No
sabría describirlos adecuadamente. Me recuerdan a aquellos de los que hablaba
el Señor cuando decía que quien miraba a una mujer deseándola, ya había
adulterado con ella en su corazón. En aquellos tiempos, todavía no se había
publicado la Amoris Laetitia y las cosas eran más estrictas. Bueno, el caso es
que cuando yo veo a tantos y tantos mirando con el rabillo del ojo el
protestantismo, regodeándose en sus virtudes y maravillas, ensimismándose con
la doctrina y personalidad de ese benefactor de la Humanidad que fue Lutero, se
me hace fácil la analogía con las palabras del Señor: Ya se hicieron
protestantes en su interior, ya se protestantizaron en su corazón. El que mira
el luteranismo deseándolo, ya se unió a él en su corazón.
Tenemos
entre los miembros de nuestra Jerarquía muchos socios del Club del Embobamiento
Luterano. Socios de Honor. Han hecho lo posible y lo imposible por
protestantizar la Iglesia en muchas cuestiones graves. Pero han conseguido que
en el día a día de los fieles llamados católicos, se haya introducido el
protestantismo como quien no quiere la cosa. Sin enterarse. Si ahora mismo
hiciéramos una encuesta sencilla, -entre los que nos rodean-, sobre la doctrina
católica, nos llevaríamos una sorpresa. Hay muchos luteranos entre los catequistas,
ministros sin ordenar y ministros ordenados, monjas sin toca y monjas
retocadas. Hasta el pueblo ha llegado el olor a oveja que han diseminado los
malos pastores.
Casi
se podría decir que entre el pueblo fiel, excepto la devoción a la Virgen que todavía
existe en pueblos y villorrios, se suele pensar que lo importante es la fe y
las obras sirven de poco, que la Biblia la puede interpretar cada uno a su
antojo, que la Iglesia católica no es la única verdadera, que los sacerdotes
son meros representantes de los laicos, que la Misa es una Cena, que la
Eucaristía es un símbolo de Cristo pero nada más, que los curas y frailes estarían mejor
casados, etc, etc.
Estas
gentes han sido adoctrinadas durante los últimos cincuenta años por teólogos,
párrocos y jerarcas que ya no creían en las verdades católicas y habían llegado
a ser protestantes de corazón. Recuerdo a un fraile compañero mío que comenzó a
explicar a los novicios la Historia de la Reforma y fue avanzando con tanto
brío, que al final él mismo se reformó y se hizo protestante contra todo lo que
oliera a doctrina católica.
Si
el problema lo podemos ilustrar desde abajo, no hablemos de lo que tenemos
arriba. Ya he dicho que los doctores y teólogos fueron los primeros en cabeza.
Aunque -todo hay que decirlo-, hubo también quienes se negaron a seguir
semejante locura. Pero hemos tenido que sufrir en los cincuenta años
precedentes gran cantidad de lobos rapaces que andaban encandilados con Lutero.
Y ahora son multitud. Desde aquel Cardenal Bea (jesuíta por cierto), con su
decreto de ecumenismo vaticanosegundista hasta los cardenales actuales, joyas
del embobamiento por Lutero y sus hijos espirituales, hay sólo un paso. Y si
Juan Pablo II besó el Corán, pues entonces a los escritos de Lutero habrá que incensarlos
con toda solemnidad, digo yo. Koch, Schöborn, Marx y muchos otros capelos
germánicos, han arrastrado también a capelos anglosajones, yanquis y
mediterráneos por esta vía maravillosa del ecumenismo memo, que es ese
ecumenismo que consigue que los propios se pasen al bando contrario, tras
escuchar una predicación en la que se ensalza el bando contrario.
En
estos días lúcidos que vivimos, tenemos el impulso de Francisco como carnet de
pedigrí del encantamiento por Lutero. Próximamente se celebrará el 500
aniversario de la división y destrucción de la Cristiandad. Se celebrará
ensalzando y ponderando las virtudes de quien la hizo posible. Y muchos
católicos tan campantes. Y muchos obispos, tan encantados de la vida. Y
Francisco, a Suecia. Merece la pena un viaje para honrar y festejar a uno de
los mayores ultrajadores, insolentes, profanadores, deslenguados y
despotricadores contra la Santa Madre Iglesia. Destructor de los Sacramentos y
de la Santa Misa.
Para
Francisco, Lutero fue un hombre bueno. Un reformador
de las malas costumbres de aquellos papas renacentistas totalitarios que no
gobernaban sinodalmente como se hace ahora (ejem). Aquella Roma corrupta, y no
la Roma de ahora (ejem). En la que se vendían las indulgencias, no como ahora
en la que se venden las nulidades matrimoniales (ejem).
Habría
para escribir un libro. Ya comenté
algo cuando se dio la magna noticia. Eso era en aquel lejano enero de 2016.
Mucho ha llovido desde entonces, en este Pontificado tan lleno de sorpresas. No
se canonizará oficialmente a Lutero en Lund, pero se ejemplificará la Reforma
Luterana como algo necesario y bueno para la Cristiandad. Pobre Jorge Bergoglio
cuando tenga que explicar esto en algunos Tribunales de los que nadie se puede
burlar. Y pobrecitos los luteranos de corazón que le acompañan en la Comparsa
Herética. Lucharemos por la paz juntos, venceremos a la pobreza juntos, y
haremos desaparecer el catolicismo juntos.
Si no fuera porque ya me conozco el paño, me
resultaría raro que el Papa ande preocupado por el calentamiento global del
planeta, mientras se está produciendo un enfriamiento
global en el mundo católico. Y además, de proporciones siderales. Supongo
que esto último debería ser lo que más le quitara el sueño, en vez de andar
obsesionado con las ballenas o con los agujeros de ozono. Mucho me temo que si
aplicamos lo que dijo el Señor de que por sus frutos los conoceréis, se ven
aquí unos frutos bastante alejados de lo que debería ser su principal
preocupación: la salvación de las almas y confirmar en la fe a los católicos,
que es al fin y al cabo lo que Dios le ha encomendado.
Me parece que le pasa al Papa lo que le
ocurre a esos que abandonan sus obligaciones más elementales para dedicarse a
pequeñas o grandes aficiones. Como esos padres de familia que no hacen mucho
caso de sus hijos, pero están trabajando de voluntarios para ayudar a los niños
del Nepal, pongo por caso; y regresan a la casa a última hora de la noche, sin
poder estar un rato con los niños,
porque había mucho trabajo en la ONG de turno. O esas esposas que no cocinan
nunca en la casa porque les da pereza, pero se apuntan al curso de cocina de la
asociación de amas de casa del barrio. O esos párrocos que nunca visitan a sus
enfermos porque tienen mucho trabajo o no dan catequesis porque están muy
liados con las actividades culturales de la parroquia. Se podrían poner muchos
ejemplos de estas actitudes que en castellano reciben el calificativo de irresponsabilidades, pero que requieren
un apelativo mucho más fuerte cuanto mayor es el cargo. Si esto le sucede a un
Sumo Pontífice, la gravedad es espantosa.
