San Juan Bautista

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lunes, 21 de enero de 2019

Tradición o Revolución - Rafael Gambra



Se ha escrito que, cuando comenzó el Diluvio, los hombres -ya agricultores- se decían unos a otros !qué buen año vamos a tener¡ Y que, cuando la persistencia empezaba a resultar alarmante, se consolaban mutuamente recordando la alternancia de períodos húmedos y secos en la meteorología habitual. Pienso que una y otra reacción son muy normales, porque el hombre es naturalmente optimista cada mañana hacia lo que el sol de ese día le traerá, y posee también una rara capacidad de adaptación y resistencia que le hace agarrarse a la vida física y mentalmente como ningún otro animal. De ahí que sólo él viva en todas las latitudes del planeta.

Esto no priva al hombre de su capacidad para darse cuenta de los grandes acontecimientos, convulsiones o calamidades que incidan en su tiempo histórico. Se da cuenta instintiva e intelectualmente. El instinto humano no alcanza al de muchas especies animales que les permite predecir terremotos, sequias, inundaciones y aún naufragios. Pero el "olfato ambiental" del hombre medio para conocer lo que se le viene encima no debe ser ignorado ni desdeñado. En muchas ocasiones, ante las enfermedades o ante la muerte aventaja al “ojo clínico” del médico, y lo mismo acontece ante hechos históricos de repercusión general. ¿Quién que lo haya vivido no recuerda a los “intelectuales al servicio de la República” vaticinar “la gran República que vamos a forjar” mientras el hombre de la calle se abrochaba el chaleco o ponía sus economías a recaudo? ¿O el optimismo “beato” de nuestros “clérigos ilustrados” ante la “gran primavera de la Iglesia” que traería el Concilio frente a la simultanea prevención de los beatos sencillos ante las extrañas cosas que empezaban a oírse?

Pensará alguien que hago equivalente el hecho nuevo o la interrupción histórica con la calamidad o el desastre. Y, en efecto, no se equivoca. Ello no supone que el hombre no puede esperar nada bueno en esta vida: puede esperar mucho, ciertamente, aún sin contar la gozosa expectativa de la otra. Lo que sí supone es que los acontecimientos súbitos, imprevisibles o revolucionarios, son generalmente malos. Porque lo que es bueno o perfeccionador suele advenir como fruto de una lenta maduración; así la cosecha del labrador o el éxito consolidado de una empresa.

Esto es casi verdad en la vida individual, por más que pueda a un hombre determinado tocarle la lotería o beneficiarse de un favorable azar. Sin embargo, los bienes más sólidos y reales nos suelen venir de procesos largos y de lentos esfuerzos, al paso que las desgracias -accidentes, incendios o terremotos- sobrevienen de improvisto. De aquí que en muchas regiones españolas se tenga el término novedad (“haber novedad”) como sinónimo de desgracia o de muerte, y que en el lenguaje castrense sea el “sin novedad” expresión de la normalidad venturosa o de la misión cumplida.

Pero lo que en la vida individual es casi siempre así, lo es siempre en la vida de los pueblos o de las civilizaciones. Todo lo que en este ámbito histórico hay de real, de grande o de auténtico progreso procede siempre de una lenta maduración en la que han colaborado, bajo una misma línea de inspiración, generaciones sucesivas. No por repetido pierde profundidad la antigua sentencia latina nihil innovatur nisi quod tradiutm est (“Nada de innovaciones, sólo la tradición”), ni su perfecta consecuencia d'orsiana “lo que no es tradición es plagio”.

Cuanto es fruto de civilización se ofrece sin violencia ni ruptura, antes bien, con la gozosa plenitud de la sazón alcanzada, de la cosecha generosa, que es a la vez coronación del esfuerzo y dádiva de lo Alto. Lo que, en cambio, es fruto de ruptura o de disolución interna -las revoluciones, las invasiones, los tumultos vindicativos- se presentan siempre con el aspecto de lo súbito y violento, con el tinte inquietante y sombrío de lo amenazador e inevitable, de lo imprevisible en sus consecuencias. Por más que una propaganda ya secular haya magnificado el término Revolución con los atributos de lo glorioso y redentor, la conciencia espontánea del hombre en sus aspectos más valiosos- los que miran a Dios, a la patria, a sus hijos- experimentan un horror invencible hacia el hecho subitáneo y anómalo de una revolución. Porque incluso las rebeliones más justas y eficaces sólo pueden servir para rectificar o reanudar una tradición, pero siempre después de unos frutos inmediatos y propios de desolación o de amenaza.


Rafael Gambra: “El lenguaje y los mitos”. Ed Speiro. Madrid 1983. Págs. 47-50.


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1 comentario:

  1. Rodrigo Tempo Escriche24/1/19 13:32

    Aquello que hoy se materializa para horror de los bien nacidos, también es fruto de la maduración lenta de una cultura al servicio del Otro. Nada nuevo bajo el sol. Humanamente es poco lo que se puede hacer, pero Cristo ha vencido al mundo.

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