El pasado 17 de abril del corriente año, en
el marco del Curso Anual: Resistencia
Católica a la Revolución Anticristiana, impartido por el benemérito y
querido Centro Pieper, el profesor Claudio Mayeregger dictó una conferencia titulada:
“¿Qué es la Revolución?” (Versión disponible en https://www.youtube.com/live/8XdkskFy4ik?si=sUw2izGMDp6Q1iBa). Se trata de una enjundiosa y meritoria
exposición, tanto por el extenso tiempo dedicado al análisis como por la
hondura de los contenidos abordados y la versación desplegada en distintos
ámbitos del saber. Quienes nos hemos beneficiado en ocasiones anteriores de
otras lecciones suyas, sabemos cuán provechosas suelen ser y estamos prontos a
manifestar nuestra gratitud.
Sin
embargo, hay algo, sobre todo en los momentos finales del discurso mentado, ante
lo cual nos vemos obligados a disentir, con dolor cuanto con energía. En
general se trata de su visión del proceso independentista hispanoamericano; en
particular se trata de su opinión injustísimamente despectiva y tergiversadora
respecto del Nacionalismo Católico Argentino. Sobre ambos tópicos repite –como si jamás hubiesen sido respondidos-
los argumentos de los que se viene valiendo el Carlismo para agredir sin mesura
ni genuino conocimiento a esta escuela nuestra identificada con el nombre de
Nacionalismo Católico. Escuela que ha dado (sin mengua de los humanos defectos
de toda obra terrena) desde pensadores insignes hasta mártires, desde varones
de alta vara académica hasta modelos de vida testimonial; desde humanistas de
nota y relieve hasta celosos defensores de nuestra identidad hispano-criolla.
Del párrafo precedente subrayamos la
expresión: “como si jamás hubiesen sido respondidos”, porque hiere a la
inteligencia por un lado, pero desmerece el rigor científico por otro, constatar
que en un tema naturalmente polémico no se respeta el status quaestionis, encarándoselo incluso con calculada
displicencia. Es como si abordáramos
la controversia De Auxiliis desconociendo
las recientes discusiones planteadas en espacios como Catholic Answers o Catholic Philosophy, o las posiciones de Stephen Brock; o como si quisiéramos discutir sobre Pearl
Harbor ignorando los estudios más recientes de Steve Twomey o Eri Hotta. Cuando
un tema es de naturaleza controversial, se tome la postura que se tomase, el
rigor intelectual exige no desconocer ninguna de las posiciones actuales en litigio,
sopesándolas según recto saber y entender.
Incumpliendo esta norma necesaria, Mayeregger
desacredita al Nacionalismo Católico por “la necesidad de rescatar como
próceres cristianos a los próceres de la Revolución en Argentina. Y en la
medida en que eso implica una operación de distorsión de la historia es algo
completamente insano y ajeno a la verdad. Negar que hombres como Belgrano o
José de San Martín tienen una ideología liberal profundamente arraigada en su
mente, es negar una evidencia...”.
Curioso criterio éste y extrañísimo
desconocimiento de los vaivenes de la historiografía nacional. El Nacionalismo
Católico –principalmente a través de una de sus capitales aportaciones que fue
el Revisionismo Histórico- tuvo el honor y el mérito de probar, contra viento y
marea y a pesar de abrumadores pesares, que nuestro pasado había sido
falsificado intencionalmente, con “errores a designio” y por una banda de
orates cuanto de mentirosos seriales, encabezados entre otros por la tríada
maldita de Mitre, Sarmiento y Vicente Fidel López. Fueron ellos y sus secuaces
los que durante larguísimo tiempo hilvanaron un relato ficto e ideológico
“completamente insano y ajeno a la verdad”. Fueron ellos, liberales y masones,
los que escamotearon “las evidencias” que probaban exactamente lo contrario de
la imagen que querían transmitirle a la posteridad de hombres como Belgrano o
San Martín. Un verdadero desquiciado mental cual lo fue Sarmiento (lo demostró
entre otros el afamado psiquiatra Nerio Rojas), unos inescrupulosos como Mitre
y López que se jactaron de haber fabricado nuestro pretérito con la crueldad de
“un despotismo turco”, más una recua de personajes secundarios, como Agrelo,
Albarellos o Félix Frías, que se gloriaron de proponer la falsificación
histórica como política de Estado, quedan libres de culpa y cargo. Inventaron,
entre otras cosas, que Belgrano y San Martín eran liberales y masones; y lo
impusieron como dogma a multitud de generaciones.