He de reconocer que no tengo fuerzas ni humor
para leerme entera la Laudato, pero
basta con acercarse a ella en alguno de los resúmenes que se nos ofrecen. Me ha
gustado el de Sandro
Magister por una doble razón: porque está bien hecho, y
porque ahora mismo es el nuevo misericordieado
de la Santa Sede, sobre el que se ha construido ya el cadalso
para su ejecución, como en las viejas películas del Oeste. Otro caso más de Guillotinas
Fulminantes.
Por otra parte, resulta muy divertido saber
que tiene uno entre las manos una encíclica del Papa, en la que se habla del
aire acondicionado, del huerto en la casa, de apagar la luz, de dar las gracias
y de embellecer una fuente. Qué hermoso.
No se pierdan lo que dice sobre el elogio del domingo, equiparado al sábado
judío: día de la sanación de las
relaciones del ser humano con Dios, consigo mismo, con los demás y con el mundo.
He de reconocer que en mis años de monje no he escuchado nunca una
interpretación tan masónica del Día del Señor. Si esto es así, creo que se
puede dejar de ir a Misa (como de hecho ya hacen la mayoría de los cristianos).
Bastaría con darle un abrazo al vecino, saludar al repartidor de periódicos, sonreír
a la churrera y quemar una varita de incienso mirando al Sol Naciente con un
taparrabos indigenista.
Creo que esta pseudo-encíclica es un vertido
tóxico y hay que evitar el contagio que transmite. Este reciente y disparatado
engendro, supone un nuevo derrumbamiento de algo tan tradicional y clásico como
eran hasta ahora las encíclicas papales. A partir de ahora, como ha ocurrido
con tantas otras cosas, las encíclicas podrán tratar sobre cualquier tema. El
Papa podrá exhortar a los católicos (y a todos los hombres de buena voluntad,
que no se me olvide), sobre el cultivo
del melón caucásico, el cuidado de la foca bigotuda septentrional o la necesidad
de la aplicación de la economía paleolítica al mundo actual. Total, da lo
mismo. Otra institución pontificia destruida. Ya nunca se podrá citar una
encíclica como algo perteneciente al Magisterio Pontificio, tras este Papa tan
magistralmente anti-magisterial. Como las canonizaciones, desde ahora las
encíclicas irán ya al cubo de la basura (reciclada, por supuesto).
Creo que la misión del Vicario de Cristo en
la Tierra (perdón, en la Madre Tierra), es la de predicar y dar testimonio del
Evangelio de Jesucristo. Nunca la de enredarse en cuestiones humanas por muy
importantes que puedan parecer. Y menos todavía si son cuestiones que están en
entredicho por parte de la comunidad científica. Pero es que además de eso, me
parece muy grave que sus preocupaciones magisteriales y educadoras de sus ovejas
vayan por estos caminos. Con la que está cayendo en este momento.
Preocuparse de la extinción de ciertos
animales, mientras están extinguiendo cristianos como animales en Oriente
Medio, denunciadas con la boca pequeña y con muy poca energía, me parece como
poco una hipocresía descomunal (de esa de sepulcros blanqueados).
Andar preocupado por las especies marinas y
oceánicas, mientras se manosea, se pisotea, se cometen sacrilegios sin número
con las especies sacramentales
(valga la analogía) es -como poco-, de una gravedad inconmensurable.
Dar la alarma porque no se cuida todo lo que
el Creador nos ha dado, mientras se permite la sistemática destrucción de la
Revelación y la Tradición -que constituye el depósito que Jesucristo nos ha
transmitido-, es una tomadura de pelo. Es muy curioso que se hable de la
conservación de la Creación, mientras se olvida, se desprecia y se deja de lado
la conservación de la Redención. Ustedes me entenderán, a poco que piensen.
Menos mal que ya quedó todo escrito para nuestra
enseñanza. En el Evangelio está todo claramente explicado. Estas “doctrinas”
pontificias son cosas humanas. Decía San Juan en su primera carta que ellos son del mundo y por eso hablan del
mundo. Y se dirigen a todos (y todas), para cuidar la casa común, cuando hay un lío descomunal en la Iglesia común, fomentado desde allá arriba.
San Pedro, el primer Papa, se empeñó en
zascandilear con los judíos para que le aprobaran su actitud y chalaneaba con
ellos en ambigüedades notorias. Menos mal que estaba San Pablo por allí y le
puso en su sitio: Tú eres como los demás.
No te es lícito decir una cosa cuando estás con los judíos y otra cuando estás
con los cristianos. Y el mismo Señor, nada más nombrarlo Vicario y Piedra,
le tuvo que llamar al orden porque quería barrer de un plumazo la Pasión de
Cristo: Apártate de mí, Satanás, porque
tú piensas como los hombres y NO como Dios. Menos mal que San Pedro
comprendió el disparate y aceptó la recriminación. Pudo hacerlo porque no
estaba esperando que le concedieran el Premio Nobel de la Paz, o el Gran
Delantal del Sumo Hacedor, o el Toisón de Oro de la ONU, o la Mención
Honorífica de la Nueva Era.
A mí no me la pegan. Lo realmente importante
no es el calentamiento global del planeta (suponiendo que lo hubiera), sino el enfriamiento global del catolicismo.
Con razón dijo el Señor que en los últimos tiempos se enfriará la caridad de muchos. Y parece que no estaba muy seguro
de encontrar fe sobre la tierra cuando viniera de nuevo en gloria y majestad. A
este paso, va a ser que sí…..
Conforme
avanza este Sínodo, tan calculadamente preparado desde hace meses ante la
opinión pública, y tan eficazmente organizado en la tramoya de los planes de la
empresa Destruccciones y Derribos, Ltd.,
se va viendo con más claridad lo que ha sido, lo que es y lo que se sospecha
que será. Yo le llamo el Sínodo de las
Rebajas, y así se está manifestando en esta última semana. Ya van saliendo
poco a poco los temas que se buscaron voluntariamente en la famosa encuesta de
hace meses. Ya van surcando el espacio de tiempo que les queda, antes de acabar
con todo lo que es la belleza y la seriedad sobrenatural del matrimonio
cristiano, que por algo es un sacramento. En la calle ya se da todo por hecho.
Y en el Aula Sinodal, sospecho que también.
Como
si se tratara de unos Grandes Almacenes, la Iglesia de hoy también propone sus temporadas de
rebajas fantásticas, de ofertas a precios increíbles y de viajes inimaginables
para jubilados. Claro que en este caso no se trata de viajes o de productos de variado
pelaje. La Iglesia,
bajo la tutela de Francisco-Kasper, ha decidido hacer su particular Semana Fantástica de Rebajas en el
Matrimonio, a la vista de lo difícil que es vivirlo en la actualidad.
Vamos, que los cristianos de las épocas que precedieron a este siglo XXI fueron
unos tarambanas y zascandiles al aceptar, con la cabeza gacha, todo lo que la Iglesia les imponía.
