San Juan Bautista

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viernes, 2 de agosto de 2019

Ante las elecciones (Segunda parte) - Antonio Caponnetto



PRECISIONES MORALES

Por Antonio Caponnetto


Continuando con el propósito de cooperar en algo a la formación de los más jóvenes y a contrarrestar la confusión propalada por ciertos adultos, remito a continuación el fragmento de una Respuesta a mi querido amigo,el Dr. Fernando Romero Moreno. La misma podrá leerse completa en mi obra “La democracia: un debate pendiente”, vol. II, Buenos Aires, Katejon, 2016,p. 448-485.

Antes de hacerlo es mi deber aclarar:

a)que el propósito de estos aportes que vengo realizando es fundamentalmente y ante todo de índole doctrinal y formativa. No tengo ninguna cuestión personal con los llamados candidatos providistas. Ni la amistad ni la enemistad me vincula a ellos.  Simplemente procuro ser amigo de la Verdad antes que de Platón. En cuanto al resto de los candidatos oficiales y oficiosos, del signo que fueran, todos ellos, desde siempre han recibido mi absoluto e incondicional rechazo.

b)que es imposible en el existir concreto y en la práctica de la vida diaria (y eso es el hombre de carne y hueso: una existencia concreta y una vida práctica), disociar abstractamente, por un lado, el enunciado de cierta casuística moral, y por otro involucrarse en un proyecto político que nos pone ante la obligación de conculcar la verdad.

¿Cómo puedo decir a la vez que estoy perfectamente en claro, desde el punto de vista doctrinal, por ejemplo, sobre la prostitución del sufragio universal, pero que lo ejecuto,insto a otros a ejecutarlo, y en virtud de cierta casuística manualista, quedo exento de constituirme en cómplice?

¿Cómo puedo creer seriamente que me enrolo, con acciones puntuales y reales, en un plan determinado para que triunfe electoralmente una alianza de peronistas “ortodoxos”, liberales de derecha, conservadores, evangelistas sionistas y otros exponentes de la confusión política, pero que no soy cómplice y culpable activo de la misma, porque he leído en  Prummer, Royo Marín, Pinckaers o García de Haro, los principios de voluntario indirecto, cooperación meramente material y remota al mal, causa proporcionada, ausencia de actos intrinsecamente malos,etc?

¿Cómo puedo creerme exento de formar parte de la disidencia controlada, de las falsas banderas, del frente de algodón, sólo porque con un acto de voluntarismo cerril, me repito todas las mañanas, para autoconvencerme, de que soy ortodoxo, pero luego, en el transcurso del día, me veo obligado a protagonizar un papel forzosamente contrario y opuesto a esa ortodoxia?

c)que los que no reputan ilícito participar dentro del sistema, si a la par reconocen, admiten o saben –precisamente porque son tenidos por referentes probos- que el sistema es ilícito, van a tener que repasar el principio de identidad y el de contradicción. Distinto es si quienes no reputan ilícito participar dentro del sistema, es porque consideran lícito al sistema. En ese caso, van a tener que repasar el Pésame.


Ahora al fragmento de la Respuesta

Respuesta al Dr. Fernando Romero Moreno

Nos une una larga amistad con el Dr. Fernando Romero Moreno, a quien manifestamos públicamente nuestra admiración y respeto por sus probadas dotes de pedagogo,jurista,historiador y músico de nuestro genuino folklore. En consecuencia,cuanto ha escrito sobre el tema común que nos preocupa, lo señalamos como recomendable, más allá de los eternos e inevitables retazos de discordancia que nos pudieran separar[1]. Pero el lector que se tome el grato trabajo de frecuentar sus estudios, no quedará defraudado. Hallará solvencia argumentativa,alta dosis de estudio y espíritu de concordia entre las partes encontradas. Y esto último, además, no se consigue sin ser un hombre de bien.

I.-Romero Moreno nos plantea, entre otras, estas objeciones: “Personalmente estoy en contra del sistema democrático moderno y de participar en él, por razones religiosas, filosóficas y políticas. No obstante ello, y aplicando las reglas de la cooperación material al mal, entiendo que puede haber ocasiones en que algunos lo vean como legítimo y actúen en consecuencia, sin que eso sea condenable moralmente[...].Te recomiendo repasar esto, como también la doctrina tomista del voluntario indirecto.

“El sufragio universal no va unido necesariamente al liberalismo y a sus errores consecuentes. Lo específicamente malo del mismo es que atenta contra la justicia distributiva y convierte una selección cualitativa en una elección cuantitativa.  No obstante lo cual, puede haber ocasiones en que el bien común y por lo tanto la justicia legal – que prima sobre la distributiva – aconsejen su uso, a falta de uno mejor. Por ejemplo lo que sucedió en algunos países europeos en el siglo XIX, en los que la mayoría era católica, pero al haber sufragio calificado, terminaban gobernando masones y protestantes. Es una excepción, pero eso se fundamenta en que si bien de modo habitual el sufragio universal es malo, no lo es intrínsecamente, pues en ese caso no cabrían excepciones. Y creo que es eso lo que llevó a que Pontífices como León XIII, San Pío X o Pío XII permitieran o alentaran votar y participar bajo régimen de sufragio universal, como lo has reconocido, hecho que te lleva a decir que la hermenéutica de la ruptura comenzó antes de Vaticano II. Y de hecho, en el nacionalismo hicimos campaña bajo el lema ‘vote no o no vote”, con sufragio universal, para oponernos al acuerdo por el Beagle. ¿Pecaron mortalmente todos los que patrióticamente votaron por el NO?[...].

“No creo como Héctor que con el sufragio universal o los partidos políticos vayamos a salvar la Argentina. Pero tampoco con Antonio que siempre que se vote con sufragio universal sea pecaminoso (intrínsecamente malo significa eso). Aunque, repito, mi opción personal sea combatir de ordinario el Sistema. Pero respecto de los que cooperan de modo material y no formal con el mismo, mi disidencia es prudencial, no digo que necesariamente hagan algo moralmente malo (votar o ser votados con sufragio universal) o desaconsejable (participar en partidos políticos)”[2].

Vayamos organizadamente por la respuesta:

a)De la cooperación material y formal al mal ya nos hemos explayado oportunamente en el capítulo tercero de La perversión democrática. Más específicamente hablando, en el subpunto V,4, que abarca las páginas doscientos cuarenta y ocho y siguientes. Conoce el lector lo que creemos un legítimo recurso en este fatigoso debate: no podemos escribir dos veces el mismo libro; y en nombre de la caridad y de la seriedad intelectual le pedimos ahora a los interesados que vuelvan a releer aquellos párrafos.Incluso se lo pedimos a Fernando Romero Moreno.  Sólo quisiéramos recordar, a modo de oportuno criterio ético,que “la cooperación material tampoco puede ser propuesta como regla”, buscando el artilugio casuístico para atemperar o disipar nuestras culpas.“Hablar genéricamente,sin precisar las imprescindibles distinciones,de la ilicitud de cooperar formalmente y de la licitud de cooperar materialmente, puede fomentar todavía más la conciencia laxa en el ya relajado mundo que vivimos. De lo primero que debe hablar un buen cristiano, no es de la posibilidad de cooperar al mal pecando lo menos posible, sino del deber de ser cooperadores de Dios para restablecer Su Reino sobre la tierra y batallar contra los enemigos de su divina realeza. ‘Ha de tenerse presente –dice precisamente [Berhard] Häring- que por más que la culpa de los diversos cooperadores difiera en grados, no difiere en cuanto a la especie’[...]. Un axioma seguro y más que aconsejable[en materia moral y en moral política]sería el de cooperar activamente al bien posible, rechazar rotundamente toda cooperación formal o sospechosa de tal, y usar de la prudencia para evitar en lo posible la cooperación material”[3].

De opinión análoga es un especialista como el Padre Domingo Basso, quien tras las eruditas y escolásticas distinciones, propias de quien se está abocando al tema con obligación de ser analítico,concluye en que más allá de los consabidos atenuantes –“cuando fuese meramente material y remota, mediando alguna causa justa y proporcionada”- no debemos olvidar que “la cooperación material es de por sí ilícita”[4]. De las principales formas de cooperación al mal que enseñaba una segura y antigua fórmula escolástica: ordenar, aconsejar, consentir,ocultar o esconder, proporcionar medios o recursos, participar,callar, no obstaculizar, no denunciar[5], ninguna es, en principio, fuente y fundamento seguro para encarar moralmente la vida privada y pública. Pueden servir y sirven, por cierto, para guiar y aliviar la vida del penitente. Pueden prestarnos el servicio espiritual, intelectual y moral de conducirnos del mejor modo posible, ¡y vaya si lo supieron prestar antaño y si se extraña su vigencia en el presente! Pero así como, prima facie, no se le puede recomendar a nadie que se dedique a robar, tomando el recaudo de distiguir penalmente entre robo simple, agravado, con intimidación, con violencia, con resultado de muerte,etc; tampoco se puede justificar o minimizar políticamente que alguien coopere con el mal, porque se trataría solamente de una cooperación material. Al ladrón hay que convertirlo para que no peque contra el séptimo mandamiento. Al ciudadano honrado para que no peque contra el octavo, sufragio universal mediante. “Dura es nuestra doctrina”, saldrá a decir alguien.Por supuesto.Está en la Sacra Escritura. Pero dureza no es rigorismo kantiano o jansenista. Estas son formas paródicas de interpretar al cristianismo, de las que se valen siempre los laxistas para justificar sus conductas elásticas o dúplices.

En cuanto al voluntario indirecto, también llamado “voluntario en causa”, se reserva este nombre para designar a un efecto, consecuencia o corolario de un acto voluntario directamente buscado o querido. “Se trata de responder a la siguiente pregunta:¿cuando se realiza voluntariamente un acto del cual se sigue un determinado efecto, puede ese efecto imputársele siempre al sujeto? Evidentemente la respuesta ha de ser ‘no siempre’. Para hablar de voluntario en causa, y en esto están de acuerdo todos los autores, son necesarias algunas condiciones;cuando ellas se verifican simultáneamente nos encontramos ante un verdadero voluntario indirecto. Dichas condiciones son las siguientes:

I)Que el efecto sea previsto; si no lo es, ni se le puede imputar como pecado si [el efecto]es malo,ni atribuírsele mérito si fuese bueno; esto siempre es verdadero, salvo en casos de negligencia (ignorancia afectada) para conocer los propios deberes.

II)que exista nexo necesario entre la causa y el efecto;el acto debe influir en el efecto, no de un modo meramente remoto, sino de una manera próxima y eficaz, sea por la misma naturaleza de la realidad, sea por el modus operandi del sujeto.La proporción del número de veces en que un acto puede producir el mismo efecto debe ser atentamente tenido en cuenta.

III)que se pueda evitar la causa; es decir, que el efecto pueda omitirse; si el sujeto estaba moralmente obligado a realizarlo no se le puede achacar las consecuencias de su acción. Va de suyo que debe tratarse de una norma legítimamente vinculante, porque la ley injusta nunca puede obligar en conciencia”[6].


