San Juan Bautista

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domingo, 6 de octubre de 2013

Seguir en conciencia a Cristo, su Iglesia, Tradición y Magisterio o al Papa Bergoglio en sus errores

Un Mensaje en Estado Líquido
Pietro De Marco

Prof. de Sociología de la Religión en la Universidad de Florencia y en la Facultad de Teología de Italia Central.
                     
  En conciencia tengo que romper con el coro cortesano, que componen los nombres de todos los laicos y el clero por demás conocidos, que cada mes acompaña las intervenciones públicas del Papa Jorge Mario Bergoglio, para informar sólo acerca de algunos de los lugares comunes en que cae su discurso.

  Nadie está exento, en la conversación diaria del ámbito privado y entre casa, de incurrir en aproximaciones y exageraciones, pero no hay nadie que tenga la responsabilidad de hablar frente a muchos -por ejemplo el que enseña- que deje de adoptar en público otro estilo y trate de evitar la improvisación.

  Ahora, sin embargo, leemos de un Papa que exclama: "¿Quién soy yo para juzgar?", como se puede decir enfáticamente en la mesa o incluso predicando unos ejercicios espirituales. Pero frente a la prensa y al mundo un "¿Quién soy yo para juzgar?" dicho por un Papa entra en discordancia con la historia entera y la naturaleza profunda de la función de Pedro, provocando además la desagradable sensación de una salida irreflexiva. Dado que el Papa Francisco tiene ciertamente conciencia de sus poderes como Papa, es -fuese lo que fuese lo que quería decir- un gran error comunicacional.

  Hemos leído después en la entrevista de "La Civiltá Cattolica" la frase: "La ingerencia espiritual en la vida personal no es posible", que parece igualar bajo la figura liberal-libertaria de la "ingerencia", tanto el juicio teológico y moral, cuanto la evaluación pública de la Iglesia, en los casos que se hace necesaria, e incluso la solicitud de un confesor o director espiritual para señalar, prevenir, sancionar las conductas intrínsecamente malas.

  Bergoglio adopta aquí inconscientemente un típico cliché de la posmodernidad, según la cual la decisión individual es, como tal, siempre buena o al menos siempre dotada de valor, en cuanto personal y libre como ingenuamente se piensa que es siempre.

  Esta tergiversación se encubre, no sólo en Bergoglio, a partir de consideraciones relativas acerca de la sinceridad y el arrepentimiento de la persona, como si la sinceridad y arrepentimiento cambiaran la naturaleza del pecado y prohibieran a la Iglesia llamarlo por su nombre. Además, es muy dudoso que sea misericordia el guardar silencio y no objetar lo que todos hacen por el hecho de que lo hacen libre y sinceramente: siempre hemos sabido que esclarecer, no ocultar, la naturaleza de una conducta de pecado es un acto eminente de misericordia, porque permite al pecador el discernimiento sobre sí y su propio estado según la ley y el amor de Dios. Que hasta un Papa parezca confundir de hecho la primacía de la conciencia con una especie, de hecho, de inmunidad frente al juicio de la Iglesia es un peligro en el ejercicio del magisterio que no puede ser subestimado.

  Luego, ayer, en "la República" del 1 de octubre, hemos leído afirmaciones demasiado riesgosas. Nos enteramos de que "el proselitismo es un disparate solemne, no tiene sentido", como respuesta a la cuestión de intentar convertir a alguien propuesta con cierta ironía por Eugenio Scalfari. Procurar la conversión del otro no es un "disparate"; si bien puede hacerse de manera tonta, o de manera sublime como lo han hecho muchos santos. Recuerdo que los cónyuges Jacques y Raïssa Maritain, también ellos convertidos, deseaban y procuraban ardorosamente el regreso a la fe de sus grandes amigos.

  Luego leemos que, en respuesta a la objeción relativista de Scalfari acerca de: "Si hay una única visión de lo que es el Bien, ¿quién la establece?", el Papa concede que "cada uno de nosotros tiene su propia visión de lo que es bueno" y "que nosotros debemos incitarlo a avanzar hacia lo que él piensa que es bueno".

  Ahora bien, razonando, si todo el mundo tiene "una propia visión de lo bueno" que debe realizar, tales visiones no pueden sino ser muy diferentes y entrar en contraste y en conflicto con frecuencia mortal, como lo registra la crónica y lo demuestra la historia. Incitar a proceder de acuerdo con la visión personal de lo bueno es en realidad incitar a la guerra de todos contra todos, a una lucha feroz, porque no está dirigida a lograr "el Bien", sino a lo útil o a algún otro bien contingente. Es por esto que las visiones particulares -incluso las dirigidas por las intenciones más sinceras- deben ser regidas por un soberano, o modernamente por las leyes soberanas, o finalmente por la ley de Cristo, que no admite matices concesivos en términos individualistas.

