San Juan Bautista

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sábado, 2 de noviembre de 2013

SEMBLANZA, MUERTE Y VICTORIA DE JUANA DE ARCO – Por Santiago Vilas Torruela

SEMBLANZA
  Juana no puede ser comparada a otras mujeres que se hicieron famosas haciéndose pasar por varones. En absoluto puede ser considerada Juana como travestida. Si se le aplicó la ley contra el travestismo que se encuentra en el Deuteronomio, esta aplicación fue inicua. Ella nunca pretendió desentenderse de su condición femenina, que por otra parte era bastante patente. Aprendió a firmar “JOHANNA”, y se autodenominaba “LA POUCELLE”, la Doncella, alusión a su virginidad, y sobre todo a su espíritu de servicio, pues “poucelle” en francés o “doncella” en español, son también equivalentes a “sirvienta”, “ancilla” en latín. Era probablemente un testimonio de su voluntad de imitar a la Madre de Dios, que se llamó a sí misma “ancilla Domini”, esclava del Señor.

La indumentaria y corte de pelo de Juana, —que por cierto hoy se considerarían perfectamente femeninos—, correspondían a su condición militar, que ella había adoptado por indicación de “sus voces”, según podremos leer en sucesivos capítulos. Debía cumplir los Reglamentos y Ordenanzas Militares, escritos o no, en lo posible, y en esto podía, y los cumplía.

  Juana era vista, incluso en la Corte de Carlos VII, como una muchacha bella, simpática, sensible y buena; pero era absolutamente respetada, como mujer y como jefe. Tenía una voz poderosa; pero de timbre inequívocamente femenino, similar al de una buena soprano de ópera, con la que arengaba o proporcionaba soberanas broncas a sus tropas, que éstas aceptaban sumisamente.

  Con su estatura de escasamente 1,60 m. y cabellos negros, era fuerte y ágil; pero no hombruna. Su cuerpo compaginaba la gracia femenina y la potencia, como el de una buena gimnasta olímpica.

  Por otra parte, Juana era una muchacha iletrada. En su casa había aprendido a lavar, coser y cocinar. Luego, a combatir. Sólo había aprendido a firmar para dar valor a las comunicaciones escritas por personas de su confianza.

  Sin embargo, durante su juicio de condenación, se enfrenta a los teólogos de la Universidad de París, que a pesar de todos sus esfuerzos no consiguen confundirla. Por el contrario, Juana resuelve las cuestiones más sutiles con precisión y ortodoxia admirables…

  En cuanto a su actividad bélica, en algunas ocasiones al frente de unos efectivos equivalentes a una división actual, que la obedecían ciegamente, aún hoy no nos resulta fácilmente imaginable.

  Y sin embargo, Juana no sólo tuvo buena acogida entre sus subordinados, que ya es tener, es que además, el tribunal que la condenó tanto la comprendía, que tuvo que acudir a innumerables argucias y trampas para poder llegar a una sentencia políticamente prestablecida.

  Cuando Juana fue hecha prisionera, era el héroe francés, el gran héroe que había dado la vuelta a la guerra, y que había devuelto la moral de victoria a los franceses o ejército Armagnac. Había que desacreditarlo como fuera, tenía que desdecirse y retirarse a “sus labores”, o declararla bruja, hereje o lo que fuera, y condenarla a una muerte ignominiosa, a la hoguera a ser posible. Y no se reparó en medios, empezando por aplicarle un juicio religioso por motivos políticos, en vez de un juicio militar como en todo caso le hubiera correspondido.

MUERTE Y VICTORIA DE JUANA DE ARCO
Cuando un proceso inquisitorial concluía un delito que podía ser castigado con pena de muerte, se citaba al tribunal inquisitorial, al reo, y a un tribunal civil, en el presunto lugar de la ejecución.

  Todos reunidos, en primer lugar el tribunal eclesiástico dictaba sentencia y entregaba el reo al tribunal civil.

  A continuación, el tribunal civil emitía su propia sentencia, que podía ser de muerte, y en este caso se llevaba a cabo el ajusticiamiento en forma sumarísima, es más, inmediata...

  Pero no fue exactamente así como se procedió con Juana. Realmente, no llegó a existir sentencia civil. La Doncella es la única persona que consta en la historia, enviada a la muerte, directamente, por sus jueces eclesiásticos, tal como se narrará más adelante.

