SAN
MARTÍN, LA BANCA BARING Y OTROS ASUNTOS
Primera
Parte
Introito
El
pasado 17 de agosto, desde su programa habitual “Historia con Patricio Lons”,
su autor dedicó el de tal fecha a abordar el tema: “San Martín, su amistad con
la Banca Baring”; utilizando como subtítulo: “La extraña relación de San Martín
con la banca británica”. Apuntamos el link desde el cual las personas
interesadas pueden verlo íntegro[1].
Lons
termina su exposición –por momentos desvertebrada y caótica pidiendo que la
gente que esté en desacuerdo con él no lo cubra de “insultos”. “Déjenme
argumentos y los analizamos, yo no tengo ningún problema” [...]. Y agrega: Me
dijeron por qué no acepté un debate hace poco con un historiador, pero también
vi que este hombre solo me ha insultado. Bueno, si me insultan no voy a
debatir”.
Creo
saber a quien alude, y siempre es ponderable que se prefiera la vía de la
argumentación a la del dicterio. Va de suyo que en estas ocasiones será mejor
el coloquio inteligente que la verba infundada. Ahora bien; es difícil,
primero, creer que quien lo llamó a la confrontación sólo se haya limitado a
insultarlo. Es hombre de una vasta obra con la que puede refutar sobradamente
el petardismo verbal del charlista Lons. Pero más difícil es, asimismo, creer
en la sinceridad de la petición de principios que este reclama, y mucho más
respetarla.
Difícil
de creer que esté dispuesto a la disputatio, cuando yo mismo he tenido la
experiencia de señalarle algunos de sus innúmeros errores, confusiones,
ignorancias y falsías, sin que del conjunto de mis observaciones haya
desautorizado o descalificado alguna. Me explayo al respecto en la nota al pie[2].
Y difícil de respetar su premisa, agregamos, porque el hombre que exige la
impolutez discursiva cuando se le dirija la palabra, es el mismo que no trepida
en insultar a San Martín con los peores denuestos, ofensas y rústicos golpes
bajos. Habría pues dos varas para condicionar la reyerta: él puede insultar a
los próceres a mansalva, pero nadie puede devolverle la diatriba, aunque al
hacerlo se guarde la ley de la justicia que amerita el legítimo uso del género
epidíctico, según enseña Aristóteles en La Retórica.
Por
eso estas líneas no constituyen una respuesta a Lons sino una guía esquemática
para quienes son sus víctimas; esto es aquellos a quienes llegan sus antojadizas interpretaciones de los
personajes y los hechos de nuestra historia. Lo repito: me tienen sin cuidado
las incesantes majaderías de Lons, que utiliza además, explícitamente, como
sustento económico. Se han convertido en su oficio y ganapán. Dios lo ayude. En
cambio, mucho me preocupan y desvelan los daños que su mitolatría hace a tantas
almas desprevenidas y crédulas, y que no están obligadas a tener el
profesionalismo del historiador.
Tras
el necesario introito aclaratorio, vayamos sin rodeos a los puntos concretos
que el mismo Lons ha enunciado[3]:
1) Dice
Lons: “San Martín conoció a Alexander Baring en Londres a fines de 1811, antes de
zarpar hacia el Río de la Plata; la presentación fue gestionada por James Duff,
Conde de Fife, quien financió el viaje del Libertador, lo que sugiere que el
primer contacto no fue casual sino canalizado por la élite financiera
británica”. La reunión inaugural ocurrió en las oficinas de Baring Brothers, en
Bishopgate Street 8, lo que coloca a San Martín físicamente dentro del
epicentro del capitalismo londinense antes incluso de pisar suelo americano”.
Aclaremos:
I. -La
amistad de San Martín con James Duff, Conde de Fife, no se fraguó en los
“epicentros capitalistas” ni frecuentando la “élite financiera británica”, sino
en los campos de batalla, peleando a la par por la soberanía de España, durante
la Guerra de la Independencia contra la invasión de las tropas bonapartistas.
Fue en un horizonte épico, no bursátil donde estos hombres aunaron su
camaradería. Duff demostró su valor principalmente en la Batalla de Talavera,
en 1809, y en 1810, en el asalto al fuerte de Matagorda, durante la defensa de
Cádiz. En ambas ocasiones fue herido de gravedad; y por su conducta heroica
–más meritoria aún si se piensa que se enroló en pro de España como “voluntario
por dolor”- fue ascendido al rango de Mariscal de Campo, declarado “Grande de
España” y condecorado con la memorable Cruz Laureada de San Fernando[4].
El hombre presentado por Lons como un oscuro bolsista y agente bancario, derramó
su sangre por la Hispanidad, junto a José de San Martín, quien en tales
circunstancias no se quedó atrás en materia de arrojo.
II.-Si
en 1811 James Duff le quiso presentar a San Martín a Alexander Baring, obró
correctamente al llevarlo a sus oficinas públicas de Bishopgate Street 8, a
plena luz del día, sin clandestinidades ni en medio de tenebrosas tenidas. Lo
grave hubiera sido que la reunión se hubiera llevado a cabo en algunas de las
muchas cuevas secretas de su red de agentes, magnates y corresponsales; en la
National Gallery, en la Royal Academy of Arts, en la Bath House de 82
Piccadilly o en The Grange. Según Lons esto lo “coloca a San Martín físicamente
dentro del epicentro del capitalismo londinense antes incluso de pisar suelo
americano”. Está claro el criterio empleado; si me voy a hacer un laboratorio
completo en el Hospital Británico, porque alguien me ha presentado al Jefe del
Servicio de Hematología, quedo colocado físicamente en el epicentro del
sanitarismo inglés. En todo caso, buscar por buscar el quinto pie al gato, más
sospechas deberían suscitar, en aquellos meses de 1811, los encuentros
personales de San Martín con José María Blanco White, ex sacerdote católico,
español, para más señas sevillano, ¡y que estaba a favor del independentismo
americano! Sin embargo, el cura apóstata y apátrida terminó espiritualmente en
la peor de las posiciones, muriendo renegado en 1841. Justo para la época en
que San Martín apoyaba incondicionalmente la política católica y nacionalista
de Juan Manuel de Rosas. Ni San Martín ni mortal alguno queda colocado
físicamente “en el epicentro del capitalismo británico”, por visitarlo al
banquero Baring en su oficina. Esto es convertir la figura retórica de la
sinécdoque, en el sofisma de tomar la parte por el todo. Se necesita demasiado
más que una tertulia en el despacho público de un banker para que el sistema
capitalista inglés me acepte físicamente en su seno.
III.-Varias
veces, y ya hace tiempo, se ha probado que ni James Duff ni Alexander Baring
financiaron el viaje de San Martín a América. Pero el necesario “estado actual
de la cuestión” que requieren los estudios científicos, no es un requisito que
se crea obligado a cumplir el señor Lons. El resultado es, precisamente, que no
hace historia sino activismo faccioso. La correspondencia entre San Martín y el
General Guillermo Miller –explorada por varios investigadores- permite saber
que San Martín recibió y aceptó apoyo logístico de su camarada de lucha pro
española, James Duff, no así en cambio “sus servicios pecuniarios que, aunque
no fueron aceptados, no dejaron siempre de ser reconocidos”. Está dicho
específicamente en la epístola fechada en Bruselas, el 19 de abril de 1827.
También se sigue del mencionado epistolario que no hubo –en esa ocasión; es
decir, al tener que partir desde Londres al Río de la Plata- ningún subsidio de
Alexander Baring. Mejor dicho, si lo hubo, prefirió desecharlo cortesmente,
“para no quedar obligado más allá de lo absolutamente imprescindible”[5].
Pero
es objetivamente improbable; puesto que la Banca Baring, entiéndase, por mucha
cordialidad o amicalidad que pudiera haber existido entre San Martín y
Alexander Baring, no asignaba dinero a particulares sino a estructuras
institucionales y a países, a los que prolijamente saqueaba y expoliaba. Pero
justamente San Martín se referirá extensamente a los males que se siguieron del
empréstito Baring. Y no es un pequeño detalle.
Alexander
Baring no podía arriesgarse a violar el Tratado Apodaca-Canning, de 1809, que
prohibía y sancionaba toda colaboración con independentistas americanos. Su
oportunidad para invertir con un préstamo leonino y hacer plata con la usura
provocada por el mismo no era el viaje de San Martín, entonces sin poderes ni
cargos ni futuro asegurado, sino el gobierno poderoso de un personaje siniestro
como Rivadavia. Cuando se dio la oportunidad lo hicieron. Pero –otro pequeño
detalle que escapa a la lógica lonsiana- es saber y decir que si alguien fue
considerado un “enemigo mortal” de San Martín, ese fue justamente el endeudador
Rivadavia.
IV.-Una
parte de la inteligencia británica tenía a San Martín por agente francés. Lo
prueba, entre otras cosas, la carta de Mariano Castilla al cónsul inglés en
Buenos Aires, fechada el 13 de agosto de 1813. Allí se lee: “No tengo la menor
duda de que San Martín está al servicio pago de Francia y es un enemigo de los
intereses británicos”. La especie circuló hasta tal punto que los operadores de
Inglaterra en el Río de la Plata, avisaron a sus superiores en Río de Janeiro
que el recién llegado de Londres era un espía de Napoleón. Es simple deducir
que si San Martín hubiese venido financiado por la Baring, los primeros en
enterarse serían los sabuesos de la inteligencia británica. El mismo Rodolfo
Terragno, en su clásico siempre citado y nunca leído sobre el Plan Maitland,
concluye en que tras rastrear los archivos londinenses del año 1811, puede
establecerse que los fondos de que se valió San Martín y los suyos para
regresar al Río de la Plata, eran fondos privados y que, efectivamente, la
inteligencia, la diplomacia y las finanzas británicas los miraba con plena desconfianza.
