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martes, 25 de febrero de 2014

LA LUJURIA: Plaga del carácter – Por Mons. Fulton J. Sheen



  La lujuria es un excesivo amor por los placeres de la carne. Es la prostitución del amor, la extensión del amor a sí mismo hasta un punto donde el ego se proyecta en otra persona y la ama bajo la ilusión que es el tú amado. El verdadero amor está dirigido hacia una persona, la cual es vista como irreemplazable y única, pero la lujuria excluye toda consideración personal en favor de una experiencia de los sentidos. El yo coloca de forma equivocada rótulos modernos sobre la lujuria pretendiendo que éste es un pecado necesario para la “salud” o para una “vida plena” o para “expresar la personalidad”. El fervoroso intento de otorgarle una garantía científica a esta conducta es, en sí mismo, una indicación de cuán grande es la renuencia que normalmente siente la gente a considerar esta ruptura de la ley moral como el pecado que en realidad es. Hoy en día, los hombres y mujeres están aburridos y descontentos; se vuelven entonces hacia la lujuria para compensar su aflicción interior, sólo para, al final encontrarse hundidos en una mayor desesperanza. Como dice San Agustín: “Dios no obliga al hombre a ser puro; deja solos exclusivamente a quienes merecen ser olvidados”.

  La lujuria es una desviación del centro de la personalidad del espíritu a la carne, del yo al ego. En algunas instancias, sus excesos nacen de una conciencia intranquila y del deseo de escapar de su persona hacia otras. Algunas veces existe el deseo contrario de hacer del yo algo supremo a través de la subordinación de otras personas a él. En sus etapas posteriores, el libertino encuentra que ni la liberación  de su ser ni la idolatría son posibles por un tiempo demasiado prolongado; el alma es llevada de vuelta a su ser y, por lo tanto, a un infierno interior. El efecto de la lujuria en la voluntad se manifiesta como un odio a Dios y la negación de la inmortalidad. Asimismo, los excesos vacían la fuente de la energía espiritual hasta el grado tal que finalmente uno se vuelve incapaz de emitir un juicio sereno en ningún otro campo.

  Lujuria no es igual a sexo, porque el sexo es puramente biológico y una capacidad otorgada por Dios. Tampoco es amor, que encuentra en el sexo una de sus expresiones legítimas. La lujuria es el aislamiento del sexo, del verdadero amor. No hay pasión que lleve más rápidamente a la esclavitud como la lujuria, así como no hay una cuyas perversiones destruyan más rápidamente el poder del intelecto y de la voluntad. Los excesos afectan a la razón de cuatro modos: pervirtiendo el entendimiento, de manera que uno se vuelve intelectualmente ciego e incapaz de ver la verdad; debilitando la prudencia y el sentido de los valores, por lo que se desemboca en la temeridad; vigorizando el amor propio y hasta generar la irreflexión; debilitando la voluntad hasta que el poder de decisión se pierde y uno se vuelve víctima de la inconstancia de carácter.

  Los efectos sobre la voluntad y la razón son desastrosos. En aquellos que se entregan repetidas veces a los excesos, es posible que haya un odio a Dios y a la religión y una negación de la inmortalidad. El odio a lo divino viene porque Dios es visto como un obstáculo para la autogratificación. Los libertinos niegan a Dios porque su omnipresencia significa que su conducta ha sido observada por Aquel que la reprobará. Hasta tanto esos individuos abandonen su animalidad egocéntrica, deben insistir en ser ateos, ya que sólo un ateo es capaz de imaginar que nadie lo observa.

  La negación de la inmortalidad es un efecto secundario de la lujuria. Puesto que el ególatra vive cada vez en la carne, la idea de un juicio se le vuelve más y más desagradable. Para aquietar sus temores, adopta la creencia de que nunca habrá un Juicio. Aceptar la inmortalidad significaría una responsabilidad que el lujurioso ego del libertino teme enfrentar, ya que, si lo hiciera, lo forzaría a transformar su vida entera. La mera mención de una vida futura puede llevar a esta persona a un furioso cinismo; que le recuerden la posibilidad del juicio aumenta su angustiosa ansiedad. Todo intento de salvar a una persona así es visto por ella como un ataque a su felicidad.