Irrumpe el Nacionalismo Católico y emprende la
titánica tarea, en soledad y en aislamiento, de gritar la verdad desde los
tejados. Pero para Mayeregger –funcional en esto al liberalismo
historiográfico- los insanos y distorsionadores no son aquellos mentados
artífices de la historia oficial, sino los nacionalistas católicos. No son los
que saquearon intencionalmente los archivos, arrinconaron los repositorios
documentales y torcieron la memoria colectiva para que las camadas venideras no
supieran que habían sido traidores a la patria, sino los que posen “una actitud
de Nacionalismo Católico” (sic). Algunos de los cuales a quienes llama insanos y distorsionadores ofrecieron literalmente su sangre, combatiendo
también en el terreno de la verdad histórica. Y otros perdieron su fama, su
hacienda y su honra, en los duros combates por una historiografía veraz.
Negarlo, como hace el crítico, y ofender sus personalidades con los dicterios
que les ha endilgado, es dejar documentada una liviandad e inequidad que no se
condice con el señorío que le reconocemos.
Invitamos al profesor Mayeregger a retirar
caballerescamente estos agraviantes cargos y a disculparse con la magnanimidad
cristiana de la que lo sabemos capaz. Pero no a disculparse con nosotros
(individualmente hablando), sino con esos preclaros maestros –sus nombres y
libros suman centenas- cuyo gran mérito
fue paradójicamente el que aquí se les señala como defecto: haber rescatado la
fisonomía cristiana de los auténticos próceres. Lo invitamos también a que
recapacite sobre esta contradicción en la que incurre: ¿por qué los
nacionalistas católicos deberíamos dejar de probar que determinados próceres
fueron cristianos, mientras muchos de sus impugnadores insisten en querer
probar que la monarquía borbónica era legítima, y no una canallesca tiranía
esclava de Napoleón, ante la cual cabía necesariamente el derecho de
resistencia? ¿Por qué el Nacionalismo Católico debería abandonar “la mala
costumbre” de construir revolucionarios en próceres cristianos, mientras la
historiografía carlista sigue convirtiendo
a sus caudillos “realistas” en paladines de la tradición y de la
restauración contrarrevolucionaria, sin tener en cuenta que abundaron entre
ellos masonetes, logiados, agentes napoleónicos, cooperadores de los planes
británicos, segregacionistas, déspotas ilustrados o crueles sayones de una
monarquía ilícita y servil. Los nombres abundan y los tristes ejemplos también.
Llevamos
algunos años investigando el punto. Precisamente esta respuesta al profesor Mayeregger
nos toma leyendo un valioso y erudito trabajo reciente del Dr. Sergio Castaño,
“La forma de la monarquía indiana y el fundamento de legitimidad de las Juntas
Americanas de 1808-1810”. Lo recomendamos vivamente, tras la experiencia
personal de sacar un fecundo provecho de cada una de sus páginas. Y ha sido
editado por la Complutense de Madrid, señal de que en la Madre Patria no todos
se han dado al irrecomendable oficio de desconocer y de desmerecer las
aportaciones del mejor revisionismo católico y argentino.
En segundo lugar, tampoco es cierto que el
Nacionalismo Católico se propuso “rescatar como próceres cristianos a los
próceres de la Revolución Argentina”; como quien dice que se propuso inventar
que los demonios no se habían rebelado contra Dios o que todos los porteños son
desinteresados. Se propuso separar el trigo de la cizaña, defender lo
defendible y no tener miedo de decir la verdad, según la conocida fórmula
ciceroniana. Por eso, reivindicó como cristianos a quienes las evidencias lo probaban
con creces. Y apuntó severamente el índice acusador contra aquellos “patriotas”
que habían sido probadamente jacobinos, iluministas, francmasones,
hispanófobos, agentes extranjeros y felones capaces de repugantes arterías.
Sirvan de ejemplo San Martín y Sarmiento.
No en vano el primero –que ya había tenido
que castigar en Cuyo las indecencias furibundas del padre del segundo- cuando
fue visitado por el sanjuanino, en mayo de 1846, en Grand Bourg, discrepó
ásperamente con él. Y se le atribuye una carta enviada a posteriori en la que
habría sostenido que “Sarmiento es simplemente un mal argentino, un hombre que
todo lo sacrifica a su vanidad y a su odio”, autor de “escritos más propios
para excitar pasiones que para servir a la patria”. Sarmiento, por su parte, es
bien conocido que tras la entrevista dejó estampado su hiriente juicio adverso
hacia el General, como puede leerse en su Galería
de hombres célebres, editado en Chile en 1854. Lo llamó, entre otras cosas,
ariete desmontado y anciano reblandecido y ajado. Por eso desconcierta que
Mayereggen sostenga que “San Martín es un claro antecedente de Sarmiento, y que
su común denominador es la consideración de “los pueblos de la América Hispana”
como “pueblos retrasados, sumergidos en la ignorancia, pauperizados por un
régimen colonial injustísimo”, así como por “la admiración que tributan a los
Estados Unidos de Norteamérica”.
