San Juan Bautista

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viernes, 15 de abril de 2022

Visiones de la Pasión de Cristo - Ana Catalina Emmerick

 


Primera palabra de Jesús en la cruz

Habiendo crucificado a los dos ladrones, y habiéndose repartido los vestidos de Jesús, los verdugos lanzaron nuevas imprecaciones contra Él, y se retiraron. Los fariseos pasaron también a caballo delante de Jesús, llenáronle de ultrajes, y se fueron. Los cien soldados romanos fueron relevados por otros cincuenta. Estos los mandaba Abenadar, árabe de nacimiento, bautizado después con el nombre de Ctesifón; el segundo jefe se llamaba Casio, y recibió después el nombre de Longinos; llevaba con frecuencia los mensajes de Pilatos. Vinieron también doce fariseos, doce saduceos, doce escribas algunos ancianos, que habían pedido inútilmente a Pilatos que mudase la inscripción de la cruz, y cuya rabia se había aumentado por la negativa del gobernador. Dieron la vuelta al llano a caballo, y echaron a la Virgen, que Juan llevó con las otras mujeres.

Cuando pasaron delante de Jesús, movieron desdeñosamente la cabeza, diciendo: "¡Y bien, embustero: destruye el templo y levántalo en tres días! ¡Ha salvado a otros, y no se puede salvar a Sí mismo! ¡Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz! Si es el Rey de Israel, que baje de la cruz, y creeremos en Él". Los soldados hacían befa también. Cuando Jesús se desmayó, Gestas, el ladrón de la izquierda, dijo: "Su demonio lo ha abandonado". Entonces un soldado puso en la punta de un palo una esponja con vinagre, y la arrimó a los labios de Jesús, que pareció probarlo. El soldado le dijo: "Si eres el Rey de los judíos, salvate Tú mismo". Todo eso pasó mientras que la primera tropa dejaba el puesto a la de Abenadar. Jesús levantó un poco la cabeza, y dijo: "¡Padre mío, perdonadlos, pues no saben lo que hacen!" Gestas le gritó: "Si Tú eres Cristo, sálvate y sálvanos". Dimas, el buen ladrón, estaba conmovido de ver que Jesús pedía por sus enemigos. Cuando María oyó la voz de su Hijo, nada pudo contenerla: se precipitó hacia la cruz con Juan, Salomé y María Cleofás. El centurión no las rechazó. Dimas, el buen ladrón, obtuvo en este momento; por la oración de Jesús, una inspiración interior: reconoció que Jesús y su Madre le habían curado en su niñez, y dijo en voz distinta y fuerte: "¿Cómo podéis injuriarlo cuando pide por vosotros? Se ha callado: ha sufrido pacientemente todas vuestras afrentas; es un Profeta; es nuestro Rey, es el Hijo de Dios". Al oír esta reprensión de la boca de un miserable asesino sobre la cruz, se alzó un gran tumulto en medio de los circunstantes: tomaron piedras para tirárselas, mas el centurión Abenadar no lo permitió. Mientras tanto la Virgen Santísima se sintió fortificada con la oración de Jesús, y Dimas dijo a su compañero, que continuaba injuriando a Jesús: "¿No tienes temor de Dios, tú que estás condenado al mismo suplicio? Nosotros lo merecemos justamente; recibimos el castigo de nuestros crímenes; pero Éste no ha hecho ningún mal. Piensa en tu última hora, y conviértete". Estaba iluminado y tocado en el alma; confesó sus culpas a Jesús, diciendo: "Señor, si me condenas, será con justicia; pero ten misericordia de mi". Jesús le dijo: "Tu sentirás mi misericordia". Dimas recibió en un cuarto de hora la gracia de un profundo arrepentimiento.

Todo lo que acabo de contar sucedió entre las doce y las doce y media, pocos minutos después de la exaltación de la cruz; pero pronto hubo un gran cambio en el alma de los espectadores a causa de la mudanza producida en la naturaleza mientras hablaba el buen ladrón.

 

Eclipse del sol. Segunda y tercera palabras de Jesús

A las diez, cuando Pilatos pronunció la sentencia, cayó un poco de granizo; después el cielo se aclaró, hasta las doce, en que vino una niebla colorada que oscureció el sol. A la sexta hora, según el modo de contar de los judíos, que corresponde a las doce y media, hubo un eclipse milagroso del sol. Yo vi como sucedió, mas no lo tengo bien presente, y no encuentro palabras para expresarlo. Primero fui transportada como fuera de la tierra: veía las divisiones del cielo y el camino de los astros, que se cruzaban de un modo maravilloso; vi la luna a un lado de la tierra; huía con rapidez, como un globo de fuego. En seguida me hallé en Jerusalén, y vi otra vez la luna aparecer llena y pálida sobre el Huerto de los Olivos; vino del Oriente con gran rapidez, y se puso delante del sol, oscurecido con la niebla. Al lado occidental del sol vi un cuerpo oscuro que parecía una montaña y que lo cubrió enteramente. El disco de este cuerpo era de un amarillo oscuro, y estaba rodeado de un círculo de fuego, semejante a un anillo de hierro hecho brasa. El cielo se oscureció, y las estrellas aparecieron, despidiendo luz ensangrentada. Un terror general se apodero de los hombres y de los animales: los que injuriaban a Jesús bajaron la voz. Muchas personas se daban golpes de pecho, diciendo: "¡Que su sangre

caiga sobre sus verdugos!" Muchos, de cerca y de lejos, se arrodillaron pidiendo perdón, y Jesús, en medio de sus dolores, volvió los ojos hacia ellos.

Como las tinieblas se aumentaban y la cruz estaba abandonada de todos, excepto de María y de los mas caros amigos del Salvador, Dimas levantó la cabeza hacia Jesús, y con humilde esperanza, le dijo: "¡Señor, acuérdate de mi cuando estés en tu reino!" Jesús le respondió: "En verdad te lo digo; hoy estarás conmigo en el Paraíso".

La Madre de Jesús, Magdalena, María de Clerofobias y Juan, estaban cerca de la cruz del Salvador, mirándolo, María pedía interiormente que Jesús la dejara morir con Él. El Salvador la miró con ternura inefable, y volviendo los ojos hacia Juan, dijo a María: "Mujer, éste es tu hijo". Después dijo a Juan: "Esta es tu Madre". Juan beso respetuosamente el pie de la Cruz del Redentor moribundo, y a la Madre de Jesús, que era ya la suya.

La Virgen Santísima se sintió tan acabada de dolor al oír estas últimas disposiciones de su Hijo, que cayó sin conocimiento en los brazos de las santas mujeres, que la llevaron a cierta distancia.

No sé si Jesús pronunció expresamente todas estas palabras; pero yo sentí en mi interior que daba a María por madre a Juan, y a Juan por hijo a María. En visiones semejantes se perciben bien las cosas que no estén escritas, y hay muy pocas que se puedan expresar claramente con el lenguaje humano, a pesar de que, viéndolas, parece que se comprenden por sí solas.

Así, no parece extraño que Jesús, dirigiéndose a la Virgen, no la llame Madre mía, sino Mujer, porque aparece como la mujer por excelencia, que debe pisar la cabeza de la serpiente, sobre todo en este momento, en que se cumple esta promesa por la muerte de su Hijo. También se siente que, dándola por Madre a Juan, la da por Madre a todos los que creen en su nombre y se hacen hijos de Dios, que no han nacido de la carne ni de la sangre, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios. Se comprende también que la más pura, la más humilde, la más obediente de las mujeres, que habiendo dicho al ángel: "Ved aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra", se hizo Madre del Verbo hecho hombre; oyendo a su Hijo que debe ser la Madre espiritual de otro hijo, ha repetido estas mismas palabras en su corazón con una humilde obediencia, y ha adoptado por hijos suyos todos los hijos de Dios, todos los hermanos de Jesucristo. Es más fácil de sentir todo esto por la gracia de Dios, me expresarlo con palabras, y entonces me acuerdo de lo que me ha dicho una vez mi Padre celestial: 'Todo está en los hijos de la Iglesia que creen, que esperan y que aman".

