San Juan Bautista

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miércoles, 22 de enero de 2014

Democracia Política y sus Falsos Dogmas (I) – Por Eugenio Vegas Latapie

  La expresión "democracia política" constituye, en rigor, una redundancia. Así como el término "monarquía"-del griego, monos: uno, y arkhein: mandar-significa el gobierno ejercido por uno solo, y "aristocracia"-del griego, aristos: mejor, y kratos: poder-, el gobierno de los mejores, bastaría decir democracia-del griego, demos: pueblo, y kratos: poder-para referirse al régimen político en que el gobierno es ejercido por todo el pueblo.

  Sin embargo, por ser un hecho evidente que la significación de la palabra democracia ha sido desvirtuada y aplicada a gran número de conceptos diversos, nos resignamos a incurrir en la citada redundancia y a emplear la expresión "democracia política", para distinguirla terminantemente de las llamadas "democracia social", "democracia popular", "democracia orgánica".,. y de las otras arbitrarias acepciones que se dan a este anfibológico vocablo.

  ¿Qué es la democracia política? En síntesis, lo que dice su significado etimológico: el gobierno de la "ciudad", del Estado, ejercido por el pueblo. Así la concibe el vulgo, y así es definida por la casi totalidad de los diccionarios y de los escritores políticos. Por ejemplo, el reputado jurista Hans Kelsen, inspirador de la Constitución federal austriaca de 1920, escribe: "Democracia significa identidad del sujeto y del objeto del poder, de los gobernantes y los gobernados, gobierno del pueblo por el pueblo"(1). Universal difusión obtuvo, a este respecto, la frase del presidente norteamericano Abraham Lincoln, al definir la democracia como "el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo". Siempre he estimado desproporcionado a su contenido el éxito de esta fórmula trimembre, puesto que, en rigor, debería reducirse a afirmar que la democracia es el gobierno ejercido por el pueblo, y esto ya 10 dijeron centenares de escritores antes que Lincoln.

  Por otra parte, en lenguaje político, resulta ocioso calificar a la democracia de "gobierno del pueblo". Inevitablemente, el pueblo es la materia, el objeto del Estado; el gobierno, su forma o sujeto. Sin pueblo, ni siquiera puede concebirse la existencia de un gobierno. También resulta ocioso decir que la democracia es "el gobierno para el pueblo". Salvo en hipótesis patológicas y monstruosas, la razón de ser y existir de cualquier gobierno es el servicio del pueblo, el bien común. Incluso en la organización jerárquica de la Iglesia católica, prototipo de monarquía absoluta, es calificada su cabeza-el soberano pontífice-de servus
servorum Dei.

  Ya en el siglo VII, San Isidoro de Sevilla afirmaba en una de sus Sentencias: "En provecho del gobierno de los pueblos ha dado Dios la dignidad de jefes"(2); doctrina recogida por Santo Tomás de Aquino, seiscientos años más tarde, en su tan conocido apotegma: Regnum non est propter regem, sed rex propter regnum(3), que repite asimismo el jesuita Juan de Mariana, al sostener que "el pueblo no es para el rey, sino el rey para el pueblo"(4). Por su parte, el franciscano Juan de Santa María escribe casi con las mismas palabras: "El rey se hizo para el bien del reino, y no el reino para el bien del rey"(5).

  Sin gran esfuerzo, podríamos transcribir una serie de textos de filósofos y juristas católicos de distintos países que recuerdan, reiteradamente, esa verdad de sentido común a los reyes y gobernantes; pero se trata de algo tan evidente, que hace innecesaria mayor demostración.

  Es indudable la existencia de gobernantes en todos los regímenes-monarquías, aristocracias y democracias-que han postergado en su actuación el interés público por su interés privado; pero los tales pierden la calidad de gobernantes, para convertirse en tiranos, en enemigos de la sociedad(6). Conviene, además, no olvidar a este respecto que en manera alguna puede ser considerada la tiranía monopolio patológico de las monarquías. Igualmente se convierten en tiranos los oligarcas, e incluso quienes se titulan representantes del pueblo soberano, como lo ha demostrado la Historia, sobre todo la de Hispanoamérica y la de las llamadas "democracias populares"(7).

  Quede, pues, bien sentado que el gobernar en servicio del pueblo, o, para usar el término de Lincoln, el gobierno "para el pueblo", no es un atributo exclusivo de la democracia, sino, más bien, exigencia racional de todo gobierno, cualquiera que fuere su forma. Quizá no falte algún demócrata empedernido, conforme en teoría con la afirmación precedente, que arguya que en el terreno de la práctica, de la realidad vivida, es la democracia el régimen que mejor garantiza la prosecución del bien común, del interés general por los gobernantes. Para refutarle, bastaría una ojeada a la Historia contemporánea. Así, por ejemplo, los famosos affaires Wilson, Panamá y Stawisky manifiestan la corrupción de la Tercera República francesa; los frecuentes escándalos del gobierno italiano de centro-izquierda demuestran la podredumbre de un sistema político, y las fabulosas fortunas de muchos gobernantes hispanoamericanos en el exilio contrastan de manera elocuente con la modestia que rodea en su destierro a los representantes de las grandes dinastías reales de Europa.

  De lo expuesto cabe afirmar que los términos "gobierno del pueblo" y "gobierno para el pueblo" son comunes a todos los regímenes políticos, mientras no se corrompen, y que tan sólo es característica exclusiva y teórica de la democracia la de ser un "gobierno por el pueblo".

* * *

  En la raíz de la idea democrática se encuentran dos instintos del ser humano que, lejos de encauzarse racionalmente, fueron elevados a la categoría de dogmas-falsos dogmas-por los seudofilósofos del siglo XVIII y por sus discípulos de las dos centurias siguientes. Tales instintos desordenados, o "falsos dogmas", son los de libertad e igualdad.


(1) Kelsen: La démocratie. Sa nature. Sa valeur, París, Recueil Sirey, 1932, pág. 14.
(2) San Isidoro de Sevilla: Sentencias en tres libros, Madrid, Ediciones Aspas, 1947, vol. Il, pág. 133, Sentencia núm. 1.051.
(3) Santo Tomás de Aquino: De regimine principum, 111, 2.
(4) Cit. por Francisco de P. Garzón, S. J., El padre luan de Mariana y las escuelas liberales, Madrid, Biblioteca de la Ciencia
Cristiana, 1889, pág. 154.
(5) Fray Juan de Santa María: Tratado de república y policía cristiana, citado por Ba1mes en Obras completas, ed, cit., vol. VII, pág. 315.
(6) "Faciendo derecho el rey, debe haver nomne de rey, et faciendo torto, pierde nomne de rey." (Fuero Juzgo, Tit, 1, Ley 2.)
(7) Cf. Marcial Solana: ¿Quiénes pueden ser tiranos en losmodernos regimenes democrdticos y constitucionales'l , en Acción Española, núm. 47, págs. l.10S, sgs, y también del mismo autor, La resistencia a la tiranla, según la doctrina de los tratadistasdel Siglo de Oro español, en la misma revista, nüms. 34 a 37.

DON EUGENIO VEGAS LATAPIE – “Consideraciones sobre la democracia” – Discurso leído el 14 de Septiembre de 1965. Selecciones Gráficas – Madrid 1965. Págs. 61-64


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

lunes, 20 de enero de 2014

¿El Papa Malinterpretado? – (InfoCaótica)

  

  Hace unos días, desde el Vaticano se advertía a los lectores de la necesidad de consultar las fuentes oficiales del Vaticano para tener ulterior confirmación sobre las declaraciones del Papa Francisco. Porque si las palabras atribuidas al Papa no aparecen en los medios oficiales, significa que las fuentes informativas reportan noticias no verdaderas. Esto es verdad en algunos casos pero no es la verdad completa. En efecto, no basta con afirmar que si las palabras atribuidas al Papa no aparecen en los medios oficiales del Vaticano consiguientemente son falsas. ¿En qué quedan los reportes que medios de comunicación, diferentes a los oficiales del Vaticano, han hecho sobre las innumerables llamadas telefónicas sorpresivas que el Papa Francisco ha hecho a diversas personas? Vamos a citar otro ejemplo más concreto, ¿qué pasa con esta espontánea entrevista, así sea corta, concedida por Francisco a un periodista durante su visita a Asís? ¿Y qué sucede con las homilías del Papa Francisco durante la Misa diaria en la Casa Santa Marta? Quienes asisten a ellas pueden reportar palabras efectivamente dichas por el Pontífice durante el curso de las mismas, que los medios oficiales del Vaticano no consignan por motivos que el portavoz vaticano explicó en su momento. ¿Entonces las reportadas palabras por no aparecer en los medios oficiales del Vaticano serían falsas? No sabemos si los colaboradores del Papa tienen una clara estrategia de comunicación. Lo que sí parece bastante claro es que la verborragia de Pontífice los pone en la necesidad de dar explicaciones que no se corresponden plenamente con la realidad para salvar declaraciones muchas veces ambiguas o poco prudentes. Ofrecemos hoy nuestra traducción de un artículo que enfoca estos problemas de comunicación con saludable realismo.


