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viernes, 14 de febrero de 2014

Sinceridad fingida (I) - Dietrich Von Hildebrand


  El padre Hans Kung, en un discurso pronunciado en el Concilio (y, desde entonces, ha repetido el mismo tema en muchas ocasiones), ha repetido que vivimos en una época caracterizada por la sinceridad intelectual y moral. Nos parece que el padre Kung se ha dejado engañar por una ilusión que se halla muy difundida hoy en día.

  Hay muchas personas que estarían de acuerdo en que nuestra actual postura ante la vida es mucho más sincera, más “auténtica” que la de la época victoriana con toda su hipocresía, convencionalismo y mojigatería. La opinión pública no condena ya aquellas cosas que la mayoría de la gente ha hecho siempre a escondidas. Ya no nos sentimos obligados a ostentar un comportamiento cortés y amable, siendo así que, en realidad, no experimentamos nada que se parezca a la amistad. Ya no se impone a nuestras vidas formas rígidas, artificiales vacías. Ya no nos sentimos obligados a adherirnos a las opiniones tradicionales. El hombre moderno expresa con toda sinceridad sus propias opiniones personales. Incluso cuando una enseñanza o ideal tradicional es hermosa y elevadora para el espíritu, el hombre moderno quiere pensar con sentido realista acerca de ella, y defenderse contra cómodas ilusiones. El  hombre moderno quiere ver la realidad tal como es. El impulso ascensional de la ciencia en nuestra época da testimonio de la sinceridad intelectual en que vivimos.

  Ahora bien, si examinamos rigurosamente esta especial sinceridad del hombre moderno, descubriremos que se trata sólo de una sinceridad fingida.

  En primer lugar, es un completo error el creer que una persona que no viva a tono con sus ideales morales es, por ello, completamente insincera. O, para decirlo con otras palabras, es un error creer que la constante armonía entre los propios principios y la propia conducta es el criterio de la sinceridad. Es deseable, ¡qué duda cabe!, que una persona viva conforme a sus convicciones morales, con tal que esas convicciones sean válidas. Ahora bien, la discrepancia – demasiado frecuente – entre la propia conducta y la convicción es una tragedia enraizada en la naturaleza caída del hombre. Es el eterno conflicto, del que Ovidio dijo: “Veo lo mejor y lo apruebo; pero sigo lo peor”. Y San Pablo lo caracterizó muy vigorosamente: “No hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero”. Esto no implica, ni mucho menos, insinceridad del carácter.

  Claro está que si una persona no pretende hacer lo que reconoce que es moralmente recto, si puede ser indiferente a la necesidad moral de actuar según los principios – si hace lo que sabe que es moralmente malo (y no sufre por ello quemazón de conciencia)-, entonces no cabe duda de que esa persona es muy pobre, desde el punto de vista moral. Pero decir que es insincera sería lo que los americanos llaman “un gran understatement” (una conclusión muy floja). Esa persona es algo mucho peor que insincera. Su comportamiento delata o maldad cínica o una brutal falta de escrúpulos morales.  Y la persona que se esfuerza y no logra vivir conforme a ellos, es una indicación clara de su sinceridad. Lo que es verdaderamente insincero – y lo que es, ciertamente, típico de nuestra época, es que los hombres traten de adaptar la verdad para que se acomode a sus acciones, es que traten de tomar su conducta de facto como la norma decisiva, y nieguen la validez de las leyes morales, porque no han logrado vivir conforme a ellas.

  Así que, antes de sacar ninguna conclusión de la conformidad formal entre las convicciones morales de una persona y su vida, hemos de investigar primero si esta conformidad es resultado de que tal persona viva conforme a sus convicciones para que se acomoden a sus acciones. Y, si ocurre lo primero, entonces debemos preguntarnos si las convicciones morales de esa persona son verdaderas o falsas, buenas o malas. Las personas que sostienen teorías superficiales y relativistas acerca de la moralidad, y consideran los preceptos morales como simples “tabus”, sin embargo -  en situaciones concretas -, dan a veces respuestas morales rectas (desaconsejando cometer un acto de crueldad o de injusticia), porque en su contacto inmediato con la realidad se han hecho conscientes de la validez y poder último de los valores morales. Los hombres, en general, son más inteligentes y están más cerca de la verdad, en su contacto existencial con la vida que en sus razonamientos teóricos acerca de ella. En tales casos, la armonía entre la acción y la convicción teórica no es nada que merezca aprobación. Más bien, lo deseable es que haya inconsecuencia entre la convicción y la acción. Y no surge para nada la cuestión de la sinceridad.

