San Juan Bautista

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lunes, 5 de mayo de 2014

Domingo del Sin Pastor - "Wanderer Revisited"

  Al último domingo, segundo de 
Pascua, se lo llama del “Buen Pastor” ya que en él se lee el bellísimo y enternecedor texto del evangelio de San Juan en el que Nuestro Señor se compara con el pastor bueno que da la vida por sus ovejas. Y dice: “Yo soy el buen pastor, y conozco a mis ovejas, y las mías me conocen”. Y la razón por la que las ovejas conocen a su pastor es porque conocen su voz, que llama a cada una por su nombre, con el mismo tono y con la misma intensidad cada vez que se acerca a ellas.

  Comparto aquí una charla al respecto entre los amigos que hacemos el Wanderer. A ellos corresponden los créditos de este post:

  Si el pastor del rebaño hablara cada vez de un modo distinto, llamara con nombres diferentes a sus ovejas o, peor aún, propinara patadas y golpes con su cayado a su rebaño mientras dijera palabras amables a los lobos merodeadores sería, quizás, un mal pastor, pero lo que con mayor seguridad podemos decir es que ese aprisco estaría sin pastor, pues el suyo no cumple las funciones específicas para las cuales fue designado.

  Y es esa la sensación que padecemos desde hace mucho tiempo un buen número de fieles católicos argentinos. Casi me animo a decir que tenemos el cuero curtido luego de años de abandono y persecución por parte de nuestros obispos, y ahora que justamente nuestro obispo primado llegó a Papa, la espantosa sensación de orfandad se ha intensificado. Digámoslo claramente: no tenemos pastores, excepto a algunos buenos sacerdotes y religiosos, medio perseguidos y ocultos, que nos alientan con sus palabras y nos alimentan con los sacramentos. Y quiero discutir aquí el caso más grave de todos, el del papa Francisco, que confunde continuamente a sus ovejas con cambios de discursos, de tonalidades, de nombres; propinando bastonazos a los suyos y sonrisas y halagos a los lobos.

  Podemos distinguir en esto dos posturas. La primera, más dura, es la de Sherlock Holmes. Dice el detective inglés: “Yo nunca supongo nada. Es un mal hábito que destruye la facultad de pensar lógicamente. Lo que te parece extraño es solamente porque no sigues la evolución de mi pensamiento ni observas los pequeños hechos de los cuales dependen las inferencias más importantes.”.

  Se trata de observar, según Holmes, los pequeños hechos a fin de deducir las inferencias mayores. Si aplicamos este principio al papado del cardenal Bergoglio, podemos encontrar muchísimos hechos en principio insignificantes si se los toma aisladamente pero que, si se los anuda unos con otros, se descubre una peligrosa red de cambios y direcciones equivocadas. Las entrevistas, llamadas telefónicas y afirmaciones casuales; el cambio en las rúbricas, el rompimiento de tradiciones seculares, la ostentación de humildad, la inacabable letanía de insultos y desprecios dirigidos hacia los católicos tradicionales y hacia la piedad tradicional, la actitud desenfadada hacia toda disciplina, la reinstalación de herejes pertinaces, las frecuentes auto-contradicciones que hacen imposible saber qué es lo que realmente cree el Pontífice, el recurso a pensadores heterodoxos, la expresión de sentimientos de afecto hacia sostenedores de ideologías peligrosas, el aliento de expectativas con muchísima anticipación de los hechos, el disimulo de malas conductas bajo el nombre de “misericordia” o “preocupación pastoral”, etc, etc. etc.

