DILEXI
TE
Algunas
reflexiones sueltas
La
conexión entre esta Exhortación Apostólica Dilexi te y Bergoglio se
explicita directamente en el párrafo 3, cuando León XIV dice con toda claridad
que el presente documento lo recibió de su antecesor “como herencia”, y que “me
alegra hacerlo mío, añadiendo algunas reflexiones”. En principio entonces, no
esperemos (ni hallaremos) nada
substancialmente diferente a la terrible mezcolanza doctrinal, cuando no
confusión lisa y llana, a las que nos tuvo acostumbrado el porteño durante su
pesadillesca gestión.
Procurando
una difícil objetividad diremos que hay cuestiones que están plausiblemente
tratadas, aunque la omisión de ciertos conceptos claves priva al lector –y al
creyente- de una comprensión cabal.
-Se
denuncian, por ejemplo –y lo formulamos como un elogio- los tremendos males que
están causando la dictadura de la economía, la deificación del mercado, la
moral del éxito, el afán de lucro, el uso egoista de la propiedad privada, el
desprecio por el hombre doliente concreto, la prevalencia del bienestar monetario
por encima del bien común. Es cierto que “hay reglas económicas que resultaron
eficaces para el crecimiento, pero no así para el desarrollo humano integral”;
y que “el mundo moderno” se jacta de haber reducido la pobreza, pero mide la
supuesta reducción “con criterios no comparables con la realidad actual” (&
13). De todo esto somos testigos y víctimas los argentinos.
Sin
embargo se callan los siniestros responsables y culpables de esta situación:
liberalismo, socialismo, populismo, calvinismo y judaísmo. No sólo no hay una
palabra que los pronuncie, interpele, condene y denuncie, sino que el penoso
interregno de Bergoglio fue de manifiesta acogida y beneplácito hacia estas
lacras ideológicas y sus principales personeros, incluyendo los de estos lares.
Se hizo campaña –y Roma la secundó- para sostener que “la Iglesia y el Estado
son asuntos separados”. ¿Es posible que a esta misma Roma no le importe que
hoy, Sinagoga y Estado sean asuntos tenebrosamente ensamblados? ¿El Estado no
puede ser confesional si confiesa el catolicismo, pero ninguna “sana laicidad”
se rasga las vestiduras si el Estado es un apéndice de Tel Aviv y asume como
propios los principios “confesionales” de la Jabad Lubavitch? Se insiste ahora,
en esta Exhortación, sobre el mal que causan “las estructuras de
acumulación”(& 43). Bien dicho. ¿Nadie dirá además que las mismas están en
manos de las finanzas hebreas y del capitalismo usurero que perpetran desmanes
inmensos, en connivencia vil con cristianos renegados o exponentes de una burda
marranía?
-No
se podría decir que la Dilexi te, cuyo núcleo central es la pobreza y
los pobres, traza sobre ambos tópicos una visión naturalista y sociologizante.
Son varias las perspectivas del texto que parecen querer superar este
reduccionismo, apuntalando una sobrenaturalización de la mirada. Es más,
expresamente se dice, aunque no siempre se logra, que al ocuparnos de este
punto “no estamos en el horizonte de la beneficencia, sino de la
Revelación”(& 5); y que la pobreza no debe ser para el creyente “una
estrategia proselitista” (& 67). Se agrega incluso que, “en verdad, la peor
discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual” (&
114).
No
obstante, el modo en que quedan presentados, por ejemplo, los Padres de la
Iglesia o los grandes santos del Monacato (capítulo III) se presta a una sutil
inversión de las predilecciones evangélicas y a una ruptura del orden
jerárquico de los bienes. Siempre será legítimo, oportuno, veraz y necesario,
recordar y celebrar el heroico cumplimiento de las obras de misericordia
corporales que llevaron a cabo estos insignes santazos que cimentaron nuestra
Tradición. Siempre será recomendable imitarlos en sus conductas oblativas hacia
el prójimo, que alcanzaron cimas de caridad extraordinarias. Pero este tesoro
fue el fruto de buscar primero el Reino de Dios y su justicia, de saber que la
mejor parte era la de María, que sólo con una recia lex credendi y
una sublime lex orandi, pueden fundar una lex vivendi teocéntrica
y por eso mismo abierta ilimitadamente a la diaconía entre los más necesitados.
Que la contemplación, en suma, tiene primacía sobre la acción; y que conlleva
un alto costo la sustitución del <operatio sequitur esse> por el <esse
constituitur operatione>. Apuntamos lo antedicho, porque una lectura sin
prevenciones de la Dilexi te, puede llevar a los fieles a la idea de que
la Patrística y el Monacato se inventaron, primero, para prestar un servicio
social. Aquello no fue una misión asistencialista sino contemplativa,
evangelizadora y misionera. Ergo, pudo y supo cuidar a toda la creatura humana.