Ninguno de los aborrecibles vituperios a la
Hispanidad esparcidos a lo largo de la viscosa obra del sanjuanino, aparecen en
el pensamiento de San Martín, estampado, por ejemplo, en su nutrida
correspondencia. Así como ninguno de los desacertados elogios atribuidos por
Sarmiento a Norteamérica, sobre todo en su libro “Viajes por los Estados
Unidos”, se hallará en los textos o en los actos sanmartinianos. En las
antípodas estuvo, por ejemplo, de aprobar el régimen esclavista yanky, la
Doctrina Monroe o la atrocidad del Destino Manifiesto. En las antípodas de
considerar que lo hispano-criollo fuera sinónimo de barbarie, y que la civilización
ingresa en la historia por las puertas del universo anglo francés. En las
antípodas de venerar a Franklin por sobre Jesucristo, como lo estampó Domingo
Faustino para su oprobio; o de acarrear al por mayor maestras protestantes,
prontas para lavarnos el cerebro al amparo de la ominosa Ley 1420.
Cuando San Martín critica la acción de España
en América –y efectivamente lo hizo- se refiere principalmente a los efectos
causados por la tiranía borbónica y a lo que daba en llamar con frecuencia “el
estúpido Partido Fernandino”. Lo criticado era el régimen de sumisión,
esclavismo, mercantilización de estas tierras, abuso de poder y despreocupación
por los derechos soberanos de nuestros espacios americanos, a los cuales se los
trataba de hecho como factorías o colonias. Lo criticado no era la España
Eterna, cuyos paradigmas mencionó en ocasiones, por caso el Quijote, Alfonso el
Sabio o Santa Teresa de Jesús, sino el españolismo decadente y entreguista, de
cuyos males había sido testigo presencial y doliente. Pero en su ideario, en sus recuerdos, en su forma mentis y en su ethos, están siempre presentes los
valores y los maestros hispánicos de los que se nutrió en los años capitales de
su formación. Venimos de probarlo en nuestro libro “José de San Martín:
Arquetipo de la Hispanidad”.
Recuérdese además las condenas tajantes de
San Martín a los masones rivadavianos, acusándolos de ser “unos cuantos demagogos que, con sus locas
teorías, lo han precipitado [al país] en los males que lo afligen y dándole el
pernicioso ejemplo de perseguir a los hombres de bien, sin reparar en los
medios. Se lo dice a Tomás Guido en conocida epístola de enero de 1829. Ahora
bien: ¿de dónde venían esas locas teorías, esos pensamientos demagógicos y esos
perniciosos ejemplos? No de la barbarie española anatematizada por Sarmiento;
sino, contrariamente, del pensamiento iluminista anglosajón que San Martín
advertía claramente en aquellos círculos apátridas de su archi enemigo
Bernardino Rivadavia. El pensamiento político de San Martín conduce al gobierno
de Juan Manuel de Rosas. Gobierno al que precisamente Sarmiento atacó hasta el hartazgo,
descalificando al caudillo por ser “el Felipe II de América”. Mayor oposición
imposible. A la vista de estos renglones a vuelapluma que ofrecemos como
cordial protesta, ¿puede el profesor Mayeregger seguir sosteniendo que nosotros
“manejamos la realidad ideológicamente, y no según la realidad” (sic)? ¿Qué
afirmación o qué hecho de los que venimos mencionando en sintético pantallazo,
entran en colisión con la realidad? ¿Qué servicio se le presta a la Revolución,
haciendo lo contrario de la Revolución en el vital terreno de los estudios
históricos? Por eso, nuestro Nacionalismo, repugna de las ideologías y levanta
una Doctrina de Guerra Contrarrevolucionaria. Lo enseñó Jordán Bruno Genta, y
le quitaron la vida por hacerlo.
El caso del obispo Nicolás
Videla del Pino
El
profesor Mayeregger, para probar su tesis de que los próceres independentistas
eran peligrosamente revolucionarios, ha elegido un ejemplo que nunca debió
haber elegido. Excepto, repetimos, que quiera dejar documentada su indolencia e
ingravidez en la materia que aborda.
Si hay un tema histórico argentino
correspondiente a la segunda década del siglo XIX que ha sido y sigue siendo
objeto de sesudas e interminables investigaciones y disputas, pues ese ha sido
el caso del precitado obispo salteño. Hasta donde tenemos noticia fue escasos
seis años atrás, en diciembre de 2019, precisamente en Salta, con ocasión del
bicentenario de la muerte del prelado, la última vez que se llevaron a cabo
unas Jornadas dedicadas a rendirle homenaje y a actualizar el problema historiográfico
que ha suscitado durante dos siglos.
