San Juan Bautista

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jueves, 12 de abril de 2018

Apostilla breve sobre la “Gaudete Et Exsultate” – Antonio Caponnetto





         Comenzada la década del ´70 del siglo pasado, dos activistas de la izquierda italiana, Elio Petri y Hugo Pirro, le dieron  vida a una película entonces muy comentada, cuyo título contenía un trágico sarcasmo: La classe operaia va in Paradiso; esto es, “La clase obrera va al paraíso”.


         El motivo de la metáfora lo da su protagonista central, Ludovico Massa, quien cuando entra en estado de demencia tras un sinfín de peripecias, imagina que hay un muro por derribar, y que tras él se encuentra el anhelado  edén del proletariado, la merecida tierra feliz de los que han sido alienados aquende la terrible pared, por el trabajo esclavista del capitalismo. Mitad grotesco, mitad dramático –como el mejor cine italiano- el abajamiento sociológico (más específicamente, clasista) de los enunciados teológicos del cristianismo, quedaba en evidencia. Parodia de la salvación genuina, la concebida por el marxismo tiene su propio vergel adámico, reservada monopólicamente para los trabajadores.


         Medio siglo después, de la mano de un escritor asociado al Modernismo: Joseph Malegüe, en su novela Pierres noires. Les classes moyennes du Salut, Jorge Mario Bergoglio acaba de proponer “la clase media de la santidad”. Lo hizo en su reciente Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate (n.7), labrando un nuevo paso en este reduccionismo sociologizante de la vida salvífica, un nuevo hito en la caricaturización de la teología sometida a la sociología. Con lo que se comprueba una vez más el aserto de Gómez Dávila: “la herejía que amenaza a la Iglesia en nuestro tiempo es el terrenismo”.


         Adjudicarle la santidad a un segmento social, o proponer como paradigma de santidad a determinado estamento social, conduce fatalmente a varios errores. Enunciemos dos.


         El primero es el clasismo. Creer que sólo “el pueblo” es toda la sociedad, sosteniendo en paralelo que ese “pueblo” mentado es únicamente el sector más numeroso, mayoritario y golpeado por los avatares políticos. Por lo tanto, el bien común no será el de la nación entera o el del cuerpo comunitario en su conjunto, sino el de una categoría predeterminada ideológicamente.


         El abate Sieyes identificaba a la nación con el tercer estado; Marx con el proletariado; la llamada Teología del Pueblo, en la que abreva Bergoglio, con las periferias; pero en todos los casos el siniestro criterio resulta el mismo: es la conciencia de clase la principal protagonista de la historia. De clase víctima y sufriente, en pugna maniquea con el resto del cuerpo social. La Revolución explica la Revelación; la Sociología la Teología, las Postrimerías sobrenaturales Infierno y Gloria están condicionadas al clasismo intrahistórico.


         Bergoglio propone casi de un modo crudo, y en explícito parafraseo de autores como Proudhon o Engels, la socialización de los medios de producción de “santos”, el colectivismo de la gracia santificante.  Nadie se salva solo (n.6). Fuera de un pueblo no hay salvación. La santificación es un camino comunitario (n. 141). Eremitas, contemplativos,monjes de clausura y orantes silentes, están en problemas si no se adaptan al servicio social, algo que ya les fue dicho en la Constitución Apostólica Vultum Dei Quaerere, del 2016.


         Por el contrario, corren con ventaja “los hombres de la puerta de al lado” (n.6), los integrantes del “público municipal y espeso”, que mentara Darío; los integrantes del qualunquismo ideado por el comunista Guglielmo Giannini, “la media aritmética” tomada como paradigma social por el funesto Durkheim. Si al fin de cuentas, según parece, Dios no quiso otra cosa que “entrar en una dinámica popular” (n.6); rechazando el concepto elitista de “unos pocos para unos pocos” (n. 89). Así que nada de puertas estrechas (Ls. 13,22-30), ni de “pocos elegidos” (Mt. 22,14), ni de pusilla grex (Ls. 12,32) ¡Santidad para todos y todas, ya!, que el Señor “se hizo periferia”(n.135) . Y contingente y flojo como es, “Él depende de nosotros para amar al mundo”(n. Se deduce que el segundo error al que aludíamos antes, junto con el del clasismo, es la desnaturalización de la santidad. Lo que es aún más grave, si cabe; y posiblemente una de las manifestaciones heretizantes más dolorosas de este extraño pontificado. Pero no es una novedad sino un error remozado. Hace años, en efecto, que venimos protestando la imposición de una equívoca espiritualidad entretejida de abdicaciones, de contemporizaciones y de compromisos seculares, que no sólo rechaza la incompatibilidad entre la perfección cristiana y el amor al mundo, sino que propone precisamente un modelo de santidad asociado a la vida ordinaria, común y corriente, sin los sobresaltos extraordinarios de los santos auténticos, sin el heroísmo ni el sacrificio ni las renuncias que nos relatan las nobles hagiografías, y con los defectos y ocupaciones habituales de cualquiera. Para alcanzar tal estado bastaría convertirse en un módico ciudadano más, que pasa inadvertido en el trajín de sus ocupaciones laborales.


         En la versión neoconservadora de este modo de ser santo, el prototipo es el pequeño burgués, el profesional actualizado que se vale de su oficio para el proselitismo cristiano, y al cual se le ha dicho que su celda es la calle. Su modo de vida no tendrá nada de singular. Transcurrirá sin contrastes exteriores, sin sacudidas, indistinguiéndose del resto de los mortales, cuidándose únicamente de no creer que el templo es el lugar por antonomasia del creyente, o que es válida la contemplación pura, inactiva, sin el vértigo del trabajo. Así se hallará textualmente prescripto en los textos fundacionales y tulelares del Opusdeísmo.


         En la versión bergogliana el prototipo se aplebeya un poco. Ya no es el profesional exitoso, el ejecutivo próspero y el funcionario maleable a cualquier gestión demoliberal, pluralista y moderna. Ahora es “la señora que va al mercado” y no chusmea con su par durante las compras (n.16); el vecino de la puerta contigua que “no trata de desalentarse cuando contempla modelos de santidad que le parecen inalcanzables” (n. 11). Elige uno a su medida y todos contentos. Y si quiere ser mártir –clérigo o laico, bautizado o infiel- le bastará con participar en alguna de las tantas opciones subversivas que ofrece desde hace décadas la guerra revolucionaria del marxismo. Basten los nombres terroríficos de Angelleli o Romero. 108).