New Oxford Review, Noviembre de 2013.

  “Si somos demasiado explícitos, corremos el riesgo de equivocarnos”, admitió el Papa Francisco en su larga entrevista con el P. Antonio Spadaro, S.J., publicada este septiembre por las revistas jesuitas de todo el mundo. Entonces, ¿el Santo Padre ha sido malinterpretado? Es sorprendente observar a comentadores impasibles tratando de explicar las entrevistas del Papa, impostando sus voces: “Los medios sacan al Papa de contexto” o “sólo quiere una Iglesia más pastoral”. Pero tenemos que hacer una pregunta difícil: ¿Por qué los defensores de los derechos de los gays y los promotores del aborto alaban al Papa Francisco por sus palabras, mientras que muchos fieles católicos quedan perplejos y aprensivos?

  Comentadores católicos conservadores han hecho lo imposible por asegurarnos de que el Santo Padre no ha contradicho la enseñanza de la Iglesia o cambiado Su doctrina. Hasta ahí esto es cierto. Cuando los Papas dan entrevistas típicamente no dicen “nada nuevo” —nos referimos a que no están definiendo ninguna doctrina católica en materia de Fe y moral. Las entrevistas, sin embargo, pueden producir un montón de problemas (recordemos el famoso comentario del Papa Benedicto XVI sobre los condones; ver la nota de la New Oxford con el título “Condón-manía, el regreso”, enero-febrero de 2011), especialmente cuando la Iglesia no está preparada para los efectos colaterales. Esta vez, aunque las agencias de noticias seculares recibieron copias del texto por anticipado con prohibición de publicarlas antes, ni los obispos ni sus voceros lo hicieron.

  El arzobispo Charles Chaput de Filadelfia, por ejemplo, dijo que fue una “bendición” estar “fuera de los Estados Unidos el 19 de septiembre cuando las revistas jesuitas de todo el mundo publicaron las afirmaciones del Papa”. A su regreso se encontró con una catarata de correos electrónicos. “Algunas personas se agarraban de la entrevista como si se tratara de un plan de vida… o una reivindicación”, escribió en el Catholic Philadelphia del 25 de septiembre. “Una persona alababa al Espíritu Santo por remarcar que ‘la Iglesia debe enfocarse más en la compasión y la misericordia, y no en las reglas de mentes estrechas’. Ella agregaba que ‘al final nos hemos liberado de las cadenas de odio que han gobernado la Iglesia Católica por tantos años y que me llevaron a dudar si criar a mis hijos en la Iglesia’.” Pero la mayoría de los correos que recibió el arzobispo fueron de catequistas, sacerdotes y laicos que se sentían confundidos o desilusionados por la entrevista: “Un sacerdote decía que el Papa ‘implícitamente había acusado a sus hermanos sacerdotes más serios en cuestiones de moral de ser gente de mente estrecha’, y que ‘[si eres un sacerdote] que se toma en serio la moral, ahora serás visto públicamente como un problema’. Otro sacerdote escribió que ‘el problema es que [el Santo Padre] hace felices a toda la gente equivocada, gente que nunca creerá en el Evangelio y que seguirá persiguiendo a la Iglesia’.”

  Consideremos que la Liga Nacional de Acción sobre Derecho al Aborto (NARAL por sus siglas en inglés) dio un salto de alegría y posteó en su muro de Facebook un “Gracias” a Francisco en nombre de “las mujeres pro-elección de todo el mundo”, mientras que la Campaña de Derechos Humanos, un grupo de presión de “lesbianas, gays, bisexuales y transexuales”, tuiteó una imagen que las palabras, “Querido Papa Francisco, gracias.- Gente LGBT de todo el mundo”.

  El arzobispo Chaput cree que la mayoría de estas preocupaciones se deben al resultado de los titulares de los medios enfocados en estos temas (“El Papa: La Iglesia demasiado enfocada en los gays y el aborto: ‘Tenemos que encontrar un balance en vez de obsesionarnos con estos asuntos’, USA Today; “El Papa contra ‘las reglas de mente estrecha’”, Chicago Tribune), y probablemente esté en lo cierto. Pero una lectura cuidadosa de le entrevista hace muy poco por aliviar las preocupaciones. De hecho, tomadas en contexto, las palabras del Papa crean mayor confusión y generan preocupaciones adicionales.

  Lo que los expertos católicos conservadores han estado diciendo es cierto: el Papa no ha cambiado la enseñanza de la Iglesia. Pero mientras que Francisco no niega la verdad o la Fe, implícitamente pone algo de ella en cuestión, no sólo por su llamado a reordenar prioridades, sino también por su lenguaje incierto e inexacto. Uno tiene la esperanza de que este uso de la ambigüedad no sea a propósito, pero aunque no nos guste la mayor parte de su ya famosa entrevista es ambigua.

  Con frecuencia los poetas se apoyan en la ambigüedad para tocar una multiplicidad de significados y connotaciones, para adicionar una riqueza que suele faltar en la prosa y la comunicación práctica de todos los días. Pero para los científicos, los teólogos y los Papas, la ambigüedad es obstructiva, una fuente potencial de confusión. Tomemos por ejemplo la respuesta de Francisco a la pregunta ¿qué significa “sentir con la iglesia”? (nota del editor: en la entrevista original, la iglesia universal aparece escrita como “iglesia” sin “I” mayúscula). El Santo Padre primero afirma que no significa “sentir con su parte jerárquica”. Explica que “el conjunto de fieles es infalible cuando cree, y manifiesta esta infalibilidad suya al creer, mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo que camina” (“todos los fieles, considerados como un todo, son infalibles en materia de Fe, y el pueblo despliega esta infallibilitas in credendo” decía el original). Dado que el concepto de infalibilidad en el contexto católico casi siempre se refiere al Papado, ¿sorprendente acaso que la mayoría de los lectores interpreten esto en el sentido de que los deseos de la mayoría de los católicos de a pié en “materia de Fe” gocen de un cierto nivel de infalibilidad? ¿El contenido de la Fe será ahora determinado democráticamente? Esto sería música para los oídos de los católicos progresistas. Pero esperemos un minuto, Francisco insiste en que él no está hablando de “una forma de populismo”. Si no está hablando de una forma de populismo, ¿de qué habla? La respuesta del Papa es ambigua, sus términos definidos en forma insuficiente. Y esto es irónico cuando dice que formula su respuesta “para evitar ser malentendido”.

  Las afirmaciones más ambiguas —y más controversiales— de la entrevista vienen como respuesta de la pregunta del P. Spadaro, “¿con qué tipo de iglesia sueña?” El Santo Padre responde extensamente, comparando la Iglesia a un “hospital de campaña tras una batalla” cuya primera función es sanar a los heridos. “¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto.” ¡Qué metáfora! El problema es que este vago lenguaje del Papa invita a los intérpretes a llenar las palabras con su propio significado. Deseamos pensar que la “batalla” representa el combate espiritual y que los “heridos” son aquellos capturados por las garras del mal. Pero también los heridos pueden representar a aquéllos que se sienten marginados de la Iglesia, aquéllos que ponen en duda la misma naturaleza de lo que la batalla representa. En cualquier caso, parece claro —creemos— que aquéllos que insisten en hablar con los heridos de guerra acerca de sus niveles de colesterol son los ministros, los sacerdotes, los evangelistas y los apologistas de la propia Iglesia.

  Seamos honestos: Francisco no es un poeta. Su ambigüedad no aporta ninguna riqueza. Sino que genera confusión, especialmente cuando continúa diciendo: “la iglesia a veces se ha dejado envolver en pequeñas cosas, en pequeños preceptos”. Esta frase, “pequeños preceptos”, incursiona en terreno peligroso; no define cuáles preceptos son pequeños. Tal vez quiera referirse a la enseñanza de la Iglesia en materias de moral sexual. ¿Quién sabe? El problema es que prosigue en el mismo sentido diciendo que “no podemos seguir insistiendo sólo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos”. ¿Podemos echarle la culpa al New York Times y al Huffington Post por sus titulares provocativos cuando los dichos del Papa dan crédito a quienes piensan que estos “pequeños preceptos” son las enseñanzas de la Iglesia sobre el aborto, el matrimonio del mismo sexo y la anticoncepción? Pareciera deshonesto acusar a los medios por la mala interpretación de las palabras del Papa, ¿o era, en verdad, el de los medios su verdadero sentido?

