Cuando
se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos,
entonces envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: «Id al pueblo que está
enfrente de vosotros, y enseguida encontraréis un asna atada y un pollino con
ella; desatadlos y traédmelos. Y si alguien os dice algo, diréis: El Señor los
necesita, pero enseguida los devolverá.» Esto sucedió para que se cumpliese el
oráculo del profeta: Decid a la hija de Síón: He aquí que tu Rey viene a ti,
manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo. Fueron, pues,
los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el
pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima. La gente,
muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los
árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él
gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
¡Hosanna en las alturas!»
(Mt. 21, 1-9)
El Evangelio de hoy es el de la
entrada triunfante de Cristo en Jerusalén, que narran los cuatro Evangelistas,
dándonos un cuadro completo. Es un triunfo, pero es un triunfo humilde, tal
como había dicho el Profeta Zacarías:
“¡Alégrate con alegría grande, hija de Sión!
¡Salta de júbilo, hija de Jerusalén!
He aquí que tu Rey viene a ti, humilde y manso,
Sobre un asna y el hijo de la subyugada.”[1]
En realidad, sobre el hijo de la subyugada venía
Jesucristo, sobre el burrito, que los españoles llaman pollino. Los
hebreos no desdeñaban, incluso los Reyes, montar en burros, que son allá de
mayor alzada que los de aquí. Aquí no tendría sentido ver a un Presidente
montado en un burro; aunque quizá tendría más sentido de lo que creemos.
(Quiero decir que imitaría a Cristo en la humildad; y
más si en lugar de granaderos y metralletas, tuviese alrededor niños y gente
del pueblo cantándole alabanzas y agitando palmas).
Esto que vemos hoy es un “mob”, como dicen
los ingleses, que se traduce "motín"; pero la palabra "motín"
ha tomado en español el sentido malo, el sentido de sublevación y no de
aclamación; de modo que hay que usar el argentinismo “pueblada”.
Un “mob”, o sea, una "pueblada", es una aglomeración de
pueblo en movimiento, cualquiera sea su motivo, o la ira o el entusiasmo; que
hoy día solamente pueden hacerlas los militares, que según ellos, como han
salido del pueblo, son el Pueblo; es decir, son la Democracia.
Esta pueblada del Domingo de Ramos, que gritaba: “Salud
al Hijo de David”, es muy diversa de la otra del Viernes Santo, que
gritó: “Crucífícalo.”[2]
Había ya muchísimos que creían Jesús era el Mesías;
que fueron el núcleo de la Iglesia, pues vemos que el día de Pentecostés los
Apóstoles bautizaron 3.000 personas, apenas San Pedro les anunció que había
resucitado.[3]
Había aquí judíos de todas partes de Judea y también
gentiles, como vemos en San Juan [4]; y los Apóstoles fueron el núcleo
director de la manifestación, pues decían a todos los transeúntes y curiosos
que Jesús acababa de resucitar un muerto, Lázaro de Betania[5]. Una pueblada tiene siempre un núcleo
director que le da la dirección, buena o mala. La turba sabe amontonarse, pero
por sí misma no sabe dirigirse, ¡y guay de que haya un amontonamiento de pueblo
sin un buen núcleo director! Suceden las atrocidades de la Revolución Francesa.
Yo vi una gran pueblada en Roma en 1930 cuando el
Comandante Balbo con su escuadrilla fue en avión al Brasil, y después volvió a
Roma: se puso en movimiento todo el pueblo de Roma -varones- y se amontonó en
la Plaza Venecia gritando: "¡Que hable il Duce!" Yo
volvía de clase con los demás alumnos de la Gregoriana, y no me dejaron llegar
a casa: lo cual no me pesó. Esta manifestación se formó tan espontáneamente
como la de los Ramos; aunque estaban allí los camisas negras, pero simplemente
guardaban el orden, no buscaban a la gente ni la traían en camiones[6]. ¿Cómo se formó? Lo supe muchos años
después, en 1947, estando con el P. Gaynor en el balcón del Convento de San
Silvestro, que da a la Plaza San Silvestro. Las plazas en Italia no son como
las nuestras, no son jardines, son simplemente un baldío empedrado, una manzana
sin edificios. De repente la plaza se llenó de hombres. - ¿Qué pasa? -Salen del
trabajo, de las oficinas, las fábricas y las tiendas-, me dijo Gaynor.
- ¿Qué hacen? -Hablan entre ellos durante una hora;
algunos se suben a un cajón y hablan a un grupo. Ésta es la verdadera
democracia; este pueblo es el más democrático del mundo. -¿Cómo
"democracia"?- le dije yo. -"Democracia", ¿no es votar?
-Fíjese: si en este momento llegara aquí una noticia impresionante, toda esta
masa se organizaría (surgirían los jefes naturales) y se dirigiría a la plaza
próxima donde encontraría otra masa igual; y como una chispa en un pajonal, en
poco rato toda Roma estaría en píe y se dirigiría a hacer algo, malo o bueno;
pero casi siempre algo bruto; porque la multitud es un bruto con mil cabezas.
