San Juan Bautista

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lunes, 30 de septiembre de 2013

Rev. P. Alfredo Saenz - "Las dos mujeres del Apocalipsis" (VIDEO)

Concluímos con la Segunda conferencia brindada
el 14 de Septiembre de 2013 por el
Rev. Padre Alfredo Saenz S.J.
en San Miguel de Tucumán, auspiciada por:

Nacionalismo Católico San Juan Bautista


Primera conferencia Mons. Dr. Juan Claudio Sanahuja Aquí



  Queremos agradecer el desinteresado trabajo de estos valientes soldados de Cristo al hacer un gran esfuerzo para traer un poco de luz a la gente de nuestra provincia, y a todas la personas que colaboraron para hacer posible este evento.




domingo, 29 de septiembre de 2013

La Iglesia en los tiempos del Anticristo

Extracto de una carta del obispo Horsley, en Oxford en 1838.

  En los tiempos del Anticristo, la Iglesia de Dios sobre la tierra, como podemos imaginar, verá grandemente reducido el número aparente de sus fieles, debido a la abierta deserción de los poderes de este mundo. Esta deserción comenzará por una indiferencia hacia toda forma de cristianismo, bajo la apariencia de tolerancia universal. Más dicha tolerancia no procederá del verdadero espíritu de caridad e indulgencia sino de un designio de minar el cristianismo por la multiplicación y el fomento de las sectas. Dicha pretendida tolerancia irá mucho más allá de una justa tolerancia, incluso en lo que concierne a las diferentes sectas de cristianos. Pues los gobiernos pretenderán ser indiferentes a todas y no darán protección preferencial a ninguna. Todas las Iglesias establecidas serán echadas a un lado. De la tolerancia del islamismo, del ateísmo y por fin, a la persecución explícita de la verdad del cristianismo. En aquellos tiempos el Templo de Dios se verá prácticamente reducido al Sancta Sanctorum, esto es, al pequeño número de verdaderos cristianos que adoren al Padre en espíritu y verdad, y que rijan estrictamente su doctrina y su culto, y toda su conducta, por la Palabra de Dios. Los cristianos meramente nominales abandonarán la profesión de la verdad cuando los poderes del mundo lo hagan. Pienso que este trágico suceso está tipificado por la orden de San Juan de medir el Templo y el Altar, y de permitir que el atrio (las iglesias nacionales) sea pisoteado por los gentiles. Los bienes del clero serán entregados al pillaje, el culto público será insultado y rebajado por estos desertores de la fe que una vez profesaron, quienes no pueden ser llamados apóstatas pues nunca fueron sinceros en su profesión. Ésta no fue más que condescendencia con la moda y la autoridad pública. En el fondo siempre fueron lo que ahora demuestran ser: paganos.

  Cuando esta deserción general de la fe tenga lugar, entonces comenzará el ministerio de los dos testigos de sayal (Ap. XI,3). No habrá nada de esplendor en la apariencia externa de sus iglesias; no tendrán apoyo de los gobiernos, no tendrán honores, ni emolumentos, ni inmunidades, ni autoridad; solo tendrán aquella que ningún poder humano puede arrebatar, y que ellos reciben de Aquel que les ha encargado ser Sus Testigos.

JOHN H. NEWMAN – “Cuatro sermones sobre el Anticristo” Ed. Portico 1999.


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viernes, 27 de septiembre de 2013

UNOS ABREN LOS OJOS, OTROS LOS BLINDAN - Por Flavio Infante

  A sólo medio año de la elección del Neopapa, es todo un intercambio de obsequios el que parece entablarse entre éste y mundo, al punto que ya no se sabe quién es quién, tan perfecta la reciprocidad. Sin agravio de lo mudable de sus máximas, el mundo pontifica, impone, y el Papa asiente; y la confusión de las lenguas -y de las personas- es un hecho, pese al pensamiento único. Lo peor es que cuando el uno sofistica, el otro -a sabiendas de ello- lo celebra, y viceversa. Es tanta, al fin, la complicidad en la falsía como para que no quepan dudas de que unas miasmas de veras irrespirables se han apoderado de la atmósfera común, al punto de urgir la fuga al yermo para evitar la muerte por asfixia.

  ¿Un papa que, no bastándole la mole de insulseces proferidas a instancias de reiterada y ordenada prevaricación, se permite al fin proponer una «relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea», como consta en la trajinada entrevista que le hizo el director de La Civiltà Cattolica (AQUÍ), sin advertir que es exactamente al revés, que es el Evangelio aquel a cuya luz debe «releerse» o bien medirse toda cultura y todo tiempo histórico? ¿Un papa que, a propósito de los homosexuales, lanza la enormidad de que «la religión tiene derecho de expresar sus propia opiniones al servicio de las personas, pero Dios en la creación nos ha hecho libres: no es posible una injerencia espiritual en la vida personal», trocando al mismo tiempo el deber por el derecho, la certeza por la opinión, poniendo al libre albedrío poco menos que como garante del pecado, y haciendo de la exhortación una injerencia? «Estoy pensando en la situación de una mujer que tiene a sus espaldas el fracaso de un matrimonio en el que se dio también un aborto. Después de aquello, aquella mujer se ha vuelto a casar y ahora vive en paz con cinco hijos. El aborto le pesa enormemente y está sinceramente arrepentida. Le encantaría retomar la vida cristiana. ¿Qué hace el confesor?», pregunta retórica esta última que sugiere la extensión de la comunión a aquellos que incurren -a no ser se corrija y expurgue el Evangelio (Mt 5,32; 19,9)- en adulterio. La «paz» a la que alude aquí Bergoglio, ¿según cuál de sus acepciones debe entenderse?

  Se comprende que para el insultante historicismo de esta ralea de pastores sea poco menos que una reliquia paleolítica aquel pasaje del Código de Derecho Canónico -tanto en su vieja redacción como en la más reciente- que recuerda que «no deben ser admitidos a la sagrada comunión los excomulgados y los que están en entredicho después de la imposición o declaración de la pena, y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave» (can. 915, incluyéndose en este último caso, según manifiesta enseñanza, a los divorciados vueltos a casar siquiera por civil). El propio Juan Pablo II recordó categóricamente en la Familiaris consortio que «la Iglesia, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez (...) dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio». En verdad, lo que hace Bergoglio una y otra vez es ensalzar aquella misma moral situacional que oportunamente, advertido su peligro, condenara sin titubeos el papa Pío XII.

