San Juan Bautista

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viernes, 2 de agosto de 2019

Ante las elecciones (Segunda parte) - Antonio Caponnetto



PRECISIONES MORALES

Por Antonio Caponnetto


Continuando con el propósito de cooperar en algo a la formación de los más jóvenes y a contrarrestar la confusión propalada por ciertos adultos, remito a continuación el fragmento de una Respuesta a mi querido amigo,el Dr. Fernando Romero Moreno. La misma podrá leerse completa en mi obra “La democracia: un debate pendiente”, vol. II, Buenos Aires, Katejon, 2016,p. 448-485.

Antes de hacerlo es mi deber aclarar:

a)que el propósito de estos aportes que vengo realizando es fundamentalmente y ante todo de índole doctrinal y formativa. No tengo ninguna cuestión personal con los llamados candidatos providistas. Ni la amistad ni la enemistad me vincula a ellos.  Simplemente procuro ser amigo de la Verdad antes que de Platón. En cuanto al resto de los candidatos oficiales y oficiosos, del signo que fueran, todos ellos, desde siempre han recibido mi absoluto e incondicional rechazo.

b)que es imposible en el existir concreto y en la práctica de la vida diaria (y eso es el hombre de carne y hueso: una existencia concreta y una vida práctica), disociar abstractamente, por un lado, el enunciado de cierta casuística moral, y por otro involucrarse en un proyecto político que nos pone ante la obligación de conculcar la verdad.

¿Cómo puedo decir a la vez que estoy perfectamente en claro, desde el punto de vista doctrinal, por ejemplo, sobre la prostitución del sufragio universal, pero que lo ejecuto,insto a otros a ejecutarlo, y en virtud de cierta casuística manualista, quedo exento de constituirme en cómplice?

¿Cómo puedo creer seriamente que me enrolo, con acciones puntuales y reales, en un plan determinado para que triunfe electoralmente una alianza de peronistas “ortodoxos”, liberales de derecha, conservadores, evangelistas sionistas y otros exponentes de la confusión política, pero que no soy cómplice y culpable activo de la misma, porque he leído en  Prummer, Royo Marín, Pinckaers o García de Haro, los principios de voluntario indirecto, cooperación meramente material y remota al mal, causa proporcionada, ausencia de actos intrinsecamente malos,etc?

¿Cómo puedo creerme exento de formar parte de la disidencia controlada, de las falsas banderas, del frente de algodón, sólo porque con un acto de voluntarismo cerril, me repito todas las mañanas, para autoconvencerme, de que soy ortodoxo, pero luego, en el transcurso del día, me veo obligado a protagonizar un papel forzosamente contrario y opuesto a esa ortodoxia?

c)que los que no reputan ilícito participar dentro del sistema, si a la par reconocen, admiten o saben –precisamente porque son tenidos por referentes probos- que el sistema es ilícito, van a tener que repasar el principio de identidad y el de contradicción. Distinto es si quienes no reputan ilícito participar dentro del sistema, es porque consideran lícito al sistema. En ese caso, van a tener que repasar el Pésame.


Ahora al fragmento de la Respuesta

Respuesta al Dr. Fernando Romero Moreno

Nos une una larga amistad con el Dr. Fernando Romero Moreno, a quien manifestamos públicamente nuestra admiración y respeto por sus probadas dotes de pedagogo,jurista,historiador y músico de nuestro genuino folklore. En consecuencia,cuanto ha escrito sobre el tema común que nos preocupa, lo señalamos como recomendable, más allá de los eternos e inevitables retazos de discordancia que nos pudieran separar[1]. Pero el lector que se tome el grato trabajo de frecuentar sus estudios, no quedará defraudado. Hallará solvencia argumentativa,alta dosis de estudio y espíritu de concordia entre las partes encontradas. Y esto último, además, no se consigue sin ser un hombre de bien.

I.-Romero Moreno nos plantea, entre otras, estas objeciones: “Personalmente estoy en contra del sistema democrático moderno y de participar en él, por razones religiosas, filosóficas y políticas. No obstante ello, y aplicando las reglas de la cooperación material al mal, entiendo que puede haber ocasiones en que algunos lo vean como legítimo y actúen en consecuencia, sin que eso sea condenable moralmente[...].Te recomiendo repasar esto, como también la doctrina tomista del voluntario indirecto.

“El sufragio universal no va unido necesariamente al liberalismo y a sus errores consecuentes. Lo específicamente malo del mismo es que atenta contra la justicia distributiva y convierte una selección cualitativa en una elección cuantitativa.  No obstante lo cual, puede haber ocasiones en que el bien común y por lo tanto la justicia legal – que prima sobre la distributiva – aconsejen su uso, a falta de uno mejor. Por ejemplo lo que sucedió en algunos países europeos en el siglo XIX, en los que la mayoría era católica, pero al haber sufragio calificado, terminaban gobernando masones y protestantes. Es una excepción, pero eso se fundamenta en que si bien de modo habitual el sufragio universal es malo, no lo es intrínsecamente, pues en ese caso no cabrían excepciones. Y creo que es eso lo que llevó a que Pontífices como León XIII, San Pío X o Pío XII permitieran o alentaran votar y participar bajo régimen de sufragio universal, como lo has reconocido, hecho que te lleva a decir que la hermenéutica de la ruptura comenzó antes de Vaticano II. Y de hecho, en el nacionalismo hicimos campaña bajo el lema ‘vote no o no vote”, con sufragio universal, para oponernos al acuerdo por el Beagle. ¿Pecaron mortalmente todos los que patrióticamente votaron por el NO?[...].

“No creo como Héctor que con el sufragio universal o los partidos políticos vayamos a salvar la Argentina. Pero tampoco con Antonio que siempre que se vote con sufragio universal sea pecaminoso (intrínsecamente malo significa eso). Aunque, repito, mi opción personal sea combatir de ordinario el Sistema. Pero respecto de los que cooperan de modo material y no formal con el mismo, mi disidencia es prudencial, no digo que necesariamente hagan algo moralmente malo (votar o ser votados con sufragio universal) o desaconsejable (participar en partidos políticos)”[2].