  La mayoría de los católicos que han estado prestando atención las últimas cuatro décadas sabrán bien que, en realidad, demasiado poco se ha expuesto la enseñanza de la Iglesia en materia de moral sexual. El mensaje de la Humanae Vitae de Pablo VI y la Evangelium Vitae de Juan Pablo II rara vez han llegado al católico de a pié. Tal vez Francisco sugiere que la emisión de este mensaje desde Roma no ha sido efectiva y que se necesita un nuevo enfoque. Pero esta interpretación no es más que una especulación. Decir que la Iglesia no puede “seguir insistiendo sólo en cuestiones referentes al aborto…” no ayuda —ni a los católicos provida que trabajan en centro de embarazadas en crisis o que dan su consejo en las veredas de las clínicas abortistas, ni a las mujeres que sufren tras haber abortado, ni a los lobbies como NARAL que sienten una falsa confirmación de sus esfuerzos por expandir el aborto por todo el mundo.

  ¿Realmente el Santo Padre cree que la Iglesia de hoy se enfoca sólo en asuntos como el aborto y la moral sexual? Si es así, entonces se traga la vieja mentira que los católicos heterodoxos favorables a una moral sexual más relajada han estado dando de comer a los medios. La única razón por la que alguien puede creer que la Iglesia está “obsesionada” con el aborto y los asuntos de moral sexual es porque los medios se enfocan en estos temas. Sexo + Iglesia vende. Seguramente el Santo Padre debe saber de los innumerables católicos que trabajan en obras caritativas, en proximidad con los pobres y, además, no como los fariseos que él pretende ver en ellos, sino como servidores desinteresados que “curan heridas” en la línea del frente.

  Además de los fieles “obsesivos”, Francisco tiene más pescado para freír: Esta vez específicamente apunta a los sacerdotes. El Santo Padre señala que el “confesionario no es una sala de tortura, sino aquel lugar de misericordia en el que el Señor nos empuja a hacer lo mejor que podamos”. No ofrece ningún contexto para este comentario. ¿No sabemos si se está dirigiendo a católicos no practicantes para alentarlos a no tener miedo al sacramento de la Reconciliación, o si, por el contrario, está exponiendo a los viejos sacerdotes malvados —¿o a los jóvenes salidos de los seminarios inspirados por Benedicto?—quienes supuestamente ven su sacerdocio como una licencia para recrear la Inquisición? Bueno, no podemos saberlo. Nuevamente las palabras son el problema. Nos comenzamos a preguntar si realmente cree que muchos sacerdotes católicos del siglo XXI se enfocan en “pequeños preceptos”. Las palabras del Papa permiten esta simple inferencia: No os preocupéis en pecados específicos como el aborto o el comportamiento homosexual; sólo enfocados en “hacer el bien”.

  Pero, un momento que hay más. El Santo Padre también ve un problema con la “pastoral misionera” de la Iglesia y éste empieza con sacerdotes que están obsesionados “por transmitir de modo desestructurado un conjunto de doctrinas para imponerlas insistentemente”. De nuevo, sólo podemos presuponer que las doctrinas a las que se refiere son las relacionadas a la moral sexual debido a que son las únicas sobre las que ha hablado especialmente. Pero uno se pregunta, ¿dónde es que están estos sacerdotes que son tan insistentes? Respondiendo a la entrevista, el obispo Rober Vasa de Santa Rosa (California) dio su voz a la experiencia de la mayoría cuando dijo que la “vasta mayoría” de los sacerdotes “jamás habla [de estos temas]” (The Press Democrat, 21 de septiembre). El cardenal Raymond Burke, superior de la Signatura Apostólica Vaticana (pero, tal vez, no por mucho tiempo), se hizo eco del sentimiento del obispo Vasa cuando dijo a The Catholic Servant (septiembre) que la Iglesia no ha hablado lo suficiente de temas controversiales como la homosexualidad. Expresó que ha existido “una catequesis deficiente tanto de los niños como de los jóvenes durante los últimos cincuenta años… Ha habido demasiado silencio —la gente no quiere hablar de ello porque no es políticamente correcto.”

  Claramente Francisco tiene una concepción diferente sobre lo que ha estado ocurriendo en la Iglesia. Tiene un problema con la predicación católica —hace campaña contra ella— pero no es el mismo problema que el obispo Vasa, el cardenal Burke y la mayoría de los católicos de misa habitual han notado en las últimas décadas. Mientras que los católicos de los Estados Unidos continúan lamentándose por las homilías tibias y turbias caracterizadas por la falta de catequesis y de predicación sobre temas morales, el Papa Francisco toma su hacha contra los miles de Savonarolas invisibles que dedican sus domingos en condenar el vicio y despotricar contra la vida inmoral, vanidosa y plácida. Estos sacerdotes celosos y atronadores están completamente equivocados, dice el Santo Padre: los sacerdotes desde el púlpito deberían primero proclamar el “amor salvífico de Dios” (primer acto), luego “una catequesis” (segundo acto) y finalmente delinear la “consecuencia moral” (tercer acto). En la parroquia típica, sin embargo, los sacerdotes jamás pasan del primer acto: después de decir alguna broma, relatar alguna anécdota inicua y alabar al equipo local de fútbol (para demostrar su “cercanía y proximidad… con los fieles”), se sumerge en las profundas aguas de los clichés del “Dios te ama” que frecuentemente se interpreta como “haz lo que quieras porque las reglas morales de mentes estrechas poco le importan a Dios”. Obviamente, existen sacerdotes que son excepciones bienvenidas a la norma, pero la mayoría de éstos tienden más o menos a seguir la formulación homilética en tres actos del Papa más que a predicar fuego y muerte antes de regresar a sus cámaras de tortura confesionales.

  Y luego está el asunto de la homosexualidad y el matrimonio del mismo sexo. El Santo Padre utiliza el mismo nivel de ambigüedad, sumergiéndonos en aguas pantanosas de la moral. “Durante el vuelo en que regresaba de Río de Janeiro dije que si una persona homosexual tiene buena voluntad y busca a Dios, yo no soy quién para juzgarla”, explica en la entrevista. “Al decir esto he dicho lo que dice el Catecismo… no es posible una injerencia espiritual en la vida personal.” Como si sus comentarios iniciales en el vuelo desde Río de Janeiro no hubiese provocado suficiente confusión, el Papa trata de explicarse apelando a la autoridad del Catecismo. Bueno, el Papa pudo querer decir lo que el Catecismo dice, pero ni se acerca a decir lo que el Catecismo enseña (confrontar los números 2357-2359 si de verdad uno quiere saber lo que el Catecismo sí dice sobre este tópico). Muchos interpretarán las palabras del Papa no como una reiteración del Catecismo sino como un visto bueno implícito al estilo de vida homosexual. Francisco no se refiere específicamente al hombre que lucha internamente con la atracción por el mismo sexo. Habla de la “persona gay” y de la “persona homosexual”, dejando que el lector interprete libremente el significado de esto. Más aún, ¿qué quiere decir el Papa cuando dijo “no es posible una injerencia espiritual en la vida personal”? ¿Predicar la verdad en la caridad cuenta como “interferencia”? ¿Es “interferencia” oponerse a las leyes que promueven maldades intrínsecas?

  Refiriéndose al asunto de la homosexualidad, que el Papa exhorta a los fieles a pasar menos tiempo haciendo, continúa:

  “Una vez una persona, para provocarme, me preguntó si yo aprobaba la homosexualidad. Yo entonces le respondí con otra pregunta: ‘Dime, Dios, cuando mira a una persona homosexual, ¿aprueba su existencia con afecto o la rechaza y la condena?’. Hay que tener siempre en cuenta a la persona. Y aquí entramos en el misterio del ser humano. En esta vida Dios acompaña a las personas y es nuestro deber acompañarlas a partir de su condición. Hay que acompañar con misericordia. Cuando sucede así, el Espíritu Santo inspira al sacerdote la palabra oportuna.”