  En ese haz de páginas que vierten la entrevista mencionada no faltan alusiones sinuosas a todos los temas sobre los que hoy se cierne la controversia más amañada (la situación de la mujer en la Iglesia, el Vetus Ordo Missae y la tradición católica, etc.). Resulta penoso tener que seguirlo, oponiendo a la campanada de sus auténticas provocaciones (repetidas según una obvia clave interpretativa por los medios) estas sordas quejas desde la espelunca, desde la propia y prosaica "periferia existencial", para un puñado de benévolos lectores. Baste comprobar lo ya sabido a su respecto: la tesis común a todos los temas abordados se reduce a la variabilidad de la moral y los contenidos de fe según los tiempos corran. Lo sugiere el Papa -y usamos a conciencia términos como «insinuar» o «sugerir», que si algo evita deliberadamente Francisco es la precisión argumentativa- trayendo a cuento a san Vicente de Lerins, que «compara el desarrollo biológico del hombre con la transmisión del depositum fidei de una época a la otra... El hombre, con el tiempo, cambia su modo de percibirse. Una cosa es el hombre que se expresa esculpiendo la Nike de Samotracia, otra la de Caravaggio, otra la de Chagall y, todavía, otra la de Dalí». Más desacordado no podía ser el símil: permaneciendo una y la misma la naturaleza humana, la auto-percepción del hombre ha cambiado, en efecto, con el tiempo, según los accidentes que afectan al proceso cognitivo, cuyos resultados son siempre provisionales. En el caso del auto-conocimiento del hombre, uno mismo es el objeto y el sujeto del conocer. De los dogmas, en cambio, expresivos de una verdad sobrehumana e inmutable, cabe decir que si el modo de exponerlos varía con las épocas y las lenguas, su sentencia -que equivale, como es dable observar, a la "percepción" de los mismos: ex sentire sententia- no cambia, siendo bien célebre el apotegma de Lerins, que reconoce en todo caso que, aunque puedan variar los modos de la expresión, se conservan siempre el sentido y la sentencia: eodem sensu eademque sententia. Traer en este punto a un autor sacro para hacerle decir lo contrario de lo que enseña, ya nos parece demasiado.

  De ese mismo mundo que Francisco se esmera en lisonjear, y que comparte con él las veleidades progresistas, no han faltado últimamente voces que delatan el hastío ante lo que ya resulta una demasía actoral. Así, desde las Galias, uno se sirvió llamarlo «demagogo» y «autócrata», sin menoscabo de admitir que considera a éstas las cualidades más oportunas para el gobierno de la Iglesia en esta difícil sazón. A nuestra mayor deshonra y con no poca razón (casi un eco más atinado de aquel ¿de Galilea puede salir algo bueno?) el mismo escriba espetó que "no podía esperarse otra cosa del país que había parido a Perón y al Che Guevara". Otro, tenido en Italia en la categoría de los "ateos devotos" (es decir, intelectuales ajenos a la Iglesia pero que le reconocen a ésta al menos su inestimable carácter civilizador), no se abstuvo de asociar la lejana experiencia docente del Papa -que a través de la lectura de obras como «La casada infiel», de García Lorca, conducía a sus alumnos por las ulterioridades menos sensuales de la filosofía- con la condición hodierna de la Iglesia católica, esposa infiel toda vez que deviene meramente «pobre para los pobres, hospital de campaña de la misericordia, de las gasas y los buenos sentimientos (...) Es menester apuntar al fortalecimiento de los cuerpos y a la curación de cualquiera de sus partes mucho más que a la salvación de las almas o a las virtudes. Ahora el Evangelio se yergue contra la doctrina. Aquel libro bellísimo y salvaje, que es también un memorial misterioso y confuso, ese libro que desde hace veinte siglos buscamos explicarnos, porque la simplicidad es difícil de comprender, se convierte en la fiebre de bien y comprensión humana contra el cinismo catequético de la doctrina, contra los pequeños preceptos». Para rematar: «qué hallazgo genial, qué huevo de Colón. No sólo la Iglesia absuelve al mundo, sino que asume sus medios, se arrastra evangélicamente hacia un subjetivismo modernista de tipo antiguo, hacia su raíz, hacia la moral de la intención (...) Ahora la Iglesia se hace hija del mundo y su adulterio sentimental está a la vista de todos».

  Sería irritante reconocer que un pontífice, en el insalubre intercambio verbal con el mundo moderno al que se ve conminado por razón de su oficio, anteponga la prudentia carnis a la proclamación de la verdad. Pero no debe ser éste el caso de Francisco, o al menos no principalmente, aunque a una primera vista pudiera parecer así. No son fácilmente compatibles con la psicología del cobarde los ascensos meteóricos que Bergoglio experimentó a lo largo de su carrera eclesiástica, ni su frecuente y exhibida coyunda con agentes anticristianos -en un alarde de "libertad evangélica" que parece más su grotesco remedo que otra cosa-, ni su deliberado abordaje de las cuestiones morales más incómodas desde perspectivas que, al menos, ponen en riesgo la afirmación de la doctrina común.

  Huelga advertir, entonces, en relación a las profusas semidicciones de Francisco -y pese a la poca provisión de colirio en un mundo dado a tantas distracciones visuales- que quedan ojos aún activos, y que no faltan quienes le van tomando el pulso al sujeto: «el que habla puede ser malinterpretado por malicia ajena o por propia ambigüedad. Ser constantemente malinterpretado por todos, sin embargo, sólo puede significar dos cosas: o hay una conjura de todos los medios de comunicación amigos del incomprendido, o bien es el mismo malinterpretado aquel que quiere serlo, porque usa un lenguaje que se presta muy bien a este juego. Si el incomprendido no hace nada por desmentir a quien constantemente lo malinterpreta y aun más, le va bien que así sea, queda una de dos: o cuando habla no le interesa hacerse entender, o bien, simplemente, quien lo interpreta lo ha entendido a la perfección. El presunto incomprendido resulta, en cambio, perfectamente comprendido».

  Que tomen nota de ello los "teólogos" laicos -y consagrado- del sitio InfoCatólica, atareados fatigosamente en cargar, como Sísifo su peñón, las boutades de Su Santidad, demostrando ser ya casi los únicos en no haberlo comprendido. ¿No es risible venir a recordar, cuando este ramillete semestral de anfibologías pontificias ya derrama su fragancia por todos lados, que la enseñanza del Papa no se ve comprometida mientras éste no se pronuncie ex cathedra? Estas manifestaciones de confianza a toda costa, este ponerle buena cara al tan mal tiempo, ¿las inspira venalidad o tontería?

  Bastante tenemos que soportar y contestar el contrapunto que el mundo opone a la buena doctrina para que sea el propio Papa quien viene a proponer una «relectura» del Evangelio y de la misión de la Iglesia como un capítulo de la evolución dialéctica. Llevados a sus últimas consecuencias sus contrastes y antinomias, la reversibilidad de las certezas a que induce su calculado fraseo, ya nos parece ver estampada (en una encíclica-bomba, o poco menos) aquella blasfema fórmula de Proudhon: Dios es el mal. Mientras, y en tanto no cruce el umbral del sacrilegio explícito, la doctrina católica viene a ser en sus labios como esas míseras aves embreadas por la contaminación marina que, no pudiendo poner los pies en tierra, tampoco alcanzan a levantar vuelo, ennegrecidas y mustias, una auténtica y luctuosa sombra de lo que eres.