Ahora
nos dicen que hemos superado esos tiempos, porque han cambiado muchas
estructuras, costumbres y culturas de nuestra sociedad moderna. Sin embargo, yo
veo que lo que aceptamos es lo que el Mundo nos impone. Que el Mundo impone el matrimonio homosexual, pues
hay que revisar si no será una opción a tener en cuenta para que los pobres no
sufran; que el Mundo nos impone el
divorcio las veces que haga falta, pues tendremos que acompañar a los sujetos
que han sufrido esta crisis, para que no se les vaya a paseo su auto-confianza;
que el Mundo impone las uniones
civiles, pues hay que comprender, que en ellas encontramos muchas veces más amor
que en las sacramentales. Jesús dijo: Vosotros
no sois del Mundo. Pero bueno, eso fue antes.
Total,
que se establece un Plan de Rebajas
adecuado a los pecados que componen todo este espectro que acabo de citar, y
los acogemos, los comprendemos, los acompañamos, (esta palabra decía el Sucesor (¿) de San Ignacio: desde luego
si yo fuera un esposo y me dijera el P. Nicolás que quería acompañarme, salgo
corriendo), les sonreimos, les damos la mano… y les dejamos que sigan en su
pecado porque no hay que herir (cuánto ha herido la Iglesia en el pasado), no
hay que agobiar, no hay que desanimar y hay que insistir en lo positivo. Porque
hemos de saber, que hay muchos que insisten en lo negativo y desaniman a los
que se han decidido a pecar y permanecer en esta situación.
Me
imagino que cambiarán el texto del Evangelio y veremos al Señor diciendo a la
mujer adúltera:
“-¿Dónde
están los que te acusaban?
-Son
los de la Iglesia
anterior al Vaticano II, Señor. Pero se han ido al Sínodo. Y se están
sometiendo a un curso de reeducación kasperiana.
-¿Ninguno
de ellos te condena?
-Ninguno,
Señor.
-Pues
ea, tampoco yo te condeno. Busca al aldúltero con el que estabas y veniros esta
tarde a que os dé la comunión a los dos. Seguramente habéis sufrido mucho con
esta situación. Quiero insistir en la parte positiva, así que venid que os
acoja. Sé que en el fondo teneis un amor mucho mayor, más perfecto y más
cristiano que los tontucios de las Bodas que tuve el otro día en Caná. Fíjate
si eran tontos, que se casaron en Mi Presencia. Creo que fue nulo ese
matrimonio, porque estaban pensando en el vino, y en eso se les fue la
ceremonia.”
Así
son las rebajas. Lo que antes te costaba 40, ahora te lo llevas por 20 y encima
tres prendas más. Y si no te gusta, lo puedes devolver en tres meses. Y los
Tribunales Matrimoniales hay que multiplicarlos para que expidan nulidades al
mayor ritmo posible. Parece que algunos se han quejado de que esto va muy
lento.
Puede
parecer que exagero y que mi vena frailuna está delirando en estos días de
Octubre, pero si ven enteretito este video (si no les pone nerviosos la
vocecita atiplada del narrador, que se encuentra feliz de lo que relata), verán
que me quedo corto. Los cinco puntos
clave son cinco bombas al Matrimonio de siempre y a la Iglesia de siempre.
No
les cito las frases por escrito para que las puedan saborear en el video.
Huelen a oveja. Saben a misericordina. Reflejan comprensión… pero huelen
también a Obispos Traidores (si se me permite la expresión, porque yo también
quiero expresarme libremente, en una Iglesia libre).
Eso
sí. Todos felices de haberse conocido. Por fin se abren las puertas a la
libertad. Una Iglesia pobre y libre, en la que se habla con libertad, en un
Sínodo libre… que se celebra a puerta cerrada. Debe ser para que no veamos que
a los Obispos que no piensan como Francisco Kasper, les dan palmetazos y les
obligan a repetir cincuenta veces: ¡¡Kasper
hace teología de rodillas!!, mientras están de cara a la pared.
Lo
malo es que no parece que haya ningún Prelado que se oponga; da la impresión de
que no hay oposición, o es tan timidita… que ni se oye. Me parece que ha
llegado la hora de que un buen grupo de cardenales, pongan sus birretes encima
de la mesa y le canten las cuarenta a todos estos adúlteros de la Palabra de Dios. Y luego
los acompañen, pero al confesonario. Porque como no lo hagan, veo a todos los
Obispos del Sínodo desfilando en el día del Orgullo de lo que sea, tan contentos y tan felices. Por algo el cardenal
Dolan ha dicho ya que participará en el desfile de San Patricio, al que también
van los gays de turno. Estos cardenales tienen un olfato exquisito para algunas
cosas. Olor a oveja gay.
De
momento, ya tienen una monja transexual, a la que hay que acompañar, ayudar y
querer. Ya lo dice ella: Dios no me odia. Pues yo tampoco, pero no la quisiera
ver rondando mi confesonario, a menos que venga bien arrepentida/o/e/@. Y lo
primero es pedirle que se vaya a su casita y ponerle una penitencia gorda a las
superioras/es/@s que la han acogido.
Este tipo de acompañamientos me dan miedo. A lo mejor la invitan los Padres
Sinodales a que cuente sus experiencias…y luego la aplauden.
El Anulum Piscatoris (Anillo del Pescador),
que en otro tiempo fue típicamente ilustrativo-definitorio del Vicario de
Cristo, el sello de su Autoridad y de su Reinado, ha desaparecido del mapa, y
solamente se encuentra en su dedo correspondiente en ocasiones muy especiales.
Parece ser que se quiere transmitir
la idea de que en esta evaporación
se incluye también todo lo que el susodicho anillo representa, especialmente el
Primado de Pedro.
Es sabido que todos los sucesores de San
Pedro en la Sede de Roma y por tanto en el Sumo Pontificado de toda la
Cristiandad, han ostentado siempre esta Primacía, dada directamente por Cristo
a Pedro y sus sucesores. Ahora quieren hacer una cuchipanda episcopal entre
todos los aspirantes que desde siglos andan cabreadetes con el tema, una
especie de club de los Cinco como si fuera todo lo mismo. Y desde luego,
Francisco está encantado con ello. Ya se viene buscando desde hace años -aunque
de una forma menos descarada-, lo que Juan Pablo II y Benedicto XVI llamaron
una nueva
forma de entender el Primado, y que Francisco acaba de corroborar: lo que
dicho en cristiano quiere decir una nueva forma de cargase lo que ha
constituido desde siempre la Supremacía del Obispo de Roma, y que tanta sangre
ha costado a la Iglesia, amén de un Cisma monumental. Eran otros tiempos, dicen
ellos.
Hoy día, con una Iglesia que se emboba con la
democracia, que abomina de lo jerárquico y que se avergüenza de su propia
Autoridad, el Primado de Pedro no deja de ser un contrasentido. Por eso los
exegetas se han cuidado mucho de decir que el texto en que Jesús entrega a San
Pedro el poder de atar y desatar, es tardío, insulso, falso, inventado y
molesto. Ya saben ustedes la tendencia de los exegetas modernos a eliminar lo
que no interesa y llegar a las mismas palabras de Cristo que no son otras que
las aceptadas por los gurús de la Teología. Que me gustan, pues estupendo: son
auténticas. Que no me gustan, pues entonces son añadidos de copistas carcas
medievales.