 

Estado de la ciudad y del templo. Cuarta palabra de Jesús

Era poco más o menos la una y media; fui transportada a la ciudad para ver lo que pasaba. La hallé llena de agitación y de inquietud: las calles estaban oscurecidas por una niebla espesa; los hombres andaban a tientas: muchos estaban tendidos por el suelo con la cabeza descubierta, dándose golpes de pecho: otros se subían a los tejados, miraban al cielo y se lamentaban. Los animales aullaban y se escondían; las aves volaban bajo, y se caían. Yo vi que Pilatos fue a visitar a Herodes: estaban ambos muy agitados, y miraban al cielo desde la azotea misma donde por la mañana Herodes había visto a Jesús entregado a los ultrajes del pueblo. "Esto no es natural, se decían entre sí; seguramente se han excedido contra Jesús". Después los vi ir a palacio atravesando la plaza: andaban de prisa, e iban rodeados de soldados. Pilatos no volvió los ojos del lado de Gabbata, donde había condenado a Jesús. La plaza estaba sola: algunas personas entraban corriendo en sus casas, otras lo hacían llorando. Se veía formarse grupos. Pilatos mandó venir a su palacio a los judíos más ancianos, y les preguntó qué significaban aquellas tinieblas: les dijo que él las miraba como un signo espantoso; que su Dios estaba irritado contra ellos, porque habían perseguido de muerte al Galileo, que era ciertamente su Profeta y su Rey; que él se había lavado las manos; que  era inocente de esa muerte, etc., etc. ; mas ellos persistieron en su endurecimiento, atribuyendo todo lo que pasaba a causas que no tenían nada de sobrenatural, y no se convirtieron. Sin embargo, mucha gente se convirtió, y todos los soldados que en el prendimiento de Jesús en el Huerto de los Olivos habían caído al suelo y se habían levantado.

La multitud se reunía delante de la casa de Pi latos, y en el mismo sitio en que por la mañana habían gritado: "¡Que muera! ¡Que sea crucificado", ahora grhaba: "¡Muera el juez inicuo! ¡Que su sangre caiga sobre sus verdugos!" Pilatos tuvo que guardarse entre soldados; ese miserable sin alma echaba la culpa a los judíos, diciendo: "Que no tenía ninguna parte en ello; que Jesús era profeta de ellos, y no suyo; que ellos habían querido su muerte". El terror y la angustia llegaban a su colmo en el templo: se ocupaban en la inmolación del cordero pascual, cuando de pronto anocheció. La agitación y el terror les hacían dar gritos dolorosos. Los príncipes de los sacerdotes se esforzaron en mantener el orden y la tranquilidad: encendieron todas las lamparas; pero el desorden se ausentaba cada vez más. Vi a Anás, aterrorizado, correr de un rincón a otro para esconderse. Cuando me encaminé para salir de la ciudad, las rejas de las ventanas temblaban, y, sin embargo, no había tormenta. La lobreguez aumentaba.

Sobre el Gólgota, las tinieblas produjeron una terrible impresión. Al principio los grhos, las imprecaciones, la actividad de los hombres ocupados en levantar las cruces, los lamentos de los dos ladrones, los insultos de los fariseos a caballo, las idas y venidas de los soldados, la marcha tumultuosa de los verdugos, habían disminuido su efecto: después vinieron los reproches del buen ladrón a los fariseos y su rabia contra él. Pero conforme las tinieblas aumentaban, los circunstantes, estaban más pensativos y se alejaban más de la cruz. Entonces fue cuando Jesús recomendó su Madre a Juan, y María fue llevada desmayada a alguna distancia. Hubo un instante de silencio solemne: el pueblo se asustaba de la oscuridad: la mayor parte de él miraba al cielo. La conciencia se despertaba en algunos, que volvían los ojos hacia la cruz, llenos de arrepentimiento, y se daban golpes de pecho: los que tenían estos sentimientos se juntaban. Los fariseos, llenos de un terror secreto, querían explicárselo todo con razones naturales; pero hablaban cada vez más bajo, y acabaron por callarse. El disco del sol era de un amarillo oscuro, como las montañas miradas a la claridad de la luna: estaba rodeado de un círculo encarnado; las estrellas se veían, y daban una luz ensangrentada; las aves caían sobre el Calvario y en las viñas circunvecinas; los animales aullaban y temblaban; los cabellos y los asnos pertenecientes a los fariseos se apretaban los unos contra los otros, y metían la cabeza entre las piernas. La niebla lo cubría todo.

La tranquilidad reinaba alrededor de la cruz, de donde todo el mundo se había alejado. El Salvador estaba absorto en el sentimiento de su profundo abandono; volviéndose a su Padre celestial, le pedía con amor por sus enemigos. Oraba como en toda su Pasión, repitiendo pasajes de los Salmos que se cumplían en Él. Vi ángeles a su alrededor. Cuando la oscuridad se aumentó, y la inquietud, agitando las conciencias, extendió sobre el pueblo un profundo silencio, vi a Jesús solo y sin consuelo. Sufría todo lo que sufre un hombre afligido, lleno de angustias, abandonado de todo amparo divino y humano, cuando la fe, la esperanza y la caridad solas, privadas de toda luz y de toda asistencia sensible en el desierto de la tentación, viven aisladas en

medio de un padecimiento infinito. Este dolor, no se puede expresar. Entonces fue cuando Jesús nos alcanzó la fuerza de resistir a los mayores terrores del abandono, cuando todas las afecciones que nos unen a este mundo y a esta vida se rompen, y que al mismo tiempo el sentimiento de la otra vida se oscurece y se apaga: nosotros no podemos salir victoriosos de esta prueba sino uniendo nuestro abandono a los méritos del suyo sobre la cruz. Jesús ofreció por nosotros su miseria, su pobreza, sus padecimientos y soledad; por eso el hombre, unido a Jesús en el seno de la Iglesia, no debe desesperar en la hora suprema, cuando todo se oscurece, cuando toda luz y toda consolación desaparecen. Ya no tenemos que bajar solos y sin protección en ese desierto de la noche interior. Jesús ha echado en ese abismo del desamparo su propio abandono interior y exterior sobre la cruz, y así no ha dejado a los cristianos solos y abandonados a la muerte, en el oscurecimiento de toda consolación. Ya no hay para los cristianos ni soledad, ni abandono, ni desesperación al acercarse la hora de la muerte; pues Jesús, que es la luz, el camino y la verdad, ha bajado por ese tenebroso camino, llenándolo de bendiciones, y ha plantado en el su cruz para desvanecer sus espantos.

Jesús desamparado, pobre y desnudo, se ofreció Él mismo, como hace el amor: convirtió su abandono en un rico tesoro, pues se ofreció Él y su vida, sus trabajos, su amor, sus padecimientos y el doloroso sentimiento de nuestra ingratitud. Hizo su testamento delante de Dios, y dio todos sus méritos a la Iglesia y a los pecadores. No olvidó a nadie: habló de todos en su abandono; pidió también por los heréticos que dicen que, como Dios, no ha sentido los dolores de su Pasión, y que no sufrió lo que hubiera padecido un hombre en el mismo caso. En su dolor no mostró su desamparo con un grito, y permitió a todos los afligidos que reconocen a Dios por su Padre, un quejido filial y de confianza. A las tres, Jesús grito en alta voz: "¡ Eli, Eli, lamma sabacthani!" Lo que significa: ¡Dios mio! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?"

El grito de Nuestro Señor interrumpió el profundo silencio que reinaba alrededor de la cruz: los fariseos se volvieron hacia Él, y uno de ellos dijo: "Llama a Elías". Otro dijo: "Veremos si Elías viene a socorrerlo". Cuando María oyó la voz de su Hijo, nada pudo detenerla. Vino al pie de la cruz con Juan, María, hija de Cleofás, Magdalena y Salomé. Mientras el pueblo temblaba y gemía, un grupo de treinta hombres importantes de la Judea y de los contornos de Joppé pasaban por allí para ir a la fiesta, y cuando vieron a Jesús en la cruz y los signos amenazadores que presentaba la naturaleza, exclamaron llenos de horror: "¡Maldita ciudad! Si el templo de Dios no estuviera en ella, merecía que la quemasen por haber tomado sobre sí tal iniquidad". Estas palabras fueron como un punto de apoyo para el pueblo: hubo una explosión de murmullos y de gemidos, y todos los que tenían los mismos sentimientos se reunían. Todos los circunstantes se dividieron en dos partidos: los unos lloraban y murmuraban, los otros pronunciaban injurias e imprecaciones; sin embargo, los fariseos

estaban menos arrogantes, y temiendo una insurrección popular, se entendieron con el centurión Abenadar. Dieron ordenes para cerrar la puerta más cerca de la ciudad y cortar toda comunicación. Al mismo tiempo enviaron un expreso a Pilatos y a Herodes, para pedir al primero quinientos hombres, y al segundo sus guardias, para evitar una insurrección. Mientras tanto, el centurión Abenadar mantenía el orden e impedía los insultos contra Jesús para no irritar al pueblo.