  Todos estos hechos y actitudes a las que nos ha acostumbrado el papa Francisco, fácilmente comprobables a diario, parecieran, en sí mismas, no ser más que insignificancias o detalles en los que reparan solamente aquellos que siempre están prontos a criticarlo. Pero si comenzamos a armar el listado o a “tejer” los hechos, las inferencias a las que llegaría Holmes o cualquier persona sensata, son de extrema gravedad. En pocas palabras, el Sumo Pontífice tendría un objetivo muy claro y hacia él se dirigiría: arruinar (= convertir en ruinas) a la Iglesia y a la fe tal como la hemos conocido durante siglos. Si ese fuera el caso, podría ser asimilado a los apocalípticos pontífices que encontramos retratados en los libros de Benson, Castellani, Lacunza, y tantísimos otros. Las profecías se estarían, aparentemente, cumpliendo.

  Pero hay otra posibilidad, por la que yo me inclino: si bien el diagnóstico descrito es acertado, hay que tener en cuenta un detalle ineludible: Bergoglio es un personaje menor, al que el papel de papa apocalíptico le queda demasiado grande, a no ser que la Providencia quisiera reírse un poco más de nosotros que siempre hemos imaginado a ese personaje como un gran príncipe lleno de inteligencia y maldad y nos cuesta verlo como un mediocre grosero y de intelecto menguado.

  El papa Francisco soporta sobre sí décadas de jesuitismo de la peor especie que le estropeó la cabeza y se la unció servilmente al intelecto práctico. Es un hombre maquiavélico que ha convertido la religión en política. Sus contradicciones son notable, pero es un fenómeno frecuentemente observable en los políticos. Cuando uno habla con un político tiene que tener en cuenta que la verdad le importa nada. El político usa la palabra para generar efectos en los sectores de opinión, en el sentido de aceptarlo y votarlo o, una vez en el poder, para fijar líneas de fuerza en la dirección que quiere llevar al rebaño. Esto provoca el hábito de considerar la palabra como una herramienta de dominio o persuasión, a despreciar toda ulterior connotación de la palabra y a quienes buscan algo más. En la persona que entra en este vicio, las contradicciones -por ejemplo, hablar continuamente de que no es más que el obispo de Roma y después irrumpir en la jurisdicción del arzobispo de Santa Fe y del párroco de los juntados- no tienen mayor entidad porque no hay una verdad ante la que responden.

  Por eso está volviendo locos a todos –obispos, curas, fieles y periodistas-, porque no entra en categorías religiosas. Se desenvuelve en un campo religioso, pero sin las restricciones propias de la religión, en una especie de versión personal de lo que hay que hacer que cambia continuamente. Otra vez: esto es típico de la política, donde permanentemente los adeptos a un líder están chequeando lo que hay que pensar y hacer en un momento determinado, de acuerdo a lo que el jefe manda (¿Les suena Mons. Taussig?). Esta sensación de imprevisibilidad es lo más típico de la realpolitik moderna. Nunca se puede estar seguro porque la “ortodoxia” cambia permanentemente, de conformidad con los golpes de timón de la voluntad del jefe.

  Martin Amis, en su biografía sui generis de Stalin, cuenta la historia de un poeta laureado soviético, que solía publicar en el Pravda versificaciones de la política del momento. Por ejemplo, odas a los planes quinquenales y cosas por el estilo. El personaje tuvo un día la idea de escribir un poema con el descenso a los infiernos de Hitler y su recua de fascistas, y la mala suerte de publicarlo el mismo día del pacto Ribentrop-Molotov. Stalin agarró el diario que traía la noticia en primera plana y la Oda en la sección literaria, y dijo: “Díganle a este Dante de pacotilla que seguirá escribiendo versos en Siberia”. La ortodoxia, por exigencias de la realpolitik, había cambiado. No hay principios; los principios cambian según las circunstancias y necesidades.

  Claro, todo esto es historia sabida. No es más que Platón, que ya nos adoctrinó muy bien, hace dos mil quinientos años, sobre quiénes eran y cómo se comportaban los sofistas.



Nacionalismo Católico San Juan Bautista

1 comentario:

  1. Anónimo5/5/14 22:53

    Excelente Articulo Las herejias Bergoglianas le queda perfecto al Tango Cambalache http://youtu.be/MXOsc_WEJPQ

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