Terragno ha sido mal leído y peor usado.
Existe
"The Baring Archives"; esto es, el repositorio documental e histórico
oficial de la banca Baring Brothers, tenido por una de las colecciones de
registros financieros y comerciales más completos de la historia económica. Su
resguardo físico y su administración está a cargo de la Agrupación ING, con
sede en Londres. En esta montaña de papeles están asentadas, de manera
minuciosa y acumulativa, todas las maniobras económicas de la entidad desde el
siglo XVIII. Quienes han tenido acceso a tamaño patrimonio –insistimos, el
mismísimo Terragno lo hizo- no hallaron rastro alguno que pudiera asociarse a
un financiamiento a San Martín y a los suyos para trasladarse a América. Otrosí
quienes revolvieron los papeles del Foreign Office.
Es
que, al margen de que es inverosímil que la Baring le prestara plata al San
Martín de 1811 (distinto hubiera sido el escenario en 1817-1818), la verdad es
que San Martín era reacio a contraer deudas o a aceptar regalías. Tenemos el
Informe de William Bowles de 1824, aclarando que San Martín “no solicita
asistencia de ninguna naturaleza, ni pecuniaria ni de ninguna otra clase[...],
desdeña el dinero[...], el único hombre en cuya integridad y desinterés se
puede depositar confianza”; y el Informe de Robert Staples a William Hamilton,
del 25 de mayo de 1817, en el que le dice que San Martín “no necesita dinero, armas
o soldados”[6].
V.-¿Cómo
se financió entonces el viaje de San Martín al Río de la Plata?. La carga mayor
la asumió uno de los viajeros que lo secundaban, Carlos de Alvear, miembro de
una familia caracterizada por su holgura financiera. De San Martín y de Zapiola
se sabe que tomaron como un préstamo de honor el dinero invertido en aquella
ocasión por Alvear, y se comprometieron a devolvérselo en la medida que
empezaran a recibir honorarios militares. La restitución se hizo,
efectivamente, mediante descuentos a su sueldo castrense, empezando por los que
le pagaba el Primer Triunvirato, cuando le otorgó el grado de Teniente Coronel
de Caballería. Si se revisan las planillas de sueldos militares estatales de
1812, por ejemplo, en los casos de San Martín y de Zapiola hay registros
sistemáticos de retenciones, descuentos y afectaciones de haberes. Las
precitadas Memorias de Miller – elaboradas en gran parte con los testimonios
que le solicitó a San Martín- confirma este procedimiento de saldar la deuda
descontándose un porcentaje de su salario. Se saben detalles hasta del costo
del alquiler de la famosa fragata George Canning, con la que regresaron desde
Europa. En carta remitida desde Río de Janeiro, el 2 de febrero de 1816, y en
otras cartas posteriores, Alvear hace referencia a una parte aun impaga de lo
que él habría invertido para financiarle el regreso a Buenos Aires. Aunque el
reclamo era dudoso y tardío, San Martín reacciona con su pundonor habitual y se
muestra dispuesto a quedar exento de cualquier mora[7].
Cuando más tarde se produjo la violenta ruptura entre San Martín y Alvear, bien
sabido es que este último no se privó de propinarle al primero ningún agravio o
cargo injurioso. Sin embargo, en ningún momento lo acusa de moroso o de deudor
insolvente.
VI.-La
historiografía de signo diferente u opuesto a la escuela revisionista clásica
–y con la cual, por cierto, no tenemos predilección alguna- se ha ocupado, sin
embargo, de seguir hasta la minucia los movimientos de la Banca Baring; y más
allá de las discrepancias inevitables que se puedan tener con aquellos autores,
han hecho su aporte al respecto[8].
Documentando, por ejemplo, que no hay antecedentes de ninguna injerencia de la
terrible banca antes de la década del ’20 del siglo XIX; que no existe ninguna
orden de pago o de préstamo en 1811, ya no vinculada a algunas de las
asociaciones con las que San Martín tuvo trato sino con el mismísimo alquiler
de la George Canning.
La
traída y llevada embarcación no era un buque militar secreto, ni un flete de la
Baring, sino una fragata mercante de tres palos, cuyo dueño y capitán,
Sebastián Julloch, era un simple vendedor de pasajes en los muelles londinenses,
sin la más mínima conexión con masones, logias, élites financieras reales o
entidades usurarias transnacionales. Puede verse al respecto el libro de
Benicio Oscar Ahumada[9].
Pero para los injuriadores de San Martín no existe el principio filosófico de
La navaja de Ockham, sino el encargo voltaireano de “mentid, mentid, que algo
queda”.
2) Dice Lons:Tras el exilio de
San Martín a Europa en 1824, la relación con Baring se fortaleció; el
Libertador buscaba estabilidad lejos de las convulsiones sudamericanas y Baring
representaba una red de protección política y financiera en Londres. San Martín
describió a Alexander Baring como "un hombre de espíritu noble, cuya comprensión
de los asuntos internacionales va más allá del mero interés económico", lo
que revela una admisión explícita de que Baring operaba con una agenda geopolítica,
no solo comercial. Las tesorerías de Argentina, Chile y Perú giraron pagos
adeudados a San Martín directamente a Baring Brothers & Co., transformando
al banco del amigo en el receptor efectivo de las deudas de los nuevos estados;
esto vinculó simbióticamente la independencia con la maquinaria crediticia
londinense.
Aclaremos:
I.-La
enemistad entre San Martín y Rivadavia es un tópico de nuestra historiografía.
Con diferentes evaluaciones dan prolija cuenta de ella liberales como Mitre,
Galván Moreno o Ricardo Rojas; revisionistas como Luis Roberto Altamira,
Francisco Hipólito Uzal, Atilio García Mellid y José María Rosa; pasando por
subproductos marxistoides como Norberto Galasso. Ahora bien, uno de los núcleos
más fuertes de esa enemistad es la dura crítica y el rechazo categórico al
empréstito que Rivadavia contrajera culposamente con la Baring Brothers.
Repasando la correspondencia sanmartiniana puede observarse que el rechazo a la
asunción de esa deuda está fundado tanto en motivos de política interior como
exterior. En el primer ámbito porque se proyectó con el dinero una serie de
reformas entre ridículas, utopistas, descabelladas e innecesarias. En el
segundo, porque a pesar del flujo de dinero se le negó apoyo a la campaña
independentista, abandonándola a su propia y fatal suerte. O desgracia, según
se mire.
Parece
innecesario traer a colación esas cartas sanmartinianas recién aludidas. Pero
hay tres que son particularmente apropiadas: la que le mandó a O’Higgins el 20
de octubre de 1827, la remitida a Tomás Guido el 18 de diciembre de 1827, y
otra más a Tomás Guido, de abril de 1829. Del conjunto, sin embargo, y cuya
lectura recomendamos, lo que se sigue es que la Banca Baring queda asociada a
una maniobra dolosa que fue letal para los intereses nacionales, hipotecando literalmente
todo el territorio patrio. La responsabilidad mayor obviamente le cabe a
Rivadavia y a sus agentes nativos.
Por
eso, por más amistad personal que San Martín hubiera trabado en 1811 con
Alexander Baring, la cordial relación no lo cegó para no ver los males que se
siguieron para el país con un endeudamiento de tamaña magnitud y con semejante
estructura financiera. Escamotear todos estos sucesos vitales, como hace Lons,
impiden inteligir el curso de los hechos y de sus protagonistas, empezando por
San Martín. Una cosa es que éste –por el mismo, pesado y cuasimonopólico dominio
de la Baring sobre el país- prefiriera (o quedara obligado a) recibir sus
haberes de dicha banca, estando en el exterior, y reconociera que lo atendían
de modo eficiente. Y otra cosa distinta y contraria es sostener que dicha banca
había beneficiado a su nación. Ocurrió lo primero, pero nunca lo segundo. Ni
siquiera lo segundo.
Si
estoy en Italia o en Francia y alguien me transfiere un dinero adeudado
mediante los servicios de un banco estadounidense, cobrar mi deuda o mis
salarios de ese modo no me convierten en cómplice del Imperialismo Yanqui, ni
en un cohonestador de las deudas contraídas insensatamente con el FMI por todos
los gobiernos argentinos. Cobrar los haberes atrasados utilizando los servicios
de la Banca Baring no es anglofilia ni delito ni complicidad con el enemigo. Si
lo es, contraer una deuda monstruosa con la mayor central financiera británica,
convirtiéndola en un instrumento de dominio del capital extranjero sobre todo
el país, dándole la espalda a las reales y prioritarias necesidades del mismo.
San Martín pudo haber pasado por ventanilla a cobrar sus haberes genuinos y
pendientes en la Baring. Rivadavia colocó al país entero de rodillas ante el
tesoro de Londres. Esto último es felonía; lo primero burocracia. Excepto que
se piense con Mackie Navaja, el personaje de Bertold Brecht, en “La ópera de
los tres centavos”, que hay más delito en fundar un banco que en asaltarlo.
II.-Por
otra parte, Lons no sabe o no quiere decir, que Fernando VII, una vez repuesto
en el trono, también gestionó una ayuda económica a las finanzas británicas,
que no prosperó. Concretamente en 1824, con la Casa Rothschild. Pero antes,
durante 1808-1814, sucedió algo más grave que no debería callarse. La corona
inglesa –mediante intermediarios radicados principalmente en Gibraltar y Cádiz-
había apoyado con subsidios y armamentos a las Juntas de Gobierno españolas
alzadas contra el bonapartismo en defensa de Fernando VII[10].