  La creencia en Dios y en la inmortalidad haría que el ego libertino deseara ser un yo, pero cuando no está listo para abandonar su vicio, debe negarse a mantener ese tipo de pensamiento. Sería bueno que los defensores de la religión, al tratar con ególatras que están momentáneamente perdidos en los lodazales de la lujuria, aprendieran que debe existir una voluntad de cambio previo a un cambio en la creencia religiosa. Una vez que el libertino abandona el mal, buscará la Verdad, porque ya no necesita temerle.

  La lujuria no tiene relación con la lícita expresión del sexo dentro de un matrimonio legítimo. El amor matrimonial es la formación del “nosotros”, que es la extinción del ego-centrismo. En el amor matrimonial, el yo busca el crecimiento completo del Tú, de la personalidad opuesta al yo. No existe momento más sagrado que aquel en que el ego se rinde a otra personalidad, de manera tal que la necesidad de poseer desaparece en la alegría de amar a la otra persona. Estos amantes nunca están solos, porque se necesitan tres y no dos para hacer el amor, y ese tercero es Dios. Un ego ama a otro ego por lo que éste da, pero el yo ama a otro yo por lo que es. El amor es la unión de dos pobrezas que dan surgimiento a una gran riqueza.

  El divorcio, la infidelidad, la ausencia planeada de hijos, los matrimonios no válidos, son otras tantas parodias y herejías contra el amor, y aquello que es enemigo del amor, es enemigo de la vida y la felicidad.


Fulton J. Sheen “Eleva tu corazón”. Ed. Lumen Bs.As.-México 2003. Págs, 97-99



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viernes, 15 de noviembre de 2013

La Contra-Iglesia del Anticristo – Por Mons. Fulton Sheen

  El Anticristo no será llamado así; de otra manera no tendría seguidores. El no usará medias rojas ni vomitará azufre, ni llevará un tridente ni tendrá una cola puntiaguda como Mefistófeles en Fausto. Esa mascara ayudó al Diablo a convencer a los hombres que no existe. Cuando nadie lo reconoce, más poder ejerce. Dios se definió a sí mismo como “Yo soy el que soy”, y el Diablo como “Yo soy el que no soy

  En ningún lugar en las Sagradas Escrituras encontramos  asidero para el mito del Diablo como si fuera un bufón y como el primero en vestir de “Rojo”. Más bien se lo describe como un ángel caído del cielo, como “El Príncipe de este mundo”, cuya misión es decirnos que no hay otro mundo. Su lógica es simple: “si no hay Cielo, no hay Infierno; si no hay Infierno, entonces no hay pecado; si no hay pecado, entonces no hay ningún juez, y si no hay juicio entonces lo malo es bueno y lo bueno es malo”. Pero por sobre todas estas descripciones, Nuestro Señor nos dice que va a ser tan parecido a Sí mismo que engañará, aún a los escogidos – y ciertamente nunca se vio que una imagen en libros de un demonio, pudiera engañar aún a los escogidos. ¿Cómo vendrá entonces en esta nueva era para conseguir seguidores para su religión?

  La creencia de la Rusia Pre-comunista es que vendrá disfrazado como un Gran Humanista, que hablará de paz, prosperidad y abundancia, no como un medio para llevarnos a Dios, sino como si fueran fines en sí mismos…

  …La tercera tentación en la cual Satanás le pidió a Cristo que lo adorara y todos los reinos del mundo serían suyos, se convertirá en la tentación de tener una nueva religión sin Cruz, una liturgia sin un mundo para atraer, una religión para destruir la religión, o una política que es una religión – una que dé al Cesar incluso las cosas que son de Dios.

