Volvieron
otra vez los discípulos a su casa, pero María se quedó llorando fuera, junto al
sepulcro[1].
1. La
naturaleza femenina es compasiva e inclinada a piedad. Lo digo para que no te
cause extrañeza que María llorase amargamente junto a la tumba y Pedro no
hiciese lo mismo. Los discípulos volvieron otra vez a su casa -dice la Escritura-,
pero ella permaneció llorando. En efecto, su naturaleza era pronta al
desánimo y, además, no conocía todavía con claridad la doctrina de la
resurrección. Ellos, en cambio, después de ver los lienzos y de que creyeran,
se fueron a sus casas llenos de estupor. ¿Por qué no fueron en seguida a
Galilea, tal y como se les había mandado antes de la pasión? Quizás esperaban a
los otros, pero, ante todo, estaban todavía muy perplejos.
Es un
hecho, sin embargo, que ellos se fueron y ella se quedó junto al sepulcro. Tal
y como dije, la contemplación del sepulcro era para ella un gran consuelo. ¿Ves
cómo, para quedarse más tranquila, asoma la cabeza, deseosa de ver el lugar
donde había estado el cuerpo? Por esto, por su mucha diligencia, recibió un
premio no pequeño. Lo que los discípulos no vieron, ella, en cambio, fue la
primera en verlo, es decir, a los ángeles que estaban sentados, uno a los pies y
otro a la cabeza, vestidos de blanco y con aspecto resplandeciente y alegre.
Puesto que, en lo espiritual, la mujer no estaba suficientemente elevada para
admitir la resurrección con sólo la vista de los sudarios, sucede algo más, y
ve a los ángeles sentados con resplandecientes vestiduras, de suerte que, entre
tanto, se repone del dolor y obtiene consuelo.
Mas
nada le dicen de la resurrección, sino que avanza hacia este dogma poco a poco.
Vio rostros alegres, mucho más que lo ordinario, vio la vestidura
resplandeciente, oyó la voz compasiva. ¿Qué le dijo? Mujer, ¿por qué lloras?[2].
A través de todo ello, como si una puerta se abriera, era conducida
paulatinamente al entendimiento de la resurrección. Es más, la forma misma en
la que estaban sentados la llevó a preguntar, ya que parecían conocedores de lo
ocurrido. Por eso no estaban sentados juntos, sino separados el uno del otro.
No era natural que ella osara preguntarles, mas, con la pregunta que le hacen y
con la forma de estar sentados la inducen a hablar. ¿Qué dice ella? Con ardor y
con afecto al mismo tiempo dice: Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo
han puesto. ¿Qué dices? ¿Todavía no reconoces la resurrección y piensas aún
en el traslado del cuerpo? ¿Ves cómo todavía no había aceptado esta sublime
doctrina?
Después
de haber dicho esto, se volvió hacia atrás[3]. ¿Es lógico,
acaso, que, mientras hablaba con ellos y sin obtener respuesta alguna todavía,
se volviera hacia atrás? Me parece que, mientras ella hablaba, de súbito, Jesús
se apareció tras ella y llenó de estupor a los ángeles, quienes, al ver a su Señor,
al punto, tanto en su porte como en su mirada y actitud, dieron muestras de que
lo veían, y esto es lo que hizo volverse a la mujer y mirar hacia atrás. Así se
apareció a los ángeles, pero no a la mujer, sino que a ella se le apareció con
un aspecto más humilde y ordinario, con el fin de no atemorizarla cuando por
primera vez lo viera. Es evidente, ya que creyó que era un hortelano. No era
conveniente elevar rápidamente a una persona humilde, sino poco a poco. De
nuevo le pregunta: Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?[4].
Manifestó que sabía lo que quería preguntarle y la llevó a responder. Lo
entendió así la mujer y no mencionó el nombre de Jesús, sino que, como si
tuviera información acerca de lo que le iba a preguntar, le dijo Si tú lo
has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo tomaré. Emplea los términos
«depositar», «levantar» y «llevar», como si hablara de un muerto. Lo que quiere
decir es: «Por miedo a los judíos os lo llevasteis de aquí. Decidme dónde y yo
lo recogeré. Grande era la bondad y el afecto de la mujer, más todavía sus
pensamientos no alcanzaban nada sublime. Por ese motivo le revela su presencia,
no a través de la vista de su persona, sino a través de la voz.