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jueves, 26 de septiembre de 2013

PERPLEJIDAD, una carta al Papa Francisco - Por Lucrecia Rego de Planas

  Comparto con ustedes la carta que envié esta mañana a nuestro Papa Francisco. Confío en que la recibirá en un par de días más a partir de hoy.

Huixquilucan, México, a 23 de septiembre del 2013

  Muy querido Papa Francisco:

  Me da mucho gusto tener esta oportunidad para saludarte.

  Seguramente no te acordarás de mí y lo comprendo, pues, viendo a tanta gente cada día, debe ser muy difícil para ti recordar a todas las personas con las que has dialogado y convivido en algún momento de tu vida.

  A lo largo de los últimos 12 años, coincidimos, tú y yo, varias veces, en algunas reuniones, encuentros y congresos eclesiales que se llevaron a cabo en ciudades de Centro y Sudamérica con distintos temas (comunicación, catequesis, educación), lo cual me dio la oportunidad de convivir contigo durante varios días, durmiendo bajo el mismo techo, compartiendo el mismo comedor y hasta la misma mesa de trabajo.

  En aquel entonces, tú eras el Arzobispo de Buenos Aires y yo era la directora de un importante medio de comunicación católico. Ahora, tú eres nada más y nada menos que el Papa y yo soy… sólo una madre de familia, cristiana, con un esposo muy bueno y nueve hijos, que da clases de Matemáticas en la Universidad y que trata de colaborar lo mejor que puede con la Iglesia, desde el lugar en que Dios le ha puesto.

  De aquellas reuniones en las que coincidimos hace ya varios años, recuerdo que en más de una ocasión te dirigiste a mí diciéndome:
– "Niña, decime Jorge Mario, que somos amigos", a lo que yo respondía asustada:
– "De ninguna manera, Sr. Cardenal! ¡Dios me libre de tutear a uno de sus príncipes en la Tierra!

  Ahora, en cambio, sí me atrevo a tutearte, pues ya no eres el Card. Bergoglio, sino el Papa, mi Papa, el dulce Cristo en la tierra, a quien tengo la confianza de dirigirme como a mi propio padre.

  Me he decidido a escribirte porque estoy sufriendo y necesito que me consueles.

  Te explicaré lo que me sucede, tratando de ser lo más breve posible. Sé que te gusta consolar a los que sufren y ahora, yo soy uno de ellos.

  Cuando te conocí por primera vez, siendo el cardenal Bergoglio, y durante esas convivencias cercanas, me llamaba la atención y me desconcertaba que nunca hacías las cosas como los demás cardenales y obispos. Por poner algunos ejemplos: eras el único entre ellos que no hacía la genuflexión frente al sagrario ni durante la Consagración; si todos los obispos se presentaban con su sotana o traje talar, porque así lo requerían las normas de la reunión, tú te presentabas con traje de calle y alzacuellos. Si todos se sentaban en los lugares reservados para los obispos y cardenales, tú dejabas vacío el sitio del cardenal Bergoglio y te sentabas hasta atrás, diciendo “aquí estoy bien, así me siento más a gusto”. Si los demás llegaban en un coche correspondiente a la dignidad de un obispo, tú llegabas, más tarde que los demás, ajetreado y presuroso, contando en voz alta tus encuentros en el transporte público que habías elegido para llegar a la reunión.

  Al ver esas cosas, ¡qué vergüenza contártelo!, yo decía para mis adentros:
– “Uf… ¡qué ganas de llamar la atención! ¿por qué no, si quiere ser de verdad humilde y sencillo, mejor se comporta como los demás obispos para pasar desapercibido?”.

  Mis amigos argentinos que también asistían a esas reuniones, notaban de alguna manera mi desconcierto, y me decían:
“No – "No eres la única. A todos nos desconcierta siempre, pues sabemos que tiene los criterios claros, ya que en sus discursos formales muestra unas convicciones y certezas siempre fieles al Magisterio y a la Tradición de la Iglesia; es un valiente y fiel defensor de la recta doctrina. Pero… al parecer, le gusta caerle bien a todos y estar bien con todos, así que puede un día decir un discurso en la TV en contra del aborto y, al día siguiente, en la misma TV, aparecer bendiciendo a las feministas pro-aborto en la Plaza de Mayo; puede decir un discurso maravilloso contra los masones y, unas horas después, estar cenando y brindando con ellos en el Club de Rotarios.”

  Mi querido Papa Francisco, ése fue el Card. Bergoglio que conocí de cerca: un día charlando animadamente con Mons. Duarte y Mons. Aguer acerca de la defensa de la vida y de la Liturgia y, ese mismo día, en la cena, charlando, igual de animadamente, con Mons. Ysern y Mons. Rosa Chávez acerca de las comunidades de base y las terribles barreras que significan “las enseñanzas dogmáticas” de la Iglesia. Un día, amigo del Card. Cipriani y del Card. Rodríguez Maradiaga, hablando de la ética empresarial y en contra de las ideologías de la Nueva Era y, un rato después, amigo de Casaldáliga y Boff hablando de lucha de clases y de "la riqueza" que las técnicas orientales pueden aportar a la Iglesia.

  Con estos antecedentes, comprenderás que abrí unos ojos enormes en el momento que escuché tu nombre después del “Habemus Papam” y, desde ese momento (antes de que tú lo pidieras) recé por ti y por mi querida Iglesia. Y no he dejado de hacerlo ni un solo día, desde entonces.

  Cuando te vi salir al balcón, sin mitra y sin muceta, rompiendo el protocolo del saludo y la lectura del texto en latín, buscando con ello diferenciarte del resto de los Papas de la historia, dije sonriendo preocupada para mis adentros:
– “Sí, no cabe duda. Se trata del cardenal Bergoglio”.

  Durante los días que siguieron a tu elección, me diste varias oportunidades para confirmar que eras el mismo a quien yo había conocido de cerca, siempre buscando ser diferente, pues pediste zapatos distintos, anillo distinto, cruz distinta, silla distinta y hasta habitación y casa distinta al resto de los Papas, que siempre se habían acomodado humildemente a lo ya existente, sin requerir de cosas “especiales” para ellos.

  En esos días estaba yo tratando de recuperarme del dolor inmenso que sentía por la renuncia de mi queridísimo y admiradísimo Papa Benedicto XVI, con quien me identifiqué desde el inicio de manera extrema, por su claridad en sus enseñanzas (es el mejor profesor del mundo), por su fidelidad a la Sagrada Liturgia, por su valentía en defender la recta doctrina en medio de los enemigos de la Iglesia y por mil cosas más que no enumeraré. Con él en el timón de la Barca de Pedro, yo sentía que pisaba sobre tierra firme. Y con su renuncia, sentí que la tierra desaparecía bajo mis pies, pero la entendí, pues realmente los vientos estaban demasiado tempestuosos y el papado significaba algo demasiado rudo para sus fuerzas disminuidas por la edad, en la terrible y violenta guerra cultural que estaba librando.