No debemos olvidar asimismo el infamante Contrato Hope Baring (1805-1808). La
monarquía española poseía millones de pesos en plata concentrados en la Real
Hacienda de Veracruz, México. La flota británica le impedía trasladarlos
cruzando el Océano Atlántico. Lo que hizo entonces la Baring Brothers, asociada
a la banca holandesa Hope & Co.fue consumar una operación financiera fuera
de lo común, en virtud de la cual consiguieron que el mismísimo gobierno inglés
entregara salvoconductos a barcos de bandera neutral, los cuales quedaban habilitados
para transportar el ingente dinero desde México hasta España.
El
servicio y la estrategia no eran gratis, por cierto. Se benefició la Corona Española
y su aliado Napoleón, Inglaterra acentuó ilimitadamente su libertad de comercio
(no; ya lo dijimos muchas veces: no fue necesario esperar hasta 1810), las
tenebrosas bancas aumentaron sus caudales, y México tuvo que pagar con sus
múltiples libras de carne arrancadas inmisericordemente[11].
Pero esta maniobra dolosa del borbonato con la Baring no escandaliza a los
difamadores de San Martín. El “escándalo” es que San Martín quiera recibir su
soldada. Abundemos un poco.
III.-Que
entrada la tercera década del siglo XIX San Martín reclamara sus sueldos
adeudados por las tesorerías de Argentina, Chile y Perú, y los cobrara por
transferencias hechas a la Baring, no “vincula simbióticamente la independencia
con la maquinaria crediticia londinese”. Primero porque la independencia ya
estaba declarada desde hacía largos años. Segundo porque el vínculo no fue
independencia-banca crediticia, sino ciertos grupos o estructuras
independentistas y protectorado británico, mucho más allá de la Baring o de la
casa Rothschild. Tercero, porque la Baring no necesitaba que San Martín cobrara
sus honorarios a través de ella para consolidar nuestra pérdida de la
independencia económica, como diría José María Rosa. Ya lo habían conseguido
con Rivadavia, Carlos de Alvear, y yendo algo atrás con Mariano Moreno.
Pero
además se están escamotenado unos datos claves, que prueban que no es cierto
que “tras el exilio de San Martín a Europa en 1824, la relación con Baring se
fortaleció”; Es verdad que “el Libertador buscaba estabilidad lejos de las
convulsiones sudamericanas y Baring representaba una red de protección política
y financiera en Londres”. Hay una carta del 22 de diciembre de 1833, dirigida a
O´Higgins, en la que San Martín le solicita, por favor, que “las cantidades que
usted perciba por cuenta mía” [se refiere a sus sueldos atrasados] se las haga
llegar por “Baring Brothers y Ca”, pues este es el único conducto seguro que
tengo para no verme expuesto a una total indigencia”
Aunque
no vemos un quebrantamiento de la ética en la elección de la Baring para
percibir sus emolumentos, es cierto que resulta ambivalente la total
desconfianza y aún repulsa de aquella banca respecto del cuidado de los intereses
públicos del país, y la confianza depositada en el cuidado de los ingresos
privados. San Martín, por lo pronto, al encargarle a O’Higgins que le haga de
mediador para los envíos adeudados, está poniendo en evidencia que no confía en
las autoridades porteñas, cosa más que razonable. ¿Qué garantía podía
considerar en la Baring para recibir mediante ella lo que le correspondía,
estando en el exterior? Por lo pronto percibía que Alexander Baring no querría
tirar a los perros su fama de pundonoroso sir, incumpliendo sus deberes. Era
consciente además de la insolvencia absoluta de los bancos o capitales
rioplatenses, como consecuencia de la espantosa gestión rivadaviana, como era
consciente de que sus sueldos podían ser congelados o bloqueados
indefinidamente por el círculo masónico que lo difamaba y perseguía. Que le
transfirieran sus fondos mediante la Baring era el único método que tenía de
blindar sus ingresos, evitando los riesgos de una confiscación, embargo o
bloqueo ejecutado por sus enemigos, que ya habían dado suficientes pruebas de
lo que eran capaces de hacer. Pero insistimos: lo grave hubiera sido un apoyo
sanmartiniano a las expoliaciones políticas de la Baring en perjuicio de
nuestro país. Eso sí, reiteramos, es delito y anglofilia. Pero no tener más
remedio que valerse de la Baring para consumar una legítima e irreprochable
cobranza de sus haberes, no es algo que podamos imputar como un hecho inmoral.
Con
independencia del análisis al que pueda dar lugar esta paradojal conducta
sanmartiniana frente a la Baring, lo acontecido entre ella y San Martín,
respecto del cuidado de sus salarios, fue exactamente lo contrario de lo que el
General había previsto o imaginado. Cuando en forma privada (y ante la
necesidad perentoria de sobrevivir recibiendo lo que le adeudaban) quiso
utilizar la banca como refugio monetario personal, las cosas se le complicaron
y le causaron más perjuicios aún.
En
efecto, hacia 1824-25 la Banca Baring sufrió una crisis temporaria aunque
brusca, principalmente de liquidez y de reputación o solvencia, que le hizo
perder los ahorros a San Martín, lo dejó al borde de la indigencia, le modificó
sus planes de pasar a retiro y lo obligó a buscar otros amparos para poder
mantenerse. Es el fenómeno financiero que se conoce con varios nombres, como
“el estallido de la burbuja” o el “pánico de 1825”. El colapso del régimen
crediticio y la misma lógica perversa del endeudamiento moroso, llevó a unas
sesenta entidades financieras inglesas a la bancarrota[12].
Quiebra casi masiva que le produjo a San Martín un estado de penuria de la que
da cuenta en su correspondencia amical más íntima. Puede seguirse la
descripción de esta situación de quebranto económico en la carta a O´Higgins
del 20 de octubre de 1825, en la carta a Tomás Guido del 6 de enero de 1827, en
nueva carta a O´Higgins del 14 de mayo de 1829, y en otra carta a Guido del 11
de diciembre de 1830. En la primera es muy explícito: "La quiebra de la
casa de comercio en Londres, en la que tenía depositados los fondos destinados
a la educación de mi hija y a mi propia subsistencia, me ha colocado en la
situación más crítica[...]. Me veo obligado a vivir con la más estricta
economía y a privarme de lo más necesario para no contraer deudas. "La
casa de comercio” a la que alude es la Baring. En la segunda de las cartas
mencionadas, dice que, aún en autos de esta zozobra, “el gobierno de Buenos
Aires se desentiende de mis reclamos”, agregando: “si no fuera[...] porque yo
mismo cultivo mis legumbres en un pequeño jardín, no sé cómo podría mantenerme.”
IV.-Según
Lons,San Martín describió a Alexander Baring como " <un hombre de
espíritu noble, cuya comprensión de los asuntos internacionales va más allá del mero interés
económico>, lo que revela una admisión explícita de que Baring operaba con
una agenda geopolítica, no solo comercial”.
Otra
vez más hay que aclarar varias cuestiones:
Si San
Martín dijo esa frase (lamentablemente no remite a la fuente documental exacta
en la cual estaría inserta), tampoco está cometiendo un delito ni un acto de
anglofilia. Porque efectivamente la cosmovisión de los Baring iba más allá de
lo comercial y su agenda tenía una clara proyección geopolítico-estratégica. Distinto
sería alabar esa agenda geopolítica de la Baring, que en la práctica –ya se
sabe- significó una ruina para nuestro país. Pero no hay tal alabanza, y sí en
cambio reiteradas quejas al triste empréstito con que nos sojuzgara.
Hemos
consultado algunas biografías sobre Alexander Baring, para tener un juicio
propio acerca de su condición de espíritu noble o innoble[13].
Y la verdad es que, aunque no nos resulte en absoluto santo de nuestra
devoción, y más parece un craso pragmatista y un utilitarista que un espíritu
noble; más un hombre de acción que de vida contemplativa o sapiencial, la
verdad es que tampoco era un cualquiera o un personaje vulgar. Anglicano de
religión, estaba emparentado por el lado materno con Thomas Herring, que llegó
a ser Arzobispo de Canterbury. Partidario del otorgamiento de derechos civiles
a los católicos, defendió esta postura en el Parlamento, lo que le valió una generalizada
repulsa, bajo el lema “No al Papado”. Tampoco se le conocen escándalos de
naturaleza moral o actos de indecencia; y, efectivamente, desde el punto de
vista meramente formal ostentaba el título nobiliario de Barón Ashburton. Pero
el propósito central de estas líneas no admite demorarnos ahora en la biografía
de Alexander Baring.
Lo
preocupante en cambio es que la mentada frase de San Martín no aparece, y que
conociendo la tendencia a la función fabulatriz de quien la lanza al ruedo, no
sería de extrañar que fuese apócrifa, con el solo propósito confusionista. Si
se tratara de un fragmento de la carta a O’Higgins de 1833, el aisaldo elogio
que allí se estampa del banquero es que resulta “el único conducto seguro” que
le quedaba para “no verse expuesto a la total indigencia en tierras
extranjeras”. Si se tratara de un documento epistolar de los años 1829-1830,
podría deducirse que, así como San Martín en carta a Guido del 6 de abril de
1829, llama a Rivadavia “alma despreciable”, por contraste y hacia la misma
época podría haber llamado a Baring “espíritu noble”. Pero insistimos, la frase
sanmartiniana no aparece documentada[14];
e insistimos asimismo: aunque apareciera no demuestra en absoluto que San
Martín estuviera cohonestando un acto ilícito. A lo sumo se trata de alguien
que está opinando sobre otro, con el riesgo de todo aquel que se mueva en el
terreno de la doxa: equivocarse.
