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martes, 21 de julio de 2020

Actualidad de Mussolini – Jordán Bruno Genta



“Por la Patria morir es dulce y noble”
(Horacio: Odas, lib. III)

La pasión de Italia y una visión arquitectónica del orden romano en el mundo de hoy, definen la personalidad política de Mussolini.

Desde la Marcha sobre Roma (1922) hasta la constitución del Imperio, fue realizando gradualmente la integración de la Nación en un Estado fuerte, pero no absoluto. SU lenguaje prudencial se fue depurando de los excesos iniciales del idealismo hegeliano y del voluntarismo nietzcheano que orientaban su pensamiento político.

La experiencia de la guerra, vivida en el campo del honor, lo había llevado a superar el internacionalismo marxista en una enérgica afirmación de lo nacional. Su profundo sentido de la realidad tenía que dejar atrás utopías e ideologías en boga, para empeñarlo en dos grandes objetivos de la política contemporánea, en el ámbito latino:

1º) La solución de la cuestión social por medio de la integración corporativa del capital y del trabajo, dentro del cuadro natural de la Nación.
2º) La solución a la cuestión nacional por medio de la integración de la Nación en la universidad Católica, o sea, la unión de las dos Romas.

La Carta del Lavoro y el ordenamiento corporativo de la economía, junto con los Pactos de Letrán, son monumentos imperecederos de la política de Mussolini.

Hubo dificultades, abusos y violencias. Hubo finalmente la derrota militar y la caída estrepitosa del Fascismo con el asesinato canallesco del gran patriota; pero ninguna propaganda de la mentira y del odio, por abrumadora que sea, podrá quitarle la gloria de haber sido el primer estadista que promulgó el Derecho y realizó la Justicia del Trabajo en la grandeza de la Nación; ni la gloria de haber dado a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del Cesar.

La verdad es que supo arrancar a su pueblo de la vida vulgar y de una existencia mediocre, para promoverlo a la vida noble y a la conciencia de un destino histórico universal.

¡Qué contraste entre la Italia de Mussolini y la Italia de hoy; entre aquella prosperidad en la grandeza y esta prosperidad en la “dolce vita”!

Un país pequeño en la superficie, sin hierro, sin petróleo, ni carbón, con una tierra gastada por el cultivo milenario, superpoblado y sin porvenir para muchos de sus hijos; un país empobrecido por la guerra, anarquizado por la lucha de partidos y la lucha de clases, fue transformado por Mussolini en el suelo habitable, decoroso, próspero y digno para cincuenta millones de italianos. Se resolvieron las contradicciones internas y se instauró la tranquilidad en el orden; cesó la corriente emigratoria, a la vez que se extendía por el mundo entero, en las colectividades italianas el orgullo de la estirpe.

La Doctrina Social de la Iglesia, desarrollada desde la Rerum Novaum (1881) hasta la Mater et Magistra (1961) y la Populorum Progressio (1967), fue realizada íntegramente en la legislación social y en el ordenamiento corporativo de la economía nacional italiana.

Las declaraciones de principios, las normas y reglamentaciones, cuya vigencia universal reclama la O.I.T. (Organización Internacional del Trabajo), no son más que una transcripción de la Carta del Lavoro.

El nuevo Derecho laboral inaugurado por Mussolini en 1927, reconoce su fundamento ético en la posición de la economía al servicio del hombre.

Más allá del capitalismo liberal y del socialismo marxista, plantea un trato de honor al trabajador – intelectual, organizador o manual –, junto con el respeto a la propiedad privada del capital y a la iniciativa individual; y esta integración y promoción de la justicia social dentro de la grandeza de la Nación.

“El hombre económico no existe; el hombre integral, que es político, que es económico, que es religioso, que es guerrero, que es santo” (Mussolini, año 1933)

Pablo VI insiste en el mismo sentido, que “el desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre”.

La burguesía liberal y el proletariado marxista son productos ideológicos; mitos sociales impuestos por la propaganda, como términos antagónicos de la dialéctica subversiva. No hay en la realidad, dos clases únicas y extremas, exclusivas y excluyentes; pero hay la explotación efectiva de personas, familias y naciones enteras por el poder del dinero; hay la servidumbre de la usura y un feroz resentimiento social que precipita a las Naciones por el plano inclinado hacia el Comunismo ateo, esa avasalladora negación del hombre.

Mussolini nos ha dejado la única salida; la única solución justa.

Las premisas fundamentales de su planteo de la cuestión social son:

a)                    No existe hecho económico de interés exclusivamente privado e individual.
b)                    Desde que el hombre vive en comunidad con sus semejantes, todo acto suyo va más allá de su persona.

Es la condena de la avaricia y del espíritu de usura, tal como acaba de hacer la Iglesia, tal como acaba de hacerlo la Iglesia una vez más, en la palabra de Paulo VI: “La búsqueda exclusiva del poseer se convierte en un obstáculo para el crecimiento del ser y se opone a la verdadera grandeza. Para las acciones como para las personas, la avaricia es la forma más evidente de un subdesarrollo moral”.

En cuanto a los caracteres de la economía corporativa son los siguientes:

1)                    El respeto al principio de la propiedad privada porque integra la personalidad humana. Es un derecho natural pero no condicional y absoluto; comporta el deber de usarla en función social.
2)                    El estímulo de la iniciativa individual. En la Carta del Lavoro se afirma expresamente que el Estado interviene tan solo cuando la economía privada es deficiente o no existe.
3)                    El orden económico en la economía nacional debe realizarse a través de la autodisciplina de las categorías interesadas. Si dichas categorías no encuentran la vía del acuerdo y del equilibrio, el Estado debe intervenir y tendrá derecho soberano en este terreno porque representa al consumidor.

Se trata de la función subsidiaria del Estado que reconoce y justifica la Doctrina Social de la Iglesia, siempre en defensa del hombre.

La Carta del Lavoro establece la Magistratura del Trabajo, las condiciones y garantías de los contratos colectivos, las oficinas de colocaciones, la previsión y asistencia sociales, la capacitación profesional, la preeminencia del trabajo sobre el capital, la participación de los trabajadores en los beneficios, y en la cogestión en el límite debido, así como el acceso a la propiedad de la empresa.

Todos estos derechos se ejercitan realmente a través de la organización sindical o profesional, la cual es libre “pero sólo el sindicato legalmente reconocido y sometido al control del Estado, tiene el derecho de representar a todas las categorías de empleadores o de obreros”. Y las corporaciones integradas por los sindicatos de ambas partes, constituyen la organización unitaria de las fuerzas económicas.

He aquí el camino seguro del bienestar de los individuos y el desarrollo del poder nacional.

El cumplimiento del este programa social, respetuoso de la persona humana y ajustado a las exigencias del Bien Común, le permitió a Italia alcanzar la autarquía económica y el rango de potencia mundial en pocos años.

“En este siglo, afirma Mussolini, no se puede admitir la inevitabilidad de la miseria material… no puede durar el absurdo de las carestías artificialmente provocadas”.

Aparte de esta política de Justicia Social de proyecciones universales, recordemos el título de “hombre providencial” que le discernió Pio XI con motivo de los Patos de Letrán. A pesar de las desinteligencias y de las fricciones que siguieron entre la Acción Católica y el Partido fascista, quedaron definitivamente establecidas las bases de la unidad política y religiosa de la Nación Italiana.

En la hora del triunfo y del máximo prestigio de su gobierno, Mussolini supo reconocer los límites del Poder: “Nuestro Estado no es absoluto y menos todavía absolutista… Nuestro Estado es orgánico, humano y quiere adherir a la realidad de la vida” (14/11/1933).

He querido dar testimonio de la verdad al margen de las deformaciones sectarias, de los intereses ideológicos y de los temores serviles.

Mussolini murió por Italia, que había soñado restaurar en la Grandeza de sus egregios orígenes.

La guerra estaba perdida. El vio plegarse las alas de las águilas y sufrió por el lodo que les arrojaban.

Tal vez pensó en esa hora terrible del escarnio final que iría a conversar con Bruno[1], por sobre el dolor del tiempo, liberado del tiempo. Y ofreció su muerte para que Italia viva…


“Las cicatrices ¡ay! de los hermanos y la muerte criminal nos dan vergüenza. ¿Qué impiedad no tocaron nuestras manos?”
(Horacio: Odas, lib. I, XXXV)


Jordán Bruno Genta

Buenos Aires, julio de 1967.