  Quizás el Papa Francisco quería decir que el hombre, según la doctrina católica de la ley natural, tiene la capacidad originaria, un impulso primario y fundamental dado (no "suyo" particular, sino universalmente dado) por Dios, para distinguir entre lo que es en sí mismo Bueno de lo que es en sí mismo Malo. Pero aquí se inserta el misterio del pecado y de la gracia. ¿Acaso se puede exaltar a san Agustín, como lo hace el Papa, e ignorar que en todo "lo que el hombre puede pensar de bueno" siempre interfiere el pecado? ¿Se puede ignorar que existe una dialéctica entre la Ciudad de Dios y la Ciudad del Hombre y del Diablo, que es la "Civitas" (Ciudad) del amor propio? Si el Bien fuese aquello que la persona piensa que es bueno, y si la convergencia de estos pensamientos fuese lo que salva al hombre, ¿qué necesidad habría de la ley positiva en general, de la ley de Dios en particular y de la encarnación del Hijo?

  Sigue diciendo el Papa que "el Vaticano II, inspirado por el Papa Juan y por Pablo VI, decidió mirar al futuro con espíritu moderno y abrirse a la cultura moderna. Los Padres conciliares sabían que abrirse a la cultura moderna significaba ecumenismo religioso y diálogo con los no creyentes. Desde entonces se ha hecho muy poco (!) en esa dirección. Yo tengo la humildad y la ambición de querer hacerlo".

  Todo esto suena como un a priori poco crítico: ¡Cuánto "ecumenismo" destructivo y cuánto "diálogo" subordinado a las ideologías de la modernidad hemos visto en acción durante las últimas décadas, y que sólo Roma, desde Pablo VI a Benedicto XVI, le ha puesto una barrera! El Bergoglio que criticó las teologías de la liberación y de la revolución no puede ignorar que "el diálogo con la cultura moderna" implementado después del Concilio fue muy otra cosa que un "ecumenismo" correcto.

  Paso por alto las concesiones del Papa a una mediocre polémica anti-papal ("los papas a menudo narcisos", "influidos negativamente por cortesanos"), las bromas sobre "clericalismo" (¿qué tiene que ver san Pablo? ¿Santiago era un clerical?), la concesión apresurada de que la "única" forma de amar a Dios sea el amor a los demás, proposición que altera Mc. 12, 28-34, y que legitima un cristianismo social y sentimental que desde hace siglos menoscaba el misterio de Dios.

  El Papa Francisco se muestra como un típico religioso de la Compañía de Jesús, en su fase reciente, convertido por el Concilio en los años de formación, particularmente de lo que yo llamo el "Concilio externo", el Vaticano II de las expectativas y de las lecturas militantes, creado por algunos episcopados, sus teólogos y los medios de información católicos más influyentes. Uno de esos hombres de Iglesia que, en su tono flexible y dúctil ante los valores no cuestionables, son también los "conciliaristas" más rígidos, convencidos después de medio siglo de que el Concilio esté todavía por ser realizado y de que las cosas se hacen como si estuviésemos todavía en los años Sesenta, en lucha contra la Iglesia pacelliana, la teología neoescolástica y el modernismo laico o marxista.

  Por el contrario: lo que el "espíritu del Concilio" quería y podía activar ha sido dicho y experimentado en los decenios pasados y hoy se trata antes que nada de hacer un examen crítico de sus resultados, a veces desastrosos. Creo que el camino para la verdadera aplicación del Concilio fue abierta por la obra magisterial de Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger, a veces contra sensibilidades católicas y episcopales a lo Bergoglio.

  Algunos sostienen que Francisco podría ser, en cuanto Papa postmoderno, el hombre del futuro de la Iglesia, más allá de tradicionalismos y modernismos. Pero lo postmoderno que puede echar raíces en él -como la liquidación de las formas, la espontaneidad de su conducirse en público, la atención a la aldea global- es sólo algo superficial. Con su ductilidad y sus esteticismos lo postmoderno es poco elogiable en un obispo de América Latina, donde ha prevalecido durante mucho tiempo, y hasta ayer, en la inteligencia lo Moderno marxista. El núcleo sólido de Bergoglio es y permanece siendo "conciliar".  En el camino emprendido por este Papa, si se confirma, veo sobre todo la cristalización del "conciliarismo" pastoral dominante en el clero y el laicado activos.

  Ciertamente, si Bergoglio no es postmoderno, la recepción que le ha brindado el mundo sí lo es: el Papa agrada a derecha e izquierda, a practicantes y a no creyentes, a todos por igual. Su mensaje principal es "líquido". Sobre este "éxito", sin embargo, no se puede construir nada, sino sólo algo vuelto a pegar que ya existe, y no es lo mejor.