De la
misma forma que unas veces se manifestaba a los judíos y otras se les ocultaba,
aunque estuviera presente, de igual modo ahora, cuando quiso, se dio a conocer
a través de la voz. Cuando preguntó a los judíos: ¿A quién buscáis?[5],
mientras él quiso, no lo reconocieron ni por el aspecto ni por la voz. Otro
tanto sucedió aquí. Sólo la llamó por su nombre para reprocharle y para
reprenderle por imaginar cosas semejantes de quien estaba vivo. ¿Cómo volviéndose
atrás habla, si él ya estaba conversando con ella? Me parece que, después de
preguntar ella: ¿Dónde lo has puesto?, se volvería a los ángeles para
preguntarles el motivo de su asombro y que, a continuación, cuando Cristo la
llamó por su nombre, ella se volvió hacia él y se apartó de éstos, cuando
Cristo se le reveló por su voz. Cuando la llamó María[6],
ella lo reconoció. De todo ello se deduce que el hecho de que lo reconociera se
debió, no a la contemplación de su aspecto, sino al oír su voz. Considera cómo
él le dijera: No me toques[7].
Esto debe comprenderse a la luz de que ella se volvió. ¿Por qué le dijo: No
me toques? Algunos mantienen que ella pedía una gracia espiritual, pues le
había oído decir a los discípulos: Si voy a mi Padre, le rogaré y os dará otro
consolador[8].
2. Pero
¿cómo oyó esas palabras si no estaba con los discípulos? Por lo demás, una
interpretación semejante está lejos de la intención de este pasaje. ¿Cómo iba a
pedirle eso, si todavía no había ido al Padre? ¿Cuál es su significado entonces?
A mí
me parece que ella quería estar con él como tiempo atrás y que, por la alegría
de verlo, no pensó en su grandeza, aunque su apariencia corporal era, con
mucho, mejor. Por eso la aparta de ese pensamiento y de un trato tan confiado
-ni siquiera con los discípulos aparece conversando con tanta familiaridad- y
eleva su pensamiento de forma que lo trate con una actitud mucho más reverente.
Ahora bien, de habérselo dicho abiertamente, habría parecido duro y arrogante.
Diciendo: Aún no he subido a mi Padre manifestaba lo mismo, pero sin
aspereza. Al decir: Aún no he subido demuestra que se aprestaba a
hacerlo.
Por
eso, porque él partía hacia allí e iba a dejar de estar entre los hombres, ella
no podía mirarlo del mismo modo que antes. Que esto es así se colige de lo
siguiente: Ve y di a mis hermanos. No lo iba a hacer inmediatamente,
sino después de cuarenta días. ¿Cómo, entonces, dice estas palabras? Porque
deseaba elevar su pensamiento y persuadirla de que iba a los cielos. Las
palabras: mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios hacen referencia
a la encarnación. De la misma forma que la acción de ascender se refiere al
cuerpo, ya que dirigía estas palabras a la que todavía no imaginaba nada
excelso. Luego ¿es Padre de él de una forma y de otra distinta de nosotros? Es evidente
que sí. Si es Dios de los justos de forma distinta a como lo es de los demás
hombres, con mayor motivo lo será del Hijo y de nosotros. Había dicho: Di a
mis hermanos. Por eso, para que no creyeran que eran iguales a él, pone de
manifiesto la diferencia. Él iba a sentarse en el trono de su Padre, mientras
que ellos iban a colocarse junto a él. De esta suerte, aunque según la
naturaleza corporal se hizo hermano nuestro, sin embargo, hay una gran
diferencia en dignidad, tanta que no es posible definirla.
Ella
fue a anunciar estas cosas a los discípulos[9].