Poco después de las tres, la luz volvió un poco, la luna comenzó a alejarse del sol. El sol apareció despojado de sus rayos y envuelto en vapores rojizos. Poco a poco comenzó a brillar, y las estrellas desaparecieron: sin embargo, el cielo estaba oscuro todavía. Los enemigos de Jesús recobraron su arrogancia conforme la luz volvía. Entonces fue cuando dijeron "¡Llama a Alias!"

 

Quinta, sexta y séptima palabras. Muerte de Jesús

Cuando volvió la claridad, el cuerpo de Jesús estaba lívido y más pálido que antes por la pérdida de la sangre. Dijo también, no sé si fue interiormente, o si  su boca pronunció estas palabras: "Estoy exprimido como el racimo prensado por primera vez: debo dar toda mi sangre hasta que el agua venga; pero no se hará mas vino de ése en este sitio".

Yo tuve después una visión relativa a estas palabras, en la cual vi como Jafet hizo vino en este sitio. Lo contaré más tarde.

Jesús estaba desfallecido; la lengua seca, y dijo: ''Tengo sed". Y como sus amigos lo miraban tristemente, agregó: "¿No podríais darme una gota de agua?", dando a entender que durante las tinieblas no se lo hubieran impedido. Juan palabras, respondió:"¡Oh, Señor, lo hemos olvidado!" Jesús añadió otras cuyo sentido era éste: "Mis parientes también debían olvidarme, y no darme de beber, a fin de que lo que está escrito se cumpliese". Este olvido le había sido muy doloroso. Sus amigos entonces ofrecieron dinero a los soldados para darle un poco de agua, y no lo hicieron; pero uno de ellos mojo una esponja en vinagre, y la roció de hiel, la puso en la punta de su lanza, y la presentó a la boca del Señor. No me acuerdo cuales fueron las palabras que pronunció el Señor; sólo recuerdo que dijo: "Cuando mi voz no se oiga más, la boca de los muertos hablará". Entonces algunos gritaron: "Blasfema todavía". Mas Abenadar les ordenó estarse quietos. La hora del Señor habla llegado: luchó contra la muerte, y un sudor frió cubrió sus miembros. Juan estaba al pie de la cruz, y limpiaba los pies de Jesús con su sudario, Magdalena, partida de dolor, se apoyaba detrás de la cruz. La Virgen Santísima estaba de pie entre Jesús y el buen ladrón, sostenida por Salomé y María de Cleofás, y veía morir a su Hijo. Entonces Jesús dijo: ''Todo está consumado" Después alzo la cabeza, y gritó en alta voz: "Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu". Fue un grito dulce y fuerte, que penetró cielo y la tierra: en seguida inclinó la cabeza, y rindió el espíritu. Yo vi su alma en forma luminosa entrar en la tierra al pie de la cruz. Juan y las santas mujeres cayeron de cara sobre la tierra.

E1 centurión Abenadar tenía los ojos fijos sobre la faz ensangrentada de Jesús, y su emoción era profunda. Cuando el Señor murió, la tierra tembló, el peñasco se abrió entre la cruz de Jesús y la del mal ladrón. El último grito de Jesús hizo temblar a todos los que le oyeron, como la tierra que reconoció su Salvador. Sin embargo, el corazón de los que le amaban fue sólo atravesado por el dolor como con una espada. Entonces fue cuando la gracia iluminó a Abenadar. Su corazón, orgulloso y duro, se partió como el peñasco del Calvario; tiró su lanza, se dio golpes de pecho, y gritó con el acento de un hombre convertido; "¡Bendito sea el Dios Todopoderoso, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob! ¡Éste era un justo: es verdaderamente el Hijo de Dios!" Muchos soldados, pasmados al oír las palabras de su jefe, hicieron como él.

Abenadar, hecho un hombre nuevo, habiendo rendido el homenaje al Hijo de Dios, no quería estar más al servicio de sus enemigos. Dio su caballo y su lanza a Casio, el segundo oficial, llamado luego Longinos, que tomó el mando; después dijo algunas palabras a los soldados, y bajo del Calvario. Se fue por el valle de Gitano hacia las grutas del valle de Hinnom, donde estaban escondidos los discípulos. Les anuncio la muerte del Salvador, y se volvió a la ciudad a casa de Pilatos. Cuando Abenadar dio testimonio de la divinidad de Jesús, muchos soldados lo hicieron con él ; cierto numero de los que estaban presentes, y aun algunos fariseos de los que habían venido últimamente, se

convirtieron. Mucha gente se volvía a su casa dándose golpes de pecho y llorando, Otros rasgaban sus vestidos, y se echaban tierra en la cabeza. Todo estaba lleno de estupefacción y de espanto. Juan se levantó; algunas de las santas mujeres, que habían estado retiradas, llevaron a la Virgen a poca distancia de la cruz.

Cuando el Salvador encomendó su alma humana a Dios, su Padre, y abandonó su cuerpo a la muerte, el cuerpo sagrado se estremeció, y se puso de un blanco lívido, y sus heridas, en que la sangre se había agolpado en abundancia, se mostraban distintamente como manchas oscuras; su cara se estiró; sus carrillos se hundieron, su nariz se alargó, sus ojos, llenos de sangre, se quedaron medio abiertos; levantó un instante la cabeza coronada de espinas, y la dejó caer bajo el peso de sus dolores; los labios, lívidos, se quedaron entreabiertos, y dejaron ver la lengua ensangrentada; sus manos, contraídas primero alrededor de los clavos, se ex1endieron con los brazos; su espalda se enderezó a lo largo de la cruz, y todo el peso de su cuerpo cayó sobre sus pies; las rodillas se encogieron y se doblaron del mismo lado, y sus pies dieron vuelta alrededor del clavo.

¿Quién podría expresar el dolor de la Madre de Jesús, de la Reina de los mártires? La luz del sol estaba aun alterada y oscurecida; el aire sofocaba durante el temblor de tierra, mas en seguida refrescó sensiblemente.

Era un poco más de las tres cuando Jesús dio el ultimo suspiro. Cuando el terremoto pasó, algunos fariseos recobraron su audacia; se acercaron a la abertura del peñasco del Calvario, tiraron piedras, y quisieron medir su profundidad con cuerdas. No pudiendo hallar el fondo, se volvieron pensativos; advirtieron con inquietud los gemidos del pueblo, y se bajaron del Calvario. Muchos se sentían interiormente cambiados; la mayor parte de los circunstantes se volvieron a Jerusalén llenos de terror. Los soldados romanos vinieron a guardar la puerta de la ciudad y a ocupar algunas posiciones para evitar todo movimiento tumultuoso. Casio y cincuenta soldados se quedaron en el Calvario. Los amigos de Jesús rodeaban la cruz, se sentaban enfrente de ella, y lloraban. Muchas de las santas mujeres volvieron a la ciudad. Silencio y duelo reinaban alrededor del cuerpo de Jesús. Se veía a lo lejos, en el valle y sobre las alturas opuestas, aparecer acá y allá algunos discípulos que miraban hacia la cruz con una curiosidad inquieta; y desaparecían, si veían venir a alguno.

 

Temblor de tierra. Aparición de los muertos en Jerusalén

Cuando murió Jesús, yo vi su alma semejante a una forma luminosa entrar en la tierra al pie de la cruz, y con una multitud brillante de ángeles, entre los cuales estaba Gabriel. Esos ángeles echaban de la tierra al abismo una multitud de malos espíritus. Jesús envió muchas almas del limbo a sus cuerpos para que atemorizaran a los impenitentes y dieran testimonio de Él.

El temblor de tierra que abrió la roca del Calvario causó muchos estragos, sobre todo en Jerusalén y la Palestina. Apenas habían recobrado el ánimo en la ciudad y en el templo al volver la luz, cuando el temblor que agitaba la tierra y el ruido de los edificios que se hundían causaron otro más grande. Este terror fue todavía mayor cuando las gentes que huían llorando encontraban en el camino a los muertos resucitados que los avisaban y los amenazaban.