3°. Dice
Lons: Los gestores del empréstito fueron los hermanos Parish Robertson, primos
de Woodbine Parish (cónsul británico en Buenos Aires) y vinculados a San
Martín; William Parish Robertson había presenciado la Batalla de San Lorenzo,
lo que teje una red personal-familiar-comercial entre el Libertador, los
cónsules y la banca. La historiografía revisionista sostiene que San Martín fue
un agente británico ejecutando el "Plan Maitland", diseñado para
liberar los puertos del Pacífico y abrirlos al comercio inglés; en este marco,
la amistad con Baring no sería personal sino funcional a una estrategia
imperial. San Martín mantuvo correspondencia directa con Lord Castlereagh,
informando avances militares y solicitando instrucciones; para los críticos,
esto evidencia subordinación política, mientras que para los defensores fue
diplomacia táctica para obtener apoyo logístico. San Martín cruzó los Andes con
la Bandera de los Andes, no con la bandera nacional argentina, lo que los revisionistas
interpretan como señal de que su ejército respondía a una autoridad supranacional
—posiblemente británica— más que al virreinato del Río de la Plata. En 1814, San
Martín renunció al Ejército del Norte y se trasladó a Mendoza desobedeciendo
órdenes de Buenos Aires; la tesis revisionista argumenta que esto obedecía a un
plan alternativo alineado con intereses atlánticos británicos, no con la
estrategia porteña[...] ; esto alimenta la sospecha de que la amistad con
Baring se enmarcaba dentro de lealtades transnacionales operativas más que
sentimentales. Baring Brothers financió indirectamente a gobiernos sudamericanos
mientras comercializaba con sus productos, creando un ciclo donde la independencia
generaba deuda soberana que el mismo banco del amigo de San Martín compraba y
renegociaba.
Aclaremos:
I.-Los
gestores del empréstito Baring son, por un lado, los funcionarios políticos
porteños: Rivadavia y Manuel José García, su Ministro de Hacienda. Por otro
lado, los miembros del consorcio de comisionistas y de mediadores: Félix
Castro, Braulio Costa, Miguel Riglos, Juan Pablo Valiente, y aquí sí, entre
ellos, los hermanos Parish Robertson, con un papel protagónico, por cierto,
dada su condición de acaudalados comerciantes ingleses radicados en el Río de
la Plata y de primos del entonces cónsul británico en estos lares. En tercer
lugar, y es obvio, la contraparte central y clave de esta indefendible gestoría
es la propia Banca Baring Brothers.
Va de
suyo que San Martín no tiene ni arte ni parte en estas gestiones, ni guarda
parentesco o consanguineidad con ninguno de los actuantes. Haya presenciado el
señor John Robertson -por el motivo que fuere- la batalla de San Lorenzo[15],
no lo vincula ni directa ni indirectamente a San Martín con la contratación de
este empréstito. Lo que hace Lons es una clara asociación ilícita, por el
momento solamente lingüística. El propósito es burdísmo y dado su
antisanmartinismo patológico, consiste en rozar al héroe, de cualquier manera,
con el lodo del empréstito inglés. Excepto en el magín del difamador, no hay,
no existe, no asoma, no tiene la menor posibilidad la “red personal- familiar-comercial
entre el Libertador, los cónsules y la banca”. Ya hemos visto que San Martín
tuvo palabras de disgusto, protesta y rechazo para con los artífices del
empréstito, y que del sujeto Rivadavia mantuvo y acrecentó durante toda su vida
el mayor de los desprecios. Ya hemos
visto asimismo que ni la Baring –logistas unitarios mediante, con don
Bernardino a la cabeza- lo respaldó económicamente en sus campañas, ni lo
favoreció privadamente tras el colapso financiero de 1824-25. Entonces, no es
“la historiografía revisionista” la que sostiene estos dislates. Es el
antisanmartinismo de Lons, que juega en nuestros días el desdeñable papel que
desempeñó el antirrosismo de liberales, masones y marxistas durante todo el
siglo XX.
La
relación de San Martín con los Robertson, que nunca pasó de encuentros
eventuales, terminó cuando el primero inició su campaña hacia Chile, en 1817, y
los gringos se fueron a continuar sus negocios en la zona litoraleña y
paraguaya, actividades que quedaron asentadas en las “Memorias” de los
mercaderes: Letters on Paraguay. Para la época en que ambos Robertson participaron
desde el Río de la Plata como gestores del empréstito, San Martín ni siquiera
estaba en Buenos Aires. Otro tanto se diga de Parish, con quien tampoco hubo un
vínculo directo o personal. Hasta donde sabemos, ni siquiera tuvieron la
posibilidad de cruzarse físicamente, por una simple cuestión geográfica y
cronológica. Woodbine Parish arribó a Buenos Aires el 31 de marzo de 1824, con
el cargo de primer cónsul general y encargado de negocios de Gran Bretaña. Unas
pocas semanas antes, el 10 de febrero de 1824, San Martín abandonaba el Río de
la Plata a bordo de la fragata Le Littoral con destino a lo que sería su exilio
definitivo en Europa. En su libro Buenos Ayres and the Provinces of the Rio de
la Plata, Parish menciona a San Martín como un personaje de relevancia
político-militar, pero claramente queda dicho que ni se conocieron ni trataron,
y que nada tuvo que ver el General con la contratación del empréstito. Puede desprenderse
este dato, naturalmente, de la lectura de los capítulos XV y XVI de la
precitada obra de Parish[16].
II.-Ya
hemos mencionado el tipo de relación que existiera entre Alexander Baring y San
Martín, y cómo la banca del primero le prestó servicios menguados al segundo en
orden a resguardar sus salarios y ahorros, que terminaron al fin devaluados y
perdidos. Esa relación entre ambos hombres, el banquero y el soldado, puede
definirse y caracterizarse de varios modos, signados todos, es evidente, por el
sello de una austera cortesía antigua que hoy ya no se estila. Pero el guerrero
no se enriqueció con los servicios del mercader, y este sumó fortunas y
riquezas negociando con los de galera y levita, no con el Jefe de Granaderos a
Caballo. No hay entonces, entre ambos, “lealtades trasnacionales operativas más
que sentimentales”. Hay lealtades a secas. La del negociante prestando sus
servicios de cajero de una módica suma. La del capitán, respetando las reglas
de juego del cambista.
Es
incorrecto afirmar que la Baring Brothers “comercializaba los productos de los
gobiernos sudamericanos” o que “financiaba a los mismos”. La maldita firma no
se dedicaba a comercializar productos sino que tenía por móvil el constituirse
en banco de inversión, agencia financiera y proveedora de créditos. Con todo lo
cual, lejos de financiar a los gobiernos los esclavizaba, expoliaba y hundía.
La Baring no oficiaba de transportadora de mercancías, sino de emisión y venta
de bonos en la Bolsa de Londres. Hacía las veces de una agencia fiscal de
pagos, de una sede de financiamiento del comercio exterior; pero no
condescendía a manejar productos, salvo excepcionalmente cuando algunos de
ellos se constituían en garantías de pago, como el guano y el salitre del Perú.
Por lo tanto, está mal dicho el decir que era “la independencia la que generaba
deuda soberana”. Era la insensata dependencia económica de las repúblicas
liberales manejadas por cipayos. Agravio extra e innecesario el del crítico, y
que retrata su mala catadura, rematar sus erróneos conceptos sobre el papel de
la Baring, definiéndola como “el banco del amigo de San Martín”. Es como
definir a la Asociación Sefarad de América y a alguna empresa tecnológica de
Israel, como las entidades judías dirigidas y/o asesoradas por Sergio Restrepo,
el amigo de Patricio Lons. Con las palabras no se juega, enseñaba Mallarmé.
Ahora
bien; si San Martín no tuvo nada que ver con la gestión del empréstito de la
Baring; si no se benefició del mismo ni política ni privadamente, si así lo
reconocen incluso los verdaderos gestores de la deuda, ¿cuál es la razón por la
que Lons lo mete en una “red personal-familiar-comercial” con la banca inglesa?
Enrique Díaz Araujo respondía diciendo que es porque tales sujetos no tienen el
oficio de historiadores ni de cronistas; son vulgares chatarreros. Nosotros,
que hemos ensayado respuestas poéticas de la mano de Homero, filosóficas tras
los pasos de Hegel y Croce, o psicológicas, cubiertos por los lineamientos de
Paul Ekman, o tomadas de la paremiología hispana o del análisis moral que hace
el Aquinate del Mandamiento Octavo, seremos esta vez algo más sutiles. Se trata
simplemente de meneadores de boñiga. Y Lons quiere estar a la vanguardia de tan
irrecomendable gremio.
II.-Obviamos
la referencia al supuesto cumplimiento del “Plan Maitland”, porque realmente
nos da vergüenza ajena que se lo mencione, haciendo caso omiso, ya no de
quienes lo analizaron en profundidad, como Enrique Díaz Araujo, sino del mismo
Rodolfo Terragno (el “descubridor” de dicho plan), quien en ningún momento de
su obra califica a San Martín de agente britano. Pero nos detenemos un instante
en el corolario que saca Lons, tras sostener que San Martín sí lo habría sido.
El objetivo del Libertador, según esta óptica, consistía en “liberar los
puertos del Pacífico al comercio inglés”, con lo cual se evidenciaría que su
“amistad con Baring no sería personal sino funcional a una estrategia
imperial”. Una vez más los hechos desmienten los infundios.
La
habilitación de los puertos del Océano Pacífico para el comercio inglés, no
tuvo que esperar a San Martín ni siquiera al año 1810, ni mucho menos a
protocolos diplomáticos o tratados anti monopólicos[17].
