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jueves, 20 de octubre de 2016

Optimismo o esperanza (Recycled) - Por Augusto TorchSon


Nota de NCSJB: El siguiente artículo es una adaptación a circunstancias actuales, a uno ya publicado hace un par de años.


  Ante las situaciones terriblemente difíciles que se viven en la Iglesia sumida en una apostasía casi absoluta; la familia que dejó de ser la célula básica de nuestras sociedades para pasar a ser agentes instructores de las perversiones impuestas “culturalmente” por el globalismo mediático masónico; nuestras patrias agonizando por los ataques a sus excelsos valores fundacionales; y el mundo entero que parece a punto de estallar; no termina de sorprendernos seguir escuchando que tenemos que ser optimistas. Lo peor del caso es que éste planteo se predica hasta como un “imperativo religioso”. También se pretende que al ser cristianos jugamos del “lado ganador”, por lo que no tenemos que preocuparnos ya que las cosas necesariamente se van a arreglar, y que debemos pensar que, así como los asfixiantes problemas mundiales, las difíciles situaciones particulares van a tener un feliz término si confiamos adecuadamente, o rezamos lo suficiente. Cabe aclarar entonces que nos referimos a la pretensión de soluciones puramente contingentes y mundanas.


  Estas predisposiciones tan arraigadas en el catolicismo moderno, o más bien modernista, tienen su causa en el inmanentismo en el que se nos educó en las últimas décadas. Y así este optimismo que se autodenomina cristiano, no se apoya en la realidad y la lógica sucesión de los acontecimientos, sino en la ilusa pretensión de dejar a Dios las tareas que les corresponden a los hombres, o supone que Él suspenda las mismas leyes de la naturaleza para estas situaciones que nosotros consideramos justas y por lo tanto dignas de la intervención divina.


  Olvidado entonces el realismo tomista para ser reemplazado por el sentimentalismo carismático que tiene raíces indudablemente protestantes, (en tiempos en los que se homenajea a Lutero en el Vaticano); no resulta extraño que ante el fracaso de tan humanas expectativas, puestas ya no en la Providencia Divina sino en mundanos deseos; se pueda llegar hasta al abandono de la fe por considerar que está se asienta en un dios que nos falló, y en casos más extremos, hasta llevar a una desesperación que puede incluso terminar en suicidio.


  Y es que si la Gracia supone la naturaleza, no resulta lógico que todas las situaciones terrenas se resuelvan con intervenciones extraordinarias de Dios (como sería el caso de los milagros), sin dejar lugar a la práctica de las virtudes a la hora de enfrentar la lucha cotidiana, la cual el cristiano está obligado a realizar para conseguir la eterna recompensa. De esta forma, muchas veces creemos que sólo con nuestras oraciones y buenas intenciones, torceremos el rumbo natural de los acontecimientos y hasta doblegaremos la voluntad del malvado (se llame éste Bergoglio, Obama, Ban Ki Moon o Rockefeller). Todo esto lo decimos sin negar de ninguna manera la eficacia de las oraciones que tienen que ser siempre el principio de toda acción, y cuando ésta última no sea posible, hasta el único recurso, poniendo siempre en manos de Dios el destino final de cualquier situación.


  Esta pérdida de objetividad nos lleva a reemplazar la esperanza por este optimismo basado exclusivamente en una consideración subjetiva de lo que creemos que debería suceder. La esperanza también conlleva un deseo, pero no pierde de vista la realidad objetiva, para así brindarnos las herramientas necesarias para enfrentarla adecuadamente. Mucho más peso tiene la esperanza, si nos referimos a la misma como virtud teologal, ya que de este modo, ponemos nuestros deseos en la correcta perspectiva al buscar un destino trascendente, relegando los deseos inmanentes a un segundo plano. Así dice el Catecismo N° 1817: “La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo”.


  Entonces, si entendemos que tenemos que aspirar, antes que cualquier otra cosa, a nuestra salvación eterna, bien supremo por excelencia, dejaremos de lado la búsqueda desesperada de “las añadiduras” para concentrarnos en la que realmente importa: la búsqueda del Reino (Mt. 6,33). Por eso, advertimos en la postura de los eternos optimistas, que no se pide y espera lo que más nos convenga confiando en la Voluntad Divina , sino que se quiere sujetar la voluntad de Dios a los propios deseos, sin dejar lugar a Su Providencia. Y más que resultados concretos, hoy es imprescindible pedir el auxilio de la Gracia para que el Espíritu Santo nos fortalezca en las virtudes necesarias para no desfallecer en la batalla.


  El Nuevo Orden Mundial judaico imperante en el mundo (hoy de hecho y próximamente de pleno derecho), está imponiendo el laicismo masónico, el materialismo tanto marxista como capitalista, el relativismo moral, y hasta el abandono del orden natural para reemplazarlo por el desorden convencional; todos basados en expectativas puramente mundanas a conseguirse por medio de la diosa Democracia. Y en éstas circunstancias, recuerdo las palabras de un viejo y santo cura que nos decía que al presenciar tantos desastres naturales, sociales, políticos y hasta eclesiásticos; mucho se alegraba puesto que eso era un claro signo de que había que levantar las cabezas pues nuestra redención estaba pronta, según lo profetizado por Nuestro Señor (Mt.21,28), y por consiguiente el cumplimiento de la súplica que realizamos en el Padrenuestro cuando decimos: “Venga a nosotros tu Reino”.