En el templo, los príncipes de los sacerdotes habían continuado el sacrificio, interrumpido por el espanto que les causaron las tinieblas, y creían triunfar con la vuelta de la luz; mas de pronto la tierra tembló, el ruido de las paredes que se caían y del velo del templo que se rasgaba les infundió un terror espantoso, interrumpido por gritos lamentables. Pero había tanto orden por todas partes, el templo estaba tan lleno, las idas y venidas tan bien ordenadas, las filas de los sacerdotes que sacrificaban, el ruido de los cánticos y de las trompetas preocupaban tanto los ojos y los oídos, que el miedo no produjo desorden ni turbación general. Los sacrificios se continuaron tranquilamente en algunas partes; en otras los esfuerzos de los sacerdotes calmaban el terror. Pero a la aparición de los muertos que se presentaron en el templo, todo se dispersó, y el altar del sacrificio se quedo sólo, como si el templo hubiese sido manchado. Sin embargo, esto aconteció sucesivamente; y mientras que una parte de los que estaban presentes bajaban los escalones del templo, otros estaban contenidos por los sacerdotes, o no estaban todavía penetrados del pánico universal. Se puede formar una idea de lo que ocurría, representándose un hormiguero en el cual han echado una piedra, o que han meneado con un palo. Mientras la confusión reina en un punto, el trabajo continua en otro, y aun el sitio agitado vuelve a recobrar el orden.

El sumo sacerdote Caifás y los suyos conservaron su presencia de animo; gracias a su endurecimiento diabólico y a la tranquilidad aparente que tenían, impidieron que hubiese una confusión general, haciendo de modo que el pueblo no tomara esos terribles avisos como fiel testimonio de la inocencia de Jesús. La guarnición romana de la fortaleza Antonia hizo también grandes esfuerzos para mantener el orden, de suerte que la fiesta se interrumpió sin que hubiese tumulto popular. Todo se convirtió en la agitación y la inquietud que cada uno llevo a su casa, y que la habilidad de los fariseos reprimir en la mayor parte.

He aquí los hechos particulares de que me acuerdo. Las dos grandes columnas situadas a la entrada del santuario en el templo, y entre las cuales estaba colgada una magnífica cortina, se separaron la una de la otra; el techo que sostenían se hundió, la cortina se rasgó con ruido en toda su extensión, y el santuario se quedó abierto a todos los ojos. Cerca de la celda adonde oraba habitualmente el viejo Simeón cayó una gruesa piedra, y la bóveda se hundió. Se vio aparecer en el santuario al sumo sacerdote Zacarías, muerto entre el templo y el altar; pronunció palabras amenazadoras, y habló de la muerte del otro Zacarías, padre de Juan Bautista, de la de Juan Bautista, y en general de

la muerte de los profetas. Dos hijos del piadoso sumo sacerdote y Simón el Justo, se presentaron cerca del gran púlpito, y hablaron también de la muerte de los profetas y del sacrificio que iba a cesar. Jeremías se apareció cerca del altar, y proclamó con voz amenazadora el fin del antiguo sacrificio y el principio del nuevo. Estas apariciones, habiendo tenido lugar en los sitios en donde sólo los sacerdotes podían tener conocimiento de ellas, fueron negadas o calladas, y prohibieron hablar de ellas bajo pena severa. Pero se oyó un gran ruido: las puertas del santuario se abrieron, y una voz gritó: "Salgamos de aquí". Entonces vi alejarse los ángeles. Nicodemo, José de Arimatea y otros muchos abandonaron el templo. Muertos resucitados se veían todavía que andaban por el pueblo. A la voz de los ángeles entraron en sus sepulcros.

Anás, uno de los enemigos más acérrimos de Jesús, estaba casi loco de terror; huía de un rincón al otro en los cuartos más retirados del templo. Caifás quiso animarlo, pero fue en vano; la aparición de los muertos lo había consternado. Caifás, aunque lleno de terror, estaba tan poseído del demonio del orgullo y de la obstinación, que no dejaba ver nada de lo que sentía, y oponía una frente de hierro a los signos amenazadores de la ira divina. No pudiendo, a pesar de sus esfuerzos, hacer continuar las ceremonias, dio orden de no revelar todos los prodigios y todas las apariciones que el pueblo no había visto. Dijo y mandó decir a los otros sacerdotes que estos signos de la ira del cielo habían sido ocasionados por los partidarios del Galileo, que se habían presentado en el templo manchados; que muchas cosas provenían de los sortilegios de ese Hombre, que en su muerte, como en su vida, había agitado el reposo del templo.

Mientras todo esto pasaba en el templo, el mismo espanto lastres reinaba en muchos sitios de Jerusalén. Un poco después de las tres muchos sepulcros se hundieron, sobre todo en los jardines situados al Noroeste; en ellos vi muertos amortajados; en algunos no había más que restos de vestidos y de huesos. Los escalones del tribunal de Caifás, donde Jesús había sido ultrajado, y una parte del hogar donde Pedro había negado tres veces a su Maestro, se hundieron. Se vio aparecer al sumo sacerdote Simón el Justo, abuelo de Simeón, que había profetizado en la presentación de Jesús al templo. Pronunció palabras terribles contra la sentencia inicua dada en aquel sitio. Muchos miembros del Sanedrín se habían juntado. Los criados que la víspera habían hecho entrar a Pedro y a Juan, se convirtieron y se fueron con los discípulos. Cerca del palacio de Pilatos, la piedra se partió en el sitio donde Jesús fue presentado al pueblo; todo el edificio se resintió, y el patio del tribunal vecino se hundió en el paraje donde los inocentes degollados por Herodes fueron enterrados. En muchas partes las murallas de la ciudad se derribaron; sin embargo, ningún edificio se destruyó enteramente. Él supersticioso Pilatos estaba lleno de terror e incapaz de dar ninguna orden. Su palacio se movía, el suelo temblaba debajo de sus pies, y él huía de una habitación a la otra. Los muertos se aparecían en el patio interior y le reprochaban su juicio inicuo. Creyó que eran los dioses del Galileo, y se refugió en el rincón más retirado de su casa, donde hizo votos a sus ídolos para que viniesen a su socorro. Herodes estaba en su palacio temblando, y lo había cerrado todo.

Hubo un centenar de muertos de todas las épocas, que se aparecieron en Jerusalén y en los alrededores. Todos los cadáveres que se aparecieron cuando se abrieron los sepulcros, no resucitaron. Los muertos cuyas almas fueron enviadas por Jesús desde el limbo, se levantaron, descubrieron su cara y anduvieron errantes por las calles como si no tocasen a la tierra. Entraron en las casas de sus descendientes, y dieron testimonio de Jesús con palabras severas contra los que habían tomado parte en su muerte. Yo los veía ir por las calles, la mayor parte de dos en dos: no veía el movimiento de sus pies, que volaban a flor de tierra. Estaban pálidos o amarillos; tenían barba larga; su voz tenía un sonido extraño e inaudito. Estaban amortajados según el uso del tiempo en que vivían. En los sitios en donde la sentencia de muerte de Jesús fue proclamada antes de ponerse en marcha para el Calvario, se pararon un momento y gritaron: "¡Gloria a Jesús, y maldición a sus verdugos!" Todo el mundo temblaba y huía: el terror era grande en toda la ciudad, y cada uno se escondía en lo último de su casa. Los muertos entraron en sus sepulcros a las cuatro. El sacrificio fue interrumpido, la confusión reinaba por todas partes, y pocas personas comieron por la noche el cordero pascual.

 

Visiones y revelaciones de la Ven. Ana Catalina Emmerick - Tomo XI: Amarga Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Ed. Surgite - Págs. 132-143



jueves, 14 de abril de 2022

Jueves Santo: Devoción al Santísimo Sacramento (1967) - P. Leonardo Castellani

 


“YO soy el pan vivo que desciende el cielo”. Primero hay que comer a Cristo en la fe, después en el Sacramento; y si no se come primero en la fe, de nada sirve comerlo en el Sacramento -dice San Agustín. Pero desde aquí, comienza Cristo a hablar del Sacramento:

 

-Yo soy el pan de vida.

Vuestros padres en el desierto

comieron el maná, pero murieron.