Demasiadas cosas habría que deducir y que aplicar de este principio, en relación con el tema que nos ocupa y que nos propone Fernando Romero Moreno. Nos limitaremos a las más importantes:

-En la Argentina, la ley que impone coactivamente el sufragio universal, agravada su condición tiránica por la creación de un Registro Nacional de Infractores, por la amenza permanente del Estado de tomar represalias contra quien no sufraga y por el lavado de cerebro colectivo de que quien no sufraga es un desertor de la democracia, es una ley radicalmente injusta. Lo es por su contenido, por su propuesta, por su filosofía y por el modo en que busca y logra imponerse. Por lo tanto, no debería obligar en conciencia, y cabría la legítima y necesaria resolución de combatirla, o al menos de negarse a participar de su cumplimiento, en la medida de nuestras fuerzas o posibilidades. Pero esto supondría, en el ciudadano católico al menos, que la Iglesia predicara sobre la radical injusticia de esa ley, y que alentara a los fieles a asumir heroicamente las consecuencias de incumplirla, o que los confortara por tener que acatarla ante casos de extrema necesidad. Nada esto ocurre ni ocurrirá, sino todo lo contrario. De modo que si alguna culpabilidad primera y grave hay que encontrar aquí, ella recae sobre los pastores y jerarcas de la Iglesia, que han traicionado la recta doctrina.

-El sufragante común y silvestre –aún el católico o empezando por él- podría evitar la causa y por lo tanto omitir el efecto, o no cooperar con él. Que es lo que propone y practica Romero Moreno. Esto es bueno; mas implicaría en ese sufragante una adecuada formación intelectual para advertirlo; o nuevamente, que una instancia eclesial superior lo proveyera de esa formación para resguardarlo. La realidad es la contraria. Ni el sufragante ordinario está políticamente formado y la Iglesia es cómplice activa del fraude democrático-electoralista y partidocrático.

Cabe sí plantearse hasta qué punto –y al margen de la desdicha de contar con una Iglesia sorda y muda- ese votante católico podría, por sus propios medios, conocer la verdad al respecto y obrar en consecuencia. Y por eso, este principio del voluntario indirecto, contempla la posibilidad de “casos de negligencia (ignorancia afectada) para conocer los propios deberes”. Pues en esos casos, está claro, que ese católico peca de negligencia, si pudiendo formarse adecuadamente una recta razón, lo desecha por indiferentismo, estulticia, necedad, oportunismo o contemporización con el error. También contempla el principio que “la proporción del número de veces en que un acto puede producir el mismo efecto debe ser atentamente tenido en cuenta”. Dicho con el refranero popular: el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Pero convengamos que el aforismo no retrata un bien sino un mal de hondas repercusiones. Por lo tanto, y más allá de las culpabilidades eclesiales y de las culpas propias por negligencia, el ciudadano católico de cierta experiencia y de edad adulta, debería saber de sobra, “por el número de veces que un acto puede producir el mismo efecto”, que cada vez que sufraga y “otorga poder” a un candidato, las cosas se ponen más feas. Ergo,hay responsabilidad moral en él si tropieza, ya no dos, sino cincuenta veces con la misma piedra. Y si esa piedra –se sabe por sus frutos- ha sido lanzada contra Dios y la Patria, por sus peores enemigos. No puedo repetir el mismo modus operandi un número importante de veces,constatar después los efectos nocivos que se siguen de esa repetición y quedar exento de culpa y cargo. Por supuesto que cuanto decimos guarda necesaria relación de proporcionalidad con las condiciones mentales y espirituales de ese sujeto que repite el mismo modus operandi toda su vida. Pero esta es,justamente,una de las razones por las cuales el sufragio universal es una porquería. Porque indistingue, homologa, homogeneiza y nivela e iguala, tanto al que está en condiciones de darse cuenta del fraude, como al que no lo está.

-Es cierto –y para eso existe este principio moral que lo explica- que no se puede imputar siempre, necesaria y forzosamente a un sujeto de los efectos malos de una causa en la que él tuvo parte voluntaria, activa y libre.Pero si pudo prever ese efecto negativo, si tuvo la libertad para no ser concausa (aún quedando expuesto a riesgos o a represalias), si comprendió racionalmente que tenía la obligación de no ser concausa, y a pesar de todos estos factores obró igual; pues en ese caso, es evidente que hay una carga moral o un costo ético ante la decisión tomada. No estamos diciendo quién es el destinatario individual y personal de esa culpa (Juan Pérez,José García,o Pablo Fernández). Estamos diciendo que cabe la posibilidad de que esa culpabilidad exista y de que ese pecado se cometa. Tan malo es andar señalando pecadores como eximirnos todos de la posibilidad de pecar. Tan malo el rigorismo como el laxismo, la lenidad como la crueldad.


Nos sorprende de todos modos que Romero Moreno pase de una premisa tan justicieramente taxativa: “estoy en contra del sistema democrático moderno y de participar en él, por razones religiosas, filosóficas y políticas”, a otra demasiado concesiva, según la cual “entiendo que puede haber ocasiones en que algunos lo vean como legítimo”. Si hay razones de tanto peso y de tamaña envergadura, como serían las de índole religiosa, filosófica y política,no se debería luego incurrir en una vía tan riesgosa que puede llevarnos,sin querer, al relativismo ético. Dicho de otro modo: si tenemos motivos teológicos,metafísicos y morales para no dedicarnos a la usura,no podemos entender después que haya algunos que la consideren legítima y “obren en consecuencia”. O podemos “entenderlo”; de acuerdo; pero emitiendo un juicio condenatorio y despreciativo. Cuestión tan delicada no puede quedar bajo el arbitrio subjetivo o  la benevolencia individual de un “lo entiendo a Fulano”.


b)Le hemos dedicado un capítulo entero –el cuarto- de este volumen segundo, a probar la indecencia intrínseca del sufragio universal, amparándonos para ello no sólo en voces cristianas y católicas sino en razonamientos de pensadores ajenos o distantes a nuestra cosmovisión. Luego, en el capítulo V, hicimos algo parecido –ante el cuestionamiento del Dr. Hernández- con los principales representantes de lo que él dio en llamar tradición nacionalista o argentinista o de movimientos afines. A la vista de estos estudios no podemos tener por correcta la afirmación de Romero Moreno de que “el sufragio universal no va unido necesariamente al liberalismo y a sus errores consecuentes”. Va unido de un modo inescindible y directo. Porque los liberales creen en la soberanía del pueblo, en el contrato o pacto social, en el mandato omnisciente de las mayorías, en el valor sacro de las urnas y de los comicios, en el indiscutible dictamen de la mitad más uno. Y todas estas creencias o dogmáticas liberales tienen su ejecución y su garantía, su instrumento y su puesta en práctica en el sufragio universal.

Si se nos dice que algunos liberales lúcidos comienzan a dudar del sufragio universal, lo aceptamos. Fue justamente lo que probamos en el apartado “El cansancio de los malos”, del presente volumen. Si se nos dice,asimismo, que hay quienes admiten de hecho el sufragio universal y no se tienen por liberales, también lo aceptamos; como el diagnóstico de una incongruencia, por supuesto. Porque ni en teoría ni en práctica hay contradicción o fisura alguna entre el liberalismo y el sufragio universal. Son dos pecados conexos que se necesitan y se nutren el uno del otro. Esa “peste perniciosísima”,ese “virus insidioso y oculto” –como fue llamado pontificiamente el liberalismo en mejores tiempos- se apoya en el sufragio universal para consumar su doctrina de que el poder viene del pueblo. Paralelamente quien tiene por válido al sufragio universal –su convocatoria, su poder político religante,sus resultados,etc- no puede sino darle crédito al embuste basal del liberalismo. En nuestro país, por caso, provoca risa escuchar a los peronistas autodenominados “ortodoxos”, decir seriamente que no son liberales. Ahora bien; resulta que el desideratum de esa ortodoxia que defienden estaría sintetizado en las celebérrimas “20 verdades peronistas”, y la primera de ellas dice textualmente: “La verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo”. ¿Por qué entonces no serían liberales, amén de insensatamente demagogos, al jurar que seguirán sin discernimiento alguno lo que el pueblo mande? Es la misma vergüenza que causan los católicos gustosos de ser tenidos por ultramontanos, y que luego no saben cómo hacer para armar un partididito y que alguien los vote. Si me vota el demos, y acepto el principio de que tal consenso numérico me habilita a gobernar y me delega el poder soberabo,¿en qué me diferencio del liberalismo?. Y si acepto la “habilitación soberana” del demos pero no creo en ella, ¿en qué me diferencio del maquiavelismo, del cinismo, del fariseísmo y de la doble conciencia, propia de los liberales?.

c)No hay dudas de que el sufragio universal “atenta contra la justicia distributiva”, que como bien enseña la tradición aristotélico-tomista “tiene como esfera propia de acción, el orden entre el todo y las partes”. Es la justicia que “se refiere a la distribución, de donde saca su nombre, de cosas de carácter común, en cuanto tales[...].Consiste,pues,en la distribución de algunas cosas comunes, que deben ser distribuidas entre los participantes de la comunidad civil”[7]. Hablando un poco más técnicamente, hay justicia distributiva qua bona communia distribuuntur inter partes communitatis secundum proportionem meritorum. Posee un acto interior que es la recta voluntad de distribuir proporcionalmente los bienes comunes, y un acto exterior que es consumar esa distribución como corresponde. Se comprende, en consecuencia, que no puede ser nunca la aritmética la que la rija, sino el justo medio moral. No se cumple con lo  justo ni con lo correcto respecto de la asignación de bienes, si la misma queda librada al azar de una multitud informe, circunstancial e insuficientemente preparada o desquiciada.

Es muy apropiada entonces la idea de Romero Moreno de que el sufragio universal atenta contra la justicia distributiva.Pero no porque “convierte una selección cualitativa en una elección cuantitativa”,sino porque viola por su misma naturaleza cuantofrénica y numerolátrica toda posibilidad de distribuir conforme al sentido de la proporción, del rango, de la jerarquía y de la misma equidad, corona de toda justicia. Lo malo no es propiamente la sustitución de un tipo de selección por otra, sino la sustitución de la distribución conforme a la recta razón por una selección viciada ab initio. Además,  y esto es lo más relevante,no nos parece que “lo específicamente malo del sufragio universal es que atenta contra la justicia distributiva”. Lo específicamente malo –ya lo hemos analizado en extensión- es que resulta el instrumento con el cual se efectiviza el neodogma que desplaza la titularidad del poder,de Dios al número mayoritario y preponderante. Eso es algo propiamente satánico, hablando sin hipérbole. El demonio tiene diversos nombres. Uno es “Muchedumbre”.

Acierta asimismo Romero Moreno cuando recuerda que “la justicia legal prima sobre la distributiva”. Prima pues su misma naturaleza, “su papel propio consiste en concordar los actos de todas las virtudes con la ley que ordena para el bien común[...]. La justicia legal no es simple parte de la virtud, sino toda la virtud[...].La justicia legal ordena los actos de las otras virtudes morales, a su propio fin, que es el bien común”[8]. Hay justicia legal, en efecto, “qua partes communitatis perfectae ordinantur ad iustum boni communis”.

