San Juan Bautista

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sábado, 20 de julio de 2013

Ciudad de Dios: Iglesia Católica - Ciudad Terrestre: Masonería

Comparación entre las Dos Ciudades, Dos Cuerpos Místicos

  Existe un paralelismo entre las nociones de ambas ciudades y ambos cuerpos: La Ciudad de Dios y la Ciudad del Hombre, el Cuerpo Místico de Cristo y el Hombre universal del Mito Humanidad.

  Las dos ciudades están edificadas por el amor: el amor a Dios edifica la ciudad de Dios y el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la ciudad del hombre.

  El pez, para el Cristianismo es uno de los símbolos más antiguos de Cristo: Ictus: Iesus Christus Teos Vir Soter. Para la ciudad terrestre es el Leviatán, “la bestia del mar” que significa potentia secularis, orden mundano.

  La Nave, para la Iglesia es la nave de Pedro; para el mundo, el poderío naval. El Templo, para la Iglesia es el tipo universal de hombre por su unión con Cristo; para la masonería es el Templo de Salomón, simboliza la construcción abstracta, el tipo universal y colectivo del hombre sin Cristo.

  El león, para la Iglesia de Cristo es el León de Judá; para la masonería es un símbolo solar tomado del dios Mitra.

  El Cuerpo, para la Iglesia de Cristo, Cristo más los cristianos forman un Cuerpo Místico: cabeza, miembros. Para la masonería, la Humanidad es un cuerpo colectivo.

  El Hombre, para la Iglesia el hombre imagen y semejanza divina. Imagen restaurada por su modelo: Cristo el “Verdadero Hombre”. Y el diablo era el dragón, la antigua serpiente.

  El Renacimiento presenta al demonio con forma humana. Tanto el demonio individual como el colectivo.

  El hombre es campo de batalla entre Cristo y el diablo, es imposible que el ser humano sea portador al mismo tiempo de la imagen de ambos: El paralelismo entre la noción de cuerpo de Satanás y la de Cuerpo de Cristo es impresionante. Pero entre los dos macrocosmos, los dos cuerpos, las dos iglesias, las dos ciudades, los dos reinos, no hay lugar para la neutralidad:
“Debemos estar con Cristo o con el diablo; no hay lugar intermedio” (Orígenes, De Gratia Christi.). “No quiero decir que hay dos naturalezas en el hombre, sino que el hombre es uno solo, ya sea de Dios, ya del diablo. Si alguien se aboca a la piedad, es hombre de Dios; en cambio, si obra impíamente, es hombre del diablo; no lo es por naturaleza sino por voluntad propia.

  Los infieles llevan la imagen del príncipe de la malicia; los fieles tienen la imagen del príncipe divino, de Dios Padre y de Jesucristo” (San Ignacio de Antioquia, Ad Magnesios V.). Así como el cristiano se identifica con Cristo, existe también una identidad misteriosa entre los servidores de Satanás.
Todos, pequeños o grandes, ricos y pobres, llevarán el signo de la bestia impreso sobre su frente y su mano derecha, revela el Apocalipsis. Y Ana Catalina relata, con motivo de los hombres y mujeres subyugados por el demonio, que este último “hacía nacer su identidad misteriosa en su inteligencia, en su saber y su manera de obrar” (Visions d Ânne Catherine Emmerich sur la vie de Notre Seigneur Jesús Christ).

  Ella veía hilos que reunían a los seres dedicados al culto de Satanás “de suerte que uno sabía y veía lo que concernía al otro. En esos hilos o canales espirituales, había como pájaros negros, que iban y venían para establecer las comunicaciones”

  Ningún autor moderno se ha tomado el trabajo de observar que, según la doctrina tradicional de la Iglesia, Satanás y los miembros de su cuerpo portadores de su imagen no participan sino imperfectamente en nuestra humanidad.

  El hombre no puede llevar al mismo tiempo sobre su rostro la imagen de Dios y la imagen de Satanás. Fue Rafael, el primer pintor que dio rasgos humanos al dragón derribado por San Miguel. Tampoco, antes de T. Hobbes, se encuentra una representación humana de Leviatán. Se puede, pues, decir, que Lucifer se hizo hombre en el s XVI. Este acontecimiento por sí solo merecía el nombre de Renacimiento.

  Los francmasones pretenden crear un pueblo nuevo y universal, regenerar el género humano, formar un Cuerpo y construir un Templo santo simbolizando el tipo universal de hombre, todo lo cual es una parodia de la Iglesia Católica. La unidad, como la humanidad, es en efecto, una noción religiosa fundada sobre una sólida base teológica.

  El rol histórico de la Masonería se manifiesta de una manera aún más brillante cuando se la compara con la Iglesia Católica, de la que es en alguna manera una parodia. De ella toma un cierto número de verdades y de símbolos para poder usurpar más fácilmente su autoridad y construir una sociedad nueva ajena al Cuerpo de Cristo. Ella ha sido el mono de la Iglesia, como Satán es el mono de Dios.

  Por tanto, la Iglesia es la única autoridad capaz de conocerla, y no es más que a la luz de los principios fundamentales del Cristianismo que es posible penetrar en su oscuridad: La Iglesia es unidad, ella es unión; la unidad de la Iglesia es asegurada por su fidelidad a Cristo, ella busca la unidad en el hombre y en la naturaleza; la Iglesia tiene fe en la Revelación, ella tiene fe en la razón y en la ciencia del hombre; la Iglesia es visible, ella es invisible y secreta.




  Pero, la palabra misterio, aplicada no a una verdad revelada sino a una asociación humana, tiene un sentido demoniaco en el Nuevo Testamento donde aparece dos veces. Primero en relación a la Roma pagana que San Juan vio prostituida con todas las divinidades de los pueblos conquistados y que lleva escrito en su frente la palabra “Misterio” (Apoc. XVII, 5); y luego para caracterizar la unión de los pecadores en el cuerpo de Satán, ese “Misterio de Iniquidad”, de injusticia y de anarquía, predicho por San Pablo (2 Tes. II, 7), que comenzó a formarse de manera oculta desde los primeros tiempos de la Iglesia y se hará visible con la aparición del Anticristo.

RAFAEL LUIS BREIDE OBEID: TEOLOGÍA POLÍTICA SEGÚN GUILLERMO GUEYDAN DE ROUSSEL Editorial Gladius


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