Tan grande es su fidelidad y perseverancia. Y ellos ¿por qué se entristecieron
por su partida y no le dijeron lo que le habían dicho anteriormente? Antes
sufrían porque habría de morir, mas ahora, resucitado, ¿por qué iban a
entristecerse? Ella les relató la visión de Cristo y sus palabras, todo lo cual
era suficiente para consolarlos. Oído esto, era natural que los discípulos, o
bien no dieran crédito a las palabras de la mujer, o bien, si se lo daban, se
dolieran de que no los hubiera considerado a ellos dignos de la visión, pese a haberles
anunciado que se les aparecería en Galilea. Con el fin de que no se angustiaran
con estos pensamientos, él no dejó que pasara ni un solo día, sino que,
incrementado su deseo, ya sea porque supieran que había resucitado, ya porque
se lo oyeron a la mujer, cuando estaban ansiosos por verle y también temerosos,
circunstancia que hacía mayor el deseo, entonces, ya atardecido, se les
apareció, y de forma muy admirable.
¿Por
qué se les apareció cuando ya había atardecido? Porque era natural que entonces
tuvieran más miedo. ¡Pero esto es admirable! ¿Cómo no lo creyeron un fantasma? Entró
cuando las puertas estaban cerradas, y de repente. Contribuyó a ello, sin duda,
que la mujer les había infundido mucha fe, pero, sobre todo, que él mostró un
aspecto sereno y apacible. Durante el día no se les apareció para que todos
estuvieran reunidos, pues era grande su consternación. Ni siquiera llamó a la
puerta, sino que de improviso apareció en medio de ellos y les mostró su
costado y sus manos. Al mismo tiempo, con su voz calmó sus tempestuosos pensamientos
diciendo: Paz a vosotros[10].
Con estas palabras les recuerda lo que les había dicho antes de la crucifixión,
esto es: Mi paz os doy, y Tened paz en mí, que en el mundo tenéis tribulación[11].
Se
alegraron los discípulos al ver al Señor[12]. ¿Ves
que sus palabras tienen cumplimiento en las obras? Antes de la crucifixión les
había dicho: De nuevo os veré y se alegrará vuestro corazón, y vuestra alegría
nadie os la quitará[13],
y ahora lo cumple. Todo esto les llevó a una fe mucho más segura. Mantenían una
guerra sin tregua con los judíos; por eso les repite una y otra vez: Paz a
vosotros, para darles un consuelo proporcionado a esa contienda.
3. Esta
es la primera frase que dijo después de la resurrección, motivo por el que
Pablo continuamente dice: La gracia y la paz sean con vosotros[14].
A las mujeres, sin embargo, les anuncia alegría, ya que este sexo vive en
tristeza, y fue ésta la primera maldición que recibió[15].
Por consiguiente, era oportuno que a los hombres les anunciara paz a causa de
la guerra y a las mujeres alegría a causa de la tristeza. Después de poner fin
a todo lo que era objeto de tristeza, habla de lo conseguido con la cruz, y
esto fue la paz.
Había
removido todos los obstáculos, logrado una brillante victoria, llevado todo a
cumplimiento. Y a continuación añade: Como me envió el Padre, así yo también
os envío[16].
Con estas palabras eleva sus ánimos y les demuestra que, si van a llevar a cabo
su obra, han de confiar en él. Ya no pide al Padre por ellos, sino que les da poder
con autoridad. Sopló y dijo: Recibid el Espíritu Santo. A los que perdonéis los
pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos[17].
De la misma forma que un rey que envía gobernadores les da potestad para poner
en prisión y para sacar de ella, de igual modo, al enviar a los discípulos, les
confiere este poder. ¿Por qué dijo?: Si yo no me voy, él no vendrá[18]
y ahora
les da el Espíritu. Algunos opinan que en ese momento no les dio el Espíritu,
sino que, al soplar sobre ellos, los dispuso a recibirlo.
Porque,
si Daniel perdió la razón cuando vio un ángel[19]
¿qué no les habría sucedido a los discípulos al recibir aquella gracia
inefable, si no los hubiera preparado primero? Por este motivo no dijo: «Habéis
recibido el Espíritu Santo», sino Recibid el Espíritu Santo. No se equivocaría
quien dijera que entonces recibieron un cierto poder espiritual y una cierta
gracia, pero no para resucitar muertos y hacer milagros, sino para perdonar
pecados. Diferentes son, en efecto, los carismas del Espíritu[20].