Mas de acuerdo con lo precedente, parece a las claras imposible que “pueda haber ocasiones en que el bien común y por lo tanto la justicia legal –que prima sobre la distributiva- aconsejen su uso [el del sufragio universal], a falta de uno mejor”. Si el sufragio universal posee una injusticia esencial inherente –que es la de hacer efectiva la sustitución de la soberanía divina por la de la masa-, además de otras muchas injusticias intrínsecas, no hay modo posible de admitir que de tamañas injusticias inherentes se pueda seguir la garantía del bien común. Ergo; no hay modo posible de admitir que una justicia como la legal, cuyo objeto propio es el bien común, permitirá algo que perturba y vulnera el bien común. Si la justicia legal permitiera el uso del sufragio universal, y que faltando un sistema mejor no lo procurase, dejaría automáticamente de ser justicia legal. “La justicia legal ha de estar en el que gobierna la comunidad política, principalmente y a la manera como la estructura y finalidad de la casa se halla en el arquitecto que la levanta”[9].

Romero Moreno pone como ejemplo de su postura “lo que sucedió en algunos países europeos en el siglo XIX, en los que la mayoría era católica, pero al haber sufragio calificado, terminaban gobernando masones y protestantes”. No sabemos en qué países está pensando nuestro amigo[10], pero la verdad es que, por un lado, tanto el sufragio calificado o censitario como el universal son aberraciones liberales, de la misma naturaleza aunque con diferentes manifestaciones. En el uno y en el otro se parte de la base de que el poder se lo delegan los más al gobernante. Sean los más el producto de sumar ricos,alfabetos,varones, pagadores de altos impuestos, o la turbamulta “municipal y espesa”.

Lo que la historia nos muestra –y esto es empirismo puro, diría Don Julio Irazusta- en esos países europeos y no europeos, no es un tránsito –gracias al paso del sufragio calificado al universal- de “gobernantes masones y protestantes” a gobernantes católicos o que expresaban a esa “mayoría católica” que no podía votar. Lo que nos muestra es que,con uno u otro sufragio, masones, socialistas, protestantes, judíos o lo que se les ocurra, alcanzaron el poder cuantas veces quisieron. No sólo sin que la mayoría católica pudiera evitarlo, sino con los votos irresponsables y cómplices de esa mayoría católica. Incluso –aunque nos duela decirlo- con la venia de algunos pontífices que no trepidaron en inclinar el voto de “la mayoría católica” hacia la democracia cristiana, y la misma no resultaba ser otra cosa que un conglomerado canallesco de masones y de liberales.

Habrá que recordar, aunque algunos se disgusten, lo que dicen al respecto los Protocolos de los Sabios de Sión: “el sufragio universal, del que hemos hecho instrumento para nuestra venida y al que hemos acostumbrado hasta a los más ínfimos miembros que forman  parte de la humanidad, organizando reuniones y convenciones de antemano preparadas, representará por última vez su papel, expresando al unísono el deseo de todos de conocernos de más cerca pafa poder juzgarnos. Para obtener este resultado es necesario llevar a todos al sufragio universal sin distinciones de clases y de fortunas con el fin de establecer el absolutismo de las mayorías, que no s epuede conseguir con el solo voto de las clases inteligentes ni en una sociedad dividida en castas[...].Dejemos que discutan y le den vueltas al sufragio universal. Siempre guardará el sello de todas las falsas interpretaciones de los espíritus que no habrán podido penetrar en la profundidad y en el intríngulis de sus designios”[11].

Lo que decimos, en suma, y más allá de citas que puedan resultar polémicas, es que el sufragio universal no fue instrumento benéfico para que dejaran de padecer gobernantes  masones las mayorías católicas de los países europeos. Antes bien; resultó ser el instrumento más apto para que, hasta el día de hoy, en nuestro país y en casi todo el mundo, esos masones de toda laya se alzaran con el poder y descristianizaran sistemáticamente a las mayorías.

d) El sufragio universal no es “malo de modo habitual, pero no lo es intrínsecamente”. Es malo per se, y ya lo hemos probado con abundancia de documentación, no sólo en este volumen, sino desde que escribimos La perversión democrática. Es –dicho por enésima vez- la mentira universal; y ninguna mentira universal puede dar lugar a excepciones morales que la tornen buena.

No negamos que la penosa hermenéutica de la ruptura, o la ruptura en sí y tras ella su obligada hermenéutica, exista desde los tiempos previos al Concilo Vaticano II. Se fue preparando en el ámbito de las cuestiones políticas o temporales, para llegar después a ámbitos más delicados, como el de la libertad religiosa o el del deicidio. Pero en estos dos volúmenes que ya estamos terminando, nos hemos tomado el trabajo de analizar caso por caso la conducta que al respecto mantuvieron los llamados pontifices preconciliares, y la verdad es que no hemos hallado en ninguno de ellos una justificación doctrinal del sufragio universal, ni una teoría politica que lo avalara, ni una revocación expresa del ya famoso dictus condenatorio de Pio IX.  A lo sumo, hemos hallado una resignación y tolerancia ante el triste hecho consumado de la universalización compulsiva del sufragio en casi todo el universo político dominante, y el consiguiente afán de atemperar ese dominio del mal con consejos prácticos a los cristianos y recuerdos del ideal de la Ciudad Católica. Y hemos hallado también, según los casos analizados, una mayor o menor capacidad de resistencia o de aquiescencia ante ese mundo al revés que se imponía con la fuerza de un alud. Hemos hallado, en dos palabras,mayor o menor lucidez y coraje, según las personalidades y las circunstancias, pero no claudicación ante lo sustantivo y fundamental.

 Hasta antes del Concilio, puede admitirse, esas riesgosas concesiones prudenciales, se movían dentro del clásico juego pendular entre “hipotesistas” y “tesistas”, manteniendo siempre de modo expreso la preeminencia  paradigmática de la tesis. Después, y no digamos nada ahora, hay un cambio escandaloso en la semántica de la Fe, que repercute obviamente en el modo de concebir la vida social y política. No obstante, y también lo probamos, quedan interesantes y significativos resabios de la doctrina tradicional, que para los católicos coherentes deberían ser no sólo señal de esperanza sino mínimo programa de acción. Pedimos al lector –y a Fernando Romero Moreno- que vuelva pausadamente sobre el capítulo tercero del presente volumen, en el cual, lo que acabamos de decir en epítome, surge de estudiar de modo analítico,“nuevamente, los casos y las autoridades”, hasta nuestros días.

En aquellos pontífices que menciona Romero Moreno, muy especialmente en San Pío X, se dieron las siguientes características: a)ninguno de ellos,como decíamos, revocó la sentencia condenatoria de Pío IX sobre el sufragio universal, incluso propusieron la necesidad de un cambio en el sistema electoral; b)mantuvieron en principio la decisión del “non expedit”, adaptada a las circunstancias; c)condenaron en términos vigorosos los fundamentos ideológicos del liberalismo; d)criticaron con dureza el criterio cuantitativista de “un hombre un voto”; e)reprobaron con los mejores argumentos el mito de la soberanía popular; f)propusieron alternativas políticas ajenas a la compulsiva participación partidocrática; g)recordaron y validaron el ideal de la Ciudad Católica y de la Reyecía Social de Jesucristo;h)promulgaron encíclicas con directivas concretas sobre el mejor modo de una participación y representatividad políticas para un católico; i) descalificaron moral e intelectualmente a los bautizados que procuraban conciliar la Fe con el liberalismo, o que divorciaban la vida privada de la vida pública en materia de doctrina cristiana; j)elogiaron la actividad que al servicio del bien común se puede llevar a cabo mediante los cuerpos intermedios.

No deberían ser desconocidas,ni menos aún inaplicadas por ningún católico serio, las siguientes encíclicas de San Pío X: E supremi apostolatus, Gravissimo officii, Lamentabili sane, Notre charge apostolique, Vehementer nos, Il fermo proposito, Pieni l’animo di salutare timo. Lo que surge de estos y otros documentos similares, incluso y como nos hemos atrevido a probar, de documentos llamados “posconciliares” no es, en principio, que “los papas permitieran o alentaran votar y participar bajo el régimen de sufragio universal”. Sino todo lo contrario; que los papas recordaran la existencia de una recta doctrina tradicional al respecto, que nada tiene que ver con los postulados y las prácticas del liberalismo. Y sólo después, en segunda instancia, con el mundo cayéndoseles sobre las cabezas (y últimamente con ellos mismos a la cabeza del mundo) cedieron a la primacía de la hipótesis sobre la tesis, o lo que es peor, convirtieron la primera en la segunda. Concesión –gradual y acotada al principio, escandalosa ahora- en la que se cifra el inicio y el desarrollo del drama de la ruptura del Magisterio. Pero en lo que nosotros vemos un drama, porque objetivamente es eso la enseñanza heterodoxa o heretizante, para los católicos como el Dr. Hernández es el salvoconducto esperado para votopartidar sin complejos de culpa. Ven una ganacia en estos cambios. No se quiere oir la voz de la Tradición ni la de la Sagrada Escritura. No se quiere rescatar la siquiera escasa o mínima continuidad en la verdad, ni rechazar de cuajo las innovaciones anticatólicas. No se quiere tampoco constatar que hubo vida política antes de la democracia, del sufragio universal y de los inmundos partidos políticos. Del mismo modo que para otros católicos es un salvoconducto y una ganancia la actual y escandalosa vista gorda y grande hospitalidad papal hacia divorciados, pederastas, amancebados, concubinos o fornicadores. Sin hablar de la hospitalidad doctrinal hacia el error, en terrenos mucho más delicados que el del voto o el partido.

e)En la historia del Nacionalismo Argentino, y aún en la llamada historia reciente, hay no pocas actitudes que podrían ser objeto de una autocrítica o de una reflexión sin concesiones sobre su propio desempeño. Pero en el ejemplo puesto por Romero Moreno, del plebiscito sobre nuestra soberanía en el Canal de Beagle, convocado en 1984 por el gobierno de Alfonsín,no nos parece que el Nacionalismo tenga nada que reprocharse. Y mucho menos, que tenga que sucumbir a la engañosa retórica del Dr. Hernández, que pretende hacer de nuestra posición doctrinal una cacería de pecadores.

Situemos las cosas en tiempo y espacio, sobre todo para quienes no vivieron aquel episodio ahora mencionado como ejemplo por Romero Moreno.

El domingo 25 de noviembre de 1984, el gobierno de Alfonsín pidió el parecer de la ciudadanía respecto de aceptar (SI) o rechazar (NO) el Tratado de Paz y Amistad firmado con Chile para resolver el  conflicto del Canal de Beagle, luego de la mediación de la Santa Sede. Todo era una farsa urdida canallescamente por el Radicalismo gobernante, en unión con las izquierdas y los grupos clericales modernistas, incluyendo la posición del mismo emisario vaticano. Hasta un decadente José María Rosa, invocando supuestos ideales de hermandad latinoamericana, salió a refrendar al oficialismo y su política de cercenamiento patrimonial. El plebiscito no poseía, legalmente hablando, ni carácter vinculante ni era obligatorio. Primera diferencia con el sufragio universal convencional. El gobierno ya tenía,no sólo la decisión tomada de aceptar el ignominioso Tratado de Paz y Amistad, sino que poderosos intereses y grupos de presión extranjeros estaban dispuestos a  rubricar esa decisión desfavorable a nuestra soberanía territorial; cosa que efectivamente sucedió. Uno de los primeros efectos ominosos de nuestra rendición en Malvinas se estaba ejecutando fríamente, con la conducción y el regocijo solapados de los vencedores.

