San Juan Bautista

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viernes, 14 de junio de 2019

E.S.I: Aportes Políticamente Incorrectos - Antonio Caponnetto



Vaquita escolar

                                                                          “pero tenía marido...”
                                                                         Federico García Lorca

Por ANTONIO CAPONNETTO



         Los que ya peinamos canas o padecemos la fuga vertiginosa de antiguas guedejas, recordaremos muy bien que en los primeros años de la escolaridad primaria, todos los miembros de nuestras generaciones fuimos obligados a redactar una composición titulada “La vaca”.


         Se suponía que de ese modo -¡oh manes del conductismo!- nos ejercitaríamos en una especie de iniciación literaria, mediante la cual, si no saldría un Garcilaso, al menos devendría un decoroso alfabetizado. Lo que a la vista de lo que se obtiene ahora, era aquello como egresar con el Siglo de Oro nimbando nuestras testas.


         Acertado o desacertado el procedimiento, lo fatídico era que un día llegaba hasta nuestros pupitres la previsible y temida orden de consagrarle alguna verba a la res, como dijo cierto latinista posconciliar. Y allí estaba el docente, que pintó Castellani en “El nuevo gobierno de Sancho” para motivarnos con este credo bovino:”La vaca es un animal que tiene cola,cuatro patas, cuernos y cabeza. También da leche, queso y manteca.¡Qué animal tan útil es la vaca!”.


         No era muy recomendable apartase en demasía de semejante syllabus becerril, al momento de estampar la requerida composición escolar; aunque no obstante, nobleza obliga, se nos instaba a avanzar siempre con la creatividad, dentro de la fraseología predeterminada por el Ministro de cultura boyal.


         Sucedió entonces –y al rememorarlo gozo- que al no saber ya qué escribir en mi opera prima sobre el rumiante ser, mis siete años me dictaron esta sentencia, al modo de un estrambote conclusivo :El marido de la vaca es el toro”.


         Recuerdo como si hubiera sucedido esta mañana la risa desbordante que le causó al leerlo, a quien entonces -sin el holgazán y confianzudo apócope de hoy- llamábamos “Señorita” del grado. La buena mujer (la Iglesia va a tener que reabrir el limbo para no dejar sin hogar a las hijas del Normalismo), no sabía cómo reaccionar frente a la ocurrencia. Causó sin quererlo la hilaridad del grupete todo, cuyos integrantes, como aún no existía el bullying, se dedicaron con brío a lo que en aquella dichosa edad argenta se llamaba redondamente la cachada; esto es la burla, broma o simple tomadura de pelo, según define el Diccionario del habla de los argentinos, de la Academia Argentina de Letras.


         Los “cachadores”, al parecer, como los burladores del Conde Lucanor, se extralimitaron un poco en su oficio; lo que obligó a la “Señorita” a reponer el orden alterado, evitando que la conyugalidad de los bóvidos fuera motivo de un jolgorio eterno.Y se nos explicó a continuación el concepto básico de hablar en sentido figurado, de usar metáforas y hacer gala de licencias idiomáticas.


 Pero sobre todo, se nos explicó que el término marido procedía del latín, y que en su etimología se emparentaba naturalmente con la palabra macho. Hablemos claro: ¡la vaca podía tener marido!; y a nadie causaba ofensa el vocablo, ni en su aplicación lingüística ni tampoco, o por lo mismo, en su yuxtaposición al género femenino, puesto que era lo natural que así sucediera.


Después, con los años, hallé en San Isidoro de Sevilla y en el infalible Corominas, que marido, en efecto, puede admitir un uso idiomático que remite al másculo, sin especificar demasiado la especie. Y reí a dos carrillos con la zafiedad de nuestro Braulio Anzoátegui y su relato titulado Don Senén:


 “Lleva la niña la vaca a la dehesa y se cruza en el camino con el cura de la aldea.
 -¿Adónde vas pequeña?
 –Llevando la vaca al toro, Don Senén.
  -¡Pero qué, hija! ¿Qué no lo puede hacer tu padre?
-No, señor cura: que tiene que ser el toro”.


Lo que tenía que hacer en exclusiva el toro del cuento es también una forma de trasladar al universo mugiente lo que hace el maritus, desde Adán, el primero.


A estas cavilaciones y remembranzas infantiles nos llevaron las noticias de los diversos homenajes y reivindicaciones –oficiales y oficiosas- que se les están prodigando hoy a Virginia Bolten,fundadora en 1896 del periódico feminista-anarquista La voz de la mujer, cuyo lema, copiado de los arrabales guarros del mundillo libertario, era el clásico:<Ni Dios, ni patrón, ni marido>. Trilogía vociferada cada vez más frecuentemente entre la marranada verdosa, y que no sabemos si nos explica que la divinidad es negada por ser cónyuge, o el esposo por ser un tipo divino o el patrón, discriminatoriamente, por ser una especie de centauro, mitad dirigente gremial y mitad candidato a presidente.


La ideología de género, que ensucia a sabiendas todo cuanto roza, no podía dejar en paz y en pie el concepto de marido. En la guerra semántica que alucinadamente libran,la sola palabra denota y connota un abanico de maldades y atropellos. Excepto, claro, y vaya con la paradoja, cuando el <marido> lo es de otro hombre,según ha quedado habilitado por la ley de himeneos pluriorificiales.


En ese caso,<el marido>,convenientemente borrado de la trilogía maldecida por las feministas, se convierte en una suerte de modelo para el lenocinio dominante. Ser marido, a secas, es señal de explotación patriarcal; cuanto menos. Serlo de algún androide burdelesco, garantiza, de mínima, un encumbramiento episcopal o sociocultural de altísimo rango.