  En el medio de todo este aparente amor por la humanidad y su discurso superficial de libertad e igualdad, él tendrá un gran secreto que no le dirá a nadie: él no creerá en Dios. Porque su religión será la fraternidad sin la paternidad de Dios, él engañará aún a los escogidos. Él va a crear una contra-Iglesia que será la mona de la Iglesia,  porque él, el Diablo, es el mono de Dios. Tendrá todas las notas y las características de la Iglesia, pero a la inversa y vaciada de de su Divino contenido. Será el cuerpo místico del Anticristo que se parecerá en todo lo exterior al cuerpo místico de Cristo...

… Pero el siglo XX se unirá a la contra-Iglesia porque éste afirma ser infalible cuando su cabeza hable ex cathedra desde Moscú en materia de economía y política, y como pastor principal del comunismo mundial.


FULTON SHEEN  - “El Comunismo y la Conciencia de Occidente” Bobb-Merril Company, Indianapolis, 1948 pags.24 a 25.

Visto en:  lasalettejourney.blogspot.com
Traducción: Augusto TorchSon


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sábado, 5 de octubre de 2013

El eslabón perdido – Por Mons. Fulton Sheen

  Si a las mentalidades modernas se les preguntara qué cosa en el mundo les gustaría más descubrir, probablemente contestarían: el eslabón perdido. Una y otra vez oímos hablar de su descubrimiento, pero al fin sólo resulta un rumor.

  La más enfadosa característica del eslabón perdido es que falta.


  No hay nada malo en buscar el eslabón perdido, pero parece más bien que se pone un énfasis absurdo en la cosa equivocada. ¿Por qué hemos de estar tan preocupados acerca del eslabón que nos une a la bestia, y tan poco interesados en el eslabón que nos une a Dios? ¿Por qué habían de buscarse los más profundos secretos del hombre en el limo de la tierra, en vez de buscarlos en la atmósfera enrarecida del Reino de los Cielos? Aun cuando el eslabón fuera hallado, apenas nos diría la fuente de esa parte inferior de nuestra naturaleza que tenemos en común con las bestias; pero no nos diría nada sobre la parte más alta que tenemos en común con Dios. Una cosa es ser juzgado por aquello que es más bajo en su hechura, y otra ser juzgado por lo que es más alto y más noble. Así, es una investigación mucho más provechosa buscar, no el eslabón enterrado en el polvo y que nos une al animal, sino más bien el eslabón suspendido de los cielos y que nos une a Dios...

  ¿Dónde buscar ese eslabón? ¿En una caverna? ¡Sí! El mundo tiene razón al buscar al Hombre de la Caverna, pero lo está buscando en la caverna que no es. Si hemos de encontrar el prototipo del hombre, debemos buscarlo, no en la cueva de Moulin, sino en la cueva de Bethlehem, y el nombre de ese hombre de la cueva no es el Pitecantropus, sino Cristo; la luz que brilla en sus ojos no es la luz de la bestia surgiendo a la alborada de la razón, sino la luz de un dios viniendo a las tinieblas de los hombres; los animales de la cueva no son bestias salvajes aullando a Aquel que vino de ellos, sino el buey y el asno encorvados ante aquél que vino a ellos; .los compañeros de la cueva no son criaturas salvajes con garrotes izados en signo de guerra, sino José y María con sus manos tendidas como símbolo de paz. En una palabra, Cristo es el eslabón entre lo finito y lo infinito, entre Dios y el hombre, porque es finito en su naturaleza humana, infinito en su naturaleza divina, y uno en la unidad de su persona; perdido, porque el hombre le ha perdido; pontífice, porque es el constructor de puentes entre la tierra y el cielo, pues éste es el significado de pontífice; mediador, porque es el sumo embajador de Dios entre los hombres.

  Todos estos nombres son apenas otra manera de decir que lo que olvidamos fue la vida de Cristo por encima de todas las demás cosas: la vida de un sacerdote.

