San Juan Bautista

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miércoles, 22 de enero de 2014

Democracia Política y sus Falsos Dogmas (I) – Por Eugenio Vegas Latapie

  La expresión "democracia política" constituye, en rigor, una redundancia. Así como el término "monarquía"-del griego, monos: uno, y arkhein: mandar-significa el gobierno ejercido por uno solo, y "aristocracia"-del griego, aristos: mejor, y kratos: poder-, el gobierno de los mejores, bastaría decir democracia-del griego, demos: pueblo, y kratos: poder-para referirse al régimen político en que el gobierno es ejercido por todo el pueblo.

  Sin embargo, por ser un hecho evidente que la significación de la palabra democracia ha sido desvirtuada y aplicada a gran número de conceptos diversos, nos resignamos a incurrir en la citada redundancia y a emplear la expresión "democracia política", para distinguirla terminantemente de las llamadas "democracia social", "democracia popular", "democracia orgánica".,. y de las otras arbitrarias acepciones que se dan a este anfibológico vocablo.

  ¿Qué es la democracia política? En síntesis, lo que dice su significado etimológico: el gobierno de la "ciudad", del Estado, ejercido por el pueblo. Así la concibe el vulgo, y así es definida por la casi totalidad de los diccionarios y de los escritores políticos. Por ejemplo, el reputado jurista Hans Kelsen, inspirador de la Constitución federal austriaca de 1920, escribe: "Democracia significa identidad del sujeto y del objeto del poder, de los gobernantes y los gobernados, gobierno del pueblo por el pueblo"(1). Universal difusión obtuvo, a este respecto, la frase del presidente norteamericano Abraham Lincoln, al definir la democracia como "el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo". Siempre he estimado desproporcionado a su contenido el éxito de esta fórmula trimembre, puesto que, en rigor, debería reducirse a afirmar que la democracia es el gobierno ejercido por el pueblo, y esto ya 10 dijeron centenares de escritores antes que Lincoln.

  Por otra parte, en lenguaje político, resulta ocioso calificar a la democracia de "gobierno del pueblo". Inevitablemente, el pueblo es la materia, el objeto del Estado; el gobierno, su forma o sujeto. Sin pueblo, ni siquiera puede concebirse la existencia de un gobierno. También resulta ocioso decir que la democracia es "el gobierno para el pueblo". Salvo en hipótesis patológicas y monstruosas, la razón de ser y existir de cualquier gobierno es el servicio del pueblo, el bien común. Incluso en la organización jerárquica de la Iglesia católica, prototipo de monarquía absoluta, es calificada su cabeza-el soberano pontífice-de servus
servorum Dei.

  Ya en el siglo VII, San Isidoro de Sevilla afirmaba en una de sus Sentencias: "En provecho del gobierno de los pueblos ha dado Dios la dignidad de jefes"(2); doctrina recogida por Santo Tomás de Aquino, seiscientos años más tarde, en su tan conocido apotegma: Regnum non est propter regem, sed rex propter regnum(3), que repite asimismo el jesuita Juan de Mariana, al sostener que "el pueblo no es para el rey, sino el rey para el pueblo"(4). Por su parte, el franciscano Juan de Santa María escribe casi con las mismas palabras: "El rey se hizo para el bien del reino, y no el reino para el bien del rey"(5).

  Sin gran esfuerzo, podríamos transcribir una serie de textos de filósofos y juristas católicos de distintos países que recuerdan, reiteradamente, esa verdad de sentido común a los reyes y gobernantes; pero se trata de algo tan evidente, que hace innecesaria mayor demostración.

  Es indudable la existencia de gobernantes en todos los regímenes-monarquías, aristocracias y democracias-que han postergado en su actuación el interés público por su interés privado; pero los tales pierden la calidad de gobernantes, para convertirse en tiranos, en enemigos de la sociedad(6). Conviene, además, no olvidar a este respecto que en manera alguna puede ser considerada la tiranía monopolio patológico de las monarquías. Igualmente se convierten en tiranos los oligarcas, e incluso quienes se titulan representantes del pueblo soberano, como lo ha demostrado la Historia, sobre todo la de Hispanoamérica y la de las llamadas "democracias populares"(7).

  Quede, pues, bien sentado que el gobernar en servicio del pueblo, o, para usar el término de Lincoln, el gobierno "para el pueblo", no es un atributo exclusivo de la democracia, sino, más bien, exigencia racional de todo gobierno, cualquiera que fuere su forma. Quizá no falte algún demócrata empedernido, conforme en teoría con la afirmación precedente, que arguya que en el terreno de la práctica, de la realidad vivida, es la democracia el régimen que mejor garantiza la prosecución del bien común, del interés general por los gobernantes. Para refutarle, bastaría una ojeada a la Historia contemporánea. Así, por ejemplo, los famosos affaires Wilson, Panamá y Stawisky manifiestan la corrupción de la Tercera República francesa; los frecuentes escándalos del gobierno italiano de centro-izquierda demuestran la podredumbre de un sistema político, y las fabulosas fortunas de muchos gobernantes hispanoamericanos en el exilio contrastan de manera elocuente con la modestia que rodea en su destierro a los representantes de las grandes dinastías reales de Europa.

  De lo expuesto cabe afirmar que los términos "gobierno del pueblo" y "gobierno para el pueblo" son comunes a todos los regímenes políticos, mientras no se corrompen, y que tan sólo es característica exclusiva y teórica de la democracia la de ser un "gobierno por el pueblo".

* * *

  En la raíz de la idea democrática se encuentran dos instintos del ser humano que, lejos de encauzarse racionalmente, fueron elevados a la categoría de dogmas-falsos dogmas-por los seudofilósofos del siglo XVIII y por sus discípulos de las dos centurias siguientes. Tales instintos desordenados, o "falsos dogmas", son los de libertad e igualdad.


(1) Kelsen: La démocratie. Sa nature. Sa valeur, París, Recueil Sirey, 1932, pág. 14.
(2) San Isidoro de Sevilla: Sentencias en tres libros, Madrid, Ediciones Aspas, 1947, vol. Il, pág. 133, Sentencia núm. 1.051.
(3) Santo Tomás de Aquino: De regimine principum, 111, 2.
(4) Cit. por Francisco de P. Garzón, S. J., El padre luan de Mariana y las escuelas liberales, Madrid, Biblioteca de la Ciencia
Cristiana, 1889, pág. 154.
(5) Fray Juan de Santa María: Tratado de república y policía cristiana, citado por Ba1mes en Obras completas, ed, cit., vol. VII, pág. 315.
(6) "Faciendo derecho el rey, debe haver nomne de rey, et faciendo torto, pierde nomne de rey." (Fuero Juzgo, Tit, 1, Ley 2.)
(7) Cf. Marcial Solana: ¿Quiénes pueden ser tiranos en losmodernos regimenes democrdticos y constitucionales'l , en Acción Española, núm. 47, págs. l.10S, sgs, y también del mismo autor, La resistencia a la tiranla, según la doctrina de los tratadistasdel Siglo de Oro español, en la misma revista, nüms. 34 a 37.

DON EUGENIO VEGAS LATAPIE – “Consideraciones sobre la democracia” – Discurso leído el 14 de Septiembre de 1965. Selecciones Gráficas – Madrid 1965. Págs. 61-64


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