  Entonces, aunque el cardenal Bergoglio estuviese intentando ser inteligentemente socrático, tal vez incluso intentar reiterar la enseñanza del Catecismo, su respuesta arriesga dejar a quien pregunta con el sentimiento de que, sí, tal vez este tipo sí aprueba la “homosexualidad” —sea lo que sea que significa con ello. De nuevo, no lo sabemos porque no lo dice. Pero sí sabemos que no utiliza cuidadosamente la terminología precisa del Catecismo, que claramente define la homosexualidad como “relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo” (n. 2357). Es importante notar aquí que el Papa Francisco no aprueba el sexo homosexual ni el matrimonio entre personas del mismo sexo, pero juzgando por la elección de sus palabras en la entrevista, el lector no puede saberlo. Nuevamente aquí, sus palabras son el problema, no su interpretación.

  En una cuestión el Santo Padre es claro, y es éste sin duda el punto principal de la entrevista: No ganamos demasiados conversos al hacer sobresalir las reglas de la Iglesia por sobre la misericordia de Jesús. Éste es el aspecto fundamental de la Fe. Pero una vez que el corazón se convierte, el cuerpo, digamos, también debe seguir. Y es aquí donde la enseñanza de la Iglesia acerca de la moral sexual entra en el juego. De lo contrario, todo lo que podemos ofrecer a un converso es, a la manera protestante, una oportunidad de hacer una profesión de fe por única vez y luego seguir con sus vidas mundanas. Una vida católica, por el contrario, ofrece mucho más, si uno está dispuesto a meterse en los detalles —detalles que el Papa deja al margen como si no importaran.

  Juzgando por esta entrevista y otros indicios, el Papa está tratando de que la Iglesia hable menos para sí misma y más para los de afuera. Quiere “dialogar” con el mundo, convertir el mundo. La audiencia a la que se dirige, parece, no es su rebaño sino que son los acatólicos. El objetivo es admirable pero el método es imprudente. No es suficiente decir, como dice el Papa, “ya conocemos la opinión de la Iglesia y yo soy hijo de la Iglesia”. La “opinión de la Iglesia” está clara para aquéllos que la conocen y aceptan, que es una minoría de los creyentes de hoy. Los católicos bautizados ya no tienen una única opinión sobre estas cosas. En vez de producir la unidad en materia de Fe y moral, el Papa está dejando a los católicos a su suerte, confundidos acerca de lo que significa vivir una vida consistente con las exigencias del Evangelio. La gente necesita distinciones; necesita que el Papa una misericordia y verdad. Tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI hicieron esto bastante bien.

  Entonces, ¿se ha malinterpretado al Papa Francisco? Para poder responder esta pregunta, deberíamos poder hacer una fundamental: ¿Qué está diciendo el Papa? La respuesta es: No lo sabemos. Peor aún, llegados a este punto: No podemos saberlo. Pero es significante que el Papa Francisco esté diciendo un montón de cosas ambiguas con gran emotividad. Este Papa evidentemente no ve su rol como ser claro, enseñar la verdad de una manera que pueda ser entendida por la simple lectura de su mensaje. La ironía es que utiliza muchas palabras para decir muy poco. Porque sus palabras son consistentemente oscuras, son por este hecho retórica vacía. El Papa parece pensar que debe ser más un retórico que un maestro. ¡Qué triste! Uno podría decir que un maestro necesita emplear la retórica, pero sólo al servicio de la verdad. Cuando la misma verdad se oscurece, entonces el maestro no está haciendo demasiado bien su trabajo. Si un maestro oscurece la verdad a propósito, está abandonando sus obligaciones.

  Las palabras de Francisco nos indican que él no es un Benedicto XVI ni un Juan Pablo II. Con frecuencia han existido Papas que cambiaron de dirección o de énfasis respecto a sus predecesores: León XIII no promulgó ningún “sílabo de errores”, al contrario de Pío IX antes que él o Pío X después, y en general fue más “abierto” al mundo de manera positiva. Pero no hubo afirmaciones moral o doctrinalmente ambiguas saliendo de la boca de León XIII. No “corrigió” implícitamente el ejemplo y la enseñanza de los santos Papas de los que fue sucesor. Enfatizó verdades distintas que un predecesor inmediato —pero, como él, enseñó la verdad con claridad.

  El Papa Francisco debería cuidar más de cerca este “cambio de énfasis”. Arriesga convertirse en el sacerdote de parroquia que usa clichés vacuos y grandes gestos como un intento de ganarse a sus parroquianos disgustados, inmorales y heréticos. La historia reciente de la Iglesia posterior al Vaticano II demuestra que esta estrategia nunca funciona. Una y otra vez hemos sido testigos de que las iglesias no se llenan cuando la doctrina es disuelta; eventualmente las iglesias se vacían, tal vez son abandonadas por completo. Si el Papa Francisco no percibe esto, entonces serán muchos los sufrimientos que la Iglesia deberá soportar. Pero si él no lo sabe, y persiste sin embargo en esta ambigüedad, las penas serán mucho mayores.

Visto: info-caotica.blogspot.com.ar


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

sábado, 18 de enero de 2014

Comunismo y capitalismo: herramientas judías de dominación - Por Joaquín Bochaca

LOS VERDADEROS OBJETIVOS DE KARL MARX

  Todo es judaico en el comunismo, desde su dirección hasta su organización y trasfondo. Judíos fueron prácticamente todos los teorizantes y fundadores de esa utópica aberración contra natura: Karl Marx Haim Mordekai Kissel, Friedrich Engels, Ferdinand Lassalle, Boerne, Cohen, Karl Kautsky, Heinrich Heine, Edouard Bernstein, Lastrow, Loening, Max Hirsch, Wirschauer, Longuet, Lafargue... Judíos fueron los estadistas que más o menos discretamente les protegieron y solaparon sus actividades, desde Disraelí hasta Kerensky y desde Rathenau hasta Roosevelt. Judíos, como ya hemos visto, los banqueros internacionales que financiaron las actividades revolucionarias primero en Rusia y después en el mundo entero. Judíos o de origen judío son la mayor parte de las instituciones y símbolos bolcheviques: la estrella roja comunista es un símbolo hebreo; la organización y el funcionamiento de los soviets es idéntico al de los kahales; los "kolhozes" de la Rusia bolchevizada funcionan de manera bien similar a los famosos "kibutz" de Palestina; el Estado soviético es el primero del mundo en considerar el antisemitismo un crimen, la primera pregunta del cuestionario a que se somete un aspirante a miembro del Partido comunista americano es: "¿habla usted yiddish?"


  El movimiento comunista mundial parece sometido a una constante según la cual, tanto mayores y más rápidos son sus éxitos en un determinado país, cuanto más importante es, cuantitativa o cualitativamente hablando, la comunidad judía que alberga. Una excepción parece ser Norteamérica. En realidad, es la mayor confirmación de esa regla. En efecto, objetivamente hablando –sólo lo objetivo cuenta en política– camuflando sus decisiones bajo la capa de los errores o del oportunismo histórico del momento, desde 1917 hasta hoy, los sucesivos Gobiernos de Washington han sido la palanca que ha posibilitado la instalación, en medio mundo, de regímenes marionetas del Kremlin. Los políticos de la Casa Blanca, que tan inteligentes fueron en el transcurso de su Guerra de Secesión, de sus guerras de expansión imperialista contra México y contra España, de sus guerras de genocidio contra los aborígenes de su propio país, en la Primera Guerra Mundial y en la gran cruzada de las democracias contra Alemania, no se han vuelto, súbitamente, unos deficientes mentales, cada vez que han enfocado un problema relacionado con el comunismo. No es posible el error continuo... Lo que ocurre es que todos los formidables recursos del Occidente "capitalista" son necesarios para hacer triunfar al Oriente "comunista". ¿Paradoja? No. Sencilla lógica para los que son capaces de seguir el hilo rojo de una conspiración multisecular contra Europa y el Mundo Blanco.


  ¿Contradicciones inherentes al malvado sistema capitalista... como diría el heredero de un prestamista, Marx? En absoluto, no. Capitalismo y comunismo son tan exactos en sus consecuencias y en sus métodos, que nada de extraño tiene que las personas que los crearon y que, actualmente, los controlan, sean de la misma extracción racial.

  Los verdaderos objetivos del comunismo son revelados por su "padre espiritual", Marx, en una carta que escribió a su correligionario Baruch Levi:

  "En esta nueva organización de la Humanidad, los hijos de Israel, esparcidos por todos los rincones de la Tierra... se convertirán, en todas partes, sin oposición alguna, en la clase dirigente, sobre todo si consiguen colocar a las masas obreras bajo su control exclusivo. Los Gobiernos de las naciones integrantes de la futura República universal caerán, sin esfuerzo, en las manos de los israelitas, gracias a la victoria del proletariado. La propiedad privada podrá, entonces, ser suprimida por los gobernantes de raza judía que administrarán, en todas partes, los fondos públicos.