[1] Bruno Mussolini, tercer hijo del Duce y Oficial condecorado de la Real Aeronáutica Italiana, fallecido en el cumplimiento de su deber.


Revista “Luce itálica” Buenos Aires Julio-Agosto 1967 Año 1 Nº1 págs. 16-18.



Nota de NCSJB: Agradecemos al Dr. Antonio Caponnetto el habernos aportado este invaluable documento.


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martes, 14 de julio de 2020

Doctrina: La Política y la Representación - Bruno Acosta



Con motivo de la silenciada pretensión de Miguel Sanguinetti Gallinal, Presidente de la Federación Rural, en junio de 2018, de impulsar la creación del Consejo de Economía Nacional. Pretensión que saludamos.

La regeneración religiosa, cultural y moral de nuestra Patria requiere, entre otras cosas, la formación de una élite de hombres formados ortodoxamente en la Política. Esto es, en el arte del gobierno de la Polis, de la comunidad.

La anarquía que la Patria padece, por ser tal, revela de consuno el desgobierno al que nuestros gobernantes irremediablemente nos dirigen. Es ostensible, pues, su mala formación en la Política, teórica y prácticamente.

Si la Política es el arte de gobernar una comunidad, debe valerse de los medios adecuados para hacerlo. Entre tantas otras lastimosas equivocaciones, nuestros gobernantes yerran en los medios elegidos para propender al buen gobierno de la Polis.

Uno de esos medios, y he aquí el objeto central de este ensayo, es la representación. Esto es, quiénes serán los individuos encargados de hacer valer directamente la voluntad de la comunidad. La humana “manija” de la Política.

Es evidente que si quienes son elegidos para gobernar la comunidad no la representan verdaderamente,  nunca esa comunidad podrá gozar de una Política sana, de un arte de gobierno bueno y eficaz.  A lo sumo, esos sujetos solamente procurarán satisfacer sus intereses particulares, muchas veces inconfesables.

Es esencial, pues, para la Política, que la comunidad esté debidamente representada.

Nunca se insistirá lo suficiente en esta importantísima premisa. La teoría política moderna ha procurado borrarla implacablemente o, peor aún, ha adulterado el concepto de representación. Puesto que, para la teoría política moderna, la única representación válida es la representación basada en los partidos políticos. Mas los hechos y la doctrina prueban que ello es falso.

La comunidad, al contrario, se ve representada mucho más natural y eficientemente a través de otros cuerpos políticos. Uno de las cuales es el propuesto, al menos a medias, por el artículo 206 de la Constitución Nacional:

Artículo 206°. La ley podrá crear un Consejo de Economía Nacional, con carácter consultivo y honorario, compuesto de representantes de los intereses económicos y profesionales del país. La ley indicará la forma de constitución y funciones del mismo.

Una buena representación es la compuesta, verbigracia, por los representantes de los intereses económicos y profesionales del país, como propone el artículo 206 de la Constitución, a través del Consejo de Economía Nacional.

El artículo 206 satisface a medias, como se dijo, dado que asigna al Consejo un carácter meramente consultivo, y no decisorio como debería tener. Tal tibieza ha sido padecida por los orientales, ya que, desde su inclusión en la Constitución de 1934, el artículo 206 nunca fue invocado, y el Consejo nunca fue constituido. Los orientales hemos tenido que padecer, pues, inexorablemente, el desgobierno de los “representantes del pueblo”, los politiqueros partidistas: pueblo del que sólo se acuerdan en vísperas de las elecciones.

La integración, por ejemplo, de la Cámara de Representantes por individuos portavoces de los intereses económicos y profesionales del país aseguraría a esos sectores la directa satisfacción de sus intereses: tendrían potestad para legislar y reglamentar. ¡Cuántas de sus legítimas pretensiones podrían asegurarse con eficacia, sin diluirse en la almibarada logomaquia parlamentaria! Por poco que se piense, se concluye que los partidos políticos, a fuer de representar todos los intereses del país, terminan por representar ninguno. Y que no hay medio mejor para satisfacer legítimos requerimientos que a través de un cuerpo político que directamente los represente.

Se dijo en la primera entrega de este ensayo que uno de los grandes errores de la teoría política moderna radica en afirmar, cual un dogma, que la única representación política posible es la representación en base a los partidos políticos. Este error lo profesan, no casualmente, tanto los marxistas más radicales como los liberales de la misma condición. Se procurará en este apartado, sucintamente, historiar el origen de este error.

Podría decirse, aproximadamente, que la torcida pretensión de que la única representación política válida es la que se basa en los partidos políticos nace por el año 1789, cuando la Revolución francesa. Revolución burguesa y mesiánica, desplazó de un férreo golpe auténticas y eficientes formas de representación, como las corporaciones de origen medieval: corporaciones de oficios, de profesionales, de estudiantes. Reemplazó estas agrupaciones verdaderamente representativas por los parlamentarios partidistas, ungidos por la mitad más uno a través del voto individual y abstracto; primero censitario, luego universal.

Triunfante la Revolución francesa y con ella sus deformantes prejuicios –valga el pleonasmo-, el resto de las naciones comenzaron a imitar sus modos y sus métodos. Los revolucionarios hispanoamericanos, verbigracia, una vez desplazado el gobierno español, promulgaron Constituciones al mejor estilo francés, carentes, entre otras cosas, de un sano y realista sentido de la representación política. Escribe, en ese sentido, el historiador oriental Alberto Zum Felde:

“Los constituyentes hacen tabla rasa de toda realidad. He aquí un ejemplo: el país tiene una institución propia, tradicional, con arraigo en las costumbres, vinculada a toda su historia, de origen en la formación misma del país: el CABILDO. ‘Eran los Cabildos –escribe Francisco Bauzá- a todo rigor, la municipalidad, tal como la concebimos en nuestras más adelantadas aspiraciones: administrando justicia en las ciudades y en los campos, aprestando las milicias del país en caso de guerra, vigilando la venta de artículos de primera necesidad para el pueblo, fijando la tasa de los impuestos extraordinarios o negándose a concederlos’.  El Cabildo es ya, en principio, el Municipio, y la mejor escuela de gobierno propio. En vez de ello, los Constituyentes lo suprimen, imponiendo instituciones extrañas, convencionales y teóricas […]”.

Las fuerzas vivas de las patrias –que integraban las corporaciones-  y los verdaderos prohombres de aquéllas –que integraban, en España y sus Reynos, los Cabildos- fueron, de esa manera, desterrados: los substituyó el radical artificio y la venal mediocridad de los parlamentarios partidistas.

Al punto que, respecto del Uruguay, concluye rotundamente Zum Felde:

“La Constitución de 1830 es, en resumen, uno de los mayores errores que se hayan cometido en nuestro país. Ella será el impedimento más fuerte y constante para que el país pueda constituirse, matará los gérmenes de la libertad política e impedirá la formación de hábitos de gobierno propio, entregará la vida de la campaña al ajeno árbitro administrativo de la capital, erigirá un Poder Ejecutivo absoluto, incitará la violencia y la coacción electorales […]”.

Y todo por seguir, los constituyentes orientales, los mesiánicos dictámenes de quienes, bajo el lema de Libertad, Igualdad y Fraternidad, prepararon el camino para el esclavismo…

La regeneración religiosa, cultural y moral de la Patria –se dijo en el apartado primero de este ensayo- necesariamente deberá contar con un sistema que asegure una auténtica representación política, bajo la cual sus fuerzas vivas y sus prohombres puedan manifestarse eficientemente. Tal es lo que propone, al menos a medias –se dijo también- el artículo 206 de la Constitución Nacional, que llama a integrar en un Consejo de Economía Nacional a los portavoces de los intereses económicos y profesionales del país. En ese sentido, un justo gobierno deberá motivar este tipo de órganos y de iniciativas y deberá desterrar, en grado amplio, la política parasitaria, no funcional, de la democracia parlamentaria, heredada de la sangrienta Revolución francesa.

En la segunda parte de este ensayo se historió brevemente el origen de la torcida pretensión de que la única representación política posible es la basada en los partidos políticos. Se sostuvo, a grandes rasgos, que el origen está en la Revolución francesa, y se indicó las lamentables consecuencias que ese ejemplo tuvo para la representación política en las naciones.

Tan grande desacierto en cuanto a la representación política en particular y a la política en general –el arte de gobierno de la comunidad- no pudo quedar impune. En esta tercera entrega se recogerá el testimonio angustioso del desgobierno que en los años sucesivos las patrias padecieron: en particular, en la pasada centuria, en el período de entreguerras.