Historiadores de distintas corrientes, durante
largo tiempo, se ocuparon de la cuestión. Desde clásicos de la escuela federalista
como Bernardo Frías, Atilio Cornejo o Luis Güemes, hasta prestigiosísimos
revisionistas como Vicente Sierra, pasando por destacados investigadores
científicos como Cayetano Bruno, Abelardo Levaggi, Oscar Acevedo, Pedro Grenon,
Gabriel Foncillas, Pedro Martínez, María Irene Romero y una nómina que sigue
extensamente. Quien quiera acceder de modo rápido e integral a una valiosa y
completa síntesis de la disputatio,
puede hacerlo en Hispania Sacra,
LXVI, 133,
enero-junio 2014, 133-177, ISSN: 0018-215X, doi: 10.3989/hs.2013.049: Emiliano
Sánchez Pérez, Institutum
Historicum Agustinianum,
“El obispo Nicolás Videla y el General Belgrano”.
Por supuesto que puede buscarse y leerse cómodamente de manera digital.
Haciendo
caso omiso de cualquier referencia a tan compleja discusión, el profesor
Mayereggen despacha el caso en dos líneas: “Manuel Belgrano hace preso y manda
preso desde Salta a Rosario al obispo Monseñor Videla del Pino, por actividades
contrarias al Gobierno de Buenos Aires, por oponerse a la Revolución. ¿Eso qué
es? ¿Es un gesto profundamente católico; es un gesto de conservación del orden
tradicional cristiano de la sociedad del Reyno de Indias?”.
Empecemos
por las preguntas retóricas y sarcásticas. No; el gesto de Belgrano al
encarcelar al obispo no es ni profunda ni superficialmente católico. No está en
juego la Fe, ni se lo apresa por odio a Cristo, a la Iglesia o al Credo. Es la
acción punitiva contra la sospecha de un delito civil concreto, cual sería el
de pasarle información al despiadado José Manuel de Goyeneche, general de un
ejército contrincante en una guerra fratricida. La Religión no es la
cuestionada; la Jerarquía, per se, no es puesta en la picota. Tampoco la
Cátedra de Pedro y la sucesión apostólica. Mucho menos la conservación del
orden tradicional. Se lo supone espía al servicio de la causa “realista”, a
la que el mismo obispo había declarado pública y solemnemente no pertenecer,
y se actúa según los protocolos vigentes –aquí y en España- basados en los
principios regalistas y en las facultades otorgadas por el Patronato. Si las conductas contra el obispo hubiesen
sido de carácter eclesiológico, su fuero debía haber sido el eclesiástico y
juzgado por sus tribunales específicos. Pero no. La acusación que recibía era
un delito incluido en los llamados “casos de corte”, que implicaba su desafuero
y el sometimiento a la justicia ordinaria. Actuar de este modo era,
paradójicamente, conservar el orden tradicional cristiano, pues los “casos de
corte”, hasta donde sabemos, se remontan hacia fines del siglo XIII,
principalmente en el territorio de Zamora.
No entendemos por qué el crítico omite los
casos de los obispos apresados, exiliados, desterrados y maltratados por
Fernando VII, como los de quienes no aceptaron la Constitución de 1812, o los
llamados regalistas moderados, como Luis María de Borbón y Vallabriga,
Arzobispo de Toledo; o los conocidos como “obispos constitucionales”, o los
sometidos al acoso constante de las llamadas “Juntas de Fe”. Hacia 1825, el 80%
de los obispos españoles habían sido nombrados a piacere, directamente por el
monarca, y a los que no se le sometían a su yugo sólo les esperaba graves
represalias. Nos preguntamos con Mayeregger: “¿Esto es un gesto profundamente
católico?” “¿Esto es un gesto de conservación del orden tradicional cristiano?”
Tampoco entendemos por qué se callan los
asesinatos de los llamados “curas patriotas” o de las sangrientas acciones
represivas contra ellos. Los nombres de Miguel Hidalgo, José María Morelos, Ildefonso
Escolástico de las Muñecas, José Vicente Camargo, no pueden ser ocultados. Las
atrocidades cometidas contra el “clero revolucionario” por los jefes realistas,
como José Manuel de Goyeneche, Joaquín de la Pezuela o José Tomás Millán de
Boves, mucho menos. Nosotros dejamos asentados en muchísimos escritos nuestro
rechazo visceral ante la chifladura homicida del “Plan de Operaciones” de
Moreno o la llamada “Guerra a muerte” de Nicolás Briceño o de Simón Bolívar,
pero no encontramos repulsas equivalentes cuando las represiones espantosas las
cometen en nombre del Rey. Volvemos a
preguntarnos con Mayeregger: “¿Esto es un gesto profundamente católico?”. “¿Esto
es un gesto de conservación del orden tradicional cristiano?”. La sangre que el
virrey Abascal ordenó derramar a raudales en Larecaja o Goyeneche tras su
triunfo de Huaqui, no hizo acepción de personas, laicas o religiosas, mujeres,
niños y soldados. Y no sabemos en qué pudo haber contribuido todo este desmán a
restaurar una sociedad cristianamente ordenada.
