San Juan Bautista

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lunes, 9 de febrero de 2026

El sable y un caballo - Por: Antonio Caponnetto

 


EL SABLE Y UN CABALLO

Por Antonio Caponnetto

Finalmente, en la tarde del 7 de febrero de este 2026 que da sus primeros pasos, el golem de Milei trasladó el sable de San Martín del Museo Histórico Nacional al Regimiento de Granaderos a caballo. Los considerandos de la medida, primero, y los argumentos del discursete oficial después, nos retrotraen a la era de la historiografía más adulterada, facciosa y asqueante y del liberalismo político más aborrecible y atroz.

Como nunca falta un estulto de previsibles réplicas, de mí sé decir –y puedo probarlo- que estoy y estuve simétricamente en contra de estos apátridas del presente como de aquellos que robaron la espada, peronizaron al revisionismo y manipularon la noble pieza con sus manos hechas para la rapiña y los desmanes. Ni coimeras ni tobilleras nos representan; ni esbirros del Kahal ni mucamos de la Internacional Roja. Y si algún sitio pudiéramos elegir para depositar el legendario corvo, sería al pie de la tumba del Ilustre Restaurador de las Leyes, heredero legítimo y merecido de tamaña empuñadura.

Tal vez, al modo de un posible y difuso símbolo de la reacción al mal que se consumaba en el Campo de la Gloria de la batalla de San Lorenzo, en el mismo instante inicial de la pleitesía aduladora y servil al vasallo de la plutocracia, un caballo trazó un corcoveo redondo y olímpico con sus patas delanteras, y tiró por tierra a quien ocasionalmente lo montaba, frente al mismísimo palco oficial. Es necesario que vuelvan a montar los caballeros, decía Castellani; porque todo lo grande entre nosotros se ha hecho de a caballo. Le queden dedicados estos versos a nuestro Babieca argento y sanmartiniano.

 

GRATITUD A UN CORCOVEO

“Caballito criollo del instinto fiel...”

                                              Belisario  Roldán

 

Frente al palco preñado de ominosas presencias

agraviantes de un arma de antañonas hombradas,

en nombre de la patria, de su fe y sus mesnadas,

te negaste al reniego, corcel de las esencias.

 

Fue el tuyo un corcoveo que marcó las ausencias

de historias verdaderas y de manos honradas,

que hizo rodar al suelo las tan falsificadas

lecciones de ese sable que atesoran querencias.

 

 Caracoleaste pingo y no solo arrojaste

a un jinete sin culpa, acaso tu testigo,

sino a los mercaderes que en tu furia abjuraste,

 

y a la recua usurera de corazón innoble.

¡Qué respingue tu lomo convertido en castigo

que vuelva el Capitán con su Cruz y el mandoble!