Nos socorran en estas circunstancias aterradoras, las figuras arquetípicas de San Joaquín, marido de Santa Ana; de San Louis Martín, consorte de Marie Zélie Guérin, padres ambos de Santa Teresita de Lisieux; de San Aquilino,desposado con Santa Priscila, cooperadores mártires del Apóstol Pablo; de San Gordiano, cónyuge de Santa Silvia, padres los dos de San Gregorio Magno; de San Vicente, príncipe nupcial de Santa Valdetrudis; de San Walberto, marido de Santa Bertilia; de San Isidro Labrador,otrosí de Santa María de la Cabeza; de San Nicolás de Flüe y su  heroica dama Dorothy Wiss; de tantos virtuosos varones, de todos los tiempos y espacios, de todas las condiciones y posiciones, de todos los rangos y geografías, a quienes jamás se les pasó por la mente que su condición de marido era un abuso de la masculinidad, sino una gracia de estado que otorga el gran sacramento del matrimonio. Y así vivieron, trabajaron, se esforzaron y consumieron, prestaron servicios múltiples y abnegados, y murieron una noche o un alba tomando como dechado a San José, compañero impar de María Santísima, desde esa boda divinamente irrepetible con que el buen Dios lo premiara.


No; mientras amemos,protejamos y defendamos rectamente a nuestros hogares y nuestros altares, no vamos a pedir perdón por ser maridos. Ni habrá fraseología anarco-feminista que nos pueda inculcar complejos de inferioridad o de culpa.


Muchas vacas pasaron las tranqueras de la escuela, desde los días de mi infancia. Estaban las líricas,como las Del Valle Inclán, que metaforizaban a la luna sobre el mar, diciendo de ella: “y peregrina en las doradas huellas, fue sobre el mar una nocturna vaca”. Las punzantemente irónicas, como la de Quevedo, dirigida a la volátil y perpetua Flori: “¿ves que sabe sentir ser desdeñado, y que su vaca tenga otro marido?”. Las épicas de Lope de Vega: “y de los huesos de vaca los cañones para batir la torre”. O la de Alfonso Reyes, que le sirvió para comparar a un caballito de su niñez: “y vino el pinto, un poney, manchado como vaca de blanco y amarillo”. Llegó también la de Vicente Huidobro, para indicarnos que hay que “ordeñar un viñedo como una vaca”. Y arribó,ya algo manoseada por tantos tópicos colegiales y ruralistas encomios, la celebérima de Humahuaca, quien –aunque con algún tufillo progresista- al menos era abuela, obediente y estudiosa. Lo que permitía inferir la vigencia del orden natural de las reses.


Pero cuando leo que en sesudos trabajos de investigacion sobre el género, como uno de la Universidad de Oviedo, que el “sexismo lingüístico”, se agazapa y nos acecha tras la dicotomía vaca/toro, presentada la primera como víctima del estereotipo de la sumisión por ser ordeñada por el mundo patronal masculino, creo que el amigo Juan Luis Gallardo se quedó corto en su chanza “Las vaquillonas feministas” con la que inicia sus “Comparancias y Sucedidos”.


Retorno, pues, al sabio candor de mi primera infancia. Y como a la casada infiel del romance lorquiano, confieso que la vaca aquella de mi composicón temprana tenía y sigue teniendo marido. Que ser marido es oficio del varón, respecto siempre, pero siempre, de una mujer esposa. Que no hay nada que dialogar ni que consensuar al respecto. Y que ser marido es, para el católico fiel, obligación ineludible de imitar al Divino Esposo,que no se aprovechó de beneficio alguno ni usufructuó privadamente de su prevalencia, sino que por la Esposa, y por sus hijos todos, dejó la carne y la sangre, el pellejo y la osamenta  sobre una Cruz de madera, cabe el Monte Calvario.



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martes, 11 de junio de 2019

Descanse en paz Germán Mazuelo-Leytón






Ante el fallecimiento de nuestro estimado amigo y colaborador Germán Mazuelo-Leytón, nos unimos en plegarias a sus seres amados y solicitamos a nuestros lectores hagan lo propio por su eterno descanso.

Su vida fue un verdadero testimonio de amor a la Santa Iglesia Católica. Como escritor publicó sus trabajos en importantes portales católicos así como en su página personal, realizando además un importante apostolado en ayuda a personas necesitadas y colaborando activamente con su diócesis.

Querido amigo: Dios sepa compensar la vida de servicio y buen combate por la fe que dejaste como legado imperecedero, y te tenga pronto en su Santa Gloria.

Hasta el reencuentro.


Augusto Espíndola




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miércoles, 5 de junio de 2019

ESI: Aportes Políticamente Incorrectos - Antonio Caponnetto



LA FOTO ANTIGUA
Por Antonio Caponnetto


         Entre las aborrecibles costumbres que se han puesto de moda, hay una que llama la atención por su carácter sutilmente endemoniado. Consiste la misma en encargarle un hijo a algún vientre natural o artificial, manteniéndose deliberadamente el comprador en <padre> o <madre> dedicado a una soltería prostituyente y trotamundos. En tamaño esquema de vida, el niño apenas si resulta algo equiparable  a una mascota animal.

         Ya no de la cristiana y caritativa adopción se trata. Es, la que mentamos, una industria genética de altísimo costo, para que ricos y famosos satisfagan la excentricidad de poseer contra natura lo que se niegan a fundar en consonancia con el Plan Divino. Bajo la aparente inobjetabilidad de querer fungir de papás y de mamás, los constructivistas de bebés para <familias> alternativas, no son sino la versión remozada del esperpento que  imaginara  Mary Shelley.

El desfile soez de estos viciosos caprichos de la ingeniería humana se ha incrementado por doquier y su promoción alcanza límites inusuales. Allí va oronda, por caso, la pelandusca fulana con su amuleto-baby recién adquirido; el bujarrón perengano con su fetiche crío viajero a grupas de una pelvis en ocasional condominio; o el travestido o la sáfica aupando desdichados infantes como quien porta un talisman o un totem para la tribu.