  ¿Qué es un sacerdote? Un sacerdote es un intermediario o eslabón entre Dios y el hombre. Su misión es hacer dos cosas: traer a Dios hasta el hombre por la infusión de la vida divina; y traer el hombre hasta Dios por la redención del hombre del pecado…

  Si nuestra civilización cesara de remover el polvo de las selvas vírgenes en busca del eslabón que nos une a las bestias, y empezara a arrodillarse delante de la cruz izada en las rocas del Calvario en busca del eslabón que nos une a Dios; si el mundo cesara de mirar a Nuestro Señor solamente como un maestro y empezara a adorarle como a un Sacerdote, que trae a Dios hasta el hombre por el don de la Vida Divina, y el hombre hasta Dios por el don del Perdón Divino; si esos hombres cesarán de construir sus puentes a través del abismo de los tiempos para atarse ellos mismos a la tierra y empezaran a construir sus puentes a través del abismo de la eternidad para unirse a Dios, entonces el Crucifijo volvería a ser lo que es. Entonces algunos corazones rotos se arrodillarían delante del Crucifijo por un minuto siquiera, para aprender el más dulce de los mensajes más dulces: que no importa cuan pecador sea, él debe tener algún valor siempre que el Dios-Hombre murió en una cruz por él.

FULTON J. SHEEN – “El Eterno Galileo” Una Vida de Cristo Para el Hombre Moderno

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lunes, 12 de agosto de 2013

Jesús, el poder, el servicio y las ideologías modernas - Por Mons. Fulton Sheen

  En el pasado el hombre hablaba menos de vivir su vida, y más acerca de salvar su alma. Pero en nuestra era el énfasis ha variado de lo religioso y lo moral, a lo político y lo económico. La atracción hacia el cielo ha decrecido. La única pesquisa de Dios ha sido substituida por la doble pesquisa por el poder y la riqueza. El hombre moderno, aislado de Dios y desarraigado del gran patrimonio espiritual de las edades, anhela satisfacer el egoísmo de su mente mandando, y el erotismo de su cuerpo, gozando. De aquí que el hombre de éxito en nuestros días es el hombre que tiene poder y el hombre que tiene riqueza.

  Pero marchando en sentido contrario a estos ideales modernos hay una doble fuerza que busca destruirles: la fuerza de la anarquía y la fuerza del Bolchevismo. La anarquía sostiene que todo poder es injusto, y por ende quiere arrojar todos los gobiernos al polvo. El bolchevismo sostiene que toda riqueza es injusta, y de aquí que quiera confiscar todas las fortunas privadas para henchir los cofres del estado.

  En el caso de estos dos extremos, el uno glorificando el poder y la riqueza, y el otro condenándolos, la persona sincera busca una solución cuerda. Se hace a sí misma preguntas como éstas: ¿Son el poder y la riqueza absolutamente injustos? ¿Tiene razón el anarquista al condenar todo poder, y el comunista en destruir toda riqueza?

  Hay sólo un cartabón con el cual pueden medirse estos ideales, y es por la vida y doctrina de aquel que se pasea por el moderno escenario cuando el tiempo cambia su decorado de Nazaret a New York y de Genesareth al Támesis.

  La escondida vida de Nazaret es la respuesta eterna al problema, y esa respuesta es que el poder y la riqueza son ambiciones e ideales legítimos pero —y aquí Nuestro Señor rompe con el mundo moderno— pero ningún hombre tiene derecho al poder hasta que haya aprendido primero a obedecer, y ningún hombre tiene derecho a la riqueza hasta que primero haya aprendido a ser despojado. Esta es la lección doble de Nazaret contenida en los únicos dos hechos que conocemos acerca de sus años ocultos: primero, que El estuvo sujeto a la obediencia de sus padres: y segundo, que Él fue un pobre carpintero de aldea.

  Primero, una palabra acerca del poder. Nazaret no es una historia trillada acerca de la belleza de la esclavitud y de la sujeción, como algunos enemigos del cristianismo podrían hacernos creer. Si Nuestro Señor fuera meramente un niño humano sin ninguna prerrogativa divina, entonces el taller del carpintero podía dar la lección de que el poder es injusto. Pero la obediencia es apenas la mitad de la lección, de Nazaret. Nuestro Señor fue obediente; fue un servidor; estuvo sujeto. ¡Pero fue más que eso! Fue un poder que se hizo obediente, un amo que se hizo siervo, y un señor que no vino para ser administrado sino para administrar.