Desde fines del siglo XVIII, por lo menos, Gran Bretaña operaba de manera
regular e intensa en las costas de Chile y de Perú, valiéndose principalmente
de un triple recurso: a) los barcos balleneros; b) el llamado derecho a la
arribada forzosa; c) el uso de embarcaciones con banderas neutrales o
estadounidenses. La “estrategia imperial”, como dice Lons, ya estaba
eficientemente encaminada antes de cualquier revolución emancipadora. Y quienes
venían siendo funcionales a la misma eran los propios funcionarios españoles,
que hacían la vista gorda, por obvia conveniencia. Cuando sucedieron los hechos
de 1810 y los posteriores, el independentismo no abrió los puertos del Pacífico
al comercio inglés. Simplemente convirtió en de iure una situación de facto. Ese
fue, por ejemplo, el efecto que causó el Reglamento de Comercio de 1821. Pero
los Tratados de Amistad, Comercio y Navegación entre Gran Bretaña y las nuevas
repúblicas del Pacífico, se firmaron después de que San Martín abandonara no
sólo sus campañas sino el mismo continente americano.
Además,
no debe omitirse que los mismos realistas se beneficiaban con el libre comercio
inglés en el Pacífico, y que por eso mismo incluso no tuvieron escrúpulos en
promoverlo. Los virreyes de Lima como José Fernando de Abascal y Joaquín de la
Pezuela después, comenzaron a cobrar impuestos aduaneros a los buques
mercantiles británicos que llegaban al puerto del Callao. Con esos ingresos
ingleses mantenían a sus ejércitos “reales” que luchaban contra los
“patriotas”. Para darle un viso de justificación a esta táctica a todas luces
eficiente cuanto ilegal, los funcionarios realistas inventaron la figura de
“las licencias especiales de comercio”. Por las mismas, bancas británicas como
la famosa firma Antony Gibbs & Sons, establecida en Lima, descargaran
manufacturas inglesas a cambio de plata extraída de las minas de Cerro de Pasco
o de Potosí. Las Cortes de Cádiz lo sabían y miraron para el costado. Pecunia
non olet. Hasta los encumbrados miembros del Consulado de Lima –comerciantes
hispánicos de renombre- defendían a capa y espada el monopolio español
irrestricto, a la par que se asociaban con los capitales britanos, permitiendo
el ingreso de sus mercancías, revendiéndolas en el interior del Virreynato y
utilizando las ganancias tanto para uso personal como político. De allí que
ciertos estudiosos de esta trágica paradoja económica (a algunos ya los hemos
citado, como Martínez Shaw o Sergio Villalobos) denominaron al espacio en el
que tenían lugar estas múltiples tropelías, “la zona gris de los mercaderes”[18].
Patricio Lons debería dejar de mencionar la soga en casa del ahorcado; y si tan
convencido está de que a los independentistas sólo los movía la estrategia de
abrir los puertos del Pacífico al beneficio inglés, no es precisamente en San
Martín en quien tendría que fijar su mirada escudriñadora.
La
injerencia británica a favor de los realistas fue todavía más lejos. El
Comandante de la Marina Real Británica, James Hillyar, apoyó a las fuerzas realistas
chilenas en 1814. En el combate de Valparaiso, del 24 de marzo de 1814, el
inglés destruyó la embarcación estadounidense que servía de escudo al bando
“patriota” chileno, y le dejó el paso libre a los contingentes realistas enviados
por el Virrey del Perú. Como todo tiene un precio para los britanos, tras su
módica colaboración, Hillyar logró que las partes en litigio firmaran el
Tratado de Lircay, por el cual se garantizaba legalmente el libre comercio. Como
era previsible, pocos meses después, el Tratado fue desconocido por el Virrey
Abascal, uno de quienes lo habían suscripto. Pero la tregua conseguida mediante
los buenos oficios del inglés, le permitió al Virrey armar el poderoso ejército
al mando de Mariano Ossorio, quien aplastaría al poco tiempo a los “patriotas”
en la famosa batalla de Rancagua; no en vano llamado “desastre” en la
historiografía criolla[19].
El epistolario entre el Virrey Abascal y su Brigadier Gabino Gainza, demuestra
que la consigna realista era que se "marchase en perfecto acuerdo con
Hillyar”[20].
Así se hizo: Gran Bretaña, una vez más, apoyando al que le convenía. La
diferencia es que el Lonsismo calla la entente realista-inglesa.
III.-La
“correspondencia directa con Lord Castlereagh, informando avances y solicitando
instrucciones”, más que una afirmación, que vuelve a colocar a San Martín en el
banquillo de los sospechosos de anglofilia, es un punto que debe ser analizado
con alguna prolijidad. Ante la falta de un epistolario recíproco y regular
–como el que se conoce verbigracia con Tomás Guido- algunos se inclinan a
conjeturar (y sobra la documentación al respecto) que los contactos entre ambos
hombres se dieron a través de intermediarios, como el Comodoro William Bowles,
Jefe de la estación naval inglesa en el área rioplatense. También, y como
consecuencia de unos hallazgos documentales recientes, en Escocia,durante año
2025, se ha podido determinar que otro de los intermediarios haya sido el tantas
veces mencionado James Duff. El núcleo de esos mensajes que –ya sea vía Bowles,
Staples o Duff- le llegaban a Castlereagh, daban cuenta de los movimientos
tácticos y estratégicos ejecutados por San Martín en sus campañas, así como de
sus pretensiones diplomáticas que según él, debería jugar Inglaterra mientras
durase la contienda. Algo más que previsible y razonable si se tiene en cuenta
que el destinatario de esas informaciones y de esos pedidos era el Ministro de Relaciones
Exteriores de Gran Bretaña, un país cuyo reconocimiento de la independencia
americana necesitaban, al igual que su estricta neutralidad bélica y política.
Es como si hoy, a Marco Rubio, Secretario de Estado de Trump, no le llegaran
los informes sobre los movimientos del General Oleksandr Syrskyi, el militar de
mayor rango de las Fuerzas Armadas de Ucrania. La versión de una
correspondencia directa, aunque fortuita y eventual, entre San Martín y Lord
Castlereagh, demandaría revisar in situ los repositorios del “Public Record
Office”o la importante obra de Charles Vane, titulada “Correspondence,
Despatches, and Other Papers of Viscount Castlereagh”, publicada a partir de
1848. Por el momento no hemos tenido acceso a ninguna de estas dos fuentes
primarias. No obstante, se pueden hacer algunas afirmaciones importantes:
*San
Martín no solicita instrucciones a Lord Castlereagh. Le pide neutralidad en la
contienda y reconocimiento de las autonomías sudamericanas. Es el común
denominador de sus despachos, esquelas o informes. No hay registro alguno ni de
solicitudes ni de entregas de Instrucciones. Conjeturarlo con el sólo objeto de
convertir a San Martín en un subordinado dócil de Inglaterra, es parte del
trillado relato lonsiano, pero no de la vera historia. Lons repite y repite
siempre la misma versión del agente británico; a sabiendas de que hoy, un foco
digital viralizado, así sea de una mentira, sustituye a la fuente documental
primaria.
*San
Martín” no solicita asistencia de ninguna naturaleza, ni pecuniaria ni de
ninguna otra clase” [...]. “No necesita dinero, armas o soldados”. Son las palabras
ya citadas de William Bowles y Robert Staples, los dos más importantes
mediadores entre San Martín y Castlereagh[21].
¿Qué ganarían ellos en decirlo y nosotros en ponerlo en duda, solo para
practicar el antisanmartinismo? Esto es como buscar el DNI de Adán como
condición para creer en el relato genesíaco.
*Contamos
con una “instrucción” sanmartiniana a Castlereagh. Es la carta fechada el 11 de
abril de 1818, en la que le dice: "La América del Sud será sepultada en
sus ruinas antes que sufrir la antigua dominación [...]. Los sacrificios
realizados por la libertad han sellado un compromiso del que no se volverá
atrás"[22].
Al Libertador no le gustaban las intromisiones extranjeras en nuestros asuntos,
y aquella sentencia epistolar, deslizada casi a cálamo currente (en medio de
algunas concesiones que no nos parecen pertinentes), era una mezcla de
advertencia y de interpelación. El Lord no era su enemigo, pero tampoco
resultaba confiable; y experto como era el criollo en guerra de zapa, sabía
cómo mantenerlo informado. De hecho, era mejor tenerlo de interlocutor que de
enemigo. Lo extraño de esta historia es que el supuesto “instructor” de San
Martín, su mandante en las sombras y su Estado Mayor encubierto, lo tenía a San
Martín bajo la lupa por creerlo un agente napoleónico. De allí que algunos
oficiales británicos recibían la orden de fiscalizarlo a sol y a sombra[23].
A esta altura de la información acumulada, cabe preguntarse retóricamente de
quién más era agente San Martín; y si es posible que sobre un sólo y único
hombre recaigan suspicacias tan encontradas e incongruentes.
*Hay
unos cuantos testimonios sanmartinianos en contra de los ingleses y hay
demasiadas acciones británicas en contra de San Martín que permiten pensar que
constituyen un plan sistemático. Sobre esto último es conveniente una lectura
atenta del libro de Sebastián Miranda[24].
Sobre lo primero bastarán cuatro ejemplos. Es conocida la epístola a Godoy Cruz
del 24 de mayo de 1816: “No hay nada que esperar de Inglaterra”. También lo es
aquel pasaje de las Memorias de Iriarte en la que dice: "San Martín me
aconsejó que, en el momento en que Lavalle y su partido cayeran, no debíamos
perder tiempo en regresar a Buenos Aires para participar activamente en el
negocio; y perseguir con entusiasmo al círculo británico hasta aniquilarlo”[25].