  Otro grave error es creer que una persona que se ha hecho moralmente ciega y que, en consecuencia, actúa de manera abiertamente inmoral, es más sincera que la que trata de ocultar ante los demás su inmoralidad. Indudablemente, es deplorable que las personas oculten sus actos inmorales, únicamente porque tienen temor a la opinión pública. Pero el hombre, por ejemplo, que no ve nada malo en la promiscuidad sexual y que habla desvergonzadamente de ella, no es mejor. No es ni sincero no honrado. En primer lugar, el llamado “hipócrita victoriano” delataba en su misma hipocresía un respeto indirecto hacia los valores morales. Por otra parte, el moderno pecador desvergonzado, que ha perdido todo sentido de la inmoralidad y mezquindad de la promiscuidad sexual, no merece la menor alabanza por su “sinceridad”, ya que temer de la opinión pública, ya que ahora se ha puesto de moda el no extrañarse por la promiscuidad. Lo que antes daba pie al bohemio para considerarse a sí mismo como un revolucionario – el hecho de arrostrar descaradamente la opinión pública – no llama ya la atención. Por tanto, es difícil comprender por qué hay que seguir alabando hoy día a la desvergüenza como valiente y sincera.

  Más aún, hay una razón perfectamente buena para ocultar de la vista de la sociedad nuestros pecados. Nos hallamos en la obligación de evitar dar mal ejemplo o escándalo a los demás. Esto no tiene parecido alguno con el caso de Tartufo: el pícaro que santurronamente asume el papel de una persona verdaderamente virtuosa, con la finalidad de engañar a otras personas que se sienten atraídas por su aparente virtud. Este es un caso extremo de insinceridad. La sinceridad antitética, en este caso, no hay que buscarla en el pecador desvergonzado que no siente necesidad alguna de disimular sus pecados, sino en el hombre virtuoso quepor humildadoculta sus virtudes.


DIETRICH VON HILDEBRAND – “El Caballo de Troya en la Ciudad de Dios” (1967) Ed. Fax – Madrid 1970 - Págs. 130-133


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jueves, 2 de enero de 2014

Abusos del lenguaje bíblico – Por Dietrich Von Hildebrand

    Nota de NCSJB: Cada vez con menos asombro aunque no sin dejar de causarnos un inmenso dolor, observamos como Francisco viene haciendo abuso del lenguaje bíblico con interpretaciones alejadas del contenido literal del mismo y hasta de la interpretación eclesiástica de las Sagradas Escrituras.

  Así podemos recordar, por ejemplo, cuando dijo al referirse a la Virgen: El Ángel la conforta: «No temas María, porque has hallado gracia ante Dios. Y he aquí, que concebirás a un hijo... y le pondrás por nombre Jesús». (v. 30). Este anuncio la turba todavía más, también porque todavía no está desposada con José”(Aquí); o más terrible aún cuando sostuvo: Era silenciosa, pero dentro de su corazón, ¡cuántas cosas le decía al Señor! 'Tú, ese día - esto y aquello que hemos leído - me has dicho que sería grande; tú me has dicho que le darías el Trono de David, su padre, que reinaría para siempre y ahora ¡lo veo ahí [en la Cruz, ndr]!'. ¡La Virgen era humana! Y tal vez él tenía el deseo de decir: ‘Mentiras! ¡He sido engañada!’” (aquí), sin dejar de recordar también cuando consideró que nuestro Dios y Redentor era un simulador al decir: “En el Evangelio, Jesús no se enoja –dijo el Papa–, pero lo finge cuando los discípulos no entienden las cosas” (aquí).