  Su poder en el orden humano alcanzó hacia atrás cuarenta y dos generaciones hasta Abraham, y en el orden divino, hasta la generación eterna en el seno del Padre Eterno; a su nacimiento su poder fue saludado por las sinfonías arpégicas de los glorias angélicos; su poder a los doce años confundió a los sabios doctores del templo cuando El aclaró para ellos la sabiduría de un hijo en los negocios de su Padre Celestial; su poder a los treinta hizo que las aguas inconscientes se sonrojaran convirtiéndose en vino y al mar agitado entrara en calma; y su poder a los treinta y tres hizo recordar a un Poncio Pilato que estaba a punto de ejercer su autoridad como gobernador y soberano que el asiento real de su poder no estaba en Roma, sino arriba en los cielos. No obstante, aquel que tuvo todo este poder y quien dijo que a Él "es dado todo poder en los cielos y la tierra", pasó prácticamente toda su vida en una aldea menospreciada y un valle sin importancia, sin ningún refulgir de pompas y circunstancias exteriores, sujeto a una Virgen y a un hombre justo, a quienes conocía antes que fueran, y quienes después de haber sido hechos eran en realidad sus propios hijos. Esto no fue más que una lección para el mundo que interpreta mal el poder, ya sea glorificándolo, ya sea derribándolo; a saber, que ningún hombre tiene derecho a mandar hasta que haya aprendido a servir, y ningún hombre tiene derecho a ser amo, hasta que no haya aprendido a ser un siervo, y ningún hombre tiene derecho al poder hasta que haya aprendido a obedecer.

Fulton J. Sheen - "El Eterno Galileo". Ed. Galle La Luna


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miércoles, 7 de agosto de 2013

EL SILENCIO - Por Mons. Fulton Sheen

  Un filósofo chino ha dicho: “Los americanos no son felices; ser ríen demasiado.” Una risa ruidosa es disipación; una sonrisa es comunión. La risa es chillona y sale de fuera del corazón; la sonrisa es tranquila y sale del interior del corazón. ¿Por qué tiene tanto atractivo el ruido en la moderna civilización? Probablemente porque las almas carentes de dicha y desilusionadas tienen necesidad de él para no fijarse en su insatisfacción. Ninguna casucha es tan pequeña ni está tan oscura, tan húmeda ni deteriorada como el interior de un modernista. El bullicio y el ruido externo apartan al alma de la contemplación de las heridas íntimas y retrasan su cicatrización.

  Cuanto más nos aproximamos al espíritu, tanto más aumenta el silencio. A cada paso que da la criatura hacia el Creador, disminuyen las palabras. En los comienzos, el amor habla; luego, al profundizar en su abundancia, desaparecen las palabras. Al principio está el Verbo hecho carne; después, el Espíritu, que es demasiado profundo para las palabras. Al principio, el Verbo se “expresa” en Galilea; luego vienen los nueve días de silencioso retiro, en espera de la Pentecostés. Cuanto más profundo es el cariño del marido con la esposa, menos habla él delante de los demás.

  Son tontos los que dicen que se quieren porque les gustan las mismas cosas: los paseos de otoño, la música de Wagner, la poesía, los valets o los objetos raros. Estas predilecciones “exteriores” no les servirán para nada si no se quieren entre sí en silencio. El amor aumenta y se despierta con el silencio. La amistad nace con las palabras; el amor proviene del silencio.

  También tiene el silencio armonías y equilibrio. Se precisan cuando menos dos personas para producir verdadero silencio. En el desacuerdo puede existir silencio, pero no comunidad de paz. El conferenciante que no se ha preparado habla más que el que se preparó. Cuanto más clara es la intuición de la verdad, menor es el número de palabras que se necesitan. En Dios sólo existe una Palabra que resume todo lo que se conoce o debe ser conocido.