  De tal apariencia "líquida" son signos preocupantes para aquellos que no son propensos al discurso políticamente correcto y relativista de la modernidad tardía:

a) las concesiones a frases hechas tales como "cada uno es libre de hacer...", "¿Quién dice que las cosas deban ser así?...", "¿Quién soy yo para?..." que se dejan caer con la convicción de que sean dialogales y actualizadas;

b) la falta de control de parte de personas de confianza, pero sabias y cultas, e italianas, de los textos destinados a circular, quizá en la convicción papal de que no haya necesidad de ello;

c) una cierta inclinación autoritaria ("Yo haré todo para...") en singular contraste con los frecuentes supuestos pluralistas, pero típica de los "revolucionarios" democráticos, con el riesgo de colisiones imprudentes con la tradición milenaria.

  Además, es incongruente en este Papa Francisco este tomar iniciativas de comunicación pública y este querer expresarse sin filtros (la imagen sintomática del apartamento papal como un embudo), que revelan indisponibilidad a sentirse a sí mismo un hombre de gobierno (algo mucho más difícil que ser un reformador) en una institución tan elevada y 'sui generis', como es la Iglesia Católica. Las salidas del Papa acerca de la Curia del Vaticano lo evidencian.

  El suyo es, por momentos, el comportamiento de un manager moderno e informal, de aquellos que se muestran mucho a la prensa. Pero este aferrarse a personas y cosas que están afuera -colaboradores, amigos, prensa, opinión pública, el mismo apartamento en Santa Marta está "afuera"- como si el hombre Bergoglio temiese no saber qué cosa hacer una vez solo, como Papa, en el apartamento de los Papas, no es positivo. Y no podrá durar. Hasta los medios se cansarán de hacerle escaparate a un Papa que los necesita demasiado.

 Florencia, 02 de octubre 2013

Fuente: http://magister.blogautore.espresso.repubblica.it/2013/10/02/de-marco-su-papa-francesco-in-coscienza-devo-rompere-il-coro%E2%80%A6/


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

2 comentarios:

  1. Gaugamela6/10/13 16:13

    Otro repaso más, y van... No está mal. Que vaya tomando nota de que lo poco agrada y lo mucho enfada, y que si la prensa, en general, le ha hecho la ola durante unos meses, puede revertir, pasado un tiempo, en aceradas críticas, no porque comience a ser el Papa que la Iglesia necesita, defensor de la Palabra sin tergiversaciones propias (como suele hacer), defensor y maestro de la Verdad , como lo fue, y sigue siendo BXVI, sino porque le exija, cada vez con mayor frecuencia, un avance hacia posiciones más alejadas de esa misma Verdad, de ese Magisterio lo suficientemente definido, pero que no tolera el mundo en cuando tal. Porque, como en aquel artículo le recordó un periodista, la Iglesia perdona, el mundo, no.
    Aunque no creo que esté por la labor de hacerle caso a esa frase; más bien pienso que se tirará al monte y se asilvestrará con más ahínco. Al tiempo. Este hombre ("dolor" más bien) no cambia así como así. Es de cabeza dura y, como se señala en el texto, de tintes autoritarios y absolutos. Se sobra y se basta sólo para hacer de su capa un sayo. Y desmantelarlo todo, dicho sea de paso.

    En fin, don Augusto, que nos tocará sufrirlo hasta que Dios quiera. Estamos al margen de esas "periferias" de las que él habla como una cotorra alocada.

    Un saludo y que Dios no nos abandone.

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    1. Sabiendo que para Dios no hay imposibles podemos asegurar que el cambio aún en una persona como Bergoglio es posible. Ahora, tenemos que saber que para que esto pase, definitivamente se tiene que operar un milagro de la gracia que hasta torcería su voluntad de alguna manera.
      Lo que no podemos negar, son los antecedentes y la actualidad de esta persona.
      El tratar de hacer el Magisterio "tolerable" para el mundo, no es algo nuevo en Bergoglio. Pero esto no es lo único que hay que considerar para apreciarlo con justicia, sino algo que no se puede dejar pasar por alto, es su aversión hacia lo tradicional en la Iglesia. Y si existe un Papa que odia la Tradición, entonces no se con que parámetros de normalidad se puedan juzgar las situaciones.
      Son tiempos poco comunes, y la perdida de la capacidad de asombro, desde mi punto de vista, es algo que muestra la magnitud de la anormalidad de estos.
      No creo que falte mucho para que empiecen a reaccionar sacerdotes, obispos y cardenales.
      Me pareció interesante publicar este artículo viniendo de alguien trabajando para la Iglesia.
      En efecto estimada, o estamos afuera de esas periferias, o tal vez algo mucho mejor para nosotros, estamos adentro y estamos resistiéndonos a abandonar lo que con tanta insistencia llama esta persona llama dejar atrás en nombre de la "misionalidad discipular"; la mismísima Iglesia de Cristo.
      Dios no muere.
      P.D. El autocorrector trabaja horas extras si de parafrasear a Bergoglio se trata, con su nueva terminología, no solo hay que salir a hacer exegesis de sus frases sino de cada uno de los términos que utiliza.

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