  Esperando que se entienda la gravedad de este proceder, ofrecemos el siguiente artículo.


Verba Christi – Por Dietrich Von Hildebrand

  Algunos expertos en moderna exégesis bíblica pretenden que las palabras de Cristo, tal como se hallan relatadas en los Evangelios, deben tomarse como auténticas únicamente en cuanto a su sentido, pero no en cuanto a su expresión literal.

  Mientras que prescindimos aquí de la cuestión de si esa teoría es verdadera o falsa, no puede menos de surgir la pregunta: ¿Por qué la expresión literal – el texto mismo que leemos en los Evangelios – debería sustituirse por otra expresión literal, por otro texto?

  Los que patrocinan este cambio parten del supuesto de que Cristo habló a los hombres de su época en un lenguaje que ellos entendían y que estaba acomodado a ellos, y que por tanto la Iglesia debería traducir el mensaje de Cristo a cada época actual. Esta hipótesis se basa en un equívoco. Mientras se refiere a la predicación, es una hipótesis correcta. Está bien claro que una predicación tiene que estar relacionada con el tiempo presente, aunque sea esa proximidad al tiempo debe ir asociada también con sencillez e intemporalidad, con una atmósfera sagrada. Pero cuando esta suposición se refiere a las parábolas (y comparaciones) y a las palabras de Cristo, entonces es completamente incorrecta. Toda alteración de las palabras de Cristo, tal como nos han sido transmitidas, sería una catástrofe. Porque  las palabras de Cristo tienen una irradiación singularísima. No solo suscitan un mundo sagrado, sino que en ellas hay también una fecundidad y vigor misterioso e inagotable. La sencillez y realismo de las palabras de Jesús están inmersos en una atmósfera intemporal y divina. Han conmovido a innumerables almas durante dos milenios: desde la persona más sencilla e ingenua hasta los mayores genios. Han cambiado sus vidas y les han mostrado el camino de la salvación. El sonido de las palabras de Cristo – ese sonido que tienen en el texto que poseemos – es insustituible.

  ¿Será casualidad que Jesús haya nacido en Belén, en Palestina, en un  momento determinado de la historia? La elección del tiempo y del lugar, ¿no pertenecerá también al plan salvífico y a la revelación de Dios? ¿Y no habrá que recibir y acoger con el máximo respeto el texto evangélico del mensaje de Cristo, tal como ha sido trazado por los evangelistas, quienes lo tomaron de la tradición viva y santa de la naciente Iglesia? ¿No fueron esas palabras la sal de toda la liturgia y la energía que fecundó la vida y el pensamiento de los Padres y Maestros de la Iglesia? ¿Qué habría sido de la Iglesia si en cada generación un nuevo texto evangélico se hubiera acomodado al correspondiente estilo de la época? ¿Qué habría ocurrido, si en el siglo XVIII se hubiera hecho una redacción racionalista de las palabras de Jesús, y a principios del siglo XIX una redacción romántica, y así sucesivamente?

  ¿No pertenece a la esencia misma de la revelación divina el que el texto del mensaje de Cristo, en su hermosura sin igual, siga resonando a través de los siglos, con su atmósfera intemporal (y, al mismo tiempo, tan cercana a todos los tiempos) y sagrada y su poder jamás disminuido? ¿No pertenece a la naturaleza de la revelación divina el que esas palabras sean independientes de todos los estilos y modas y de todas las formas especiales de expresión que son características de una época determinada, de todo dialecto y de todo lenguaje familiar? ¿Acaso una historia de dos milenios no ha demostrado esa plenitud inagotable no sólo del contenido sino también de la singularísima expresión de la Sagrada Escritura? ¿Acaso su expresión no ha sido conservada respetuosamente por todos los protestantes, por no hablar de la Iglesia Ortodoxa? ¿No pertenece a la esencia del mensaje de Cristo el que tanto por su contenido como por su expresión literal, transporte a los hombres desde la cambiante atmósfera de este mundo hasta el mundo santo, el mundo de Dios?