   Así se realizará la promesa del Talmud según la cual, cuando llegue el tiempo del Mesías, los judíos poseerán los bienes de todos los pueblos de la Tierra".

  Esa confesión de Marx es de enorme importancia. Los obreros, para él, no son más que los instrumentos que deben utilizar los judíos para convertirse en los amos del mundo y, como dice cínicamente el autor de “El Capital”, administrar sus riquezas. Marx, hijo de un prestamista usurero, nieto y heredero de un rico rabino, y casado con una burguesa alemana, no era un "paría de la Tierra, esclavo sin pan". Pero si era, en cambio, un patriota judío.

  En otro espacio de la carta a Baruch Levi, antes citada, Marx escribía:

 "El pueblo judío, considerado colectivamente, será su propio Mesías. Su reino sobre el Universo se obtendrá por la unificación de las otras razas humanas, la supresión de las fronteras y de las monarquías, que son el baluarte del particularismo, y el establecimiento de una República universal que reconozca los derechos de los ciudadanos judíos".

  El burgués adinerado Haim Kissel Mordekai Marx, no era un anticapitalista en el recto sentido de esa expresión. De haber sido un verdadero anticapitalista hubiera fustigado, en sus obras demagógicas, a los auténticos capitalistas, es decir, aquellos que viven del capital, del llamado dinero escriptural, del "Book–Money", creado por los banqueros por una simple anotación en sus libros... del dinero–crédito, llamado por el propio Trotsky, yerno de un poderoso banquero, "moneda falsa de curso legal". Mas, ¡oh, paradoja!, cuando habla del dinero-crédito, de la finanza usurera, Marx se expresa de manera tan cauta como temerosa. Hablando de la finanza, internacional y apátrida, Marx es un auténtico reaccionario retrógrado, para utilizar una expresión cara a los camaradas del Partido Comunista.

  De haber sido un anticapitalista auténtico, Marx hubiera mencionado, en sus obras comunistas, a los numerosos capitalistas judíos que, ya en su época, infestaban Europa. Ejemplos no le faltaban: los Pereyre, los Camondo, los Peixotto, los Mayer, los Reinech, los Mendelssohn, los Schneider, y, sobre todo, aquella "estrella de cinco puntas" constituida por el Imperio Rothschild en Frankfurt, Londres, París, Viena y Nápoles. Una acumulación de riqueza, conseguida sin trabajo ni beneficio alguno para la comunidad –antes bien, en detrimento suyo–, como jamás los siglos vieron. He aquí un bello ejemplo de capitalismo a destruir. Pero Marx guarda discreto silencio. Para él, los únicos "capitalistas" son los dirigentes de empresa, los industriales, los terratenientes, y hasta los obreros expertos y peritos que rehúsan ser rebajados al nivel de los jornaleros sin oficio ni beneficio.

  Para Marx, evidentemente, el capitalismo de Estado soviético, bautizado "comunismo" para las masas ignorantes, no es más que un medio, una herramienta para llegar al verdadero fin: el imperialismo mundial de Sión.

JOAQUÍN BOCHACA – “Historia de los vencidos” Ed. Bausp – Tercera Edición 1979


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martes, 14 de enero de 2014

La curiosidad, una tentación para el pecado – Por Car. John Henry Newman

“No entres por la senda de los malos ni vayas por el camino de los hombres perversos. Evítalo, no pases por él, apártate de él y sigue adelante”
(Pr 4, 14-15)

  Una de las causas principales del mal que se advierte en el mundo, en el que desgraciadamente participamos todos en mayor o menor medida, es nuestra curiosidad por mantener una cierta relación con las tinieblas, lograr alguna experiencia de pecado, y conocer cómo son las satisfacciones de lo pecaminoso. Muchas personas – aunque no lo manifiesten con palabras tan claras – consideran poco varonil y algo vergonzoso, no tener experiencia del pecado, como si supusiera un distanciamiento anormal del mundo, una infantil ignorancia de la vida, una simpleza y estrechez de mente, un temor supersticioso y servil.

  No conocer el pecado por experiencia atrae sobre un hombre las risas y las burlas de sus compañeros. Y no es extraño que así ocurra a los descendientes de aquella pareja culpable a la que en el principio ofreció Satanás la entrada en un singular mundo de ciencia y satisfacciones, como premio a la desobediencia del mandamiento divino. “Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer, agradable a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido, que comió igualmente” (Gen 3, 6). El pecado de nuestros primeros padres obedeció a un cierto descontento porque se les quitó parte de los muchos dones que Dios les había concedido. Igualmente, el origen principal de las idolatrías de los judíos fue una búsqueda caprichosa de cosas prohibidas, la curiosidad por conocer qué era ser como los paganos; nosotros hemos heredado de Adán una naturaleza semejante.

  La curiosidad nos mueve extrañamente a la desobediencia, con el fin de lograr experiencia en el gusto de desobedecer. Así “nos alegramos en nuestra juventud y mantenemos el buen humor en nuestros años jóvenes; andamos por donde nos lleva el corazón y a gusto de nuestros ojos” (Qo 11,9). Nos metemos así, de diversas maneras, en lo prohibido: leyendo lo que no debemos leer, oyendo lo que no debemos oír, viendo lo que no debemos ver, yendo a lugares adonde no debemos ir, razonando con presunción y discutiendo cuando deberíamos prestar fe; actuando, en fin, como si fuéramos nuestros propios señores, cuando lo nuestro es obedecer.   Consentimos ante nuestra razón o nuestras pasiones, ante la ambición, la vanidad y el afán de poder. Cultivamos la compañía de gentes mundanas y despreocupadas, pensando que tras adquirir un miserable conocimiento del bien y del mal, podremos volver a nuestros deberes y continuarlos donde los interrumpimos: como Sansón, hemos ido un momento a desperezarnos y como a él, sin darnos cuenta, nos ha abandonado nuestra verdadera energía espiritual.

  Pero este engaño procede del padre de la mentira, que sabe bien que si consigue hacernos pecar una vez nos hará fácilmente pecar dos y tres veces, hasta que seamos a la larga prisioneros de su voluntad (2 Tim 2, 26). Sabe el demonio que la curiosidad es la mayor y primera trampa del hombre, como lo fue en el paraíso; sabe que si con esta tentación logra abrir un camino hacia el corazón, nos dominarán con facilidad otras tentaciones de diverso tipo que van apareciendo en la vida. Y sabe que si, en cambio, resistimos los inicios del pecado es casi seguro que – con la gracia de Dios – seguiremos nuestro camino de vida cristiana.

  Su plan, por tanto, es muy claro. Consiste en tentarnos con violencia mientras el mundo sea para nosotros todavía como algo nuevo, mientras nuestras esperanzas y sentimientos sean ansiosos e inquietos. De ahí la Divina sabiduría y la solicitud compasiva del consejo de muchos lugares de la Escritura: “no entres por la senda de los malos ni vayas por el camino de los hombres perversos. Evítalo, no pases por él, apártate de él, y sigue adelante”.

  Meditemos por unos momentos esta sencilla verdad, tan frecuentemente oída que resulta fácil de olvidar: el punto esencial en asuntos de religión es empezar bien; resistir los comienzos del pecado, huir de la tentación. “No entres por la senda de los malos…, evítala, no pases por ella, apártate, y sigue adelante”.

  1. En primer lugar, porque es prácticamente irrealizable que aplacemos nuestra huida sin hacerla imposible. Cuando digo que hemos de resistir los inicios del mal, me refiero no sólo al primer acto externo sino al primer pensamiento malo que surja. Sea cual sea la tentación, puede no haber tiempo para esperar y mirar sin ser atrapado. ¡Ay de nosotros, si Satanás – por así decirlo – nos ve primero! Porque para él, como ocurre con algunos animales de presa, vernos supone dominarnos. En el momento en que advertimos la tentación, hemos de volverle la espalda, sin detenernos a pensar o razonar sobre ella. Tenemos que ocupar nuestra mente en otros pensamientos. Hay tentaciones en las que este consejo resulta especialmente necesario, pero es oportuno en todas.