No se trataba en consecuencia de la multitud delegando soberanía a un candidato, ungiéndolo como mandante; ni de partidos políticos en pugna electoral para ver quién se alzaba con su candidato. De esos votos no dependía quién gobernase, sino que el que ya gobernaba pudiera mutilar impunemente el territorio, o si al menos recibiría la desaprobación moral de un sector de la sociedad. Para colmo de confusiones horrendas, el gobierno, que era inequívocamente anticatólico, instaló el sofisma de que quien practicara la fe católica debía votar a favor del Tratado, pues de lo contrario se le provocaba un desaire, un disgusto y una desobediencia al Santo Padre.

En tales circunstancias,el Nacionalismo Católico, precisamente por ser lo uno y lo otro, no podía permanecer callado e inactivo. Desplegó sus mejores argumentos para probar que el territorio en litigio era argentino, y que se estaba cometiendo una traición a la patria al entregarlo. Desplegó sus mejores argumentos para probar que no había contradicción alguna entre ser un católico fiel y oponerse a una mera mediación diplomática del Vaticano. Y a la hora de consumar su opinión en público, dijo NO a la propuesta encerrada en el plebiscito, sin que ese NO tuviera otro alcance glorioso más que el de salvar el honor de la verdad. Lejos de “pecar mortalmente” quienes gritaron su NO a la consulta amañana de un gobierno apátrida y corrupto, cumplieron con la virtud de la piedad.

Aquello no era una convocatoria a un sufragio universal, ni una campaña electoral con competencia de candidatos, llevando uno propio a la palestra del Régimen. Era una consulta a la ciudadania –y expresamente así se tituló- sobre un punto muy específico atinente a la defensa de nuestros límites geográficos y nuestros derechos históricos. Tan específicos eran los puntos en debate, que el grueso de la sociedad estaba en ascuas, y lo hubiéramos estado nosotros mismos si los grandes maestros no hubieran vivido entonces para ofrecernos sus valiosas lecciones. “Nuestro NO [en dicha consulta]fue,ante todo, una negativa al sistema, a la imperdonable farsa, a la iniquidad de una política atentatoria de prerrogativas históricas esenciales, a la subversión política –no hay otra expresión más adecuada- que supone plebiscitar lo que no está sujeto a la volubilidad de la opinión pública. Un NO pronunciado desde el pasado y lanzado hacia el porvenir, para que nuestros hijos,al menos,no tengan que humillarse por quienes pudiendo hablar, callaron”[12].

Desde las páginas de Cabildo, y hablando forzosamente en forma sintética,se sostuvo:1) “Ante la cuestión austral, responder con un NO a la propuesta del mediador”[13]; 2) “Dígale NO a la traición en el Mar Austral”[14]; 3)“El gobierno empuja al pueblo a votar contra la soberanía nacional”[15]: 4) “Opóngase con su NO a la mutilación de la patria”[16]; 5) “Tratado y consulta: un mismo fraude a la nación”[17].

Ninguna bondad le vemos a los plebiscitos, pues como su nombre lo indica son dictámenes de la plebe, que tiene siempre muy pocas o nulas condiciones para dictaminar. Y este no fue una excepción. La plebe, bajo el influjo nefasto de los multimedios, bajo la presión de los poderes políticos nacionales e internacioales y de los sermoncillos del curerío progresista,acabó convencida de las ventajas de cercenar nuestro territorio, a cambio de una paz que jamás estuvo en peligro, pero que se hizo creer que se nos esfumaba de las manos, para volver otra vez a los “horrores” de la guerra malvinera, entonces reciente.

Por eso mismo, por horror a los plebiscitos, que no dejan de ser expresiones de la prepotencia del número, es que sintetizamos nuestra posición entonces, en 1984, en los siguientes párrafos que seguimos haciendo nuestros hoy: “Si alguna prueba concreta hacía falta para demostrar la connatural ruindad de la democracia, el Régimen nos la ha proporcionado atronadoramente el pasado 25 de noviembre[de 1984],con el plebiscito sobre el destino de nuestro Beagle. Enormes falacias precedieron la consulta; innúmeras mentiras la rodearon, mayores defecciones la siguieron; un solo nombre:traición, define todo [...]. Pero si la traición no les inquieta, la devoción por la democracia los transfigura. Sin embargo –insistimos- han dado el testimonio más terrible de su inservibilidad para defender el Bien Común. Efectivamente,en la democracia que conciben y desarrollan, la soberanía es un bien negociable, la custodia del patrimonio una cuestión condicionada al azar de las urnas, la responsabilidad intransferible de los gobernantes, una facultad diluible en la multitud anónima e inorgánica[...].La democracia ha desnudado su condición tiránica, su rango de gobierno espurio,ilegítimo, mendaz. Tiranía del número y totalitarismo de la cifra para entregar a la Nación. Despotismo de la cantidad por sobre las razones y los derechos de la verdad. Soberanía popular en lugar de soberanía nacional[...]. En esta era del récord, que diría Sombart,los pequeños burgueses que ocupan los sitiales públicos, se vanaglorian de los sufragios y se pavonean de los guarismos con una insensatez tanto más seria cuanto más alto es el bien cuya integridad queda comprometida. Nadie puede quitarles a los demócratas este orgullo de escrutinio favorable, esta soberbia política de recuento aritmético, esta propensión a reducirlo todo a una cuestión de acertijos y loterías”[18].

A más de treinta años y pico de haber escrito estas líneas, le damos gracias  a Dios por habernos permitido mantener la coherencia.

f)Hace muy bien Romero Moreno en tomar distancias del planteo del Dr. Hernández, confesando no creer que “con el sufragio universal o los partidos políticos vayamos a salvar a la Argentina”. Si alguna salvación tiene prevista Dios para esta tierra, la misma no podrá proceder nunca de sistemas, regímenes y procedimientos que son per se agentes de condenación moral y de ruina espiritual.

Pero la distancia que toma de ciertas posturas nuestras, confesamos no comprenderla del todo. Y esto, en primer lugar, porque nos parece que no termina de inteligir cuál es el fondo de nuestra posición; y en segundo lugar, porque no termina de inteligir tampoco cuál es el fondo de su propia posición.

Si no hay salvación con el ya tristemente paródico “votopartidar”, no hay neutralidad o inocuidad posibles. El que “votopartida” no sólo no salva; de mínima contribuye a la confusión general y a la consolidación del mal. Si estoy tomando el remedio equivocado para curarme, no solamente no me curaré. Podré contraer todos los efectos colaterales de una medicina mal administrada. No puedo tener solo una benévola “disidencia prudencial” con el que está suministrando o ingiriendo la droga equivocada. Se está haciendo daño. Está haciendo daño. Debo sacarle la droga como fuere. Porque no es neutra, no es inofensiva, no es puramente herramental o instrumental. O porque siendo instrumental no queda exenta de provocar los efectos propios de un instrumento inadecuado. Esto por un lado.

Por otro; si me asiste el convencimiento “de combatir de ordinario al sistema”, y llego a esta decisión y la sostengo, no al amparo de razones adjetivas sino sustantivas, como lo son las razones filosóficas, religiosas  y políticas; y si sé, además,que la cooperación material al mal es, en principio, ilícita, y que hay posibilidades de evitarla, y que en una vida moral positiva conviene evitarla,¿por qué seguir justificando a los cooperadores materiales de un mal?

Esta última pregunta nos parece clave e importante; y es aquí cuando creemos que, o no se entiende el núcleo central de nuestra argumentación, o no hemos sabido explicarla mejor. En principio también nosotros,si nos correspondiera analizar uno o cien casos individuales de sufragantes; o si nos correspondiera atenderlos en confesión, es posible que a la hora de darles una hipotética penitencia o sanción, y a los efectos de ser justos cuanto equitativos,aplicaríamos el voluntario indirecto, el doble efecto, los modos de cooperación y todos los recursos de los que se valen legítimamente los casuistas o los moralistas de fuste. Nuestra lucha no es por probar que Fulano y Mengano que sufragaron universalmene se van al infierno. Tampoco, ya lo dijimos, es por cazar vivos a esos sufragantes, colocarles un sambenito y pedir una hoguera para cada uno de ellos. El rigorismo nos espanta tanto como el permisivismo. Tenemos presente;eso sí, que tanto el bien como el mal tienen portadores concretos.Y que, en consecuencia,la concreción ética de una situación buena o mala, la estructura concreta de esa misma acción, pueden ser relativamente fáciles de detectar. Y detectadas corregidas, sancionadas o perdonadas, según coresponda.

No hemos dicho ni estamos  diciendo que no  hay grados de responsabilidad, de culpabilidad, de imputabilidad. No construimos ningún silogismo cuya premisa mayor diga: “Todo el que vota con sufragio universal es un pecador irredimible”. Poniéndonos de nuevo en el sayo de un imaginario confesor, así como buscaríamos la exacta medida de su culpa para hallar la exacta medida de la punición, del arrepentimiento y del perdón, no podríamos dejar de aconsejarle –aún más:de exigirle- que reencauce su vida, impidiendo que ella transite por el delicado terreno de las cooperaciones materiales o de las ocasiones próximas de pecado,o de los males menores, para preferir la vía segura de los bienes concretos y posibles. Que sea fiel en lo poco, en síntesis, sería nuestro consejo; para que pueda serlo en lo mucho, y que procure elegir siempre la puerta angosta. ¡La olvidada ascesis de la puerta angosta, cuántas almas salvó, y cuánto hace que no se predica ni se recuerda!

Entendemos entonces la preocupación de Romero Moreno por no andar condenando aquí y acullá, a tal o cual gaucho que metió su papeleta en la urna. Pero ni entendemos ni podemos admitir que, hecha la salvedad que acabamos de hacer por millonésima vez,no se comprenda que nuestro propósito central es otro; que otro es el núcleo fundamental de nuestra argumentación. Lo diremos con un símil fácil que nos evitará los rodeos. Abortar es un pecado mortal y quien aborta peca. Peca quien se somete a él libremente, y peca quien obra de causa eficiente para provocarlo. Pero más allá de la condena, del perdón, de la misericordia, de los atenuantes, de los agravantes, de las distintas formas de cooperación con el mal, del voluntario o del involuntario, de lo que sea, lo que realmente anhelamos y procuramos es: 1)recordar que existe la gloria de la maternidad generosa y fecunda; b)rescatar el modelo de hogar católico; c)proponer la reivindicación, la rehabilitación, la restauración de esos grandes arquetipos de madres y padres, de hijos fieles, de hermanos nobles, de casas edificadas sobre roca.