 Parodian ser progenitores. Son depredadores de la biología, por no escalar más alto en la calificación del pecado. Simulan ser madres. Son artífices de nefandías que claman al cielo tanto como a la tierra. La plata habida al precio de rifar el decoro, amén de los cuadriles, les otorga esta extraña franquicia que no soñaron ni los peores esclavistas: negociar con carne niña, entregándola impúdicamente a las redes sociales, desde el primer minuto. Altas ganancias tabula el mercado a los exhibicionistas de infancias. La puericia se ha vuelto mercancía y los matarifes del candor lucran muy bien con su despreciable oficio.

Se suceden así, desde el instante inicial en que el desdichado inocente llega a este mundo (y aún antes, desde esos mondongos convertidos en escaparates publicitarios) una seguidilla imparable de fotos, filmaciones, videos, instantáneas, cortos, spots, flashes y cuanta parafernalia se ha inventado al servicio de la imagen: la nueva divinidad de un mundo que ha abolido al logos.

Existir es ser fotografiado; me filman, luego existo. Y no conforme con reducir la condición óntica a la aparición multiplicada en infinitas pantallas, el torrente frenético de imágenes contabilizadas, dará cuenta, al cierre de cada día, si estoy en la recta senda de la popularidad virtual, o si acaso debo lamentarme por ser sólo un hombre real, de carne y hueso.

No siempre fueron así las cosas. Hubo un tiempo -al que llamaré posesivamente el mío; esto es, el de los albores de un septuagenario- en el que una casa albergaba “la foto”, en singular. Precioso recuerdo, obtenido no sin esfuerzos materiales, para registrar esos momentos principales de la vida, que, casi sin excepciones, estaban relacionados con los sacramentos o con las cordiales circunstancias de un paseo, una graduación, una reunión de parientes o un acontecimiento festivo.

En ese mundo de sobriedad icónica descubríamos  nuestros rasgos antecedentes, nuestros gestos ancestrales, nuestros ineludibles parecidos con el varón o la mujer que sabíamos nuestros padres. Y hasta inferíamos con extraña sinergia cómo habrían sonado aquellas voces, como habrían caminado esos pies o como habrían  transportado las tinajas y los barreños aquellas lejanas manos.

Una foto única de mis abuelos paternos fue toda la posibilidad que tuve de conocerlos. Sobrevivía enmarcada a pesar de trashumancias dolorosas y precoces, cumpliéndose en la mismo el presagio de Miguel Hernández: “Algún día, se pondrá el tiempo amarillo, sobre mi fotografía”. La foto antigua nos restituía el origen, la cepa, la cuna; la genealogía hogareña constituida por la unión ante Dios de uno con una y para siempre. La foto vieja y ajada de la casa no era vintage ni efecto del photoshop. Era testigo de la prosapia, imbricada de cicatrices, labores arduas, brazos viriles y regazos de señoras dignas.

Se lo decía al amigo Gastón Guevara, prologándole su valioso libro “Restaurar el rostro del niño” [Buenos Aires, Cor ad cor, 2016]: Si no se quiere incurrir en estos salvajes desvaríos  vueltos moneda corriente, hay que recordar un texto de San Agustín, según el cual, para conocer a los pueblos y a los hombres hay que preguntarles lo que aman.

         Está claro que en la mirada del Hiponense, el amor por el que inquiere como requisito para descifrar la valía de las creaturas, no guarda relación alguna con las actuales y simiescas manifestaciones amorosas. Por el contrario, se aleja y distancia de este mundillo de afectos falsos y superficiales, entretejido de claudicaciones en la carne y de desarraigos en el alma.

         El amor aquí mentado, en suma, es aquel “che muove il sole e l’altre stelle”, según sabia sentencia del Dante. “Amor mi mosse, che mi fa parlare”.

          Ante todo amor por el rostro del niño. Porque la corporeidad tiene su jerarquía, y por lo mismo su subversión. Y así como ahora, para nuestra vergüenza irremediable, los cuerpos son evaluados anatómicamente por aquellas partes que no están llamadas a exhibirse, tiempos mejores hubo en que todo lo digno de ser mostrado por el hombre se cifraba en su semblante. Su villanía o su decencia se espejaba en la faz. En el visaje de su encarnadura quedaba grabada la hidalguía y el decoro; y por eso el término rostro, entre las antiquísimas culturas orientales, designó precisamente al honor y al prestigio.

Hablando de la liturgia del gesto, Romano Guardini nos ha dicho que, después del rostro, son las manos la parte más espiritual de lo que en nosotros es físico. Primero entonces el rostro. Vuélvenos el Tuyo, Señor y Padre Nuestro, pedimos en los días cruciales de la Cuaresma. Y el Señor nos lo devuelve según los propios merecimientos. ¿Tenemos el nuestro lo suficientemente limpio para ser depositarios de aquella Santa Faz?

En el anecdotario de la vida de Miguel Angel Buonarroti, se cuenta la costumbre del enorme artista de buscar modelos para sus personajes bíblicos entre los hombres de su entorno. A ellos acudía movido por la inspiración. Y sucedió que un día halló la cara exacta que analógicamente podía servirle para pintar a Jesucristo; y tras muchos años, volvió a hallar otra tristemente apta para describir a Judas. Dura fue la sorpresa y largo el llanto del artista y del modelo, cuando descubrieron que se trataba de la misma persona. En el medio, la iniquidad había dejado sus huellas en el rostro.

Para que no sucedan estos dramas, “es necesario volver a enseñar a rezar al cuerpo”, escribe Hélene Lubienska de Lenval. Es necesario restaurar el rostro del niño en la plegaria; pero criarlo y educarlo de tal modo que así –en el esplendor de su decencia y de su ruego- lo conserve con el paso de los años y los días.