Vayamos organizadamente por la respuesta:

a)De la cooperación material y formal al mal ya nos hemos explayado oportunamente en el capítulo tercero de La perversión democrática. Más específicamente hablando, en el subpunto V,4, que abarca las páginas doscientos cuarenta y ocho y siguientes. Conoce el lector lo que creemos un legítimo recurso en este fatigoso debate: no podemos escribir dos veces el mismo libro; y en nombre de la caridad y de la seriedad intelectual le pedimos ahora a los interesados que vuelvan a releer aquellos párrafos.Incluso se lo pedimos a Fernando Romero Moreno.  Sólo quisiéramos recordar, a modo de oportuno criterio ético,que “la cooperación material tampoco puede ser propuesta como regla”, buscando el artilugio casuístico para atemperar o disipar nuestras culpas.“Hablar genéricamente,sin precisar las imprescindibles distinciones,de la ilicitud de cooperar formalmente y de la licitud de cooperar materialmente, puede fomentar todavía más la conciencia laxa en el ya relajado mundo que vivimos. De lo primero que debe hablar un buen cristiano, no es de la posibilidad de cooperar al mal pecando lo menos posible, sino del deber de ser cooperadores de Dios para restablecer Su Reino sobre la tierra y batallar contra los enemigos de su divina realeza. ‘Ha de tenerse presente –dice precisamente [Berhard] Häring- que por más que la culpa de los diversos cooperadores difiera en grados, no difiere en cuanto a la especie’[...]. Un axioma seguro y más que aconsejable[en materia moral y en moral política]sería el de cooperar activamente al bien posible, rechazar rotundamente toda cooperación formal o sospechosa de tal, y usar de la prudencia para evitar en lo posible la cooperación material”[3].

De opinión análoga es un especialista como el Padre Domingo Basso, quien tras las eruditas y escolásticas distinciones, propias de quien se está abocando al tema con obligación de ser analítico,concluye en que más allá de los consabidos atenuantes –“cuando fuese meramente material y remota, mediando alguna causa justa y proporcionada”- no debemos olvidar que “la cooperación material es de por sí ilícita”[4]. De las principales formas de cooperación al mal que enseñaba una segura y antigua fórmula escolástica: ordenar, aconsejar, consentir,ocultar o esconder, proporcionar medios o recursos, participar,callar, no obstaculizar, no denunciar[5], ninguna es, en principio, fuente y fundamento seguro para encarar moralmente la vida privada y pública. Pueden servir y sirven, por cierto, para guiar y aliviar la vida del penitente. Pueden prestarnos el servicio espiritual, intelectual y moral de conducirnos del mejor modo posible, ¡y vaya si lo supieron prestar antaño y si se extraña su vigencia en el presente! Pero así como, prima facie, no se le puede recomendar a nadie que se dedique a robar, tomando el recaudo de distiguir penalmente entre robo simple, agravado, con intimidación, con violencia, con resultado de muerte,etc; tampoco se puede justificar o minimizar políticamente que alguien coopere con el mal, porque se trataría solamente de una cooperación material. Al ladrón hay que convertirlo para que no peque contra el séptimo mandamiento. Al ciudadano honrado para que no peque contra el octavo, sufragio universal mediante. “Dura es nuestra doctrina”, saldrá a decir alguien.Por supuesto.Está en la Sacra Escritura. Pero dureza no es rigorismo kantiano o jansenista. Estas son formas paródicas de interpretar al cristianismo, de las que se valen siempre los laxistas para justificar sus conductas elásticas o dúplices.

En cuanto al voluntario indirecto, también llamado “voluntario en causa”, se reserva este nombre para designar a un efecto, consecuencia o corolario de un acto voluntario directamente buscado o querido. “Se trata de responder a la siguiente pregunta:¿cuando se realiza voluntariamente un acto del cual se sigue un determinado efecto, puede ese efecto imputársele siempre al sujeto? Evidentemente la respuesta ha de ser ‘no siempre’. Para hablar de voluntario en causa, y en esto están de acuerdo todos los autores, son necesarias algunas condiciones;cuando ellas se verifican simultáneamente nos encontramos ante un verdadero voluntario indirecto. Dichas condiciones son las siguientes:

I)Que el efecto sea previsto; si no lo es, ni se le puede imputar como pecado si [el efecto]es malo,ni atribuírsele mérito si fuese bueno; esto siempre es verdadero, salvo en casos de negligencia (ignorancia afectada) para conocer los propios deberes.

II)que exista nexo necesario entre la causa y el efecto;el acto debe influir en el efecto, no de un modo meramente remoto, sino de una manera próxima y eficaz, sea por la misma naturaleza de la realidad, sea por el modus operandi del sujeto.La proporción del número de veces en que un acto puede producir el mismo efecto debe ser atentamente tenido en cuenta.

III)que se pueda evitar la causa; es decir, que el efecto pueda omitirse; si el sujeto estaba moralmente obligado a realizarlo no se le puede achacar las consecuencias de su acción. Va de suyo que debe tratarse de una norma legítimamente vinculante, porque la ley injusta nunca puede obligar en conciencia”[6].


Demasiadas cosas habría que deducir y que aplicar de este principio, en relación con el tema que nos ocupa y que nos propone Fernando Romero Moreno. Nos limitaremos a las más importantes:

-En la Argentina, la ley que impone coactivamente el sufragio universal, agravada su condición tiránica por la creación de un Registro Nacional de Infractores, por la amenza permanente del Estado de tomar represalias contra quien no sufraga y por el lavado de cerebro colectivo de que quien no sufraga es un desertor de la democracia, es una ley radicalmente injusta. Lo es por su contenido, por su propuesta, por su filosofía y por el modo en que busca y logra imponerse. Por lo tanto, no debería obligar en conciencia, y cabría la legítima y necesaria resolución de combatirla, o al menos de negarse a participar de su cumplimiento, en la medida de nuestras fuerzas o posibilidades. Pero esto supondría, en el ciudadano católico al menos, que la Iglesia predicara sobre la radical injusticia de esa ley, y que alentara a los fieles a asumir heroicamente las consecuencias de incumplirla, o que los confortara por tener que acatarla ante casos de extrema necesidad. Nada esto ocurre ni ocurrirá, sino todo lo contrario. De modo que si alguna culpabilidad primera y grave hay que encontrar aquí, ella recae sobre los pastores y jerarcas de la Iglesia, que han traicionado la recta doctrina.

-El sufragante común y silvestre –aún el católico o empezando por él- podría evitar la causa y por lo tanto omitir el efecto, o no cooperar con él. Que es lo que propone y practica Romero Moreno. Esto es bueno; mas implicaría en ese sufragante una adecuada formación intelectual para advertirlo; o nuevamente, que una instancia eclesial superior lo proveyera de esa formación para resguardarlo. La realidad es la contraria. Ni el sufragante ordinario está políticamente formado y la Iglesia es cómplice activa del fraude democrático-electoralista y partidocrático.