El caso es que el dichoso anillo aparece y
desaparece como si fuera por arte de magia. Nada por aquí, nada por allí. Ahora
sí, ahora no. Soy el Obispo de Roma, soy el Sumo Pontífice. Mando, pero no
mando. El ecumenista que ecumenice, buen ecumenizador será. Como la Cruz
Pectoral que se desliza suavemente para esconderse en el fajín cuando los
judíos están delante. ¡¡Qué cosas!!
El mensaje viene a completar tantas otras
costumbres y ritos que van desapareciendo porque son signo de riqueza, de
poder, de principado temporal y de molestia tradicionalista. Desapareció en el
primer minuto la muceta, el estolón papal, desaparecieron los famosos zapatos
rojos, las casullas elegantes, desapareció la riqueza litúrgica, las
recepciones con estilo. Y como una cosa que desaparece debe ser sustituida por
otra, aparecieron los zapatos vulgares, las casullas cutres, los cálices
lampedusa, la sotana blanca transparentando pantalones negros…. ¡¡¡Uf!!!… y por
supuesto la cartera de mano modelo viaje pontificio, con ribetes bien sobados
para dar muestras de pobreza.
Pero lo que no me podría sospechar es que
apareciera la pulsera modelo color-gay, tipo adolescente rebelde y con ligeros
toques new-age . Ya se sabe que estas pulseritas son una monada y que se
encuentran por doquier. Las hay también que llevan añadidos ciertos aditamentos
de brujería medicinal que quitan el reúma o que disminuyen la artrosis
espiritual. Todo muy mono y revelador de lo que tenemos y padecemos.
Por eso propongo que se la llame la pulsera del pescador, para que de
ese modo se pueda recuperar algo de las antiguas tradiciones. Seguro que pronto
descubrirán algunos, que San Pedro llevaba algún brazalete o esclava que le
diera suerte en sus viajes y que le había regalado su suegra después de la
curación de las fiebres.
Hay dos intervenciones papales recientes que
ilustran la situación muy bien.
Ante la Renovación
Carismática, Francisco dice con soltura que
no hay que enjaular al Espíritu Santo (expresión casi de chiste de barrio
bajo), se supone que porque el Espíritu es libre y todos cabemos en la Iglesia.
Ya se dijo en otra ocasión que en la Iglesia cada carisma representa una acción
del Espíritu. Claro que no se aplica esto a ciertos carismas que no acaban de
gustar. A esos se les conmina a ponerse
al día y abandonar sus costumbres preconciliares o si no, ¡puerta! Ya lo
han hecho con los Franciscanos de la Inmaculada los dos mafiosos (con perdón)
que están dirigiendo la Congregación correspondiente. Y vienen más por ahí
cerca.
San Pablo (que era mucho más fino y además
escribía por inspiración), llegó a decir: No extingais el Espíritu. Pero aquí
se extingue al Espíritu que no es el que nos gusta, y se enjaula a los
Franciscanos de la Inmaculada. O a quien se ponga por delante.
Así que Francisco tuvo que aclarar que la
definición de piedad, no
es un mero tener lástima de alguien, sino amar de verdad al prójimo. Pues
por lo visto, no se tiene lástima de nadie siempre que sea amante de la
tradición o sospechosos de herejía preconciliar (que hoy es la verdadera
herejía). Y tampoco se le concede la más mínima dosis de misericordia.
Me temo que esto va en aumento. Y la pulsera
del pescador, tiene más poder del que parece. Una
pulsera para dominarlos a todos, como en el relato de Tolkien.
Revisando mis viejas carpetas, veo que se
acaba de cumplir un año desde que comencé a escribir esta columna. Las neuronas
se van desgastando, pero sobre todo se va desgastando el ánimo si se da un
repaso a todo lo escrito. Nunca pensé que ibamos a “avanzar” tanto en tan poco
tiempo. O dicho de forma negativa y sin segundas intenciones, nunca creí que el
destrozo producido en la Iglesia en estos doce meses, iba a dar tanto de sí.
Ya no me siento con fuerzas para seguir
comentando los discursos y homilías de Francisco; y en parte la culpa la tiene
él, porque ya ha empezado a repetirse en los discursos, mientras la carcoma va
rollendo muchos espacios eclesiales y resulta normal encontrar muchas almas que
ya respiran como él, a nivel de parroquia, de calle y de supermercado. Mientras
las masas andan idiotizadas -aunque también acabarán cansándose-, la política
del Papa sigue su curso. Y espero que nadie se escandalice si insisto en que es
un curso sinuoso y destructivo.
Hay algo que tengo bien claro, y pido perdón
a mis lectores y amigos por mi exabrupto: este Papa odia la Tradición. Y
entiendo aquí tradición, no en un sentido político, cultural o meramente
coloquial. Me refiero a la Tradición de
la Iglesia, que es algo sagrado porque es Fuente de Revelación, si se
atiende a lo que ha sido la doctrina de veinte siglos. La Tradición (como el
latín o el tomismo), fue odiada por Lutero y todos los reformadores de su
época, y la Tradición ha inspirado un odio mortal a todos sus epígonos. La
Tradición de la Iglesia que se iba conformando desde los primeros días del
cristianismo, fue motivo de violenta repulsión por el judaísmo que mató a
Jesucristo, y sigue provocando repugnancia en el judaísmo actual, con el que es
tan obsequioso Francisco. La Tradición de la Iglesia es blasfemamente repelida
por los nuevos católicos, que beben antes en las fuentes de teólogos y pastores
sin fe, que en la doctrina acumulada por siglos en la Iglesia.
Cualquier motivo es suficiente para pisotear
la Tradición, y de ahí tantos intentos más o menos disimulados de
neo-evangelizaciones y nuevas formas de acercarse a la cultura, o las
kasperianas malas artes para aproximarse a los problemas reales de la gente, haciendo una relectura (siempre
destructora) de la propia doctrina de la Iglesia.
Tradición odiada, Magisterio anterior
sibilina o descaradamente pisoteado (que de los dos hay), y pretensión agresiva
de acabar con todo lo que suene a ello, impidiendo cualquier manifestación a
favor. Esta situación que vivimos podríamos llamarla Dictadura de la Anti-Tradición,
y seguro que me quedo corto. Me río yo de la famosa -y ya olvidada- dictadura
del relativismo que tanto denunció el anterior Pontífice, ahora Joseph
Ratzinger –porque también es anti-tradición haberle llamado Papa Emérito-, a lo
largo de su breve pontificado.
Me han venido a la mente todos estos
pensamientos, no sin cierto malestar interior, mientras leía en mi celda el
sermón del primero de abril en Santa Marta. Notaba cierto odio en las palabras
que leía, y puedo asegurar que se me ha estremecido el ánimo cuando he
comprobado en
las imágenes que el tono, la expresión y el semblante de Francisco reflejan
exactamente eso. Claro que al sentir este miedo y comentarlo a mis novicios, se
han reído de mí una vez más, aunque indirectamente me daban la razón: Fray Gerundio, por Dios –me decían con
displicencia-, es que se trata precisamente de eso: hay que acabar con tantas
tradiciones que han adulterado el cristianismo. ¿Todavía no se ha dado usted
cuenta de que es el carisma y no la institución lo que quería Jesús de
Nazareth?