  2. Porque hay que tener en cuenta, en segundo término, una consecuencia de admitir malos pensamientos, aunque no nos lleguen hasta el corazón. Es ésta: nos acostumbraremos a ellos. Nuestra gran defensa contra el pecado estriba en que nos produzca un cierto shock. Eva miró y se detuvo a reflexionar, cuando debía haber huido. Se dice a veces que “es mejor pensar las cosas dos veces”. Y es verdad en muchos casos; pero hay otros en que lo mejor es, justamente, no pensar las cosas más que una vez.

  Porque el pecado es como la serpiente que sedujo a nuestros primeros padres. Dicen que algunas serpientes tienen el poder de fascinar. Sus ojos tienen la capacidad de subyugar, encantando a sus víctimas, que se ves reducidas a una completa indefensión, no pueden huir y son incluso obligadas a acercarse y a entregárseles, hasta que son devoradas.

  ¡Qué terrible es el poder del pecado sobre nuestros corazones! Al principio la conciencia nos dice de modo sencillo y directo lo que está bien y lo que está mal. Pero si jugamos con esta advertencia, la razón empieza a pervertirse, se vuelve cómplice de nuestros malos deseos, y acaba por engañarnos y destruirnos. Comenzamos entonces a descubrir que hay argumentos a favor de acciones malas, luego prestamos atención y al final nos parecen verdaderos. Si por casualidad nos vuelven pensamientos mejores y hacemos un débil esfuerzo para lograr la verdad real y sinceramente, nuestra mente está ya tan confundida que no sabe distinguir el bien del mal.

  Cualquiera se queda impresionado al oír una blasfemia o una maldición por primera vez; no puede evitar incluso alguna manifestación de sorpresa, y se siente incómodo. Pero si, después de sufrir risas por ser tan severo, se acostumbra a ese modo de hablar, le parecerá una conducta varonil, empezará a practicarla y terminará por defenderla. Dirá que no pretende nada malo, que no hace daño a nadie, que son sólo palabras, y que todo el mundo las usa. Es un caso típico de ceguera ante lo que sabemos que es bueno.

  Confusión parecida ocurre a menudo también con las tentaciones procedentes del mundo. Tememos un perjuicio o un descrédito humano, o esperamos algún beneficio, y nos sentimos tentados a actuar de modo que consigamos a cualquier precio un bien terreno o nos evitemos un mal. En estos casos, una vez que se comienza a dar vueltas en la cabeza a lo que está bien o mal, ya no se termina nunca. Se pueden tomar todas las decisiones que se quiera, y defenderlas con muchas razones, pero el sentido común sencillo y recto decide la cuestión con un golpe de vista y sin argumento alguno.

  Si no escuchamos en seguida a este consejero íntimo, su luz se desvanece de inmediato, quedamos a merced de la mera conjetura y comenzamos a ir a tientas con guías de segunda categoría. Nos acosan entonces falsas razones para justificar una mentira o ceder a los deseos materiales o a una miserable indolencia; y si no nos vencen, al menos nos confunden de tal manera que al final no sabemos cómo actuar. Así ocurriría, por desgracia, en tiempos antiguos que algunos cristianos, al ser llevados por sus perseguidores paganos para sufrir castigo por ser cristianos, perdían a veces la corona del martirio “por haber amado este mundo de ahora” (2 Tm 4, 10) y por enredarse en una jungla de falsos argumentos.

  También entran aquí las tentaciones contra la fe. Especular caprichosamente sobre temas sagrados y bromear en torno a ellos nos turba al principio y lo rechazamos de plano. Pero ¿dónde nos detendremos si en un mal momento damos crédito al escepticismo, atraídos por la inteligencia o agudeza de un escritor o conferenciante? ¿Podremos salvarnos del contagio de su incredulidad? No es de esperar.

  ¿Y qué será de nosotros al volver a un mejor estado de ánimo, si por gracia de Dios se nos concede después? Será como un hombre que ha sufrido un grave accidente que ha modificado la constitución del cuerpo. La pronta y clara percepción del bien y del mal que nos orientaba antes, habrá desaparecido como desaparece la belleza de una persona o la agudeza de visión tras una enfermedad.

  Y cuando intentemos descubrir cuál es nuestro deber en determinadas dificultades, sólo podremos emplear en esa búsqueda facultades debilitadas e inseguras. Y después, al ponernos a la obra, nuestros miembros, por así decirlo, se moverán en sentido contrario y haremos el mal cuando desearíamos hacer el bien.

  Hay también otro efecto desgraciado de pecar. Consiste no sólo en pecar una vez sino en ser cautivado por ese pecado, de modo que uno siga cometiéndolo después, sin preocuparse ya de buscar razones para responder a la conciencia. Se va tras la satisfacción llevado de una avidez animal, tozuda y orgullosa. Se dice de ciertos animales de presa, que se abstienen de la sangre hasta que la gustan, pero que una vez gustada la buscan continuamente. Hay de igual modo una sed de pecar nacida con nosotros, que la gracia apaga y que se mantiene tranquila hasta que nosotros mismos la despertamos con nuestros propios actos, y que una vez provocada no puede contenerse. Pecamos, al mismo tiempo que reconocemos que el fruto del pecado es la muerte.

  3. Este es con frecuencia – repito – el efecto inmediato de una primera trasgresión, y si no el efecto inmediato, es al menos la tendencia y el resultado, a la larga, de pecar: nos hacemos esclavos. La tentación es muy poderosa cuando aparece por vez primera; su poder radica entonces en su propia novedad, pero, de otro lado, hay en nuestro corazón una energía de origen divino capaz de resistirla. Sin embargo, si hemos cedido al pecado por un tiempo, la mente se ha hecho pecadora en sus hábitos y carácter, y, alejado el Espíritu de Dios, carece de principio o fuerza suficiente para salvarse de la muerte espiritual.

  ¿Qué ser puede cambiar su naturaleza? Sería como dejar de ser el mismo. El fuego no puede dejar de quemar; el leopardo no cambia las manchas de su piel ni deja de devorar. El alma que ha pecado frecuentemente no puede dejar de hacerlo; pero difiere radicalmente de los seres inanimados o de los animales en el hecho de que esa situación es del todo culpa suya, pues podría haberla evitado, y en que algún día deberá responder por no haberlo hecho.

  Así, siendo fácil evitar el pecado al principio, resulta a la larga imposible, humanamente hablando. “No entres en su senda” dice el sabio. Las dos sendas del bien y del mal se inician en el mismo punto, y al principio están separadas por una diferencia tan pequeña que es relativamente fácil elegir el bien en vez del mal. Pero espera un poco y sigue el camino que lleva a la destrucción, y verás que la distancia entre ambos senderos ha aumentado enormemente y que entre los dos se ha abierto un abismo, tan hondo que ya no puedes pasar de uno a otro a pesar de desearlo sinceramente (Lc 16, 26).

  ¿Adónde vamos con todo esto sino al sencillo precepto de nuestro Señor, idéntico al de Salomón, pero más solemne por el momento sublime en que nos lo dio?: “Vigilad y orad para no caer en la tentación”. ¿Qué es no entrar por la senda de los malos y evitarla y alejarse de ella, sino el ejercicio de la vigilancia? Por eso insiste tanto el Señor sobre ella, porque ahí radica nuestra seguridad.

  Pensad ahora de cuántos puede decirse que vigilan y oran. ¿No es ofrecer alguna oración al Señor el domingo en la Iglesia lo más que hacemos? Quizá rezamos una breve oración por la mañana y por la tarde a lo largo de la semana, y salimos luego a la calle como quien nunca ha tenido un pensamiento espiritual. Nos ponemos a hacer las cosas del día olvidándonos, a todos los efectos prácticos, de que todas encierran sus peligros y exigen por lo tanto cautela.

  Preguntémonos: ¿cuántas veces pienso en que el diablo existe y que me tienta? Él no deja de actuar porque no le tengamos en cuenta y, desde luego, si Dios nos dio a conocer su existencia y su poder, es para que no lo ignoremos y podamos guardarnos de él. ¿Quién no reconocerá que muchas veces se ha metido de lleno en lo de aquí abajo y ha olvidado quién es el dios de este mundo? ¿No viven muchos en un olvido habitual de que este mundo es un lugar de prueba? Lo es; y todos los proyectos y gustos del hombre, hasta los más inocentes y gratos a Dios, hasta los más provechosos en sí mismos, procura aprovecharlos Satanás para nuestro daño, si le damos entrada.