  Me sentía como abandonada en medio de la guerra, en pleno terremoto, en lo más feroz de un huracán y fue cuando llegaste tú a sustituirlo en el timón. ¡Tenemos capitán de nuevo, demos gracias a Dios! Confié plenamente (sin ninguna duda de por medio) en que, con la asistencia del Espíritu Santo, con la oración de todos los fieles, con el peso de la responsabilidad, con la asesoría del equipo de trabajo en el Vaticano y con la consciencia de estar siendo observado por todo el mundo, el Papa Francisco dejaría atrás las cosas especiales y las ambivalencias del Card. Bergoglio y tomaría de inmediato el mando del ejército, para, con fuerzas renovadas, continuar los pasos en la lucha intensa que su predecesor venía librando.

  Pero, para mi sorpresa y desconcierto, mi nuevo general, en lugar de tomar las armas al llegar, comenzó su mandato utilizando el tiempo del Papa para telefonearle a su peluquero, a su dentista, a su casero y a su periodiquero, atrayendo las miradas hacia su propia persona y no hacia los asuntos relevantes del papado.

  Han pasado seis meses desde entonces y reconozco, con cariño y emoción, que has hecho trillones de cosas buenas. Me gustan mucho (muchísimo) tus discursos formales (a los políticos, a los ginecólogos, a los comunicadores, en la Jornada de la Paz, etcétera) y tus homilías en las Fiestas Solemnes, porque en ellas se nota una minuciosa preparación y una profunda meditación de cada palabra empleada. Tus palabras, en esos discursos y homilías, han sido un verdadero alimento para mi espíritu. Me gusta mucho que la gente te quiera y te aplauda. ¡Eres mi Papa, el Jefe Supremo de mi Iglesia, de la Iglesia de Cristo!

  Sin embargo, y esta es la razón de mi carta, debo decirte que también he sufrido (y sufro) con muchas de tus palabras, porque has dicho cosas que las he sentido como estocadas en el bajo vientre a mis intentos sinceros de fidelidad al Papa y al Magisterio.

  Me siento triste, sí, pero la mejor palabra para expresar mis sentimientos actuales es la perplejidad. No sé, de verdad, qué debo hacer, no sé qué debo decir y qué callar, no sé hacia dónde tirar ni hacia dónde aflojar. Necesito que me orientes, querido Papa Francisco. De verdad estoy sufriendo, y mucho, por esa perplejidad que me tiene inmóvil.

  Mi grave problema es que he dedicado gran parte de mi vida al estudio de la Sagrada Escritura, de la Tradición y el Magisterio, con el objetivo de tener razones firmes para defender mi fe. Y ahora, muchas de esas bases firmes resultan contradictorias con lo que mi querido Papa hace y dice. Estoy perpleja, de verdad, y necesito que me digas qué debo hacer.

  Me explico con algunos ejemplos:
  No puedo aplaudirle a un Papa que no hace la genuflexión frente al Sagrario ni en la Consagración como lo marca el ritual de la Misa, pero tampoco puedo criticarlo, pues ¡Es el Papa!

  Benedicto XVI nos pidió, en la Redemptionis Sacramentum, que informáramos al obispo del lugar de las infidelidades y abusos litúrgicos que viéramos. Pero… ¿debo informar al Papa, o a quién, por encima de él, que el Papa no respeta la liturgia? ¿O al Papa no se le reporta? No sé qué debo hacer. ¿Desobedezco las indicaciones de nuestro Papa emérito?

  No puedo sentirme feliz de que hayas eliminado el uso de la patena y los reclinatorios para los comulgantes; y menos me puede encantar que no bajes nunca a dar la comunión a los fieles, que no te llames a ti mismo “el Papa” sino sólo “el obispo de Roma”, que no uses ya el anillo de pescador, pero tampoco puedo quejarme, pues ¡eres el Papa!

  No puedo sentirme orgullosa de que le hayas lavado los pies a una mujer musulmana en el Jueves Santo, pues es una violación a las normas litúrgicas, pero no puedo decir ni pío, pues ¡Eres el Papa, a quien respeto y le debo ser fiel!

  Me dolió terriblemente cuando castigaste a los frailes franciscanos de la Inmaculada porque celebraban la Misa en el rito antiguo, pues tenían el permiso expreso de tu predecesor en la Summorum Pontificum. Y castigarlos, significa ir en contra de las enseñanzas de los Papas anteriores. Pero ¿a quién le puedo contar mi dolor? ¡Eres el Papa!

  No supe qué pensar ni qué decir, cuando te burlaste públicamente del grupo que te mandó un ramillete espiritual, llamándoles “ésos que cuentan las oraciones”. Siendo el ramillete espiritual una tradición hermosísima en la Iglesia, ¿qué debo pensar yo, si a mi Papa no le gusta y se burla de quienes los ofrecen?

  Tengo mil amigos “pro-vida” que, siendo católicos de primera, los derrumbaste hace unos días al llamarles obsesionados y obsesivos. ¿Qué debo hacer yo? ¿Consolarlos, suavizando falsamente tus palabras o herirlos más, repitiendo lo que tú dijiste de ellos, por querer ser fiel al Papa y a sus enseñanzas?

  En la JMJ llamaste a los jóvenes a que “armaran lío en las calles”. La palabra “lío”, hasta donde yo sé, es sinónimo de “desorden”, “caos”, “confusión”. ¿De verdad eso es lo que quieres que armen los jóvenes cristianos en las calles? ¿No hay ya bastante confusión y desorden como para incrementarlo?

  Conozco a muchas mujeres solteras mayores (solteronas), que son muy alegres, muy simpáticas y muy generosas y que se sintieron verdaderas piltrafas cuando tú le dijiste a las religiosas que no debían tener cara de solteronas. Hiciste sentir muy mal a mis amigas y a mí me dolió en el alma por ellas, pues no tiene nada de malo haberse quedado soltera y dedicar la vida a las buenas obras (de hecho, la soltería viene especificada como una vocación en el Catecismo). ¿Qué les debo decir yo a mis amigas “solteronas”? ¿Que el Papa no hablaba en serio (cosa que no puede hacer un Papa) o mejor les digo que apoyo al Papa en que todas las solteronas tienen cara de religiosas amargadas?

  Hace un par de semanas dijiste que “éste, que estamos viviendo, es uno de los mejores tiempos de la Iglesia”. ¿Cómo puede decir eso el Papa, cuando todos sabemos que hay millones de jóvenes católicos viviendo en concubinato y otros tantos millones de matrimonios católicos tomando anticonceptivos; cuando el divorcio es “nuestro pan de cada día” y millones de madres católicas matan a sus hijos no nacidos con la ayuda de médicos católicos; cuando hay millones de empresarios católicos que no se guían por la doctrina social de la Iglesia, sino por la ambición y la avaricia; cuando hay miles de sacerdotes que cometen abusos litúrgicos; cuando hay cientos de millones de católicos que jamás han tenido un encuentro con Cristo y no conocen ni lo más esencial de la doctrina; cuando la educación y los gobiernos están en manos de la masonería y la economía mundial en manos del sionismo? ¿Es éste el mejor tiempo de la Iglesia?