  La clave del misterio de María, Madre de Jesús, la tenemos en su silencio. Los Evangelios solamente nos recuerdan hablando siete veces a lo largo de los treinta y tres años de íntima convivencia con Su Divino Hijo. Esto desmiente a los que atribuyen locuacidad a la mujer. La Virgen se calló aun en momentos en que creemos que debiera haber hablado. ¿Por qué no descubrió a José cuando pensaba repudiarla que el Niño lo había concebido en el templo de Su Cuerpo por el amor del Espíritu Santo? Tal vez le impulsara a frenar su lengua un sentido de pudor femenino, pero parece más probable que callase por saber que Dios, que había empezado el milagro en ella, aclararía también el misterio.

  Es una regla absoluta de santidad no justificarse nunca ante los hombres. El Evangelio nos dice sencillamente que, acusado falsamente ante los jueces, “Jesús callaba.” El Señor nunca contestó a una mentira.

Fulton Sheen - Nuestra Madre: “La Virgen del Silencio” 

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domingo, 9 de junio de 2013

EL TEMOR A LA BONDAD Y EL TEMOR A LA VERDAD - Por Mons. Fulton Sheen

  ¿Qué es lo que nos hace temer a Dios? Siendo Él amor, ¿no deberíamos abrazarle?; siendo Él Vida, ¿no deberíamos ser una sola cosa con El?; siendo Él la Verdad, ¿no deberíamos seguirle en pos?…

TEMOR DE LA BONDAD

  Todos han experimentado ese temor en el orden físico. No tememos a la bondad misma, pero sí al dolor que es su precio. Se teme la extracción de un diente y una operación médica, porque los buenos efectos que deseamos no aparecerán si no hemos pasado por un momento o un espacio de tiempo en el que hemos de sufrir.

  De una manera semejante, el bien espiritual puede ser temido porque demandará un desenraizamiento doloroso de lo que es malo.

  Como algunos se acostumbran a vivir en la suciedad, así otros se acostumbran al pecado; y como algunos temen limpiar sus casas y habitaciones, así temen otros la Confesión.

  Este temor de la Bondad se halla presente en muchos niveles o estados de la vida espiritual. Siempre que hay algo que deba ser rendido y entregado, sea algo pecaminoso o que lleva al pecado, como el orgullo, la lujuria, la avaricia, o algo sólo medianamente egoísta… entonces el alma se muestra renuente a tener que hacer estos sacrificios éticos y morales que demanda la religión. Dios es temido porque es la Bondad, y la Bondad no tolera imperfecciones en nosotros. Si Dios fuera de mentalidad ancha y cómoda acerca de que fuéramos injustos con el prójimo, o fuera tolerante acerca del divorcio y nos autorizara un segundo y tercer matrimonio, entonces nadie temería a ese amable y paciente abuelo, Dios. Pero el alma se distancia de un Dios que no puede ser engañado, ni sobornado, lo teme, no porque no sea bueno, sino porque es demasiado bueno, porque es la Bondad misma.

  Dios nos ama demasiado para dejarnos que estemos confortablemente en nuestros pecados. Vemos que el violinista, precisamente porque desea obtener los mejores sonidos de su violín, estira las cuerdas con disciplina dolorosa hasta que producen la nota perfecta.

  Si Nuestro Señor fuera liberal con nuestros pecados y los tomara ligeramente, nunca habría sido sentenciado a la muerte de la cruz. Tuvo por lo menos cinco buenas oportunidades para dejarnos como nos hallábamos: pudo haberse plegado a los fariseos o cortejado a los herodianos, también pudo haber renunciado a su Autoridad Divina ante Pilatos, o haber hablado ante el malvado Herodes o finalmente, haber descendido de la Cruz en lugar de pagar en ella la pena de muerte por los pecados. No ha de maravillar que, ante esa persistente y resuelta Bondad, los que se hallaban cerca de la Cruz exclamaran: “Desciende, desciende de la Cruz y creeremos”. Querían una Cruz sin un Crucificado, un Maestro pero no un Salvador, un Púlpito pero no un Confesionario, una Comunión, pero nunca un Sacrificio.

