Esta
parábola de la oveja descarriada. Cristo habla del pecador como de un ser
desviado (en el sentido etimológico de la palabra), pero no podrido
interiormente. Una oveja descarriada está intrínsecamente tan sana como una
oveja del rebaño. Esta concepción hace del pecado un mal exterior en gran parte
al hombre: el pecador anda por mal camino, pero sus miembros siguen sanos, le
basta cambiar de dirección para ser curado. En otras palabras, una oveja
descarriada no es una oveja sarnosa. El retorno de la primera regocija el
corazón del pastor, pero la presencia de la segunda infecta el rebaño. Aquí, la
caridad cambia de aspecto, la piedad hacia el rebaño exige a la vez la búsqueda
de la oveja perdida y la expulsión de la oveja sarnosa. Por eso, Cristo nos
enseña al mismo tiempo, según el grado de penetración y de fatalidad del pecado
en el hombre, a absolver o arrojar al pecador. Hay que buscar la oveja perdida,
perdonar al hijo pródigo, etcétera, pero también hay que saber amputar un
miembro podrido: si tu ojo te escandaliza...
Estas
dos categorías de pecadores aparecen a cada instante en el Evangelio: los que
permanecen distintos del pecado (Zaqueo, la mujer adúltera, Magdalena, la
Samaritana), y que pueden ser salvados, y aquellos a quienes el pecado ha
devorado el alma, que se hacen uno con el pecado (los fariseos) y que ya están
condenados.
Gustave Thibon – “El pan de cada día”
Nacionalismo Católico San Juan Bautista
