San Juan Bautista

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sábado, 21 de febrero de 2015

Tolerancia e indiferencia - José Ramón López Crestar


Aclarando un concepto muy usado pero generalmente de
forma errónea, por malicia o por ignorancia.


  “Por la solidaridad, sé intolerante”. Este es el lema que divulgó hace algún tiempo la Dirección General de Tráfico en su campaña de retorno del veraneo; y con todo acierto. Porque tolerar que un amigo o familiar conduzca bebido es consentir que arriesgue su vida y la de otros, porque tolerar que conduzca a velocidad excesiva es permitir que se exponga tontamente a sufrir un grave mal y a provocarlo a otros.

  Y es que ciertamente hay cosas y actitudes que no deben tolerarse: afirmación que, con ser cierta, resulta chocante en una sociedad que parece haber hecho de la tolerancia un valor absoluto.

  Quizá desde 1995, año que las Naciones Unidas, el Consejo de Europa y la UNESCO proclamaron año internacional de la tolerancia, se enraizó en el pensamiento general la idea de que todo ha de supeditarse a la tolerancia, entendiendo ésta como un valor fundamental y absoluto.

  Históricamente, la ponderación de la tolerancia como valor, aunque con antecedentes en Locke, arranca del fecundo, talentoso y pródigo en ideas de venenosa cosecha François-Marie Arouet [Voltaire]. Éste publicó en 1763, ya con el seudónimo con que el mundo le conoció, Voltaire, su Tratado sobre la tolerancia, en el que mantuvo, como tesis principal, la necesidad de establecer la más amplia tolerancia y libertad, como garantía de la concordia y la paz sociales, el sentido de la humanidad y la erradicación de la violencia y la injusticia.

  La idea de la tolerancia, incluso en Voltaire, tiene una referencia religiosa: al preguntarse éste -¿por qué no he de hacer yo a otros lo que no quisiera que me hicieran a mí, si con ello salgo ganando?, acude a la idea de Dios remunerador, que castigará todos los delitos, incluso los ocultos, después de la muerte. Estamos, en su caso, desde luego, ante un deísmo moralizante, utilitario, ante la religión concebida, no como verdad, sino como freno moral: si no se cuenta con Dios, no hay forma de evitar que la ley del mundo de los hombres acabe por ser la ley del más fuerte, la ley de la selva, dirá también Arouet.

  En la peculiar reflexión del que fue llamado apóstol de la tolerancia, no hay verdadera tolerancia hacia el error, que exige buscar la verdad y reconocer el yerro, sino un mero dejar estar, ante la supuesta imposibilidad de llegar a la verdad. Habla de tolerancia, cuando lo que de veras predica es la indiferencia.

  Locke había formulado los límites de la tolerancia, al decir que el magistrado no debe tolerar ningún dogma contrario a la sociedad humana, o a las buenas costumbres necesarias para conservar la sociedad civil, mas este límite es necesariamente insuficiente para quienes niegan que haya una verdad universal sobre el hombre, para quienes ignoran qué es lo contrario o lo favorable a la sociedad humana, qué ¡sean las buenas costumbres o en qué deba consistir la conservación de la sociedad civil.

  El paso adelante lo da Voltaire, en la dirección de establecer, como único límite para la tolerancia, la intolerancia, el fanatismo y todo lo que pueda conducir a ello.

  “Lo único que no se puede tolerar es la intolerancia” dice el postulado volteriano, de feliz e inmerecida fortuna, que se viene repitiendo hasta nuestros días. Semejante aserto supone fundar la tolerancia en la tolerancia misma, en un bucle lógicamente ilegítimo, en cuanto lo que se funda en sí mismo es absoluto y, por consecuencia, debería carecer de límites.



  No estamos ante un juego de palabras inocente, sino ante un postulado que no responde a la lógica, que goza de amplio consentimiento y que ha tenido en la historia unas consecuencias desastrosas.

  La intolerancia para con los intolerantes llevó a Voltaire, en su mismo Tratado sobre la tolerancia a alabar el espíritu tolerante del Imperio Romano, que mandaba a los cristianos a los leones porque violentaban el culto tradicional y, con ello, eran ellos los intolerantes, como le llevó a aplaudir la expulsión de los jesuitas de China, o la persecución –atroz, por cierto– de los cristianos del Japón, o la discriminación de los católicos en
la Inglaterra protestante.

  Aquella planta que Voltaire y sus émulos sembraron dio su fruto: las monstruosidades de la Revolución Francesa, el saqueo y destrucción de los templos, la muerte o deportación de cuarenta mil sacerdotes y religiosos, las violaciones de monjas, el genocidio de los campesinos de la Vendée: aguas envenenadas, arrasamiento de decenas de miles de viviendas, ciento veinte mil asesinados, todo ello en nombre de la tolerancia y de la libertad.