En un revelador estudio, hoy un incunable, ‘’La Inquietud de Esta Hora’’ (1934), el fino intelectual argentino, Dr. Carlos Ibarguren, ponía en evidencia la crisis del sistema demoliberal acaecida, ante todo, por la malsana representación política en base a los partidos. Considere el lector, atentamente, los testimonios vertidos:

‘’En los primeros meses del año pasado, la crisis de la democracia individualista y del parlamento se agravó considerablemente en Francia. ‘¡Desorden!, ¡Desorden! –escribía Latzarus, en la ‘Revue Hebdomadaire’, del 18 de febrero de 1933- una Cámara renovada será tan impotente como la que vemos ahora, a menos de cambiar de métodos, lo que equivale a cambiar de régimen. El elector protesta, no tiene razón porque tiene con justicia los diputados que ha deseado. El interés general no es su ocupación, ellos han ido a la Cámara a satisfacer sus intereses particulares. Toda la política reposa en el cálculo del número. ¿Dónde está el gobierno que nos librará de la tiranía electoral?’. René Pinon, en la ‘Revue des Deux Mondes´, del 1 de febrero de 1933, expresa que ‘se aproxima la hora en que será necesario elegir entre una reforma profunda del régimen político o la ruina de todo lo que Francia representa en el mundo como potencia material, grandeza moral e idealismo activos’ ‘’.

‘’El estado político de la Gran Bretaña sufre el mismo mal que hoy destruye a la democracia en el mundo. El ilustre estadista británico, ex primer ministro del Imperio, Stanley Baldwin, escribió en abril de 1933 en la ´Revue Mondiale´ un artítulo titulado ´El porvenir de la democracia´ y dice: ´Hoy los amigos y los enemigos del gobierno popular (se refiere al basado en el régimen demoliberal del sufragio universal) dudan igualmente de su porvenir. Ha perdido terreno en tantos países que el repudio del actual estado de cosas es general; pero solamente en los países democráticos la crítica se hace oír fuertemente´. Bladwin, ante la terrible crisis política, se inclina por una nueva forma de democracia que repose en las agrupaciones, en las corporaciones.”

“Bernard Shaw en artículos recientes muy comentados fulmina a la democracia del sufragio universal, al electoralismo, a la demagogia que ella engendra. ´Es sin el Parlamento –dice- donde tendremos que encontrar a nuestros futuros gobiernos´, y aboga por una nueva organización política, bajo un poder fuerte en un Estado corporativo, en el que impere el ´voto por ocupaciones´, o sea, el de cada corporación.”

“Sería interminable – culmina el Dr. Ibarguren-  la compilación de los hechos, de los juicios y de los estudios que comprueban la bancarrota de la democracia liberal, emitidos por pensadores, profesores, estadistas y políticos de todos los países del mundo y de las más diversas tendencias. Cuando un fenómeno es sentido y reconocido con tal unanimidad está fuera de toda discusión. Es la evidencia misma.”

No es sorprendente, así, que ante semejante estado de cosas,  el 6 de febrero de 1933, se produjera en Francia una enorme y violenta protesta que tomó por asalto la institución paradigmática del régimen: el Parlamento. Siguiendo esta línea, menos sorprendente resulta verificar que, largo tiempo después, el 1 de diciembre de 2018, los “chalecos amarillos”, en Francia, realizaran similar manifestación…

Tanto los planteos doctrinales como las espontáneas protestas han sido desoídas: ha primado el sectario dogma del parlamentarismo.  Los pueblos no descasarán hasta deshacerse de él y obtener, por fin, una política sana, al amparo de un régimen que asegure su representación real y eficiente.

Se ha sostenido a lo largo de este ensayo que la representación política en base a los partidos es esencialmente mala, habiendo otras posibilidades de representación más naturales, justas y eficientes. Se ha historiado el origen de esa torcida idea y se expuesto, en la tercera y última entrega, un ejemplo del desgobierno que las patrias padecieron con motivo de esa malsana forma de representación política.

Detectado el error, investigado su origen y demostrado sus nefandas consecuencias, es hora de presentar, en esta parte final, una forma más acertada de encarar el tema. Sin perjuicio de volver a insistir en que en nuestro ordenamiento jurídico ya se encuentra previsto un mecanismo mejor, el artículo 206 de la Constitución, que llama a integrar en un Consejo de Economía Nacional a los representantes de los intereses económicos y sociales del país, siendo perentoria en este momento su ejecución, se presentará en esta ocasión el testimonio magistral del agustísimo José Antonio Primo de Rivera.


En su memorable discurso de la fundación de la Falange, pronunciado en el “Teatro de la Comedia”, en Madrid, el 29 de octubre de 1933, José Antonio sentenciaba:

“Que desaparezcan los partidos políticos. Nadie ha nacido nunca miembro de un partido político; en cambio, nacemos todos miembros de una familia; somos todos vecinos de un municipio; nos afanamos todos en el ejercicio de un trabajo. Pues si ésas son nuestras unidades naturales, si la familia y el municipio y la corporación es en lo que de veras vivimos, ¿para qué necesitamos el instrumento intermediario y pernicioso de los partidos políticos que para unirnos en grupos artificiales, empiezan por desunirnos en nuestras realidades auténticas?”

“Queremos menos palabrería liberal y más respeto a la libertad profunda del hombre. Porque sólo se respeta la libertad del hombre cuando se le estima, como nosotros le estimamos, portador de valores eternos; cuando se le estima envoltura corporal de un alma que es capaz de condenarse y de salvarse […], y, más todavía, si esa libertad se conjuga, como nosotros pretendemos, en un sistema de autoridad, de jerarquía y de orden.”

He aquí, en dos preciosos trazos, la Política en su verdadera faz, es su más acabada expresión y definición. La Política, “que no quiere decir otra cosa que la colaboración al bien de la ciudad”, en palabras del Papa Pío XII, que se extraen de la obra “La Democracia: Un Debate Pendiente (I)”, del maestro argentino, el Dr. Antonio Caponnetto, se realiza verdaderamente, no a través de los partidos políticos, elementos que “para unirnos en grupos artificiales, empiezan por desunirnos en nuestras realidades auténticas”, sino por intermedio de los cuerpos intermedios, naturales, auténticos: la Familia, el Municipio, la Corporación.

Será al robustecer estos elementos que las patrias y los pueblos podrán salir del desgobierno que hoy padecen, tras décadas de partidocracia y de parlamentarismo hueco, artificial y venal. Contra ese vacío, contra ese artificio, contra esa radical venalidad, enfrentar la realidad vívida y auténtica de los cuerpos intermedios, de la Familia, del Municipio, de la Corporación. Y ello enmarcado, a la vez, en “un sistema de autoridad, de jerarquía y de orden”, como planteó José Antonio, totalmente opuesto al igualitarismo ácrata y anárquico que por antonomasia caracteriza al parlamentarismo partidocrático.

La aplicación del artículo 206 de la Constitución, heredero de la mejor tradición corporativa del siglo pasado, a esta altura de la crisis nacional se impone. Pero a la vez, es necesario que un estadista tenga la fortaleza y la prudencia políticas suficientes para realizar cambios estructurales, de fondo, que permitan, de hecho y de derecho, reconstruir, poco a poco, los cimentos de esta patria en ruinas, espiritual, cultural, social y económicamente, tras años de desgobierno partidocrático. Cambios estructurales que reconozcan y defiendan la representación política de las Familias, de los Municipios, de las Corporaciones: de los cuerpos intermedios.