-Tampoco
ayuda a comprender mejor las cosas, un inocultable regusto historicista que
recorre implícitamente a la Exhortación. Cuando nos queremos acordar, al paso
de las hojas y de los párrafos, la pobreza de Cristo es explicada con
categorías sociológicas modernas; y así el Señor pasará a ser el primer
migrante, refugiado, exiliado, excluido o periférico de la historia,
perteneciente al gremio de los carpinteros, quienes “al no poseer tierras, eran
considerados inferiores respecto a los campesinos” (& 20).
No
ayuda en nada que –más allá ( y es lo primero) de estas sutilezas
interpretativas, miradas con cierto desdén por ser más bien cosas de “los
defensores de la ortodoxia”(& 98)- la Dilexi te manifieste su
confianza para solucionar la pobreza en las directivas “de las Naciones Unidas”
(& 10) o de “la Comunidad Europea”(&13), reductos logiados ambos, al
servicio del Nuevo Orden Internacional. La convergencia con los postulados
masónicos se deja ver con tristeza cuando se declara que el objetivo es “contribuir
a la construcción de una sociedad más justa, una democracia más plena, un país
más solidario, un mundo más fraterno”(& 75). Otrosí la funcionalidad a las
izquierdas, cuando se apuesta a “los movimientos populares” (& 80 y ss), se
insiste en llamar mártir a “san Oscar Romero” (& 89), se pone de ejemplo al
Cardenal Lercaro (& 84), uno de los artífices de la destrucción litúrgica,
o se sostiene sin rubores metafísicos que “trabajando nos hacemos más persona”
(& 115).
La
línea Medellín, Puebla, Santo Domingo, Aparecida, y por supuesto la centralidad
monopolizante del Concilio Vaticano II, se hace patente reiteradamente en la
Dilexi te. Son los hitos fundacionales de la Iglesia Conciliar, a la que ya sin
tapujos suelen denominar de esa manera. La gran preocupación no es estar sordos
a la Cátedra de la Cruz sino a los movimientos populares “Si los políticos y
los profesionales no los escuchan, la democracia se atrofia, se convierte en un
nominalismo, una formalidad, pierde representatividad, se va desencarnando porque
deja afuera al pueblo en su lucha cotidiana por la dignidad, en la construcción
de su destino” (& 81). Sería prudente que alguna vez, alguna testa mitrada
comprendiera que el peligro no es que la democracia se atrofie, sino que la
atrofia política se llama democracia.
-Una
reflexión más, acaso breve y a vuelapluma, como las anteriores. A partir del
párrafo 69, la Dilexi te, dibuja un cálido elogio de los grandes
educadores católicos. Vale la pena demorarse en estos arquetipos de una genuina
pedagogía cristiana, como San José de Calasanz. Entre otras cosas porque
desmentido queda el reproche de Bergoglio: “¡Ah, cómo quisiera una Iglesia
pobre y para los pobres!” (& 35). Esa Iglesia existió y existe. Los siglos
no necesitaron del vecino de Plaza Flores para plantear tal solicitud, ni mucho
menos para ejecutarla. Pero a propósito de este justo encomio a los pedagogos
eximios llega el desbarre: “Por eso, la escuela católica, cuando es fiel a su
nombre, se convierte en un espacio de inclusión, formación integral y promoción
humana”(& 72). Otra vez el tributo a la semántica mundana, revolucionaria y
absurda. Otra vez el dislate arraigado en los cultores de ese naturalismo
pedagógico que denunciara, entre otros, Pío XI. La escuela católica no es un
espacio de inclusión y de promoción humana. Es el espacio de la contemplación,
del descubrimiento, del amor y del servicio a la Verdad, el Bien y la Belleza.
Si
valiera la pena, quedaría mucho por decir. Pero León XIV tiene que darse cuenta
de que su misión no es asegurar la hermenéutica de la continuidad de la
hermenéutica de la ruptura, especialiad de su predecesor, sino romper con
un tajo el nudo gordiano de esta dialéctica atroz en la que se consume hoy la
Esposa de Cristo. Tiene que darse cuenta de que lo que necesita la Iglesia no
es un bendecidor de hielo sino un Vicario de Cristo; no un facilitador del
ingreso y de la permanencia de la contranatura en el Templo, sino su
erradicador a latigazos; no un sucesor de “Francisco” sino un custodio
firmísimo de “la columna y el sostén de la Verdad (I Timoteo, 3,15). Rezamos
confiados y esperanzados en que este milagro suceda.
Octubre
10, 2025.
Antonio Caponnetto
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