San Juan Bautista

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jueves, 13 de abril de 2017

Jueves Santo: Devoción al Santísimo Sacramento (1967) - P. Leonardo Castellani



     “YO soy el pan vivo que desciende el cielo”. Primero hay que comer a Cristo en la fe, después en el Sacramento; y si no se come primero en la fe, de nada sirve comerlo en el Sacramento -dice San Agustín. Pero desde aquí, comienza Cristo a hablar del Sacramento:


-Yo soy el pan de vida.

Vuestros padres en el desierto

comieron el maná, pero murieron.

Este es el pan del cielo descendido

para si alguien lo come,

ése no muera.

Y o soy el pan viviente

que desciende del cielo.

Si alguien deste pan comiere

vivirá eternamente,

y el pan que yo daré es mi carne

para la vida del mundo.



     Discutían entr'ellos los judíos diciéndose uno al otro:


-¿Cómo puede éste darnos

su carne de comer?

Dice Jesús:

-Verdad, verdad os digo:

Si no comiereis la carne

del Hijo del Hombre

no tendréis vida en vosotros.

El que come mi carne

y bebe mi sangre

tiene vida eterna.

Mi carne es realmente comida,

Mi sangre es realmente bebida.

El que come mi carne

y bebe mi sangre,

en mí queda y yo en él.

Como vivo mi Padre me mandó,

y yo vivo por mi Padre,

así aquel que me come,

él también vive por mí.

Este es el pan del cielo descendido,

no como comieron vuestros padres

el maná en el desierto

y después murieron.

El que come este pan

vivirá eternamente.


     He traducido fielmente. Si la traducción cayó en ritmo, es porque el texto también está en ritmo. Sigue después el escándalo de muchos que recalcitran; guiados por Judas -según parece por el texto. Jesús explica que esa comida será celestial, sobrenatural; nombrando como prueba su futura Ascensión a los cielos:


-El espíritu es el que vivifica,

la carne de nada aprovecha.

Las palabras que os he dicho

de espíritu y vida son ...

-¿A dónde iríamos si te dejáramos?

Tú tienes palabras de vida eterna,


     -corta San Pedro la discusión:


-Nosotros hemos creído y conocido

que tú eres el Mesías Hijo de Dios;


     -reconociéndolo como Mesías y más que Mesías.


     Esta es la promesa que suscitó en la Iglesia la más grande de las devociones. Como ven, Cristo habla del Sacramento no como una cosa de lujo sino como una cosa de necesidad: la vida eterna, la resurrección, y “yo estaré en él y él en mí”: un contacto vital entre Dios y el hombre por medio de la carne: un contacto con la fuente de toda vida: todo lo demás que pueda producir la Comunión, gozo, consuelo, paz, es secundario.


     Los cristianos perseguidos grababan en las catacumbas figuras de cestos de pan. Desde el siglo quinto comienzan a alzarse en Europa altares al Sacramento del altar: templos cada vez más imponentes y hermosos hasta culminar en las insuperables catedrales del siglo XIII y las iglesias renacentistas del siglo XVI: montañas de piedra que no parecen obras de hombre, superiores al mortal, que a veces demandaron un siglo para edificarse, y veces quedaron sin terminar -como Amiens, Chartres, Colonio, Beauvais, Narbona y muchas otras; interrumpidas por el terrible flagelo del siglo XIV que se llamó “la Muerte Negra”- catedrales que aún permanecen sembradas a centenares por toda Europa, vacías de fieles, monumentos para turistas, para asombro de generaciones descreídas. No en España: Santiago de Compostela, Burgos y Sevilla funcionan; y allí en España nació una catedral más valiosa, un monumento intelectual, los Autos Sacramentales, dramas alegóricos en honor de la Eucaristía; el talento y el don artístico puestos al servicio del Sacramento y de la instrucción religiosa del pueblo.