  Cuando lo dijiste, querido Papa, me aterré pensando si lo decías en serio. Si el capitán no está viendo el iceberg que tenemos enfrente, es muy probable que nos estrellemos contra él. ¿Lo decías en serio porque así lo crees sinceramente o fue “sólo un decir”?

  Muchos grandes predicadores se han sentido desolados al saber que dijiste que ya no hay que hablar más de los temas de los cuales la Iglesia ya ha hablado y que están escritos en el Catecismo. Dime, querido Papa Francisco, ¿qué debemos hacer, entonces, los cristianos que queremos ser fieles al Papa y también al Magisterio y a la Tradición? ¿Dejamos de predicar aunque San Pablo nos haya dicho que hay que hacerlo a tiempo y destiempo? ¿Acabamos con los predicadores valientes, los forzamos a enmudecer, mientras apapachamos a los pecadores y con dulzura les decimos que, si pueden y quieren, lean el Catecismo para que sepan lo que la Iglesia dice?

  Cada vez que hablas de “los pastores con olor a oveja”, pienso en todos aquellos sacerdotes que se han dejado contaminar por las cosas del mundo y que han perdido su aroma sacerdotal para adquirir cierto olor a podredumbre. Yo no quiero pastores con olor a oveja, sino ovejas que no huelen a estiércol porque su pastor las cuida y las mantiene siempre limpias.

  Hace unos días hablaste de la vocación de Mateo con estas palabras: “Me impresiona el gesto de Mateo. Se aferra a su dinero, como diciendo: ‘¡No, no a mí! No, ¡este dinero es mío!”. No pude evitar comparar tus palabras con el Evangelio (Mt 9, 9), contra lo que el mismo Mateo dice de su vocación: “Y saliendo Jesús de allí, vio a un hombre que estaba sentado frente al telonio, el cual se llamaba Mateo, y le dijo: Sígueme. Y éste se levantó y le siguió.”

  No puedo ver en dónde está el aferramiento al dinero (tampoco lo veo en el cuadro de Caravaggio). Veo dos narraciones distintas y una exégesis equivocada. ¿A quién debo creer, al Evangelio o al Papa, si quiero (como de verdad quiero) ser fiel al Evangelio y al Papa?

  Cuando hablaste de la mujer que vive en concubinato después de un divorcio y un aborto, dijiste que “ahora vive en paz”. Me pregunto: ¿Puede vivir en paz una mujer que está voluntariamente alejada de la gracia de Dios?

  Los Papas anteriores, desde San Pedro hasta Benedicto XVI, han dicho que no es posible encontrar la paz lejos de Dios, pero el Papa Francisco lo ha afirmado. ¿Qué debo apoyar, el magisterio de siempre o esta novedad? ¿Debo afirmar, a partir de hoy, para ser fiel al Papa, que la paz se puede encontrar en una vida de pecado?

  Después, soltaste la pregunta pero dejaste sin respuesta lo que debe hacer el confesor, como si quisieras abrir la caja de Pandora, sabiendo que hay cientos de sacerdotes que, equivocadamente, aconsejan seguir en concubinato. ¿Por qué mi Papa, mi querido Papa, no nos dijo en pocas palabras lo que se debe aconsejar en casos como éste, en lugar de abrir la duda en los corazones sinceros?

  Conocí al cardenal Bergoglio en plan casi familiar y soy testigo fiel de que es un hombre inteligente, simpático, espontáneo, muy dicharachero y muy ocurrente. Pero, no me gusta que la prensa esté publicando todos tus dichos y ocurrencias, porque no eres un párroco de pueblo; no eres ya el arzobispo de Buenos Aires; ahora eres ¡el Papa! y cada palabra que dices como Papa, adquiere valor de magisterio ordinario para muchos de los que te leemos y escuchamos.

  En fin, ya escribí demasiado abusando de tu tiempo, mi buen Papa. Con los ejemplos que te he dado (aunque hay muchos otros) creo que he dejado claro el dolor por la incertidumbre y perplejidad que estoy viviendo.

  Sólo tú puedes ayudarme. Necesito un guía que ilumine mis pasos con base en lo que siempre ha dicho la Iglesia, que hable con valentía y claridad, que no ofenda a quienes trabajamos por ser fieles al mandato de Jesús; que le llame “al pan, pan y al vino, vino”, ‘pecado’ al pecado y ‘virtud’ a la virtud, aunque con ello arriesgue su popularidad. Necesito de tu sabiduría, de tu firmeza y claridad. Te pido ayuda, por favor, pues estoy sufriendo mucho.

  Sé que Dios te ha dotado de una inteligencia muy aguda, así que, tratando de consolarme a mí misma, he podido imaginar que todo lo que haces y dices es parte de una estrategia para desconcertar al enemigo, presentándote ante él con bandera blanca y logrando así que baje la guardia. Pero me gustaría que nos compartieras tu estrategia a los que luchamos de tu lado, pues, además de desconcertar al enemigo, también nos estás desconcertando a nosotros y ya no sabemos hacia dónde está nuestro cuartel y hacia dónde está el frente enemigo.

  Te agradezco, una vez más, todo lo bueno que has hecho y dicho en las fiestas grandes, cuando tus homilías y discursos han sido hermosos, porque de verdad me han servido muchísimo. Tus palabras me han animado e impulsado a amar más, a amar siempre, a amar mejor y a enseñarle al mundo entero el rostro amoroso de Jesús.

  Te mando un abrazo filial muy cariñoso, mi querido Papa, con la seguridad de mis oraciones. Te pido también las tuyas, por mí y por mi familia, de la cual te anexo una fotografía, para que puedas rezar por nosotros, con caras y cuerpos conocidos.

Tu hija que te quiere y reza todos los días por ti,


Lucrecia Rego de Planas

Visto en: http://lacomunidad.elpais.com/

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miércoles, 25 de septiembre de 2013

Amigos, sucesores y defensores de Bergoglio y el periodismo - Por Octavio Guzzi

NCSJB: El título publicado es nuestro, a continuación el artículo como aparece en la Revista Cabildo.

El Pluralismo de la Mentalidad Clerical - Por Octavio Guzzi

  La crisis de la Iglesia, arraigada en su seno, es una cuestión arduamente discutida. Es doloroso asumirlo, pero en circunstancias vigentes, el católico cabal está llamado a practicar la más dura y prudente de las resistencias contra los errores que puedan emanar de quienes deberían protegernos de ellos.