La psicología moderna, con su ideología del género que la sobrecarga de malicia, no deja de ofender a la infancia, señalando en la misma, presuntas etapas evolutivas hegemonizadas por la genitalidad, aún en sus acepciones meramente glandulares. La psicología que no traiciona su objeto formal -que sigue siendo el alma- preferirá siempre medir el crecimiento del niño por la pureza de su rostro.

Misteriosa aquella Égloga Cuarta de Virgilio, que hablando de un Niño que nacerá para gloria de la humanidad toda, le dice significativamente: “comienza ya, niño, a reconocer con una sonrisa a tu madre”. No habrá infancias que puedan cumplir con este trascendental imperativo, si sus rostros no son restaurados. Y si no lo son, decrecerá la niñez, la maternidad y la sonrisa. Casi nos tememos que es exactamente lo que está sucediendo, o lo que el demonio procura que suceda.

Junto al rescate del rostro del niño, hundido en el vértigo de las selfies, el instagram o el facebook, en manos de aquellos apropiadores degenerados que mencionábamos al comienzo, habrá que izar como un pendón desafiante en estos tiempos el preciado valor del silencio.

Que no es el del “minuto” forzado, hecho a pedido, entre bullicio y bullicio, para honrar por lo general a quien no lo merece. No es ninguna categoría reñida con la moral, como pueden serlo el disimulo, la ocultación o la afonía de las esencias. Ni tampoco alguna secuela de acciones meramente físicas, tal la de quien baja o suspende el volumen de algún artefacto infernalmente convocado a la batahola. Celebrables son estos pequeños gestos, porque constituyen hoy todo un desafío. Comparable al de aquellos personajes de los cuentos de Bradbury que se convierten en fusileros del teléfono o del televisor. Pero es algo distinto el silencio aquí amado, y como tal defendido. Y posiblemente haya sido Dionisio quien mejor nos lo enseñara.

Es inefabilidad; rara capacidad del contemplativo de respetar con la clausura de sus labios aquello que no alcanza la voz para ser nombrado. Es subida al Monte, para unirse místicamente a Dios en la cima, donde reina, precisamente, el Divino Silencio. Es circunspección, virtud preciada que engendra la prudencia. Es sosiego, virtud también aunque de la fortaleza se nutre. Pero es, por sobre todo, castidad. Ese no “extender el ánimo fuera de sus metas”, con que define lo propio del hombre casto el buen Dionisio.

 Porque equivocados están los que creen que basta con la continencia o con el simple recato para que la castidad se haga presente. Va de suyo que son dones preciados, como la integridad y la pureza. Pero hacer callar lo superfluo, lo innecesario, lo banal, lo contaminado de trivialidad y de exteriorismo dispersivo: ésto es propiamente el atributo central del hombre casto.

Quien calla de este modo podría decir con Fernández Unsain, que lo tiene todo, “sin otro Dios que Dios, el del Silencio”. Por eso el mejor de los silencios es aquel que es ofrenda y oblación al Señor, en la bella plenitud laudante de la liturgia católica.

Los padres y los maestros que necesitamos, entonces, son aquellos que pueden restaurar el rostro del niño; que no es lo mismo que fotografiarlo compulsiva y adictivamente para que gane la pulseada de la existencia digital.

Los padres y los maestros que necesitamos son aquellos que se mueven armónicamente entre el silencio y la palabra. Quienes valoran y ejercitan el ocio contemplativo, y saben la importancia que posee el corazón de sus discípulos y el suyo propio. En suma, los que pueden ser definidos como Cooperatores Veritatis, según precisa fórmula acuñada por San José de Calasanz.

Tener la posesión y el señorío sobre la palabra exige haberla acunado en la matriz del silencio. Mas exige asimismo que ella no sea sólo sonoridad sino verbo interior; no sólo locución sino iluminación; no únicamente emisión de nombres sino invocación y resonancia de la Palabra hecha carne. Sigue siendo prioritario en la forja vocacional y profesional del docente, entender y atender lo que anuncia el Evangelio:ex abundantia cordis os loquitur. De la abundancia del corazón habla la boca.

Tarea y misión del maestro y de los padres es asimismo inteligir y practicar la pedagogía cordis. Y para que no incurramos en emocionalismos distorsivos ni en sentimentalismos vacuos, recordemos al respecto al Cardenal Newman. Porque este reconocido converso, entre las tantas cosas fundantes que albergó en su derrotero educativo, supo guardar el tesoro preciado del corazón, entendido, no por oposición dialéctica a la razón, sino como potencia de profundización, de hondura, de penetración, de conocimiento intuitivo. Es el intellectus del lenguaje tomista, no sin antecedentes en la metafísica de Agustín y en los seculares textos de los Padres.

El maestro y el padre –que para el caso convergen en la figura del genitor- que aspiren a ser reconocidos y recordados como tales, serán aquellos que saben que hay una capacidad de la voluntad para ser movida por la bondad y por el valor intrínseco de los bienes. Y que no cumplirán su oficio sino mueven a esa voluntad hacia su meta connatural y preciada. Por eso son llamados  cooperadores de la Verdad, y testigos de esa misma Verdad a la que muestran como fin atractivo y reclamable.

Ahora vayamos a casa, a buscar esa foto vieja, ese papel añejo, con bordes de líneas sepias y alguna arruga o dobladura indeclinable. Volvamos a encontrarnos con los rostros que no salieron de probetas, ni de bancos de semen, ni de laboratorios genéticos ni de locación de tripas. Volvamos a encontrarnos con nuestros padres, esposo y esposa, varón y mujer; y con la plana mayor del abuelazgo.

Y aunque los años nos hayan cubierto de estrías y de surcos, entre los repliegues de la piel cansina regresaremos a toparnos con la inauguración del linaje. Que es regresar, en el fondo, a aquel instante sin tiempo en que el Señor se dijo a Sí mismo, para decírnoslo después: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza.