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lunes, 26 de febrero de 2018

Las tres fases políticas – Guillermo Gueydan de Roussel





LAS TRES FASES POLÍTICAS

     Comenzaré este estudio por un acto de fe, confesando que todo po­der viene de Dios: "Dios, dice el Eclesiastés, ha dado a cada pueblo un gobernante”. (1) San Pablo ha confirmado esta verdad, cuando dijo a los romanos que el príncipe es el ministro de Dios para favorecerlos en el bien (2). Un gobierno que no está fundado sobre este acto de fe, no es un gobierno cristiano. El manual de política redactado por Bossuet para la instrucción del hijo de Luis XIV, de quien era preceptor, fue titulado La política según las palabras de las Sagradas Escrituras, y comienza por estos términos: "Dios es el rey de los reyes". De esto surge, como lo ha observado Donoso Cortés, que "toda gran cuestión po­lítica supone y desarrolla una gran cuestión religiosa”. Esta observa­ción fundamental no ha escapado a ningún hombre serio (3). Proudhon mismo ha dicho "que era sorprendente de que en el fondo de nuestra política nosotros encontramos siempre a la teología" (4). Y Blanc de Saint Bonnet ha expresado la misma verdad diciendo que "las naciones han sido educadas por sus religiones como los hijos por sus madres(5). No puede separarse la historia de las creencias religiosas de un pueblo y la historia de sus instituciones. Más aún, cada régimen político refleja las tendencias de la religión dominante en su época. Muchos auto­res han señalado la analogía que existe entre la monarquía hereditaria y el teísmo cristiano, la aristocracia y el luteranismo, la democracia y el calvinismo, el estatismo moderno y el deísmo, el capitalismo y el puri­tanismo, el socialismo y el pietismo. No se separa la Iglesia y el Estado.

     Estas consideraciones sobre la política no están inspiradas en Aris­tóteles y en su clasificación cuantitativa de las formas de gobierno; mo­narquía y poliarquía. La sociedad cristiana no está fundada en reglas aritméticas, pero sí en la teología. Para el teólogo, el hombre y por extensión la sociedad han sido creados a imagen de Dios, a imagen de las tres personas de la Santísima Trinidad. Hasta fin del siglo XVI, los cristianos han proclamado que ninguna dominación debía fundarse mas que en la imagen de Dios: non fundatur dominium nisi in imagine Dei. Bacon de Verulam mismo ha repetido esta máxima en su “Diálogo sobre la guerra santa", en 1622. La sociedad fundada a imagen de Dios era por consiguiente una en tres personas, pero cuando el hombre, a partir del Renacimiento, se consideró a sí mismo como la imagen del mundo, se redujo a una unidad aritmética, y la sociedad se transformó en unitaria. Fue entonces que los Socinianos, llamados Unitarios, negaron la Trini­dad.

     Bajo el “Ancien Régine”, la sociedad estaba dividida en tres órde­nes. El clero decía: “Yo rezo por los tres órdenes”; la nobleza decía: “Yo combato por los tres órdenes”; y el estado llano decía: “Yo trabajo por los tres órdenes”. Era la imagen del Cuerpo Místico de Cristo: la Iglesia que combate presentando una mano a la Iglesia que sufre y dando la otra a la Iglesia que triunfa. La unidad de esta sociedad fue simbolizada por un árbol en el que la cima toca al Cielo, donde las raíces están ligadas a la tierra, y donde el tronco forma la unión entre el Cielo y la tierra. Las raíces aportan al árbol entero los alimentos terrestres; las hojas los alimentos celestiales comunicándole los buenos efectos del sol y del aire; el tronco y 'las ramas le dan su forma y mantienen su orientación hacia el Cielo. Entre los tres órdenes existía una estrecha colaboración dirigida hacia un fin sobrenatural: Dios. En tanto que el árbol social ha estado orientado hacia Dios, su origen y su fin, el Alfa y el Omega, no ha estado amenazado por las revoluciones y las luchas de clases, estos castigos que Dios envió a las sociedades cuyo tronco está podrido, cuyas ramas y hojas caen por tierra, y cuyas raí­ces no llenan más sus funciones sociales.

     Una sociedad, que ha perdido de vista su fin sobrenatural, puede compararse a los restos de un naufragio tirados por la costa. Los sobre­vivientes, después de un momento de pánico, se aproximan poco a poco al imponente esqueleto a la búsqueda de los despojos. Unos se apoderan de los objetos de arte y de los instrumentos de abordo, otros se proveen de armas y de provisiones amontonadas en la bodega, otros en fin se con­tentan con recoger las tablas dispersadas por la arena para hacer fuego. Sin embargo habrá posiblemente uno entre la masa, que no habiendo tomado nada entre sus manos, se irá llevándose lo principal: él habrá recogido la idea de la gran cosa inerte convertida en juguete de las olas y, gracias a la idea, este espectador ideal, que sus contemporáneos han llamado santo o poeta, podrá realizar o por lo menos inspirar una obra nueva marcada por el fuego de la idea.

     Las sociedades desorientadas se parecen a un barco desamparado, encallado en la costa. Ellas ofrecen a unos juegos y diversiones, otros se pelean alrededor de sus despojos y, cuando todo parece haber des­aparecido de la superficie, resuena de golpe la voz de Dios y la voz de los muertos ante la estupefacción de los vivos. Uno no sabría insistir demasiado sobre el rol de la inspiración en política. Todas las grandes dinastías reales han sido fundadas o mantenidas por hombres unidos a Dios por una estrecha comunión, santos y santas. "Con santos y bár­baros se funda una civilización”, ha dicho Blanc de Saint-Bonnet (6). Recordemos a San Guntrano, primer rey franco de Borgonia; a Santa Clotilde, esposa de Clovis, séptimo rey de Francia de la dinastía de los Merovingios considerado el verdadero fundador de la realeza francesa; a San Carlomagno, décimo rey de Francia, primer rey de Italia y primer emperador de Occidente y de Alemania; a San Enrique, décimo empe­rador de Alemania y a su esposa Santa Cunegunda; a San Fernando, décimo rey de Castilla; a San Dionisio, sexto rey de Portugal y a su mujer Santa Isabel; a San Esteban y a San Ladislao, primer y noveno reyes de Hungría; a San Eduardo, décimotercero rey de Inglaterra; a San Canuto, undécimo rey de Dinamarca, y a tantos otros príncipes y princesas que han ilustrado las casas reales por sus virtudes y han sido elevados a los altares.

     En esta trilogía política pasaré sucesivamente vista al "combatien­te”, personaje principal de una categoría política que llamaré agonal, al "jugador”, que es el actor principal de la política-juego, y al "testigo” de la inspiración divina, que abre la era de la política metafísica o metapolítica, como la ha llamado Joseph de Maistre. Cuando uno lanza una mirada sobre la historia de los pueblos cristianos, se ve el poder ocupado sucesivamente por cada uno de estos tres personajes, héroes, jugadores y testigos, y cada uno de ellos da a la política de su época un carácter, costumbres y reglas completamente distintas. No es siempre fácil decir cuando comienza una fase política y cuando otra se acaba: la risa de los jugadores se mezcla con los gritos de guerra de los héroes y nadie sabe exactamente en qué momento triunfa la inspiración. Pero las va­riaciones políticas siguen una evolución invariable que será objeto de un último capítulo.


I - POLÍTICA AGONAL

     La política agonal precede a la política-juego y ocupa, en la historia de los pueblos, un período mucho más largo que ésta última. En la Ciudad Antigua, como lo mostró Fustel de Coulanges, la política está fundada en la religión hasta el día en que el interés público (res publica) se convirtió en el único principio de gobierno. Este período, que se extiende, en Grecia, hasta la aparición de los estrategas, y, en Roma, hasta el tribunal, fue una época de la política agonal. En Europa, las nociones de interés y de utilidad pública no son desarrolladas sino a partir de la Reforma.

     La política agonal está caracterizada por la ausencia de elementos propios de la política-juego. Ella no conoce espectadores, sino única­mente actores, pues una comunidad política fecunda y viviente exige el concurso de todos sus miembros. No se encontrará tampoco a los auxiliares de los espectadores, tales como los periodistas, reporteros, tribu­nos, demagogos y árbitros. El pueblo no está dividido en partidos o en clases, que representan las necesidades materiales, él está por el con­trario unificado según sus funciones en un solo cuerpo, semejante al hombre que posee un alma, un corazón y miembros. Las reglas aritmé­ticas no son aplicables a este cuerpo. Leemos en efecto en la Biblia que David queriendo proceder a la enumeración de los hombres capa­ces de tomar las armas, fue disuadido por su consejero Joab con las siguientes palabras: "Que el Señor aumente el pueblo del rey mi señor hasta un céntuplo de lo que es. ¿Pero qué pretende el rey mi señor por tal enumeración? ¿No es bastante que sepáis que todos son vuestros servidores? Que más buscáis, y porqué hacer una cosa que volverá pecador a Israel(7).

     El poder legislativo, que la política-juego ha creado para satisfacer la ambición de los espectadores y justificar el mito de la soberanía po­pular, está unido durante la política agonal al poder ejecutivo. Es él quien promulga las leyes de origen concreto y no abstracto, que son la expresión de la voluntad divina y no el resultado de las pasiones popu­lares. Como decía Aristóteles, "la inteligencia sin pasión es ley
(8).