Este es el pan del cielo descendido

para si alguien lo come,

ése no muera.

Y o soy el pan viviente

que desciende del cielo.

Si alguien deste pan comiere

vivirá eternamente,

y el pan que yo daré es mi carne

para la vida del mundo.

 

     Discutían entr'ellos los judíos diciéndose uno al otro:

 

-¿Cómo puede éste darnos

su carne de comer?

Dice Jesús:

-Verdad, verdad os digo:

Si no comiereis la carne

del Hijo del Hombre

no tendréis vida en vosotros.

El que come mi carne

y bebe mi sangre

tiene vida eterna.

Mi carne es realmente comida,

Mi sangre es realmente bebida.

El que come mi carne

y bebe mi sangre,

en mí queda y yo en él.

Como vivo mi Padre me mandó,

y yo vivo por mi Padre,

así aquel que me come,

él también vive por mí.

Este es el pan del cielo descendido,

no como comieron vuestros padres

el maná en el desierto

y después murieron.

El que come este pan

vivirá eternamente.

 

     He traducido fielmente. Si la traducción cayó en ritmo, es porque el texto también está en ritmo. Sigue después el escándalo de muchos que recalcitran; guiados por Judas -según parece por el texto. Jesús explica que esa comida será celestial, sobrenatural; nombrando como prueba su futura Ascensión a los cielos:

 

-El espíritu es el que vivifica,

la carne de nada aprovecha.

Las palabras que os he dicho

de espíritu y vida son ...

-¿A dónde iríamos si te dejáramos?

Tú tienes palabras de vida eterna,

 

     -corta San Pedro la discusión:

 

-Nosotros hemos creído y conocido

que tú eres el Mesías Hijo de Dios;

 

     -reconociéndolo como Mesías y más que Mesías.

 

     Esta es la promesa que suscitó en la Iglesia la más grande de las devociones. Como ven, Cristo habla del Sacramento no como una cosa de lujo sino como una cosa de necesidad: la vida eterna, la resurrección, y “yo estaré en él y él en mí”: un contacto vital entre Dios y el hombre por medio de la carne: un contacto con la fuente de toda vida: todo lo demás que pueda producir la Comunión, gozo, consuelo, paz, es secundario.

 

     Los cristianos perseguidos grababan en las catacumbas figuras de cestos de pan. Desde el siglo quinto comienzan a alzarse en Europa altares al Sacramento del altar: templos cada vez más imponentes y hermosos hasta culminar en las insuperables catedrales del siglo XIII y las iglesias renacentistas del siglo XVI: montañas de piedra que no parecen obras de hombre, superiores al mortal, que a veces demandaron un siglo para edificarse, y veces quedaron sin terminar -como Amiens, Chartres, Colonio, Beauvais, Narbona y muchas otras; interrumpidas por el terrible flagelo del siglo XIV que se llamó “la Muerte Negra”- catedrales que aún permanecen sembradas a centenares por toda Europa, vacías de fieles, monumentos para turistas, para asombro de generaciones descreídas. No en España: Santiago de Compostela, Burgos y Sevilla funcionan; y allí en España nació una catedral más valiosa, un monumento intelectual, los Autos Sacramentales, dramas alegóricos en honor de la Eucaristía; el talento y el don artístico puestos al servicio del Sacramento y de la instrucción religiosa del pueblo.

 

     Todo eso pasó, es de otra época, es de la época de la Cristiandad europea. No hacemos ya catedrales sobrehumanas y autos sacramentales; si acaso hoy se producen autos antisacramentales, como esas películas hórridas dese su en Bergmann. Alguien ha dicho que las catedrales de la Argentina son los cines; el Gran Rex, por ejemplo; yo diría más bien que son los Bancos. Las catedrales góticas las hicieron los Gremios; es decir, los obreros; ahora si nos descuidamos los obreros van quemar las catedrales que quedan.

 

     Leyendo los grandes tratados que escribieron en el siglo XVI los grandes doctores y poetas Luis de León, Luis de Granada, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, hoy día nos dejan fríos: a mí por lo menos: estos días los he releído. Recuerdo que cuando tomé la Primera Comunión, me habían dicho que tendría un gran gozo y que sería el día más grande de mi vida; y por la tarde yo le dije a mi madre resueltamente: “No ha sido el día más grande de mi vida”. Ahora consagro y distribuyo el pan consagrado como si fuese cafiaspirina: con respeto por supuesto, solamente algunas veces hay como un relámpago de asombro y de temor al pensar que tengo en mis manos a Dios en carne y hueso, no tal como Dios está en todas partes, sino en carne y hueso, como está misteriosamente en el Sacramento.

 

     Todas esas cosas como “el río de deleites”, “un gozo sobre todos los gozos”, “el pan vivo de la paz y del consuelo”, “el vino embriagador que engendra vírgenes”, que hallarán en Fray Luis de León, y en el Psalmo 35, que él cita: “Serán, Señor, vuestros siervos embriagados con la plétora de los bienes de vuestras mansiones; daréisles a beber del arroyo impetuoso de vuestros deleites” ¡ay de mí! yo no los siento, quizás por mis pecados; y lo que es peor, creo que, fuera de las novicias de la Virgen Niña o las Adoratrices, pocos lo sienten ya -o ninguno.

 

He comido tu Pan,

He bebido tu Vino;

En un día de afán

Sin guía y sin camino.

Tu Pan era tan fofo

Como el pan ordinario,

Tu Vino era tan soso

Como el vino diario.

 

     Tan es así, que hoy día muchas personas no sienten ninguna emoción en la Comunión -y en las demás ceremonias que la rodean- sino más bien fastidio; y por eso dejan las prácticas religiosas. Una señora literata me decía: “Yo no practico la religión porque las prácticas me aburren; y tengo miedo de arrutinarme, como tantas personas que veo que comulgan cada día y han perdido la humanidad, los sentimientos humanos”. No sé si es verdad esto; pero en todo caso no es razón para dejar la práctica religiosa. Es cuestión de necesidad, no de gusto.

 

     En vez de sentir lo que dicen los himnos de Fray Luis de León o Paul Claudel al Santísimo Sacramento, yo siento más bien lo que dijo el poeta Max Jakob al poeta Jean Cocteau: Max Jakob era un judío convertido, sólidamente convertido; y Jean Cocteau, un cristiano que se estaba convirtiendo no sólidamente, pues después se desconvirtió. Cocteau le escribió a Max Jakob: “Pero Ud. me manda ir a tomar la hostia, como quien toma una cafiaspirina”. -Es que hay que tomar la hostia como quien toma una cafiaspirina- le contestó el judío. Es decir, no como quien toma una copa de champán sino como un remedio. Es decir, hemos retornado al principio: la Eucaristía-necesidad, no la Eucaristía-lujo. No digo que los devotos del siglo XVI sean reprochables sino más bien envidiables; pero... he ahí. No es ya el siglo XVI.

 

     Es como en el siglo I, cuando los fieles comían el pan consagrado al fin de una cena, para “dar testimonio de Cristo hasta que Él vuelva”, dice San Pablo; es decir para poder afrontar el martirio, como los anestésicos que le dan a uno antes de una operación. Pues bien, los fieles estamos hoy en el mundo en situación parecida: los verdaderos católicos son una minoría, rodeada de una mayoría de infieles; o sea, indiferentes, herejes o apóstatas. Pero hay una gran diferencia con la primitiva Iglesia; y ella es la zona media entre el buen católico y el hereje; a saber, los que son católicos y no son católicos, los católicos enfriados o adulterados; o como dijo uno “mistongos”: aquellos cuya religión se “naturaliza”, es decir, se vacía de lo sobrenatural y se vuelve una especie de mitología; aquellos que chapurrean la religión pero no la realizan; y aquellos en fin que, sabiendo o no sabiendo, se encaminan a la peor herejía que existe, la adoración del Hombre; bajo palabras o imágenes cristianas. El Domingo pasado por ejemplo leí en “La Prensa” una poesía sobre el Padre Nuestro, que el poeta Capdevila sin duda cree es muy cristiana, y los de “La Prensa” creen es muy moderna -y es modernista: el poeta Capdevila niega la justicia de Dios y pondera su amabilidad; niega que éste es un valle de lágrimas; dice que Dios quiere que la Humanidad triunfe; y el pan nuestro sobresustancial de cada día es para él el pan con manteca y los bifes de chorizo -y el tabaco.