  Nada hay de siniestro o supersticioso en esto. La Sagrada Escritura dice “que nuestro enemigo el diablo nos ronda como león rugiente en busca de quién devorar” (1 Pe 5, 8) y nos recomienda “ser sobrios y estar vigilantes”.
Evidentemente nuestra paz estriba en no ocultarnos la verdad y en tener presente algo más: que aunque Satanás está contra nosotros, Dios está con nosotros, que Quien está junto a nosotros es más grande que quien está en el mundo (1 Jn 4, 4), y que Dios nos facilitará en toda tentación un camino para escapar, para superarla (1 Cor 10, 13).

  El Señor, sin duda alguna, hace su parte, y Satanás hace la suya; solamente nosotros permanecemos despreocupados. El cielo y el infierno pelean por nosotros y contra nosotros, y sin embargo nos comportamos con ligereza y dejamos que la vida continué si más. Cielo e infierno se hallan ante nosotros como morada futura, uno, uno u otro, y sin embargo nuestro propio interés no nos estimula más que la misericordia de Dios. Tratamos al pecado, no como un enemigo al que se teme, aborrece y evita, sino como infortunio y debilidad. No compadecemos y evitamos a los hombres pecadores sino que entramos en su camino hasta permanecer y vivir con ellos, y después, ante la tentación de imitarles, sucumbimos casi sin resistencia.

  No os dejéis engañar, hermanos míos, por un corazón enfermo de infidelidad. Decidíos a tomar a Dios como vuestra herencia y pedidle la gracia que os permita hacerlo. Evitad el ocio, esa trampa de tener demasiado tiempo en vuestras manos. Evitad los malos pensamientos, los libros irreligiosos y las malas compañías: que nada os arrastre hacia ello. Aunque se burlen de vosotros por vuestra conducta estricta, aunque perdáis diversiones en las que os gustaría participar, aunque ignoréis cosas que otros saben y os creáis como en desventaja cuando ellos hablan, aunque parezcáis ir a remolque del resto, aunque os llamen cobardes, niños o gente de mente estrecha, o supersticiosos; sean cuales sean los insultos que os apliquen, no temáis, no vaciléis, no cedáis, permaneced firmes, salid de la situación como auténticos hombres, sed fuertes.

  Piensan algunos que en el servicio del diablo hay secretos que merecen nuestro escrutinio y que vosotros no conocéis. Es cierto que hay secretos, y tales que da vergüenza incluso hablar de ellos. Pero vosotros también poseéis un secreto que ellos no tienen y que sobrepasa con mucho al suyo. “El secreto del Señor está con todos los que le temen”. Los que obedecen a Dios y siguen a Cristo poseen en verdad ganancias misteriosas, tan maravillosas que se parecen a las de los pecadores tan poco, podríamos decir, como el cielo se parece al infierno. Han recibido de su Señor y Salvador un don oculto en proporción a su fe y a su amor. No pueden describirlo a otros. No pueden tampoco poseerlo de una vez para siempre. No pueden disfrutarlo en un tiempo o en otro según su voluntad. Viene y va según la voluntad de quien lo otorga.

  Se da en pequeña medida a quienes comienzan el servicio de Dios. No se da, en cambio, a quienes Le siguen con un corazón dividido. No se da a los que aman las cosas de la tierra, son religiosos hasta cierto punto y se conforman con su situación espiritual. Pero los que se dan a su Señor y Salvador, los que se le entregan en alma y cuerpo, los que dicen sinceramente: “Soy tuyo, hazme de nuevo, haz conmigo lo que desees”, los que lo dicen no sólo una vez o dos o en un momento de arrebato espiritual sino de un modo sereno y habitual: estos son los que obtienen el don misterioso del Señor, “la piedra blanca, y en ella escrito el nombre que nadie conoce, excepto el que la recibe” (Ap 2, 17).

  Los pecadores piensan que conocen todo lo que la religión puede dar y que, además, conocen los goces del pecado. Pero no es así. No conocen, no podrán conocer jamás los dones sobrenaturales de Dios hasta que se arrepientan y corrijan. No sabrán lo que es ver a Dios hasta que se rindan a Él; es más, aunque le vean en el último día, no será la suya una verdadera visión de Él, porque tal visión del Santo no les produciría alegría ni consuelo alguno. Jamás conocerán la bienaventuranza que Dios concede. Conocerán la satisfacción del pecado tal como es. Pero nunca sabrán el gran secreto que permanece escondido en el Padre y en el Hijo.

  No permitamos que el Tentador y sus promesas nos arrastren; no puede mostrarnos ningún bien, no puede darnos ningún bien. Escuchemos más bien las dulces palabras de nuestro Creador y Redentor: “Llámame y te responderé, y te mostraré cosas grandes e inaccesibles que desconocías” (Jr 33,3)

26 de Junio de 1831

Parochial and Plain Sermons VIII, N° 5


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

lunes, 13 de enero de 2014

ISABEL LA CATÓLICA Y EL PROBLEMA JUDÍO - Por el P.Alfredo Saenz

  No es fácil esbozar la historia del pueblo judío en España. Seguramente había ya un gran número de judíos en tiempo de los visigodos. Luego de que muchos de ellos instaron a los árabes a venir del África y luego colaboraron con éstos para que se extendiesen por España, abriéndoles las puertas de las ciudades de modo que pudiesen terminar rápidamente con los reinos visigodos, fueron premiados por los conquistadores, incluso con elevados cargos en el gobierno de Granada, Sevilla y Córdoba. Y así en el nuevo estado musulmán alcanzaron un alto grado de prosperidad y de cultura.

  La gradual reconquista de la Península por parte de los cristianos no trajo consigo ningún tipo de persecución para los judíos. Cuando San Fernando reconquistó Sevilla en 1224, les entregó cuatro mezquitas moras para que las transformasen en sinagogas, autorizándolos a establecerse en lugares privilegiados de la ciudad, con la sola condición de que se abstuvieran de injuriar la fe católica y de propagar su culto entre los cristianos. Los judíos no cumplieron estos compromisos, pero aun así no fueron contrariados, e incluso algunos Reyes, especialmente de fe tibia o necesitados de dinero, se mostraron con ellos muy condescendientes y lse confiaron cargos importantes en la Corte, sobre todo en relación con la tesorería.

  A fines del siglo XIII, los judíos gozaban de un singular poder en los reinos cristianos. Tan grande era su influencia que estaban exentos del cumplimiento de diversas leyes que obligaban a los cristianos, a punto tal que algunos de los albigenses, llegados a España del sur de Francia, se hacían circuncidar para poder predicar libremente como judíos la herejía por lo cual hubieran sido castigados como cristianos.

  En una España donde se repudiaba el préstamo a interés como un pecado – el pecado de “usura”, se llamaba -, los judíos, que no estaban sujetos a la jurisdicción de la Iglesia, eran los únicos banqueros y prestamistas, con lo que poco a poco el capital y el comercio de España fue pasando a sus manos. Los ciudadanos que debían pagar impuestos u no tenían cómo, los agricultores que carecían de dinero con qué comprar semilla para sus sembrados, caían desesperados en manos de prestamistas judíos, quedando a ellos esclavizados económicamente. Asimismo los judíos lograron gran influencia en el gobierno, prestando dinero a los Reyes, e incluso comprándoles el privilegio de cobrar impuestos. De ellos escribe el padre Bernáldez, contemporáneo de los Reyes Católicos: “Nunca quisieron tomar oficios de arar ni cavar, ni andar por los campos criando ganados, ni lo enseñaron a sus hijos salvo oficios de poblados, y de estar asentados ganando de comer con poco trabajo. Muchos de ellos en estos Reinos en poco tiempo llegaron muy grandes caudales e haciendas, porque de logros e usuras no hacían conciencia, diciendo que lo ganaban con sus enemigos, atándose al dicho que Dios mandó en la salida del pueblo de Israel, robar a Egipto”. Por supuesto que todo esto no podía caer bien, y el pueblo no les tenía la menor simpatía.

  Cuando la peste negra, en dos años, redujo la mitad de la población de Europa, los judíos sufrieron más que el resto, porque el populacho enloquecido los acusó de ser los causantes de aquella plaga envenenando los pozos, y comenzó a perseguirlos en toda Europa. El Papa Clemente VI denunció como calumniosas tales acusaciones, señalando que la peste había sido igualmente mortal donde no vivía ningún judío, y amenazó con excomulgar a los exaltados. Sin embargo, las multitudes seguían matando judíos.

  También en Castilla acaeció otro tanto, por lo que muchos hebreos, atemorizados pidieron el bautismo, llamándoselos conversos o marranos. Algunos lo hicieron sinceramente, como aquellos 35 mil convertidos por la virtud y la elocuencia de San Vicente Ferrer quien recorrió España predicando. Sin embargo, hubo muchos que simularon convertirse; iban a misa el domingo, pero secretamente seguían acudiendo a las sinagogas.