     Todo eso pasó, es de otra época, es de la época de la Cristiandad europea. No hacemos ya catedrales sobrehumanas y autos sacramentales; si acaso hoy se producen autos antisacramentales, como esas películas hórridas dese su en Bergmann. Alguien ha dicho que las catedrales de la Argentina son los cines; el Gran Rex, por ejemplo; yo diría más bien que son los Bancos. Las catedrales góticas las hicieron los Gremios; es decir, los obreros; ahora si nos descuidamos los obreros van quemar las catedrales que quedan.


     Leyendo los grandes tratados que escribieron en el siglo XVI los grandes doctores y poetas Luis de León, Luis de Granada, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, hoy día nos dejan fríos: a mí por lo menos: estos días los he releído. Recuerdo que cuando tomé la Primera Comunión, me habían dicho que tendría un gran gozo y que sería el día más grande de mi vida; y por la tarde yo le dije a mi madre resueltamente: “No ha sido el día más grande de mi vida”. Ahora consagro y distribuyo el pan consagrado como si fuese cafiaspirina: con respeto por supuesto, solamente algunas veces hay como un relámpago de asombro y de temor al pensar que tengo en mis manos a Dios en carne y hueso, no tal como Dios está en todas partes, sino en carne y hueso, como está misteriosamente en el Sacramento.


     Todas esas cosas como “el río de deleites”, “un gozo sobre todos los gozos”, “el pan vivo de la paz y del consuelo”, “el vino embriagador que engendra vírgenes”, que hallarán en Fray Luis de León, y en el Psalmo 35, que él cita: “Serán, Señor, vuestros siervos embriagados con la plétora de los bienes de vuestras mansiones; daréisles a beber del arroyo impetuoso de vuestros deleites” ¡ay de mí! yo no los siento, quizás por mis pecados; y lo que es peor, creo que, fuera de las novicias de la Virgen Niña o las Adoratrices, pocos lo sienten ya -o ninguno.


He comido tu Pan,

He bebido tu Vino;

En un día de afán

Sin guía y sin camino.

Tu Pan era tan fofo

Como el pan ordinario,

Tu Vino era tan soso

Como el vino diario.


     Tan es así, que hoy día muchas personas no sienten ninguna emoción en la Comunión -y en las demás ceremonias que la rodean- sino más bien fastidio; y por eso dejan las prácticas religiosas. Una señora literata me decía: “Yo no practico la religión porque las prácticas me aburren; y tengo miedo de arrutinarme, como tantas personas que veo que comulgan cada día y han perdido la humanidad, los sentimientos humanos”. No sé si es verdad esto; pero en todo caso no es razón para dejar la práctica religiosa. Es cuestión de necesidad, no de gusto.


     En vez de sentir lo que dicen los himnos de Fray Luis de León o Paul Claudel al Santísimo Sacramento, yo siento más bien lo que dijo el poeta Max Jakob al poeta Jean Cocteau: Max Jakob era un judío convertido, sólidamente convertido; y Jean Cocteau, un cristiano que se estaba convirtiendo no sólidamente, pues después se desconvirtió. Cocteau le escribió a Max Jakob: “Pero Ud. me manda ir a tomar la hostia, como quien toma una cafiaspirina”. -Es que hay que tomar la hostia como quien toma una cafiaspirina- le contestó el judío. Es decir, no como quien toma una copa de champán sino como un remedio. Es decir, hemos retornado al principio: la Eucaristía-necesidad, no la Eucaristía-lujo. No digo que los devotos del siglo XVI sean reprochables sino más bien envidiables; pero... he ahí. No es ya el siglo XVI.