         Tampoco se crea que es tan fácil, vamos. Si alguien de la clase media de la santidad entrara en contacto amistoso con algún católico enamorado del ocio contemplativo, de la plegaria inútil, de la belleza litúrgica, de la recta e imperecedera doctrina, o preocupado por la claridad y la seguridad dogmática, o “inquebrantablemente fiel a cierto estilo católico” (n.49), estaría traicionando su conciencia de clase santificadora; y en definitiva, convirtiéndose en un colaboracionista del antipueblo de la salvación. Para ellos sí, pelagianos y gnósticos, se vuelven a abrir las puertas del infierno, con la anuencia del beato Scalfari. A los oligarcas y elitistas la condenación, a los compañeros la salvación. Es lamentable, pero debemos decir que quien no haya estado en la Plaza de Mayo hacia 1973, no podrá inteligir la clave de bóveda de este adefésico y desconcertante magisterio que hoy llega de Roma.


         Abaratada la santidad, abajada hasta el nivel de una casta o de estratificación colectiva; sociologizado y desacralizado el martirio, elevado a los altares personajes ante quienes antaño se nos hubiera pedido rehuir considerándolos malas compañías, el misterio de la gracia se banaliza, la salvación se vuelve trivial, y al cielo ya no se lo arrebata por asalto: se llega por las anchas avenidas de las masas rugientes, como a un estadio de fútbol.


          “El santo es el héroe delante de la gloria del cielo”, decía Anzoátegui; y “el heroísmo del héroe consiste en llamar a la puerta de Dios para ofrecerse a la muerte”. Se nos conceda la gracia de resistir santa y heroicamente tanto agravio a la Verdad, tanta conculcación del Bien, tanta traición a la Hermosura. Se lo pedimos a María Santísima, debeladora de todas las herejías. A Ella, una vez más, con insistencia firme, las lauretanas letanías, y este envío al final:


Desconsuelo de ausencia, tu manto en la bandera,

de varones ecuestres, acaudillando proezas,

congoja de mitrados con tres cantos del gallo,

aflicción de liturgos desterrando bellezas.

Señora de esta tierra que erigiera en tu nombre

una proa española y un galopar de potros,

escúchanos la súplica, el rezo esperanzado:

¡Ora pro nobis; Madre, Ruega a Dios por nosotros!


 Antonio Caponnetto




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martes, 3 de abril de 2018

María en los últimos tiempos de la Iglesia – San Luis María Grignon de Montfort



Tratado de la Verdadera Devoción a la Virgen María
(Capítulo III)


 
María y los últimos tiempos
 
La salvación del mundo comenzó por medio de María y por medio de Ella debe consumarse María casi no se manifestó en la primera venida de Jesucristo, a fin de que los hombres poco instruidos e iluminados aún cerca de la persona de su Hijo, no se alejaran de la verdad aficionándose demasiado fuerte e imperfectamente a la Madre, como habría ocurrido seguramente, si Ella hubiera sido conocida, a causa de los admirables encantos que el Altísimo le había concedido aún en su exterior. Tan cierto es esto que San Dionisio Areopagita escribe que cuando la vio, la hubiera tomado por una divinidad, a causa de sus secretos encantos e incomparable belleza, si la fe en la que se hallaba bien cimentado no le hubiera enseñado lo contrario.
 
Pero, en la segunda venida de Jesucristo, María tiene que ser conocida y puesta de manifiesto por el Espíritu Santo, a fin de que por Ella Jesucristo sea conocido, amado y servido. Pues ya no valen los motivos que movieron al Espíritu Santo a ocultar a su Esposa durante su vida y manifestarla sólo parcialmente aun después de la predicación del Evangelio.
 
Dios quiere, pues, revelar y manifestar a María, la obra maestra de sus manos, en estos últimos tiempos.
 
a. porque Ella se ocultó en este mundo y se colocó más baja que el polvo por su profunda humildad, habiendo alcanzado de Dios, de los Apóstoles y Evangelistas que no la dieran a conocer.
 
b. porque Ella es la obra maestra de las manos de Dios, tanto en el orden de la gracia como en el de la gloria y Él quiere ser glorificado y alabado en la tierra por los hombres.
 
c. porque Ella es la aurora que precede y anuncia al Sol de Justicia, Jesucristo, y por lo mismo, debe ser conocida y manifestada, si queremos que Jesucristo lo sea.
 
d. porque Ella es el camino por donde vino Jesucristo a nosotros la primera vez y lo será también cuando venga la segunda, aunque de modo diferente.
 
e. porque Ella es el medio seguro y el camino directo e inmaculado para ir a Jesucristo y hallarlo perfectamente. Por ella deben resplandecer en santidad. Quien halla a María, halla la vida, es decir, a Jesucristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida. Ahora bien, no se puede hallar a María sino se la busca, ni buscarla si no se la conoce, pues no se busca ni desea lo que no se conoce. Es, por tanto, necesario que María sea mejor conocida que nunca, para mayor conocimiento y gloria de la Santísima Trinidad.
 
f. porque María debe resplandecer más que nunca en los últimos tiempos en misericordia, poder y gracia:
 
· en misericordia, para recoger y acoger amorosamente a los pobres pecadores y a los extraviados que se convertirán y volverán a la Iglesia católica;
en poder, contra los enemigos de Dios, los idólatras, cismáticos, mahometanos, judíos e impíos endurecidos que se rebelarán terriblemente para seducir y hacer caer, con promesas y amenazas, a cuantos se les opongan,
· en gracia, finalmente, para animar y sostener a los valientes soldados y fieles servidores de Jesucristo, que combatirán por los intereses del Señor,
 
g. por último, porque María debe ser terrible al diablo y a sus secuaces "como un ejército en orden de batalla" sobre todo en estos últimos tiempos, porque el diablo sabiendo que le queda poco tiempo y menos que nunca para perder a las gentes, redoblará cada día sus esfuerzos y ataques. De hecho, suscitará a en breve crueles persecuciones y tenderá terribles emboscadas a los fieles servidores y verdaderos hijos de María, a quienes le cuesta vencer mucho más que a los demás.
 