  Estamos en la mañana del 30 de mayo de 1431, miércoles.

  Jean Toutmouillé narrará que Cauchon envió un confesor, el hermano Martin Ladvenu, a Juana, para comunicarle que iba a ser quemada, y confesarla si era oportuno. Siempre según él, La Doncella efectúa un doloroso monólogo lamentando su forma de morir y tirándose de los cabellos hasta arrancárselos. Aparte de que Juana ya tenía asumido el suplicio del fuego, el detalle de los cabellos traiciona al testigo: Recordemos que a la prisionera se le había afeitado la cabeza menos de una semana antes.

  En fin, lo cierto es que el hermano Martin Ladvenu acude a la celda de Juana y ésta, tras confesarse, solicita una vez más la comunión. El hermano Martin acude a consultar a Cauchon y, asombrosamente, tras una breve reunión con los asesores, éste accede. ¡Precisamente cuando va a excomulgarla oficialmente!

  Así pues, vuelve el hermano Martin a la celda, con el Señor Sacramentado, y acompañado por el hermano Toutmouillé. Llevan al Señor sin luces, de forma poco reverente según denunciará Jean Massieu.

  Ladvenu protesta, y le llevan luces y una estola.

  Juana comulga entre lágrimas, y con una devoción que admira a los dos religiosos.

  Juana no cesa de llorar. Es la manifestación de su natural horror a una muerte inmediata y atroz, que sin embargo ha aceptado con toda su consciencia.

  Todavía llega a la celda el maestre Pierre Maurice, y La Doncella, que sufre un feroz dolor moral ante su excomunión, que se va a producir “de facto” instantes antes de morir, por mucho que sea pretendiendo cumplir la Voluntad de Dios, le pregunta:

“Maestre Pedro, ¿dónde estaré yo esta tarde?”
Pierre Maurice se compadece. Sabe que la sentencia es injusta, que la excomunión de Cauchon sólo puede ser eficaz contra el propio Tribunal que la emite; pero no puede ser más explícito, y así responde:
“¿No tienes buena esperanza en Dios?”
Y Juana:
Sí. Con la ayuda de Dios, estaré en el Paraíso.

  Enseguida, Juana se viste con una larga túnica y cubre su cabeza con una mitra que lleva escritas las causas de la condena, y que le son entregadas para el suplicio, sale de la celda, y sube a una carreta que la va a transportar al Mercado Viejo. A un lado va el confesor, Martin Ladvenu, y al otro el ujier responsable de los traslados, Jean Massieu.

  ...hay un gran número de ciudadanos de Rouen y sus alrededores, y cuando llega Juana, es colocada sobre una plataforma elevada, a la vista de todos, también del Tribunal Civil, presidido por el alcalde de Rouen, acompañado por su teniente alcalde.

  “Y para amonestarla saludablemente y edificar al pueblo, fue efectuada una solemne predicación a cargo del insigne doctor en teología, maestre Nicolás Midi. Él tomó por tema la palabra del Apóstol, capítulo 12 de la primera epístola a los Corintios: “Si un miembro sufre, todos lo demás sufren con él”

  Juana escucha el sermón entre sollozos; pero con gran paciencia y dando signos de contrición.

  Nicolás Midi, al terminar el sermón, se siente excesivamente cansado…

  Cauchon ya tiene en sus manos la deseada condena de La Doncella; pero le falta lo que para él es lo más importante. Que ésta afirme que se ha equivocado.

  A este fin destinará un último forcejeo antes de leer la sentencia; pero es en vano. Juana se arrepiente de todo lo que ha hecho mal; pero no renegará de lo que ella conoce Voluntad de Dios.

  ¿Se siente engañada por sus voces? No, en absoluto. Ya durante el
Proceso había confesado su sospecha de que “la liberación por gran victoria” se refiriera a su martirio, y que así se lo había preguntado a sus voces sin que éstas se lo aclararan más.