  La Bondad demanda que seamos perfectos, y nada inferior satisfará a Dios. El pensamiento de los grandes cambios que eso exigirá en nosotros, es capaz de asustar. Tememos al dolor más de lo que queremos la curación que traerá consigo.

TEMOR DE LA VERDAD

  La gente teme a Dios porque es la Divina Verdad; ese temor les hace pasar la vida en la mediocridad, en la indiferencia y falta de fe. San Pablo mencionó esto escribiendo a los Gálatas: “¿Me he creado enemigos entre vosotros por decir la verdad?”(Gál. IV, 16). Hay una diferencia entre nuestro alejamiento de Dios por ser la Bondad y por ser la Verdad. La Bondad es temida, pero no puede ser plenamente odiada, porque incluso al rechazar la perfecta Bondad aun se ama un bien imperfecto; el temor es suscitado porque sospechamos que el Bien máximo de Dios apartará de nosotros algunos bienes menores, a los que amamos. Pero la Verdad no es tanto temida cuanto es odiada, porque es hiriente y repugna al ego. El hombre, incapaz de soportar lo que se llama la “terrible verdad” acerca de sí mismo, concibe un odio contra la verdad misma. Aun cuando disfrace esa actitud con el aparente paliativo de agnosticismo, o con la desesperación que siempre sigue a la arrogancia, y con el violento cinismo y el odio de toda la vida, ese hombre huye de la verdad por el temor de las exigencias que pueda hacerle.

  La verdad puede ser odiada por cualquiera de estas tres razones:
1) A causa de nuestro orgullo intelectual, que se niega a admitir que una posición, una vez adoptada puede ser falsa. (…) Con el tiempo esto lleva al prejuicio y al empecinamiento irrazonado, lo que ciega a la mente respecto de la Verdad, mediante el odio.
2) También se puede odiar a la verdad porque su aceptación requeriría que abandonáramos nuestros malos caminos. Así como el alcohólico odiará a la verdad de que el alcoholismo ha arruinado su salud, y por lo tanto debe dejarlo, así se puede odiar a la verdad que se halla en Cristo, en su Iglesia, porque exige un modo de vida contrario al modo adoptado de pecado y disolución.
3) También se puede odiar a la verdad cuando implica que otra Mente conoce la verdad de nuestras faltas, y no puede ser engañada por el falso exterior de piedad con que se engaña al mundo. Esto explica por qué tanta gente odia la doctrina del Juicio Final o se niega a creer en el Infierno como lugar de castigo. La verdad de Dios que conoce lo que realmente son, les repugna tanto que sus mentes son capaces de construir un credo personal, descabellado, que esté de acuerdo a sus alocados modos de vida. El bien nunca niega la verdad del Infierno, pero el mal lo hace frecuentemente a fin de aquietar su intranquila conciencia.

  En todos los casos mencionados la Verdad es odiada porque el egoísta desea ser ley en sí mismo, y eludir así la responsabilidad, o también porque desea continuar una vida equivocada y errada que la Verdad condena, o también porque desea que nadie más sepa la verdad acerca de él.

  Ninguno querrá admitir, con palabras explícitas, que teme a la Bondad u odia a la Verdad, porque ambas son admirables en sí mismas para todos nosotros. Pero la mente recurre a racionalismos para justificar su rechazo de lo verdadero. Todas las personas no religiosas o antirreligiosas son escapistas; temerosas de inquirir, de buscar la Verdad o de seguir la virtud, racionalizan su escapismo mediante la indiferencia o la burla, el ridículo o la persecución. La forma más popular de cubrir el odio a la Verdad y el temor de la Bondad consiste en la indiferencia, que todos los “cerebros” denominan agnosticismo, negando que exista la Verdad. Con una cultivada indiferencia respecto de la distinción entre verdad y error, anhelan tornarse inmunes de toda responsabilidad en lo que hace al modo cómo viven. Pero la negación estudiada a distinguir entre justo e injusto, en realidad de verdad no es indiferencia o neutralidad: es una aceptación de lo injusto, de lo erróneo.