María y la lucha final
 
A estas últimas y crueles persecuciones de Satanás, que aumentarán de día en día hasta que llegue el anticristo, debe referirse sobre todo aquella primera y célebre predicación y maldición lanzada por Dios contra la serpiente en el paraíso terrestre. Nos parece oportuno explicarla aquí, para la gloria de la Santísima Virgen, salvación de sus hijos y confusión de los demonios:
 
"Haré que haya enemistad entre ti y la mujer,
entre tu descendencia y la suya,
ésta te pisará la cabeza
mientras tú te abalanzarás sobre tu talón".

Dios ha hecho y preparado una sola e irreconciliable enemistad, que durará y se intensificará hasta el fin. Y es entre María, su digna Madre, y el diablo; entre los hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y secuaces de Lucifer. De suerte que el enemigo más terrible que Dios ha suscitado como Satanás es María, su Santísima Madre. Ya desde el paraíso terrenal aunque María sólo estaba entonces en la mente divina le inspiró tanto odio contra ese maldito enemigo de Dios, le dio tanta sagacidad para descubrir la malicia de esa antigua serpiente y tanta fuerza para vencer, abatir y aplastar a ese orgulloso impío, que el diablo la teme no sólo más que a todos los ángeles y hombres, sino en cierto modo más que al mismo Dios.
 
No ya porque la ira, odio y poder divinos no sean infinitamente mayores que los de la Santísima Virgen, cuyas perfecciones son limitadas, sino:

a. porque Satanás, que es tan orgulloso sufre infinitamente más al verse vencido y castigado por una sencilla y humilde esclava de Dios y la humildad de la Virgen lo humilla más que el poder divino;
 
b. porque Dios ha concedido a María un poder tan grande contra los demonios que como a pesar suyo se han visto muchas veces obligados a confesarlo por boca de los posesos tienen más miedo a un solo suspiro de María a favor de una persona, que a las oraciones de todos los santos y a una sola amenaza suya contra ellos más que a todos los demás tormentos.

Lo que Lucifer perdió por orgullo, lo ganó María con la humildad. Lo que Eva condenó y perdió por desobediencia, lo salvó María con la obediencia. Eva, al obedecer a la serpiente, se hizo causa de perdición para sí y para todos sus hijos, entregándolos a Satanás; María, al permanecer perfectamente fiel a Dios, se convirtió en causa de salvación para sí y para todos sus hijos y servidores, consagrándolos al Señor.
 
Dios nos puso solamente una enemistad, sino enemistades, y no sólo entre María y Lucifer, sino también entre la descendencia de la Virgen y la del demonio. Es decir: Dios puso enemistades, antipatías y los odios secretos entre los verdaderos hijos y servidores de la Santísima. Virgen y los hijos y esclavos del diablo: no pueden amarse ni entenderse unos a otros.
 
Los hijos de Belial, los esclavos de Satanás, los amigos de este mundo de pecado ¡todo viene a ser lo mismo! han perseguido siempre y perseguirán más que nunca de hoy en adelante a quienes pertenezcan a la Santísima Virgen, como en otro tiempo Caín y Esaú figuras de los réprobos persiguieron a sus hermanos Abel y Jacob figuras de los predestinados.
 
Pero la humilde María triunfará siempre sobre aquel orgulloso y con victoria tan completa que llegará a aplastarle la cabeza, donde reside su orgullo. ¡María descubrirá siempre su malicia de serpiente, manifestará sus tramas infernales, desvanecerá sus planes diabólicos y defenderá hasta el fin a sus servidores de aquellas garras mortíferas!

El poder de María sobre todos los demonios resplandecerá, sin embargo, de modo particular en los últimos tiempos, cuando Satanás pondrá asechanzas a su calcañar, o sea, a sus humildes servidores y pobres a juicio del mundo; humillados delante de todos; rebajados y oprimidos como el calcañar respecto de los demás miembros del cuerpo. Pero, en cambio, serán ricos en gracias y carismas, que María les distribuirá con abundancia, grandes y elevados en santidad delante de Dios, superiores a cualquier otra creatura por su celo ardoroso; y tan fuertemente apoyados en el socorro divino que, con la humildad de su calcañar y unidos a María, aplastarán la cabeza del demonio y harán triunfar a Jesucristo.
 
c. María y los apóstoles de los últimos tiempos
 
Si, Dios quiere que su Madre Santísima, sea ahora más conocida, amada y honrada que nunca. Lo que sucederá sin duda, si los predestinados, con la gracia y luz del Espíritu Santo, entran y penetran en la práctica interior y perfecta de la devoción que voy a manifestarles en seguida.
 
Entonces verán, en cuanto lo permita la fe, a esta hermosa estrella del mar y, guiados por Ella, llegará a puerto seguro, a pesar de las tempestades y de los piratas.
 
Entonces conocerán las grandezas de esta Soberana y se consagrarán enteramente a su servicio como súbditos y esclavos de amor.

Entonces saborearán sus dulzuras y bondades maternales y la amarán tiernamente como sus hijos predilectos.

Entonces experimentarán las misericordias en que Ella reboza y la necesidad en que están de su socorro, recurrirán en todo a Ella, como a su querida Abogada y Medianera ante Jesucristo.
 
Entonces sabrán que María es el medio más seguro, fácil, corto y perfecto para llegar hasta Jesucristo y se consagrarán a Ella en cuerpo y alma sin reserva alguna, para pertenecer del mismo modo a Jesucristo.
 
Pero, ¿qué serán estos servidores, esclavos e hijos de María? Serán fuego encendido, ministros del Señor, que prenderán por todas partes el fuego del amor divino.
 
Serán flechas agudas en la mano poderosa de María para atravesar a sus enemigos: como saetas en mano de un valiente.
 
Serán hijos de Levi, bien purificados por el fuego de grandes tribulaciones y muy unidos a Dios. Llevarán en el corazón el fuego del amor, el incienso de la oración en el espíritu y en el cuerpo la mirra de la mortificación.
 
Serán en todas partes el buen olor de Jesucristo para los pobres y sencillos; pero para los grandes, los ricos y mundanos orgullosos serán olor de muerte.
 