No creemos necesario explicitar el tropo, más por las dudas lo digamos en dos palabras. El núcleo de nuestra propuesta es: 1)recordar que existe otra concepción de la política,que dio santos y héroes a la Cristiandad y a la Patria, pensándola y salvándola en su momento. Hubo vida política, lo repetimos, antes de la democracia; y la Iglesia admiró y exaltó esa vida, así como a sus protagonistas; 2)proponer el rescate de esa olvidada y precisa forma, pisoteada por la Revolución y la Modernidad; 3) hacer cuanto esté a nuestro alcance para que esa arquetipicidad política y ese quehacer consiguiente, no sucumban bajo la tiránica ley del olvido, y bajo las garras del facticismo, del maquiavelismo, del acostumbramiento al mal y del cansancio de los buenos; 4) matar al error y amar al que yerra.

En la vida moral no conviene caminar en la cornisa, haciendo malabares y equilibrismos. O como en un terreno minado, tratando de pisar el voluntario indirecto o el doble efecto, pero sin pisar la cooperación formal. Conviene la rectitud, de la cual nace el deber. “Al preguntar por qué razón debe ser el bien moral[el elegido] y no el mal”; y por ende, porqué razón nuestro esfuerzo debe centrarse primeramente en la consecución del bien y no en el deslindamiento estratégico de cooperaciones con el mal o en el cálculo de probabilidades de que esas esas cooperaciones no me arrastren al abismo, “no se hace esperar la respuesta”. El bien moral debe ser el elegido, “porque es recto, bueno o justo”. La razón primera de este deber no es un voluntarismo, aunque sin el acatamiento a la Voluntad de Dios, no tiene sentido hablar de un deber obligatorio. “Pero el deber no se apoya primariamente en ninguna voluntad ni sentimiento, sino en la bondad o rectitud. El sentimiento a su vez puede instar a una acción [siento que hoy tengo que sufragar por Fulano porque es amigo y tiene buenas intenciones], pero esto no significa que tal acción sea ni admisible ni debida. Tampoco el mero hecho de que uno más poderoso que nosotros[una ley positiva injusta pero obligatoria y coactiva] nos exija una acción, prueba nada relativo a su bondad[...]. El deber,pues,se funda en la relación de una acción posible con su bondad”[19].

Pero por lo mismo, tampoco en la vida política podemos andar en la cornisa o haciendo fintas, frente a nosotros mismos, frente al prójimo y frente a Dios, sin terminar de decidirnos si algo es intrínsecamente malo y por lo tanto me alejo de él y lo combato; o si podría contemporizar un poco con ese mal,ampararme en alguna excepción, tener disidencias sólo prudenciales pero no doctrinales, y moverme a toda hora con una especie de GPS moral, para evitar doblar en la curva equivocada, y tomar el camino de la cooperación material en vez de la formal. “La política auténtica no consiste en un mero aprehender empíricamente las realidades y las dificultades de la vida social, para sortearlas con la mayor habilidad posible[...]. Ignorar la Idea importaría caminar inútilmente ya que verdadero camino es sólo aquel que conduce a alguna parte. En la ignorancia de la Idea reside el pecado del oportunismo político[...]. Negar las esencias y naturalezas equivale a negar lo más específico del conocimiento humano, según ya lo advirtera el viejo Sócrates. Equivale a disolver el ser en acontecer, toda subsistencia en tiempo, y la filosofía en historia”[20].



[1] Sin ser exhaustivos, recomendamos la lectura atenta,provechosa  y crítica de sus siguientes trabajos: República tradicional versus democracia totalitaria, Cfr. http://detierraycielo.blogspot.com.ar/2013/04/republica-federal-vs-democracia.html; Elecciones: no hay solución dentro del sistema,cfr. http://detierraycielo.blogspot.com.ar/2013/10/que-hacer-en-las-elecciones-una.html?m=1; Elecciones, la democracia totalitaria,la vida ,la patria y la familia, cfr. http://detierraycielo.blogspot.com.ar/2013/10/algo-mas-sobre-las-elecciones-y-el-voto.html?m=1; Los que no votamos, qué aportamos al bien común,cfr. http://detierraycielo.blogspot.com.ar/2013/10/los-que-no-votamos-que-aportamos-al.html?m=1; La constitución tradicional de la Argentina,Cfr. http://criticarevisionista.blogspot.com.ar/2014/11/la-constitucion-tradicional-argentina.html;La crisis argentina y la cuestión del mejor régimen político, en Diario de Filosofía del Derecho, de El Derecho,Buenos Aires,n. 11, 15-12-206; La Cristiandad:los neomaritaineanos, en El Derecho,n.12.882,Buenos Aires,2011,p. 12-16.
[2] Fernando Romero Moreno, Carta del jueves 11 de junio de 2015. Fragmento. Las cartas de Romero Moreno suelen ser verdaderas lecciones, en las que anticipa, resumen o barrunta lo que después toma la forma definitva de ensayos. Por eso, aunque citamos este epistolario por practicidad y especificidad temática, seguimos insistiendo en la conveniencia de desembocar en su obra.
[3] Antonio Caponnetto, La perversión democrática, Buenos Aires, Santiago Apóstol, 2007,p. 249.
[4] Domingo Basso,O.P,Los fundamentos de la moral, Buenos Aires,Centro de Investigaciones en Ética Biomédica, 1993, p. 149.
[5] Iussio,consilium, consensus,palpo,recursus,participans,mutus,non obstans,non manifestans: Cfr. Ibidem, p. 148.
[6] Domingo Basso, Los fundamentos...etc.ob.,cit.,p. 145-146.
[7] Santo Tomás de Aquino, La justicia. Comentario al Libro V de la Etica a Nicómaco de Aristóteles,Buenos Aires, Cursos de Cultura Católica, 1946,p. 77-78. El párrafo citado corresponde al comentarista de la edición de esta obra, Benito Raffo Magnasco.
[8] Santo Tomás de Aquino, La justicia...etc.,ob.cit.,p.40,41.
[9] Ibidem, p. 42.
[10] En carta del 17 de marzo de 2015 nos pone el ejemplo de Irlanda, en la cual “si no se utilizaba esta modalidad[la del sufragio universal], los católicos que eran la mayoría de la población, quedaban bajo gobiernos hostiles al catolicismo y que habían sido elegidos por sufragio calificado”. Pues la verdad es que tras años de tamaña conquista como el sufragio universal,la República Parlamentaria de Irlanda tiene como presidente a Michael D.Higgins, del Partido Laborista, miembro de la Internacional Socialista, y como Primer Ministro a Enda Kenny, demócrata cristiano, cuyo partido, Fine Gael, se autodefine como “Partido del Centro Progresista”. En 1995, además,y gracias al sufragio universal, Irlanda aceptó aprobar la ley del divorcio. Sinceramente no vemos qué ventaja trajo el sufragio universal al catolicismo irlandés. 
[11] Los protocolos de los sabios de Sión,Acta X. Como se sabe hay infinidad de versiones de esta obra;y como se sabe, asimismo,la misma está llena de alusiones a la instrumentación del sufragio universal, de los partidos políticos y del liberalismo. Sólo hemos elegido un escueto fragmento, usando la  erudita edición de Ediciones Argentinas,Buenos Aires,2003. Como no faltará quien nos cuestione por haber echado mano de esta fuente, remitimos a lo que dijéramos sobre la validez de la misma en otro lugar. Cfr.Antonio Caponnetto, Los críticos del revisionismo histórico, vol. II,capítulo 8, Buenos Aires, Instituto Bibliográfico Antonio Zinny, 2006.
[12] Antonio Caponnetto, Seguimos diciendo NO,Cabildo,2da. época,n.83, Buenos Aires, p. 15-16. Está incluido,además en nuestra obra,Del Proceso a De la Rúa, vol.I, Buenos Aires, Nueva Hispanidad, 201,p.181-184.
[13] Cfr. Cabildo,2da.época, n.39, Buenos Aires, 1981. Leyenda de tapa. Nótese la fecha: tres años antes de que se lanzara el plebiscito.
[14] Cabildo,2da.época,n.80,Buenos Aires,1984. Leyeda de tapa. Es este uno de los números más completos sobre el tema, incluyendo una nota de Alberto Caturelli, La consulta sobre el Beagle y la ética cristiana[p.20-21].
[15] Cabildo, 2da. época,n.81, Buenos Aires, 1984. Leyeda de tapa
[16] Cabildo, 2da. época,n.82, Buenos Aires, 1984. Leyenda de tapa.
[17] Cabildo, 2da.época,n.83, Buenos Aires, 1984. Leyenda de tapa. Este número es posterior al plebiscito, y aquí aparece ese artículo de nuestra autoría citado ut supra,señalando la farsa intrínseca que conllevaba el hecho de querer plebiscitar lo implebiscitable: la soberanía nacional; Cfr. Antonio Caponnetto, Seguimos diciendo NO,ibidem,p.15-16.
[18] Antonio Caponnetto, Seguimos diciendo NO...etc.ob.cit.,p.16.
[19] Marcel Reding, Fundamentos filosóficos de la teología moal católica,Madrid, Rialp, 1964,p.90-91.Lo que hemos puesto entre corchetes no está en el texto original. Son acotaciones nuestras para que el párrafo pueda aplicarse más explícitamente a la cuestión que estamos debatiendo.
[20] Juan M. Bargalló Cirio, Ubicación y proyección de la política, Buenos Aires, Adsum, 1945, p.41,42,47.




Nacionalismo Católico San Juan Bautista


jueves, 1 de agosto de 2019

Ante las elecciones (Primera Parte) - Antonio Caponnetto


LA COOPERACIÓN CON EL MAL

Por Antonio Caponnetto


Desde siempre –para decirlo de un modo algo hiperbólico- cada vez que en nuestra patria hay elecciones, se repiten indefectiblemente los mismos planteos, los mismos interrogantes, cuestionamientos, proyectos o debates.

         No nos referimos a ninguna de estas categorías en el orden nacional o universal. Si no a algo muchísimo más acotado y doméstico; esto es, al alboroto que se arma entre las filas católicas, más o menos nacionalistas o tradicionalistas, acerca de si hay que votar, a quién votar, porqué partido apostar o qué partido inventar, cuál es el mal menor, el bien posible, y un largo, difícil cuanto delicado etcétera.

         Le he dedicado a esta cuestión algún esfuerzo sistemático de años, fruto del cual -amén de una serie nutrida de notas periodísticas- debo hacer mención de tres obras densas y (si se me permite calificarlas asi) exhaustivas. A saber: “La perversión democrática” (Buenos Aires, Santiago Apóstol, 2007) y los volúmenes I y II de “La democracia, un debate pendiente”, publicados ambos en Buenos Aires, por la Editorial Katejon, en los años 2014 y 2016 respectivamente. Se encuentra en prensa incluso un cuarto volumen titulado “Democracia y Providismo” (Buenos Aires, Bella Vista Ediciones, 2019).

Como aquel ignoto lugar de la Mancha al que alude Cervantes al principiar su Quijote, ya ni quiero acordarme de los nombres de los principales destinatarios de estas reyertas. La nadidad argumentativa que han demostrado al respecto los ha vuelto olvidables.

