YO SOY
LA RESURRECCIÓN
“Marta,
pues, cuando oyó que venía Jesús, le salió a recibir[...]. Y le dijo: Señor, si
hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”.
Jn.XI,
20-22.
Camina
hacia la aldea, va rezando,
entre
cedros, pardillos y riberas,
las
playas de Betania, sus costeras
lo ven
pasar sereno, musitando.
Sus
ojos altos se posaban fijos
como
en los Montes de los Olivares
posan
las garzas y con sus cantares
convierten
el paisaje en acertijos.
La ve
llegar. Su rostro de alelí
transfigurado
en luto por el llanto
le
dice con la voz hecha un quebranto:
¡Ay,
Señor, si hubieras estado aquí!
¿Qué
cifraba esa queja sin protesta,
ese
lamento sin reproche alguno,
esa
extraña oración con que ninguno
confiaba
en Dios la muerte y la respuesta?
¿Clamor,
suspiro, acusación, querella,
lastimadura
que causó la herida
o
afirmación rotunda de la Vida
ante
el Sol más fulgente que la estrella?
¿Cuál
arcano encerraba esa prosodia,
qué
sintaxis de métrica divina
le
dictó ese fraseo que adivina
el
misterio cantado en la salmodia?
Marta
presiente en sus agorerías
que
Cristo es el alcázar y el baluarte,
esa
tarde eligió la mejor parte
envuelta
en un rumor de profecías.
Y
parece decirle: Ya entendí.
Creo,
espero, confío, me abandono,
pero
es mi corazón con el que entono:
¡Ay,
Señor, si hubieras estado aquí!
Tantas
veces, Jesús, yo repetí,
como
Marta en las fieras peripecias,
mis
certidumbres vigorosas, recias:
¡Ay,
Señor, si hubieras estado aquí!
Aquí
en la patria que ultrajó el corsario,
aquí
en la iglesia del Iscariotismo,
en
cada deserción, en cada abismo,
aquí
mi Dios, pedí con el rosario.
Y sin
embargo estabas, estuviste
siempre
desde el principio de la aurora,
y
estarás al Final. La Mediadora
nos
preserve del mundo pardo y triste.
Antonio Caponnetto

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