  Es un error fundamental creer que el mensaje divino hay que presentarlo en vasos profanos  y seculares a fin de que se convierta en parte orgánica de la vida de los creyentes. Antes al contrario, toda la liturgia se basa en el principio de que los misterios del culto divino deben presentarse en vasos que, en cuanto sea posible, irradien una atmósfera que corresponda a la sacralidad de su contenido.

  En vez de eso, hallamos hoy una tendencia ¡a traducir el Nuevo Testamento en un lenguaje familiar descuidado, por no decir vulgar! Pero esto es -¡repitámoslo! – un gran error. Se olvida que Cristo es plenamente hombre y plenamente Dios, que su humanidad es santa, que Cristo es Dios y hombre en la unidad de una persona. Por tanto, su humanidad irradia una indescriptible santidad. En efecto, esa santidad de la humanidad de Cristo es precisamente el fundamento de nuestra fe. Esa epifanía de Dios en Jesús es la que subyugó a los Apóstoles y les impulsó a seguir a Cristo relictis ómnibus (“dejadas todas las cosas”). Se trata de la santa humanidad de Cristo, la cual está más allá de todos los posibles ideales forjables por hombres, y que nos mueve, por tanto, a adorarle como Dios-Hombre. Presentar las palabras de Cristo de una manera vulgar y cotidiana, es una manera de destruir en las almas de los fieles la imagen de Cristo y de poner en peligro su fe. Si todos los profetas nos hablan en tono solemne, si las cartas de San Pablo, de San Pedro y de San Juan expresan de una manera excelsa y solemne la revelación de Cristo, solo una audacia aventurara ha podido mover a unos hombres a traducir las palabras: Amen, amen, dico vobis (“En verdad, en verdad, os digo”) por expresiones tan vulgares como Let me tell you (“Os diré”). Tales personas no se han fijado en que hay un texto de suprema importancia profética: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.”

  Se arrebata al estilo toda su solemnidad y grandeza. Se le quita eso que es siempre inherente a los textos religiosos, principalmente a las palabras del Antiguo Testamento, y, sobre todo, al mensaje del Dios-Hombre Cristo. Y todo eso se hace con la pretensión de acercar más a los hombres al mensaje de Cristo. Ahora bien, ese esfuerzo psicológicamente torpe y primitivo conduce en realidad a velar la imagen de Cristo y a socavar la fe en su mensaje.

DIETRICH VON HILDEBRAND – “El Caballo de Troya en la Ciudad de Dios” (1967) Ed. Fax – Madrid 1970 - Págs. 229-232

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sábado, 31 de agosto de 2013

Veracidad - Por Alice y Dietrich Von Hildebrand

  La veracidad es otro de los presupuestos básicos de la vida moral. La persona falaz o mentirosa no solo encarna un gran disvalor moral, como la avariciosa o intemperante, sino que está mutilada en toda su personalidad, en toda su vida moral: todo cuanto hay en ella de moralmente positivo está amenazado por su falsedad y resulta incluso sospechoso; su postura hacia el mundo de los valores está afectada en su mismo centro.

  La persona falsa carece de la actitud de reverencia a los valores: asume una posición de dominio sobre los seres, los trata a su antojo, como si fueran una simple ilusión, un juguete de su capricho arbitrario; no percibe el valor inherente al simple hecho de ser ni la dignidad que el ser posee en cuanto opuesto a la nada; no respeta la obligación fundamental de reconocer todo lo que existe en su realidad, de no interpretar lo negro como blanco, de no contradecir los hechos; se comporta como si no existiera la realidad. Obviamente, esta actitud implica un elemento de arrogancia, de irreverencia, de impertinencia. Tratar a otra persona "como si fuera aire", actuar como si no existieran otras personas, es quizá la mayor evidencia de desdén y desprecio. La persona falsa adopta esta actitud con respecto a toda la realidad. El loco desprecia el ser en cuanto ser porque no lo capta. La persona falsa sí lo capta, pero rechaza dar la respuesta debida al valor y a la dignidad del ser simplemente porque le resulta inconveniente o desagradable. Su desprecio del ser es consciente y culpable.