         Pero las obras están. Los que tengan interés en estudiarlas, analizarlas, considerarlas o evaluarlas honestamente, podrán hacerlas materia de dilucidación. Haberlas escrito con esa cierta exhaustividad que antes mentaba, confieso que me quita remordimientos y reproches. De mi parte, al menos, hice cuanto pude para no dejar nada substancial en el tintero, y a fe mía creo poder decir que lo he logrado. Empezando por aclarar en lo posible los errores de bienintencionados legos, siguiendo por refutar las maledicencias de sedicentes doctos, continuando por ignorar los rebuznos de los comentaristas de baja estofa, hasta responder a la fatídica y legítima pregunta: “¿Qué hacer”? Sobre todo esto último.

         Sin embargo, y como decíamos arriba, cada vez que hay elecciones, los malabaristas de la casuística, los peritos en restricciones mentales, los especialistas en tranquilizar conciencias con bizantinos protocolos morales, los cuadriculadores de escrúpulos y los mensuradores de los permitidos en la dieta de la corrección política, vuelven a repetir por enésima vez los mismos argumentos que ya fueron refutados, explicados, evaluados críticamente y desechados.

         Como el público se renueva, como los jóvenes no están formados, como muchos adultos defeccionan y hasta varios ancianos les dan el mal ejemplo de no comunicarles la verdad recibida de sus mayores, la confusión se vuelve total. Ergo, nos vemos obligados al doliente hartazgo de volver a publicar, siquiera fragmentariamente, lo que ya explicamos en otras muchas circunstancias similares.

         En esta ocasión copiaré lo que escribí hacia el año 2007 sobre la doctrina moral de la cooperación con el mal. Está tomado de mi libro “La perversión democrática” (Buenos Aires, Santiago Apóstol, 2007).Me resulta imprescindible aclarar: a) que he omitido intencionalmente el nombre del eventual impugnador al que respondía entonces con estas líneas. Sencillamente porque ya no tiene sentido ni me interesa tenerlo por interlocutor válido; b) que estas líneas son sólo un fragmento motivador. Quien tenga interés en ahondar deberá ir, ya no, si así lo quiere, a mi libro, sino a las fuentes doctrinales a las que remito; c) que los destinatarios naturales de estos fragmentos no son los especialistas, sino los jóvenes con vocación política, con la esperanza de que puedan prestarle algún servicio.

         Dicho lo cual, vayamos al esquema:
Se ha dicho, citando a Bernhard Häring, que en materia de “cooperación en los pecados ajenos”, hay que distinguir entre “la cooperación formal –que constituye siempre un pecado por contribuir al pecado del otro- y la cooperación material. Es lícita la cooperación material, siempre que con una acción se defienda un bien superior o se impida un mal mayor. Una actitud rigorista que impida hacer cualquier cosa de la que otro pueda aprovecharse para el mal, haría imposible toda acción política”.

Nuestro autor dice esto porque no se le escapa que una de las objeciones que pesa sobre la ejecución del mal menor, y específicamente sobre el voto dado al mal menor, es la de estar cooperando al pecado ajeno. Y por supuesto, partidario explícito del malminorismo, como es, quiere disipar de la conciencia de los que así obren la culpa de estar cooperando al pecado ajeno. Pero también aquí se imponen sucesivas distinciones, que no han sido hechas.

 Puede aceptarse sin sobresaltos la distinción tradicional entre lo formal y lo material en el orden de los males o de cooperación con los mismos. Por cooperación formal se entiende la que realiza quien actúa o interviene consintiendo el pecado mismo. La material en cambio, tiene lugar cuando sin querer la acción pecaminosa, se participa de algún modo en hacerla posible. Si la primera nunca es lícito prestarla por razones obvias, la segunda tampoco puede ser propuesta como regla. Es una excepción atenuante que obra como tal bajo ciertas condiciones. La primera de ellas es que tal cooperación material se nos imponga ante un caso de real necesidad, y que estemos definitivamente seguros de que no nos queda otro camino.

 Hablar genéricamente, sin precisar las imprescindibles distinciones, de la ilicitud de cooperar formalmente y de la licitud de cooperar materialmente, puede fomentar todavía más la conciencia laxa en el ya relajado mundo que vivimos. De lo primero que debe hablar un buen cristiano, no es de la posibilidad de cooperar al mal pecando lo menos posible, sino del deber de ser cooperador de Dios para restablecer su Reino sobre la tierra y batallar contra los enemigos de su divina realeza.  “Ha de tenerse presente” –dice precisamente Häring- que, por más que la culpa de los diversos cooperadores difiera en grados, no difiere en cuanto a la especie […] Del hecho de que sean muchos los que contribuyen a una acción pecaminosa, no se sigue que disminuya la culpa objetiva de cada uno; más bien aumenta, pues con la colaboración se peca también contra la caridad, corroborando la maldad de los demás, o facilitando su acción pecaminosa”[1].

Un axioma seguro y más que aconsejable sería el de cooperar activamente al bien posible, rechazar rotundamente toda cooperación formal o sospechosa de tal, y usar de la prudencia para evitar en lo posible la cooperación material.

No obstante la aparente sencillez y tranquilidad moral que arroja esta división de las cooperaciones, en la práctica las cosas son algo más complejas. Porque puede darse el caso de un acto intrínsecamente malo en el que se coopere, sin intención de consentir el pecado de un tercero. Como por ejemplo, vender anticonceptivos. Por la naturaleza del acto al que coopero mi mal sería formal, por la ausencia de intenciones cooperadoras del mal, sólo se trataría de una cooperación material. Por eso es que algunos moralistas prefieren reservar la cooperación material para los casos en que el acto con que se coopera sea bueno o indiferente por su objeto, y subdividir después entre cooperación formal subjetiva y objetiva, siendo la primera la tradicionalmente llamada formal, y la segunda la que hemos descripto por vía casuística[2].

Con independencia de estas sutilezas nada desdeñables, parece evidente concluir en que mayor será la culpabilidad del cooperador cuanto más se acerque a una cooperación formal. Y que hay cooperación formal tanto cuando se aprueba per se el pecado del otro, como cuando se presta concurso voluntario para que el otro lo ejecute. Paralelamente, habrá sólo cooperación material, si la acción ejecutada es buena o indiferente, si no existe intención alguna de provocar con ella males ulteriores, aunque se sepa que tal posibilidad existe. Por eso aclara el precitado Häring: “para que la acción del cooperador material merezca una condenación moral, es preciso que haya previsto o debido prever con seguridad, o por lo menos con probabilidad, el abuso que de ella se había de hacer.

Pero esta previsión no ha de radicar en la acción considerada en sí misma, que de suyo no se encamina al pecado del agente principal (pues de lo contrario habría cooperación formal). Dicha presunción o conocimiento se desprende de las circunstancias especiales, de las tristes experiencias pasadas, de la participación de otras, en fin, de la directa manifestación de las malas intenciones del agente principal”[3].

Este énfasis puesto en las circunstancias, a los efectos de precisar si cabe o no una condenación moral, no debe ser minimizado ni desatendido. Pues cuando el objeto y la intención de un acto pueden ofrecer vacilaciones para determinar con rigor su carácter moral o no, el análisis de las circunstancias sabe inclinar la balanza hacia un lado u otro de lo legítimo o ilegítimo. Aquí y ahora, en concreto, las circunstancias me han de dar la garantía de no estar contribuyendo a un pecado visible.

Si dadas determinadas circunstancias de tiempo y espacio se nos pide que arreglemos un consultorio médico con trabajos de albañilería, no se podrá calificar al acto más que de bueno o neutro. Pero si quien nos encarga la tarea es un cirujano plástico dedicado a medrar inescrupulosa e irresponsablemente con la moda del rejuvenecimiento, las mismas circunstancias de tiempo y espacio descalifican moralmente nuestra tarea.

 Una cosa es poder desinvolucrarse de las ulterioridades maliciosas de un acto, porque desconozco el abuso que pueda hacer del mismo aquel con quien estoy cooperando. Y otra cosa es que el acto que llevo a cabo ya me ofrezca la constancia, actual y presente, de que servirá para consumar un pecado o una inconducta. No es ocioso al respecto prestar atención a esta recomendación pontificia: “en tales colaboraciones [la de los católicos en el ejercicio de sus actividades económicas o socisles] procuren ante todo ser siempre consecuentes consigo mismos y no aceptar jamás compromisos que puedan dañar la integridad de la religión o de la moral"[4]

Ahora sí, salvedades hechas, podemos decir que la cooperación material sólo podría ser legítima en defensa de un bien superior o como obstáculo a un mal mayor, pero respetando a rajatabla el principio de que el fin no justifica los medios; y por lo tanto, no procurando jamás un buen efecto valiéndose de otros malos. Asimismo, al aplicar este principio, deberemos ser cuidadosos de no estar procurando una ventaja privada, ni de resultar movidos por el temor o por el oportunismo.

Pues bien,no somos expertos en teología moral. Quede dicho. No queremos parecernos ni a ciertos ultramontanistas ni a ciertos angelistas, sea que por vía de un rigor extremo los unos, o de una desencarnada visión los otros, llamen pecado a todo o se desentiendan del pecar, sencillamente porque se desentienden de vivir en la tierra. No es la nuestra una actitud escrupulosa que “impida hacer cualquier cosa de la que otro pueda aprovecharse para el mal”. Es sí, una actitud coherente que impide llamar bueno a lo que es malo porque lo hacemos nosotros, como impide hacer lo que de un modo implícito o explícito entre en colisión con la recta doctrina y el obrar concorde.

Pero es el caso de aplicar todo lo antedicho a nuestro tema específico, y la siguiente es nuestra breve conclusión:
a) Quien participa del sufragio universal se involucra en una mentira de funestas repercusiones para el Orden Social, pecando contra el Octavo Mandamiento. Se trata de una actuación o intervención consintiendo el pecado mismo,cual es el de la mentira dañosa. Agrava el daño la proyección que el mismo tiene sobre el bien común nacional, con lo que queda comprometida la virtud de la piedad, ligada al Cuarto Mandamiento. El acto de mentir es intrínsecamente malo; luego, la cooperación sería formal y no material.
b) La acción de sufragar, mediante la mentira universal del sufragio universal, no es moralmente buena o indiferente; es participar de un fraude, de una subversión, de una colosal estafa política, de una rebelión contra la recta escala de los bienes. Es fácil colegir además, que dadas las circunstancias que rodean al candidato, antes y después de las elecciones; concretamente la circunstancia de estar inserto en el sistema democrático frente al que tiene que rendir cuentas, el abuso que pueda hacer de mi concurso es inevitable. El acto de sufragar ya lleva ínsito la constancia de que contribuirá al mantenimiento de la perversión democrática.  Luego, la cooperación no sería meramente material sino formal.
c) El liberalismo es pecado. “La democracia moderna es la democracia clásica en estado de pecado mortal”[5]. Ser católico y ser liberal es, además, sumar al pecado del liberalismo el de la incongruencia. Los principios que acepto al aceptar las reglas de juego del sistema liberal conspiran gravemente contra la concepción católica de la polìtica, y consuman el destronamiento intencional y demoníaco de Jesucristo. El abrazar o fundar un partido que públicamente no reniegue y efectivamente no haga rechazo de los principios del liberalismo –como la soberanía del pueblo, el derecho nuevo, el constitucionalismo moderno, el sufragio universal, el laicismo integral,etc- equivale a aprobar, patrocinar o impulsar dichos principios. Luego, la cooperación sería formal.