Conste –y le dedicamos un párrafo aparte a
asentar esta constancia- que no estamos defendiendo necesariamente las ideas o
las acciones de los obispos y de los curas que padecieron los castigos de
Fernando VII o de los jefes realistas. Sólo decimos que tomar aisladamente el episodio
de Belgrano con Monseñor Videla del Pino, no es un buen método para encontrar
la verdad histórica. Tanto menos cuando no se sabe contar lo que realmente
aconteció.
Por otra parte, al profesor Mayeregger le
sucede lo que dice Gómez Dávila: no acierta a encontrar las soluciones a los
problemas porque las buscan en ámbitos equivocados. Para solucionar un problema
cardíaco no puedo asistir al podólogo. Si el crítico quiere encontrar “gestos
profundamente católicos” o de “conservación del orden tradicional” en Manuel
Belgrano, los hallará a raudales en sus Memorias,
en su Autobiografía, en su Epistolario, en sus proclamas, en su correspondencia
con Pío Tristán, en sus comportamientos castrenses, en su espiritualidad dominicana,
en sus principios para adoctrinar a la niñez y a la juventud en los
establecimientos educativos que fundara, en sus ennoblecedores gestos marianos,
en su devoción acrisolada y sincera. Le recomendamos vivamente al respecto que
se anoticie con alguna pormenorización de su proyecto monárquico carlotista. Es
aquí donde se ve con nitidez el fidelismo de Belgrano al sistema monárquico, el
rechazo por el republicanismo moderno (“república frenética” se la califica),
el desprecio ante esa “vana presunción de dar existencia a un proyecto de independencia
demócrata”, a quienes desean “prestar oídos a los silbidos que quieren
inducirnos a la democracia”, el temor ante los levantamientos revolucionarios
que consideraba peligrosos incendios sociales, la aversión por la injerencia
británica, y la búsqueda de una autonomía para estos lares que no significara
segregacionismo alguno. Mucho menos de los bienes espirituales recibidos.
Otrosí sería recomendable conocer las proposiciones diplomáticas belgranianas,
cuando entre 1814 y 1815, viajó a España con el proyecto de encontrar un
consenso político con el mismísimo Fernando VII. Siempre será oportuno sobre el
particular, el estudio provechoso del libro de Bernardo Lozier Almazán,
titulado “Proyectos monárquicos en el Río de la Plata. 1808-1825”. Todo cuanto
hemos aludido y entrecomillado al pasar en el párrafo precedente se podrá
encontrar documentado con amplitud en esta obra, de la cual tomamos la
información ut supra.
¿Qué sucedió entonces realmente
entre Belgrano y el obispo?
Daremos una respuesta esquemática porque,
como ya dijimos, el material documental es inmenso.
1)El obispo nunca fue enviado a Rosario.
Conocida la orden de arresto estuvo largos meses prófugo, esperando que se
aclarara su situación, hasta que –merced a los buenos consejos de quienes lo asistieron
durante la huida- se entregó al Gobernador de Salta, el 17 de abril de 1812. El
Gobernador, en carta a Belgrano del 4 de agosto de 1812, le comunica que, a
pesar del agravante de haberse fugado, el obispo había sido restituido “con
toda tranquilidad a su casa”, esperando que se cumpla la orden del destierro.
2)El destino final del susodicho destierro era
Buenos Aires. Está en duda acerca de si pasó fugazmente por San Luis, pero lo
seguro es que estuvo alojado en Río Cuarto, en casa de sus familiares directos,
atendido por dos diligentes sobrinos, Ignacio Correa y Marcelino González. En
esa casa ejerció su ministerio, administró los sacramentos y ordenó nuevos
sacerdotes, algunos incluso venidos de Chile. Lo mismo haría en Buenos Aires,
alojado dignamente en el Convento de los Mercedarios. Hasta que murió en 1819,
recibiendo sepultura acorde con su rango. El mismo Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón
se interesó personalmente por las exequias.
3)El obispo estuvo desde el principio con la
causa de la Revolución y apoyó a las llamadas fuerzas “patriotas”. Consta de
muchas maneras distintas cuanto decimos. Por ejemplo, en el Acta del Cabildo
Abierto del 19 de junio de 1810, en Salta. En la ocasión, hablando por el clero
todo de la provincia, adhiere a la Primera Junta, y concluye diciendo: “fiel,
leal y amante del Rey y Señor, debe esta Capital unirse con la de Buenos Aires,
contemporizando y siguiendo sus designios y cooperando por su parte a su
ejecución”. Fruto de su beneplácito
por la causa patriota es su Instrucción Pastoral de 1812, cuya súplica era:
“pro pia sacta nostrae libertatis causa”: por la piadosa y santa causa de nuestra
libertad. Mayor revelación de su obediencia a las nuevas instituciones de
gobierno, imposible.