     El jefe del gobierno es responsable delante de Dios, el verdadero creador y soberano de toda sociedad humana. Si este jefe no ratifica su mayor responsabilidad ante Dios, si él obedece a una facción del pue­blo o a una organización internacional, no hay más política agonal.

     Por último la lucha, en política agonal, es siempre dirigida contra el enemigo exterior. Esta es una "lucha contra”. La historia nos muestra al Papa Urbano II tomando la iniciativa de la guerra santa con la in­tención manifiesta de poner fin a las luchas intestinas que amenazan al orden agonal cristiano: "Y ellos se convertirán en soldados, decía, ellos, los que a su tiempo, fueron bandidos; ellos combatirán legítima­mente contra los bárbaros, ellos que se batieron contra sus hermanos y primos; y merecerán la recompensa eterna, ellos que se levantaron como mercenarios por un poco de dinero" (9). Los bandidos y los mer­cenarios no pueden en efecto estar comprometidos en la lucha agonal: "La causa de esto, nos dice Maquiavelo, es que ellos no tienen otro amor ni otra ocasión que las que tienen en el campamento por un pequeño salario (10).

     El héroe, que personifica la lucha agonal, es un hombre desintere­sado, temeroso de Dios y sin rencor. Él sabe que tiene su victoria de Dios, y combate bajo la mirada de Dios, no bajo la mirada del público. La foto, el cine, la televisión, que usurpan de alguna manera esa mirada de Dios, y la reemplaza por la mirada del hombre, hacen imposible la existencia de héroes. Ellos desvían su acción hacia un fin material, sen­timental o comercial. "Los ojos de los insensatos miran la tierra”, dice en los Proverbios (11), y provocan la aparición de héroes románticos o técnicos. Todo lo que desvía el gesto de los héroes de su verdadero fin para ofrecer un espectáculo a los terceros es incompatible con el heroísmo, incompatible con la política agonal.


II – POLÍTICA-JUEGO

     Es indispensable antes que nada precisar la noción de juego. El jue­go posee dos significados muy diferentes según la edad de los sujetos: en los niños, él aparece como una forma del instinto, mientras que, en los adultos, y sobre todo en los viejos, es el residuo inconsciente del acto cumplido. Mowgli "como hijo de leñador heredó toda suerte de ins­tintos, y le gustaba ponerse a fabricar pequeñas cabañas con ayuda de las ramas caídas, sin saber porqué...(12). Los juegos de la infancia son generalmente las manifestaciones rudimentarias de una fuerza crea­dora en vías de desarrollo. Bergson ha dicho justamente que todos los juegos de los niños son los ejercicios preparatorios a los cuales la na­turaleza los invita en vista de la labor que incumbirá al hombre for­mado (13). Los juguetes fabricados en serie dejan a los niños indife­rentes; las reglas no responden jamás a sus necesidades y parecen contrariar en ellos algún misterioso movimiento interior; en fin los sentimientos de ser observados por terceros los turban. Estos tres ele­mentos —medios técnicos, reglas preestablecidas y público— componen en lo posterior la parte esencial de los juegos del hombre adulto.

     Esta evolución no tiene nada de sorprendente: en el hombre que ha pasado el período de formación, el juego deja de servir al instinto para satisfacer la memoria del hecho cumplido. "Cada uno de nuestros actos de ayer parece llamarnos hoy(14); la necesidad hace lugar a la costumbre y el azar sustituye lentamente a la voluntad. El juego se con­vierte en el recuerdo de nuestros actos, la reproducción artificial del movimiento, un fantasma de acción. Cada edad, cada clase social, cada estado, cada pueblo, cada época tienen sus juegos predilectos, donde el origen se explica por la historia de las sociedades que los practican. Los financistas juegan al bridge o a la ruleta, los diplomáticos y mili­tares al ajedrez, los aventureros a los juegos de azar, y todos los juegos constituidos por la rivalidad y la oposición de dos campos adversos gustan siempre a un pueblo educado en la lucha de clases y partidos.

     La política-juego está caracterizada por la presencia del espectador. Los tiempos modernos han visto a este personaje ocupar un lugar cada vez más importante en la sociedad cristiana. Él aparece en el siglo XVI después que la autoridad y la unidad de la Iglesia fueron batidos en retirada por el Renacimiento y la Reforma: los cristianos comenzaron entonces a mirar alrededor de ellos con inquietud y curiosidad, como viajeros sorprendidos por un accidente. Ellos deseaban ver, porque no creían más. El mundo se les apareció como un teatro y la vida humana como una comedia. “¿Qué es la vida? —Una comedia”, ha dicho Eras­mo (15). Es así que muchos de ellos se transforman en espectadores: espectadores del cielo, con Galileo, espectadores del mundo, con Des­cartes (16) y los rosacruces (17), espectadores del príncipe, con Maquia velo y los políticos (18), espectadores del hombre, con los moralistas (19), y espectadores del pasado, con los románticos del siglo XIX.

     Uno de los principios fundamentales de toda política es la lucha. Ahora bien, cuando la lucha deja lugar al espectáculo de la lucha, la po­lítica-juego entra virtualmente en acción. El espectador es sentado sobre el trono. La opinión se transforma en reina (20). El hombre de Estado no es más que un comediante. Karl Marx ha dicho que el “moderno Ancien Régime no es más que la comedia inspirada en un estado social donde los verdaderos héroes han muerto(21). El teatro ha seguido una evolución parecida: aparece en sus orígenes como una gesta religiosa en la cual toda la comunidad toma parte; con la introducción del espectador, cesa poco a poco de ser una acción para transformarse en una representación fictiva.

     Yo dije que el espectador es un hombre que ha perdido la fe; la política-juego la ha reemplazado. Donoso Cortés tenía razón, cuando ha­blaba de la baja del termómetro religioso que apareja la suba del ter­mómetro político. Es en efecto con la disminución de la fe que aparecen los mitos políticos. Cuando el derecho divino de los reyes comienza a caer en descrédito, en el siglo XVII es cuando nace el concepto de la soberanía — soberanía absoluta del rey o soberanía popular que no tie­ne límites ni en el cielo ni en la tierra. "Cuanto más terreno pierde la fe, más gana la ley”, observa muy juiciosamente Agustín Cochin (22). No teniendo más la fe, el espectador se coloca en el exterior de la co­munidad para salvaguardar sus intereses privados. Él se separa de ella, como la ciencia se separa de la fe en la misma época. Él construyó un edificio nuevo sobre bases científicas, pues no tiene más entera confianza en lo antiguo. En política, él construye una sociedad artificial y un pa­raíso terrenal: es el objeto de la "Ciencia política". Por Augusto Comte y Proudhon, esta turbación representa un progreso y, con el apoyo de esta pretensión, estos "filomitos” proclamarían la famosa ley de los es­tadios: "Religión, filosofía y ciencia; la fe, el sofisma y el método; tales son, escribía Proudhon, los tres elementos del conocimiento, las tres etapas de la educación del género humano(23). La política ha seguido, en efecto, estas tres etapas. Ella ha tenido primeramente como meta la guía de los hombres hacia su salvación eterna —etapa religiosa—; después se ha hecho una filosofía —, Bodine habló, ya en 1577, de los "sagrados misterios de la filosofía política” — ¡finalmente fue bauti­zada ciencia: "La política se transformará en una ciencia positiva", profetizó Saint-Simón; en 1825 (24). En esta evolución, yo busco vana­mente un progreso. Los demonios también tienen la ciencia sin la cari­dad, como dijo San Agustín, y ellos no son sin embargo superiores a los ángeles. Yo no veo en esta evolución más que el pasaje de la política agonal a la política-juego, cuyos caracteres esenciales expondré a con­tinuación.

     El juego nos da la más completa ilusión de la libertad, leemos en la Gran Enciclopedia. Es el dominio de la ficción por excelencia. Un filó­sofo del siglo XVIII, que compuso un “Tratado del juego" (25), observó que las condiciones esenciales del juego son la libertad y la igualdad. Todo el mundo, en efecto, toma parte en el juego con derechos iguales y chances en principio iguales; y cada uno es libre de dejar el partido cuando tiene ganas. De aquí nace la concepción del “Contrato social”.