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viernes, 31 de mayo de 2019

ESI (Educación Sexual Integral): Aportes políticamente incorrectos - Antonio Caponnetto


      


La camisa planchada

Por Antonio Caponnetto


En la última concentración de la manada abortera, un artefacto conjeturablemente compatible con lo que antaño se llamaba señorita, entonaba –ubres nudas en ristre- un estribillo que decía: “mujer que se organiza/ no plancha la camisa”.



Algo críptico el sonsonete, si no se contextualiza, su doblaje prosaico vendría a significar que sólo organizada y alistada en el movimiento feminista, la costilla hembra del varón se liberará de todos los yugos domésticos; entre ellos, claro, el esclavizante planchado de la camisa.


  Sorprende en parte el lema elegido; por lo pronto si se piensa en que son mayoritariamente hombres los dóciles y atérmicos nipones que –bajados del Kawachi Maru u otros barcos análogos- vienen planchando las camisas de toda la ciudadanía argentina desde antes de 1930, en sus proverbiales tintorerías de barrio. Sin que una gota furtiva de sudor se les haya visto derramar jamás en señal de protesta. Ni siquiera durante el enero de 1957 que se tragó once víctimas fatales del calor.


Afables y monosilábicos estos orientales másculos alechugaron y almidonaron millones de camisas, sin distinción de género, pero sabiendo el arte –hoy perdido- de no tratar igualitariamente los géneros. El grito de la empezonada zorongo verde debió hacer justicia, pues, al hombre amarillo antes que a la mujer pluricromática.


La otra sorpresa que el estribillo contiene es su anacronismo, pues hace un tiempito ya que Siemens ha inventado “the Dressman ironing robot”, un práctico muñeco metalizado que plancha lo que usted le pida; y ante el cual, el mismo Marechal, hubiera desgranado alguna de sus estrofas dedicadas a Robot. Algo así como “Dressman es un androide repleto de vapores, hijo de un termostato eunuco y una ficha sin rosas”.


Pero el feminismo no está para estas distinciones. Sencillamente odia a la mujer que plancha, porque odia la realidad de la mujer esposa, madre, hermana o hija, que tras su ofrenda simple y doméstica, traduce el sencillo amor por los suyos, señoreando en su hogar, desde la reyecía de su tabla de alisado o su trono de marmitas y peroles.


Odia el símbolo de la abnegación en la casa, que no mueve la esclavitud sino la libertad de servir a quien se está unido sacramentalmente. Odia y desprecia la altísima cátedra de la señora tras su mesa de quitar arrugas a la tela, ese magisterio cuasi infalible de lo cotidiano, que apenas si necesita para expresarse de una chapa humeante y un tabloncito acolchado.


Bien nos lo enseñaba el Padre Alberto Ezcurra: “Siempre recuerdo, hablando de esto [el ejemplo de los padres] lo que contaba una vez un joven: su primera fiesta, sus primeros bailes y él preparándose, acicalándose, y la madre planchándole la camisa; y en un momento: <¿Y vieja, ya está la camisa?>. Y viene la madre con la camisa planchada y le dice: <Tomá hijo; que te diviertas, pero acordate una cosa: tu hermana es mujer, tu madre es mujer y la Santísima Virgen fue mujer>. Y ese muchacho me decía: <Eso siempre me quedó acá y cada vez que estaba en una fiesta, en una diversión, sabía que yo a la mujer, tenía que respetarla>”[Cfr. su Tú Reinarás, San Rafael, Kyrios ediciones, 1994, p. 85-86].


Bendita pedagogía de nuestras madrazas de antaño, mediante la cual, unos puños y un cuello estirados podían ser ocasión para una lección sobre la pureza. O un lampazo sobre el mosaico rústico venía acompañado de unas coplas medievales; o el cambio de las sábanas se hacía al son de jaculatorias, y la ropa se colgaba a solear en la terraza a la par que la colgadora desgranaba su primer Angelus Domini nuntiavit Mariae.


 Didáctica terrena y celeste la de aquellas varonas inmensas que ora planchaban nuestros moños de primera comunión, ora el delantal plisado de la hermana, ora el overol del esposo y padre, que salía al trabajo arduo como un torero engalanado para la faena.


Hasta el marxista Neruda, al recordar a su “Mamadre”, Doña Trinidad Marverde, la celebra como ese arquetipo de domus celaria, para quien planchar una camisa nunca fue señal de vasallaje sino de gobierno regio de las nobles cosas menudas


“Oh dulce mamadre
ahora
mi boca tiembla para definirte.
Ay mamá, ¿cómo pude
vivir sin recordarte
cada minuto mío?
Aquellas
dulces manos
de la que cocinó, planchó, lavó,
sembró, calmó la fiebre,
y cuando todo estuvo hecho,
y ya podía
yo sostenerme con los pies seguros,
se fue, cumplida, oscura,
al pequeño ataúd
donde por primera vez estuvo ociosa
bajo la dura lluvia de Temuco”.


No hay en el recuerdo ninguna alusión dialéctica a las camisas planchadas versus el patriarcado explotador; ninguna ridícula referencia a la necesidad de una organización feminista que pondría fin a la tiranía de quitar arrebujamientos a las modestas vestimentas de los seres queridos. Todo es recuerdo agradecido, cortés, afable y sensible.


Visión similar a la que nos dejó pintada Edgard Degás, en su apacible y serena “La planchadora”, que reposa ahora en el Museo D´orsay de Paris. Y que contrasta con la asfixiante visión de las labores domésticas tenidas por otros tantos cautiverios humillantes.