Así pasó el año 510 antes de Cristo, por ejemplo:
corrió la voz en Roma que el Rey Tarquina el Soberbio había violado a Lucrecia,
mujer de un noble, y ella se había dado muerte; antes de ponerse el sol el
pueblo de Roma había matado al Rey Tarquina y se había acabado la Reyecía o
Monarquía en Roma para durante cinco siglos justos.
La pueblada es el último recurso de la democracia y el
más genuino. Hoy día no se puede hacer más, por lo menos en la Argentina y
también en Inglaterra, donde Chesterton se queja ya no es posible ningún “mob”,
desde el siglo XVII; hoy día con una ráfaga de metra se acaba cualquier
pueblada. Esto también lo vi en 1934 en París: el Ministro Daladier, que se
gloriaba de parecerse a Mussolini, incluso en el físico, con dos ráfagas de
ametralladora y con 100 muertos, deshizo una multitud enfurecida que en la
Plaza de la Concordia quería colgar a los Diputados de los faroles (escándalo
Stavisky): “Les Députés a la lanterne!” (Entre paréntesis:
esto nunca lo hizo Mussolini, que era un dictador; lo hizo un Ministro
democrático).
Esta vez también me cortaron el camino al volver de
clase y hasta me hicieron gritar, por contagio: “Les Députés a la
lanterne!”.
Como ven, en el Evangelio se puede
aprender de todo. Si hubiesen puesto a votación en Jerusalén si Jesús era el
Mesías o no, probablemente hubiese sacado la mayoría, pero los Fariseos
enseguida hubiesen hecho fraude. Pero con la pueblada deste día no podían
hacer fraude. Así que se asustaron, dice el Evangelista, y
decidieron, no dejar de matarlo, ciertamente, sino asegurar su muerte: que la
prisión fuese secreta; el juicio y la sentencia, secretos; y la ejecución, a
cargo de los romanos, que tenían lo que hoy serían ametralladoras[7]. Hasta hubo uno que se animó a decirle a
Cristo: “¿No oyes lo que estos dicen? ¿No ves que te dicen 'Hijo de David', o
sea, Mesías? ¡Hazlos callar!”, con lo cual confesaban que ellos no podían
hacerlos callar. Jesús les respondió: “Si éstos callan, hablarán las
piedras”[8] -lo que en efecto pasó: éstos
callaron el Viernes Santo (no había nada que hacer con la Legión Décima de la
fortaleza Antonia) y las piedras del Calvario se partieron el Viernes Santo[9]; y el Domingo siguiente, la enorme
piedra-lápida voló del Sepulcro de Cristo[10].
De modo que no fue el mismo pueblo éste de hoy y el
que el Viernes gritó: “Crucifícalo”; como suelen decir: "el
pueblo es veleidoso e insensato, miren el relato de la Pasión de Cristo."
(Así dijo el gran músico Beethoven). No. Este pueblo fiel, el día de la
Crucifixión estaba escondido o apartado a lo lejos, como los Apóstoles mismos.
Era otro pueblo: era una manga de curiosos, vagos,
holgazanes, indiferentes o enemigos de Cristo; al cual para hacerlo
gritar: “Crucifícalo”, bastó que los Fariseos le dijeran la misma mentira
que dijeron a Pilatos: "Este hombre se ha sublevado contra el César; si lo
dejamos libre, vendrán los ejércitos romanos y destruirán nuestra ciudad";
que fue justamente lo que les pasó 40 años después; pero no por dejar libre a
Cristo, sino por matarlo. Si hubiesen dejado libre a Cristo, no les pasara.
Jerusalén no habría sido destruida y sería hoy lo que es Roma. La tremenda
maldición que se echaron encima: “Caiga su sangre sobre nosotros y
sobre nuestros hijos”[11] -les
cayó.
En fin, lo que quería decirles es que Jesucristo
aceptó -y Él Mismo preparó- este efímero triunfo de niños y de gente pobre
porque sabía que era verdad: sabía que era Rey y que había de ser Rey para
siempre, sabía de su Pasión y Muerte, pero sabía también su Resurrección y la
Resurrección de todo el Mundo: la Resurrección de la Carne. Y así, con grande y
animoso corazón, aceptó estos loores y alabanzas, como acepta nuestros humildes
actos de fe cuando lo reconocemos por Rey, apesar de todos los pesares. Un
pintor cristiano, Hole, ha imaginado que se encontró al entrar en Jerusalén con
Pilatos, el cual salía sentado en una litera llevada por cuatro gigantescos esclavos
negros y con gran escolta a caballo; que Pilatos lo miró de arriba abajo y
Jesucristo lo miró de abajo arriba: el Centurión que mandaba la escolta iba a
ser más tarde un Obispo suyo. Ésa es su Reyecía.
Cantemos con los niños hebreos, como canta la Iglesia:
"¡Salud al Hijo de David!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
¡Hosanna en las alturas!"
[1] l.
Zac. 9, 9.
[2] Lucas
23, 21; Juan 19, 6,15.
[3] Hechos
2, 37-41.
[4] 12,
20-21.
[5] Juan
11, 1-44.
[6] Perón estaba allí y la vio, creo (Tachado en el
original).
[7] Mateo
26, 3-5.
[8] Lucas
19, 40.
[9] Mateo
27, 51.
[10] Marcos
16, 4.
[11] Mateo
27, 51.

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