Así están las cosas. No ha sido un cambio de
estilo el de este Pontificado. Tampoco ha sido un mero contraste en los modos y
maneras con los anteriores Pontífices. Aunque en éstos últimos estén las raíces
de lo que ahora vivimos y vemos, es realmente un cambio revolucionario en el
sentido de que se ha replanteado, ahora ya con desenvoltura y atrevimiento, la
presentación de un catolicismo que deja voluntariamente de lado toda Tradición
eclesiástica, excluyendo como pasada de moda y extemporánea cualquier
consideración dogmática o moral, si no están en el contexto cultural y
existencial de los hombres de este siglo.
Por esta razón, puede el Papa igualar las tradiciones de los judíos,
que rechazaba y repudiaba Jesucristo, con las tradiciones venerables que vienen
de la Iglesia Católica y Apostólica. No es difícil ver en sus palabras ese
cierto malestar por lo que él llama formalismos.
Así como los judíos se aferraban a sus tradiciones, según nos dice el
Evangelio, también algunos cristianos (ya sabemos en quiénes está pensando
Francisco), se agarran a las suyas. Y por eso –dice él-, “tienen el pecado de
la pereza y del formalismo. Pereza porque no anuncian el evangelio y formalismo
porque se enrocan en tener en regla sus documentos, pero no dejan espacio para
la gracia”.
¿Quiénes son los que se fijan en que los
divorciados vueltos a casar no tienen sus documentos en regla? ¿Quiénes son los
que impiden que se pueda curar e impiden el acceso de la gracia? ¿Quiénes son
los que primero se fijan en el “no volver a pecar” y mientras tanto no
proporcionan la curación?
Adivinen ustedes quiénes son estos
hipócritas, tristes, formalistas, que cierran la puerta a la salvación, miren
la expresión del Pontífice cuando dice que tenemos muchos así en la Iglesia.
Para llevar la verdadera salvación, claro está, habrá que ser
neo-evangelizadores de comprensión existencial, y no hablar tanto del pecado.
Habrá que ser misericordioso y curar al enfermo en sus dolencias exteriores,
sin pensar tanto en la salvación de su alma.
Me gustaría dejarles los pasajes más
enjundiosos de este sermón dirigido a los de siempre, porque son los que le
molestan. Pero prefiero que ustedes mismos lo puedan leer
y ver,
si todavía les queda ánimo y fortaleza física para ello. Cada frase, cada
expresión, encierra como un cierto resentimiento que erosiona y despedaza el
corazón de los cristianos que se sienten abandonados y heridos. Para ellos no
hay misericordia.
Yo
por mi parte, voy a reflexionar si no será mejor intentar seguir con mi vida
religiosa tal como me la enseñaron, por la cual dieron la vida tantos y tantos
mártires a los que seguramente su formalismo les hizo pensar primero en la
salvación de las almas, y estar preocupados por tener su alma (el único documento
que llevamos a la otra vida), perfectamente en regla. Hoy día no entrarían tampoco en el catálogo
de los santos, porque serían proclamados oficialmente por el Sucesor de Pedro
como hipócritas y formalistas. Tengo que
olvidarme de esta nueva especie de presión machacona y persistente, que
se ejerce contra los que queremos ser fieles a la tradición de la Iglesia
Católica, Apostólica y Romana.
Tendré
que buscarme otros temas sobre los que escribir, antes de que se acaben de
replantear sobre nuevas bases, los cimientos del edificio que fue la Iglesia
Católica. Porque estamos viviendo sometidos a la Dictadura de la Anti-Tradición. Todo el que se aferre a ella
será perseguido, antes o después. Mientras que será premiado y enaltecido,
aquél que demuestre que en su corazón, anida el odio a todo lo que suene a
Tradición. Lutero estará contento.
Visto en:
http://tradiciondigital.es/
Agradecemos a Maite C
el habernos acercado el artículo.
Con la misma superficialidad e
irresponsabilidad con que se acogió e interpretó la dramática noticia y en la
línea marcada ya por todos los manipuladores y creadores de opinión mundial,
conmemoramos el triste aniversario de la renuncia de Benedicto XVI al pontificado.
Aquél funesto día 11 de febrero del pasado año, se derrumbó una parte del
edificio que todavía quedaba en pie, a pesar de que ya las ruinas estaban
acumuladas desde muchos años antes. El pueblo cristiano se sintió huérfano al
escuchar atónito al primer papa de la historia –digan lo que quieran los
historiadores hermenéuticos al uso-, que tira la toalla, que abandona sus
graves responsabilidades y renuncia a seguir guiando el rebaño a él
encomendado. Sólo Dios conoce los pensamientos y los secretos últimos de los
corazones, es verdad; pero a la vista de los acontecimientos, y sin saber
todavía lo que nos esperaba, muchos dijimos ya en aquel aciago día que algo
estaba sucediendo entre bambalinas, perfectamente programado por los directores
de la obra escénica. Sean cuales fueran, el Príncipe de este Mundo se
constituía en Mentor y Patrono de lo que habría de venir. No me cabe la menor
duda, independientemente de los casuales rayos que pudieran caer por aquí o por
allá. Y elegir el día de la Virgen de Lourdes para tal representación, añadía
todavía más gravedad al tema: dos veces desde entonces, ha quedado
completamente anegada la gruta de Lourdes, como en una especie de protesta
sencilla, pero anunciadora del desastre.
Me he referido a la superficialidad e irresponsabilidad
de muchos, que acogieron la nueva elección con una euforia desmedida desde la
filas católicas; al tiempo que desde los asientos anticatólicos, ateos,
escépticos y por supuesto los claramente heréticos y blasfemos, se
enorgullecían de la noticia y cantaba loas a la Nueva Era que llegaba, cerrando
para siempre una etapa oscura e inquisitorial. Los cardenales electores, bien
apiñados antes y después en torno a la perversa situación, iban en la cabeza de
la manifestación y del alboroto entusiasta, al tiempo que se diluían entre la
multitud de corifeos aduladores, tanto del Recién Elegido, como de esa parte
del Mundo Blasfemo que lo aclamaba. Ni uno sólo de estos cardenales ha salido
al paso de la tremenda situación. Ni siquiera un San Atanasio que -sin
abandonar la Iglesia-, hubiera dado ejemplo de gallardía y nobleza.
Las anécdotas de cambios menores,
clamorosamente aireadas por los medios, no eran sino la cáscara de los
auténticos cambios que se avecinaban. Cambios en los modos y maneras –jubilosa
e irreflexivamente aceptados-, anunciaban cambios en el fondo, presentados con
la etiqueta de la comprensión hacia los que sufren, misericordia divina para
todos sin conversión previa, redención de todos sin distinciones y en
definitiva una serie de gestos y mensajes implícitos a todo el mundo no
católico, a la par que otra serie de mensajes mucho más explícitos de dureza y
excesiva severidad, para con los pocos sacerdotes y fieles que denunciaban
tales cambios.
La doctrina de la Iglesia, después de este
año, ha quedado herida de muerte. Lo estaba ya en la práctica. Los católicos
llevaban tiempo permitiéndose opinar y vivir conforme a las exigencias del
mundo. Muchos de ellos, con sus Pastores a la cabeza – alemanes y no alemanes-,
ya vivían fuera de las normas más elementales del dogma y la moral católicos.