Cabe sí plantearse hasta qué punto –y al margen de la desdicha de contar con una Iglesia sorda y muda- ese votante católico podría, por sus propios medios, conocer la verdad al respecto y obrar en consecuencia. Y por eso, este principio del voluntario indirecto, contempla la posibilidad de “casos de negligencia (ignorancia afectada) para conocer los propios deberes”. Pues en esos casos, está claro, que ese católico peca de negligencia, si pudiendo formarse adecuadamente una recta razón, lo desecha por indiferentismo, estulticia, necedad, oportunismo o contemporización con el error. También contempla el principio que “la proporción del número de veces en que un acto puede producir el mismo efecto debe ser atentamente tenido en cuenta”. Dicho con el refranero popular: el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Pero convengamos que el aforismo no retrata un bien sino un mal de hondas repercusiones. Por lo tanto, y más allá de las culpabilidades eclesiales y de las culpas propias por negligencia, el ciudadano católico de cierta experiencia y de edad adulta, debería saber de sobra, “por el número de veces que un acto puede producir el mismo efecto”, que cada vez que sufraga y “otorga poder” a un candidato, las cosas se ponen más feas. Ergo,hay responsabilidad moral en él si tropieza, ya no dos, sino cincuenta veces con la misma piedra. Y si esa piedra –se sabe por sus frutos- ha sido lanzada contra Dios y la Patria, por sus peores enemigos. No puedo repetir el mismo modus operandi un número importante de veces,constatar después los efectos nocivos que se siguen de esa repetición y quedar exento de culpa y cargo. Por supuesto que cuanto decimos guarda necesaria relación de proporcionalidad con las condiciones mentales y espirituales de ese sujeto que repite el mismo modus operandi toda su vida. Pero esta es,justamente,una de las razones por las cuales el sufragio universal es una porquería. Porque indistingue, homologa, homogeneiza y nivela e iguala, tanto al que está en condiciones de darse cuenta del fraude, como al que no lo está.

-Es cierto –y para eso existe este principio moral que lo explica- que no se puede imputar siempre, necesaria y forzosamente a un sujeto de los efectos malos de una causa en la que él tuvo parte voluntaria, activa y libre.Pero si pudo prever ese efecto negativo, si tuvo la libertad para no ser concausa (aún quedando expuesto a riesgos o a represalias), si comprendió racionalmente que tenía la obligación de no ser concausa, y a pesar de todos estos factores obró igual; pues en ese caso, es evidente que hay una carga moral o un costo ético ante la decisión tomada. No estamos diciendo quién es el destinatario individual y personal de esa culpa (Juan Pérez,José García,o Pablo Fernández). Estamos diciendo que cabe la posibilidad de que esa culpabilidad exista y de que ese pecado se cometa. Tan malo es andar señalando pecadores como eximirnos todos de la posibilidad de pecar. Tan malo el rigorismo como el laxismo, la lenidad como la crueldad.


Nos sorprende de todos modos que Romero Moreno pase de una premisa tan justicieramente taxativa: “estoy en contra del sistema democrático moderno y de participar en él, por razones religiosas, filosóficas y políticas”, a otra demasiado concesiva, según la cual “entiendo que puede haber ocasiones en que algunos lo vean como legítimo”. Si hay razones de tanto peso y de tamaña envergadura, como serían las de índole religiosa, filosófica y política,no se debería luego incurrir en una vía tan riesgosa que puede llevarnos,sin querer, al relativismo ético. Dicho de otro modo: si tenemos motivos teológicos,metafísicos y morales para no dedicarnos a la usura,no podemos entender después que haya algunos que la consideren legítima y “obren en consecuencia”. O podemos “entenderlo”; de acuerdo; pero emitiendo un juicio condenatorio y despreciativo. Cuestión tan delicada no puede quedar bajo el arbitrio subjetivo o  la benevolencia individual de un “lo entiendo a Fulano”.


b)Le hemos dedicado un capítulo entero –el cuarto- de este volumen segundo, a probar la indecencia intrínseca del sufragio universal, amparándonos para ello no sólo en voces cristianas y católicas sino en razonamientos de pensadores ajenos o distantes a nuestra cosmovisión. Luego, en el capítulo V, hicimos algo parecido –ante el cuestionamiento del Dr. Hernández- con los principales representantes de lo que él dio en llamar tradición nacionalista o argentinista o de movimientos afines. A la vista de estos estudios no podemos tener por correcta la afirmación de Romero Moreno de que “el sufragio universal no va unido necesariamente al liberalismo y a sus errores consecuentes”. Va unido de un modo inescindible y directo. Porque los liberales creen en la soberanía del pueblo, en el contrato o pacto social, en el mandato omnisciente de las mayorías, en el valor sacro de las urnas y de los comicios, en el indiscutible dictamen de la mitad más uno. Y todas estas creencias o dogmáticas liberales tienen su ejecución y su garantía, su instrumento y su puesta en práctica en el sufragio universal.

Si se nos dice que algunos liberales lúcidos comienzan a dudar del sufragio universal, lo aceptamos. Fue justamente lo que probamos en el apartado “El cansancio de los malos”, del presente volumen. Si se nos dice,asimismo, que hay quienes admiten de hecho el sufragio universal y no se tienen por liberales, también lo aceptamos; como el diagnóstico de una incongruencia, por supuesto. Porque ni en teoría ni en práctica hay contradicción o fisura alguna entre el liberalismo y el sufragio universal. Son dos pecados conexos que se necesitan y se nutren el uno del otro. Esa “peste perniciosísima”,ese “virus insidioso y oculto” –como fue llamado pontificiamente el liberalismo en mejores tiempos- se apoya en el sufragio universal para consumar su doctrina de que el poder viene del pueblo. Paralelamente quien tiene por válido al sufragio universal –su convocatoria, su poder político religante,sus resultados,etc- no puede sino darle crédito al embuste basal del liberalismo. En nuestro país, por caso, provoca risa escuchar a los peronistas autodenominados “ortodoxos”, decir seriamente que no son liberales. Ahora bien; resulta que el desideratum de esa ortodoxia que defienden estaría sintetizado en las celebérrimas “20 verdades peronistas”, y la primera de ellas dice textualmente: “La verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo”. ¿Por qué entonces no serían liberales, amén de insensatamente demagogos, al jurar que seguirán sin discernimiento alguno lo que el pueblo mande? Es la misma vergüenza que causan los católicos gustosos de ser tenidos por ultramontanos, y que luego no saben cómo hacer para armar un partididito y que alguien los vote. Si me vota el demos, y acepto el principio de que tal consenso numérico me habilita a gobernar y me delega el poder soberabo,¿en qué me diferencio del liberalismo?. Y si acepto la “habilitación soberana” del demos pero no creo en ella, ¿en qué me diferencio del maquiavelismo, del cinismo, del fariseísmo y de la doble conciencia, propia de los liberales?.

c)No hay dudas de que el sufragio universal “atenta contra la justicia distributiva”, que como bien enseña la tradición aristotélico-tomista “tiene como esfera propia de acción, el orden entre el todo y las partes”. Es la justicia que “se refiere a la distribución, de donde saca su nombre, de cosas de carácter común, en cuanto tales[...].Consiste,pues,en la distribución de algunas cosas comunes, que deben ser distribuidas entre los participantes de la comunidad civil”[7]. Hablando un poco más técnicamente, hay justicia distributiva qua bona communia distribuuntur inter partes communitatis secundum proportionem meritorum. Posee un acto interior que es la recta voluntad de distribuir proporcionalmente los bienes comunes, y un acto exterior que es consumar esa distribución como corresponde. Se comprende, en consecuencia, que no puede ser nunca la aritmética la que la rija, sino el justo medio moral. No se cumple con lo  justo ni con lo correcto respecto de la asignación de bienes, si la misma queda librada al azar de una multitud informe, circunstancial e insuficientemente preparada o desquiciada.