  Se suma a la confusión el periodismo, pues bien sabemos y nos lo ha dicho el Padre Ezcurra, que “el santo patrono del periodismo es el Diablo”. Así, no pocos son los que advierten la rauda y rapaz incumbencia de los medios periodísticos en las cuestiones eclesiales. Con funestas consecuencias que de ello se siguen.

  Pongamos algunos ejemplos.

  Con fecha 26 de mayo del corriente año, el Diario “Clarín” publica: “El sucesor de Bergoglio pidió no tener miedo a la variedad de ideas” (aquí).

  Dicho sucesor es Monseñor Poli, como se sabe; y en la citada homilía manifestaba que: “debemos apostar a una comunión que no le tenga miedo a la variedad de ideas…

  ¿A qué variedad de ideas hace alusión el primado? ¿Es lo mismo la “idea” católica de la Trinidad que la “idea” budista del nirvana? ¿Es lo mismo la “idea” de la concordia que la de la revolución permanente? ¿No existe ya el legítimo temor ante aquellas ideas que puedan, precisamente, hacernos perder el santo temor de Dios?

  El periodismo capitaliza la siega, claro. Pero primero hay otros que podan la verdad. Obispos y sacerdotes que no honran la Palabra ganan terreno dentro y fuera de la Iglesia. Luego, los operadores de la comunicación se convierten en agentes de la confusión y osadía clerical.

  En el mismo tenor, pude consultarse una curiosa entrevista a doble página al Pbro. Rafael Braun, difundida por el “Gran Diario Argentino” (aquí).

  Este hombre que, alérgico a la vestidura sacerdotal, ostenta un siniestro curriculum (distinguido con Laurel del Plata por el Rotary Club y el premio derechos humanos B’nai B’rith, entre otras lindezas) celebra que la “Argentina es un país pluralista, y que el mito de la nación católica concluyó hace mucho tiempo”. Acotando que “hoy en día el nacionalismo antiliberal es un anacronismo que no tiene fundamento; ésta es una sociedad pluralista en su propia conformación, que ha incorporado el valor de las libertades civiles y políticas como irrenunciables…

  ¡Bien Don Braun o Dan Brown! Tenga cuidado, esos sí; en el infierno no hay mucha seguridad de que se respeten las libertades civiles de los felones. Y sigue vigente la enseñanza de Lewis: “Cristo, también, de muestra amor pos su patria”. ¡Ay, de quién no lo tuviere!

  A estas alturas, no se puede decir más que esto: el clericalismo avanza hacia la burocracia espiritual y el triunfo de la religión universal.  El periodismo aplaude y el Diablo se regocija. Luego, los hechos hablan y las palabras sobran. Quizás debamos concederle razón a Federico Mihura Seeber, cuando en su obra “El Anticristo”, dice oportunamente: “…es de temer que el Anticristo llegue a ser secundado por la misma Iglesia de Cristo… porque la Iglesia oficial ha avanzado  mucho en el camino de la complicidad con esta nueva figura de Cristo, que es la que impulsa el Anticristo” (pag. 133).


  En fin, una vez más, podemos confortarnos con un dicho de Tolkien: “No es oro todo lo que reluce, ni toda la gente errante anda perdida”.  Imploremos al Padre que nos conceda la pronta conversión de cuanto clérigo haya abdicado de la Causa Divina y, al mismo tiempo, vivifique “la voz del desierto” que, reconociendo tiempos postreros, no se cansa de gritar que Cristo vuelve y vence.

Visto en: Revista Cabildo – Julio-Agosto 2013 – 3° Época – Año XIII – N° 104

Nota de NCSJB: Recomendamos a nuestros lectores de Argentina adquirir y apoyar a una de las mejores publicaciones del Nacionalismo Católico Argentino: “Cabildo” porque definitivamente “Alguien tiene que decir la verdad”.

Nacionalismo Católico San Juan Bautista

martes, 24 de septiembre de 2013

INSISTAMOS EN LA DEFENSA DE LA NIÑEZ - Por Ignacio B. Anzoátegui

  No, my dear; la niñez no es ese período oficialmente bobo de la vida del hombre durante el cual —superada la lactancia— las madres confían a sus hijos al cuidado de una niñera gallega o de una miss o de una fräulein o de una mademoiselle (como se llama a las gallegas originarias de Inglaterra o de Alemania o de Francia) para descargar sus maternales conciencias de los posibles sobresaltos que proporciona a las personas mayores la cotidiana inconsciencia infantil.

  No, mi querida lady Grace. La niñez es probablemente el más respetable estado de la vida humana: el más respetable y el menos respetado estado de nuestra vida. Porque nadie sabe respetar a la niñez.

  Para el mundo de los adultos, el niño es siempre un pequeño delincuente. Es ya un pequeño delincuente en potencia, al que —por si acaso y para ir ganando tiempo— se le rapa como a un penado, ya un pequeño ex delincuente, al que, después de ficharlo, se lo somete a la tutela de la puericultura, que es algo así como el Patronato de Liberados de la niñez.

  En realidad, el niño es un problema. Pero no es un problema creado por él sino por la sociedad de los mayores. Y es un problema social porque empieza siéndolo familiar. Es un problema familiar, porque el niño —como todo elemento indispensable a un grupo— molesta en la familia. Molesta precisamente por eso: porque sin él la familia no sería posible; porque sin él la familia no sería un ordenamiento; porque el niño es Su Majestad el Niño, y toda Majestad es, por indispensable, incómoda.

  De ahí que procure asegurarle contra todos los riesgos —no sólo por razones sentimentales sino también por elementales razones de propia conservación— y de ahí, además, que frecuentemente delegue esa tarea en personas ajenas a ella misma. 

  Porque la familia —que no puede eliminar al niño sin eliminarse— trata al menos de quitárselo de encima. 

  Tal es el origen real de la institución de las gallegas de cualquier nacionalidad y el de la institución del kindergarten (cuya traducción sincera sería "alivio de la familia"). Pero la niñez cuenta con otro auxiliar, cuyos servicios nadie contrata, sino que los adquiere el niño por derecho de nacimiento. Como usted sin duda lo habrá adivinado, me refiero al Ángel de la Guarda.

  El Ángel de la Guarda pertenece a un cuerpo especial dentro de la milicia angélica.

  No es ni el ángel guerrero —de esos que, con San Miguel al frente, desataron contra Luzbel la primera blitzkrieg de la historia—, ni el ángel oficial de justicia —como aquel que desalojó a nuestros primeros padres del Paraíso Terrenal—, ni el ángel embajador extraordinario —como aquel de la Anunciación—, ni ninguno de tantos otros ángeles que en ambos Testamentos, luego de asustar al hombre, le dicen: "No temas", para terminar encomendándole una dificilísima misión especial.