Serán nubes tronales y volantes, en el espacio, al menor soplo del Espíritu Santo. Sin apegarse a nada ni asustarse, ni inquietarse por nada, derramarán la lluvia de la palabra de Dios y de la vida eterna, tronarán contra el pecado, lanzarán rayos contra el mundo del pecado, descargarán golpes contra el demonio y sus secuaces y con la espada de dos filos de la palabra de Dios traspasarán a todos aquellos a quienes sean enviados de parte del Altísimo.
 
Serán los apóstoles auténticos de los últimos tiempos. A quienes el Señor de los ejércitos dará la palabra y la fuerza necesarias para realizar maravillas y ganar gloriosos despojos sobre sus enemigos.
 
Dormirán sin oro ni plata y lo que más cuenta sin preocupaciones en medio de los demás sacerdotes, eclesiásticos y clérigos. Tendrán sin embargo, las alas plateadas de la paloma, para volar con la pura intención de la gloria de Dios y de la salvación de los hombres adonde los llame el Espíritu Santo. Y no dejarán en pos de sí en los lugares en donde prediquen sino el oro de la caridad, que es el cumplimiento de toda ley.
 
Por último, sabemos que serán verdaderos discípulos de Jesucristo. Caminando sobre las huellas de su pobreza, humildad, desprecio de lo mundano y caridad evangélica, enseñarán la senda estrecha de Dios en la pura verdad, conforme al Evangelio y no a los códigos mundanos, sin inquietarse por nada ni hacer acepción de personas, sin dar oídos ni escuchar ni temer a ningún mortal por poderoso que sea.
 
Llevarán en la boca la espada de dos filos de la palabra de Dios, sobre sus hombros el estandarte ensangrentado de la cruz, en la mano derecha el crucifijo, el Rosario en la izquierda, los sagrados nombres de Jesús y María en el corazón y en toda su conducta la modestia y mortificación de Jesucristo.
 
Tales serán los grandes hombres que vendrán y a quienes María formará por orden del Altísimo para extender su imperio sobre el de los impíos, idólatras y mahometanos. Pero, ¿cuándo y cómo sucederá esto?... ¡Sólo Dios lo sabe! A nosotros toca callar, orar, suspirar y esperar:
 
 


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lunes, 2 de abril de 2018

Malvinas: a 36 años de la última gesta nacional (Repost) – Santiago Mondino



Publicado originalmente 02/04/2017


 Esta no fue una guerra más entre muchas: fue la primera guerra en que la Argentina enfrentaba a una potencia luego de un siglo, la primera que hubiera dado a las Fuerzas Armadas la oportunidad de redimirse de muchos pecados de comisión o de omisión de las últimas décadas y de demostrar que estaban en condiciones de cumplir con su rol de defensores de la soberanía nacional.


  Muchos argentinos, la mayoría de buena fe, dan la razón a la propaganda enemiga propalada por Londres y apuntalada en Washington y en la mayoría de las capitales europeas cuando dan a entender que la unión nacional surgió a causa de los acontecimientos creados artificialmente por el gobierno para lograr que el grueso de la población se olvidase de su oposición y cerrase filas detrás de las autoridades militares. Fue al revés: los acontecimientos en cuestión, la gloriosa jornada del 2 de abril y la secuela heroica que esa jornada tuvo, fueron posibles, gracias a que siempre hubo y nunca dejó de existir en torno a esa cuestión, una honda unión nacional entre todos los argentinos, por encima aún de las más profundas e insalvables brechas ideológicas y políticas.
  


  La decisión de recuperar las islas  por parte de la Junta Militar se tornaba acuciante debido al fracaso de las negociaciones por la mala fe de los funcionarios británicos y las actitudes dilatorias oprobiosas que no llevaban a ninguna solución. Adolfo Silenzi de Stagni en su libro “Las Malvinas y el petróleo” (vol. 1), escribió:


  “Es público y notorio que el actual gobierno -se refería al encabezado por el General Viola- no tiene el menor consenso; sin embargo, como el tiempo apremia, y debemos tener la firme resolución de recuperar las islas antes del 3 de enero de 1983, día en que Gran Bretaña se propondría festejar el sesquicentenario de la ocupación, no queda otra alternativa que instar a los integrantes de la junta militar a que asuman la responsabilidad histórica de ocupar las Malvinas, y en ese momento contará sin retaceos con el solidario aplauso de todos los argentinos, cualquiera sea su ideología”

  A pesar del gran esfuerzo de nuestros combatientes y de las pérdidas importantes ocasionados a la flota británica por nuestra Fuerza Aérea, lo cual llevo a los propios oficiales ingleses a reconocer algunos años después que estuvieron a punto de perder la batalla, un puñado de oficiales superiores, con el apoyo de dirigentes sectoriales de dudosa representatividad decidieron que la batalla que perdimos en Puerto Argentino sea una derrota para toda la Nación. Lo decidieron sin consultar, y así la rendición de una pequeña guarnición de conscriptos se convirtió en la capitulación de un país entero que pocos días antes se hallaba vibrando al unísono en son de lucha, en una guerra sentida por todos como una causa nacional, justa y noble.

  El 2 de abril es (para aquellos que recordamos sin especulaciones crematísticas) un día emotivo. Ello se debe a complejas razones. No sólo porque recordamos a los que sacrificaron su vida o su salud por la patria (lo cual ya sería suficiente) sino porque no podemos menos que reflexionar acerca de lo infructuoso que fue ese sacrificio, por culpa de quienes estuvieron dispuestos a abandonar la brega y relegarla, vagamente, al ámbito de las arenas de la lucha verbal, de los foros internacionales y de los cabildeos diplomáticos.

  Tampoco podemos dejar de pensar en aquellos otros que no dejaron pasar ni un minuto, que no dejaron enfriarse siquiera los cadáveres de los muertos para lanzarse, con un entusiasmo digno de mejor causa, a convertir a esos muertos en los cimientos sobre los cuales construir sus castillos de naipes políticos, ilusiones y especulaciones electorales. Tal es el caso de la multipartidaria que en medio de la tremenda y traumática experiencia elaboraron un documento compuesto por una larga introducción seguido de un extenso y detallado plan de reorganización, colocando la cuestión de Malvinas en el punto nro. 27 y el asunto del canal del Beagle en el vigésimo octavo y último. Dicha apatía y desinterés se prolongó a lo largo de todos los gobiernos hasta el día de hoy, desde la inoperancia del gobierno alfonsinista ante la depredación pesquera británica, los acuerdos de rendición firmados por Menem y Cavallo, la predica tribunera de los gobiernos kirchneristas hasta el desinterés más absoluto mostrado por el actual gobierno de Macri, para el cual los problemas de soberanía no son importantes.