Es muy apropiada entonces la idea de Romero Moreno de que el sufragio universal atenta contra la justicia distributiva.Pero no porque “convierte una selección cualitativa en una elección cuantitativa”,sino porque viola por su misma naturaleza cuantofrénica y numerolátrica toda posibilidad de distribuir conforme al sentido de la proporción, del rango, de la jerarquía y de la misma equidad, corona de toda justicia. Lo malo no es propiamente la sustitución de un tipo de selección por otra, sino la sustitución de la distribución conforme a la recta razón por una selección viciada ab initio. Además,  y esto es lo más relevante,no nos parece que “lo específicamente malo del sufragio universal es que atenta contra la justicia distributiva”. Lo específicamente malo –ya lo hemos analizado en extensión- es que resulta el instrumento con el cual se efectiviza el neodogma que desplaza la titularidad del poder,de Dios al número mayoritario y preponderante. Eso es algo propiamente satánico, hablando sin hipérbole. El demonio tiene diversos nombres. Uno es “Muchedumbre”.

Acierta asimismo Romero Moreno cuando recuerda que “la justicia legal prima sobre la distributiva”. Prima pues su misma naturaleza, “su papel propio consiste en concordar los actos de todas las virtudes con la ley que ordena para el bien común[...]. La justicia legal no es simple parte de la virtud, sino toda la virtud[...].La justicia legal ordena los actos de las otras virtudes morales, a su propio fin, que es el bien común”[8]. Hay justicia legal, en efecto, “qua partes communitatis perfectae ordinantur ad iustum boni communis”.

Mas de acuerdo con lo precedente, parece a las claras imposible que “pueda haber ocasiones en que el bien común y por lo tanto la justicia legal –que prima sobre la distributiva- aconsejen su uso [el del sufragio universal], a falta de uno mejor”. Si el sufragio universal posee una injusticia esencial inherente –que es la de hacer efectiva la sustitución de la soberanía divina por la de la masa-, además de otras muchas injusticias intrínsecas, no hay modo posible de admitir que de tamañas injusticias inherentes se pueda seguir la garantía del bien común. Ergo; no hay modo posible de admitir que una justicia como la legal, cuyo objeto propio es el bien común, permitirá algo que perturba y vulnera el bien común. Si la justicia legal permitiera el uso del sufragio universal, y que faltando un sistema mejor no lo procurase, dejaría automáticamente de ser justicia legal. “La justicia legal ha de estar en el que gobierna la comunidad política, principalmente y a la manera como la estructura y finalidad de la casa se halla en el arquitecto que la levanta”[9].

Romero Moreno pone como ejemplo de su postura “lo que sucedió en algunos países europeos en el siglo XIX, en los que la mayoría era católica, pero al haber sufragio calificado, terminaban gobernando masones y protestantes”. No sabemos en qué países está pensando nuestro amigo[10], pero la verdad es que, por un lado, tanto el sufragio calificado o censitario como el universal son aberraciones liberales, de la misma naturaleza aunque con diferentes manifestaciones. En el uno y en el otro se parte de la base de que el poder se lo delegan los más al gobernante. Sean los más el producto de sumar ricos,alfabetos,varones, pagadores de altos impuestos, o la turbamulta “municipal y espesa”.

Lo que la historia nos muestra –y esto es empirismo puro, diría Don Julio Irazusta- en esos países europeos y no europeos, no es un tránsito –gracias al paso del sufragio calificado al universal- de “gobernantes masones y protestantes” a gobernantes católicos o que expresaban a esa “mayoría católica” que no podía votar. Lo que nos muestra es que,con uno u otro sufragio, masones, socialistas, protestantes, judíos o lo que se les ocurra, alcanzaron el poder cuantas veces quisieron. No sólo sin que la mayoría católica pudiera evitarlo, sino con los votos irresponsables y cómplices de esa mayoría católica. Incluso –aunque nos duela decirlo- con la venia de algunos pontífices que no trepidaron en inclinar el voto de “la mayoría católica” hacia la democracia cristiana, y la misma no resultaba ser otra cosa que un conglomerado canallesco de masones y de liberales.

Habrá que recordar, aunque algunos se disgusten, lo que dicen al respecto los Protocolos de los Sabios de Sión: “el sufragio universal, del que hemos hecho instrumento para nuestra venida y al que hemos acostumbrado hasta a los más ínfimos miembros que forman  parte de la humanidad, organizando reuniones y convenciones de antemano preparadas, representará por última vez su papel, expresando al unísono el deseo de todos de conocernos de más cerca pafa poder juzgarnos. Para obtener este resultado es necesario llevar a todos al sufragio universal sin distinciones de clases y de fortunas con el fin de establecer el absolutismo de las mayorías, que no s epuede conseguir con el solo voto de las clases inteligentes ni en una sociedad dividida en castas[...].Dejemos que discutan y le den vueltas al sufragio universal. Siempre guardará el sello de todas las falsas interpretaciones de los espíritus que no habrán podido penetrar en la profundidad y en el intríngulis de sus designios”[11].

Lo que decimos, en suma, y más allá de citas que puedan resultar polémicas, es que el sufragio universal no fue instrumento benéfico para que dejaran de padecer gobernantes  masones las mayorías católicas de los países europeos. Antes bien; resultó ser el instrumento más apto para que, hasta el día de hoy, en nuestro país y en casi todo el mundo, esos masones de toda laya se alzaran con el poder y descristianizaran sistemáticamente a las mayorías.

d) El sufragio universal no es “malo de modo habitual, pero no lo es intrínsecamente”. Es malo per se, y ya lo hemos probado con abundancia de documentación, no sólo en este volumen, sino desde que escribimos La perversión democrática. Es –dicho por enésima vez- la mentira universal; y ninguna mentira universal puede dar lugar a excepciones morales que la tornen buena.

