EL SABLE Y UN CABALLO
Por Antonio Caponnetto
Finalmente, en la tarde del 7 de febrero de este 2026 que
da sus primeros pasos, el golem de Milei trasladó el sable de San Martín del
Museo Histórico Nacional al Regimiento de Granaderos a caballo. Los
considerandos de la medida, primero, y los argumentos del discursete oficial
después, nos retrotraen a la era de la historiografía más adulterada, facciosa
y asqueante y del liberalismo político más aborrecible y atroz.
Como nunca falta un estulto de previsibles réplicas, de
mí sé decir –y puedo probarlo- que estoy y estuve simétricamente en contra de
estos apátridas del presente como de aquellos que robaron la espada,
peronizaron al revisionismo y manipularon la noble pieza con sus manos hechas
para la rapiña y los desmanes. Ni coimeras ni tobilleras nos representan; ni
esbirros del Kahal ni mucamos de la Internacional Roja. Y si algún sitio
pudiéramos elegir para depositar el legendario corvo, sería al pie de la tumba
del Ilustre Restaurador de las Leyes, heredero legítimo y merecido de tamaña
empuñadura.
Tal vez, al modo de un posible y difuso símbolo de la
reacción al mal que se consumaba en el Campo de la Gloria de la batalla de San
Lorenzo, en el mismo instante inicial de la pleitesía aduladora y servil al
vasallo de la plutocracia, un caballo trazó un corcoveo redondo y olímpico con
sus patas delanteras, y tiró por tierra a quien ocasionalmente lo montaba,
frente al mismísimo palco oficial. Es necesario que vuelvan a montar los
caballeros, decía Castellani; porque todo lo grande entre nosotros se ha hecho
de a caballo. Le queden dedicados estos versos a nuestro Babieca argento y
sanmartiniano.
GRATITUD A UN CORCOVEO
“Caballito criollo del instinto fiel...”
Belisario Roldán
Frente al palco preñado de ominosas presencias
agraviantes de un arma de antañonas hombradas,
en nombre de la patria, de su fe y sus mesnadas,
te negaste al reniego, corcel de las esencias.
Fue el tuyo un corcoveo que marcó las ausencias
de historias verdaderas y de manos honradas,
que hizo rodar al suelo las tan falsificadas
lecciones de ese sable que atesoran querencias.
Caracoleaste pingo
y no solo arrojaste
a un jinete sin culpa, acaso tu testigo,
sino a los mercaderes que en tu furia abjuraste,
y a la recua usurera de corazón innoble.
¡Qué respingue tu lomo convertido en castigo
que vuelva el Capitán con su Cruz y el mandoble!