Luego la pintoresca declaración a Guido del 26 de septiembre de 1846: “Yo soy
como las mulas chúcaras que orejean al menor ruido, es decir, que estoy sobre
el quién vive de todo lo que viene de Inglaterra, y aunque esta prevención
podría extenderse a sus aliados contra nuestro país, estos son todos más claros
y verdaderos niños de teta comparados con sus rivales”. Al fin, para limitarnos
a cuatro ejemplos recordemos la carta a Guido del 22 de marzo de 1847: “Mi desconfianza
es tal con estos dos gobiernos [Inglaterra y Francia] que es menester
precaverse y decir con nuestros gauchos: ojo al charque con esta gente”.
*En
este contexto se entiende mucho mejor que Lord Castlereagh no haya sido la
excepción entre el conjunto de los ingleses con los que San Martín se vinculó y
con los cuales quedó desilusionado, prevenido o lisa y llanamente en guardia,
consciente de que no se podía confiar en ellos. El Libertador se dio cuenta sin
mucho esfuerzo, de que el personaje era pendular hasta la exasperación y
pragmatista hasta el cinismo. Y tal vez hasta se dio cuenta de que estaba
bastante demente, como lo corroboró su suicidio el 12 de agosto de 1822[26].
Lo que
dijimos más arriba sobre el apoyo económico inglés a ciertos sectores de los
ejércitos realistas, y a los altos funcionarios que estaban por encima de
ellos, no debería leerse a la ligera, y era un secreto a voces entre los
“patriotas”. La pretendida neutralidad de Castlereagh resultaba una máscara,
bajo la cual se enriquecían a dos puntas con una guerra fratricida. La sangre
vertida en América, por ambos bandos, tenía un precio y un costo, y de todas
las ganancias quería ser la dueña la Corona Británica.
Se
insiste en que los ingleses apoyaban a los independentistas. Sin embargo, para
no hacerlo sacaban a relucir el Tratado Apodaca-Canning, o la cláusula cuarta
del Tratado Montellano-Bathurst del 5 de julio de 1814; férreos obstáculos
ambos para cooperar con los “rebeldes” del modo que fuere. Con toda logicidad
leguleya mandaban después al Capitán Hillyar a cooperar en la reconquista del
territorio chileno para los realistas, y fue así –como vimos- que se alcanzó el
triunfo “realista” de Rancagua: solventados por Gran Bretaña. A la par, por
supuesto, guiñaban los ojos cómplices hacia ciertos independenistas. San Martín
se daba cuenta del doble juego, y por eso su gran recelo y decepción ante
personajes como Castlereagh. Acaso un punto culminante de esta disconformidad
fue cuando ciertos emisarios sanmartinianos quisieron abordarlo al lord para
proponerle su apoyo en la búsqueda de un pronto y feliz término de la guerra
fratricida, y el inglés, secamente, se negó a recibirlos. Estamos hablando de
la misión sanmartiniana de Juan García del Río y de Diego Paroissien, en 1822.
No evaluamos ahora la propuesta que llevaban los delegados del Libertador, que
merecería un análisis crítico; solo registramos la más que llamativa
indiferencia ante un asunto sumamente clave, de quien supuestamente era su
“Instructor” y mandante; y dejamos asentada la lógica ofuscación de San Martín.
En su correspondencia privada posterior a la Campaña de Chile se advierte el
uso de juicios peyorativos para referirse al comportamiento lleno de dobleces
de Gran Bretaña. Y hasta habría un par de minutas de los comisionados en los que
Castlereagh queda pintado como un hombre esquivo y puramente mercantilista[27].
Poco tiempo después, como dijimos, acabó suicidándose y le sucedió Canning.
IV.-
San Martín cruzó la cordillera con la famosa Bandera de los Andes que él mismo
ideara. Su similitud con la bandera argentina es evidente e intencional, y
podrá gustar o disgustar su simbología, su estética o su diseño, pero el
parentesco y la equivalencia con el pabellón nacional es un hecho incontrastable
y adrede.
Fue el
Libertador quien dispuso que la Bandera de los Andes se confeccionara con los
colores celeste y blanco, según lo decretado por el Congreso de Tucumán el 24
de julio de 1816, respecto de la bandera nacional. Es decir que no hubo la más
mínima intención de camuflar o de cambiar la bandera de las Provincias Unidas
del Río de la Plata por la bandera de una “autoridad supranacional”. Al recibir
la orden del Congreso refrendada por Pueyrredón, San Martín se encontraba en el
Campamento del Plumerillo y se dispuso naturalmente a acatar la orden. En
resumidas palabras: la Bandera de los Andes no sustituía a la Bandera Nacional
(Bandera de las Provincias Unidas del Río de la Plata se llamaba entonces). Era
una manifestación explícita derivada de la misma. Tenemos las Memorias de
Laurena Ferrari –una de las conocidas “patricias mendocinas” que confeccionaron
el pabellón- quien no solo corrobora la orden sanmartiniana de no apartarse del
modelo de la bandera nacional, sino que con gracejo femenino narra los apuros a
los que se vieron sometidas recorriendo todas las tiendas de Cuyo hasta dar con
los colores belgranianos[28].
Otrosí puede consultarse la muy conocida obra del General Gerónimo Espejo, “El
paso de los Andes”, y la de Adolfo Mario Golman, llena de significativos
detalles[29].
La
Bandera de los Andes fue jurada por San Martín en solemne ceremonia, el 5 de
enero de 1817, en la Plaza Mayor de Mendoza, y se le hizo prometer fidelidad a
la tropa. La bendijo el padre José Lorenzo Güiraldes y se proclamó a la Virgen
del Carmen Generala del Ejército. Nada había de supranacional en los pabellones
de dicho ejército. Acaba siendo verdaderamente un delirio afirmar que la
insignia belgraniana no se llevaba porque el mentado ejército andino “respondía
a una autoridad supranacional, posiblemente británica, más que al Virreynato
del Río de la Plata”. Absurda ucronía además, ésta de pensar que en 1817,
cuando tiene lugar el Cruce de los Andes, un ejército argentino pudiera portar
la bandera del Virreynato del Río de la Plata, que había cesado en 1810 o, si
se quiere, en 1814. Era común, por otra parte, que un ejército de la magnitud
del de los Andes, tuviera divisiones y subdivisiones internas con sus propios
banderines, pendones, insignias, señales y estandartes[30].
La vexilología debió registrar algún rastro de que aquel ejército andino
dependía al fin de cuentas de una autoridad supranacional. No conocemos ninguna
demostración de esta hipótesis.
Por
otra parte, es cierto que algunos sostienen que San Martín no quiso llevar la
bandera de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Pero lejos de lanzar este
argumento con el afán de imaginar que la verdadera comandancia era
supranacional, lo que imaginan es que San Martín no quiso alimentar la menor
sospecha de que el suyo era un ejército invasor extranjero o internacional,
sino una expresión de la Patria Americana. O sea, que se habría tomado la
medida (insistimos, es hipotético), justamente para que no se diera lugar a
creer que la Argentina invadía a sus propios países conexos con mandos foráneos,
sino que se unía a tales países tras una causa común[31].
A todo
esto, ¿qué banderas llevaban los ejércitos realistas? Varias también ellos,
según la procedencia, el origen y la data de cada unidad militar. Flameaba la
gloriosa Rojigualda y la memorable con la Cruz de Borgoña, que también, y hasta
legalmente, sentimos como orgullosamente propia. Había otras con alusiones
expresas a Fernando VII, y paradójicamente otras celestes y blancas por los
colores de la Casa de Borbón. Los pasteños y los mapuches tenían sus insignias
propias, y diversos oficiales extranjeros – franceses, italianos y alemanes- se
engancharon a los ejércitos realistas, conservando el derecho a mantener sus
propias heráldicas. Al fin de cuentas el Ejército Realista no era tanto una
unidad homogénea que respondía a un mando unificado desde Madrid, sino una
anfictionía de fuerzas armadas ofensivas y defensivas. Sin embargo, a nadie se
le ha ocurrido pensar que esos ejércitos estaban poniendo en evidencia que
obedecían a una autoridad supranacional, por portar una multiplicidad de
banderas. Aún teniendo en cuenta que Fernando VII sí pidió el apoyo armado a la
Santa Alianza, que era una poderosa autoridad supranacional[32].
Siempre, en estos relatos españolistas, hay dos varas y dos medidas para juzgar
lo acontecido.
V.- No
es cierto que en 1814, San Martín “renunció al Ejército del Norte y se trasladó
a Mendoza”, en actitud de desobediencia; y mucho menos que la tal desobediencia
obedecía al plan de alinearse con los intereses atlánticos británicos, no con
la estrategia porteña”.
La
renuncia fue causada en primer lugar por problemas reales de salud, que se le
agravaron en el Norte; que lo obligaron por ende a delegar el mando en el
General Francisco Fernández de la Cruz, y a buscar un clima recuperatorio más
benigno, que halló en la estancia cordobesa de Saldán. Pero fuera de sus
afecciones San Martín comprende que la guerra no se iba a ganar con su
presencia en el Norte (para eso estaba Güemes), y es entonces cuando empieza a
trazar y a concebir su Plan Continental. Lo primero era hacerse nombrar
Gobernador de Cuyo, y el Directorio de Buenos Aires accedió a concederle la
autorización, con la firma de la máxima autoridad porteña de entonces que era
Gervasio Antonio de Posadas, Director Supremo de las Provincias Unidas del Río
de la Plata. El decreto con el correspondiente nombramiento está fechado el 10
de agosto de 1814. Arribó a Mendoza el 6 de septiembre del mismo año, y asumió
formalmente sus funciones, siendo recibido con toda pompa y solemnidad por las
autoridades del Cabildo local. Desobediencia no hubo ninguna. La conformidad
fue recíproca y plena.
