Fechado
el 15 de junio del corriente, la Conferencia Episcopal Argentina –con la firma
de su presidente, Monseñor Marcelo Daniel Colombo y de su Secretario General,
Monseñor Raúl Pizano- dio a conocer su pésame por la muerte de Taty Almeida,
cabeza de la agrupación criptoterrorista Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora.
La
condolencia no ahorra ditirambo y se pronuncia encomiásticamente por la difunta
sin asomo, siquiera tenue, de cierto matiz o salvedad; o acaso de alguna
prudencial toma de distancia dada la ideología marcadamente filocomunista del
personaje mentado. Al contrario, y a nada poco menos de declararla <santa
súbita>, le agradecen “a Dios haber sostenido su valentía en tiempos
difíciles”, su “testimonio para muchas generaciones”, “llorando su partida” e
instando a “honrar su memoria”.
Puesto
que tuvo una longeva y activa existencia, la señora Almeida ha dejado
extensamente documentada su posición, no sólo favorable a la militancia erpiana
de su hijo desaparecido, sino a todo el ideario revolucionario en general, que
se manifestó, por ejemplo, en su radical apoyo al movimiento abortista y a las
agrupaciones LGTB. No hubo defensa del infanticidio, de la contranatura, de la
promiscuidad y de la insurrección cultural y espiritual que no la tuviera como
punto de referencia. Insistimos: toda esta postura de la occisa está
exuberantemente documentada.
Pero
sinceramente no es a ella a la que queremos referirnos. Incluso la
encomendamos
a la misericordia divina, y repetimos una vez más lo que hemos dicho desde los
días mismos de la guerra contrasubversiva; y es que culpables que se los
hubiera hallado a los guerrileros, ninguno merecía el destino de desaparecido.
Sí, en casos que correspondiera, el pelotón justiciero, responsable y público.
Sí la guerra frontal, límpida, implacable y a cara descubierta. Pero es otra
historia y nos hemos cansado de escribir sobre ella.
Lo que
realmente nos mueve a repugnancia es el contenido, salvajemente reduccionista y
farisaicamente parcial cuanto cínico de la declaración de la Conferencia
Episcopal. Nuestros pastores compiten cada día para superarse en perjurios,
vilezas, bellaquerías y premeditadas desmemorias. Ni siquiera tienen el
proverbial olor a oveja sino a colectora de escorias. El pésame que han
redactado es un monumento infame a la inequidad histórica, a la injusticia
sobre el pasado, a la falsía como método de observación de la realidad, a la
dialéctica esperpéntica sobre los hechos, a la falacia sustituyendo a la
lógica. Han hecho propia la horrísona táctica de Mario Benedetti, al que tantas
veces citó Bergoglio; amigo, claro, de la desdichada Almeida. “Hay que lograr
que se sustituya en los demás la autodefensa por el autoasco”. Dar asco; hasta
que no podamos espejarnos en ellos que deberían ser nuestros dechados. Dar asco
para sentirse útiles. Eso es lo que hacen.
Nos
preguntamos con dolor ¿a qué iglesia pertenecen estos obispos que pueden
elogiar sin límites a sus propios y declarados enemigos? ¿A qué iglesia encarnan,
representan y guían sujetos que carecen de cualquier escrúpulo para cohonestar
a los activistas que proponen la contranatura y el genocidio de los niños por
nacer? Ya ni el invento de la <iglesia conciliar> los satisface. Al fin
de cuentas, historicistas como son, el Vaticano II les resulta una módica
antigualla al lado de estos fantásticos <constructos> que son la iglesia sinodal,
la democrática y la sincretista.
Ahora
bien; si –congruencia mediante- no es ni puede ser a la Iglesia Católica,
Apostólica y Romana a la que sirven, ¿no constituye esto una amenaza grave y
aterradora de que estén en el límite de una conducta que rompa el vínculo de
sumisión con “la columna y el sostén de la Verdad”, como define San Pablo a la
Iglesia” (I Timoteo, 3,15)? ¿No habrá nadie autorizado y no modestos
parroquianos o creyentes de a pie como nosotros, que les ponga un caritativo
pero enérgico parate a quienes se han transformado en acarreadores de cizaña
desparramada adrede sobre el buen trigo? Preguntamos nomás; porque no sea cosa
que el drama del cisma ya se haya desatado y nosotros, los perros, no tengamos
quien nos enseñe dónde veramente está. No les vendría mal a estos obispos de
pañuelos blancos y verdes, darle una repasadita a la II, IIae de la Suma,
cuestión 39. Enterita y sin recortes.
Dios
nos dé fortaleza para no dejarnos amedrentar ni atropellar por estos truhanes
devenidos en lobos. Y reparemos lo que podamos. Por lo pronto, el homenaje a
las otras madres, a las que no engendraron asesinos sino héroes.
El que cayó partido por
esquirlas quemantes
de la anónima pólvora
estallada a mansalva,
y se quedó sin rostro
para ver el otoño,
sin las manos
castrenses de los días tonantes.
No era el gajo
infecundo de un ignoto retoño:
Señor, tenía una madre
que lo esperaba al alba.
El que olvidó el
pellejo tajado por la furia
del insurrecto alzado
en la calma de enero,
el que usó de mortaja
su uniforme argentino
como el jefe imbatible
de una antigua centuria.
No era el desheredado
de un solar mortecino.
Señor, tenía una madre
que veló a su guerrero.
El que cruzó la selva
tucumana a sablazo
cuando un tiro faccioso
se le hundió en la osamenta,
la mirada nublosa por
la sangre surgente
con la oración devota
del postrimero plazo.
No era un andrajo
errante sin cuño ni simiente.
Señor, tenía una madre
que aguantó la tormenta.
El que gritó en Formosa
que nadie se rendía,
enarbolando al tope la
juvenil guapeza,
recibiendo la muerte de
forajidas turbas
sin tiempo para el rezo
de algún Avemaría.
No era un nómada
aislado entre cíclicas curvas:
Señor, tenía una madre
que sufrió tal crudeza.
El que en tantos
recodos del entresijo urbano,
con crueldad y
violencia trataron sus captores,
hasta extinguir sus huesos
en lúgubres camastros
aunque el temple
guardaba el valor del cristiano.
No era un ser exiliado
de orígenes y rastros:
Señor, tenía una madre
que alumbró con dolores.
El que no delinquió ni
mancilló su espada,
salvaguardando cruces,
custodiando banderas
en regimientos patrios,
en las Islas Malvinas
para que lo aguardara
una prisión sellada.
No era un huérfano solo
de apátridas neblinas:
Señor, tenía una madre
con su alma en las trincheras.
Guillermina con Gladys,
Juan Eduardo tras Paula,
la pequeña María
Cristina, toda infancia,
no alcanzaron el tiempo
de la flor y la fruta
no más juego a la
siesta ni más libro en el aula.
No eran los hospicianos
que perdieron la ruta:
Señor, tenían madres
que aún gimen la distancia.
¿No merecen acaso el
respeto del luto,
el consuelo impetrante
de una carta papal,
la misiva romana del
sucesor de Pedro
la bendición solemne en
señal de tributo,
el elogio a su noble
tenacidad de cedro?
Señor, dales Tú mismo
la certeza pascual.
Desagravia esta afrenta
a las madres ausentes
de la historia, el
recuerdo, la memoria o las plazas.
Nómbralas comensales de
tu pan y tu mesa,
condecora sus pechos
con tus llagas ardientes,
renueva para ellas tu
celestial promesa.
Señor, a todas ellas,
yo sé que las abrazas.
Antonio Caponnetto
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