  Y el Obispo Pierre Cauchon lee la sentencia eclesiástica definitiva:
“En el nombre del Señor, ...nosotros juzgamos que eres REINCIDENTE y HEREJE; y por esta sentencia que, sentándonos en este tribunal, llevamos en este escrito y pronunciamos, nosotros estimamos que, un miembro hasta tal punto podrido, para que tú no infectes a los otros miembros de Cristo, tú debes ser expulsada de la unidad de la dicha Iglesia, seccionada de su cuerpo, y debes ser enviada a la potencia secular; y nosotros te expulsamos, te separamos, te abandonamos, rogando que esta misma potencia secular sea moderada en su sentencia contra ti, antes de llegar a la muerte y mutilación de miembros; y, si aparecen en ti verdaderos signos de arrepentimiento, que te sea administrado el sacramento de la penitencia”.

  Tras el texto de esta sentencia definitiva, en las Actas se incluye también el texto de la sentencia empezada a leer e interrumpida, en el cementerio de Saint Ouen.

  Mientras, en el Mercado Viejo, ante la intranquilidad de Cauchon, algo empieza a ocurrir.

  Cada vez se oyen menos risas y, por el contrario, el llanto de La
Doncella parece propagarse.

  Uno de los más afectados parece ser Louis de Louxembourg, ahora obispo de Thérouanne. No parece un hombre de malos sentimientos.

  Cuando su hermano apresó a Juana, debió estar conforme con el trato digno que se la dispensó, y no sabemos si estaría muy de acuerdo con Juan, cuando éste la vendió a los ingleses con destino al ya inminente fin.

  Juana pide a todos que la perdonen de los males que hayan podido sufrir por su causa, y que recen por ella. A los sacerdotes presentes, les pide concretamente que cada uno de ellos celebre una Misa por su alma.

  En su humildad, pide a Dios que el suplicio no sea largo, no se diera el caso que el dolor la hiciera renegar.

  La hoguera ya está preparada. Es una hoguera enorme, y además montada sobre una alta base de escayola, que la hace más alta. De la cúspide sobresale un grueso poste esperando al reo, para que sea sujetado a él.

  Juana pide una cruz, y un soldado inglés le confecciona una, con dos palos atados procedentes de la propia hoguera. Juana se la agradece, y se la coloca bajo la túnica, sobre su pecho, deslizándola por la abertura superior del vestido. Y pide que le presenten un crucifijo, para verlo durante la agonía.

  El hermano Martin Ladvenu recoge una cruz procesional que estaba en la próxima parroquia de San Salvador. Se la muestra a La Doncella, y ésta se abraza a ella larga y devotamente.

  Un capitán inglés se impacienta, y le dice al ujier Jean Massieu, que
está en todo momento junto a Juana: “Cómo, padre, ¿nos haréis almorzar
aquí?” Y sin más, la cogen y la presentan al verdugo, diciéndole: “Haz tu
oficio”.

  No ha habido sentencia por parte del Tribunal Secular, que asiste sorprendido.

  El verdugo recibe a Juana excusándose. Es costumbre que, tras encender el fuego y subir las primeras llamas, siempre acompañadas de humo, el verdugo se acerque por detrás al reo, y lo mate estrangulándolo rápidamente, de modo que el fuego consuma un cadáver. Pero en su caso no va a ser posible, la hoguera es demasiado alta. Ella morirá realmente quemada viva.

  Juana sube a la hoguera por una escalera sin dejar de dar muestras de contrición, y es encadenada al poste, con las manos por detrás. Mientras,
Martín Ladvenu mantiene la Cruz en alto, para cumplir el deseo de La
Doncella.

  Cuando el fuego es encendido, y tras invocar a San Miguel, Juana llama a gritos a su Amado, por quien da ahora su vida: “¡Jesús!, ¡Jesús!”.

  Según contará Ysambart de La Pierre, un soldado inglés que había jurado poner un haz de leña en la pira con su propia mano, en el momento de hacerlo oye a Juana invocando a Jesús, y queda estupefacto y como en éxtasis. Tiene que ser llevado a una taberna próxima, donde le dan de beber para reanimarlo. Tras desayunar, declara a través de un fraile inglés de la Orden de Predicadores que había pecado gravemente, que se arrepentía de todo el odio que había sentido contra Juana, y que la tenía por una santa. Que el mismo inglés decía haber visto como, al expirar Juana, una paloma blanca había salido de la hoguera en dirección a Francia...

