Sí;
por cierto que se lo merece.
Había
prestado servicio de fronteras en el Regimiento 12 de Caballería en Santa Fe y
Formosa, y murió en combate, allá en el sufrido Chaco, el 1 de junio de 1912,
cuando se hallaba a la cabeza de una Partida de Reconocimiento del Ejército
Argentino sobre la línea del río Bermejo. Dicha Partida procedía del 7 de
Caballería, jurisdicción del Fortín Uriburu. Nuestro héroe cumplía hasta las
últimas consecuencias las directivas de su superior, Comandante Mariano Aráoz
de Lamadrid
Se
llamaba Facundo Solari, y ostentaba el grado de Capitán.
Fue
emboscado arteramente por los indios, junto con sus principales lugartenientes.
Sólo seis días después pudieron recuperar su cuerpo, objeto de vejámenes por
los hoy idolatrados indígenas.
El Capitán
Facundo Solari se internó por angostos y peligrosos senderos, lleno de probadas
acechanzas. Su valor y el del puñado de hombres que lo secundaban era
legendario. Confiaba en su instinto y en su carabina. Y eso le bastaba para
infundir confianza y cumplir con su misión. Era común toparse con tigres en
esas expediciones, pero Facundo se cargó a uno que le salió al cruce y
prosiguió al frente de la tropa. Ejemplo macho de temeridad criolla.
En
plena noche y marchando siempre a la vanguardia, tuvo lugar la previsible
emboscada. Solari cae del caballo gravemente herido; lo asiste como puede el
sargento Arce. Agonizando entre estertores, le encomienda a su subordinado que
le haga entrega a su hija, huérfana de madre, unos modestos efectos personales
que llevaba consigo.
El
Teniente José María Rudaz Vega tuvo la triste responsabilidad de recuperar su
cadáver. Los “originarios” y las aves de rapiña, habían hecho su daño
irreparable. El pelotón de rescate, sobreponiéndose al horror que presenciaban,
le rindió el primer homenaje.
Uno de
los testigos y protagonistas de aquel suceso relata que con totoras sacadas del
estero, palos y lianas y tiras de cuero, se le improvisó un féretro con el
cual, a lomo de mula, fue transportado hacia la Comandancia, para tributarle
los merecidos honores castrenses. Los mismos soldados, al llegar sus restos a
la guarnición militar, construyeron un decoroso ataúd de algarrobo, lo
recubrieron de negro y le colocaron en la tapa una cruz blanca, confeccionada
con género. Dotaciones de centinelas formaron guardias en señal de respeto. El
vandalismo de los indios fue compensado con este entierro católico, argentino y
castrense.
Hoy
nadie recuerda a este arquetipo patrio. Desde hace varios días una multitud de
promiscuos, delirantes y tribales componentes, marcha cual manada de zombis a
idolatrar a un personaje tenebroso –más propiamente luciferino- que se ufanaba
de llamarse Indio. Para que el escarnio fuera más grave y más ruin, denominan a
esas convocatorias “misas”, y parodian con absoluta lenidad la liturgia
cristiana, sin que una sola voz eclesiástica se haya levantado para condenar la
blasfemia el sacrilegio. Decididamente nuestros pastores
son una basura y conforman un rebaño de cobardes.
Le
agrega ofensa y turbia ridiculez a este episodio decadente que presenciamos, el
hecho de que al susodicho muerto lo tilden de poeta, cuando la fraseología de
sus canciones –o como se las llame- sea un penoso monumento a la deliberada
abstrusidad, al desconstructivismo semántico y a la alucinación propia de quien
vive en el submundo crepuscular, narcotizante y aqueróntico.
No obstante,
encomendamos el alma de este pobre desdichado –lleno además de grotescas
incongruencias existenciales e ideológicas- a la misericordia de Dios. Y le
pedimos a Él que le restituya la salud espiritual y cultural a nuestro pueblo,
ganado al presente por una confusión más negra que una ciénaga hedionda.
Mientras
tanto, que nadie se olvide del Capitán Facundo Solari. Ante su memoria nos
cuadramos, ante su valentía lo admiramos, ante su sacrificio lanzamos salvas de
victoria y de esperanza.
Capitán
Facundo Solari: ¡Presente!
¡Viva
la Patria!
Antonio
Caponnetto