  Los archipiélagos australes argentinos (no sólo las Malvinas, sino todos los otros) deben ser reconquistados. Y deberán serlo por la vía de la fuerza armada, porque quedó, definitivamente, en claro que éste y no otro es el lenguaje que entiende la potencia que los retiene como posesión colonial.


De Héroes a prisioneros de guerra del CELS

A nuestros Veteranos de Guerra de Malvinas se los ha encerrado sin justa causa por el solo hecho de vestir uniforme durante la última dictadura militar, no son "presos políticos" (como habitualmente se los llama a los militares detenidos por causas relacionados a la última dictadura militar), más bien son prisioneros de guerra. Porque se los persigue por haber defendido a la Patria en 1982, ya que no hay elemento de prueba alguno que amerite su detención como autores de un delito de lesa humanidad.

  Están abandonados por las fuerzas a la que pertenecieron, por sus camaradas, por la mayoría de los Veteranos, por la familia que se dice Malvinera.

  En la mayoría de los casos han sido causas inventadas por un puñado de falsos testigos. Hasta hace pocos meses, el organismo encargado de colaborar con los arrestos y encarcelar a estos Veteranos de Guerra, estaba dirigido por una ciudadanía británica que había sido designada funcionaria en el Ministerio de Seguridad de la Nación como directora nacional de Derechos Humanos. Se trata de la doctora Natalia Laura Federman, DNI 18.907.537, sobrina del "revolucionario" Horacio Verbitsky e hija de Andrés Federman, jefe de prensa de la sección Política y Asuntos Públicos de la Embajada Britanica en Buenos Aires. Dado que por ley nacional no se pueden designar en la Administración Pública funcionarios extranjeros (Ley 25.164), la mencionada funcionaria fue designada a través del Decreto 711/2011 (9 de junio de 2011, firmado por Cristina Fernández de Kirchner, Juan Manuel Abal Medina y Nilda Garré), prorrogado por el Decreto 257/2012 (22 de febrero de 2012, firmado por Cristina Fernández de Kirchner, Juan Manuel Abal Medina y Nilda Garré) y por el Decreto 1078/2014 (10 de julio de 2014, firmado por Cristina Fernández de Kirchner, Jorge Milton Capitanich y María Cecilia Rodríguez.

  Es importante destacar el apoyo del CELS (Centro de estudios legales y sociales) presidido por el otrora montonero y "fiscal de la democracia y los derechos humanos" Horacio Verbitsky, este organismo es subsidiado por la Embajada Británica en Buenos Aires y el Foreign Office británico. Claramente estamos ante unapersecución de Veteranos de Guerra de Malvinas, con el nefasto apoyo del anterior gobierno nacional y la complicidad de la actual gestión de Macri, cometiendo alta traición contra sus propios héroes y combatientes.

  La Embajadora Británica Shan Morgan en su mensaje de presentación del 4 de Diciembre de 2008: “…Además respaldamos la labor que se realiza en la Argentina en defensa de los derechos humanos. La Embajada Británica financia un proyecto trienal de 100.000 libras (150.000 dólares) para ayudar al Gobierno argentino a implementar un control independiente de los centros de detención. También nos enorgullece nuestro aporte a la valiosa labor de las Abuelas de Plaza de Mayo.”


  
A modo de ejemplo, citamos los siguientes casos:


Enrique Stel (Comando en Malvinas, sector radiocomunicaciones a cargo de arriesgadas operaciones, condecorado por el Congreso de la Nación). Stel ha sido imputado y automáticamente confinado en Tucumán desde hace tres años (sin juicio previo violando las garantías de la Constitución Nacional) por el mero hecho de haber estado destinado en una unidad militar durante el gobierno de María Estela Martinez de Perón cuando tenía apenas 20 años de edad.


Jorge Alberto Benítez (piloto de avión Pucará. El 21/05/82 fue alcanzado por un misil enemigo cerca de San Carlos, condecorado por el Congreso de la Nación). Hacia San Carlos voló entre las tropas británicas y logró confirmar la posición de buques de desembarco y auxiliares. Fue derribado por un misil SAM Stinger. Tras una larga marcha con su paracaídas y equipo de supervivencia Benítez regresó a la Base Aérea Cóndor solo, caminando. Como llegó en la noche del 21 de mayo y no sabía el “santo y seña” (señal de reconocimiento) de la Compania A del R.I. 12 y temiendo ser eliminado por propia tropa, cantaba a viva voz la marcha de San Lorenzo... esto alertó a los centinelas correntinos de las posiciones al norte y lo recibieron como a un HÉROE. Detenido desde el año 2012 por haber desempeñado su cargo de teniente en la Ciudad de Reconquista durante la última dictadura militar. No pesan sobre él imputaciones concretas, pero pese a ello se lo consideró un delincuente peligroso y posee prisión preventiva sin juicio previo ni condena que lo amerite.

Horacio Losito (herido en el famoso combate de "Top Malo House", condecorado por el Congreso de la Nación). Fue herido el 31/05/82 por una esquirla de cohete antitanque en la cabeza, que no lo detuvo y siguió combatiendo. Posteriormente recibe un tiro de fusil que le atraviesa el muslo derecho y aun así siguió de pie, hasta que cae desmayado por la gran pérdida de sangre. Fue atendido por médicos de la Fuerza enemiga, donde quedó un mes prisionero. Desde 2008 se encuentra detenido por acusársele de participar en el asesinato de seis montoneros cuándo éstos fueron muertos en un enfrentamiento entre guerrilleros, cuando Losito era teniente. La sentencia jamás quedó firme, sin embargo se encuentra cumpliendo prisión perpetua en cárcel común. Losito se declaró inocente en juicio alegando una clara ambigüedad en el relato de los hechos y prueba que lo acusaba. Incluso los testigos que lo identificaron a él, lo describieron como a una persona totalmente opuesta a su aspecto físico (lo identificaron como bajito rubio de ojos claros); y declaró que en esa época él era un oficial subalterno sin capacidad de mando.