 

     La Eucaristía es más que nada una necesidad. Nuestra época más que nada necesita remedios. Por radio, revistas, diarios y video escuchamos las más extraordinarias ilusiones acerca de la nueva época, que llaman la época “atómica”: la prosperidad, el progreso, las perspectivas divinas desta época atómica: no más lejos de anteayer oí una conferencia de una destas bachilleras que radiolocutean, toda impregnada de la más necia adoración de la Ciencia, o sea, la adoración o idolatría del Hombre con mayúscula, que será la doctrina del Anticristo: otros adoran la Literatura, la Pintura, Winston Churchill o el Mahatma Gandhi: es todo lo mismo. Me recuerdo lo que dice el Apokalypsis, y justamente a Laodicea, la última Iglesia, “Juicio de los Pueblos”:

 

“Tú dices: rico soy y opulento

y nada me falta.

Y no sabes que eres pobre,

indigente y enfermo

y ciego y desnudo”.

 

     En nuestra época atómica, el error religioso y todos los errores tienen la máxima libertad, recursos y auge, de tal modo que parecen invencibles; y la Ciencia ha inventado, ha fabricado y fabrica, los más espantosos instrumentos de destrucción, capaces de despoblar toda la tierra; he ahí, ésa es la opulencia y la prosperidad; corno una tercera parte de la población del mundo padece hambre o desnutrición; unas pestes tremendas, la sífilis, y ainda más el cáncer y las neurastenias (que según algunos biólogos dependen de la sífilis) se han vuelto endémicas; dos guerras casi universales han traído “las guerras y rumores de guerra”, que dijo Cristo, al frente del escenario. Y siga Ud. contando. Prosigue el Apokalypsis:

 

“Yo te persuado compres de mí oro encendido,

oro probado para que te hagas rico

y te revistas de vestidos blancos

que no aparezca tu desnudez vergonzosa,

y colirio para ungir tus ojos

para que veas”.

 

     Oro, vestidos blancos, remedios, que son las imágenes continuas de los escritores sacros acerca de la Eucaristía.

 

“Estoy a la puerta y llamo.

Si alguien me oye y me abre

pasaré la puerta y comeré con él

y él conmigo”.

 

     Esta comida con Cristo se ha vuelto tan necesaria como el alimento corporal: no por nada Cristo creó este contacto vital en forma de alimento: en el centro de todos los Sacramentos. Los teólogos dicen que por y para la Eucaristía son todos los Sacramentos, y eso es obvio: el Bautismo y la Confirmación son para abrir las puertas, y también la Confesión; la Extremaunción es para suplirla y el Orden para crear sus ministros. ¿Y el Matrimonio? Los catecismos dicen que el fin del Matrimonio son los hijos; o sea producir nuevos comulgantes, Primerocomulgantes. Eso está muy traído de los cabellos. El Doctor de la Iglesia San Roberto Belarmino dice simplemente que la Eucaristía y el Matrimonio son semejantes; porque son la unión de dos personas, en la cual la gracia no es impartida por medio de una cosa, sino personalmente por el autor de la Gracia; y lo mismo dicen los Santos Padres, que Luis de León enumera en su libro en el Capítulo “Esposo”; y en fin, el mismo San Pablo dice que el Sacramento del Matrimonio es una figura de la unión de Cristo con la Iglesia; y por ende, con cada una de las almas fieles; de modo que es una cosa revelada.

 

     Esta es la alabanza fundamental de la Eucaristía: produzca o no produzca deleite, es secundario. Es una unión íntima de dos personas, no de dos espíritus, como podría ser una conversación, sino también de dos cuerpos; lo cual, esosí, produce frutos espirituales. ¿Qué frutos? “Obras”, dice Santa Teresa, “obras: esa unión debe producir hijos, que son obras buenas”. Cristo ordenó esa unión en forma de alimento, que es la unión más íntima que existe, ya que el alimento entra a hacerse el cuerpo mismo del que lo tomó; pero “no creáis que yo me convertiré en ellos, ellos se convertirán en mí” -dice Cristo en una desas palabras suyas que nos han quedado fuera de los Evangelios, llamadas “loguia” (de las cuales muchas son dudosas y siete son auténticas). Parece un rasgo de la humildad y sencillez de Cristo haber tomado para vehículo de su Cuerpo y Sangre los más comunes de los alimentos, pan y vino. ¿Y por qué no pan y agua? Porque pan y agua son comida de presos, y pan y vino son comida de pobres.

 

    La Eucaristía y el Matrimonio son semejantes, dice Belarmino.

 

     Son una unión de amor, que produce amor y es producida por el amor. Produce los efectos del Matrimonio (de los buenos matrimonios), hijos, que son obras; remedio de la concupiscencia, y amor mutuo o amistad conyugal, la amistad más fuerte que existe, según Aristóteles.

 

     Esos deleites y delicadezas de Fray Luis de León y Fray Luis de Granada, ellos los sentían, nosotros no: yo dudo que los sintiera Luis de León, porque raciocina demasiado: la experiencia viva no es tan raciocinadora: Santa Teresa no raciocina. Pero como Cristo no habla de “deleites” sino de “resurrección”, bien podemos decir que todo el “Cantar de los Cantares” está allí en la Eucaristía con efecto retardado hasta la Resurrección. La Comunión con Cristo es en nuestras almas el foquito escondido de la Resurrección de la carne, que algún día ha de inflamarse en una gran hoguera. Que procuremos encenderlo un poco en cada Comunión, bien está; pero si no nos resulta, no es eso lo esencial. Lo esencial es la cafiaspirina: el remedio de la concupiscencia (que significa no sólo la sensualidad sino todas las pasiones desordenadas) bien puede ser que sea EN CIERTO MODO el primer fin del matrimonio; aunque se suele enumerar en segundo lugar: el remedio de las pasiones morbosas, una amistad serena -y los hijos de las buenas obras.

 

     Quisiera terminar con una oración al Santísimo Sacramento. La oración con que termina Fray Luis de León no me sirve; la mía tiene que ser mucho más humilde y sencilla. Por ejemplo:

 

Señor Jesús, he pasado la vida recibiéndote

Y he llegado a la vejez ofendiéndote.

Pasé la vida preparándome a comulgar

Y patinando en el mismo lugar.

No he contado las misas, no he sumado las comuniones,

Como hacen algunos de miedo a los ladrones.

Tampoco sé cuántas veces comí pan o vino,

Nunca me faltó y me mantuvo en el camino.

Y supongo que así

Igual, espiritualmente, Tú a mí,

No es de creer me haya de condenar.

Tu Cuerpo entre mis dientes ¿quién me lo podrá quitar?

He comido tu Pan,

He bebido tu Vino,

En un día de afán

Sin guía y sin camino.

Tu Pan era tan fofo

Como el pan ordinario,

Tu Vino era tan soso

Como el vino diario.

Con respeto y temor

Te consagro y recibo.

Vives en mí, Señor,

En Tí espero estar vivo.

 

 

 

P. Leonardo Castellani “Domingueras Prédicas” Ed. Jauja – 1997. Págs. 107-116.

 

 

Nacionalismo Católico San Juan Bautista

domingo, 10 de abril de 2022

Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén (Repost) – Catalina SCJ

 “La  gran muchedumbre que había venido a la fiesta, al oír que venía Jesús a Jerusalén tomaron palmas y saliendo a su encuentro, lo aclamaban diciendo: “¡Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor y del Rey de Israel.” Hallando Jesús un asnillo, montó sobre él, según está escrito: “No temas, hija de Sión; mira, tu Rey viene montado sobre un pollino de asno” (Jn 12,12-15).


Todas estas cosas ocurrieron a fin de que se cumplieran las Escrituras. El triunfo de Jesús como rey de todo lo creado fue permitido por el eterno Padre como culminación de su Vida Pública; en ella obró grandes milagros que no es necesario volver a recordar, pues ya están escritos en los Santos Evangelios.

  Fueron muchos los que en ese día volvieron sus ojos a Dios y siguieron de cerca al Maestro. Estos hermosos acontecimientos sirvieron para fortalecer a las almas desfallecidas y afianzar la fe de los vacilantes, para decir a los turbados de corazón: “¡Esforzaos y no temáis! He ahí a vuestro Rey, Señor de cielos y tierra.”