4) Monseñor Videla del Pino se pasó todos los años
que duró su enjuiciamiento, ratificando que había sido acusado pérfidamente de
“realista”, valiéndose de ardides y de trampas que se le tendieron. Incluso se
probó la falsificación de cartas, cuyos originales nunca aparecieron, y de
firmas o rúbricas que sometidas a pericias caligráficas fueron desestimadas por
inauténticas. El prestigioso jurista e historiador Abelardo Levaggi, a quien ya
hemos mencionado, en una solvente investigación intitulada “El proceso a Mons.
Videla del Pino” (Épocas,
Revista de la
Escuela de Historia, Usal, 1: 37-65,2007), demostró los graves vicios que se sustanciaron en
el juicio, la fragilidad de las pruebas y las firmas apócrifas.
5)El obispo reconoció y juró obediencia a la
Soberana Asamblea del año XIII, como posteriormente haría lo propio con el
Soberano Congreso reunido en la ciudad de Tucumán. Se conserva el epistolario
de Videla del Pino al Congreso, y en una de esas misivas le aseguraba
“reconocimiento y fidelidad a la soberanía, ofreciendo ponerle en marcha para
esta ciudad a prestarle este homenaje personalmente”. El 7 de junio de 1817,
Videla del Pino, arrodillado delante de un crucifijo, y con la mano en los
Santos Evangelios, prestó juramento ante Pedro Ignacio Rivera, Presidente y
abogado graduado en Chuquisaca. Así el discutido prelado se adhería y juraba
fidelidad al nuevo régimen establecido en el Río de la Plata, y su
independencia del rey de España Fernando VII, sus sucesores, metrópoli y de
toda dominación extranjera.
6)
Hay una carta de Manuel Belgrano, dirigida al Dr. Luis Bernardo Echenique (cfr.
AGN, Sala X, 4-7-2, Cuartel General de Campo Santo, 26 de abril de 1812), que
prueba con singular contundencia lo que venimos diciendo desde el principio;
que Manuel Belgrano no guardaba hacia el Obispo ninguna querella vinculada a la
Fe, a la Iglesia, al Dogma, ni a los valores perennes del Orden Cristiano. Ninguna
categoría de La Revolución –en el
sentido filosófico y teológico que el término contiene- fue aplicada para
juzgar su conducta. Leamos sus principales párrafos: “Ud. es testigo de
mis sentimientos, y cuanto me ha penetrado la fuga u ocultación del Ilustrísimo señor Obispo de esta
diócesis. Veo con dolor las perjudiciales consecuencias que este procedimiento puede traer al
honor de su Señoría Ilustrísima, y no menos al
gobierno de su
santa Iglesia, y a la cura de las almas de sus feligreses. Deseo remediar estos
males, y quisiera que Ud. se tomase a su cargo hacer las indagaciones precisas,
para que su Ilustrísima, vuelva a mis brazos, y vuelva a consolarnos.
Que siento yo mismo los trabajos que pasará con su avanzada edad, sea
cualesquiera el medio que hubiese adoptado. Aseguro a Ud, con toda la
sinceridad de mi corazón, que hallará en mí, cuanto pueda desear y sea
compatible con el honor y decoro de mi cargo. Le manifesté toda la confianza correspondiente
a su carácter, dignidad y a los talentos y conocimientos que le adornan. Esa
misma le dispensaré en todos los instantes, si Ud. llegase a tener, la suerte
de encontrarlo. Clámele Ud., por Dios eterno, que no abandone su grey,
que no me dé el sentimiento de verlo rodeado de soldados, y sí de sus
familiares, y demás ministros que deben acompañarle. Suplico a Ud., que le
exprese todo cuanto me ha oído, y de todas las demostraciones de sensibilidad,
que ha presenciado en mí, por su dignidad, por su carácter y por sus años.
Usted lleva todas mis facultades, y nadie será osado a perturbar cualesquiera
de sus diligencias [...]. Usted tendrá el reconocimiento de todos, y en
particular de su siempre afectísimo amigo. Manuel Belgrano.
Volvemos a parafrasear al profesor
Mayeregger: ¿no es este acaso un gesto profundamente católico y de conservación
del orden tradicional cristiano de la sociedad? Le está suplicando al obispo
como súbdito y feligrés, como parroquiano y creyente, que no abandone a su
grey, que no los prive de sus enseñanzas, consuelo y guía. Si estos fueron los
revolucionarios de nuestro movimiento independentista, no vemos quejas ni
reproches hacia el Nacionalismo Católico que exaltó las virtudes cristianas de
los genuinos próceres hispanoamericanos. Y que, por contraste, vituperó a sus
contrapartidas, no pocas lamentablemente.