Conste
que no decimos esto para mostrar un San Martín obedientista a rajatabla, puesto
que en 1820 sería expresa y rotunda su desobediencia a las atroces autoridades
porteñas; y lo aplaudimos. Tampoco lo decimos porque creamos que la obediencia
a aquellas autoridades de 1814 fue la mejor opción. Posiblemente era la única
que le quedaba. Lo decimos, sencillamente, porque es la enésima mentira que se
lanza contra San Martín, y para sugerir que con ese acto el Libertador se
alineaba con “los intereses atlánticos británicos”. O sea que en materia de
servidumbre a Gran Bretaña, San Martín fue una especie de Magallanes, tanto
corría a socorrer las ventajas atlantistas de Londres como las del Océano
Pacífico. No se tiene en cuenta, sin embargo, que si San Martín hubiera querido
secundar el dominio atlantista inglés, el camino no era desobedecer a las
autoridades porteñas (acto del que se lo acusa), sino más bien obedecerlas,
puesto que, entre esas autoridades estaba Carlos María de Alvear, sobrino
carnal de Posadas, el artífice del vergonzoso pedido del protectorado
británico. San Martín obedeció en 1814 a las autoridades porteñas. Ejecutó su
Plan Continental con permiso de las mismas. Tuvo una enemistad absoluta y
brutal con el entreguista Alvear, y cuando creyó atinado desobedecer a la
runfla porteña, lo hizo sin cortapisas. Si San Martín fue un hombre de los dos
océanos, no se lo podría llamar así por correr de un mar a otro en pos de los
beneficios de Inglaterra sino de los de América.
Cerramos
aquí esta primera parte de nuestra respuesta. Habrá mucho
más
por decir. Sobre todo porque según lo promociona Lons en su canal, los últimos
pecados gravísimos y actos de traición imperdonables que habría que deducir en
San Martín, habrían sido: no promulgar la “Unam Sanctam” junto con Bonifacio
VIII, no haber fundado las Escuelas Maristas con San Marcelino Champagnat, y no
haber imitado a Bloody Mary, quemado en la hoguera a sus conocidos
protestantes. Con tales carencias, evidentemente, no se puede aspirar a ser
padre de la patria.
[2] El 23 de
junio de 2023 escribí una larga y muy fundada nota titulada “Algunos graves errores
de Patricio Lons”. La misma apareció en diversos medios digitales, pero quedó asentada
en forma escrita en Gladius,n° 118, Buenos Aires, 2023, p. 89-115. No hubo respuesta
alguna. Para incentivarla, en el n° 119 de la precitada revista, le envié una
carta personal al director, fechada el 19 de enero de 2024, y aparecida en la
p. 120 del mencionado ejemplar. En esa esquela reconozco y señalo públicamente,
con total sencillez, que en mi respuesta a Lons he cometido dos furcios, “los
cuales, afortunadamente, no violan la verdad histórica”, pero que juzgo prueba
de honestidad intelectual enmendar. En vano fue esperar de Lons una actitud
acorde, aunque los suyos no eran ni son furcios sino mentiras descaradas
y aviesas. Un tiempo antes de este episodio, el
25-6-2022, el señor Lons le dedicó exactamente seis minutos a comentar mis
objeciones a sus escritos aparecidas en mi libro “Respuestas sobre la
Independencia”, con un tono sobreactuadamente disciplicente, evasivo y liviano,
con serios problemas de prosodia, sintaxis y comprensión conceptual (crf. https://www.youtube.com/watch?v=5EXopu_2WOo
minuto 12 en adelante). En rigor, en
esos seis
minutos, no sólo no refutó ni uno sólo de los yerros
que le puntualizaba, sino que –tras vertir una opinión disidente sobre la
composición de la flota sanmartiniana-decía: “ésta sería mi única diferencia” [con
mis réplicas]. No cuesta nada deducir que, entonces, en lo demás no tenía
impugnaciones para formularme; y sí en cambio argumentos por modificar,
criterios por rever e informaciones por rectificar. Sin embargo llegó al poco
tiempo la noticia de que el canal televisivo de La Nación lo convocó en algún
programa con ocasión de un nuevo aniversario del 25 de mayo (cfr. https://youtu.be/24yJe3qfvoY), y que
durante el mismo, el señor Lons repitió impunemente los trilladísimos yerros
que le fueron fundadamente señalados. Muchas veces más hizo lo mismo.Tengo que
llegar a la conocida conclusión borgeana, según la cual, se trata de un
personaje incorregible. La mentira está en su misma naturaleza argumentativa.
[3] Estos
puntos concretos que pasaremos a refutar, surgen, por un lado de la
transcripción
literal que hemos hecho de su programa del 17 de agosto
de 2026. Más por otro son los
puntos que le especificó en correspondencia personal
al padre Agustín José Spezza IVE,
director del programa “Zapatos de encuentro”, a
propósito de una defensa de San Martín
que había hecho el sacerdote. A esos puntos los acompañó
Lons de 16 documentos, que son
los mismos a los que remite en su precitado programa
del 17 de agosto. Dejamos constancia
que el padre Spezza nos ha autorizado a mencionarlo
como testigo de esa serie de
acusaciones puntuales que Lons le hizo llegar para
instarlo a que superara su visión “errónea”
de San Martín.
[4] Con
algunas reservas importantes puede leerse al respecto,con provecho meramente
informativo,
Roberto Elissalde, James Duff, amigo del Libertador,
Buenos Aires, Instituto Nacional Sanmartiniano,
2024. Hay versión digital: https://sanmartiniano.cultura.gob.ar/noticia/james-duff-amigo-del-libertador/
[5] Puede
consultarse con interés, John Miller, Memorias del General William Miller,
Buenos Aires, Emecé, 1997.
[6] Cfr.
Ricardo Piccirilli,San Martín y el gobierno de los pueblos, Buenos Aires, Gure,
1957,p. 209, 220, 433. Otro inglés, John Lynch, amparado en estos y otros
juicios, sostuvo que “San Martín nunca pidió ayuda directa a Gran Bretaña a
finde obtener dinero, armas o soldados”.
Cfr su Gran Bretaña, San Martín y la Independencia
Latinoamericana (1816-1826), I, 483.
[7] Hasta un
marxista como Norberto Galasso queda sorprendido del código ético sanmartiniano
en relación con el pago de su deuda. Cfr. su Seamos libres y lo demás no
importa nada: Vida de San Martín, Buenos Aires, Colihue, 2000, capítulos 8 y
11.
[8] Cfr.vg.
Eduardo Luis Duhalde y Rodolfo Ortega Peña, Baring Brothers y la historia
política argentina, Buenos Aires, Sudestada, 1973. Norberto Galasso, Historia
de la deuda externa argentina, Buenos Aires, Colihue, 2023.
[9] Benicio
Oscar Ahumada y otros, Argentina desde el Mar. Introducción a la historia naval
argentina (1776-1852),Buenos Aires,Departamento de Estudios Históricos Navales
(DEHN) de la Armada Argentina, Ministerio de Defensa, 2014.
[10] Contamos
con un acervo bibliográfico importante para documentar el apoyo británico – logístico,
castrense y económico- a las Juntas de Gobierno españolas entre 1808 y 1814. Es
decir durante la llamada “Guerra de la Independencia” o “Peninsular War”, según
las fuentes inglesas. Cfr. vg. Alicia Laspra Rodríguez, Intervención británica
en la Guerra de la Independencia: ayuda material y diplomática, en Revista de
Historia Militar, Madrid, año 49, n° 2, p. 59-78; Alicia Laspra Rodríguez, La
ayuda británica, en La guerra de la Independencia en España (1808-1814,
Barcelona, Nabla Ediciones, 2007. Hay también bibliografía en inglés, como las
obras de Joaquín García Contreras, British and Spanish Relations During the Peninsular
War: The British Gracchi (Pen & Sword Military,2023),MajorTroy T Kirby, The
Duke Of Wellington And The Supply System During The Peninsular War, Wagram
Press, 2014. John M. Sherwig, Guineas and Gunpowder: British Foreign Aid in the
Wars with
France, 1793-1815 , Harvard University Press, 1969.
Existen asimismo los interminables volúmenes The Dispatches of Field Marshal
the Duke of Wellington, compilados y editados por el Teniente Coronel John
Gurwood, Londres, Editorial John Murray, 1834-1839.
[11] También
hay bibliografía abundante sobre esta cuasi desconocida alianza de la Corona Española
con la Baring. Cfr. vg. Carlos Marichal, La bancarrota del virreinato: Nueva
España y las finanzas del Imperio español, 1780-1810, México,Fondo de Cultura
Económica, 1999; Carlos Marichal, Plata mexicana para Napoleón I. La Consolidación
de Vales Reales y el comercio neutral en Veracruz, 1805-1808. En M. P. Martínez
López-Cano (Ed.), De la historia económica a la historia social y cultural,
México, UNAM, 2015, p. 181-212. Existen asimismo fuentes primarias en inglés y
los repositorios archivísticos The Baring Archive en Londres, y el Fondo de
Hope & Co. en Amsterdam.
[12] Para
estudiar esta bancarrota bancaria que incluye a la Baring, cfr. Carlos
Marichal, Historia de la deuda externa de América Latina, Madrid, Alianza,
1988; Dawson, Frank Griffith, The First Latin American Debt Crisis: The City of
London and the 1825 Boom, London, Yale University Press, 1990; Larry Neal,The
Financial Crisis of 1825 and the Restructuring of the British Financial System,
en Federal Reserve Bank of St. Louis Review, St.Louis, Missouri,Mayo-Junio
1998,vol. 80, n° 3,p. 53-76. Hay títulos más familiares que pueden consultarse
con provecho: Henry Ferns,Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX, Buenos
Aires, Solar/Hachette, 1966; y Horacio Juan Cuccorese, Historia económica argentina
(1810-1862), Buenos Aires, El Ateneo, 1965.