  El Ángel de la Guarda es el ángel paracaidista que, tras la particular cigüeña portadora de cada uno de nosotros, se deja deslizar por la chimenea para hacerse cargo de nuestra alma. Es el ángel adscripto a nuestro destino, nuestro ángel secretario privado, o, mejor quizá, nuestro ángel guarda-espalda, conocedor consumado del cúmulo de peligros que la infancia reúne y renueva constantemente para sí. Niñero y trapecista, preceptor y bombero, su actividad es ilimitada, como lo es la imaginación infantil.

  Nadie sino él sabe respetar a la niñez. Sólo él sabe galoparle al lado y adelantársele cuando es necesario (que es el único sistema de educación realmente educativo). Sólo él conoce los derechos del recién nacido —el derecho de que no lo envuelvan como un bicho canasto, el derecho de que no le fajen los brazos, el derecho de llorar porque sí, el derecho de desvelarse y de desvelar, y, como éstos, todos los otros derechos que, sin ninguna otra razón atendible, se reconocen a los mayores—; sólo él respeta los derechos del impúber —el derecho de caerse de la cama, el derecho de interrumpir una conversación, el derecho de no querer comer, el derecho de no querer estudiar, el derecho de fumar, el derecho de decir malas palabras y, como éstos, toda la serie de los otros derechos que tampoco sin ninguna otra razón atendible, se reconoce a los adultos.

  El Ángel de la Guarda está solo en su divina tarea; solo, pero con la mejor compañía, que es la compañía de la niñez.

  Todos hemos sido niños y todos nos comportamos con ellos como niños venidos a más, en permanente estado de desconocimiento de los derechos de su personalidad. Les consentimos lo que no podríamos consentirles y les negamos lo que no deberíamos negarles. Les consentimos que se apoderen de un muñeco de su hermano —el único bien, acaso, de su hermano— y ponemos el grito en el cielo cuando descubrimos que se han apropiado de un insignificante billete que hallaron, entre muchos, en nuestra cartera. Y el niño que se apodera de aquel juguete despoja a su hermano de toda su fortuna, mientras el que se apropia de uno de nuestros pesos nos despoja de uno de tantos de nuestros pesos. Proporcionalmente considerados, el primero es un ladrón vocacional y el segundo es un humilde ratero ocasional. Y, considerados socialmente, el primero es un asaltante y el segundo es un heredero apresurado. Y, sin embargo, frente al hecho del primero, sólo nos preocupa la idea de consolar al desposeído, mientras frente al hecho del segundo nos atenaza la visión pavorosa del hijo recluido en el presidio de Alcatraz. Es que todos nosotros hemos olvidado la realidad de la niñez y su misterio.

  Desde lo alto de nuestros años, asistimos a ella como al desenvolvimiento de un tipo de animalidad distinto e inexplicable.

  Y el niño es inexplicable porque no queremos explicárnoslo; más aún, porque no queremos entrar en explicaciones con nosotros mismos, porque no queremos recordarnos niños, porque no nos atrevemos a enfrentarnos con nuestra propia naturalidad perdida y confesarnos traidores a ella, porque no nos atrevemos siquiera a mirar hacia atrás para ver qué se hizo de nuestro yo-niño que dejamos perdido en el bosque de los sueños; porque nosotros los mayores somos la representación de la cotidiana cobardía grotescamente satisfecha de solemnidad.

  El niño no es, en cuanto ser, distinto del hombre; en todo caso, es éste el que es distinto del niño: porque, en general, el hombre es un niño fracasado, un tránsfuga de la niñez, a la que traicionó por unas pocas monedas de suficiencia.

  El niño es el hombre en su propia naturaleza. Es la perpetua renovación del hombre-Adán, en quien se repite, con la pérdida de la niñez, la Caída y la consiguiente expulsión del Paraíso.

  El niño es el renovado colaborador de Dios en la tarea de la Creación. Él es quien descubre por sí solo a las creaturas y las alumbra con sus ojos, y, deslumbrándose con ellas, le pone a cada una su nombre particular. Él es quien cada día vivifica todas aquellas cosas a las que en cada ayer dieron muerte los cansados ojos del hombre. Él es quien cada mañana barniza de nuevo al mundo y resucita su color. Él es quien resucita a cada hora, en las notas del Fratre Sole, la hermandad luminosa del Poverello de Asís. Él es el hermano del agua y del lobo, de la flecha y del pájaro, del león y de la estrella, del tigre y de la flor, de Francesca de Rímini y de Bice Portinari, del fuego y de la luz. Él es quien reconquista la tierra cada alba, y para él la noche se echa a dormir a sus pies. Para él discurre el aire entre las rosas y para él las nubes —palomares de las palomas del cielo— corren sus regatas con un ángel al timón.

  Por él y para él vive la naturaleza toda. Para él y para su naturalidad: por él y por su naturalidad.

  Porque Dios no salvó a Adán de la definitiva muerte para salvarlo de su muerte personal; lo salvó porque sabía que, naciendo padre, lo salvaría al hijo: al niño reconquistador de la Creación, al niño que cada uno de nosotros fuimos, al que nos obliga a serlo la esperanza de Dios y su perdón.

  Porque Dios depositó su confianza en el niño; el mismo Dios que se hizo Niño un día para enseñarnos —en su divina lección de repaso— a ser definitivamente niños, a rescatar definitivamente, con la Jerusalén Celeste, nuestro Belén Terrenal.

  Por eso nos incomoda el niño. Porque si un día fracasamos con Adán queriendo ser "como dioses", nos negamos a ser niños por el temor de ser, en alguna manera, como Dios. Porque nada nos incomoda tanto como la divinidad. Y nada está tan cerca de la divinidad como la niñez: como la niñez, que es la humanidad recién salida de la divinidad.


Visto en: FERRO, Jorge – ALLEGRI, Eduardo. IGNACIO ANZOATEGUI. Buenos Aires. Ediciones Culturales Argentinas, 1983.

Nacionalismo Católico San Juan Bautista

domingo, 22 de septiembre de 2013

Mons. Juan Claudio Sanahuja: "Reingeniería Social Anticristiana" (VIDEO)

Presentamos la Primera conferencia brindada 
el 14 de Septiembre de 2013 por 
Mons. Dr. Juan Claudio Sanahuja
en San Miguel de Tucumán, auspiciada por:
Nacionalismo Católico San Juan Bautista


A pocos minutos de finalizar la conferencia, hubo un problema con el audio, 
por lo que recomendamos aumentar el volumen.

Segunda conferencia Rev. Padre Alfredo Saenz Aquí


En primera fila un espectador de lujo, el Rev. Padre Alfredo Saenz, cuya conferencia se dio a continuación, la cual subiremos próximamente.



viernes, 20 de septiembre de 2013

El Papa Bergolgio, el ideal masónico y el desdén por los mártires y las causas de Cristo - Por Augusto TorchSon

  En otra muestra de incuestionable de relativismo, el Papa Bergoglio vuelve a minimizar las cuestiones más trascendentes para la vida de la Iglesia e inclusive la existencia de la sociedad misma, para dar lugar al sentimentalismo religioso por encima de la verdad misma.