  La burla y el ridículo de la religión forman otro medio mediante el cual el temor de la Bondad y el odio de la verdad dentro de nuestro corazón, son proyectados a la Bondad y a la Verdad existentes fuera de nuestro corazón. Las personas virtuosas, piadosas y religiosas frecuentemente son ridiculizadas y mofadas en las oficinas y fábricas. Rebajando la bondad de los demás, esos burladores esperan justificar su propia carencia de bondad. Pero el que se mofa de la Bondad o la Verdad Divinas, ya ha desenraizado a las mismas de su propia alma. Todavía sobrevive la posteridad de Herodes: al verse confrontados con una Verdad que acusa, calman sus conciencias cubriendo a Cristo con una túnica de loco. El mal no puede soportar la visión de la Bondad, porque es un juicio de culpabilidad, un reproche para la maldad que no se arrepiente, por eso siempre al hallarse con ella quiere envilecerla y abusar de la misma. Búsquese la religión que es perseguida por el espíritu mundano y se hallará así la religión Divina. Si Nuestro Señor no hubiera sido la Bondad perfecta nunca hubiera sido crucificado.

  El tercer tipo de “escapismo” o huída de la Verdad, es el ateísmo, tan violento en su odio que si pudiera destruiría a la Verdad y a la Bondad. Hasta el siglo presente sólo se negaba de un modo general uno u otro aspecto de la verdad, a un mismo tiempo; ahora se hace oposición a la Verdad total. Se ha cumplido la advertencia del Señor: “Vendrá un tiempo en que todo el que os condene a muerte proclamará que está realizando un acto de culto a Dios” (Juan XVI, 2). Estar en pecado y temer al pecado puede ser un camino hacia la Bondad; pero estar en pecado y temer a la Bondad y odiar a la Verdad, es demoníaco. San Agustín, quien durante su juventud luchó contra la Verdad Divina, conoció porqué hay hombres que odian a la Verdad, puesto que él la odió durante tantos años y su respuesta es la siguiente:

  Los hombres aman a la Verdad cuando ella ilumina, la odian cuando la misma reprueba. Aman a la Verdad cuando se descubre dentro de ellos, y la odian cuando los descubre a ellos. De ahí que ella haya de pagarles, que a ellos, quienes no querrían ser manifestados, contra su voluntad los haga manifiestos, y se vuelva manifiesta a ellos. Sí, de ese modo la mente del hombre, ciega y enferma, alocada y mal favorecida, desea ser ocultada, pero no lo logrará.

  Es dable preguntar si en toda la literatura hay un ejemplo más claro de cómo los hombres temen a la Bondad y odian a la Verdad que en la historia de Juan el Bautista. Nuestro Señor alabó la bondad de Juan, diciendo: “Entre los nacidos de mujer nadie es superior a Juan el bautista” (Lucas, VII, 28). Un día ese hombre bueno fue invitado a hablar en la corte de Herodes, ante una audiencia de gente rica, con muchas personas divorciadas y muchas casadas otra vez. El sermón fue breve: señalando con un dedo al Rey, el Bautista profirió con voz de trueno esta verdad: “No está bien que vivas con la mujer de tu hermano”. Un minuto después Juan estaba encadenado. Pocos meses más tarde, intoxicado Herodes por el vino y por las sensuales danzas de Salomé, prometió a su hermosa hijastra que le concedería cualesquiera cosa le pidiese, y aconsejada por su madre le dijo Salomé: “Dame la cabeza de Juan el Bautista”. El mal siempre matará a la bondad cuando ésta se ha convertido en reproche; la de la virtud es una carrera peligrosa.


"Eleva tu corazón: Por qué el ego teme el mejoramiento". Editorial Difusión. Bs. As. 1956.




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