  El mentiroso considera que todo el mundo es, hasta cierto punto, un instrumento para sus propios fines; todo lo que existe es solo un instrumento a su servicio: cuando no puede usar algo, entonces lo trata como si no existiera y lo coloca en esa categoría.

  Debemos distinguir tres tipos de falsedad. 

  En primer lugar, la del mentiroso experimentado que no ve nada malo en afirmar lo contrario de lo que es verdad cuando le conviene. Se trata de una persona que, claramente y conscientemente, engaña y traiciona a otras para conseguir sus objetivos...

  E1 segundo tipo es la de quien se miente a sí mismo y, en consecuencia, a los demás: con la mayor tranquilidad borra de su mente todo lo que le resulta difícil o desagradable, y no solo esconde su cabeza como un avestruz, sino que se convence a sí mismo de que va a hacer algo, cuando sabe perfectamente que no va a hacer nada; no quiere reconocer sus propias faltas y, ante cualquier situación que le resulta humillante o embarazosa, tergiversa enseguida su significado para disimularla. La diferencia entre este tipo de persona falsa y el hipócrita o mentiroso experimentado es evidente: aquella defrauda, sobre todo, a sí misma y solo indirectamente a las demás; se engaña primero a sí misma y, luego, a las demás, parcialmente de buena fe; no posee ni la intencionalidad del mentiroso ni su claridad de mente y, en general, le falta su malicia y su astuta mezquindad. En la mayoría de los casos, suscita nuestra compasión. Pero no deja de ser culpable porque rehúsa dar la respuesta debida a los valores y a la dignidad del ser, y tácitamente se arroga una soberanía injustificada sobre el mismo ser... No se atreve a asumir su responsabilidad, y carece de la valentía del hipócrita. Se autoengaña para eludir el conflicto entre sus inclinaciones y el respeto por la verdad. Hay algo específicamente cobarde e inconsistente en su naturaleza: un ingenio más instintivo sustituye a la astucia y a la sofisticación del mentiroso.

  ...A pesar de que este tipo de mentiroso es, generalmente, menos malvado (excepto en el caso del fariseo, que no ve la viga en su propio ojo, y es malvado en el más profundo sentido de la palabra) y habitualmente menos responsable, sin embargo, las consecuencias de su actitud insincera sobre toda su vida moral son inmensas: nunca podremos tomar en serio a este tipo de persona. Su acción moral puede ser correcta en casos concretos, cuando la respuesta al valor no implica ningún conflicto con su orgullo o su concupiscencia. Pero en cuanto se le pide algo que le resulta desagradable, tratará de eludirlo, aunque no sea consciente de hacer oídos sordos a la llamada de los valores; se refugiará en la ilusión de que, por una razón u otra, tal exigencia no va con él o es solo aparente o ya la ha satisfecho. El interior de tales personas es semejante a las arenas movedizas: no se puede hacer presa en ellas; siempre evitan encontrarse en un compromiso. Aunque el verdadero mentiroso, el que miente a sabiendas, es, desde el punto de vista moral, aún más reprensible que el otro, el que se engaña a sí mismo, es más fácil la conversión del primero que del segundo. El interior de este último está afectado por una gran enfermedad: el mal ha tomado posesión del nivel psicológico más profundo; vive en un mundo de ilusión. Sin embargo, su falsedad lleva su parte de culpa, ya que podría ser corregida por una conversión de la voluntad, por la aceptación del sacrificio, por la entrega incondicional al mundo de los valores.

  En el tercer tipo de falsedad, la ruptura con la verdad es aún menos reprensible, pero más profunda, y se refleja todavía más en el mismo ser de los mentirosos de este tipo: su personalidad es decepcionante; son incapaces de experimentar una alegría verdadera, un entusiasmo genuino, un amor auténtico; todas sus actitudes son fingidas y llevan el sello de la pura apariencia. Este tipo de personas no pretenden engañarse a sí mismas ni defraudar o embaucar a los demás, pero son incapaces de establecer un contacto verdadero y genuino con el mundo, porque están encerradas en sí mismas, siempre mirándose a sí mismas, con lo que destruyen la substancia interior de sus actitudes. La falta no reside en su distorsión del ser, en su falta de respuesta a la dignidad de este, sino en el hecho de estar centradas en sí mismas, con lo que sus respuestas resultan vacías y su personalidad fingida.