        Es que cuando la casa está edificada sobre piedra; y no la tumban los vientos, ni los ríos salidos de cauce; cuando la unión esponsalicia se funda en la donación recíproca del yo en el misterio del tú; cuando los esposos no son rivales unidos por el espanto, que no por el amor; ni los embarazos son causales de homicidios, ni la prole un estorbo, entonces hasta una simple plancha puede ser y es un medio apto para la diaria santificación. Ya no es el objeto o el instrumento, a secas. Es su transfiguración ética, espiritual y estética. Ya no es tampoco un mecanismo o un dispositivo. Es una significación rica, viviente y palpitante. Así le cantó a la plancha José Pedroni en sus “Poemas del hogar”:


“Tenía algo de barco viajero y carbonero,
viajaba de la mano de un ángel timonero.
El mar era una mesa. La mesa era de pino.
Las olas eran blancas o de un azul marino.
Un humo dulce a veces echaba por el cielo.
No parecía humo. Más bien, un pañuelo.
Era cuando esperaba, cuando por mar o río
llevaba el sueño a bordo por el país del frío.
Qué sola aquella plancha, viajera y carbonera,
que calentó los pies del ángel de la espera.
No se cansaba nunca de viajar. Pero un día
perdióse en su neblina. Vimos que no volvía.
Dejó estampada a fuego su sombra protectora.
Está en la mesa grande donde se come y llora”.


         Por eso, recomiendo fervientemente a los padres y abuelos que les regalen a las niñas una primera planchita de juguete, donde alisarán con lúdica ternura las camisas de alguna muñeca, el gorro del bebé acunado entre villancicos, o la chaqueta del príncipe que sale a rescatar a la infaltable dama cautiva.


         Propedéutica de futuros desvelos maternos, habrá una plancha primordial, Dios verá que es bueno cuanto sucede; lo aprobará con su voz de mando, y será la tarde y la mañana de otro día creacional incorporado al Génesis.



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martes, 28 de mayo de 2019

El futuro de la libertad (1978) - Estanislao Cantero




Hace algunos siglos, en la época en que Europa, a pesar de su diversidad de pueblos, formaba una unidad que era la Cristiandad medieval, existía la libertad.


Ininteligible, casi con toda seguridad, para quien tenga de la libertad el concepto que forjó el liberalismo. No se pensaba, entonces, ni se concebía siquiera, que no hubiera límites al ejercicio de la libertad (para lo que habrá que llegar al siglo XVII y especialmente al XVIII), puesto que como algo concreto, tangible, con un objeto determinado, tenía sus propios límites, determinados, precisamente, por la naturaleza del objeto de la libertad. Pero, gracias a ello, había, realmente, libertad.


El ejercicio real y efectivo de la libertad y la garantía de ésta era doble:
Por una parte, el príncipe, el rey, estaba sujeto a las leyes y costumbres del reino, y cuando dejaba de cumplirlas se convertía en tirano. Ya en su tiempo, San Isidoro, recogiendo este principio, escribía: «Rex eris si recte facias, si non facias non eris», principios que también recogen los cuerpos legales y que Santo Tomás expresó así: «Regnum non est propter regem, sed rex propter regnum»


Esta sujeción a las leyes y costumbres del reino, por las cuales las libertades concretas estaban garantizadas frente al abuso o a la arbitrariedad .del monarca, se basaba, además, en el reconocimiento y acatamiento de la Ley de Dios y de su voluntad. La expresión «por la gracia de Dios» no era un mero formulismo; era una realidad que garantizaba que no se convertiría en tirano y que su actuación quedaría  limitada en el ejercicio del poder por ese reconocimiento debido a Dios, en cuanto que por El y en nombre de Él se ejercía el poder. Limitación al ejercicio del poder, que existió y fue realizada por las leyes y costumbres del reino y por ser rey «por la gracia de Dios».


Por otra parte, junto a esa limitación de la actuación del poder, que además de garantizar la libertad garantizaba el recto uso del poder, existía toda una organización social, que desde la misma sociedad, era la máxima garantía de la libertad, más importante aún que la anterior limitación.


Las libertades concretas de pueblos y ciudades eran una verdadera barrera para impedir que, de modo arbitrario o abusivo, el poder del gobernante se injiriese en aquellos otros poderes y facultades pertenecientes al cuerpo social y fruto del recto uso de la libertad del mismo. El rey se comprometía a no traspasar esa libertad adquirida, fruto de la organización y vida natural de los hombres agrupados en comunidades naturales, que nacían de su quehacer diario y de su vida comunitaria, lo que permitía la aparición de nuevas libertades, el progreso y el desarrollo del hombre a través de las comunidades en las que participaba, en armonía y cooperación.


Además, existía el convencimiento, y por eso se acataba, de que el poder venía de Dios e iba al gobernante que lo ejercía «por la gracia de Dios». Existía la convicción en el hombre y en la sociedad de que era así y se acataba naturalmente. La garantía de la libertad, de las libertades concretas (y no de una libertad abstracta para cuyo triunfo hay que esperar a la Revolución francesa) era conseguida, por arriba, por la existencia y reconocimiento de ello, de unas leyes que ni el mismo rey podía dejar de cumplir; por abajo, por la organización social.


Sin embargo, tal estado de cosas fue roto. El resquebrajamiento se inicia con Ockam. Al negar la existencia de un orden natural cognoscible, el voluntarismo provocó el que con la aparición de los monarcas absolutos (aunque menos absolutos que los Estados actuales), al convertir su voluntad en ley, con independencia de su concordancia con aquellas leyes y costumbres del país, que no podía alterar de modo unilateral. Lo que acarreó, como señaló Tocqueville, la paulatina muerte de lo que hoy denominamos cuerpos intermedios que eran fruto de la organización social natural, y que ejercían, en frase de Donoso Cortés, «una resistencia material en una jerarquía organizada» a las extralimitaciones del poder; hasta llegar, con la Revolución francesa, al imperio absoluto de la «ley» positiva, sujeta, eso sí, a los bandazos de la «voluntad general» sobre la cual no existe ninguna otra a la que renga que someterse y cuyo artífice no es otro que el Estado.