7) Sorprende aún más de todo cuanto
venimos diciendo, el constatar que existe una cálida correspondencia entre el
obispo, ya desterrado, y su sancionador, esto es, el propio general Belgrano.
Pongamos un ejemplo. Es la carta escrita desde Jujuy el 26 de mayo de 1813, en
respuesta a una misiva de Monseñor Videla del Pino. (Cfr. AGN, Carta de Belgrano a Videla, Sala X, 4-7-2, Jujuy 26 de mayo de 1813).
Dice así: «me lisonjeo sobremanera de que V. S. I., se haya dignado honrarme
con sus letras de 24 del pasado manifiestamente, lo que me es grato, que me
tiene en su memoria delante del Santísimo al paso que siento en mi corazón la
indisposición de salud que V. S. I. padece, y que si estuviera en mis manos,
remediaría, pues jamás he dejado de tener a V. S. I., las consideraciones,
respetos y miramientos con soy de V. S. I. y le pido su bendición”. ¿De veras
se nos quiere hacer creer que hombres de esta talla son los villanos de La
Revolución, decapitadores de la clerecía y propulsores de una sociedad
anticristiana en Indias?
No
conviene olvidarse asimismo –en este episodio controversial que estamos
abordando- de otro “revolucionario” denostado por la ingrata y torcida
historiografía carlista. Nos referimos a Martín Miguel de Güemes. Enterado el
heroico gobernador de que el querido obispo había sido amnistiado, le remitió
una carta fechada el 14 de agosto de 1815, en la cual ponía a su disposición
todos los medios necesarios para su retorno y recepción, con los honores y
dignidades propios de su investidura. Lamentablemente dicho retorno no fue
posible –por causas absolutamente ajenas al Caudillo- pero si sabemos por otra
carta de Güemes, remitida el 4 de noviembre de 1817 al Secretario de Estado del
Departamento de Hacienda
(Cfr.AGN, Carta de Martín de Güemes al Secretario de
Estado del Departamento de Hacienda sobre los bienes y adeudamientos a Videla, Sala IX, 31-9-2, Salta 4 de noviembre de
1817) que lo urgió al funcionario a que auxiliase al obispo, y “se le abonasen
por debérsele, por sus rentas, la cantidad de diez y seis mil doscientos de renta y tres pesos y un
cuartillo”. Recomendamos al respecto la lectura de Luis Oscar Colmenares, “La
formación católica de Martín Miguel de Güemes” (Mikael, 19, Paraná, 1979, p.
111-122).
Insistimos: más allá de todos los defectos,
errores, culpas, extravíos, etc, que quieran endilgársele a ciertos
protagonistas de nuestro independentismo; y dejando perfectamente a salvo que
somos los primeros en levantar los índices acusadores contra quienes merecen
ser descalificados por su liberalismo, masonismo y jacobinismo, ¿cómo es
posible que se use para probar el anticatolicismo de Mayo un hecho histórico
que demuestra exactamente lo contrario?; ¿cómo es posible que un episodio en el
que refulgen con nitidez los vestigios del Orden Cristiano y los propósitos de
edificar una sociedad que no reniegue de sus tradiciones hispano-criollas, se
le presente a los desprevenidos como la flagrancia de un delito de lesa
Revolución?
8)A todo esto, no queremos eludir una
cuestión que se nos impone. En el desencuentro entre Belgrano y Monseñor Videla
del Pino, el primero pecó contra la prudencia. Actuó de modo precipitado,
impremeditado, dejándose llevar por destemplanzas, desinformaciones y malos
consejeros. Podríamos buscarle algún atenuante; pero la verdad es que su
conducta le causó un daño irreparable al obispo, quien vivió un largo lustro de
peripecias, soportando maledicencias y burocracias interminables. Pero el
obispo no fue un mártir de La Revolución, ni en el sentido universal ni en el
local del término. No fue una víctima del anticlericalismo, ni un perseguido a
causa de su fe, ni un castigado por su fidelidad a la Iglesia. El Antiguo Orden
(ya dijimos decenas de veces que fue odiado por los que hicieron de la
independencia una ideología segregacionista) no se puso en jaque en el caso de
Videla del Pino. Al contrario, el caso prueba la existencia de sólidos
vestigios y remanentes de un fidelismo monárquico, católico, jerárquico e
hispano-criollo. Y rescata en tal sentido que eran esos los bienes que
caracterizaban la personalidad de Manuel Belgrano.