  Son como seres fantasmales, ficticios: aunque su intención es recta, sus alegrías y sus penas son artificiales. Su falta de autenticidad proviene de que todas sus actitudes no están realmente motivadas por el objeto y no surgen por el contacto con él, sino que son simuladas artificiosamente; aparentan conformarse con el objeto, pero en realidad son solo fantasmas sin substancia.

  Esta falta de autenticidad se puede manifestar de distintas maneras y, sobre todo, puede asumir diferentes dimensiones: en primer lugar, la encontramos en la persona amanerada, cuya conducta exterior, aunque no esté simulada a propósito, es artificial, ficticia, sin naturalidad; en segundo lugar, la encontramos en las personas fácilmente sugestionables, cuyas opiniones y convicciones les son impuestas por otros, y que solo repiten lo que han dicho los demás sin dejarse influenciar verdaderamente por el objeto en cuestión; en tercer lugar, la encontramos en la persona exagerada, que lo magnifica todo: las penas, las alegrías, el amor, el odio, el entusiasmo; fomenta artificialmente todas estas actitudes porque se complace en ellas.

  Semejante falta de autenticidad, tal como la acabamos de describir en sus tres tipos, es incluso menos mala que la del que se engaña a sí mismo, pero la vida moral no puede basarse en ella, porque tanto el bien como el mal resultan invalidados por esa actitud artificial, que todo lo convierte en irreal, ficticio, inexistente. Esta falsedad substancial se considera también culpable porque proviene del rechazo definitivo a entregarse a los valores, de una actitud fundamental de orgullo.

  La persona realmente veraz es lo opuesto a los tres tipos de falsedad que acabamos de exponer: es genuina, no se engaña ni a sí misma ni a nadie. A causa de su profunda reverencia por la majestuosidad del ser, comprende la exigencia básica del valor que es inherente en toda realidad, es decir, la obligación de pagar tributo a todo objeto que existe, de conformarnos a la verdad en todas nuestras afirmaciones, de abstenernos de construir un mundo de ficción y vaciedad. Toma en consideración la situación metafísica del hombre: no es omnipotente, por lo que el ser no tiene que rendirse ante él como si fuese una simple quimera; se toma en serio la verdad no solo con respecto a cada una de las cosas y circunstancias que se le presentan a su mente, sino también con respecto a su existencia en el mundo.

  Comprende el valor de la verdad y los valores negativos de la mentira, de la falsedad y de la rebelión interior contra el mundo de los valores, en última instancia, contra Dios, el Ser Absoluto, el Señor del ser. Comprende la responsabilidad que el hombre, por su dimensión espiritual, tiene respecto a la verdad, y que debe estar presente en su capacidad para poner de manifiesto el ser en toda afirmación que hace. Comprende la solemnidad inherente a toda afirmación, porque estamos siempre llamados a dar testimonio de la verdad. La persona veraz pone las exigencias de los valores por encima de cualquier deseo subjetivo de su egoísmo o su comodidad. En consecuencia, aborrece todo autoengaño; percibe todo el sentido negativo que hay en la huida cobarde de las exigencias objetivas de los valores; preferiría conocer la verdad más amarga que disfrutar de una felicidad imaginaria; ve con absoluta claridad todo el sinsentido de cualquier escapada a lo irreal, la completa inutilidad y futilidad de este tipo de conducta, la vaciedad y superficialidad de toda falacia.

  Además, la persona veraz tiene una relación “clásica” con el ser, es genuina y auténtica en todas sus actitudes y acciones: no está dispuesta a aparentar, no embellece ni adorna las experiencias que verdaderamente ha tenido, no se retuerce para mirarse a sí misma en lugar de mirar al objeto que le pide una respuesta. Es genuina y honesta, objetiva en el más alto sentido de la palabra; posee la actitud básica de verdadera entrega a los valores; se mantiene libre de orgullo, de manera que no se ve empujado a arrogarse otra posición en el mundo distinta de la que le corresponde. Así, no falsifica el alcance de ninguna experiencia, sino que reconoce el carácter de cada una tal como es en realidad.