     La Declaración de los derechos del hombre ha introducido en la política las grandes ficciones propagadas por los filósofos del siglo de las luces, y ha abierto la era de la política-juego. Por otra parte la Cons­titución ha fijado las reglas. El Estado es la máscara detrás de la cual se esconde el poder para no espantar a los jugadores. El poder legisla­tivo representa a los espectadores y acomoda el juego a su fantasía. Las leyes tienen la reputación de dar carta abierta en los ciudadanos a la ilusión de la libertad, sustrayendo al hombre del poder del hombre: cub lege libertas. El poder ejecutivo tiene por misión hacer durar el juego lo más posible; él debe quedar absolutamente imparcial y neutro frente al vencedor: es el árbitro irresponsable. El ejército que no pue­de ocultar su carácter esencialmente agonal, es siempre sospechoso en la política-juego. En fin, la policía tiene por mira impedir al público intervenir activamente en el juego. La única pasión permitida al público es en efecto la pasión del juego (26). Él tiene el derecho de expresar li­bremente sus opiniones y de hacer la crítica. La libertad de prensa es sagrada en política-juego, porque ella es la válvula de seguridad de las pasiones populares: ella conserva a la lucha su carácter artificial. En política internacional hay grandes Estados que hacen luchar a los más chicos para librarse de armas o hacer triunfar los “principios”. Ellos arreglan también el derecho de arbitraje y encargan a los otros Estados aplicar las sanciones. Esto es lo que se llama, en la política-juego, in­ternacional “pacifismo”.

     El secreto es también una característica del juego. La mayor parte de los juegos reconocen a los participantes el derecho de esconder su juego. Desde que el secreto, el cálculo' y la disimulación intervienen en materia política, ésta última tiende a aproximarse al juego. La política- juego ofrece naturalmente un vasto campo de acción a las intrigas de las sociedades secretas, cuyo rol se ha desenvuelto preponderantemente en el siglo XVIII.

     El efecto principal de la política-juego es el de vaciar la noción primitiva de lucha y desviarla de su fin natural que es la victoria del combatiente. Podemos aplicarle este juicio de Tito Livio: Ostentare hoc est; non gerere bellum". Uno de los caracteres del juego, según Santo Tomás, es el de no estar ordenado hacia ningún fin (27). Es el especta­dor el que fija el objeto de la lucha y lo impone al combatiente; éste último no es más que un campeón, es decir un hombre que lucha por la causa de otros. Hoy el campeón ha derivado en un técnico: Si se rehúsa luchar por el objeto fijado por el espectador, es descalificado; se lo coloca fuera del juego y se lo pena. Esta “lucha por", que reem­plaza a la lucha agonal, tiene generalmente por objeto nociones abstrac­tas, las cuales no tienen ninguna relación con la lucha empeñada: son el derecho, la justicia, la dignidad humana, la civilización, la democra­cia, el progreso en la paz. Alexis de Tocqueville ha pasado revista a los tipos humanos que se agitaban en la política durante el año 1848, y él hace el retrato siguiente del campeón de la política-juego: “Cerca de él he visto otros que, en nombre del progreso, se esfuerzan por mate­rializar al hombre, queriendo tomar lo útil sin ocuparse de lo justo, la ciencia lejos de las creencias y el bien separado de la virtud: he aquí, se dice, los campeones de la civilización moderna. . . (28). La “lucha por” representa la victoria del campeón secundaria y la paz inútil: no hay más que una ganancia, un beneficio, que es siempre en pro del espec­tador.

     La ausencia de victoria, la introducción del secreto y la importan­cia atribuida al azar quitan a la lucha todo valor moral. La lucha deriva en su propio fin y dura tanto tiempo como dura la política-juego. Es un círculo vicioso. El juego es, por otra parte, generalmente acompa­ñado de la representación del círculo, testigo las arenas, los teatros, los circos, los estadios, los autódromos, los hipódromos, las calesitas, los círculos de jugadores, etc.... En la época de la Revolución francesa se representaba la ley como el centro de una circunferencia ideal for­mada por los ciudadanos (29). Esta ausencia de objeto moral y religioso tiene algo de diabólico. La Biblia dice: “In circuitu impii ambulant(30): cuando el hombre toma el lugar de Dios, él gira en un círculo. “Los errores políticos no son más que los errores teológicos realizados”, dijo con razón Blanc de Saint-Bonnet.

     El color es el signo distintivo del juego. Los palos y los brazaletes sirven para distinguir a los adversarios. Los instrumentos del juego son abigarrados. Los colores les dan un carácter convencional e inofensivo. Es con este mismo objeto que se pintan de colores vivos los juguetes de los niños. Esto es tan verdadero que nosotros atribuimos instinti­vamente a los animales multicolores, atigrados o manchados, un tempe­ramento de jugadores: la mariposa, el loro y el gato, aparentemente como seres inconstantes, burlones y propensos al juego. El pavo real es vanidoso y fatuo. El gallo (31) orgulloso, el camaleón inconstante. Al contrario el águila, el cisne, la paloma, el armiño, el león, el ciervo, el elefante son los animales nobles, como el lirio, el edelweiss y la rosa lo son en el reino vegetal.

     En política-juego los colores sirven de señales y reemplazan a los símbolos de la política agonal. Remarquemos al pasar que un símbolo pintado no tiene más valor simbólico y trascendental que una enseña de restauración, que es generalmente pintada. Nunca se pinta un símbolo. Para manifestar su hostilidad a la atención de un personaje histórico, el pueblo revoca sus estatuas. El 17 de julio de 1789, Luis XVI, por con­sejo de La Fayette, unió los colores de la ciudad de París (32) a la escarapela blanca que llevaba en su sombrero, y Mirabeau saludó esos tres colores con el nombre de “libreas de la libertad”. El rey se con­virtió entonces en la víctima de la política-juego, y los realistas no han llegado jamás a restablecer la bandera blanca, símbolo de política agonal. “El encarnizamiento de los legalistas tendiendo a conservar tres colores en nuestra enseña anuncia un profundo desprecio por una nación que creen capaz de apasionarse por tales puerilidades”, constató De Bonald. Los colores sin símbolo son en efecto las señales de la política-juego, y esto último es evidentemente pueril. Todas las repúblicas creadas artificialmente para favorecer el juego de las sociedades secretas, como Austria, Bulgaria, Yugoslavia, Checoslovaquia y Rumania no llevan más que colores en los pabellones.


III – POLÍTICA METAFÍSICA
  
     La política-juego, que precede siempre a la política metafísica, sub­siste solamente durante el tiempo en que ella es capaz de mantener en vigor la regla del juego. Tan pronto como la ley no rige más, la Cons­titución es sometida al capricho del poder, el espectador deja la tri­buna para descender a la escena política, el juego termina. La desapa­rición del espectador es el indicio más seguro del fin de la política-juego.

     Sin espectador no hay más juego (33), no hay más árbitros neutros, no hay más jugadores profesionales disfrutando de la inmunidad parlamen­taria. Desde que todo el mundo se convierte en actor, el pueblo no necesita más representantes; él está presente en todo. Los colores, que la política-juego ha izado al mástil son entonces reemplazados por el color único.

     Todo aquello puede llegar más rápidamente y casi simultáneamente en un país. Por otra parte una política, que ha adoptado las marcas del juego, no dura jamás mucho tiempo sin pasar por la tercera fase de la política metafísica. Este pasaje es siempre acompañado por actos de violencia. Como decía Pascal, "el último acto es siempre sangriento, por más bella que sea todo el resto de la comedia”.

     La política metafísica no es más una lucha de hombre a hombre, como la política agonal, ni una lucha convencional, como la política- juego, sino una lucha de ideas encarnadas en los hombres, y represen­tadas por los símbolos. Al portador de la idea se le llama testigo. El testigo es el personaje principal de la política metafísica. Es la medida humana de la idea, en tanto que el campeón no es más que la medida humana de la materia. Es un abuso del lenguaje hablar de mártir del aire, mártir del mar, mártir del frío, mártir de la ciencia, etc., El testigo no recurre ni a los medios técnicos, ni a la astucia, él no se somete a reglas preestablecidas, ni lleva colores, sino solamente un símbolo. El símbolo es el uniforme de guerra de la idea, cuando ella desciende a la liza para combatir a otras ideas. Él es inmaculado, es decir, sin manchas.