  Hoy en Jerusalén se manifiesta la gloria de Dios: “Y se abrirán los ojos de los ciegos, y se abrirán los oídos de los sordos. Entonces saltará el cojo como ciervo y gritará de júbilo la lengua del mudo” (Is 35,5.6) para decir con gozo: “¡Hosanna! Bendito el que viene en nombre del Señor. ¡Hosanna en el cielo!”

  Las calles de esta ciudad se han convertido hoy en vía de santidad y camino de perfección, pues por ellas transita el Santo de los Santos, el Salvador del mundo; el Maligno hoy no caminará por ellas, pues Jesús ha triunfado sobre sus enemigos, y estos han sido arrojados a los profundos infiernos.

  El Señor de la Vida, va sobre un jumentillo. Avanza entre las multitudes como un Rey entre la tropa, exuberante y lleno de gloria. De pobreza y sencillez está revestido; su corona es la sabiduría; su cetro la justicia; su trono, un jumento; pero ni siquiera la carroza ataviada de esplendor del rey Salomón podía comparase con aquel noble y afortunado animal escogido por Dios para llevar sobre su lomo a la divina Realeza, que de saber hablar, de gozo y admiración hubiera enmudecido.  Bueno es que no lo supiera, que de tener inteligencia posiblemente hubiera perdido toda su humildad, sencillez y encanto, pues grande fue la misión que esta criatura sin saberlo realizó.

  “Yo contemplaba todas estas cosas desde Betania y, al verlo avanzar “entre gritos de júbilo, palmas, ramos de olivo, cantos y gloria, recordé el Salmo del rey David. Y en silencio medité sobre él, pues se ajustaba a las promesas que el Padre eterno había hecho a su divino Hijo previamente”.

  “Dice el Señor a mi Señor: “Siéntate a mi diestra, hasta que coloque a tus enemigos por escabel de tus pies” Sal 109(110)1. Triunfante entró Jesús en Jerusalén y todos los enemigos huyeron a su paso; llena estaba la ciudad de escribas y fariseos, y mucha gente venida de fuera; ninguno levantó la mano sobre Él. Dios los tenía controlados, demostrando así el poder de su brazo. De forma más ostentosa y en toda su plenitud, este triunfo, sucederá el día en que Jesús vuelva glorioso.

  “El cetro de tu poder extenderá Dios desde Sión” Sal 109(110),2. En todos los confines del mundo, incluso en el seno de Abraham, todos le aclamaron como Rey del universo, diciendo con júbilo: “¡Hosanna al que viene en el nombre del Señor!”

  “Mandarás en el corazón de tus enemigos” Sal 109(110)2. En efecto, mandó en el corazón de sus enemigos, pues como locos andaban buscándolo, a causa de sus milagros y de sus enseñanzas, para prenderlo; sin embargo, fueron confundidos en su maldad, dejados en su sabiduría humana, necios en su necedad, y en su soberbia y arrogancia, ciegos y sordos.

  “Te acompaña el principado el día de tu nacimiento” (Sal 109(110),3. Porque eres el Hijo de Dios por generación eterna; y el esplendor sagrado de la virtud, de la sabiduría, de la gracia y de la santidad moran en Ti Verbo Humanado.

  “Desde el seno de la aurora” (Sal 109 (110),3. El Padre está en Ti y contigo como principio de quien procedes. “Mis entrañas virginales te dieron cobijo como Madre verdadera por tu principio en cuanto a Hombre, porque, desde el instante en que recibiste el ser humano por generación temporal que de mí procede, tuviste las obras del mérito que ahora están contigo. Y te hacen digno de todo honor y gloria en el día de hoy y para siempre”.

  “A modo de rocío de tu infancia” (Sal 109 (110),3. “te cubrieron el amor y la ternura de mi corazón de Madre”.

  “Lo ha jurado el Señor y no ha de arrepentirse: “Sacerdote tú eres para siempre a la manera de Melquisedec” Sal 109 (110),4. Sumo Sacerdote no por participación del sacerdote levítico ni por investidura humana. El sacerdocio de Cristo es confirmado con juramento por boca del que dijo:

  “Juró el Señor y no se arrepentirá: “Tú eres sacerdote para siempre” Sal 109 (110),4. Ofreciéndose a sí mismo como víctima de una vez por todas. Renovándose incruentamente su sacrificio en la Santa Misa.

  “El Señor a tu diestra juzgará a los reyes en el día de la cólera” Sal 109 (110),5. Y reyes y vasallos, príncipes, hombres todos de la tierra, que camináis lejos del Señor, meditad sobre estas palabras, porque todos beberéis del cáliz de su indignación, pues vuestra iniquidad atrae grandes castigos al mundo, que reo es de muerte.

  “Hará justicia a las naciones, las llenará de cadáveres y sus ruinas se esparcirán por todas partes, machará sus cabezas sobre un inmenso territorio” Sal 109 (110),6.

  “En el camino beberá del río por eso levantará la cabeza” Sal 109 (110),7. Beberá del agua de la ira, indignado ante los comportamientos de los hombres soberbios y mal nacidos, que rechazaron la gran misericordia que con ellos tuvo el Señor. El torrente de la gracia que fluye de Él cegará más a sus enemigos, que desesperados ante la ruina que les aguarda llorarán de espanto sobre la tierra. Y el Señor vendrá al son de trompetas sobre las nubes del cielo con gran poder y estruendo a juzgar a los habitantes de la tierra. Ensalzará al humilde, y le dará su justa paga. Él levantará su cabeza y la ensalzará sobre sus enemigos, sobre aquellos que no supieron ver ni reconocer que este Hombre llamado Jesús, es el Hijo de Dios, el Mesías verdadero, el Rey triunfante.    

  Debemos huir de las alabanzas y de las glorias mundanas.

  El triunfo de Jesús en su entrada gloriosa a Jerusalén sirvió no solo para manifestar al mundo la divinidad de Jesucristo, pues de este éxito, tan clamoroso como fugaz, se desprenden sabias y santas enseñanzas.

  Sería muy bueno para todos aquellos que buscan la perfección, y quieren imitar a Cristo, meditar sobre las alabanzas y las glorias mundana; así no se espantarían al presenciar cuan volubles son en su mayoría los hombres de mundo. ¡Y qué dados a encumbrar, halagar  y  adular de forma y modo según les place, sin tener en cuenta otras consideraciones que las de su capacidad idólatra, pobre, voluble y lisonjera; pues hoy ensalzan lo que mañana pisan, humillan y desprecian. Debería bastar este ejemplo para advertir a las almas que buscan la santidad, que es muy peligroso el camino que conduce a la vanidad, a las lisonjas y a los parabienes. Los hombres son frágiles como el barro. No debemos confiar nunca en aquellos que sin escrúpulos tienden esta trampa al corazón del hombre; estos tales son unos necios, dejando atrapados en sus redes a otros necios que, como ellos, viven de necedades.

  Las glorias del mundo pasan, no son eternas y las alabanzas son flores que presto se marchitan; por eso si somos prudentes, debemos huir de ellas pues causan estragos en el alma, que solo ha de pretender la gloria de Dios. Por tanto; “no améis el mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo cuanto hay en el mundo la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas no vienen del Padre, sino del mundo. El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios vivirá para siempre” (1Jn 2,15-17).

  Ningún ser humano está libre de este mal; por eso insisto en que es conveniente dejar de lado todo aquello que de una manera u otra halaga los sentidos, pues como dice el Apóstol: “Con sumo gusto seguiré gloriándome en mi flaqueza para que se manifieste en mí la gloria de Cristo. Pues cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2Cor 12,9.10). Pues, ¿Qué es el hombre? Isaías dice: que el hombre es “un tiesto entre tiestos de barro”. (Is 19,45,9).

  ¡Señor mío y Dios mío! “Hiciste mis días de unos palmos y mi vida cual nada es ante Ti. Tan solo mero soplo es todo hombre”. Sal 38(39),6.

  La mejor enseñanza que podríamos sacar de este triunfo de Jesús en Jerusalén es no poner nuestra esperanza en los corazones humanos. “Maldito quien se fía de las personas, y hace de las criaturas su apoyo, y del Señor aparta su corazón. Y Bendito quien se fía del Señor, pues no defraudará su confianza” (Jer 17,5.7).

  El hombre carnal es voluble por naturaleza. Se embravece por nada, su amor como sus alabanzas suben y bajan como la marea. Con gran facilidad olvida sus promesas de amor y de fidelidad a Dios, y a los hombres.