Pero todavía quedaba -como un leve punto de referencia-, la mirada hacia Roma.
Los hijos pervertidos, temían que su padre les amonestara y les recordara el
texto de la doctrina. Ahora, es el padre quien anima a los hijos a pervertirse.
No se puede interpretar de otro modo, las continuas llamadas a comprender a los que cometen los pecados
más graves denunciados y castigados por Dios en la Sagrada Biblia, mientras no
se dice una palabra acerca de la gravedad de los mismos. A comprender a los homosexuales, los divorciados, los blasfemos, los
ateos, los que no tienen fe, los que pisotean los dogmas eternos de la Santa
Iglesia… en tanto no se dice una sola palabra sobre los pecados en cuestión.
El
Pontificado se ha vaciado de contenido, de prestigio (todavía más), de estilo,
de clase, de pose, de autoridad en definitiva. Uno más entre la muchedumbre, podría haber sido el lema del escudo,
superado ya el clásico Servus servorum Dei, que ahora se interpreta en clave
ramplonamente marxista.
Pero insisto en que todo esto no es más que
un nuevo capítulo del guión. Y me
importa un bledo lo que puedan pensar mis novicios, también entusiasmados y
claramente manipulados. El guión empezó a escribirse hace mucho. No han faltado
quienes lo denunciaran a su tiempo, entonces y ahora. Pero el guión sigue. El
dimitido Benedicto XVI, ya decía hace 40 años lo que iba a suceder. Los
tontorrones y malvados de turno (que coinciden casi siempre), lo
interpretan en clave profética. Yo lo interpreto en clave programática. No
es profeta quien dice a sus oyentes: si hacemos las cosas de este modo, va a
pasar esto, y esto, y esto. Y se pone
a la cabeza de los actores (aunque eso sí, con la prudencia y la precaución
debidas). Todo estaba programado en general, con añadidos programáticos al hilo
de la actualidad. El Gran Teatro del Mundo, cada uno con su papel específico,
puesto en marcha para destruir lo que quedaba de la Iglesia. Incluso el papel
de Pontífice Emérito, al que el Papa Francisco llamaba estos días Su
Santidad Benedicto XVI. Malicia sobre malicia.
Si todo esto ha pasado en el corto plazo de
un año, veremos lo que nos espera a lo largo del año venidero. Los estragos
acumulativos son siempre exponenciales, porque destruir es más sencillo que
edificar. Vamos a ver lo que organizan los nuevos gestores nombrados para
ayudar al Papa, quien a pesar de tantas declaraciones en contra de la autoridad
que representa, tiene ahora más Autoridad Destructiva que nunca, bajo capa de
permisividad, pobreza y humildad.
No me gusta ser agorero, ni futurista, ni
alarmista, pero debemos pedir a Dios la ayuda de su gracia para mantenernos
fieles ante las siguientes fases de destrucción que se avecinan. Me gusta
recordar la llamada que hacía San Pedro a la conversión (palabra olvidada o maliciosamente interpretada en
nuestros días):
No tarda el Señor en cumplir su promesa, como
algunos piensan; más bien tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que
nadie se pierda, sino que todos se conviertan. Pero como un ladrón llegará el día del Señor. Entonces los
cielos se desharán con estrépito, los elementos se disolverán abrasados, y lo
mismo la tierra con lo que hay en ella. Si todas estas cosas se van a destruir
de este modo, ¡cuánto más debéis llevar vosotros una conducta santa y piadosa,
mientras aguardáis y apresuráis la venida del día de Dios, cuando los cielos se
disuelvan ardiendo y los elementos se derritan abrasados! (2 Ped. 3, 9-12)
Claro que algunos piensan que la conducta
santa y piadosa a la que se refiere San Pedro es la comprensión con el pecado,
el olvido de la ascesis y el compadreo con las religiones falsas. Es que san
Pedro, sin saberlo, era pelagiano.
Nota de
NCSJB: Hoy da lo mismo leer la Biblia que el Corán según
aconseja quien tiene que ser el Pastor de pastores de la Iglesia Católica y tiene la obligación de promover solo el catolicismo como religión verdadera; según vemos en el video de Romereports del 20 del corriente mes.
En tiempos en donde se puede ser católico sin serlo o no ser católico siéndolo, a quienes nos acusan de cismáticos, les decimos que estas supuestas paradojas, no hacen más que demostrar que cuando se abandona el sentido común, no se puede llegar nunca a buen puerto. Y sí Benedicto XVI al asumir su pontificado, mencionó que la
Nave de Pedro hacía agua por todos lados, parece que su nuevo Capitán está aumentando
su peso con heterodoxas cargas, como queriendo probar hasta adonde soporta y puede
todavía seguir llamándose Católica.
Augusto
TorchSon
Empacho
Ecuménico
Una indigestión es un empacho. Y por
extensión, un empacho es también un hartazgo: hartazgo de comida o hartazgo de
cualquier otra cosa. Mi indigestión de hoy ha sido provocada por el exceso de
ecumenismo que esta semana nos rodea, nos agobia y nos intenta comer el coco.
Hartazgo y empacho de ver a los eclesiásticos y laicos eclesiastizados, con un
más que notable y llamativo embeleso
(lo que normalmente llamaríamos caída de baba), ante las posibilidades de una unidad cristiana a costa de lo que sea.
Hace ya años que nos vienen adoctrinando con
el tema y hay que reconocer que lo han conseguido. Hasta el punto de que en mi
convento muchos frailes piensan ya como protestantes, comprenden muy bien a los
ortodoxos, justifican a los metodistas y culpan a los católicos de todo lo que
ha pasado en los últimos mil quinientos años. La Semana de Oración por la
Unidad de los Cristianos, acabará siendo la Novena de San Focio, San Miguel
Cerulario, San Lutero y San Calvino, al paso que vamos. Pero ya digo que mis
novicios parece que rezan mejor que nunca en esta dichosa y empachosa semana.
Nunca los he visto rezar con tanta ilusión, aunque lo hagan como papagayos ecuménicos amaestrados.
Dicen que esto comenzó en 1908 y que luego se
fueron añadiendo nuevos enriquecimientos. Claro que el mayor de todos llegó
cuando se abrió la espita para el compadreo sincrético -con el Papa a la
cabeza-, en aquel lejano Asís de 1980, apoyados en los frutos del Concilio (que
también en esto tuvo sus rupturillas con la Tradición) . Desde entonces, como
se le ocurra a uno comentar que la Iglesia Católica es la única verdadera, que
no es una parte de la Verdad, sino que posee toda la Verdad y que todo
ecumenismo auténtico consistirá en atraer hacia la Verdad Completa que sólo
está en ella, tiene asegurado el exilio de por vida. Además de que será tildado
de intolerante y falto de caridad. Que me lo digan a mí, que salgo siempre a
coger setas el día en que se lleva a cabo en el Convento la reunión ecuménica
de turno.