Carlos Robbio (buzo táctico que desembarcó en Malvinas el 02/04/82, condecorado por el Congreso Nacional). El 2 de noviembre de 2015 fue sacado preso, esposado de su lugar de trabajo civil en Salta, como si fuese el más peligroso de los delincuentes narcotraficantes, acusado por lesa humanidad, bajo delitos que aún no se conocen. Sin juicio previo, permanece en prisión.

Carlos Busser (Comandante de la Recuperación de las Islas Malvinas, Operación "Virgen del Rosario"). Preso desde 2009, fallecido bajo arresto domiciliario en 2013 a los 85 años. En este caso se lo encarceló por arrestar y sacarle información a un espía chileno en pleno litigio entre los dos países. Luego se inventó otra causa relacionada con la fuerza de tareas 2, en Bahía Blanca, donde el héroe no estaba destacado al momento de suceder los delitos que se le imputaron. Nunca hubo juicio y de los extractos de la declaración indagatoria podemos resumir que vivió un verdadero calvario, en donde los fiscales "inquisidores" se comportaron cual tribunal de Caifás. A los pocos días de fallecer el marino, lo hizo su esposa, inundada en gran tristeza. Así se trató a un estratega y magnífico ser humano, por el solo hecho de ser el responsable de la recuperación de las Islas Malvinas.


  La lista es bastante larga y así podríamos describir a los más de cincuenta Veteranos de Guerra de Malvinas presos o fallecidos en cautiverio. Dieron su vida por la Patria, y ella misma no solo les da la espalda, sino que los encarcela y mata como a perros.

  Son prisioneros de guerra detenidos en condiciones infrahumanas. Porque se les asiste con medicamentos vencidos, no se les concede el mismo trato legal que un preso común, se violan las garantías constitucionales y en la mayoría de los casos mueren sin la debida atención médica.




Fuentes




Nacionalismo Católico San Juan Bautista



viernes, 30 de marzo de 2018

“Todo está cumplido” - San Roberto Belarmino





     La sexta palabra dicha por Nuestro Señor en la Cruz es mencionada por San Juan como ligada de alguna manera a la quinta palabra. Pues tan pronto como Nuestro Señor había dicho “Tengo sed”, y había probado el vinagre que le había sido ofrecido, San Juan añade: “Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: "Todo está cumplido"”. Y en verdad nada puede ser añadido a estas sencillas palabras: “Todo está cumplido”, excepto que la obra de la Pasión estaba ahora perfeccionada y completada. Dios Padre había impuesto dos tareas a su Hijo: la primera predicar el Evangelio, la otra sufrir por la humanidad. En cuanto a la primera ya había dicho Cristo: “Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar”. Nuestro Señor dijo estas palabras luego de que había concluido el largo discurso de despedida a sus discípulos en las Última Cena. Ahí había cumplido la primera obra que su Padre Celestial le había impuesto. La segunda tarea, beber la amarga copa de su cáliz, faltaba aún. Había aludido a esto cuando preguntó a los dos hijos de Zebedeo “¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?”; y también: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz”; y en otro lugar: “El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?”. Sobre esta tarea, Cristo al momento de su muerte podía entonces exclamar: “Todo está cumplido, pues he apurado el cáliz del sufrimiento hasta lo último, nada nuevo me espera ahora sino morir”. E inclinado la cabeza, expiró.


     Pero como ni Nuestro Señor, ni San Juan, quienes fueron concisos en lo que dijeron, han explicado qué fue lo cumplido, tenemos la oportunidad de aplicar la palabra con gran razón y ventaja a diversos misterios. San Agustín, en su comentario sobre este pasaje, refiere la palabra al cumplimiento de todas las profecías que se referían al Señor. “Luego de que Jesús supiera que todas las cosas estaban ahora cumplidas, para que sea cumplida la Escritura, dijo: tengo sed”, y “Cuando había tomado el vinagre, dijo: "Todo está cumplido"”, lo que significa que lo que quedaba todavía por cumplir había sido cumplido, y por tanto podemos concluir que Nuestro Señor quería manifestar que todo lo que había sido predicho por los profetas en relación a su Vida y Muerte había sido hecho y cumplido. En verdad, todas las predicciones habían sido verificadas. Su concepción: “He aquí que una virgen concebirá, y dará a luz un hijo”. Su nacimiento en Belén: “Más tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir aquel que ha de dominar Israel”. La aparición de una nueva estrella: “De Jacob nacerá una estrella”. La adoración de los Reyes: “Los reyes de Tarsis y las islas le ofrecerán dones, los reyes de Arabia y de Sabá le traerán presentes”. La predicación del Evangelio: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ungió, me envió para evangelizar a los pobres, para sanar a los contritos de corazón, anunciar la remisión de los cautivos y la libertad a los encarcelados”. Sus milagros: “El mismo Dios vendrá y les salvará. Entonces serán abiertos los ojos de los ciegos, se abrirán los oídos de los sordos. Entonces el cojo saltará como el ciervo y la lengua de los mudos será desatada”. El cabalgar sobre un asno: “Mira que tu rey vendrá a ti, justo y salvador, vendrá pobre y sentado sobre un asno, sobre un pollino, hijo de asna”. Y toda la Pasión había sido gráficamente predicha por David en los Salmos, por Isaías, Jeremías, Zacarías, y otros. Este es el significado de lo que Nuestro Señor decía cuando estaba a punto de comenzar su Pasión: “Miren, subimos a Jerusalén y va a cumplirse todo lo que escribieron los profetas sobre el Hijo del hombre”. De las cosas que debían cumplirse, ahora dice: “Todo está cumplido”, todo está terminado, para que lo que los profetas predijeron sea ahora encontrado como verdad.