Pero la garantía de la libertad y la limitación a la actuación del poder y al ejercicio mismo de la libertad, que hasta entonces se hallaban circunscritos a su recto uso, fallaron en el mismo cuerpo social. La garantía de la libertad se pierde, no sólo, porque el ejercicio de la libertad, plasmado en las libertades concretas, queda herido de muerte por Ja falta de esas barreras a1 ejercicio del poder (barreras que estaban formadas por los cuerpos sociales que constituían la comunidad), sino también porque al pretender, en una apreciación individualista y subjetivo de la libertad, que el uso de ésta no tenga límites, acaba desapareciendo la misma libertad.


Esta pretensión abstracta y utópica de la existencia de los derechos subjetivos de forma ilimitada, sin hacerse realidad en logros comunitarios, como son las libertades concretas, unido al acrecentamiento del poder político, encarnado en la voluntad del Estado, ha ido a parar, por el hecho mismo de este aumento de poder y por la reglamentación de esos derechos subjetivos por el Estado, en la ausencia de toda garantía de la libertad del hombre.


Y observemos nuevamente que es la ruptura iniciada con Ockam, la que ha dado lugar, en sucesivas etapas y desarrollos, hasta llegar a nuestros días, tanto a que el poder político no admita ni la barrera del orden social natural -los cuerpos intermedios- ni la barrera de unas leyes superiores, sagradas e inviolables, creación de la inteligencia de Dios ; como a que el hombre, despojado de sus raíces sociales en las que hundía sus pies y se alzaba desde el suelo de la realidad terrena hacia Dios, como bellamente ha señalado Marcel de Corte, no admita, tampoco, ni las barreras de unas libertades delimitadas por su propio objeto, ni las barreras del cumplimiento de los mandatos de Dios.


Así, al no haber ya barreras, que no hacían más. que servir de cauce a la actuación de los hombres para que éstos no se perdieran por caminos errados, o tratasen de trazar otros que habrían de extraviarles al perder el norte, el sentido, la razón de la existencia, inevitablemente tenía que producirse el desastre: la ruptura del orden social, que por creer que de ese modo se hacía el hombre más libre, al faltarle esos muros de contención, ha provocado la paulatina desaparición de la libertad, a medida que el hombre se ha ido «liberando» de todas sus raíces.


En efecto, esa ruptura del orden social en su doble aspecto, es decir, tanto en lo que se refiera al poder político (Estado todopoderoso) como a la organización social (la disgregación social y la masificación), ha ido a parar en dos expresiones modernas, que si parecen radicalmente opuestas, coinciden en el fundamento aniquilador de la libertad: El totalitarismo marxista y la democracia moderna, o totalitarismo democrático.


El totalitarismo marxista, el marxismo, no deja más libertad que aquella que en cada momento indica obligatoria y coactivamente el tirano. La dependencia del hombre respecto a él es absoluta: económica, política, civil, intelectual... Toda libertad queda eliminada puesto que a! consistir ésta 'en que cada hombre puede ejercer su voluntad siguiendo al imperio de la razón, en el marxismo es la voluntad del Estado la que marca absolutamente la pauta. Las fugas de estos países, los telones de acero, las deportaciones y depuraciones, la persecución a los disidentes, los procesos a los intelectuales, son, entre otros, algunos ejemplos de ello. Frente a él se nos presenta la democracia moderna. ¿Es ésta garantía de la libertad?


Teóricamente la democracia moderna está doblemente limitada en lo que se refiere al ejercicio del poder político. Por una parte, el Estado se sujeta a unas leyes superiores; por otra, el pueblo participa en la política.


Sin embargo, ¿no será una ficción esta doble limitación?


Ocupémonos, en primer lugar, de la participación política de los ciudadanos.


La participación política en una democracia moderna, como señala V allet de Goytisolo, consiste en «el ejercicio del derecho a votar en sufragio universal y, mediante el mismo a elegir los gobernantes o a decidir por referendum», y en «el derecho a formar parte de partidos o asociaciones políticas», siendo esos «los modos insoslayables e insustituibles de participar políticamente». Pero se pregunta «¿Se participa de ese modo realmente? ¿No existen otras maneras de participar políticamente más verdaderas, más reales y más eficaces?».


Su respuesta es concluyente. Tal participación no existe, puesto que la opinión pública es formada externamente a la voluntad del supuesto participante.


Por otra parte, su participación es momentánea y pasajera. No existen vínculos de unión en los partidos políticos, pues están sometidos a la autoridad de sus jefes, que «prometen» un programa, quedando la participación del pueblo reducida a afiliarse o no a tal o cual partido, sin posibilidad de que el partido le garantice, no ya lo que él quisiera ( en el supuesto de que su voluntad no fuera formada desde el exterior), pero ni siquiera puede garantizarle el mismo programa prometido, respecto al cual, por otra parte, su generalidad no permite que antes de subir al poder se sepa cuál será su actuación.


La única verdadera participación política es la que se efectúa a través de los cuerpos intermedios, donde, como nos dice Vallet de Goytisolo, «sus decisiones están fundadas en el conocimiento de la realidad, donde es verdaderamente responsable, y donde pueden ser protegidas sus libertades ... de quienes dominan las palancas de mando del Estado, desde dentro o desde fuera de él».


Este conocimiento de la realidad no existe en una democracia moderna, donde la masificación lo impide, y donde, además, el mismo sistema. de la democracia moderna, lo rechaza.


La democracia moderna, con su supuesta participación política, no le pide al hombre que se manifieste sobre lo concreto y conocido, sino sobre abstracciones y generalidades, y rechaza la opinión acerca de la realidad que sea verdaderamente cualificada, subsumiéndola y equiparándola al desconocimiento de la opinión mayoritaria. Desprecia la calidad ante la cantidad, como señalaba hace más de medio siglo, el verbo encendido y fecundo de Vázquez de Mella.