Por ese motivo, añadió: A los que perdonéis los pecados, les serán
perdonados, manifestando qué clase de poder les comunicaba.
En el
mismo lugar, y pasados cuarenta días, recibieron el poder de obrar milagros.
Por eso dice: Recibiréis el poder del Espíritu Santo que vendrá sobre
vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén y en toda Judea[21] y serán testigos por sus milagros. Es inefable la
gracia del Espíritu, y múltiples son sus dones. Esto sucede para que aprendas
que uno es el don y el poder del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Lo que parece
ser propio del Padre pertenece también al Hijo y al Espíritu Santo. ¿Por qué
dice que nadie va al Hijo si el Padre no lo lleva[22]?
Pero esto también es propio del Hijo: Yo -dice- soy el camino. Nadie
va al Padre sino por mí[23].
Mas observa ahora cómo también es propio del Espíritu: Nadie puede decir: «Jesucristo
es el Señor», salvo en el Espíritu Santo[24].
Al mismo tiempo vemos que los apóstoles fueron dados a la Iglesia, unas veces
por el Padre, otras por el Hijo y otras por el Espíritu Santo, y vemos que la
variedad de gracias son del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
4.
Pongamos, por consiguiente, todo el esfuerzo a fin de tener con nosotros al
Espíritu Santo y honremos a quienes ha sido confiado su poder. Grande es la
dignidad de los sacerdotes. A los que perdonéis los pecados les serán perdonados.
Por este motivo, Pablo decía también: Obedeced a vuestros jefes y estadles sujetos[25] y tenedlos en mucha estima. Tú cuidas de tus cosas y,
si las llevas bien, no tendrás que dar razón de los otros. El sacerdote, en
cambio, aunque ordene bien su propia vida, si no cuida celosamente por tus
intereses y por los de todos los demás que están a su cargo, va al infierno con
los malvados. Con frecuencia, aunque sus propios pecados no le condenen, le
pierden, sin embargo, los vuestros, si es que no ha cumplido con todo lo que
era su responsabilidad. Conocedores de la magnitud de su riesgo, mostradles
mucho afecto, tal y como lo manifestó Pablo cuando dijo: Ellos velan por
vuestras almas, y no de cualquier forma, sino como quien ha de dar cuenta de
ellas[26],
motivo por el que es necesario que gocen de gran respeto. Si vosotros, juntamente
con los demás, los insultáis, tampoco vuestras cosas irán bien. Mientras el
piloto conduce con tranquilidad, las posesiones de los pasajeros estarán a
salvo. Mas si él se acobarda porque los pasajeros lo insultan y porque hay desavenencias
entre ellos, no podrá estar vigilante y ejercer su oficio de la misma forma y,
aunque no lo pretenda, lanzará a los pasajeros a desgracias innumerables.
Sucede lo mismo con el sacerdote. Si goza de vuestra estima, será capaz de
cuidar de vuestros intereses. Pero si, por el contrario, le causáis disgusto,
sus manos perderán el vigor y, aunque sea de ánimo esforzado, le exponéis a ser
víctima de las olas juntamente con vosotros.
Considera
lo que dice Cristo de los judíos: En la cátedra de Moisés se han sentado los
escribas y los fariseos. Haced todo cuanto os digan que hagáis[27].
Ahora no es posible decir «sobre la cátedra de Moisés se sentaron los
sacerdotes», sino «sobre la cátedra de Cristo», que su enseñanza es la que han recibido.
Por eso afirma Pablo: Somos embajadores de Cristo, como si Dios os exhortara
por medio de nosotros[28].
