LA
IGLESIA Y EL MONASTERIO DE SANTA CATALINA
Para
evitar la salvajada satánica de la destrucción de la Iglesia y del Monasterio
de Santa Catalina, se viene usando como argumento que “se
están poniendo en riesgo uno de los últimos tesoros coloniales de Buenos
Aires”. Algo así farfulló García Cuerva, el pasado 20 de mayo, celebrando misa
en el atrio del venerado templo. Y con claros guiños al ecumenismo y a la
convivencia interreligiosa, agregó: “creemos que es
necesario sentarnos, analizar la situación y que los técnicos nos ayuden a
encontrar una solución".
Falso: se está buscando la destrucción
intencional de uno de los más claros vestigios de la Ciudad de la Santísima
Trinidad, testigo de un tiempo Imperial y Virreynal, no “colonial”; solar
sacro, cementerio y campo de batalla de la Reconquista y de la Defensa de
Buenos Aires, donde perdieron la vida heroicamente un sinfín de combatientes de
Dios y de la Hispanidad Criolla. Se está buscando consolidar la penetración
yanky-sionista, usando como ariete a una conocida banda pseudoreligiosa,
alucinada, inmoral y mitómana.
No son los técnicos
los que tienen que ofrecer una solución, sino los teólogos y los que queden aún
con alma de cruzados. Los primeros para recordar que no se puede tomar el Santo
Nombre de Dios en vano, como hacen los degenerados mormones. Los segundos, para
ponerle el cuerpo y los puños a la
custodia de esos muros que resguardan a Dios Vivo en el Sagrario.
Se pide la paralización del proyecto
mormón, consistente en edificar una torre gigantesca para sus prácticas
luciferinas, pero no denunciando los verdaderos propósitos de esta secta
maldita y siniestra, sino en nombre de “la necesidad de reconocer y declarar el
entorno de Santa Catalina como área de amortiguación”. Así lo ha expresado el
padre Gustavo Antico, rector de Santa Catalina, en un comunicado fechado el 18
de mayo del corriente. Santa Catalina no es “un área de amortiguación”, es un
solar sagrado, católico, tradicional, hispanocriollo. No se trata de amortiguar
el ambiente sino de expulsar a los demonios que quieren levantar con insolencia
su propia Babel.
Otros sostienen un “no a las torres y
cambios de uso de terrenos aledaños”. No se quiere entender que el drama no es
el cambio de uso sino la profanación, el ultraje, el sacrilegio y la blasfemia
que significa permitirle al mormonato que avance en su plan de
descristianización y de judaización de estas tierras nuestras. No se atreve
nadie a decir que “las torres” son un gesto de ensoberbecida impiedad contra
las únicas torres que nosotros amamos: la Turris
Davidica y la Turris Eburnea,
hermosos títulos marianos, más que apropiados de reivindicar y de recordar en
este Puerto que se llama Santa María de los Buenos Aires.
Pedirle a Jorge Macri que proteja el Convento –además de
considerarlo un interlocutor válido- es como pedirle a Drácula que proteja el
Centro Nacional de Hemoterapia, o a Jeffrey Epstein que dirija el Hospital de
Niños.
Ante este proyecto en curso, claramente endiablado,
opongamos la fuerza de la recta plegaria, la denuncia del atropello pero
fundada sin eufemismos ni elipsis, la presencia física de los católicos
militantes, rodeando con nuestras familias y amigos ese espacio bendito.
Imitemos a los valientes bautizados de
Zaragoza, que cuando los invasores napoléonicos quisieron arrasar los templos,
fueron capaces de armarse para impedir que un púlpito -¡sí, apenas un púlpito,
el de la iglesia de san Agustín!- fuera destruido y vejado. Un vívido cuadro de
César Álvarez Dumond ha dejado retratado para siempre este denuedo impar y
entusiasta. La vida no vale la pena gastarla y perderla sino es en resguardo de
los derechos de Dios.
Santa Catalina: contágianos tu fuego misionero, apostólico
y combatiente. Santa Catalina: ruega por la patria. Santa Catalina: que seamos
viriles.
Antonio Caponnetto
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