  Sin embargo, la tolerancia constituye un valor, aunque relativo y supeditado.

En la Biblia, el mismo Dios que dice —No tolero falsedad y solemnidad (Isaías, 1,13), o condena a quienes toleran a Jezabel (Apocalipsis, 2,20), dice que bella cosa es tolerar penas, por consideración a Dios, cuando se sufre injustamente. (Pedro 2,19). Y es que la tolerancia es un valor enraizado, no en la indiferencia, la despreocupación o la conveniencia social, sino en el amor a Dios y, por éste, a los demás.

  En nombre de la tolerancia absoluta habría que permitir la esclavitud, en cuanto hay personas que apelan a su libertad para tener esclavos e incluso personas dispuestas que, según sus convicciones, prefieren ese género de unión; o la cliteroctomía, tan firmemente asentada como costumbre en algunas regiones de la Tierra; o la tortura, eficaz, según algunos, en la guerra sin cuartel contra la delincuencia. Y, sin embargo, todas esas conductas, desde la perspectiva de los derechos humanos, son merecedoras de condena y repulsa enérgicas.

  Conviene, pues, distinguir entre tolerancia e indiferentismo, relativismo e individualismo: tres actitudes éstas que cercan el valor de la tolerancia, ahogándolo en la confusión.

  Relativismo es considerar que no hay nada inequívocamente bueno o
malo. Escepticismo es negar que existan criterios firmes para distinguir lo bueno de lo malo, lo verdadero de lo falso. E individualismo es suponer que nadie está legitimado para intervenir en la vida de los demás.

  Y tanto el relativismo, como el indiferentismo, como el individualismo, llevan a la dejadez y la pasividad ante el mal.

  La tolerancia, por el contrario, no se asienta en la indiferencia, sino en la firmeza de principios de quien, por afirmar la libertad, se opone a la exclusión indebida de lo que es diferente. Promover la tolerancia no es, pues, animar a consentirlo todo, porque no todo se puede, ni se debe, permitir.


  En nombre de la libertad, con la diferencia legítima, tolerancia, y aun más, amor a quien difiere. Y en nombre de la solidaridad, en nombre de la misma libertad, intolerancia –no menos amorosa, pero exigente y radical intolerancia– para con quienes afrentan la vida y la justicia.


¡Café! – Año 2 N°148 – Buenos Aires – Febrero 2009


Nacionalismo Católico San Juan Bautista



1 comentario:

  1. A la luz de esta interesante reflexión, ¿se puede tolerar lo que para un católico fiel a la doctrina tradicional de la Iglesia es un pecado, verbigracia, la homosexualidad?

    El cardenal Alfredo Ottaviani, tal vez el prelado más destacado del ala tradicionalista en la Iglesia del Vaticano II -juntamente con Siri y con Marcel Lefebvre-, sabido es que "toleraba" la libertad religiosa, pero en modo alguno era partidario de concederle ningún estatus de privilegio, apoyo, reconocimiento. Sin duda, ni se le habría pasado por la cabeza al cardenal Ottaviani plantearse la tolerancia de la homosexualidad.

    Pero han transcurrido 50 años desde los tiempos del cardenal Ottaviani, la descristianización lo ha arrasado casi todo, el neopaganismo hace estragos, la apostasía es ya temeraria... Entonces, en sociedades plurales, esto es, abiertas, secularizadas, liberal-burguesas en democracia, laicas (o laicistas), no confesionales, ¿se debe tolerar un mal y un pecado como es la homosexualidad?

    Ciertamente, en una sociedad con profundo arraigo en los fundamentos del Evangelio, una sociedad provista de una Iglesia -digámoslo así- sana, misionera, no habría los índices de homosexualidad abierta, jubilosa, promiscua, etc, que hay hoy en las sociedades ultraliberales. Pero la condición humana es la que es, el pecado es tan viejo como el hombre: y lo es, según nuestra fe, el pecado nació o entró al mundo con la desobediencia de Adán y Eva, etcétera. De manera que también en una sociedad de fuerte arraigo cristiano surgirían desajustes, el pecado de sus humanos componentes siempre al acecho, siempre presente. Solo que no habría, sin duda, la explosión que hay hoy día, esto es, la pérdida del sentido del pecado, que hace que este, parafraseando "a la contraria" o en sentido inverso el dicho de san Pablo, "sobreabunde".

    El gran novelista católico francés George Bernanos decía: "Un sacerdote menos, mil pitonisas más". Pues con respecto a lo que aquí y ahora tratamos: a mayor descristianización de la sociedad, más "obligación" de tolerar el mal, el pecado. Solo que ¿tolerar el mal no es una forma de ejercer la intolerancia hacia el bien?

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