¿No
veis que todos los hombres están sujetos a los gobernantes temporales, incluso
en el caso de que con frecuencia los súbditos sean de un linaje más noble y
superiores en conducta y prudencia a los que mandan sobre ellos? Sin embargo,
por consideración con quien les confirió el poder, nada de esto tienen en
cuenta, sino que respetan la
decisión
del que gobierna, sea quien fuere el que ejerce el poder. Grande es el temor si
un hombre elige. Ahora bien, si es Dios el que escoge, despreciaremos al
elegido, lo injuriaremos, le cargaremos de oprobios sin número y, aunque se nos
ordene no juzgar a nuestros hermanos, afilaremos la lengua contra los
sacerdotes. ¿Cómo defender tal conducta, ya que, sin ver la viga que llevamos
en nuestros ojos, examinamos minuciosamente la paja del prójimo[29]?
¿No sabes que, si juzgas así, te preparas un juicio mucho más difícil para ti
mismo?
No
digo esto como defensa de quienes ejercen indignamente el sacerdocio; por el
contrario, los compadezco y lloro por ellos. Pero no por eso afirmo que sea
justo ser juzgado por los súbditos y, mucho menos todavía, por los más simples.
Aun en el supuesto de que su conducta sea muy censurable, tú, si prestas
atención a tus propias cosas, no sufrirás ningún daño en aquello que fue
encomendado por Dios al sacerdote. Si hizo que hablara una asna y concedió
bendiciones espirituales a través del adivino, si mediante la boca de un animal
irracional y la lengua impura de Balaán obró en favor de los judíos, que lo
habían ofendido[30],
¿cuánto más no obrará todo en favor de vosotros, que sois buenos, aunque los
sacerdotes sean perversos, y os enviará el Espíritu Santo? Porque no es la
pureza individual la que por su propia pureza le atrae, sino que todo es efecto
de la gracia. Todo es por vuestro propio bien -dice el Apóstol-, ya sea
Pablo, ya sea Apolo, ya sea Cefas[31].
Lo
encomendado a un sacerdote sólo a Dios compete darlo y, por mucho que avance la
prudencia humana, siempre aparecerá como inferior a aquella gracia. Digo esto,
no para que conduzcamos nuestra vida de forma negligente, sino para que no
suceda que, si vuestros superiores son perezosos, vosotros, los regidos, vayáis
a ocasionaros males. ¿Qué digo de los sacerdotes? Ni un ángel, ni un arcángel pueden
hacer algo con respecto a los dones de Dios, sino que son el Padre, el Hijo y
el Espíritu Santo los que lo administran todo. El sacerdote simplemente presta
su lengua y ofrece sus manos. No era justo que los que se reúnen en la fe
sufrieran algún daño en lo relativo a los símbolos de nuestra salvación por la
perniciosa conducta de otro. Conocedores de todo ello, temamos a Dios y
estimemos a sus sacerdotes mostrándoles todo respeto, a fin de que, tanto por
nuestras buenas obras cuanto por la reverencia a ellos mostrada, recibamos de
Dios una gran recompensa, por la gracia y la bondad de nuestro Señor
Jesucristo, con el cual sea al Padre, juntamente con el Espíritu Santo, gloria,
poder y honor, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
[1] Jn 20,
10-11.
[2] Jn 20,
13.
[3] Jn 20,
14.
[4] Jn 20,
15.
[5] Jn 18,
7.
[6] Jn 20,
16.
[7] Jn 20,
16.
[8] Cf. Jn
14, 16.
[9] Cf. Jn
20, 18.
[10] Jn 20,
19.
[11] Jn 14,
27; 16, 33.
[12] Jn 20,
20.
[13] Jn 16,
22.
[14] Rm 1,
7.
[15] Cf. Gn
3, 16.
[16] Jn 20,
21.
[17] Jn 20,
22-23.
[18] Jn 16,
7.
[19] Cf. Dn
8, 17.
[20] Cf. 1
Co 12, 4-11.
[21] Hch 1,
8.
[22] Jn 6,
44.
[23] Jn 14,
6.
[24] 1 Co
12, 3.
[25] Hb 13,
17.
[26] Hb 13,
17.
[27] Mt 23,
2-3
[28] 2 Co 5,
20.
[29] Cf. Mt
7, 3; Le 6, 41.
[30] Cf. Nm
22, 22ss.
[31] 1 Co 3,
22.