  Quienes siguen pensando que todavía se puede conseguir una victoria global sobre el enemigo, no sólo ponen sus expectativas en logros que exceden enormemente sus posibilidades, sino que además, los distraen del combate que realmente tienen a su disposición, que es el que se lleva a cabo defendiendo la Verdad y viviendo en Ella. Y al final de cuentas, a pesar de que se nos acusa de conformarnos con el “pájaro en mano, antes que los cien volando” , aunque resulte paradójico, nos embarcamos en una empresa mucho más laboriosa y humanamente peligrosa pero realizable; que los que se empeñan en la voluntarista expectativa en pro de un “mundo feliz”, preparándose para la lluvia de fuego con sombrillas multicolores mientras insisten que “siempre que llovió paró”.
  



Augusto




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sábado, 27 de julio de 2013

CONFUNDIR LA ESPERANZA CON EL OPTIMISMO - Por Dietrich y Alice Von Hildebrand

  El optimista no tiene ninguna motivación objetiva para serlo: no responde ni a circunstancias favorables ni a ningún factor extramundano que pueda alejar las amenazas. El optimismo es, eminentemente, una especie de dinamismo interior, una fuerza propulsora que nos mantiene en marcha, pero, al mismo tiempo, está unido a una especie de ceguera: no deja a la persona ver el carácter objetivo de una situación, por lo que responde con optimismo, pero es optimista por principio, y es precisamente esa disposición interior la que le impide ver el carácter objetivo de una situación.

  El optimismo está tan arraigado en la inmanencia que es perfectamente posible imaginar que una persona caracterizada por un optimismo innato caiga, de repente, en el pozo oscuro de la desesperación en el mismo momento en que su reserva de optimismo se le acaba, sufre un parón repentino e imprevisto.

  Debemos distinguir con claridad la esperanza y los buenos deseos, porque es muy fácil confundir estas experiencias porque parecen muy similares. Obviamente, la gente te dirá: esperar que tu amigo se recuperará de su enfermedad es equivalente a creer que así sucederá, porque tú lo deseas, y este deseo cobra tanta fuerza que te lleva a la convicción interior de que será así.

  Por supuesto un acto de esperanza que un acto de esperanza implica un deseo (si yo tengo la esperanza de algo, necesariamente deseo que se realice); por supuesto que la esperanza y los buenos deseos están caracterizados por un profundo convencimiento de que algo sucederá, o de que una amenaza será rechazada, pero estas semejanzas no deberían hacernos perder de vista las diferencias esenciales que hay entre los dos tipos de experiencia.

  En el caso de los buenos deseos, su propio dinamismo me impide ver la realidad de algunos hechos: realmente no los veo porque rehúso verlos,  o imagino que algo existe porque quiero que exista. En la esperanza, por el contrario, parece que se me concede una especial claridad de visión respecto al dramatismo de una situación, y no me hago ilusiones: veo con abrumadora claridad que, humanamente hablando, una situación es desesperada y experimento toda la angustia inherente a ella; pero me apoyo  en un factor extramundano y así rehúso ver la tragedia como la última palabra. Atravieso el círculo vicioso de las causalidades inmanentes y doy el salto hasta un espacio en el que la inmanencia queda superada.

  Ahora llegamos a un factor decisivo: metafísicamente hablando, todo acto de esperanza está fundado en Dios. La verdadera esencia de la esperanza es “esperar en alguien”. Cuando sufro por la vida de una persona amada, no solo me trasciendo a mí mismo, sino a toda la realidad terrenal hasta llegar a Dios, infinitamente misericordioso y omnipotente. Estoy convencido de que el bienestar de la persona amada no me concierne solo a mí, sino que Dios cuida de ella, la ama incluso más que yo. En realidad, tales momentos yo experimento mi amor como participación en el infinito amor de Dios. A pesar de la desesperada oscuridad que me circunda, me resisto a quedar encerrado en ella, a considerarla como la realidad última. Precisamente, el hecho de que yo me encuentre en una situación desesperada, de que debo esperar contra toda esperanza, lejos de convertirlo en algo irracional, me obliga a trascender lo racional y abandonarme en la luz cegadora de una realidad suprarracional en la que está fundada mi esperanza.

  Así pues, debería quedar claro que todo acto de esperanza es primordialmente una respuesta a Dios, a su bondad infinita, a su omnipotencia, al hecho de que Dios nos ama infinitamente. Todo “esperar que” algo ocurrirá presupone un “esperar en alguien”.

  …un creyente pone el fundamento de su esperanza en Dios, y confiado en su bondad absoluta, “espera que” la última palabra de la existencia humana sea la alegría. El salmista lo expresa:”Domine in te speravi; non confundar in aeternum” (Señor, esperé en ti, no sea yo confundido para siempre).

  …Nuestro esperar está fundado en el Dios vivo… Lejos de toda ilusión, el verdadero cristiano mantiene sus ojos fijos en la realidad última, sobrenatural, que da a todo el universo si sentido propio.


  San Pablo dice: “Sé en quién he creído”. Nosotros podemos añadir: “Sé en quién espero”. Esperamos en Cristo, de quién dice el prefacio de la Misa de difuntos: “En Él brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección y así, aunque la certeza de morir nos entristece, nos reconforta la promesa de la futura inmortalidad” 

Actitudes Morales Fundamentales – Ediciones Palabra 2003, Pags. 129 y siguientes. 

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