  Estamos asistiendo a la transformación de la Iglesia en una caricatura de esta como señalara Castellani (ver aquí) que será la de los últimos tiempos, en donde se reemplazarán las virtudes teologales, Fe, Esperanza y Caridad, por prosperidad, democracia y dulzura, y donde el demonio no pretende tanto perseguir sino corromper, envenenar y falsificar la verdad a través de falsos profetas.

  En una extensa entrevista que diera el Papa Bergoglio al padre Antonio Spadaro, director de la revista jesuita 'Civiltà cattolica' (ver aquí), señaló que no había que insistir con los valores no negociables diciendo: “No podemos insistir solo en las cuestiones relacionadas con el aborto, el matrimonio homosexual y el uso de los métodos anticonceptivos. Esto no es posible. ...y yo soy hijo de la Iglesia, pero no es necesario hablar de ello constantemente”. Y continuó relativizando la cuestión al decir: “La Iglesia, a veces, se ha dejado encerrar en pequeñas cosas, en pequeños preceptos. La cosa más importante, en cambio, es el primer anuncio: ¡Jesús te ha salvado!”.

  Entonces para Bergoglio estas cuestiones imprescindibles para S.S. Benedicto XVI, son definitivamente poco importantes.

  Se podría hacer un catalogo de las atrocidades mencionadas en este entrevista pero dejamos a consideración de nuestros lectores la valoración de las mismas.

  Para la masonería, tan cercana a Bergoglio, la promoción del aborto, crimen sobre el cual el Papa recomienda dejar de insistir, es un sacrificio ritual, así como también promueve el ataque a todos los valores no negociables. De hecho poderosos masones, millonarios, ex-presidentes y dirigentes mundiales reunidos en el “Bohemian Grove”, realizan un ritual en donde hacen un “supuesto” ofrecimiento humano a una estatua de Moloch. Recordemos que Moloch es mencionado en la Biblia como un demonio adorado por fenicios y canaanitas, a quién se le ofrecían sacrificios de bebes.



El carácter de adoradores de Lucifer de los masones de alto grado, lo mencionamos en muchísimos artículos de nuestro blog.

  Esperamos ahora que los exegetas del error modernista que encarna Bergoglio hagan sus últimos esfuerzos para hacer encajar en el eterno e inmutable Magisterio de Nuestra amada Iglesia, los dichos ambiguos cuando no abiertamente heréticos de quién debería ser el pastor de pastores.

  Como no considerar hoy más que nunca las extrañas circunstancias de la elección de Bergolgio, habiéndose mencionado como electo al Cardenal Scola para rectificar inmediatamente, todo esto en medio de una forzada renuncia (Aquí) en medio de muchísimos ataques a un Papa que tanto trabajo hizo por restaurar la Tradición y el debido respeto a la Liturgia. Sin embargo hoy quienes crucificaron a Benedicto XVI adulan y promueven como "el Papa del mundo" a Francisco/Bergoglio.

  San Pio X decía: "La conciliación con el espíritu del mundo no solo debilita la fe, lleva a su pérdida total.", sin embargo y a pesar de la advertencia bíblica de: “¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! Pues de ése modo trataban sus padres a los falsos profetas...” (Lc 6,26), hoy se predica como algo bueno y necesario la conciliación con el mundo. Y así decía hace uno días Bergoglio: “Me atrevo a decir que la Iglesia nunca ha estado tan bien como hoy. ¡La Iglesia no se derrumba. Estoy seguro, estoy seguro!”(Aquí).

  Esta prédica cada vez más masónica, está empezando a hacer mella en gente de fe sencilla pero que, por lo menos ve una falta de compromiso con la realidad, que es cada vez más atroz y opresiva, en donde la educación en las escuelas se hace mediante pornografía, la sodomía no solo se promueve (Bergoglio incluído en nombre de la “tolerancia”) sino que no se puede combatir bajo amenazas de sanciones y hasta cárcel por cometer el nuevo pecado de “homofobia”, se invaden países e inventan causas humanitarias para hacerlo, se fomenta las guerras civiles llamándolas “primaveras” y se observan todo tipo de transgresiones de parte de la mayor parte del clero y gente consagrada a Dios.

  Sabiendo que el Magisterio y Tradición de la Iglesia no solo nos asegura estar parados sobre un sólido cimiento sino que muestra la coherencia de la Fe Católica, no se puede dejar de repudiar los dichos de Bergoglio al acusarnos señalándonos como “los que tienden exageradamente a la “seguridad” doctrinal, los que buscan obstinadamente recuperar el pasado perdido, tienen una visión estática e involutiva”.

  Recordemos hace un par de días cuando en carta al periódico italiano “La Repubblica” decía: “Ud. me pregunta si el pensamiento según el cual no existe ningún absoluto, y por lo tanto ninguna verdad absoluta, sino solo una serie de verdades relativas y subjetivas, se trate de un error o de un pecado. Para empezar, yo no hablaría, ni siquiera para quien cree, de una verdad «absoluta», en el sentido de que absoluto es aquello que está desatado, es decir, que sin ningún tipo de relación. Ahora, la verdad, según la fe cristiana, es el amor de Dios hacia nosotros en Cristo Jesús. Por lo tanto, ¡la verdad es una relación!”

  En esta Iglesia relativista, socialista y naturalista, donde se instaura todo en el hombre, en el más grosero antropocentrismo masónico, en vez de hacerlo en Cristo, como lo proponía San Pio X, podemos afirmar, que no está lejos el advenimiento de quién so pretexto de unificación, termine con nuestra fe en nombre de la hermandad de la humanidad, pero hermandad carente de filiación divina, hermandad en la orfandad del hombre que se festeja despojándose de sus vínculos con su Creador. Estamos hablando del único y personal anticristo.

  En estas terribles circunstancias, queremos aprovechar la oportunidad para homenajear a quienes dieron la vida por la causa de Cristo, la Iglesia y la Humanidad, y que hoy Bergoglio como fiel lector y seguidor del herético monje alemán, Anselm Grun, consideraría masoquistas por entregarse al martirio en tan honorables ocasiones.

  En honor y memoria del Padre Norman Weslin, que defendió la vida desde la concepción, queriendo agradar a Dios y no a los hombres, agrego el siguiente video de quien hasta sus 81 años fuera 70 veces encarcelado por una causa que Bergoglio dice que no hay que insistir. En este video observamos al P.Weslin siendo arrestado en  la misma Universidad Católica (Notre Dame), donde se homenajeaba al genocida presidente de EEUU por parte de obispos traidores a Cristo dándole doctorado Honoris Causa.




  Trabajando para que Cristo reine y vuelva pronto y animando a ser fieles a Cristo y su verdadera Iglesia cada vez más invisible, decimos llenos de esperanza “Adveniat Regnum Tuum”



Augusto TorchSon


Nacionalismo Católico San Juan Bautista