La solución es elegir no votar, para no votar pecando. Elegir abstenerse de ser partícipe del sufragio universal y de cuanta impostura teórico-práctica el mismo conlleva. Elegir, contra todas las formas de pragmatismo oportunista, la coherencia extrema. Preguntamos sin retórica a los malminoristas y católicos regiminosos: cuándo Paulo VI dijo que “el cristiano que quiere vivir su fe en una acción política concebida como servicio, no puede adherirse ,sin contradecirse a sí mismo, a sistemas ideológicos que se oponen, radicalmente o en puntos sustanciales, a su fe y a su concepción del hombre. No es lícito, por tanto, favorecer a la ideología marxista [pero] tampoco la ideología liberal[6]. Preguntamos sin retórica, decíamos, cuándo se nos pide ser coherentes en política, y se nos recuerda que no es coherente ser liberal y ser marxista, ¿por qué seríamos coherentes y no pecaríamos contra esta clara advertencia moral, aceptando el sufragio universal, la soberanía del pueblo y todos aquellos principìos ideológicos pregonados en común por liberales y marxistas? ¿Por qué si aceptamos lo sustancial de la Revolución no nos convertimos en revolucionarios?





[1] Bernhard Häring, La ley de Cristo, Barcelona, Herder, 1961, Libro II, II, Sección Segunda, III. Hay versióndigitalhttp://www.mercaba.org/Haring/II/102135_pecados_contra_amor_projimo.htm          
 [2] Cfr. Foro de Teología Moral San Alfonso María de Ligorio, Recensión a Fernando Cuervo, Principios morales de uso más frecuente. Enseñanzas de encíclica Veritatis Splendor, Madrid, Rialp, 1995, http://www.foromoral.com.ar/respuesta.asp?id=78
[3] Bernhard Häring, La ley…etc, ibidem
[4] Juan XXIII, Mater et Magistra , 239
[5] Jean Madiran, On ne se moque pas de Dieu, Paris, Nouvelles Editions Latines, 1957, p. 67.
[6] Paulo VI, Octogesima adveniens, 26




Nacionalismo Católico San Juan Bautista


miércoles, 31 de julio de 2019

Democracia y Providismo - Antonio Caponnetto



Adelanto en audio del libro del Prof. Dr. Antonio Caponnetto: 
Democracia y Providismo




Nacionalismo Católico San Juan Bautista

sábado, 20 de julio de 2019

DÍA DEL AMIGO – Antonio Caponnetto





Amigos:

            A todos aquellos que me saludan por el “Día del amigo”, les quiero aclarar:

             1) Que les agradezco muchísimo el saludo y buenamente lo valoro. La gran mayoría de esas salutaciones me honran y confortan.

              2) Que la fecha 20 de julio, instituida como “Día del Amigo” es un invento específicamente masónico, debido al masón Enrique Febbraro, de profesión odontólogo, con ocasión del primer alunizaje, ocurrido el 20 de julio de 1969.

               3) Que este señor Enrique Febbraro era masón es un dato reconocido formal y públicamente el 20 de julio de 2011 por Angel Jorge Clavero, Gran Maestre de la Masonería Argentina; acotando además, que Edwin Aldrin, coronel de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, quien descendió de la nave espacial Apolo XI y se unió a su compañero Armstrong en el Mar de la Tranquilidad, también era masón. Pertenecía a la Logia Clear Lake N° 1417 de Seabrook, Texas, Estados Unidos.

               4) Que el Comunicado Oficial de la Masonería, estableciendo que la fecha y su autor le pertenecen, agrega que la "Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones" celebra que con un "gesto de profundo amor por el género humano, con perseverancia y coraje hayan colocado la bandera progresista de la masonería en la Luna y en los corazones de toda la humanidad". Sirva aclarar que, la Declaración oficial firmada por Clavero, no es el único comunicado masónico con el que contamos. Hay varios más, de distinta procedencia, nacionales y extranjeros.

                 5) Que aunque no existieran estas declaraciones oficiales de la Sinagoga de Satanás –como acertadamente llamó León XIII a la Masonería- bastaría leer los principios inventados por Febbraro para cultivar la amistad y nos daríamos cuenta del espíritu que lo anima. En uno de ellos habla de “los sacramentos de la amistad”, parodiando los verdaderos sacramentos de Jesucristo. En el texto de la carta que le remitió a 1000 personas, y que lo hizo famoso, dando lugar a que, a partir de ese día, se hablara del “Día del Amigo”, sostiene que: “Viví el alunizaje del módulo como un gesto de amistad de la humanidad hacia el universo”. El lenguaje del humanismo cósmico y del panteísmo ecologista, también forman parte del idioma de la masonería.

                  6) Permítaseme decir que, desde siempre me vengo negando a celebrar estas pseudofiestas impuestas por la masonería, en desmedro de los genuinos festejos católicos. La “Del Amigo” no es la única pseudofiesta, (lo son casi todas las del calendario comercial y oficial), pero sin duda tiene mucha influencia, sobre todo entre los jóvenes. Por eso conviene dar la voz de alerta.

                 A la par, vengo proponiendo el rescate del verdadero sentido de lo festivo, como nos lo enseñaron los Padres de la Iglesia, y ya contemporáneamente, maestros de la talla de Josef Pieper. No queremos que nos impongan sus festejos los enemigos de Jesucristo; ni los ideólogos de la Modernidad y de la Revolución, los cuales –dicho sea de paso- aumentan sus ganancias codiciosas fabricando estas fiestas ridículas. Queremos genuinas efémerides escolares y nacionales, tanto como queremos aleccionadoras fiestas católicas, hoy olvidadas y traicionadas.

                     7) Lo más grave es que, a la par que se fabrican estas fiestas masónicas -y se las celebra con toda pompa, sensiblería, cursilería emocionalista y unción laical- se han borrado del calendario festividades sacras, hermosamente significativas, como el 22 de enero, Celebración de las Bodas de María y de José, que bien nos podría ayudar hoy  para incentivar nuestro combate por la familia como Dios manda.

                      8) Por último, si tantos deseos hay de tener un “Día del Amigo”, bien podría ser el 2 de enero. Es la Fiesta de San Basilio y San Gregorio Nacianceno, ¡grandes amigos en Cristo!


                       Un abrazo

                        En Cristo Rey y María Santísima

                        Antonio Caponnetto

                        Ciudad de la Santísima Trinidad, 20 de julio de 2019.




Nacionalismo Católico San Juan Bautista


domingo, 30 de junio de 2019

La princesa está triste - Antonio Caponnetto


  
E.S.I: Educación Sexual Integral. Aportes políticamente incorrectos.

La princesa está triste

“La princesa está triste[...]; ha perdido la risa, ha perdido el color.
 El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.Y vestido de rojo piruetea el bufón”.
                                                                                                            Rubén Darío
                                                                

                                                                      A Pilar Careaga Basabe de Lequerica

Por Antonio Caponnetto



Intranquilizantes informaciones de variopinta índole recorren el planeta y lo estrujan de inquietudes. Como las reales y las ficticias ya no tienen demarcaciones, ni tampoco las serias de las jocosas, terminamos por reír y llorar a la par. Gesto que, al parecer, acaba de ser autorizado por el Ministerio de Androginia, teniendo en cuenta que la risa y el llanto serían “un femenino y un masculino”, según la jeringoza policial.

¿Será cierto –pregunta un lector- que la Cámara Nacional de la Construcción ha elaborado una taxonomía de los piropos emitidos por los albañiles, quedándoles exigido ahora a los robustos alarifes del altiplano, trocar los encendidos susurros a las ninfas del barrio por los requiebros al   laborioso capataz ? ¿Es ficto o es veraz que el shoteador aquel de mostacho tupido, bozo irreductible y coprolalia fiera, no es otro que la señorita Juana García, discípula del Conde de Chikoff? ¿Qué hay de onírico y qué de crudelísima vigilia, sobre las prisiones por acoso ocular que se impondría a todo grandulón que no baje la vista cuando sube la escalera que lo saca del subte? ¿Incurre en penalizado sexismo el atrevido plomero que adquirió un tubo macho, o la verdulera gentil que exhibe sus citrones, suscitando similitudes abusivas?

Y el más temido dilema:¿el calor, el alma y el agua, son víctimas del patriarcado del pronombre demostrativo latino, o la a tónica ha cedido nomás sus derechos a cambio de que un texto Anónimo sea en lo sucesivo considerado de Anónima, como quería Virginia Woolf?

Con pródigo sentido de la oportunidad, según fuentes habitualmente insidiosas, nos hemos enterado de que quedan terminantemente vedadas por la Real Academia, las referencias lunares o selenitas utilizadas como tributo u ofrenda a las mozas en edad de merecer; ya que como bien ha dicho Frida Kahlo: "Soy el tipo de mujer que si quiero la luna, me la bajo yo solita". Enterado de lo cual y contrito, cierto vate irreductible se despidió de su amada con un discreto pasacalles que cubría todo el ancho de la Avenida 9 de Julio, diciendo: “Manola/bajate la luna sola”.

Preventivamente -nos aseguran las mejores fuentes- el Vaticano estaría dispuesto a hacer su propio aporte a la paz genérica, emitiendo una Exhortación Apostólica, la Quod mandam, por la que quedaría reformada la perícopa paulina de Efesios 5, 23. En adelante, donde se dice que el varón es cabeza de la mujer deberá sustituirse el discriminatorio “caput” por el equivalente griego “kephale”, fácilmente analogable con un síndrome neuropatológico.

Jaranas al margen, téngase por veramente sucedido el encuentro feminista bajo el lema “No queremos ser princesas sino alcadesas”, organizado en varios círculos académicos ibéricos; el uso de chiquillas como portadoras publicitarias de la tal leyenda, y hasta la puesta en marcha de “Talleres de desprincesamiento para niñas”, con el apoyo de no pocas instituciones educativas supuestamente prestigiosas. Los Estudios Disney, se sabe, se han sumado a esta campaña y ofrecen productos nuevos, en los cuales, verbigracia, ningún beso viril puede quebrar el hechizo que tenga cautiva a una dama; mientras las protagonistas más audaces completan su propuesta desprincesadora diciendo que, en rigor, quieren ser dragonas.

 Todo esto, nos libre Dios, está ocurriendo más allá de cualquier chanza.

 Sucedió incluso, como rebote de la tal campaña, que la pequeña Ainsley Turner, de cinco años, en Carolina del Norte, fue premiada porque en su clase de danzas, no quiso vestirse con gasas, coronas y purpurinas sino disfrazarse de pancho o hotdog. El fundamento del encomio, claro, es que la indumentaria elegida libremente, para desprincesarse, tiene además una proverbial connotación fálica. Repetimos que tamaños delirios están en curso y que escapa al terreno de los sarcasmos con que principiamos este suelto. La consigna de desprincesarse, complementada con la de volverse dragonas y malas madres(sic),utilizando el verbo “perrear”, como ideal afrodisíaco de la neomujer liberada, ocupa hoy un lugar destacado en los programas internacionales de la ESI, y una amplísima bibliografía lo corrobora.

