gozo que inundó a su alma en la aurora de esa gloria: «Alégrate, Reina del cielo, porque ha resucitado Aquel que llevaste en tus entrañas: sí, alégrate, ¡oh Virgen!, y llénate de júbilo, porque Cristo, el Señor, ha salido en verdad triunfante y glorioso del sepulcro». -Luego, de Pentecostés a Adviento, tiempo que simboliza el de nuestra peregrinación en este mundo, la Salve Regina llena de confianza: «Madre de misericordia, vida, esperanza nuestra, a ti suspiramos en este valle de lágrimas... Después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre... Ruega por nosotros, santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo». No hay, pues, día en que la voz de la Iglesia no resuene alabando a María, ensalzando sus gracias y recordándole que, si es Madre de Dios, nosotros somos también sus hijos.

 Más no es esto todo, no. Todos los días la Iglesia canta en Vísperas el Magníficat; únese a la misma Santísima Virgen para alabar a Dios por sus bondades para con la Madre de su Hijo.- Repitamos, pues, a menudo con ella y con la Iglesia: «Mi alma, glorifica al Señor y mi espíritu estalla de gozo en el Dios Salvador mío, porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava... En adelante, todos los pueblos me llamarán bienaventurada, porque el Todopoderoso ha realizado en mí cosas maravillosas». Al cantar esas palabras, ofrecemos a la beatísima Trinidad un cántico de reconocimiento por los privilegios de María, como si esos privilegios fuesen nuestros.

  Tenemos además el «Oficio Parvo» de la Santísima Virgen; tenemos el Rosario, tan grato a María, porque la ensalzamos unida siempre a su Divino Hijo, repitiendo sin cesar, con amor y cariño, el saludo del celestial mensajero el día de la Encarnación: Ave, María, gratia plena. Es práctica excelente rezar cada día devotamente el rosario, contemplando así a Cristo en sus misterios para unirnos a Él, felicitando a la Santísima Virgen por haber sido tan íntimamente asociada a ellos, y dando gracias a la Santísima Trinidad por los privilegios de María. Y si cada día hemos dicho muchas veces a la Virgen: «Madre de Dios, ruega por nosotros... ahora y en la hora de nuestra muerte», cuando llegue el instante en que el “nunc” y el “hora mortis nostræ” sean un solo y el mismo momento, estemos ciertos de que la Virgen no nos abandonará.- Tenemos además las Letanías; tenemos el Angelus, mediante el cual renovamos en el corazón de María el inefable gozo que hubo de experimentar en el momento de la Encarnación; hay, por fin, otras muchas formas de devoción a María.


  No es menester cargarse con muchas «prácticas», hay que escoger algunas, y una vez hecha la elección, ser fieles a ellas, ese obsequio diario tributado a su Madre será también, no cabe duda, muy grato a Nuestro Señor.

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