Resultan muy curiosos y a la vez
espeluznantes, el lema y los modos con que se ha presentado este año la campaña
del Octavario para la Unidad de los Cristianos. Cogiendo el tema por los pelos
y citando a San Pablo en su carta a los Corintios (también por los pelos), nos
venden una vez más el ecumenismo a cualquier precio. Lo importante es la
unidad, aunque sea a costa de que las verdades de fe queden rotas y maltrechas
por estos hermanos cristianos, que según algunos se separaron por la
intransigencia de la Iglesia de la época. Vean el disparate monumental que ha
preparado el Cardenal Kotch con la ayuda de miembros de otras confesiones.
[Reconozco que estos cardenales que presiden este Dicasterio me resultan
sumamente antipáticos, porque acaban pensando más como protestantes que como católicos.
Si no, que se lo digan al cardenal emérito Walter Kasper, con sus publicaciones
y obras teológicas más cercanas a Lutero que a la teología católica].
Llama la atención el Monitum que en su día publicó el Santo Oficio sobre estas reuniones
ecuménicas. Ya entonces, había quien se adelantaba a su tiempo y organizaba
estos saraos con toda pompa y solemnidad, sin llegar a los estragos actuales,
claro. El documento emanado en este caso, con fecha 1949 advertía muy
certeramente a los Obispos sobre las condiciones que se debían guardar, en el
caso de que alguien se reuniera con protestantes para rezar por la unidad de la
Iglesia. Casi me da vergüenza traerlo a esta columna, porque por un lado me
seguirán tachando de anticuado, aunque por otro me regocijo pensando que ésta
era realmente la auténtica reconciliación con los hermanos separados: la
exigencia de que regresen a la casa paterna, de la que salieron por negar
creencias y dogmas sin los cuales no se está en la Iglesia Verdadera.
Vean
ustedes, por ejemplo esta joya
de texto, aunque algo largo, muy actual y que ha sido pisoteado por los
propios guardianes de la Fe. Corresponde al Monitum anteriormente citado. Les
aconsejo que lo lean detenidamente.
“Respecto al método a seguir, los obispos
mandarán qué hay que hacer y qué hay que omitir, y se cerciorarán de que todos
siguen sus preceptos a ello referentes. Además vigilarán para que, bajo el
falso pretexto de que hay que atender más a lo que nos une que a lo que nos
separa, no se fomente un peligroso indiferentismo, sobre todo en quienes
son menos experimentados en cuestiones teológicas y cuya práctica religiosa es
más bien débil. Pues hay que guardarse de que por un espíritu que hoy suele
llamarse «irénico», las doctrinas católicas -ya se trate de dogmas o de
doctrinas relacionadas con los dogmas- sean de tal modo adaptadas a las
doctrinas de los disidentes mediante estudios comparativos y en un vano
esfuerzo de igualar progresivamente las diversas Confesiones religiosas, que
padezca por ello la pureza de la doctrina católica o se oscurezca su verdadero
y seguro contenido.
Desterrarán también aquellos modos de
expresión, de que resultan falsas concepciones o engañadoras esperanzas que
jamás pueden ser cumplidas, así, por ejemplo, cuando se afirma que lo que dicen
las encíclicas de los papas sobre la vuelta de los disidentes a la Iglesia,
sobre la constitución de la Iglesia o sobre el Cuerpo místico de Cristo no debe
ser exageradamente valorado, porque no todo es precepto de fe, o, lo que es
todavía peor, que en cuestiones dogmáticas la Iglesia católica no posee la
plenitud de Cristo, sino que en eso puede ser todavía perfeccionada por otras.
Con el mayor cuidado e insistencia se manifestarán contra el hecho de que en la
exposición de la Reforma y en la historia de los Reformadores se exageren tanto
las faltas de los católicos y se palie de tal modo la culpa de los Reformadores
o se destaquen tan en primer plano cosas accesorias, que con ello apenas se
puede ver o valorar lo principal, a saber, su apartamiento de la fe católica. Finalmente vigilarán, no sea que
por exagerado y falso celo exterior o por comportamientos imprudentes y
llamativos, en vez de favorecerlo, se perjudique el fin pretendido.
Por tanto, hay que exponer y explicar toda la
doctrina católica. Sin reducción alguna. De ningún modo se debe callar o velar
con palabras equívocas lo que la
doctrina católica dice sobre la verdadera naturaleza y grados de la
justificación, sobre la constitución de la Iglesia, sobre el primado de jurisdicción del papa romano, sobre la única
verdadera unión mediante la vuelta de los disidentes a la única verdadera
Iglesia de Cristo. Se les puede decir ciertamente que con su vuelta a la
Iglesia no pierden de ningún modo el bien que hasta ahora les ha sido concedido
por gracia de Dios, sino que con la vuelta se hará más perfecto y cumplido. En
todo caso se ha de evitar hablar de
estas cosas de modo tal que nazca en ellos la creencia de que con la vuelta
ellos aportan a la Iglesia algo esencial de lo que hasta entonces ha estado
privada. Esto ha de ser dicho en claras e inequívocas palabras, primero, porque buscan la verdad, y después, porque
jamás puede haber una verdadera unidad fuera de la verdad.”
[AAS, 1949, pp. 124 ss.]
Que le digan al eminente miembro del G-8 consejero
del Papa, de rancia estirpe tradicionalista (quieren que pensemos), con hábito
franciscano humilde y pobre, si tenían razón en el Santo Oficio allá por el año
1949. Parece que a él le subyuga la unción con que lo unge la ungida
pastora. Y la unción con que se deja ungir. Lo que yo decía
antes: caída de baba y embeleso; en este caso, cardenalicio.
De todos modos, creo que es absurdo celebrar
ya esta Semana por la Unidad. Estamos ya unidos, puesto que actualmente los
católicos piensan como los protestantes en gran número de temas teológicos y en
sus creencias han asimilado ya los cambios necesarios para hacer que nos
acerquemos a las confesiones cristianas, mucho más que ellos a nosotros. Si hiciéramos
una encuesta sobre el tema, nos podríamos llevar una sorpresa monumental. Un
gran porcentaje de católicos ya no son católicos, aunque se firmen documentos
sobre la justificación con un lenguaje tan ambiguo, que acaba dando la razón al
señor Lutero. Por eso digo que es absurdo celebrar esta Semana.
Ya
les dijo el Papa a los de Taizé cuando les recibió hace pocas fechas:
Europa necesita de su fe. ¿Para qué insistir más? ¿Para qué ahondar más? Eso de
la Fe es algo común a todos. Así que ya está.
Por eso pienso que más bien habría que
celebrar la Semana de Unión con los judíos. Aunque también con esos estamos a
punto de unirnos, dado el pachangueo que se gastan en Santa Marta comiendo con
el Santo Padre los más destacados rabinos del Universo Mundo. Tuvimos que
tragar saliva al ver entrar en las Sinagogas a Juan Pablo II y a Benedicto XVI,
pero esto de ahora es más difícil de soportar, si cabe. Porque es el compadreo ecuménico llevado al grado de
merendola doméstica con los que no
creen en el Hijo de Dios. Yo creo que nos están preparando para el próximo
viaje del Papa a Tierra Santa, en donde probablemente van a declarar a Jesús de
Nazareth como Judío del Año, aunque se equivocara en eso de considerarse el
Mesías. Pero como amaba a los pobres, se le puede perdonar. Vamos a ver muchas
cosas interesantes en este próximo viaje.