No es el caso demorarse ahora en los sesudos análisis de la cuentística infantil clásica. Bien sabemos que a sus muchos y merecidos elogios se le ha hecho también algunas objeciones atendibles. Tampoco es el caso de repetir aquí lo que tantos maestros nos enseñaron sobre el inmenso valor pedagógico de las historias y las leyendas, las fábulas y las crónicas, que entre lo veraz y lo imaginativo, han servido para forjar la personalidad sana de sucesivas generaciones. De todo esto nos hablaron Chesterton, Mircea Eliade, Russel Kirk, John Seniors o el mismo Tolkien. Y entre nosotros, el gigante Braulio y la olvidada Berta Elena Vidal de Battini.

Lo tremendo es lo que el programa “desprincesador” persigue y propone. No, claro, la ruptura de un estereotipo, sino el aniquilamiento de un arquetipo regio. No tampoco la liberación de un clisé, sino el odio a la aristocracia del espíritu. Menos aún el abandono de una función social, sino la despedida del orden natural. Ni siquiera el desaire ante ciertos tópicos cansinos, sino el rencor canallesco hacia los paradigmas literarios que remiten a la Cristiandad, o le sirven de propedéutica para su mejor comprensión.

El “desprincesamiento” es el odio al cetro y a la monarquía, al velo de la mujer eterna y al sable del guerrero ecuestre; al alcazábar del peñasco altivo y al grial que se esconde en un socavón milenario; a la lanza que desenmaraña caminos y abre paso a un llanero probo; a la capacidad de sacrificarlo todo, oblativamente, por un amor cautivo, y al vivir libremente aprisionado de un ideal, que tarda en aparecer como un jinete tártaro.

El “desprincesamiento” es el odio a la almena que sólo permite asomar esperanzas matutinas, al puente levadizo que se iza para que dentren únicamente nuestros más altos anhelos; al cruzado que queda exhausto tras batirse con el dragón, el filo sangrante, la sangre en el filo, y el tajo o el bisel incoagulados.

Y digámoslo todo: es el rechazo por la virginidad atesorada y la castidad en acto. Porque en la cosmovisión aprincesada de los relatos feéricos, la pureza es un don, el candor un obsequio, la blancura una meta a la que nadie llega si no ha borrado sus máculas en la ascesis o si ha tenido la fuerza para vivir sin ellas.

No quieren ser princesas ni madres. Ni siquiera hermanas, hijas, esposas o viudas. Lo gritan explícitamente con infernal orgullo: quieren ser perras y dragonas. Yermas, homicidas y sumideros de instintos. No está mal que haya bestiarios, y que en ellos los animales tengan su significado y su símbolo, y hasta su aplicabilidad a las personas. Los tuvo el Medioevo, por ejemplo, fecundo siempre en alegorías. Baste consultar, por ejemplo, los  lindos repertorios de Oxford y Eberdeen. Pero lo que nunca se había visto sino en esta época sombría, es que los hombres y las mujeres pudieran sentise reivindicados en las analogías con las salvajadas ferales.

Tiene motivos la princesa de Rubén Darío para estar triste. No sólo le han borrado la risa, el color y las alas, le han dicho que su misión virginal y maternal ofende; que su caballero puede ser sustituido por un androide asexuado o una meretriz de lata. Le han dicho, al fin, que la prole fructuosa es un estorbo y que el mismo vientre adornado de alunadas curvas es un atentado a la silueta impuesta como canon por la estética mundialista. Le han dicho con la soez Helen Gurley que son preferibles “las chicas malas que van a todas partes, que las buenas que se van al cielo”. Y ella se crió en el arte de contemplar las estrellerías y los soles desde las cimbras, los arbotantes y las cúpulas.

Una esperanza queda, según el mismo Darío:
"-Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-;
en caballo con alas, hacia aquí se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con su beso de amor."

Pero nos resta algo pendiente, y no vamos a callarlo. Porque resulta ser que en el programa “desprincesador” que se oferta, la alternativa innovadora y revolucionaria que se le plantea a la mujer, es la de convertirse en alcaldesa. No, por supuesto, como imitación femenina del modelo que trazó Lope de Vega; sino como emulación de ciertas albadesas contemporáneas, caracterizadas por vivir y pensar contranatura.  Repugnantemente.

Y es curioso que desde España –donde encuentra todo este proyecto “desprincesador” un caudal importante de propulsores y de activistas- se omita la figura de la primera alcaldesa del siglo XX, la señora Pilar Careaga Basabe de Lequerica. Fue ingeniera industrial, recibida en la Escuela de Madrid con sólo veintiún años. Fue Alcaldesa de Bilbao desde el 7 de julio de 1969 hasta el 7 de julio de 1975. Y fue además la dueña de un sinfín de emprendimientos políticos, sociales, culturales, materiales y espirituales, que jalonaron una trayectoria pública fecundísima.

¿En dónde estará la extraña razón por la que la Alcaldesa Pilar, adelantada y pionera en semejante puesto, no sea mencionada ni reivindicada jamás por las que les proponen a las niñas “emponderarase” en un municipio antes que “someterse” en un hogar?

Es sencillo. Pilar adhirió a la prédica de Don Ramiro de Maeztu. Identificada con la Cruzada del Caudillo, fue detenida en 1936 por los rojos en la prisión de Larrinaga. De allí pasó a otra cárcel hasta que pudo recuperar su libertad, y se alistó en la Sección Femenina de Falange, sirviendo a la patria de diversos modos, aún como enfermera en los campos de batalla. Por Orden de 10 de julio de 1939, el Generalísimo le concedió la Cruz Roja al Mérito Militar, por su elevado espíritu, entusiasmo y desprecio de todo riesgo y fatiga demostrados en el transcurso de la Campaña, habiendo sufrido fuego de cañón y fusilería enemiga, en Hospitales de Campaña.  

 Estaba en posesión de numerosas condecoraciones, entre ellas: Cruz del Mérito Militar Roja, Medalla de la Campaña 1936-1939, Medalla de Sufrimientos por la Patria, Gran Cruz de Sanidad, Gran Cruz de Beneficencia de 1ª Clase, Gran Cruz de la Orden de Cisneros, Cruz Pro Ecclesia et Pontífice, Medalla de Plata de la Diputación de Vizcaya, Medalla de Plata de la Juventud y Banda de la Orden Civil de Alfonso X El Sabio.

Pilar estuvo en la primera fila fundacional de Fuerza Nueva, y en los valiosísimos tomazos de sus Memorias, el entrañable Blas Piñar habla de ella, laudatoriamente, en no pocas ocasiones. En especial, cuando una feminista miserable, Marta Ruíz, desde las páginas de “Sábado Gráfico”, el 26 de julio de 1969, la atacó de un modo grosero y obsceno. Entonces, como cuadra, salió Blas en su defensa con un artículo brioso y cálido, caballeresco y señorial, tal como fue siempre su talante. “Siendo mujer –le dice Blas- ha sido otra mujer la que ha pretendido ofenderte. [A ti], que nunca has perdido un átomo de feminidad entregada a lides que suelen acaparar los hombres[...]. Pero tú seguirás siendo Alcalde de Bilbao, con una ejecutoria limpia, y con esta mordedura, que lucirás como se muestran las condecoraciones, o como Cristo enseñó sus estigmas después de resucitado”.

El 25 de marzo de 1979, en el poblado costeño de Guecho,Vizcaya, tras un intento frustro de secuestro, la ETA le disparó arteramente, hiriéndola de extrema gravedad en un pulmón. “Al final –escribió Luis Villamea al respecto-, así es la vida. Después de una estela de generosidades, ha recibido por todo pago un tiro en el pulmón, y por la espalda, prueba de la cobardía y el rencor de sus enemigos, que lo son de España. Ella pudo con todo y con todos”.

Ni vale la pena formularse la pregunta retórica de rigor. ¿Qué hubiera pasado, qué estaría pasando aún hoy, si Pilar Careaga, primera alcaldesa de España, hubiese hecho y padecido cuanto hizo y sufrió, pero en vez de pertenecer a las filas de Dios, de la Hispanidad Eterna y del Orden Natural, hubiese sido una vulgar militante feminista? ¿Qué hubiera pasado si a Pilar, a quien no se le ocurrió jamás “desprincesarse” sino, por el contrario, entregar su pañuelo rojo y gualda a los caballeros de las mejores justas, hubiese sido una anarco libertaria de la peor ralea? ¿Qué hubiera pasado si en vez de ser la católica hija de un conde y la esposa fiel de un varón de antiguo abolengo, hubiese sido judía, negra, comunista y lesbiana? Pues ya lo sabemos. Hasta ahora, los homenajes a su persona no hubieran cesado. Ni tampoco los insultos al patriarcado femicida que, literalmente, quiso acabar con su vida. Por eso, para no ser ingratos ni amnésicos, le dedicamos nuestra sencilla nota a su memoria.

Se ha hecho larga esta reconquista del palacio, así que vamos concluyendo, con una confesión privada.

Soy un abuelo afortunado. Está viviendo temporariamente en casa una nieta de tres años, que lleva el nombre de Santa Isabel de Castilla. Todas las noches ella se ornamenta (no se disfraza) de princesa o de reina, y exigiendo el trato acorde a su augusto invento genealógico, remeda danzar, ante el menguado y aquiescente público doméstico, algunas piezas clásicas que son de su especial agrado. Entonces nuestro modesto y desvencijado comedor se puebla ante sus ojos y sus pies, de heraldos y de pajes, de alminares y cimborrios, de tizonas y coladas. Y aunque le he ofrecido ser albadesa del patio donde juega, insiste en ser princesa del imperio que forjó su alma.

Son todos de ella estos versos que le escribí y que les dejaré transcriptos, como estrambote. De ella y de cuantas niñas queden todavía en el mundo, para gloria del Altísimo, que quieran ser princesas; que una mano viril les baje la luna hasta sus plantas, y que no deseen ir a todas partes sino tomar el cielo por asalto:

Donde olvidó el zapato Cenicienta
y Blancanieves despertó en un beso,
donde puede un ratón, dentro de un queso
tener refugio, ropa y vestimenta.

Donde el gigante pierde su egoísmo
o Pinocho su hechura de madera,
el dragón su maléfica humareda
si un príncipe lo arroja en el abismo.

Donde las hadas salen de madrinas,
como vuelan las flechas de los elfos,
los caballos relinchan con sus belfos,
diestros jinetes lanzan jabalinas.

Donde el viento le grita: ¡te despeino!
persiguiendo a Preciosa, la gitana,
se asoma Galadriel a la ventana,
basta un ropero para entrar a un reino.

Donde hay duendes cantando junto a un pino
con tubas, chirimías y violines
haciendo rondas con los querubines
mientras frota la lámpara Aladino.
Donde las casas son de chocolate
¡pobres Hansel y Gretel tan golosos
en los bosques hay ciervos, zorros,osos
y un caballero de pendón granate.

Allí te quiero, con los ornamentos
de la niñez que imaginó el poeta.
Allí te quiero, mi pequeña nieta:
que vivas en la tierra de los cuentos.



 Nacionalismo Católico San Juan Bautista