     Más el testigo es desligado de la materia, él contribuye eficazmente al triunfo de la idea de la que es portador. "Yo creo en los testigos que se hacen degollar”, dijo Pascal. "Detrás de todos los acontecimientos, observa Bernanos, hay un hombre que se ha decidido a morir" (34). La muerte es en efecto el desligarse de la materia empujada a su último límite. La política-juego es esencialmente materialista y no puede sufrir la efusión de sangre que denuncia una presencia espiritual. Ella es pa­cifista en lo exterior y, en lo interior, ella no admite más que el acci­dente en el que las víctimas son escrupulosamente indemnizadas en di­nero, a fin de sacar a la sangre derramada todo valor espiritual. La política metafísica es, al contrario, fundada sobre el valor del sacrificio. “Cuando dos partidos se pelean en una revolución, observó Joseph de Maistre, si vemos a un lado esas víctimas preciosas, se puede juzgar que ese partido terminará por vencer, pese a todas las apariencias en contrario(35). Como se ve, la victoria del testigo es en realidad el triunfo de la idea, de la que el testigo no es más que el cuerpo, la medida y el instrumento. Ahora bien la idea triunfa siempre por la vía de la rever­sibilidad, pasando de los muertos a los vivos.

     La migración de las ideas se cumple según un procedimiento tan invariable como la reproducción física. Si el grano no muere, la planta no germina. “Veritas moriendo declarata est, non occidendo” ha dicho San Agobardo. El verdadero vencido, en política metafísica, no es el que muere, sino “el heredero de los instintos del hombre que él ha matado”, según una expresión brillante de Villiers de l'Isle-Adam (36). Todo el mundo se acuerda de esta frase profètica de San Juan: “Ellos mirarán a Aquel al que han matado(37). Los antiguos, que conocían los efectos de la reversibilidad, decían: Et saepe victor victus”. Es porque los atenienses estimaban que, para vencer a un pueblo hacía falta atraer el favor de los dioses. Los griegos y los romanos elevaban los templos a las divinidades tutelares de las ciudades conquistadas, y manifestaban por este gesto que por encima del pueblo vencido había un poder su­perior delante del cual las armas debían inclinarse. Era lo mismo bajo el Ancien Regimelos soberanos de Europa, como lo ha observado De Maistre, se servían del hombre suavemente, y todos, conducidos por una fuerza invisible, evitaban golpear sobre la soberanía enemiga con alguno de sus golpes que podían rebotar (38). Hoy las guerras no son más con­ducidas según los principios de la prudencia antigua, y esto es así por­que todos los golpes “rebotan"; el vencedor es el heredero de las pa­siones del vencido; es el verdadero vencido. No hay más vencedor y, por lo tanto, no hay más paz. Cuando Dios no es más el lazo de unión de la sociedad, la guerra es perpetua, guerra de nervios, guerra de todos contra todos, homo homini lupus. Ahora bien, es menester que la paz convencional de la política-juego pase por este estado de guerra perma­nente para que la política metafísica triunfe.

     El color cabal testigo es el rojo. Es el color del sol poniente. Pero es también el de la aurora. Todo lo que termina, como todo lo que comienza a despuntar —la noche como la mañana, el otoño como la primavera, la muerte como el nacimiento— lleva el color de la sangre. La humanidad ha nacido con Adán, que en hebreo significa rojo; ella ha nacido una segunda vez con Jesucristo que, antes de morir, fue re­vestido del simbólico manto escarlata, y finalmente ella desaparecerá con el fuego, como lo anunció San Pablo.

     La política metafísica, que se señala por el triunfo del color único rojo sobre los colores múltiples de la política-juego, es a la vez el cre­púsculo y la aurora (39). El lábaro de Constantino, que era una cruz de la que pendía una bandera roja de forma cuadrada, anunciaba a la vez el crepúsculo de los dioses paganos y el triunfo de los mártires de Cristo. Es con la bandera roja que Constantino ha realizado la unión de Oriente y Occidente, y ha creado la primera monarquía universal cristiana. El oriflama rojo de San Dionisio flota a su turno sobre las primeras pági­nas de la historia de Francia. Como el lábaro, él siguió un período de anarquía, y, como el lábaro, él anuncia el tiempo del símbolo: la cruz con Constantino, y, la flor de lis con Luis VII: este rey adopta en efecto oficialmente la flor de lis en 1180, después que su padre, Luis VI, enarboló el oriflama por primera vez.

     El rojo acompaña siempre los grandes cambios en el orden político y social. No es un azar si la bandera roja flota sobre todas las revolu­ciones, después de la de 1848, donde ha estado a punto de reemplazar a la bandera tricolor en Francia. Pero el rojo no es más que un color de transición: es la prueba de fuego. Así el pasaje del Mar Rojo ha abierto al pueblo hebreo un nuevo período de su historia. El verdadero signo del orden nuevo, es el que sale, por así decir, de entre cenizas con un brillo nuevo: son las Tablas de la Ley salientes del Material Ardiente; es la cruz; son los lirios. Y ese símbolo es incoloro, como todo lo que es purificado por la llama. A veces es también el amarillo, como el oro que sale del cristal: en heráldica, el oro y la plata no son colores. La coraza de los mártires es blanca (40), el santo sudario es blanco, y el pendón de Juana de Arco, que se transformará, después de Carlos VII, en la bandera de los reyes de Francia, es igualmente blanca.

     El blanco caracteriza la política agonal, que sigue a la política me­tafísica. En teología, es el color de los que “blanquean sus vestiduras en la sangre del cordero(41). Hasta el siglo XVIII, los pabellones de los principales poderes europeos, —Francia, España, Portugal, Inglaterra— son blancos y cargados de símbolos. Con la introducción de la política- juego, ellos se transforman en multicolores.


IV - SENTIDO DE LAS VARIACIONES POLÍTICAS
  
     Las variaciones políticas siguen el ritmo de las variaciones religio­sas de la humanidad. Ella comienza por la epopeya paradisíaca donde la familia humana vive en sociedad con Dios. De la misma manera, los gobiernos originariamente estaban estrechamente ligados por la religión. La sociedad, como el hombre, ha sido formada a imagen de Dios.

     Pero he aquí el pecado. El hombre desvía su mirada de Dios, y la dirige hacia la tierra, hacia la creatura, hacia sí mismo (42). Esto es lo que Renan llamó la ley del “progreso a través de la ciencia”. Según él “todo esfuerzo del mundo tiende a conocerse, a amarse, a verse, a admi­rarse(43). En una palabra el hombre se transforma en el espectador del mundo y de sí mismo. Es la edad de la política-juego, que se llama ge­neralmente política a secas. Fustel de Coulanges, estudió minuciosamen­te el desarrollo de la Ciudad Antigua: “La política, dice, tomó el lugar de la religión y el gobierno de los hombres se transforma en cosa hu­mana(44). Un autor alemán ha definido la política sich mit den Menschen beschäftigen anstat mit Got”.

     “Ah! qué peligrosa es la política!”, exclamaba Bossuet, que la co­locaba entre las diversas formas de idolatría (45). Entre el espectador y el idólatra, hay en efecto poca diferencia: los dos tienen el culto a la creatura; los dos se tornan semejantes a aquellos que ellos aman. La pasión de ver, la pasión de recibir las imágenes del mundo acaba por borrar en el hombre la imagen de Dios.

     Después de haber abandonado a Dios, el hombre se vuelve contra el hombre y lo mata. Lo mata, porque no ve mas en él la imagen de Dios. En política esto es la revolución y la guerra civil. La humanidad será rescatada por el sacrificio del Hijo de Dios, y los pueblos por la sangre de los testigos inocentes. Política metafísica: devolver el alma al pueblo. Karl Marx, que ha remarcado esto de las variaciones políti­cas, se ha quedado en el camino. Para él: “Dio letzte Phase! einer Welt­geschichtliche Gestajt ist ihre Koemedie”. Esta es una alusión al Santo Imperio germánico, del que el “Gran Imperio” de Napoleón fue eviden­temente una parodia. Pero esta parodia no impide la posibilidad de la formación de un nuevo imperio católico. Como judío, Marx ignora la regeneración. Sin Cristo y sin el bautismo, todo queda en efecto en co­media: Viena, como Roma, desaparecen irremediablemente en los pla­ceres y los juegos. La risa es un destructor implacable. Fantasías al reír de Voltaire. Pero, para el cristiano, la comedia no es el fin: ella es el preludio de la gran tragedia. “Desgraciado de ti que te ríes, pues llo­rarás” dijo Nuestro Señor (46). Recordemos el drama del Calvario: él fue precedido de todas las señales posibles de la comedia y del juego: venta de Jesús, golpe de espalda falso, huida burlesca de los discípulos durante la noche, negaciones de San Pedro delante de una simple sir­vienta mientras cantaba el gallo, arbitraje de Pilatos, tentativas múltiples de tornar a Jesús en algo irrisorio, corona de espinas, genuflexiones, juegos de la soldadesca, inscripción de la cruz que los judíos no hallaron bastante irónica, (47) risa de los espectadores. Sin embargo Jesu­cristo, el testigo divino, triunfó sobre la risa, como triunfó sobre la muerte. El rey vendido, mofado y crucificado entre dos ladrones es trans­formado en Rey de reyes, en Juez de jueces; el instrumento del suplicio en instrumento de salvación, y, después de veinte siglos, contemplamos con veneración cada detalle de esta divina comedia.

