San Juan Bautista

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lunes, 8 de junio de 2026

Mi homenaje a Solari - Antonio Caponnetto


 

Sí; por cierto que se lo merece.

Había prestado servicio de fronteras en el Regimiento 12 de Caballería en Santa Fe y Formosa, y murió en combate, allá en el sufrido Chaco, el 1 de junio de 1912, cuando se hallaba a la cabeza de una Partida de Reconocimiento del Ejército Argentino sobre la línea del río Bermejo. Dicha Partida procedía del 7 de Caballería, jurisdicción del Fortín Uriburu. Nuestro héroe cumplía hasta las últimas consecuencias las directivas de su superior, Comandante Mariano Aráoz de Lamadrid

Se llamaba Facundo Solari, y ostentaba el grado de Capitán.

Fue emboscado arteramente por los indios, junto con sus principales lugartenientes. Sólo seis días después pudieron recuperar su cuerpo, objeto de vejámenes por los hoy idolatrados indígenas.

El Capitán Facundo Solari se internó por angostos y peligrosos senderos, lleno de probadas acechanzas. Su valor y el del puñado de hombres que lo secundaban era legendario. Confiaba en su instinto y en su carabina. Y eso le bastaba para infundir confianza y cumplir con su misión. Era común toparse con tigres en esas expediciones, pero Facundo se cargó a uno que le salió al cruce y prosiguió al frente de la tropa. Ejemplo macho de temeridad criolla.

En plena noche y marchando siempre a la vanguardia, tuvo lugar la previsible emboscada. Solari cae del caballo gravemente herido; lo asiste como puede el sargento Arce. Agonizando entre estertores, le encomienda a su subordinado que le haga entrega a su hija, huérfana de madre, unos modestos efectos personales que llevaba consigo.

El Teniente José María Rudaz Vega tuvo la triste responsabilidad de recuperar su cadáver. Los “originarios” y las aves de rapiña, habían hecho su daño irreparable. El pelotón de rescate, sobreponiéndose al horror que presenciaban, le rindió el primer homenaje.

Uno de los testigos y protagonistas de aquel suceso relata que con totoras sacadas del estero, palos y lianas y tiras de cuero, se le improvisó un féretro con el cual, a lomo de mula, fue transportado hacia la Comandancia, para tributarle los merecidos honores castrenses. Los mismos soldados, al llegar sus restos a la guarnición militar, construyeron un decoroso ataúd de algarrobo, lo recubrieron de negro y le colocaron en la tapa una cruz blanca, confeccionada con género. Dotaciones de centinelas formaron guardias en señal de respeto. El vandalismo de los indios fue compensado con este entierro católico, argentino y castrense.

Hoy nadie recuerda a este arquetipo patrio. Desde hace varios días una multitud de promiscuos, delirantes y tribales componentes, marcha cual manada de zombis a idolatrar a un personaje tenebroso –más propiamente luciferino- que se ufanaba de llamarse Indio. Para que el escarnio fuera más grave y más ruin, denominan a esas convocatorias “misas”, y parodian con absoluta lenidad la liturgia cristiana, sin que una sola voz eclesiástica se haya levantado para condenar la blasfemia   el sacrilegio. Decididamente nuestros pastores son una basura y conforman un rebaño de cobardes.

Le agrega ofensa y turbia ridiculez a este episodio decadente que presenciamos, el hecho de que al susodicho muerto lo tilden de poeta, cuando la fraseología de sus canciones –o como se las llame- sea un penoso monumento a la deliberada abstrusidad, al desconstructivismo semántico y a la alucinación propia de quien vive en el submundo crepuscular, narcotizante y aqueróntico.

No obstante, encomendamos el alma de este pobre desdichado –lleno además de grotescas incongruencias existenciales e ideológicas- a la misericordia de Dios. Y le pedimos a Él que le restituya la salud espiritual y cultural a nuestro pueblo, ganado al presente por una confusión más negra que una ciénaga hedionda.

Mientras tanto, que nadie se olvide del Capitán Facundo Solari. Ante su memoria nos cuadramos, ante su valentía lo admiramos, ante su sacrificio lanzamos salvas de victoria y de esperanza.

Capitán Facundo Solari: ¡Presente!

¡Viva la Patria!


                                                         Antonio Caponnetto