     En segundo lugar, San Juan Crisóstomo dice que la palabra “Todo está cumplido” manifiesta que el poder que había sido dado a los hombres y demonios sobre la persona de Cristo les había sido quitado con la muerte de Cristo. Cuando Nuestro Señor dijo a los Sumos Sacerdotes y maestros del Templo “esta es su hora y el poder de las tinieblas”, aludía a este poder. Todo el periodo de tiempo durante el cual, con el permiso de Dios, los malvados tuvieron poder sobre Cristo, fue concluido cuando exclamó “Todo está cumplido”, pues la peregrinación del Hijo de Dios entre los hombres, que había predicho Baruc, vino a su fin: “Este es nuestro Dios y ningún otro será tenido en cuenta ante él. Él penetró los caminos de la sabiduría y la dio a Jacob, su siervo, y a Israel, su amado. Después fue vista en la tierra y conversó con los hombres”. Y junto con su peregrinaje, aquella condición de su vida mortal fue terminada, aquella por la que sentía hambre y sed, dormía y se fatigaba, fue sujeto de afrentas y flagelos, heridas y a la muerte. Y así cuando Cristo en la Cruz exclamó “Todo está cumplido, e inclinando la cabeza, expiró”, concluyó el camino del que había dicho: “Salí del Padre y vine al mundo; otra vez dejo el mundo y voy al Padre”. Esa laboriosa peregrinación fue terminada, sobre lo que había dicho Jeremías: “Esperanza de Israel, salvador en tiempo de la tribulación, ¿por qué estás en esta tierra como un extraño o como un viajero que pasa?”. La sujeción de su naturaleza humana a la muerte fue terminada, el poder de sus enemigos sobre Él fue acabado.


     En tercer lugar concluyó el mayor de todos los sacrificios. En comparación al real y verdadero Sacrificio todos los sacrificios de la Antigua Ley son tenidos como meras sombras y figuras. San León dice: “Has atraído todas las cosas hacia ti, Señor, pues cuando el velo del Templo fue rasgado, el Santo de los Santos se apartó de los sacerdotes indignos: las figuras se convirtieron en verdades, las profecías se manifestaron, la Ley se convirtió en el Evangelio”. Y un poco más adelante, dice: “Al cesar la variedad de sacrificios en los que las víctimas eran ofrecidas, la única oblación de tu Cuerpo y Sangre cubre por las diferencias de las víctimas”. Pues en este único Sacrificio de Cristo, el sacerdote es el Dios-Hombre, el altar es la Cruz, la víctima es el cordero de Dios, el fuego para el holocausto es la caridad, el fruto del sacrificio es la redención del mundo. El sacerdote, digo, era el Hombre-Dios. No hay nadie mayor: “Tu eres sacerdote para siempre, de acuerdo al rito de Melquisedec”, y con justicia de acuerdo al rito de Melquisedec, porque leemos en la Escritura que Melquisedec no tenía padre o madre o genealogía, y Cristo no tenía Padre en la tierra, o madre en el cielo, y no tenía genealogía, pues “¿Quién contará su generación?”; “De mi seno, antes del lucero, te engendré”; “y su salida desde el principio, desde los días de la eternidad”. El altar fue la Cruz. Y así como previamente al tiempo en que Cristo sufrió sobre ella era el signo de la más grande ignominia, así ahora se ha dignificado y ennoblecido, y en el último día aparecerá en el cielo más brillante que el sol. La Iglesia aplica a la Cruz las palabras del Evangelista: “Entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre en el cielo”, pues ella canta: “Esta señal de la Cruz aparecerá en el cielo cuando el Señor venga a juzgar”. San Juan Crisóstomo confirma esta opinión, y observa que cuando “el sol sea oscurecido, y la luna no de su luz”, la Cruz se verá más brillante que el sol en su esplendor al medio día. La víctima fue el cordero de Dios, todo inocente e inmaculado, de quien Isaías dice: “Como oveja será llevado al matadero, como cordero, delante del que lo trasquila, enmudecerá y no abrirá su boca”, y de quien su Precursor había dicho:

“He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo”; y San Pedro: “Sabiendo que han sido redimidos, no con oro, ni con plata, sino con la preciosa sangre de Cristo, como cordero inmaculado y sin mancilla”. Es llamado también en el Apocalipsis “el cordero que fue muerto desde el principio del mundo”, porque el mérito de su sacrificio fue previsto por Dios y fue en beneficio de aquellos que vivieron antes de la venida de Cristo. El fuego que consume el holocausto y completa el sacrifico es el inmenso amor que, como en hoguera ardiente, ardió en el Corazón del Hijo de Dios, y el cual las muchas aguas de su Pasión no pudieron extinguir. Finalmente, el fruto del Sacrificio fue la expiación de los pecados para todos los hijos de Adán, o en otras palabras, la reconciliación del mundo entero con Dios. San Juan en su primera Carta, dice: “Él es propiciación por nuestros pecados, y no tan solo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” y esta es sólo otra manera de expresar la idea de San Juan Bautista: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Una dificultad surge aquí. ¿Cómo pudo Cristo ser al mismo tiempo sacerdote y víctima, puesto que era deber del sacerdote matar a la víctima? Ahora bien, Cristo no se mató a sí mismo, ni podía hacerlo, pues si lo hubiese hecho habría cometido un sacrilegio y no ofrecido un sacrificio. Es verdad que Cristo no se mató a sí mismo, aún así ofreció un sacrificio real, porque pronta y alegremente se ofreció a sí mismo a la muerte por la gloria de Dios y la salvación de los hombres. Pues ni los soldados hubiesen podido aprehenderlo, ni los clavos traspasado sus manos y pies, ni la muerte, aunque estuviese clavado a la Cruz, hubiese tenido ningún poder sobre Él si el mismo no lo hubiese querido así. En consecuencia, con gran verdad dijo Isaías: “Él se ofreció porque él mismo lo quiso”; y Nuestro Señor: “Yo doy mi vida; no me la quita ninguno, yo la doy por mí mismo”. Y aún más claramente San Pablo: “Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio de suave aroma”. Por tanto, de manera maravillosa fue dispuesto que todo el mal, todo el pecado, todo el crimen cometido al poner a muerte a Cristo fuese cometido por Judas y los judíos, por Pilato y los soldados. Ellos no ofrecieron ningún sacrificio, sino que fueron culpables del sacrilegio, y merecían ser llamados no sacerdotes sino miserables sacrílegos. Y toda la virtud, toda la santidad, toda la obediencia de Cristo, que se ofreció a sí mismo como víctima a Dios al soportar pacientemente la muerte, incluso muerte de Cruz, para poder apaciguar la ira de su Padre, reconciliar a la humanidad con Dios, satisfacer la justicia Divina, y salvar la raza caída de Adán. San León expresa de manera hermosa este pensamiento en pocas palabras: “Permitió que las manos impuras de los miserables se vuelvan contra Él, y se convirtieran en cooperadores con el Redentor en el momento en que cometían un abominable pecado”.