¿Qué conocimiento de la realidad hay en este hombre masificado de la democracia moderna?


El hombre de hoy carece de puntos de referencia para valorar y enjuiciar a personas que aspiran a gobernar, a las cuales no conoce más que por la imagen que le presentan las propagandas. Como ha de manifestarse sobre lo general y abstracto, no sobre problemas concretos .respecto a los cuales es competente, pues tal es el sistema democrático, como ha de saber de todo, su desconocimiento es suplido por la información que le suministran los medios masivos de comunicación. Información parcial e interesada, cuando no falsa y tendenciosa, que no forma, sino que es, en expresión de Marcel de Corte, una información deformante.


La responsabilidad del hombre, injertado en el sistema democrático, en lo que se refiere a la participación política, se reduce al ejercicio de su voto y a la afiliación a un partido. Respecto a lo primero, es una responsabilidad tan diluida que resulta inexistente.


Además, si falta el conocimiento real, no puede haber responsabilidad. En cualquier caso, sus efectos se reducen a que salga o no elegido tal o cual candidato, o a que se apruebe o no determinada consulta, lo que respecto a cada uno de quienes emiten su voto no cabe una responsabilidad menor.


Respecto a la afiliación a un partido, en lo que afecta a la línea de conducta que sigue tal partido, su responsabilidad es ínfima, despreciable. Desconoce la organización interna y las directrices del partido a alto nivel, que actuará con independencia de su afiliado.


El hombre, con el sistema de los partidos, no participa en la política más que como un número más que se limita a "apuntarse". Lo que queda puesto de relieve por los vaivenes de los votos según la presión de los "mass-media"', por la mala política del partido en el poder, por la cantidad de electores que no se adscriben a ningún partido, y por la atracción que encuentran los programas más demagógicos, consecuencia de la falta de conocimiento del hombre masificado.


Respecto a la protección de -sus libertades, no existe ninguna garantía. Su intervención concluye con la emisión de su voto. Si votó otra cosa, o creyó votar otra cosa, sólo podrá volver a intervenir en la siguiente votación, siendo, de nuevo, una parte insignificante entre millones de partes también insignificantes individualmente consideradas, que es como considera a las personas la democracia moderna.


Los partidos, por otra parte, garantizarán, como mucho, las libertades de sus afiliados, pero no las de los otros, sobre todo cuando existen programas de partidos totalmente opuestos; y eso en el mejor de los casos, pues el partido lo que busca es alcanzar el poder, mantenerse en el mismo e imponer, desde él, sus convicciones. La noción de bien común desaparece, no tiene cabida en el sistema de la democracia moderna.


Los medios masivos de comunicación son, sin duda, los que forman la llamada opinión pública. Decir que quienes los manejan obedecen a los intereses del resto de la población, que es el objeto sobre el que actúan, al que han de cambiar, es insostenible. Obedecen a la ideología de sus propietarios o de quienes han adquirido en ellos una posición de fuerza. La participación política, por consiguiente, en la democracia moderna, es pura ficción. Al no existir, no puede garantizar las libertades de los hombres.


¿Las garantizará el Estado con su autolimitación?


Pero la autolimitación depende de la propia voluntad del Estado lo que es obvio, no constituye garantía de ninguna clase.


Esta autolimitación, por otra parte, viene dada por unas leyes que no reconocen la existencia de unas leyes inmutables, por encima de las Constituciones, que no es posible transgredir. Por consiguiente, tampoco constituye ninguna garantía de la libertad, puesto que la voluntad humana -son los propios partidarios de la democracia moderna quienes lo dicen- puede modificar todas las leyes.


Además, el poder del Estado aumenta sin cesar, ampliando el ámbito de su actuación. ¿Será para garantizar las libertades concretas de los hombres y de los cuerpos intermedios? Rara garantía, que para salvaguardarlas, empieza por suprimidas, haciéndolas retroceder y desaparecer paulatinamente ante el creciente poder estatal.


Por lo que se ve, el futuro de la libertad, es triste decirlo, pero es comprobar un hecho, está abocado a su desaparición.


El hombre moderno, carente de reflexión y conocimiento, eliminada su responsabilidad, esclavizada 'su voluntad al ser formada desde fuera, renunciando a la facultad intelectiva, que adormece con los cantos de sirena que le suministran por medio de los "mass-media", especialmente la televisión, incrementándose el poder del Estado sin cesar, dejando que este se meta en su casa a través de la pantalla del televisor, para decirle lo que tiene que hacer en cada situación, con la unión del poder político y del poder cultural, con la unión de aquél con el poder económico, al ser adsorbidos los últimos por el primero, el hombre dejará de ser libre.


La única solución está en la vuelta atrás, como dijo Chesterton. Perdido el camino no hay que perderse en tantear nuevos caminos, ni en creer que no hay camino, y que éste se hace al andar, sino en volver a la encrucijada donde se erró la ruta, al cruce de caminos que se originó con Ockam, como ha observado Michel Villey y Vallet de Goytisolo recuerda sin cesar.



La garantía de la libertad, de su ejercicio recto y del control del poder del Estado, está en esa doble limitación antaño existente pese a todas sus imperfecciones. En la organización social natural, en los cuerpos auténticos, no mediatizados por el Estado, y en el reconocimiento por el poder político y por la sociedad, de unas leyes y unas normas que no se pueden traspasar, porque son leyes naturales, creadas por Dios. Y para ello, nada mejor para poderlo conseguir que una conversión de nuestros corazones, por la que adoremos a Dios Nuestro Señor y cumplamos sus mandamiento.



Revista Verbo Nº 167. Fundación Speiro 1978



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