No negamos que la penosa hermenéutica de la ruptura, o la ruptura en sí y tras ella su obligada hermenéutica, exista desde los tiempos previos al Concilo Vaticano II. Se fue preparando en el ámbito de las cuestiones políticas o temporales, para llegar después a ámbitos más delicados, como el de la libertad religiosa o el del deicidio. Pero en estos dos volúmenes que ya estamos terminando, nos hemos tomado el trabajo de analizar caso por caso la conducta que al respecto mantuvieron los llamados pontifices preconciliares, y la verdad es que no hemos hallado en ninguno de ellos una justificación doctrinal del sufragio universal, ni una teoría politica que lo avalara, ni una revocación expresa del ya famoso dictus condenatorio de Pio IX.  A lo sumo, hemos hallado una resignación y tolerancia ante el triste hecho consumado de la universalización compulsiva del sufragio en casi todo el universo político dominante, y el consiguiente afán de atemperar ese dominio del mal con consejos prácticos a los cristianos y recuerdos del ideal de la Ciudad Católica. Y hemos hallado también, según los casos analizados, una mayor o menor capacidad de resistencia o de aquiescencia ante ese mundo al revés que se imponía con la fuerza de un alud. Hemos hallado, en dos palabras,mayor o menor lucidez y coraje, según las personalidades y las circunstancias, pero no claudicación ante lo sustantivo y fundamental.

 Hasta antes del Concilio, puede admitirse, esas riesgosas concesiones prudenciales, se movían dentro del clásico juego pendular entre “hipotesistas” y “tesistas”, manteniendo siempre de modo expreso la preeminencia  paradigmática de la tesis. Después, y no digamos nada ahora, hay un cambio escandaloso en la semántica de la Fe, que repercute obviamente en el modo de concebir la vida social y política. No obstante, y también lo probamos, quedan interesantes y significativos resabios de la doctrina tradicional, que para los católicos coherentes deberían ser no sólo señal de esperanza sino mínimo programa de acción. Pedimos al lector –y a Fernando Romero Moreno- que vuelva pausadamente sobre el capítulo tercero del presente volumen, en el cual, lo que acabamos de decir en epítome, surge de estudiar de modo analítico,“nuevamente, los casos y las autoridades”, hasta nuestros días.

En aquellos pontífices que menciona Romero Moreno, muy especialmente en San Pío X, se dieron las siguientes características: a)ninguno de ellos,como decíamos, revocó la sentencia condenatoria de Pío IX sobre el sufragio universal, incluso propusieron la necesidad de un cambio en el sistema electoral; b)mantuvieron en principio la decisión del “non expedit”, adaptada a las circunstancias; c)condenaron en términos vigorosos los fundamentos ideológicos del liberalismo; d)criticaron con dureza el criterio cuantitativista de “un hombre un voto”; e)reprobaron con los mejores argumentos el mito de la soberanía popular; f)propusieron alternativas políticas ajenas a la compulsiva participación partidocrática; g)recordaron y validaron el ideal de la Ciudad Católica y de la Reyecía Social de Jesucristo;h)promulgaron encíclicas con directivas concretas sobre el mejor modo de una participación y representatividad políticas para un católico; i) descalificaron moral e intelectualmente a los bautizados que procuraban conciliar la Fe con el liberalismo, o que divorciaban la vida privada de la vida pública en materia de doctrina cristiana; j)elogiaron la actividad que al servicio del bien común se puede llevar a cabo mediante los cuerpos intermedios.

No deberían ser desconocidas,ni menos aún inaplicadas por ningún católico serio, las siguientes encíclicas de San Pío X: E supremi apostolatus, Gravissimo officii, Lamentabili sane, Notre charge apostolique, Vehementer nos, Il fermo proposito, Pieni l’animo di salutare timo. Lo que surge de estos y otros documentos similares, incluso y como nos hemos atrevido a probar, de documentos llamados “posconciliares” no es, en principio, que “los papas permitieran o alentaran votar y participar bajo el régimen de sufragio universal”. Sino todo lo contrario; que los papas recordaran la existencia de una recta doctrina tradicional al respecto, que nada tiene que ver con los postulados y las prácticas del liberalismo. Y sólo después, en segunda instancia, con el mundo cayéndoseles sobre las cabezas (y últimamente con ellos mismos a la cabeza del mundo) cedieron a la primacía de la hipótesis sobre la tesis, o lo que es peor, convirtieron la primera en la segunda. Concesión –gradual y acotada al principio, escandalosa ahora- en la que se cifra el inicio y el desarrollo del drama de la ruptura del Magisterio. Pero en lo que nosotros vemos un drama, porque objetivamente es eso la enseñanza heterodoxa o heretizante, para los católicos como el Dr. Hernández es el salvoconducto esperado para votopartidar sin complejos de culpa. Ven una ganacia en estos cambios. No se quiere oir la voz de la Tradición ni la de la Sagrada Escritura. No se quiere rescatar la siquiera escasa o mínima continuidad en la verdad, ni rechazar de cuajo las innovaciones anticatólicas. No se quiere tampoco constatar que hubo vida política antes de la democracia, del sufragio universal y de los inmundos partidos políticos. Del mismo modo que para otros católicos es un salvoconducto y una ganancia la actual y escandalosa vista gorda y grande hospitalidad papal hacia divorciados, pederastas, amancebados, concubinos o fornicadores. Sin hablar de la hospitalidad doctrinal hacia el error, en terrenos mucho más delicados que el del voto o el partido.

e)En la historia del Nacionalismo Argentino, y aún en la llamada historia reciente, hay no pocas actitudes que podrían ser objeto de una autocrítica o de una reflexión sin concesiones sobre su propio desempeño. Pero en el ejemplo puesto por Romero Moreno, del plebiscito sobre nuestra soberanía en el Canal de Beagle, convocado en 1984 por el gobierno de Alfonsín,no nos parece que el Nacionalismo tenga nada que reprocharse. Y mucho menos, que tenga que sucumbir a la engañosa retórica del Dr. Hernández, que pretende hacer de nuestra posición doctrinal una cacería de pecadores.

Situemos las cosas en tiempo y espacio, sobre todo para quienes no vivieron aquel episodio ahora mencionado como ejemplo por Romero Moreno.

El domingo 25 de noviembre de 1984, el gobierno de Alfonsín pidió el parecer de la ciudadanía respecto de aceptar (SI) o rechazar (NO) el Tratado de Paz y Amistad firmado con Chile para resolver el  conflicto del Canal de Beagle, luego de la mediación de la Santa Sede. Todo era una farsa urdida canallescamente por el Radicalismo gobernante, en unión con las izquierdas y los grupos clericales modernistas, incluyendo la posición del mismo emisario vaticano. Hasta un decadente José María Rosa, invocando supuestos ideales de hermandad latinoamericana, salió a refrendar al oficialismo y su política de cercenamiento patrimonial. El plebiscito no poseía, legalmente hablando, ni carácter vinculante ni era obligatorio. Primera diferencia con el sufragio universal convencional. El gobierno ya tenía,no sólo la decisión tomada de aceptar el ignominioso Tratado de Paz y Amistad, sino que poderosos intereses y grupos de presión extranjeros estaban dispuestos a  rubricar esa decisión desfavorable a nuestra soberanía territorial; cosa que efectivamente sucedió. Uno de los primeros efectos ominosos de nuestra rendición en Malvinas se estaba ejecutando fríamente, con la conducción y el regocijo solapados de los vencedores.