     En cuarto lugar, por la muerte de Cristo la gran lucha entre Él mismo y el príncipe del mundo llegó a su fin. Al aludir a esta lucha, el Señor hizo uso de estas palabras: “El juicio del mundo comienza ahora; ahora será expulsado fuera el príncipe de este mundo. cuando sea alzado de la tierra, todo lo atraeré a mí mismo”. La lucha fue judicial, no militar. La lucha fue entre dos demandantes, no dos ejércitos rivales. Satanás disputó con Cristo la posesión del mundo, el dominio sobre la humanidad. Por largo tiempo el demonio se había lanzado ilegítimamente a poseerlo, porque había vencido al primer hombre, y había hecho a él y a todos sus descendientes esclavos suyos. Por esta razón, San Pablo llama a los demonios “principados y potestades, gobernadores de estas tinieblas del mundo”. Y como dijimos antes, incluso Cristo llama al demonio “príncipe de este mundo”. Ahora el demonio no solamente quiso ser príncipe, sino incluso el dios de este mundo, y así exclama el Salmo: “Porque todos los dioses de las naciones son demonios, pero el Señor hizo los cielos”. Satanás era adorado en los ídolos de los gentiles, y era rendido culto en sus sacrificios de corderos y terneros. Por otro lado, el Hijo de Dios, como verdadero y legítimo heredero del universo, demandó el principado de este mundo para Él. Esta fue la disputa decidida en la Cruz, y el juicio fue pronunciado en favor del Señor Jesús, porque en la Cruz expió plenamente los pecados del primer hombre y de todos sus hijos. Pues la obediencia mostrada al Padre Eterno por su Hijo fue mayor que la desobediencia de un siervo a su Señor, y la humildad con la que murió el Hijo de Dios en la Cruz redundó más para el honor del Padre que el orgullo de un siervo sirvió para su injuria. Así Dios, por los méritos de su Hijo, fue reconciliado con la humanidad, y la humanidad fue arrancada del poder del demonio, y “nos trasladó al reino de su Hijo muy amado”.


     Hay otra razón que San León aduce, y la daremos en sus propias palabras. “Si nuestro orgulloso y cruel enemigo hubiese podido conocer el plan que la misericordia de Dios había adoptado, habría reprimido las pasiones de los judíos, y no los habría incitado con odio injusto, por lo que pudiese perder su poder sobre los cautivos al atacar infructuosamente la libertad de Aquel que nada le debía”. Esta es una razón de muchísimo peso. Puesto que es justo que el demonio perdiera toda su autoridad sobre todos aquellos que por el pecado se habían hecho esclavos suyos, porque se había atrevido a poner sus manos sobre Cristo, quien no era su esclavo, quien nunca había pecado, y a quien sin embargo había perseguido a muerte. Ahora, si tal es el estado del caso, si la batalla ha terminado, si el Hijo de Dios ha ganado la victoria, y si “quiere que todos los hombres se salven”, ¿cómo es que tantos en esta vida están bajo el poder del demonio, y sufren los tormentos del infierno en la próxima? Lo respondo en una palabra: lo quieren. Cristo salió victorioso de la contienda, luego de otorgar dos indecibles favores a la raza humana. Primero el abrir a los justos las puertas del cielo, que habían estado cerradas desde la caída de Adán hasta aquel día, y en el día de su victoria, dijo al ladrón que había sido justificado por los méritos de su sangre, a través de la fe, la esperanza, y la caridad: “Este día estarás conmigo en el Paraíso”, y la Iglesia en su exultación, clama: “Tu, habiendo vencido al aguijón de la muerte, abriste a los creyentes el Reino de los Cielos”. El segundo, la institución de los Sacramentos, que tienen el poder de perdonar los pecados y conferir la gracia. Envía a los predicadores de su Palabra a todas las partes del mundo a proclamar: “Aquel que cree, y sea bautizado, será salvado”. Y así nuestro victorioso Señor ha abierto el camino a todos para adquirir la gloriosa libertad de los hijos de Dios, y si hay algunos que no quieren entrar en este camino, mueren por su propia culpa, y no por la falta de poder o la falta de querer de su Redentor.


     En quinto lugar, la palabra “Todo está cumplido” puede ser con justicia aplicada a la conclusión del edificio, esto es, la Iglesia. Cristo nuestro Señor usa esta misma palabra en referencia a un edificio: “Hic homo coepit aedificare et non potuit consummare”, “Este hombre empezó a edificar y no ha podido acabar”. Los Padres enseñan que la fundación de la Iglesia fue hecha cuando Cristo fue bautizado, y el edificio completado cuando murió. Epifanio, en su tercer libro contra los herejes, y San Agustín en el último libro de la Ciudad de Dios, muestran que Eva, que fue hecha a partir de una costilla de Adán mientras dormía, tipifica a la Iglesia, que fue hecha del costado de Cristo mientras dormía en la muerte. Y resaltan que no sin razón el libro del Génesis usa la palabra "construyó", y no "formó". San Agustín prueba que el edificio de la Iglesia comenzó con el bautismo de Cristo, con las palabras del Salmista: “Dominará de mar a mar y desde el río hasta los confines de la redondez de la tierra”. El reino de Cristo, que es la Iglesia, comenzó con el bautismo que recibió de manos de San Juan, por la que consagró las aguas e instituyó ese sacramento que es la puerta de la Iglesia, y cuando la voz de su Padre fue claramente escuchada en los cielos: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. Desde ese momento nuestro Señor empezó a predicar y a reunir discípulos, quienes fueron los primeros hijos de la Iglesia. Y todos los sacramentos derivan su eficacia de la Pasión de Cristo, aunque el costado de Nuestro Señor fue abierto después de su muerte, y sangre y agua, que tipifican los dos sacramentos principales de la Iglesia, fluyeron. El fluir de la sangre y el agua del costado de Cristo luego de su muerte fue una señal de los sacramentos, no de su institución. Podemos concluir entonces que la edificación de la Iglesia fue completada cuando Cristo dijo: “Todo está cumplido”, porque nada quedó luego más que la muerte, que sucedió inmediatamente, y cumplió el precio de nuestra redención.



San Roberto Belarmino: “Sobre las siete palabras pronunciadas por Cristo en la Cruz” Capítulo XII



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