  La persona veraz no busca compensación a sus complejos de inferioridad. La relación expresada con las palabras: “la humildad es la verdad”, se puede formular también al revés: “solo la persona humilde es realmente verdadera”

  La fuente de toda inautenticidad y de toda falsedad reside en el deseo orgulloso de ser algo diferente de lo que uno es. Por el contrario, la profunda aceptación del ser, de la verdad, es el fundamento de todo lo genuino y verdadero... 

  Hay varios elementos en el carácter específicamente negativo de la mentira, ejemplo clásico de falsedad. En primer lugar, constituye una rebelión contra la dignidad del ser en cuanto tal, una arrogancia irreverente, un desprecio de la obligación fundamental de conformarnos al ser. Mentir representa un mal uso de la cualidad confiada a nosotros como testigos del ser en la palabra hablada o escrita. En segundo lugar, debemos tener en cuenta el engaño a otra persona que supone toda mentira. Engañar a una persona implica una falta absoluta de respeto; no tomarla en serio; no reconocer el valor inherente a toda persona por su dimensión espiritual; despreciar su dignidad, su derecho fundamental a conocer la verdad; pero, sobre todo, pone al descubierto una profunda falta de caridad y un abuso de la confianza que la otra persona ha puesto en nosotros. Estos elementos están presentes en todo engaño deliberado a otra persona, especialmente en el caso de una falsa afirmación, de una mentira. La comunicación por medio de palabras, en sentido propio, implica una relación explícita “Yo Tú”; hace referencia de manera tan explícita a la confianza de una persona en otra, que la falta de caridad y la traición a otra persona resulta, en este caso, más sorprendente y más significativa que en el caso del engaño por medio de la ambigüedad o de una conducta equivocada.

  Ahora bien, hay casos en los que el engaño en cuanto tal está permitido, o incluso mandado. Por ejemplo, si un criminal nos persigue, es lícito engañarlo, de una manera u otra, acerca de nuestro domicilio. Es obligatorio cuando podemos causar un grave daño, físico o moral, a otra persona si decimos la verdad. En este caso, no es falta de caridad engañar; por el contrario, es una cariñosa amabilidad. Así pues, en algunos casos está permitido engañar a otras personas, y en otros estamos obligados. Pero esto lo podemos hacer solo por medio de nuestra interpretación de una determinada situación, pero no por medio de una mentira.

  La veracidad es, como la reverencia, la fidelidad o la constancia, básica para toda nuestra vida moral. Como las otras virtudes, es portadora de un alto valor y es presupuesto indispensable de toda personalidad para que los genuinos valores morales puedan florecer en su plenitud. Esto es así en todos los ámbitos de la vida: la veracidad es fundamental para una auténtica vida en comunidad, para toda relación interpersonal, para todo amor verdadero, para todo trabajo, para el verdadero conocimiento, para la auto educación y para la relación con Dios. En efecto, es un elemento esencial de la veracidad, en sentido propio, su relación con la Fuente absoluta de todo ser, Dios. En última instancia, toda falsedad significa una negación de Dios, una huida de Él. La educación que no pone énfasis en la autenticidad y en la veracidad está condenada al fracaso.


Alice y Dietrich Von Hildebrand – “Actitudes Morales Fundamentales” Ed. Palabra S.A.


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sábado, 27 de julio de 2013

CONFUNDIR LA ESPERANZA CON EL OPTIMISMO - Por Dietrich y Alice Von Hildebrand

  El optimista no tiene ninguna motivación objetiva para serlo: no responde ni a circunstancias favorables ni a ningún factor extramundano que pueda alejar las amenazas. El optimismo es, eminentemente, una especie de dinamismo interior, una fuerza propulsora que nos mantiene en marcha, pero, al mismo tiempo, está unido a una especie de ceguera: no deja a la persona ver el carácter objetivo de una situación, por lo que responde con optimismo, pero es optimista por principio, y es precisamente esa disposición interior la que le impide ver el carácter objetivo de una situación.

