San Juan Bautista

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sábado, 5 de octubre de 2013

El eslabón perdido – Por Mons. Fulton Sheen

  Si a las mentalidades modernas se les preguntara qué cosa en el mundo les gustaría más descubrir, probablemente contestarían: el eslabón perdido. Una y otra vez oímos hablar de su descubrimiento, pero al fin sólo resulta un rumor.

  La más enfadosa característica del eslabón perdido es que falta.


  No hay nada malo en buscar el eslabón perdido, pero parece más bien que se pone un énfasis absurdo en la cosa equivocada. ¿Por qué hemos de estar tan preocupados acerca del eslabón que nos une a la bestia, y tan poco interesados en el eslabón que nos une a Dios? ¿Por qué habían de buscarse los más profundos secretos del hombre en el limo de la tierra, en vez de buscarlos en la atmósfera enrarecida del Reino de los Cielos? Aun cuando el eslabón fuera hallado, apenas nos diría la fuente de esa parte inferior de nuestra naturaleza que tenemos en común con las bestias; pero no nos diría nada sobre la parte más alta que tenemos en común con Dios. Una cosa es ser juzgado por aquello que es más bajo en su hechura, y otra ser juzgado por lo que es más alto y más noble. Así, es una investigación mucho más provechosa buscar, no el eslabón enterrado en el polvo y que nos une al animal, sino más bien el eslabón suspendido de los cielos y que nos une a Dios...

  ¿Dónde buscar ese eslabón? ¿En una caverna? ¡Sí! El mundo tiene razón al buscar al Hombre de la Caverna, pero lo está buscando en la caverna que no es. Si hemos de encontrar el prototipo del hombre, debemos buscarlo, no en la cueva de Moulin, sino en la cueva de Bethlehem, y el nombre de ese hombre de la cueva no es el Pitecantropus, sino Cristo; la luz que brilla en sus ojos no es la luz de la bestia surgiendo a la alborada de la razón, sino la luz de un dios viniendo a las tinieblas de los hombres; los animales de la cueva no son bestias salvajes aullando a Aquel que vino de ellos, sino el buey y el asno encorvados ante aquél que vino a ellos; .los compañeros de la cueva no son criaturas salvajes con garrotes izados en signo de guerra, sino José y María con sus manos tendidas como símbolo de paz. En una palabra, Cristo es el eslabón entre lo finito y lo infinito, entre Dios y el hombre, porque es finito en su naturaleza humana, infinito en su naturaleza divina, y uno en la unidad de su persona; perdido, porque el hombre le ha perdido; pontífice, porque es el constructor de puentes entre la tierra y el cielo, pues éste es el significado de pontífice; mediador, porque es el sumo embajador de Dios entre los hombres.

  Todos estos nombres son apenas otra manera de decir que lo que olvidamos fue la vida de Cristo por encima de todas las demás cosas: la vida de un sacerdote.

  ¿Qué es un sacerdote? Un sacerdote es un intermediario o eslabón entre Dios y el hombre. Su misión es hacer dos cosas: traer a Dios hasta el hombre por la infusión de la vida divina; y traer el hombre hasta Dios por la redención del hombre del pecado…

  Si nuestra civilización cesara de remover el polvo de las selvas vírgenes en busca del eslabón que nos une a las bestias, y empezara a arrodillarse delante de la cruz izada en las rocas del Calvario en busca del eslabón que nos une a Dios; si el mundo cesara de mirar a Nuestro Señor solamente como un maestro y empezara a adorarle como a un Sacerdote, que trae a Dios hasta el hombre por el don de la Vida Divina, y el hombre hasta Dios por el don del Perdón Divino; si esos hombres cesarán de construir sus puentes a través del abismo de los tiempos para atarse ellos mismos a la tierra y empezaran a construir sus puentes a través del abismo de la eternidad para unirse a Dios, entonces el Crucifijo volvería a ser lo que es. Entonces algunos corazones rotos se arrodillarían delante del Crucifijo por un minuto siquiera, para aprender el más dulce de los mensajes más dulces: que no importa cuan pecador sea, él debe tener algún valor siempre que el Dios-Hombre murió en una cruz por él.

FULTON J. SHEEN – “El Eterno Galileo” Una Vida de Cristo Para el Hombre Moderno

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