     Lo mismo que la salvación de la humanidad por Nuestro Señor ha precedido y permitido la formación de un orden cristiano, así la polí­tica metafísica precede a la política agonal. La sangre de la reparación necesaria del juego (48). Cuando un pueblo ha caído de la política meta­física agonal a la política-juego, él no vuelve jamás a la primera sin pa­sar por la prueba de la política metafísica. La Prudencia y la Justicia divina lo han dispuesto así. El purgatorio de los pueblos está en la tierra.

     La dictadura no constituye una excepción a esta regla. El dictador es generalmente un jefe de partido que, habiendo llegado legalmente a jefe del poder ejecutivo, ensaya retornar a una política agonal. Ahora bien, la historia ha probado que ningún dictador llegado al poder por medios de la política-juego, puede instituir un régimen durable. Él copia siempre alguna cosa del pasado; él no crea nada: sólo Dios da el poder de crear. No es sin embargo lo mismo en la llamada dictadura militar surgida de un golpe de Estado. Ella sí puede crear un orden durable, porque ella no debe nada al juego: ella emana de una institución esencialmente agonal; el ejército. Pero ella puede también caer en la política- juego, si el jefe militar busca una justificación humana a su conducta, o se apoya en la legalidad. No se puede servir a dos señores, Dios y la opinión. Cuando el hombre cree haber encontrado la paz y la seguridad en el orden material, la revelación está próxima.

Pascuas de 1969.
   
GUILLERMO GUEYDAN DE ROUSSEL
A.C.A. 
El Bolsón (Río Negro)


Revista JAUJA N° 34, Octubre 1969. Págs. 7-21.

Visto en: Syllabus
  

 Notas:

(1) XVII, 14.
(2) XII, 4.
(3) "No hay principios en los hombres si la divinidad no se los ha revelado; todo el resto no es más que ilusión y humo”, (Pierre Charron: "De la Sapiencia", 1601, p. 69).
“Jamás hubo Estado que se fundara sin que la religión le sirviera de base”, J. J. Rousseau.
“Nosotros debemos al cristianismo, en el gobierno un cierto derecho político, y en la guerra un cierto derecho de gentes, que la naturaleza humana no sabría reconocer bastante”, Montesquieu.
“Creo y sé que ninguna institución humana es durable, si no tiene una base religiosa”, Joseph de Maistre: “Consideraciones sobre Francia”.
“Los dogmas fundan las naciones”, De Bonald.
“Los fenómenos religiosos son el germen del que todos los otros —o por lo menos casi todos los otros— derivan”, Durkheim.
“Todas las nociones esenciales de la teoría contemporánea del Estado no son otra cosa, que concepciones teológicas secularizadas”, Cari Schmitt: "Politi­que Theologie”, 1922.
(4) "Confesiones de un revólucionario”.
(5) "Política realista”, París 1861 p. 4.      '        
(6) “Política realista”, p. 142
(7) Primer Libro de las Crónicas, XXI, 3; Segundo Libro de Samuel XIV,3.
(8)     Política, Libro III, Cap. XI, Par. 4.
(9) Cf., Funk-Brentano: Las Cruzadas, París 1934, p. 26.
(10) El Príncipe, p. 149.
(11) XVII, 24.
(12) El libro de la jungla, p. 57.
(13) Las dos fuentes de la moral y la religión, París, 1934, p. 307.
(14) A. Gides, Paludes, p. 111.
(15) Elogio de la locura, 1508.
(16) “Y en los nueve años siguientes, yo no hice otra cosa que rodar de aquí para allá por el mundo, tratando de ser espectador más bien que actor en todas las comedias que se representaron” (Discurso del método, 1637).
(17) “Pansophie ist die Anschauung des Universums” (Dr. H. Schick: Das altere Rosenkreuzertum).
(18) Sociedad secreta a la cual pertenecieron Berín, Bacon de Verolam y Campanella. En su libro “De la dignidad y crecimiento de las ciencias”, Bacon re­produce en los siguientes términos una frase de "El Príncipe”, de Maquiavelo: “No conviene inquietarse de la virtud misma, sino solamente de su parte exterior que está mirando hacia el público, y que no es nada más que para los espectadores”.
(19) La Fontaine considera las fábulas como: “Una amplia comedia con cien actos diversos, cuyo teatro es el Universo” (El leñador y Mercurio). Los filósofos eran también espectadores del hombre: “Locke hizo como Malebranche, él se encerró en sí mismo, y, después de haberse contemplado durante mucho tiempo, él presentó a los hombres el espejo en el cual se había mirado” (Diccionario Histórico, 1821).      
(20) "Cada hombre es así sobre la tierra un pequeño reino gobernado despóticamente por la opinión” (Le Mercier de La Rivière: El orden natural y esencial de las sociedades políticas, 1767.
(21) 1. Abt., 1 Bd., 1 Halbbd., p. 611.
(22) Abstracciones revolucionarias y realismo católico,         1935, p. 63.
(23) De la creación del orden en la humanidad, París, 1843.
(24) Memoria sobre la ciencia del hombre.
(25) Jean Barbeyras, Amsterdam, 1709.
(26) “El procedimiento electoral es simplemente una de las numerosas utilizacio­nes jurídicas de la pasión del juego". (Maurice Haurieu: Principios del derecho público).
(27) II.;. 168.2.3.
(28) La democracia en América, 1848, T. I, p. 19.
(29) "Yo me figuro que la ley es como el centro de un globo inmenso: todos los ciudadanos, sin excepción, están a la misma distancia de la circunferencia”. (Sieyés: ¿Qué es el estado llano?)
(30) Ps. XI. 9. La palabra "charlatán” (en latín, circulater) viene del verbo “circular”, formar un círculo. La rueda es el símbolo del charlatán.
(31) El uso de las escarapelas, en francés “cocardes”, remonta al siglo XVII. Etimológicamente “cocarde” significa manojo de plumas de gallo. En 1789, el gallo apareció por primera vez como emblema de Francia.
(32) Las armas de la ciudad de París llevan, en campo de gules un navío de plata sobre ondas del mismo metal, en jefe, de azur sembrado de lises. No es probable que La Fayette haya visto en el azul con el rojo los colores de la ciudad de París. Como francomasón, el veía los colores de la secta.
(33) Todas las comunidades religiosas hacen la guerra al espectador, a fin de que el culto no derive en un juego. La Ciudad Antigua asimila al hombre de afuera, al espectador, con el enemigo público (hostis); la entrada a los templos le está prohibida; su presencia durante las ceremonias es un sacrilegio.
(34) El gran pavor de los bien pensantes, París, 1931, p. 176.
(35) Noches de San Petersburgo, T. II, p. 457.
(36) Axel, París 1923, p. 190.
(37) Apoc., VII, 14.
(39) Eusebio: De vita Constantini.
(40) “Yo daré al victorioso una piedra blanca sobre la cual estará escrito un    nombre      que nadie conocerá, salvo el que la reciba" Apoc. II. 17
(41) Apoc., VII, 14.
(42) “Et coluerunt et servierunt creaturae petius quam Creatori” (Rom. I, 25). Este amor sui caracteriza el fin de los tiempos: “Erunt homines se ipsos amantes” (2. Tim. III, 2).
(43) Diálogos y fragmentos filosóficos, París, 1925, p. 181 y 58.
(44) P. 378.
(45) T. XXXV, p. 369.
(46) San Lucas VI, 23.
(47) San Juan XIX, 21.
(48) Lammenais ha escrito, en 1829: “Sí, ella, (la revolución) vendrá, porque es necesario que todos los pueblos sean instruidos y castigados; porque ella es indispensable según las leyes generales de la Providencia, para preparar la regeneración social”.



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