San Juan Bautista

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lunes, 3 de enero de 2022

Crónica de una imbecilidad anunciada - Augusto TorchSon

 


Sucedió en un cierto tiempo que la ciencia había alcanzado tal grado de complejidad y avance que se podía prescindir completamente de las religiones y hasta de la historia, que hasta esos momentos se usaban para tratar de mantener a la gente dentro de ciertos límites para conseguir una sana convivencia y orden  social.

Es por eso que las escuelas dejaron de enseñar lo que tanto tiempo había servido para lograr tales fines, ya que ahora, el simple avance científico demostró dar las respuestas a todos los cuestionamientos y problemas de la humanidad, dejando a los especialistas el conocimiento y el resto simplemente gozando de los beneficios, sin necesidad de corroboraciones ni esfuerzos intelectuales de ningún tipo. 

Ningún sentido tenía en estos momentos de progreso, inútiles saberes como la filosofía. Cuestiones que se devenían abstractas demostraron distraer a las personas de problemas concretos, por lo que el siglo de la iluminación había llegado finalmente, otorgándole a la Ciencia la importancia que realmente merecía. Incluso los más destacados científicos, que pertenecían a un grupo que se consideraba elegidos por Dios para salvar al mundo, en un acto de inmensa humildad reconocieron que los nuevos descubrimientos indicaban claramente la inexistencia de tal entidad, aunque seguían reconociéndose como los salvadores para así mejor ayudar.

Así fue que se acabaron los gobiernos corruptos y se establecieron comités científicos internacionales en un principio, y supranacionales después, logrando terminar con las fronteras y todo lo que dividía al hombre, terminando con costumbres y tradiciones que solo servían para que los nostálgicos tengan motivos para justificar su fracaso y su tristeza, generando no pocas veces una inusitada violencia fruto de la intolerancia e ignorancia.

Con gran beneficio para la humanidad, cayeron los condicionamientos que tanto tiempo sirvieron para oprimir y dividir, estableciéndose finalmente una estandarización cultural en donde la gente no era distinta por sus supuestos sexos determinados por la biología, sino de que estaban igualados por su carácter de hijos de la Madre Tierra como bien enseñaron los iluminados comités científicos. Ya se había logrado emancipar a la Madre Tierra del erróneo concepto de “naturaleza”, lo que otorgaba libertad incluso a ella misma para crear nuevas leyes y reglas que los científicos iban oportunamente descubriendo y regían con las mismas a la humanidad.

De igual manera, para terminar con las diferencias que surgían por las desigualdades materiales, se estableció un sistema de ingresos no basados en beneficios conseguidos por el solo hecho de haber nacido en una familia con recursos innecesariamente excesivos, o en supuestos esfuerzos o virtudes que lo único que hacían era generar rencores y aumentar las "grietas" sociales. Esto se pudo lograr,  reemplazando las vetustas concepciones de lo bueno y justo por un sistema en el cual la distribución igualitaria de los recursos se asignaba otorgando simplemente el usufructo y no la posesión de los bienes, logrando que la gente "no tenga nada y sea feliz". Y así como se terminaron las falsas diferencias entre los sexos impuestos caprichosamente en nombre de la “naturaleza”, desapareció igualmente la diferencia entre viejos, jóvenes o infantes, otorgándole a todos el mismo status en la sociedad, para lo cual se tuvo primero que terminar con el primer y más terrible núcleo de dominación y diferenciación, la familia.

Otro inmenso progreso que trajo equilibrio al plantea, fue el considerar a los animales en igualdad de condiciones y dignidad que el hombre, por lo que pasaron a tener iguales derechos.

Todo era libertad, igualdad y fraternidad cuando la armonía se vio sacudida por la situación más azarosa. Un hermano buitre, en una de las salvajadas que los científicos todavía tratan de evitar, se comió a un hermano ratón, el cual estaba infectado al haber ingerido desechos químicos (por su reticencia a aceptar el alimento balanceado y gratuito a su disposición en todas las esquinas otorgado por la gobernanza científica). Dicho hermano buitre al defecar en vuelo (cuestión próximamente a ser solucionada por los científicos adaptando los baños igualitarios para evitar la incomodidad de las pobres aves al tener que perder su pudor en vuelo por tradiciones anacrónicas), terminó arrojando sus deposiciones sobre un mercado local de comidas, en donde, quienes comieron la mercadería contaminada, esparcieron la más atroz peste de la historia.

Lo más terrible de esta nueva enfermedad, es, que además de ser indetectable para los microscopios y demás instrumentos científicos, infectaba a las personas que estaban en una condición terriblemente crítica, sin que ellos mismos lo notaran. Gracias a la Ciencia, se descubrió un método de detección que permitió a tanta gente que se creía sana, enterarse de la mortal condición que padecían, pudiéndose hospitalizar inmediatamente. Lamentablemente la enfermedad era tan terrible que casi todos los internados terminaban muertos a pesar del inmenso esfuerzo de los heroicos trabajadores sanitarios, que aplicaban los más estrictos protocolos dictados por los científicos.

La enfermedad era tan terrible que casi toda la humanidad estaba infectada o lo había estado sin haberse enterado. Ante esa situación, la gobernanza científica decidió que tenía que salvar a la humanidad, y dejando de lado los lujos que se les habían concedido en agradecimiento a los inmensos avances logrados, se dedicaron sin descanso a generar un medicamento eficaz que terminara con este gran flagelo.

En otra muestra de la infalibilidad científica, en tiempo récord se encontró una cura.

Increíblemente, en este camino de progreso ilimitado, aparecieron los que caprichosamente y sin ninguna justificación, se resistieron a ser salvos por la Ciencia. Ese ínfimo porcentaje de pobres seres con su luz opacada por antiguos genes con nostalgia por los tiempos de oscuridad; "no estando inmunizados" hicieron que "los inmunizados sigan enfermando", a la vez que generando nuevas variantes de la enfermedad cada vez más irreconocibles e indetectables que siguieron afectando a la humanidad.

La gobernanza científica, contra sus más altas aspiraciones de igualdad y libertad, tuvo que tomar con mucho dolor la decisión de asilar primero a los no inmunizados contaminantes y después a forzarlos a inmunizarse.

A pesar de esas tan poco agradables medidas tomadas por los grandes benefactores de la humanidad, ya era demasiado tarde. La inmensa bondad de los científicos los hizo ser demasiado tolerantes y no obligar a sus protegidos a cuidarse en contra de su voluntad a tiempo, lo que llevó a que la enfermedad mutara de la forma más increíble e inesperada.

Si antes la peste enfermaba a quienes requerían de los testeos de la gobernanza para enterarse de su terrible condición, en estos momentos directamente los mataba sin que los pobres e incautos ciudadanos se enteraran, hasta que el nuevo test les confirmaba su deceso.

Fue así que los que descubrían su nuevo estado, se dirigían resignados y se arrojaban a fosas comunes (debido a la inmensa cantidad de test "negativos de vida") en donde los "muertos asintomáticos" eran sepultados con gran dolor por la gobernanza.

Resultó entonces, que lo que fue una tragedia con las dos terceras partes de la humanidad exterminada, permitió sin embargo a la gobernanza dedicarse a cuidar de esta porción de ciudadanos que trabajaban arduamente y sin descanso para agradecer la bondad de sus salvadores.

 

Augusto Espíndola

 

No hay ciencia más acabada

que el hombre bien acabe,

porque al final de la jornada

el que se salva sabe,

y el que no, no sabe nada.




1 comentario:

  1. Muy fidedigno retrato del panorama de locura global y diabólica que se ha apoderado de la humanidad. Que Dios nos pille confesados...

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