Dos colofones
-El
primero es que esta nota, escrita al galope, es una respuesta, como se la titula. Pero cabrían otras varias, porque
la conferencia dentro de la cual se expresaron tan debatibles criterios, tiene
una larga y jugosísima extensión, y para disentir o marcar ciertos matices
diferenciadores, deberíamos abandonar nuestros actuales estudios. Y aunque se
titula incluyendo expresamente el nombre del profesor Claudio Mayereggen, no es
él propiamente su destinatario, sino aquellos oyentes o leyentes a quienes sus
opiniones puedan afectar, distorsionar o sesgar determinados hechos, personajes
y conceptos. Estamos acostumbrados al debate. Cuando es entre afines –ya nos ha
pasado- nos causa un profundo y lacerante dolor que confesamos con redonda
sinceridad. Por eso preferimos no proseguir la disputa; optando por difundir lo
mayormente posible estas respetuosas rectificaciones entre quienes más las
necesiten. Porque conocemos algo la naturaleza humana. Hombres como el profesor
Mayereggen no van a abandonar esa “cierta tendencia a la infalibilidad”, a la
que se refería el maestro Rubén Calderón Bouchet para retratar a determinados
intelectuales. Parece además que en ellos –identificados como se dejan ver con
las opciones carlistas- ha cundido el mal ejemplo de Miguel Ayuso, cuyo más
reciente pasatiempo es insultar específicamente al Nacionalismo Católico
Argentino, con los peores denuestos. En un libro próximo a salir (“Ejemplos de
Hispanidad”) venimos de salirle al cruce de un bramido suyo reciente (Cfr. Hispanidad e
<Hispanidades>; un problema contemporáneo. Cfr. Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía,
Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 28, nº 61. Primer
cuatrimestre de 2026. Pp. 381-401). Eso sí, a ninguno de ellos se les cae
siquiera un tenue vituperio contra la judeomasonería, el genocidio sionista o
los estragos del Imperialismo Internacional del Dinero. Los excecrables
enemigos de Occidente -¡vaya con las cabriolas de la vida!- somos hoy los
nacionalistas católicos argentinos. A quienes todo podrá decírseles, menos que
no asumieron la defensa de la Hispanidad, cuando no se había convertido aún en
la rentada industria del bestsellerismo.
-El segundo y postrero colofón lo hemos
hecho objeto de ciertas escrupulosas consideraciones. Porque nos obliga a
internarnos en el desaconsejable ámbito del autorreferencialismo, con los
riesgos que conlleva tamaña postura. Asumiendo pues el referido riesgo, y
confiando en la buena voluntad de los lectores amigos, abandonamos el uso de la
tercera persona, para decir algo que, en conciencia, no puedo callar. Soy autor
de tres volúmenes sobre “Los críticos del revisionismo histórico”. De obras que
completan a esta tríada como “Notas sobre Juan Manuel de Rosas”, “Independencia
y Nacionalismo”, “Respuestas sobre la Independencia”, “Patria, Tradición y Nacionalismo”,
“San Martín: arquetipo de la Hispanidad” y una en las vísperas: “Ejemplos de
Hispanidad”. Miles de páginas –literaliter- sobre cuyo valor no cometeré la
imprudencia de emitir un juicio. Pero que si las menciono es porque creo que,
en justicia, me eximen, ante casos como el de esta “Respuesta”, de entrar en
mayores detalles. Miles de páginas que, aunque más no fuera, me confieren la
mínima autoridad para contarme entre los anoticiados del tema. Pero sobre todo,
y a esto quiero llegar, miles de páginas que quienes ofenden al Nacionalismo
Católico Argentino y al Revisionismo Histórico, no tienen la fortaleza de leer,
comentar, considerar; de convertirlas, en suma, en objeto de reflexión y de
análisis; de internarse en su criteriología, en sus meandros argumentativos, en
sus fuentes consultadas o referidas. Son también ellos, o principalmente ellos,
los victimarios de la conspiración de silencio. Por eso, al principiar esta
“Respuesta” manifestábamos nuestra perplejidad ante los argumentos del profesor
Mayeregger, lanzados con levedad y cuasi al modo de una primicia, “como si jamás hubiesen sido respondidos”, según dije. ¿Se puede, repetimos, hablar de un tema debatible sin
conocer el estado actual de la cuestión? Sí, claro. Se puede. Pero no se hará
ciencia, investigación completa, argumentación exhaustiva o cosmovisión
globalizante.
Punto
final ya. Que el buen entendedor entienda, que el ofensor siga su negro oficio,
que el poseedor de la docilidad a la verdad ejercite este don y lo conserve.
Porque quien es dócil a la verdad posee un genuino tesoro.
Ciudad
de la Santísima Trinidad, 6 de Mayo de 2026.
Antonio Caponnetto

Excelente respuesta del Dr. Antonio Caponnetto. Ojalá el calumniador de nuestros héroes y mártires reconozca sus yerros. Esperemos una caballeresca disculpa.
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