  El optimismo está tan arraigado en la inmanencia que es perfectamente posible imaginar que una persona caracterizada por un optimismo innato caiga, de repente, en el pozo oscuro de la desesperación en el mismo momento en que su reserva de optimismo se le acaba, sufre un parón repentino e imprevisto.

  Debemos distinguir con claridad la esperanza y los buenos deseos, porque es muy fácil confundir estas experiencias porque parecen muy similares. Obviamente, la gente te dirá: esperar que tu amigo se recuperará de su enfermedad es equivalente a creer que así sucederá, porque tú lo deseas, y este deseo cobra tanta fuerza que te lleva a la convicción interior de que será así.

  Por supuesto un acto de esperanza que un acto de esperanza implica un deseo (si yo tengo la esperanza de algo, necesariamente deseo que se realice); por supuesto que la esperanza y los buenos deseos están caracterizados por un profundo convencimiento de que algo sucederá, o de que una amenaza será rechazada, pero estas semejanzas no deberían hacernos perder de vista las diferencias esenciales que hay entre los dos tipos de experiencia.

  En el caso de los buenos deseos, su propio dinamismo me impide ver la realidad de algunos hechos: realmente no los veo porque rehúso verlos,  o imagino que algo existe porque quiero que exista. En la esperanza, por el contrario, parece que se me concede una especial claridad de visión respecto al dramatismo de una situación, y no me hago ilusiones: veo con abrumadora claridad que, humanamente hablando, una situación es desesperada y experimento toda la angustia inherente a ella; pero me apoyo  en un factor extramundano y así rehúso ver la tragedia como la última palabra. Atravieso el círculo vicioso de las causalidades inmanentes y doy el salto hasta un espacio en el que la inmanencia queda superada.

  Ahora llegamos a un factor decisivo: metafísicamente hablando, todo acto de esperanza está fundado en Dios. La verdadera esencia de la esperanza es “esperar en alguien”. Cuando sufro por la vida de una persona amada, no solo me trasciendo a mí mismo, sino a toda la realidad terrenal hasta llegar a Dios, infinitamente misericordioso y omnipotente. Estoy convencido de que el bienestar de la persona amada no me concierne solo a mí, sino que Dios cuida de ella, la ama incluso más que yo. En realidad, tales momentos yo experimento mi amor como participación en el infinito amor de Dios. A pesar de la desesperada oscuridad que me circunda, me resisto a quedar encerrado en ella, a considerarla como la realidad última. Precisamente, el hecho de que yo me encuentre en una situación desesperada, de que debo esperar contra toda esperanza, lejos de convertirlo en algo irracional, me obliga a trascender lo racional y abandonarme en la luz cegadora de una realidad suprarracional en la que está fundada mi esperanza.

  Así pues, debería quedar claro que todo acto de esperanza es primordialmente una respuesta a Dios, a su bondad infinita, a su omnipotencia, al hecho de que Dios nos ama infinitamente. Todo “esperar que” algo ocurrirá presupone un “esperar en alguien”.

  …un creyente pone el fundamento de su esperanza en Dios, y confiado en su bondad absoluta, “espera que” la última palabra de la existencia humana sea la alegría. El salmista lo expresa:”Domine in te speravi; non confundar in aeternum” (Señor, esperé en ti, no sea yo confundido para siempre).

  …Nuestro esperar está fundado en el Dios vivo… Lejos de toda ilusión, el verdadero cristiano mantiene sus ojos fijos en la realidad última, sobrenatural, que da a todo el universo si sentido propio.


  San Pablo dice: “Sé en quién he creído”. Nosotros podemos añadir: “Sé en quién espero”. Esperamos en Cristo, de quién dice el prefacio de la Misa de difuntos: “En Él brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección y así, aunque la certeza de morir nos entristece, nos reconforta la promesa de la futura inmortalidad” 

Actitudes Morales Fundamentales – Ediciones Palabra 2003, Pags. 129 y siguientes. 

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