  La muerte ha sido relativamente rápida. Se ha oído a Juana repetir el nombre de Jesús hasta cinco veces, antes de perder el uso de su voz entre toses.

  Me viene a la mente el fragmento de la carta de San Pablo a los
Filipenses, (2, 5 – 11), que dice así: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a si mismo tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres y, mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exaltó y 1e otorgó el nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: ¡Jesucristo es el Señor!, para gloria de Dios Padre”.

Y JUANA OBEDECIÓ.

  El clérigo Jean Fleury dice que el verdugo no pudo quemar el corazón de Juana, que éste se mantuvo entero y lleno de sangre, y que se le ordenó lanzarlo al río Sena, junto con las cenizas que le habían hecho recoger.

  Y se dice que el verdugo, tras la ejecución, estaba desolado, convencido de que había matado a una santa.

  Este sentimiento es compartido por muchos más, entre ellos el maestre Jean Tressard, secretario del rey de Inglaterra, que sale del suplicio de Juana afligido y gimiendo, llorando entre lamentos, y diciendo: “Estamos todos perdidos, porque es una persona santa y buena la que ha sido quemada”.

  El maestre Jean Alépée, canónigo de Rouen, llora abundantemente y dice: “Yo quisiera que mi alma estuviera donde yo creo que está el alma de esta mujer”.

  Y se hacen numerosas declaraciones de este tipo.

  Y ruego a mis queridos lectores y lectoras, que me permitan desvariar un poco, dejando que mi imaginación elucubre sobre lo que “ningún ojo vio, ni oído oyó, ni ha pasado por el corazón del hombre”.

  Imagino a Juana recibida inmediatamente por sus consejeras Santa
Catalina y Santa Margarita, que la invitan a formar parte con ellas del Coro de las Vírgenes y Mártires. Recibida por San Luis rey de Francia, por nuestro San Fernando III rey de Castilla y León, por San Esteban rey de Hungría, por el Santo rey David, santos reyes guerreros; por los otros santos héroes guerreros, Sansón, Eleazar, Judith... y San Miguel concediéndole honores militares al frente de las inimaginables Milicias Celestiales ...San Pablo, Santo Tomás de Aquino, San Alberto Magno, San Agustín...los grandes santos teólogos, científicos, Padres de la Iglesia, aplaudiendo la corrección de su doctrina ante el tribunal que la condenó ...

  Todo con la simultaneidad propia de la Eternidad..., ¡y esto sólo como Gloria Accidental!


¡Es realmente la Gran Victoria de Juana!

SANTIAGO VILAS TORRUELLA "JUANA DE ARCO: Un reto de la historia" 2012. Pags. 5 a 7 y 322 a 329


Santa Teresita de Lisieux preparándose para una de sus dos interpretaciones
 de Santa Juana de Arco, según una obra escrita por ella misma.

Nacionalismo Católico San Juan Bautista

2 comentarios:

  1. Una santa muy poco reverenciada y valorada.
    Para mi el claro ejemplo de la actividad soberana de Dios Creador, El cual se vale de lo débil para confundir a lo fuerte.
    Además, Santa Juana fue imprescindible para el plan de Dios. Que hubiera sido de Francia bajo el contro total de Inglaterra, la cual en pocos años sería protestante?
    Dios debía, en Su plan de Salvacion salvar a Francia.
    Y se valió de lo más debil y despreciado (una niña campesina y analfabeta) Porque lo débil para el mundo puede ser convertido en fuerte por el Creador.
    La labor de esta Santa de Dios debe ser descubierta ahora mas que nunca, en tiempos finales serán los mas pequeños, los que no tienen orden clerical, ni poder de mandato eclesial los que tomaran las armas espirituales para combatir en la batalla final por las almas.
    Juana me emociona. No tuvo compañeras mujeres, no tuvo la cierta comodidad de un claustro. Solo su Fe y Su Amor por el "Rey del Cielo" como lo llamaba, fueron los baluartes en las que sostuvo su misión.
    Una santa con una misión extraordinaria, como tal vez no hubo desde Judith. Y a todas luces creo que la sobrepasa.
    Pidamos por su intercesion por la Francia de hoy y por todas las "Juanas" que saldrán a la luz en los últimos tiempos. QUIEN COMO DIOS? NADIE COMO DIOS!
    Juana Perseo

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