  No debemos tener miedo al mundo.

  Es importante para todos aquellos que han sido llamados a un apostolado más intenso, no tener miedo a los hombres. Los tiempos son malos y hay quienes tienen miedo a enfrentarse a unos hombres cuyas creencias caminan lejos de la verdad. Al contemplar a “esta generación adúltera y pecadora” muchos creyentes se sienten avergonzados, la oleada de vicio y de promiscuidad, se extiende como una plaga. Pronunciar el nombre de Jesucristo es tremendamente arriesgado; confesarse su discípulo, toda una proeza. ¿A quién hablar de Dios, si los que escuchan tienen sus oídos incircuncisos?

  ¡Oh! mundo necio, hombre ingrato, “que a lo malo llamas bueno, y a lo, bueno malo” (Is 5,20), que con gran soberbia caminas sin preocuparte de que has de morir. ¡Que conoces cuando se aproxima una tormenta y en tu ceguera no ves ni sabes apreciar los signos de los tiempos! Absorto en tus propios pensamientos vives olvidado de Dios, mientras tu alma se hunde en el abismo.

  Jesús era tajante en sus enseñanzas, decía la verdad sin importarle las opiniones de los escribas y fariseos. Y la verdad solo hirió a los corazones soberbios. Él no tuvo miedo, y por todas partes le habían tendido lazos para prenderlo. ¿Qué es el hombre para que le temas? Tomaré las palabras del profeta, que dice: “He aquí que vosotros no sois nada y vuestro obrar nadería” (Is 41,24).

  El hombre no levantaría la cerviz si Dios no se lo permitiera. Por eso “no les tengáis miedo” (Mt 10,26), que su fuerza y poder son como una caña en manos de un niño que fácilmente se quiebra. Sin embargo, el niño en su pequeñez y debilidad es más fuerte, mucho más fuerte y poderoso que todos ellos porque tienen un corazón puro, son sencillos y humildes. No en vano está escrito: “Si no os hacéis como un niño no entrareis en el Reino de los cielos” (Mt 18,3).

  La misión del hombre de fe, es parecerse a Cristo, y Jesús, sembraba los campos con su divina palabra, removía las conciencias con el ejemplo, y ablandaba los corazones con la oración.


Catalina SCJ


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

viernes, 1 de abril de 2022

La familia grande de la Patria – R.P. Alberto Ignacio Ezcurra

 

“Milicia es la vida del hombre sobre la tierra”

Job 7,1

 

Nos reunimos alrededor del Altar para rezar a Dios Nuestro Señor en estos momentos tan particulares de la Patria y por la paz. Y vamos a reflexionar un poco como cristianos sobre esas dos realidades: sobre la Patria y sobre la paz.

En primer lugar, ¿qué es la Patria? La Patria no son solamente los símbolos de la Patria: la Bandera, el Himno, el Escudo. Aquellos representan la Patria, expresan un momento, pero no es todavía la Patria. La Patria no es solamente el territorio ni las fronteras físicas de la Patria. La Patria ¿qué es? La Patria son también los argentinos que viven sobre ese territorio, los argentinos que han muerto por ese territorio y aquellos que un día vendrán.

Por eso la Patria es una familia grande. San Agustín decía: “Ama a tus padres y más que a tus padres, a tu Patria y más que a tu Patria, sólo a Dios”.

Y algunas veces he encontrado católicos que me dicen: “No, la cosa es al revés, hay que amar más a la familia que a la Patria que es lo que tenemos más cerca”. No. La Patria es mi familia y son todas las otras familias que están unidas porque habitamos el mismo territorio, porque hablamos la misma lengua, porque compartimos una tradición común, una historia común si miramos hacia el pasado, y compartimos un mismo destino si miramos hacia el presente y si miramos hacia el futuro.

La Patria es mi familia y son todas aquellas familias, por eso es la familia grande.

Decíamos que el territorio no es por sí solo la Patria, pero el territorio es para la Patria, lo que viene a ser la casa para la familia. Actualmente, en este mundo moderno de los edificios de departamentos y de las torres, la casa se ha transformado en algo así como una máquina de vivir: un lugar donde se vive o se duerme, se come y después vivimos muchas veces en el desarraigo.

Cuando pensamos en la Patria, en el territorio físico de la Patria como en la casa de nuestra familia grande, podemos pensar más bien en aquella casa solariega, en aquella casa en la cual la familia se aquerenciaba y que tenía historia en sus paredes, en sus árboles, en sus muebles; en aquella casa que había sido habitada durante generaciones, en la cual se arraigaban de una manera profunda el corazón de una familia.

Así también debemos pensar cuando hablamos del territorio de la Patria. Es decir, de la base material en la cual se sustenta esta gran familia que todos nosotros constituimos.

Y decíamos que esta familia no la constituimos solamente los que estamos viviendo. Decía el poeta francés que la patria son los hombres y los muertos. La Patria no somos solamente los argentinos que hoy habitamos este territorio de la Patria. La Patria son aquellos que hicieron esta Patria, desde el conquistador que vino desde España, con la espada y con la Cruz para fundar una nación, para fundar un mundo nuevo para el Rey y para Cristo, hasta aquellos hombres que en los primeros ejércitos de la Patria, salieron a conquistar la Independencia, salieron a ganar naciones. Y aquellos gauchos que en algún momento detuvieron la lanza para tender cadenas sobre el río Paraná y detener las escuadras invasoras en la Vuelta de Obligado. Los hombres que con su sangre hicieron patria y libertad. Ellos también son la Patria. Y luego, aquellos que vinieron para arraigarse en esta tierra y con su trabajo fueron conquistando el desierto y abriendo surcos con esfuerzo, con el sudor, con el sacrificio. También ellos son la Patria. Y no solamente aquellos muertos que con su sacrificio, nos dieron esta Nación que hoy tenemos, son Patria, sino también todos aquellos que van a venir el día de mañana.

Por eso, la Patria es algo que nosotros, los argentinos que hoy vivimos sobre este territorio que hemos recibido, y que debemos custodiar celosamente y es algo que tenemos que engrandecer porque el día de mañana tendremos que dejarla como una herencia para nuestros hijos.

Patria, cuando miramos hacia el pasado es la tierra de los padres, cuando la llamamos Nación, miramos al heredero, al que va a venir. Y la Patria es toda esa sucesión de generaciones, los que pasaron desde el principio y los que vendrán el día de mañana. Nosotros en el día de hoy somos herederos, somos custodios, somos administradores de una herencia que no nos pertenecer, de una herencia que tenemos que transmitir íntegra. Y aun cuando en algún momento de la Historia, por una coincidencia desgraciada, resultara por ejemplo que el noventa por ciento de los argentinos que en ese momento vive sobre el territorio de la Patria, decidieran malversar esa herencia, decidieran que la Argentina que ha heredado no debería ser una Nación sino una estrella en la bandera de los Estados Unidos o un satélite más en la órbita del imperialismo soviético o una factoría a rebajarse de cualquier manera, o perder el honor, aun cuando el noventa por ciento de los argentinos en un momento dado – hablamos hipotéticamente, Dios quiera que nunca sea así – decidiera que la Argentina debe dejar de ser Nación, aquella minoría que resta, tendría el derecho de oponerse a esa venta, a esa transacción, a ese fraccionamiento, a esa traición, e incluso con las armas en la mano.

¿Por qué? Porque la Patria no nos pertenece. Porque detrás de ese puñado de argentinos que defendiera lo nuestro en esas circunstancias, estaría aquello que llamaba Chesterton “la inmensa democracia de los muertos” y estaría aquellas generaciones por venir, a las cuales no podemos dejarles una colonia, una Patria dividida, sino que tenemos que transmitirles una herencia íntegra y engrandecida.

La Patria es algo que trasciende la familia, la Patria es algo que en la historia trasciende las generaciones del pasado y del futuro. Esa herencia que se recibe y de la cual somos responsables, somos responsables delante de los muertos, somos responsables delante de aquellos que van a venir, lo cual quiere decir que somos responsables también delante de Dios, de nuestra fidelidad a aquello que hemos recibido y que es parte de nuestra misión en la vida.

 

P. Alberto Ignacio Ezcurra “Sermones Patrióticos”

 Cruz y Fierro Editores. Bs. As. Pags. 37-41