  Como cristianos confesos, los judíos falsamente convertidos se encontraban ahora libres de restricciones impuestas a sus hermanos de la sinagoga, y estaban en condiciones de contraer matrimonio con las familias nobles de España. Además, se le abrían nuevas e importantes posibilidades porque podían acceder al sacerdocio o a la vida religiosa, probando así su lealtad al cristianismo. El hecho es que en la época de Isabel, su influencia sobre la Iglesia en España era notable. Muchos de los obispos eran descendientes de judíos. Y se sabía que numerosos sacerdotes seguían siendo secretamente judíos, y se burlaban de la misa y de los sacramentos que fingían administrar. Los católicos se indignaban frente a estos sacrilegios, y en algunos casos exageraban la nota atribuyendo a los judíos la exclusividad de la decadencia que sufría la Iglesia.

  Tal era la situación cuando los Reyes estaban proyectando su campaña contra el gobierno moro de Granada. Los españoles no podían dejar de recordar que habían sido los judíos quienes invitaron a los mahometanos a entrar en el país, y siempre los habían considerado como enemigos internos, quintacolumnas y aliados del  enemigo. Dondequiera se encendía de nuevo la guerra contra los moros, automáticamente los judíos se convertían en sospechosos. Y precisamente en estos momentos, como acabamos de decir, los Reyes se aprestaban a lanzar su ofensiva contra Granada. Previendo Isabel una guerra larga y peligrosa, creyó que había llegado el momento de destruir el poder de los judíos encubiertos que constituían un reino dentro de otro reino.

  A solicitud de la Reina, el obispo de Cadiz elevó un informe sobre las actividades de los conversos de Sevilla. Se confirmaban las sospechas de Isabel, en el sentido de que la mayor parte de ellos eran judíos encubiertos, que poco a poco ganaban a los cristianos a las prácticas judías, llegando “hasta predicar la ley de Moisés” desde los púlpitos católicos.

  Señala T. Walsh que la Reina no tenía prevenciones contra los judíos como raza. EL problema, tal como ella lo entendía, era estrictamente religioso. De hecho, a lo largo de su reinado, había nombrado en cargos de confianza a varios judíos a quienes creía sinceramente cristianos, y con frecuencia había protegido a los judíos de la sinagoga contra la furia de los “pogroms” del populacho. No obstante, pensaba que muchos conversos eran en realidad judíos encubiertos, que iban a la iglesia el domingo y a la sinagoga el sábado, mientras no perdían oportunidad de ridiculizar las más sacrosantas verdades del cristianismo, socavando la fe, que era para ella la base moral del pueblo. Por otra parte, al poco tiempo de haberse creado la Inquisición, los inquisidores, convencidos por diversos testimonios, comunicaron a los Reyes el gravísimo peligro que se cernía sobre la religión católica. E incluso no faltaron judíos que expresaban su esperanza de que los turcos lanzasen una ofensiva hacia Occidente.

  Pero hubo un hecho que resultó como el detonante de toda esta cuestión. En noviembre de 1491, cuando Isabel y Fernando estaban tratando con Boabdil la rendición de Granada, dos judíos y seis conversos fueron en Ávila condenados a muerte bajo el cargo de haber secuestrado un niño cristiano de 4 años y de haberlo crucificado el Viernes Santo en una caverna, para burlarse de Cristo; de haberle arrancado luego el corazón, en orden a hacer un maleficio de magia destinado a causar la ruina de los cristianos en España, tras lo cual los judíos se posesionarían del gobierno. Por cierto que con frecuencia les colgaban cosas a los judíos. En este caso, se hicieron prolijas investigaciones, llegándose a la convicción de que, efectivamente, un niño había sido abofeteado, golpeado escupido, coronado de espinas y luego crucificado. El asunto fue sometido a un jurado de siete profesores de Salamanca, quienes declararon culpables a los imputados. Hubo un segundo jurado, en Ávila, que confirmó el veredicto. Los culpables fueron ejecutados el mismo mes que se rindió Granada. El niño sería canonizado por la Iglesia, bajo el nombre de “el Santo Niño de la Guardia”.

  Se cree que cuando el padre Torquemada fue a la Alhambra, a principios de 1492, pidió a los Reyes que encarase con urgencia este problema, que podía acabar por destruir toda su obra, y solucionasen el asunto de raíz expulsando a los judíos de España. Hacía un tiempo pensaban tomar una medida semejante. La indignación que provocó el crimen ritual del Santo Niño decidió el caso. Y así, el 31 de marzo de 1492, promulgaron un edicto según el cual todos los judíos debían abandonar sus reinos antes del 1° de julio. Alegaban que “persiste y es notorio el daño que se sigue a los cristianos de las conversaciones y comunicaciones que tienen con los judíos, los cuales han demostrado que tratan siempre, por todos los medios y maneras posibles, de pervertir y apartar a los cristianos fieles de nuestra santa fe católica, y atraerlos a su malvada opinión”. Se hacía, pues, necesario que “aquellos que pervierten la buena y honesta vida de las ciudades y villas, por la contaminación que puedan causar a otros, sean expulsados de entre pueblos”. Por eso, concluían los Reyes, “después de consultar a muchos prelados y nobles y caballeros de nuestros reinos y a otras personas de ciencia, y en nuestro Consejo habiendo deliberado mucho sobre el tema, hemos decidido ordenar a los mencionados judíos, hombres y mujeres, abandonar nuestros reinos y no volver más a ellos”.

  Los expulsados podían llevar consigo todos sus bienes, aunque sujetándose a la legislación vigente según la cual no les era lícito sacar al extranjero oro, plata, monedas y caballos, sugiriéndoseles en el mismo decreto convertir su dinero en letras de cambio. Para evitar la expulsión, tenían los judíos un recurso, la conversión. La Reina los animó a ello, y de hecho varios judíos pidieron el bautismo. Pero un buen número – unas 150 mil personas, de acuerdo a algunas fuentes – optó por abandonar España. Según parece, el éxodo, en carretas, a caballo o a pie, fue patético, en columnas que marchaban entre llantos y cantos religiosos. Algunos se dirigieron a Portugal, otros al África, o a distintos lugares.

  Señala Vizcaíno Casas que a diferencia de la abundante historiografía que ha juzgado con extrema severidad el decreto de expulsión  de los judíos, no son pocos los historiadores más recientes que lo justifican como inevitable. Dichos autores afirman que los Reyes no eran, en principio, hostiles a los judíos, sino que, dados los antecedentes históricos y los sucesos más recientes, consideraron imprescindible suspender el régimen de convivencia entre hebreos y cristianos, ante el riesgo de que el judaísmo, como doctrina religiosa tolerada, quebrantara la fe de la población. Ya en el siglo XIX, Amador de los Ríos había señalado que sería gran torpeza suponer que la medida fue inspirada por un arrebato de ira o por un arresto de soberbia; los Reyes la dictaron, dice, “con aquella tranquilidad de conciencia que nace siempre de la convicción de cumplir altos y trascendentales deberes”.

  Débese asimismo advertir que no fueron los Reyes Católicos los únicos ni los primeros en tomar una decisión de este tipo. Los judíos ya habían sido expulsados de Inglaterra en 1290, de Alemania entre 1348 y 1375, de Francia desde 1306. Por lo general, en España se les trató mejor que en otros países. En Francia, por ejemplo, en la Francia de San Luis, se había decidido que todo judío que se dedicara a la usura debía ser expulsado del reino; que sólo podían permanecer allí los que vivieran de un trabajo manual, es decir, pocos; que no era lícito poseer ejemplares del Talmud y otros textos judíos, por ser anticristianos; en caso de descubrírselos, dichos libros eran quemados.

  Con la expulsión decidida por los Reyes Católicos, se alcanzaron, de hecho, los objetivos buscados. Ante todo, se salvó la unidad religiosa de España. Asimismo, se acabaron para simpre los “pogroms”. Y más positivamente, gracias a los numerosos descendientes de judíos que permanecieron en España, pudo producirse la enriquecedora confluencia del genio judío y la Reforma Católica, concretada en nombres prestigiosos, de origen “converso”, tales como Francisco de Vitoria, San Juan de Ávila, Fray Luis de León, Santa Teresa de Ávila… Toda una constelación magistral.


ALFREDO SAENZ – Isabel La Católica – Ed. Gladius 2009 - Págs.41 a 50.


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