No se trataba en consecuencia de la multitud delegando soberanía a un candidato, ungiéndolo como mandante; ni de partidos políticos en pugna electoral para ver quién se alzaba con su candidato. De esos votos no dependía quién gobernase, sino que el que ya gobernaba pudiera mutilar impunemente el territorio, o si al menos recibiría la desaprobación moral de un sector de la sociedad. Para colmo de confusiones horrendas, el gobierno, que era inequívocamente anticatólico, instaló el sofisma de que quien practicara la fe católica debía votar a favor del Tratado, pues de lo contrario se le provocaba un desaire, un disgusto y una desobediencia al Santo Padre.

En tales circunstancias,el Nacionalismo Católico, precisamente por ser lo uno y lo otro, no podía permanecer callado e inactivo. Desplegó sus mejores argumentos para probar que el territorio en litigio era argentino, y que se estaba cometiendo una traición a la patria al entregarlo. Desplegó sus mejores argumentos para probar que no había contradicción alguna entre ser un católico fiel y oponerse a una mera mediación diplomática del Vaticano. Y a la hora de consumar su opinión en público, dijo NO a la propuesta encerrada en el plebiscito, sin que ese NO tuviera otro alcance glorioso más que el de salvar el honor de la verdad. Lejos de “pecar mortalmente” quienes gritaron su NO a la consulta amañana de un gobierno apátrida y corrupto, cumplieron con la virtud de la piedad.

Aquello no era una convocatoria a un sufragio universal, ni una campaña electoral con competencia de candidatos, llevando uno propio a la palestra del Régimen. Era una consulta a la ciudadania –y expresamente así se tituló- sobre un punto muy específico atinente a la defensa de nuestros límites geográficos y nuestros derechos históricos. Tan específicos eran los puntos en debate, que el grueso de la sociedad estaba en ascuas, y lo hubiéramos estado nosotros mismos si los grandes maestros no hubieran vivido entonces para ofrecernos sus valiosas lecciones. “Nuestro NO [en dicha consulta]fue,ante todo, una negativa al sistema, a la imperdonable farsa, a la iniquidad de una política atentatoria de prerrogativas históricas esenciales, a la subversión política –no hay otra expresión más adecuada- que supone plebiscitar lo que no está sujeto a la volubilidad de la opinión pública. Un NO pronunciado desde el pasado y lanzado hacia el porvenir, para que nuestros hijos,al menos,no tengan que humillarse por quienes pudiendo hablar, callaron”[12].

Desde las páginas de Cabildo, y hablando forzosamente en forma sintética,se sostuvo:1) “Ante la cuestión austral, responder con un NO a la propuesta del mediador”[13]; 2) “Dígale NO a la traición en el Mar Austral”[14]; 3)“El gobierno empuja al pueblo a votar contra la soberanía nacional”[15]: 4) “Opóngase con su NO a la mutilación de la patria”[16]; 5) “Tratado y consulta: un mismo fraude a la nación”[17].

Ninguna bondad le vemos a los plebiscitos, pues como su nombre lo indica son dictámenes de la plebe, que tiene siempre muy pocas o nulas condiciones para dictaminar. Y este no fue una excepción. La plebe, bajo el influjo nefasto de los multimedios, bajo la presión de los poderes políticos nacionales e internacioales y de los sermoncillos del curerío progresista,acabó convencida de las ventajas de cercenar nuestro territorio, a cambio de una paz que jamás estuvo en peligro, pero que se hizo creer que se nos esfumaba de las manos, para volver otra vez a los “horrores” de la guerra malvinera, entonces reciente.

Por eso mismo, por horror a los plebiscitos, que no dejan de ser expresiones de la prepotencia del número, es que sintetizamos nuestra posición entonces, en 1984, en los siguientes párrafos que seguimos haciendo nuestros hoy: “Si alguna prueba concreta hacía falta para demostrar la connatural ruindad de la democracia, el Régimen nos la ha proporcionado atronadoramente el pasado 25 de noviembre[de 1984],con el plebiscito sobre el destino de nuestro Beagle. Enormes falacias precedieron la consulta; innúmeras mentiras la rodearon, mayores defecciones la siguieron; un solo nombre:traición, define todo [...]. Pero si la traición no les inquieta, la devoción por la democracia los transfigura. Sin embargo –insistimos- han dado el testimonio más terrible de su inservibilidad para defender el Bien Común. Efectivamente,en la democracia que conciben y desarrollan, la soberanía es un bien negociable, la custodia del patrimonio una cuestión condicionada al azar de las urnas, la responsabilidad intransferible de los gobernantes, una facultad diluible en la multitud anónima e inorgánica[...].La democracia ha desnudado su condición tiránica, su rango de gobierno espurio,ilegítimo, mendaz. Tiranía del número y totalitarismo de la cifra para entregar a la Nación. Despotismo de la cantidad por sobre las razones y los derechos de la verdad. Soberanía popular en lugar de soberanía nacional[...]. En esta era del récord, que diría Sombart,los pequeños burgueses que ocupan los sitiales públicos, se vanaglorian de los sufragios y se pavonean de los guarismos con una insensatez tanto más seria cuanto más alto es el bien cuya integridad queda comprometida. Nadie puede quitarles a los demócratas este orgullo de escrutinio favorable, esta soberbia política de recuento aritmético, esta propensión a reducirlo todo a una cuestión de acertijos y loterías”[18].

A más de treinta años y pico de haber escrito estas líneas, le damos gracias  a Dios por habernos permitido mantener la coherencia.

f)Hace muy bien Romero Moreno en tomar distancias del planteo del Dr. Hernández, confesando no creer que “con el sufragio universal o los partidos políticos vayamos a salvar a la Argentina”. Si alguna salvación tiene prevista Dios para esta tierra, la misma no podrá proceder nunca de sistemas, regímenes y procedimientos que son per se agentes de condenación moral y de ruina espiritual.

Pero la distancia que toma de ciertas posturas nuestras, confesamos no comprenderla del todo. Y esto, en primer lugar, porque nos parece que no termina de inteligir cuál es el fondo de nuestra posición; y en segundo lugar, porque no termina de inteligir tampoco cuál es el fondo de su propia posición.

Si no hay salvación con el ya tristemente paródico “votopartidar”, no hay neutralidad o inocuidad posibles. El que “votopartida” no sólo no salva; de mínima contribuye a la confusión general y a la consolidación del mal. Si estoy tomando el remedio equivocado para curarme, no solamente no me curaré. Podré contraer todos los efectos colaterales de una medicina mal administrada. No puedo tener solo una benévola “disidencia prudencial” con el que está suministrando o ingiriendo la droga equivocada. Se está haciendo daño. Está haciendo daño. Debo sacarle la droga como fuere. Porque no es neutra, no es inofensiva, no es puramente herramental o instrumental. O porque siendo instrumental no queda exenta de provocar los efectos propios de un instrumento inadecuado. Esto por un lado.