[13] Cfr.
Larry Neal,The Forgotten Financiers of the Louisiana Purchase: European
Bankers, the US, and the Rise of International Finance, Cham, Suiza, Palgrave
Macmillan / Springer Nature Switzerland, 2024. Peter E. Austin, Baring Brothers
and the Birth of Modern Finance, London,Pickering & Chato, 2007. Joseph
Wechsberg,The Merchant Bankers, Boston, Little, Brown & Co., 1966.
[14] Hemos
intentado rastrear por las redes sociales no sólo el documento en el que San
Martín habría asentado ese juicio sino, si fuera el caso, en dónde se
originaría el invento de la frase. Todo nos lleva a un sitio llamado Ciudadano
News y al Canal Historia con Patricio Lons. Consultado el Instituto Nacional
Sanmartiniano, por su parte, niega todo registro documental de la afirmación.
Lo reiteramos por última vez: la frasecilla no contiene nada agraviante ni indecente.
Lo agraviante e indecente es lo que Lons quiere sugerir e instalar con la
misma. Artilugio que potencia con otras insinuaciones despectivas y sarcasmos
groseros cuanto vulgares. ¡Qué razón llevaba Giovanni Sartori cuando retrató
los riesgos del Homo Videns!
[15] Patricio
Lons comete un furcio de principiantes cuando sostiene que “William Parish Robertson
había presenciado la batalla de San Lorenzo”. En rigor no fue él (que no había llegado
siquiera a Sudamérica el 3 de febrero de 1813), sino su hermano John Parish Robertson,
y hay pruebas más que suficientes para aseverar que su presencia durante la batalla
no obedeció a motivos de espionaje. Pero no es el tema que debamos abordar
ahora. Solo a título ilustrativo –y para quienes busquen una mirada crítica de
la hipótesis del espionaje- sugerimos la lectura del ya citado historiador
canadiense, Henry Stanley Ferns,
Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX; y la de
Klaus Gallo, De la invasión al reconocimiento: Gran Bretaña y el Río de la
Plata, 1806-1826, Buenos Aires, AZ,1994.
[16] Woodbine
Parish, Buenos Aires y las provincias del Río de la Plata: desde su
descubrimiento y conquista por los españoles, hasta la consolidación de su
independencia política, Buenos Aires, Hachette,1958.En el original los
capítulos XV y XVI se titulan “Trade” y “Public Debt”.
[17] Cfr. al
respecto: Sergio Villalobos, Comercio y contrabando en el Río de la Plata y
Chile, 1700-1811, Buenos Aires, Eudeba, 1965; Germán Tjarks, y Alicia
Vidaurreta, El comercio inglés y el contrabando: Nuevos aspectos en el estudio
de la política económica en el Río de la Plata, 1807-1810, Buenos Aires, s/m/e,
1962; Carlos Martínez Shaw, El comercio español con América (1650-1800), Madrid,
Cátedra, 1993.
[18] Para
estudiar esta acción económica realista y española en pro de los intereses
británicos, en plena guerra contra los independentistas, cfr. Débora
Besseghini,"British Trade and the Fall of the Spanish Empire. Changing
Practices and Alliances of Antony Gibbs & Sons in Lima during the
Transition from Viceregal to Independent Rule". En Nuevo Mundo Mundos
Nuevos, n° 20, Paris, Mondes Américains, 2020. Patricia Marks, Deconstructing
Legitimacy: Viceregal Peru and the Promise of Free Trade, 1780-1820. University
Park, Pensilvania, Estados Unidos, Pennsylvania State University Press, 2007.
Hay también obras en español, como la de Cristina Ana Mazzeo, Gremios
mercantiles en las guerras de Independencia: Perú y México en la transición de
la Colonia a la República, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2012; Antonio
Ignacio Laserna Gaitán, La crisis de la élite mercantil limeña y la prohibición
de
comercio a los productos británicos. En Chronica Nova:
Revista de historia moderna de la Universidad de Granada, n° 22, 1995,
ps.165-184. José Alfredo, García Vera, El comercio gaditano con el Perú entre
1814 y 1826: Crisis y adaptación en tiempos de tribulación". En Anuario de
Estudios Americanos, Sevilla, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2016,
vol. 73,n° 2, p. 689-721.
[19] Siempre
será útil, para la parte informativa y documental sobre estos temas, consultar
la inmensa obra de Diego Barros Arana, Historia General de Chile, Santiago de
Chile, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 2002. En este caso el vol.
IX. Pero contamos con una fuente más precisa: Patricia Pascuali, San Martín
confidencial. Correspondencia personal del Libertador con su amigo Tomás Guido
(1816-1849), Buenos Aires, Planeta, 2000, p. 91.
[20] Cfr.
José Toribio Medina, Proceso de Gaínza, Colección de Historiadores y de
Documentos Relativos a la Independencia de Chile (Tomo XXIV),Santiago de Chile,
Imprenta Cervantes, 1914.
[21] Hay un
capítulo entero de la extraordinaria obra de Enrique Díaz Araujo dedicado a
estos personajes. Cfr. su San Martín:cuestiones disputadas. La Plata,
UCALP,2014, vol.I, p.317 y
ss.
[22] Carta
de José de San Martín a Lord Castlereagh, Santiago de Chile, 11 de abril de
1818.
Recibida y traducida al inglés por el comodoro William
Bowles. Transcrita en: C. K. Webster
(Ed.), Gran Bretaña y la independencia de la América
Latina (1812-1830), vol.I, Buenos Aires,
Editorial Guillermo Kraft, 1944, p. 771.
[23] Hay dos
modos de acceder a esta información, contando hoy con los recursos digitales: Despachos
del Comodoro William Bowles al Almirantazgo (1812-1819) Archivo: Archivos Nacionales
(TNA); Kew, Richmond, Surrey, Reino Unido. Fondo/Serie del archivo: ADM 1 (Admiralty:
Secretary's Department: In-Letters) or ADM 50 (Admiralty: Admiral's Journals),
specific within the Station: South America section . Archivo General de la
Nación (Argentina). (1941). Correspondencia de Lord Strangford y la estación
naval británica en el Río de la Plata con el gobierno de Buenos Aires,
1810-1822 , Buenos Aires, Editorial G. Kraft, 1941
[24] Sebastián
Miranda, José de San Martín contra el Imperio Británico, Buenos Aires, Gladius-
Elevan,2025.
[25] Memorias
del General de Brigada Tomás de Iriarte, Buenos Aires, Sociedad Impresora Americana,
1944-1969,vol.IV, p. 157.
[26] El que
aborda este tema es Jorge Abelardo Ramos, en su Historia de la Nación Latinoamericana,
Buenos Aires, A. Peña Lillo editor, 1968, capítulo 7: De Bolívar a Bolivia.
[27] Para
deslindar en tema tan delicado lo que es fuente de divulgación repetida y
fuente histórica documental, sugerimos:Comisión Nacional del Sesquicentenario
de la Independencia del Perú, Colección Documental de la Independencia del
Perú, tomo XII, Misiones Diplomáticas, vol. 1,Lima, Ediciones de Guillermo
Lohmann Villena, 1971. Cfr. asimismo: Charles K. Webster,Britain and the
Independence of Latin America, 1812-1830. Oxford University Press, 1938; Y
Julio Irazusta, Influencia económica británica en el Río de la Plata. Buenos
Aires, Dictio, 1982.
[28] Cfr.
Laureana Ferrari de Olazábal, Relación testimonial sobre la confección de la
Bandera de los Andes, en Manuel de Olazábal, Episodios de la guerra de la
independencia y refutación al ostracismo de los Carreras, Buenos Aires,
Biblioteca del Instituto Nacional Sanmartiniano, 1942.
[29] El
libro de Gerónimo Espejo, El paso de los Andes, es muy conocido. Hemos usado la
versión impresa en Buenos Aires,Ministerio de Educación de la Nación, Biblioteca
de Grandes Obras del Pensamiento Argentino, 1953; cfr. además el de Adolfo
Mario Gelman, Enigmas sobre las primeras banderas argentinas: una propuesta
integradora, Buenos Aires,De los Cuatro Vientos,2007.
[30] Cfr.
Alfredo Villegas, Las dos banderas del Ejército de los Andes,Buenos
Aires,Sociedad de Historia Argentina, 1962.
[31] Quien
sostiene esta tesitura,vg. es Mara Espasande, San Martín, el estadista detrás
del militar, Universidad Nacional de Lanús, Centro de Estudios de Integración
Latinoamericana Manuel Ugarte, 2021. Conste que no compartimos la ideología de
la autora y de su Centro de Estudios, y que el trabajo mencionado forma parte
de una obra colectiva. Conste asimismo que no nos parece verosímil ni la
existencia de una autoridad supranacional británica, ni la de una especie de
prototercermundismo latinoamericanista. En aquel ejército andino, su pabellón era
equivalente al pabellón nacional. Así de fácil.
[32] Sobre
el pedido de ayuda militar de Fernando VII a la Santa Alianza hay una abultada bibliografía.
A título informativo puede consultarse: Manfred Kossok,Historia de la Santa Alianza
y la emancipación de América Latina, Buenos Aires, Sílaba, 1968.
33 Hay varios estudios científicos que pueden
corroborar la veracidad del delicado cuadro de salud en que se hallaba en
aquellas circunstancias San Martín. Cfr.vg.Mario S.Dreyer, Las enfermedades del
general don José de San Martín, Buenos Aires,Academia Nacional de Ciencias,
1982.
ANTONIO CAPONNETTO

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