     Es como en el siglo I, cuando los fieles comían el pan consagrado al fin de una cena, para “dar testimonio de Cristo hasta que Él vuelva”, dice San Pablo; es decir para poder afrontar el martirio, como los anestésicos que le dan a uno antes de una operación. Pues bien, los fieles estamos hoy en el mundo en situación parecida: los verdaderos católicos son una minoría, rodeada de una mayoría de infieles; o sea, indiferentes, herejes o apóstatas. Pero hay una gran diferencia con la primitiva Iglesia; y ella es la zona media entre el buen católico y el hereje; a saber, los que son católicos y no son católicos, los católicos enfriados o adulterados; o como dijo uno “mistongos”: aquellos cuya religión se “naturaliza”, es decir, se vacía de lo sobrenatural y se vuelve una especie de mitología; aquellos que chapurrean la religión pero no la realizan; y aquellos en fin que, sabiendo o no sabiendo, se encaminan a la peor herejía que existe, la adoración del Hombre; bajo palabras o imágenes cristianas. El Domingo pasado por ejemplo leí en “La Prensa” una poesía sobre el Padre Nuestro, que el poeta Capdevila sin duda cree es muy cristiana, y los de “La Prensa” creen es muy moderna -y es modernista: el poeta Capdevila niega la justicia de Dios y pondera su amabilidad; niega que éste es un valle de lágrimas; dice que Dios quiere que la Humanidad triunfe; y el pan nuestro sobresustancial de cada día es para él el pan con manteca y los bifes de chorizo -y el tabaco.


     La Eucaristía es más que nada una necesidad. Nuestra época más que nada necesita remedios. Por radio, revistas, diarios y video escuchamos las más extraordinarias ilusiones acerca de la nueva época, que llaman la época “atómica”: la prosperidad, el progreso, las perspectivas divinas desta época atómica: no más lejos de anteayer oí una conferencia de una destas bachilleras que radiolocutean, toda impregnada de la más necia adoración de la Ciencia, o sea, la adoración o idolatría del Hombre con mayúscula, que será la doctrina del Anticristo: otros adoran la Literatura, la Pintura, Winston Churchill o el Mahatma Gandhi: es todo lo mismo. Me recuerdo lo que dice el Apokalypsis, y justamente a Laodicea, la última Iglesia, “Juicio de los Pueblos”:


“Tú dices: rico soy y opulento

y nada me falta.

Y no sabes que eres pobre,

indigente y enfermo

y ciego y desnudo”.


     En nuestra época atómica, el error religioso y todos los errores tienen la máxima libertad, recursos y auge, de tal modo que parecen invencibles; y la Ciencia ha inventado, ha fabricado y fabrica, los más espantosos instrumentos de destrucción, capaces de despoblar toda la tierra; he ahí, ésa es la opulencia y la prosperidad; corno una tercera parte de la población del mundo padece hambre o desnutrición; unas pestes tremendas, la sífilis, y ainda más el cáncer y las neurastenias (que según algunos biólogos dependen de la sífilis) se han vuelto endémicas; dos guerras casi universales han traído “las guerras y rumores de guerra”, que dijo Cristo, al frente del escenario. Y siga Ud. contando. Prosigue el Apokalypsis:


“Y o te persuado compres de mí oro encendido,

oro probado para que te hagas rico

y te revistas de vestidos blancos

que no aparezca tu desnudez vergonzosa,

y colirio para ungir tus ojos

para que veas”.



     Oro, vestidos blancos, remedios, que son las imágenes continuas de los escritores sacros acerca de la Eucaristía.


“Estoy a la puerta y llamo.

Si alguien me oye y me abre

pasaré la puerta y comeré con él

y él conmigo”.



     Esta comida con Cristo se ha vuelto tan necesaria como el alimento corporal: no por nada Cristo creó este contacto vital en forma de alimento: en el centro de todos los Sacramentos. Los teólogos dicen que por y para la Eucaristía son todos los Sacramentos, y eso es obvio: el Bautismo y la Confirmación son para abrir las puertas, y también la Confesión; la Extremaunción es para suplirla y el Orden para crear sus ministros. ¿Y el Matrimonio? Los catecismos dicen que el fin del Matrimonio son los hijos; o sea producir nuevos comulgantes, Primerocomulgantes. Eso está muy traído de los cabellos. El Doctor de la Iglesia San Roberto Belarmino dice simplemente que la Eucaristía y el Matrimonio son semejantes; porque son la unión de dos personas, en la cual la gracia no es impartida por medio de una cosa, sino personalmente por el autor de la Gracia; y lo mismo dicen los Santos Padres, que Luis de León enumera en su libro en el Capítulo “Esposo”; y en fin, el mismo San Pablo dice que el Sacramento del Matrimonio es una figura de la unión de Cristo con la Iglesia; y por ende, con cada una de las almas fieles; de modo que es una cosa revelada.