Por otro; si me asiste el convencimiento “de combatir de ordinario al sistema”, y llego a esta decisión y la sostengo, no al amparo de razones adjetivas sino sustantivas, como lo son las razones filosóficas, religiosas  y políticas; y si sé, además,que la cooperación material al mal es, en principio, ilícita, y que hay posibilidades de evitarla, y que en una vida moral positiva conviene evitarla,¿por qué seguir justificando a los cooperadores materiales de un mal?

Esta última pregunta nos parece clave e importante; y es aquí cuando creemos que, o no se entiende el núcleo central de nuestra argumentación, o no hemos sabido explicarla mejor. En principio también nosotros,si nos correspondiera analizar uno o cien casos individuales de sufragantes; o si nos correspondiera atenderlos en confesión, es posible que a la hora de darles una hipotética penitencia o sanción, y a los efectos de ser justos cuanto equitativos,aplicaríamos el voluntario indirecto, el doble efecto, los modos de cooperación y todos los recursos de los que se valen legítimamente los casuistas o los moralistas de fuste. Nuestra lucha no es por probar que Fulano y Mengano que sufragaron universalmene se van al infierno. Tampoco, ya lo dijimos, es por cazar vivos a esos sufragantes, colocarles un sambenito y pedir una hoguera para cada uno de ellos. El rigorismo nos espanta tanto como el permisivismo. Tenemos presente;eso sí, que tanto el bien como el mal tienen portadores concretos.Y que, en consecuencia,la concreción ética de una situación buena o mala, la estructura concreta de esa misma acción, pueden ser relativamente fáciles de detectar. Y detectadas corregidas, sancionadas o perdonadas, según coresponda.

No hemos dicho ni estamos  diciendo que no  hay grados de responsabilidad, de culpabilidad, de imputabilidad. No construimos ningún silogismo cuya premisa mayor diga: “Todo el que vota con sufragio universal es un pecador irredimible”. Poniéndonos de nuevo en el sayo de un imaginario confesor, así como buscaríamos la exacta medida de su culpa para hallar la exacta medida de la punición, del arrepentimiento y del perdón, no podríamos dejar de aconsejarle –aún más:de exigirle- que reencauce su vida, impidiendo que ella transite por el delicado terreno de las cooperaciones materiales o de las ocasiones próximas de pecado,o de los males menores, para preferir la vía segura de los bienes concretos y posibles. Que sea fiel en lo poco, en síntesis, sería nuestro consejo; para que pueda serlo en lo mucho, y que procure elegir siempre la puerta angosta. ¡La olvidada ascesis de la puerta angosta, cuántas almas salvó, y cuánto hace que no se predica ni se recuerda!

Entendemos entonces la preocupación de Romero Moreno por no andar condenando aquí y acullá, a tal o cual gaucho que metió su papeleta en la urna. Pero ni entendemos ni podemos admitir que, hecha la salvedad que acabamos de hacer por millonésima vez,no se comprenda que nuestro propósito central es otro; que otro es el núcleo fundamental de nuestra argumentación. Lo diremos con un símil fácil que nos evitará los rodeos. Abortar es un pecado mortal y quien aborta peca. Peca quien se somete a él libremente, y peca quien obra de causa eficiente para provocarlo. Pero más allá de la condena, del perdón, de la misericordia, de los atenuantes, de los agravantes, de las distintas formas de cooperación con el mal, del voluntario o del involuntario, de lo que sea, lo que realmente anhelamos y procuramos es: 1)recordar que existe la gloria de la maternidad generosa y fecunda; b)rescatar el modelo de hogar católico; c)proponer la reivindicación, la rehabilitación, la restauración de esos grandes arquetipos de madres y padres, de hijos fieles, de hermanos nobles, de casas edificadas sobre roca.

No creemos necesario explicitar el tropo, más por las dudas lo digamos en dos palabras. El núcleo de nuestra propuesta es: 1)recordar que existe otra concepción de la política,que dio santos y héroes a la Cristiandad y a la Patria, pensándola y salvándola en su momento. Hubo vida política, lo repetimos, antes de la democracia; y la Iglesia admiró y exaltó esa vida, así como a sus protagonistas; 2)proponer el rescate de esa olvidada y precisa forma, pisoteada por la Revolución y la Modernidad; 3) hacer cuanto esté a nuestro alcance para que esa arquetipicidad política y ese quehacer consiguiente, no sucumban bajo la tiránica ley del olvido, y bajo las garras del facticismo, del maquiavelismo, del acostumbramiento al mal y del cansancio de los buenos; 4) matar al error y amar al que yerra.

En la vida moral no conviene caminar en la cornisa, haciendo malabares y equilibrismos. O como en un terreno minado, tratando de pisar el voluntario indirecto o el doble efecto, pero sin pisar la cooperación formal. Conviene la rectitud, de la cual nace el deber. “Al preguntar por qué razón debe ser el bien moral[el elegido] y no el mal”; y por ende, porqué razón nuestro esfuerzo debe centrarse primeramente en la consecución del bien y no en el deslindamiento estratégico de cooperaciones con el mal o en el cálculo de probabilidades de que esas esas cooperaciones no me arrastren al abismo, “no se hace esperar la respuesta”. El bien moral debe ser el elegido, “porque es recto, bueno o justo”. La razón primera de este deber no es un voluntarismo, aunque sin el acatamiento a la Voluntad de Dios, no tiene sentido hablar de un deber obligatorio. “Pero el deber no se apoya primariamente en ninguna voluntad ni sentimiento, sino en la bondad o rectitud. El sentimiento a su vez puede instar a una acción [siento que hoy tengo que sufragar por Fulano porque es amigo y tiene buenas intenciones], pero esto no significa que tal acción sea ni admisible ni debida. Tampoco el mero hecho de que uno más poderoso que nosotros[una ley positiva injusta pero obligatoria y coactiva] nos exija una acción, prueba nada relativo a su bondad[...]. El deber,pues,se funda en la relación de una acción posible con su bondad”[19].

Pero por lo mismo, tampoco en la vida política podemos andar en la cornisa o haciendo fintas, frente a nosotros mismos, frente al prójimo y frente a Dios, sin terminar de decidirnos si algo es intrínsecamente malo y por lo tanto me alejo de él y lo combato; o si podría contemporizar un poco con ese mal,ampararme en alguna excepción, tener disidencias sólo prudenciales pero no doctrinales, y moverme a toda hora con una especie de GPS moral, para evitar doblar en la curva equivocada, y tomar el camino de la cooperación material en vez de la formal. “La política auténtica no consiste en un mero aprehender empíricamente las realidades y las dificultades de la vida social, para sortearlas con la mayor habilidad posible[...]. Ignorar la Idea importaría caminar inútilmente ya que verdadero camino es sólo aquel que conduce a alguna parte. En la ignorancia de la Idea reside el pecado del oportunismo político[...]. Negar las esencias y naturalezas equivale a negar lo más específico del conocimiento humano, según ya lo advirtera el viejo Sócrates. Equivale a disolver el ser en acontecer, toda subsistencia en tiempo, y la filosofía en historia”[20].