Yo por mi parte, sigo pensando lo mismo de
siempre y me adhiero plenamente al manifiesto del Santo Oficio de 1949 y
pido al Señor para que me dé fortaleza para los próximos gestos ecuménicos que
se avecinan. Quizá una barbacoa en Santa Marta con los Franciscanos de la
Inmaculada, pues esos sí que están ya hace tiempo fuera de la Iglesia. Faltaría
más.
Visto en:
tradiciondigital.es
Nacionalismo Católico San Juan Bautista
"La tolerancia
igualitaria de todas las religiones...
A punto de
terminar el año, para que no quede ninguna duda acerca de la tremenda crisis
que padecemos y al mismo tiempo nos vayamos preparando para las nuevas
demoliciones programadas para el año entrante, el ateo Scalfari nos ha regalado
una nueva Exhortación Ateo-Apostólica, que viene a
completar la del Papa Francisco. En realidad, más que a completarla, viene a
interpretarla según la hermenéutica del ateísmo que es muy parecida a la
de la continuidad (de la que, por cierto, ya no habla nadie). He de reconocer
que esta interpretación es la que más se acerca a la realidad, pues observo una
íntima sintonía con las palabras del documento pontificio. No es extraño,
viniendo de este periférico ateoescéptico, elegido hace unos meses para
dialogar sobre esos temas, en un ambiente de cordial amistad y complicidad. Ya
tuve que escribir entonces en esta misma columna el impacto que para
Scalfari representó la formulación de la frase Dios no es católico. Era
conveniente hacer esta entrevista, dados los méritos de este periodista que ha
machacado sistemáticamente a la Iglesia Católica y a los católicos italianos en
los últimos decenios.
Ciertamente, Scalfari no tiene que
hacer los requiebros y malabarismos que han hecho todos los medios católicos
con la Evangelii Gaudium. El enfrentamiento con el disparate
teológico-pastoral, se ha solucionado en dichas publicaciones filo-pánfilas,
con las elaboradas técnicas del no-quiso-decir-lo-que-dijo y las del aquí-no-pasa-nada
o el por-fin-se-entiende-una-exhortación-papal. Técnicas todas tan
burdas, como encaramadas en la mentira voluntaria. Así que por fin –y gracias a
un declarado ateo-, creo que podemos apreciar mejor esta obra maestra de los
Documentos Pontificios.
La base de la Scalfarii Gaudium
(se puede ver traducida al español, aquí), se fundamenta en que por fin, el Papa ha abolido el
pecado, después de tantos años de reformas que no llegaron al núcleo
fundamental. Scalfari hace un recorrido histórico-bíblico para ilustrarnos
sobre lo que era el Dios del Antiguo Testamento, lo que fue Jesús de Nazareth,
y lo que luego ha hecho la Iglesia con la figura de este tipo tan humanamente
maravilloso. No entiendo por qué les ha dado ahora a los ateos y enemigos
tradicionales de la Iglesia esta manía por Jesús de Nazareth y por adoctrinar a
los católicos sobre su verdadera doctrina y personalidad, pero lo cierto es que
las palabras del papa adquieren especial resonancia entre estos ateos,
emocionadamente embobados con el Pontífice y dándose codazos por nombrarle
hombre del año. El último nombramiento –por cierto–, viene nada menos que desde
el periódico El País. No digo más, porque es el que mis novicios llevan
siempre bajo el brazo.
Pero no hay que
preocuparse. Lengua de Serpiente Lombardi ha
salido al paso, diciendo que hay que seguir dialogando, porque Scalfari no
ha acabado de entender el tema: El Papa ha hablado y sigue hablando mucho del
pecado, porque si no, no podría hablar de la misericordia.
Estaba yo en mi celda escuchando estas palabras, cuando ví con claridad que
ésta es precisamente la clave de la cuestión. Solamente se habla del pecado
para hablar de la misericordia. Pero el pecado está ahí. No se habla del
aborto, no se habla del divorcio, no se habla de la homosexualidad… sino para
hablar de la misericordia que hay que tener con todos estos. No se habla del
pecado como grave ofensa a Dios (hasta ahora no lo he escuchado nunca en estos
nueve meses), y solamente he oído hablar de ofensa a Dios cuando se maltrata la
naturaleza, cuando no se acoge a los inmigrantes o cuando se deja que maten a
los niños de la guerra (aunque a los muertos por el aborto se les deje de lado,
y no se diga una palabra sobre ello). Me parece que esto de la misericordia es otro
gran negocio, que da mucho de sí y que como el gran negocio de la
humildad, explota muy bien los sentimientos de los oyentes, aunque por
otra parte se les esté negando la verdadera doctrina. Es mucho más bonito
hablar de la misericordia que hablar del pecado y de la responsabilidad
personal. El Señor llego a decirle a Pilato sobre los judíos: Si no les
hubiera hablado, no tendrían pecado, pero porque he hablado por eso mismo ya no
tienen excusa de su pecado (Jn. 15, 22). Claro que Jesús de Nazareth no
había leído los dos últimos documentos Gaudii.
Así que mira por dónde, y en medio de
una cantidad disparatada de disparates, Scalfari parece que tiene razón. El
pecado fue abolido del lenguaje de la Iglesia hace cuarenta años en cuanto a
gestos y costumbres (la principal de ellas quitar los confesonarios de las
iglesias y conseguir una casi total unanimidad entre los sacerdotes de que no
hace falta confesar). Pero ahora, en esta nueva y feliz etapa, el pecado
también ha sido abolido con palabras oficiales. Máxime si todo ello va
adornado con una consideración pontificia muy peculiar sobre la conciencia
libre. No quiero ponerme triste en este final de año. Tampoco quiero celebrar con
jolgorio el comienzo del próximo. Creo que habría que encerrarse a orar, porque
mucho me temo que va a ser de cuidado. Si estos nueve meses han sido
infernales, no sé lo que pueda ocurrir en el futuro. Y luego dicen que los
expertos vaticanistas auguran nuevos cambios fundamentales en la Iglesia para el
2014. ¡¡Se deben haber tenido que tomar unas cuantas píldoras para el dolor de
cabeza, después de tamaña conclusión!!
Yo considero que los expertos
vaticanistas no saben por dónde van los tiros. Mientras los ateos y enemigos de
la Iglesia alaban al Papa (porque saben muy bien por dónde van los tiros), y
los pánfilo-católicos hacen palmas y echan globitos focolares y encienden velas
judeo-catecumenales, (porque no quieren ver por dónde van los tiros o porque
les gustan los tiros así), los pobres tradicionalistas periféricos y
neopelagianos se echan las manos a la cabeza. Veremos quién tiene razón dentro
de no mucho tiempo.
Mientras tanto, voy a decirle a mi
Provincial que escriba a Roma para proponer a Scalfari como integrante del
Grupo de los 8 Cardenales, y que de paso se le conceda en febrero un capelo
cardenalicio. Seguro que le agradará recibirlo. Sería una verdadera muestra de
amor al diálogo con otros creyentes y no creyentes. Se lo merece, porque ha
sabido interpretar la Evangelii Gaudium mejor que todos los Cardenales de la
Santa Iglesia.