     Esta es la alabanza fundamental de la Eucaristía: produzca o no produzca deleite, es secundario. Es una unión íntima de dos personas, no de dos espíritus, como podría ser una conversación, sino también de dos cuerpos; lo cual, esosí, produce frutos espirituales. ¿Qué frutos? “Obras”, dice Santa Teresa, “obras: esa unión debe producir hijos, que son obras buenas”. Cristo ordenó esa unión en forma de alimento, que es la unión más íntima que existe, ya que el alimento entra a hacerse el cuerpo mismo del que lo tomó; pero “no creáis que yo me convertiré en ellos, ellos se convertirán en mí” -dice Cristo en una desas palabras suyas que nos han quedado fuera de los Evangelios, llamadas “loguia” (de las cuales muchas son dudosas y siete son auténticas). Parece un rasgo de la humildad y sencillez de Cristo haber tomado para vehículo de su Cuerpo y Sangre los más comunes de los alimentos, pan y vino. ¿Y por qué no pan y agua? Porque pan y agua son comida de presos, y pan y vino son comida de pobres.


     La Eucaristía y el Matrimonio son semejantes, dice Belarmino.

Son una unión de amor, que produce amor y es producida por el amor. Produce los efectos del Matrimonio (de los buenos matrimonios), hijos, que son obras; remedio de la concupiscencia, y amor mutuo o amistad conyugal, la amistad más fuerte que existe, según Aristóteles.


     Esos deleites y delicadezas de Fray Luis de León y Fray Luis de Granada, ellos los sentían, nosotros no: yo dudo que los sintiera Luis de León, porque raciocina demasiado: la experiencia viva no es tan raciocinadora: Santa Teresa no raciocina. Pero como Cristo no habla de “deleites” sino de “resurrección”, bien podemos decir que todo el “Cantar de los Cantares” está allí en la Eucaristía con efecto retardado hasta la Resurrección. La Comunión con Cristo es en nuestras almas el foquito escondido de la Resurrección de la carne, que algún día ha de inflamarse en una gran hoguera. Que procuremos encenderlo un poco en cada Comunión, bien está; pero si no nos resulta, no es eso lo esencial. Lo esencial es la cafiaspirina: el remedio de la concupiscencia (que significa no sólo la sensualidad sino todas las pasiones desordenadas) bien puede ser que sea EN CIERTO MODO el primer fin del matrimonio; aunque se suele enumerar en segundo lugar: el remedio de las pasiones morbosas, una amistad serena -y los hijos de las buenas obras.


     Quisiera terminar con una oración al Santísimo Sacramento. La oración con que termina Fray Luis de León no me sirve; la mía tiene que ser mucho más humilde y sencilla. Por ejemplo:


Señor Jesús, he pasado la vida recibiéndote

Y he llegado a la vejez ofendiéndote.

Pasé la vida preparándome a comulgar

Y patinando en el mismo lugar.

No he contado las misas, no he sumado las comuniones,

Como hacen algunos de miedo a los ladrones.

Tampoco sé cuántas veces comí pan o vino,

Nunca me faltó y me mantuvo en el camino.

Y supongo que así

Igual, espiritualmente, Tú a mí,


     No es de creer me haya de condenar.

     
     Tu Cuerpo entre mis dientes ¿quién me lo podrá quitar?


He comido tu Pan,

He bebido tu Vino,

En un día de afán

Sin guía y sin camino.

Tu Pan era tan fofo

Como el pan ordinario,

Tu Vino era tan soso

Como el vino diario.

Con respeto y temor

Te consagro y recibo.

Vives en mí, Señor,

En Tí espero estar vivo. 





P. Leonardo Castellani “Domingueras Prédicas” Ed. Jauja – 1997. Págs. 107-116.






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