[1] Sin ser exhaustivos, recomendamos la lectura atenta,provechosa  y crítica de sus siguientes trabajos: República tradicional versus democracia totalitaria, Cfr. http://detierraycielo.blogspot.com.ar/2013/04/republica-federal-vs-democracia.html; Elecciones: no hay solución dentro del sistema,cfr. http://detierraycielo.blogspot.com.ar/2013/10/que-hacer-en-las-elecciones-una.html?m=1; Elecciones, la democracia totalitaria,la vida ,la patria y la familia, cfr. http://detierraycielo.blogspot.com.ar/2013/10/algo-mas-sobre-las-elecciones-y-el-voto.html?m=1; Los que no votamos, qué aportamos al bien común,cfr. http://detierraycielo.blogspot.com.ar/2013/10/los-que-no-votamos-que-aportamos-al.html?m=1; La constitución tradicional de la Argentina,Cfr. http://criticarevisionista.blogspot.com.ar/2014/11/la-constitucion-tradicional-argentina.html;La crisis argentina y la cuestión del mejor régimen político, en Diario de Filosofía del Derecho, de El Derecho,Buenos Aires,n. 11, 15-12-206; La Cristiandad:los neomaritaineanos, en El Derecho,n.12.882,Buenos Aires,2011,p. 12-16.
[2] Fernando Romero Moreno, Carta del jueves 11 de junio de 2015. Fragmento. Las cartas de Romero Moreno suelen ser verdaderas lecciones, en las que anticipa, resumen o barrunta lo que después toma la forma definitva de ensayos. Por eso, aunque citamos este epistolario por practicidad y especificidad temática, seguimos insistiendo en la conveniencia de desembocar en su obra.
[3] Antonio Caponnetto, La perversión democrática, Buenos Aires, Santiago Apóstol, 2007,p. 249.
[4] Domingo Basso,O.P,Los fundamentos de la moral, Buenos Aires,Centro de Investigaciones en Ética Biomédica, 1993, p. 149.
[5] Iussio,consilium, consensus,palpo,recursus,participans,mutus,non obstans,non manifestans: Cfr. Ibidem, p. 148.
[6] Domingo Basso, Los fundamentos...etc.ob.,cit.,p. 145-146.
[7] Santo Tomás de Aquino, La justicia. Comentario al Libro V de la Etica a Nicómaco de Aristóteles,Buenos Aires, Cursos de Cultura Católica, 1946,p. 77-78. El párrafo citado corresponde al comentarista de la edición de esta obra, Benito Raffo Magnasco.
[8] Santo Tomás de Aquino, La justicia...etc.,ob.cit.,p.40,41.
[9] Ibidem, p. 42.
[10] En carta del 17 de marzo de 2015 nos pone el ejemplo de Irlanda, en la cual “si no se utilizaba esta modalidad[la del sufragio universal], los católicos que eran la mayoría de la población, quedaban bajo gobiernos hostiles al catolicismo y que habían sido elegidos por sufragio calificado”. Pues la verdad es que tras años de tamaña conquista como el sufragio universal,la República Parlamentaria de Irlanda tiene como presidente a Michael D.Higgins, del Partido Laborista, miembro de la Internacional Socialista, y como Primer Ministro a Enda Kenny, demócrata cristiano, cuyo partido, Fine Gael, se autodefine como “Partido del Centro Progresista”. En 1995, además,y gracias al sufragio universal, Irlanda aceptó aprobar la ley del divorcio. Sinceramente no vemos qué ventaja trajo el sufragio universal al catolicismo irlandés. 
[11] Los protocolos de los sabios de Sión,Acta X. Como se sabe hay infinidad de versiones de esta obra;y como se sabe, asimismo,la misma está llena de alusiones a la instrumentación del sufragio universal, de los partidos políticos y del liberalismo. Sólo hemos elegido un escueto fragmento, usando la  erudita edición de Ediciones Argentinas,Buenos Aires,2003. Como no faltará quien nos cuestione por haber echado mano de esta fuente, remitimos a lo que dijéramos sobre la validez de la misma en otro lugar. Cfr.Antonio Caponnetto, Los críticos del revisionismo histórico, vol. II,capítulo 8, Buenos Aires, Instituto Bibliográfico Antonio Zinny, 2006.
[12] Antonio Caponnetto, Seguimos diciendo NO,Cabildo,2da. época,n.83, Buenos Aires, p. 15-16. Está incluido,además en nuestra obra,Del Proceso a De la Rúa, vol.I, Buenos Aires, Nueva Hispanidad, 201,p.181-184.
[13] Cfr. Cabildo,2da.época, n.39, Buenos Aires, 1981. Leyenda de tapa. Nótese la fecha: tres años antes de que se lanzara el plebiscito.
[14] Cabildo,2da.época,n.80,Buenos Aires,1984. Leyeda de tapa. Es este uno de los números más completos sobre el tema, incluyendo una nota de Alberto Caturelli, La consulta sobre el Beagle y la ética cristiana[p.20-21].
[15] Cabildo, 2da. época,n.81, Buenos Aires, 1984. Leyeda de tapa
[16] Cabildo, 2da. época,n.82, Buenos Aires, 1984. Leyenda de tapa.
[17] Cabildo, 2da.época,n.83, Buenos Aires, 1984. Leyenda de tapa. Este número es posterior al plebiscito, y aquí aparece ese artículo de nuestra autoría citado ut supra,señalando la farsa intrínseca que conllevaba el hecho de querer plebiscitar lo implebiscitable: la soberanía nacional; Cfr. Antonio Caponnetto, Seguimos diciendo NO,ibidem,p.15-16.
[18] Antonio Caponnetto, Seguimos diciendo NO...etc.ob.cit.,p.16.
[19] Marcel Reding, Fundamentos filosóficos de la teología moal católica,Madrid, Rialp, 1964,p.90-91.Lo que hemos puesto entre corchetes no está en el texto original. Son acotaciones nuestras para que el párrafo pueda aplicarse más explícitamente a la cuestión que estamos debatiendo.
[20] Juan M. Bargalló Cirio, Ubicación y proyección de la política, Buenos Aires, Adsum, 1945, p.41,42,47.




Nacionalismo Católico San Juan Bautista


1 comentario:

  1. Anónimo3/8/19 06:48

    Ya que no tenemos más Reyes por lo menos gente proba que nos gobierne según la ley de la reiyesía de Cristo hasta que venga el juicio a las naciones debemos darle batalla al ateísmo. Y hasta que venga un papa verdadero que haga la consagración de Rusia.

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