San Juan Bautista

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domingo, 6 de octubre de 2019

Combate por el Reinado social de Cristo - Christian Lagrave



Tercer Anexo al trabajo de Flavio Mateos: “Sobre la democracia”

¿QUÉ PUEDEN HACER LOS COMBATIENTES DEL REINO SOCIAL DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO?

Christian Lagrave



Conclusión del folleto “La acción política cristiana. Las fuerzas en presencia en el combate actual”, Action familiale et scolaire, Paris, 2007.



Una cuestión crucial se nos plantea ahora: el combate que lleva en este momento el enemigo ¿va a avanzar sin problemas y llevarnos al Anticristo, o el enemigo, como ha ocurrido a menudo en la historia, va a conocer una derrota tanto más espectacular como cierta parece su victoria? Dicho de otra manera, los dos siglos de derrotas sucesivas que sufrimos desde 1789, ¿van a terminar por el reino del Anticristo, o por el del Sagrado Corazón de Jesús?

¿Combate espiritual o combate temporal?

En la revista Le Sel de la terre n° 47, p. 212-213, encontramos un destacado análisis de una conferencia de Louis Jugnet titulada “El fin de una civilización” y pronunciada el 24 de febrero de 1959. Jugnet se hacía entonces la pregunta concreta: ¿qué hacer?

Es acá, respondía él, que las divergencias se manifiestan entre aquellos que han comprendido el colapso del famoso “mundo moderno”. Está en nosotros intentar comprender sus actitudes diversas, y a continuación ver si podemos armonizarlas.

Distinguía a continuación cinco posiciones entre los contrarrevolucionarios de la época. Pero la situación ha empeorado considerablemente desde entonces, y, si uno intenta adaptar el análisis de Louis Jugnet a nuestra situación actual, nos apercibimos que no hay más que tres posiciones razonablemente posibles, que se pueden resumir así:

1) El fin de los tiempos y la parusía están próximos (se encuentran cada vez más y más signos convergentes, como la apostasía generalizada, la subida del mundialismo, el carácter espantoso y múltiple del error y del mal, etc.) Consecuencia: la lucha temporal es inútil, todo va a ir de mal en peor, concentremos nuestros esfuerzos sobre lo espiritual.

2) El colapso global de la civilización moderna permitirá el nacimiento de una nueva civilización cristiana, gracias a los actuales islotes de resistencia.

3) Las fuerzas temporales de Francia y del Occidente son aun “salvables” como lo afirmaban Maurras y la escuela de la Acción francesa; una resistencia temporal, aun violenta, puede ser eficaz.

Ahora bien, esas tres posiciones no son contradictorias sino complementarias y las podemos armonizar. La obra de Jean Vaquié –en particular sus “Reflexiones sobre los enemigos y la maniobra”- nos va a ayudar.

Es muy posible que el fin de los tiempos y la parusía estén próximos, pero no es seguro. Jean Vaquié, por su parte, no lo creía. Él pensaba que el tiempo del Anticristo no era aún llegado, pero que la “Gran Obra” de la Babel moderna (establecimiento de un gobierno mundial inspirado por un espiritualismo luciferino) estaba destinado a colapsar lamentablemente después de haber alcanzado la victoria total.

En consecuencia, aun si todo continua yendo de mal en peor durante un cierto tiempo, nosotros no tenemos el derecho de decretar que la lucha temporal es inútil; pero, como es necesario que Dios sea el “primer servido”, nosotros debemos llevar prioritariamente nuestros esfuerzos sobre lo espiritual, es decir a la conversión personal, la oración y el combate en el dominio religioso. En efecto, si nuestro combate temporal no está fundado sobre la vida eucarística, si no nos lleva a la vida sobrenatural de Cristo en nosotros y por lo tanto a nuestra unión con Dios por la gracia santificante, entonces no tiene sentido. Vigilemos y oremos, para que todas nuestras acciones sean conducidas por la gracia divina y no tiendan sino a cumplir las reglas de la divina justicia.(1)


Las condiciones de la resistencia

Si la obra perversa de la Contra-Iglesia está destinada a un próximo colapso, este último se acompañará probablemente de otros dos: el de la civilización moderna (la que los papas han condenado constantemente hasta el Vaticano II) y la de la nueva religión salida del Vaticano II (la cual no es más que el ralliement de la Iglesia a la civilización moderna). Eso permitirá efectivamente el nacimiento de una nueva civilización cristiana, gracias a los actuales islotes de resistencia. Pero eso supone que esos islotes hayan sido mantenidos y aun reforzados, lo que entraña de nuestra parte dos tipos de combates:

1°en principio un incesante combate en el dominio intelectual para evitar la subversión de esos islotes por las doctrinas perversas que la Iglesia siempre ha condenado –doctrinas que renacen continuamente bajo máscaras diferentes, que son apoyadas por todos los poderes temporales y que son vehiculizadas por todos los agentes de la Contra-Iglesia infiltrados en nuestras filas; lo esencial es mantener la rectitud doctrinal: difundir la buena doctrina y combatir las malas;

2°un combate temporal si es necesario, no debe ser ofensivo (lo que sería una locura dada la desproporción de nuestros medios con los del adversario), sino defensivo cuando se trate de mantener las fuerzas temporales que permiten la existencia de los islotes de resistencia. Dicho de otra forma, cuando la persecución amenace destruir físicamente esos islotes, si las condiciones fijadas por la teología clásica para la legítima resistencia a la opresión son cumplidas, el combate temporal, aun violento, puede ser considerado.

Pero dos virtudes son necesarias para llevar eficazmente ese combate: la prudencia y la humildad. Ellas han sido siempre indispensables y desgraciadamente ellas no han sido –no lo son siempre- muy raramente practicadas por los combatientes antisubversivos.


Contra-Revolución y prudencia

La prudencia consiste siempre en practicar una justa estimación de nuestras fuerzas y de las del adversario, por lo que es necesario siempre tener informaciones para conocer –tanto como se pueda- los hombres y las tácticas empleadas por el enemigo; porque esas tácticas no varían; ellas se resumen esencialmente en tres -primo: la infiltración del enemigo en nuestras filas por agentes diestros y astutos (a menudo masones), secundo: la corrupción de nuestras ideas por una hábil propaganda (a menudo gnóstico-ocultista), tertio: el agotamiento de nuestras fuerzas en acciones dedicadas al fracaso desde su misma concepción (ejemplo: el combate electoral).

He aquí lo que escribía la RISS de Mons. Jouin en 1930:

La […] masonería siempre ha batido a sus adversarios por el mismo medio: la introducción de elementos de desorden hábilmente camuflados en los organismos creados contra ella, esos elementos secretos actúan poderosamente y secretamente para destruir el poder de acción anti-masónico. Por lo tanto ¡prudencia! No es necesario agregar más que elementos seguros y no lanzarse en una obra nueva sino después de haber pedido consejo y conservando un contacto estrecho con aquellos que ya han hecho sus pruebas y están por encima de toda sospecha. (2)

Este consejo será muy particularmente útil a los jóvenes militantes.


Contra-Revolución y humildad

De una manera general la Contra-Revolución debe proceder con discreción en el dominio político; debe llevar el combate del débil contra el fuerte, es decir un combate de guerrilla: ser a los ojos del enemigo lo menos visible que se pueda; comprometerse sabiamente y a un golpe seguro después de una cuidadosa preparación; no combatir sino en el terreno que uno ha elegido y no en aquel al cual el enemigo nos quiere atraer. Haría falta tener siempre en el espíritu el consejo del estratega chino Sun Tzu en su Arte de la guerra:

La suprema táctica consiste en no presentar una forma que pueda ser definida claramente. En ese caso, usted escapará a las indiscreciones de los espías más perspicaces, y los espíritus más sagaces no podrán establecer un plan contra usted. (3)

Esta voluntad de oscuridad será igualmente un excelente ejercicio de humildad; esta virtud nos recordará siempre que nosotros no somos, delante de Dios, más que servidores inútiles. Que la omnipotencia de Dios es sola capaz de derrocar los planes del demonio y sus servidores, y que si Él quiere que nosotros combatamos, es en principio para nuestra propia santificación.

El combate que nosotros llevamos debe siempre tener a Dios como principio y como fin -¡Dios primer servido!- y no nuestra vanidad, nuestro orgullo primer servido, o nuestra voluntad de poder. La obra de Dios debe hacerse en principio en nuestras almas; ahora bien si estamos llenos de nosotros mismos, ¡no quedará lugar para Dios!

Y si nosotros somos tentados, a veces, de perder ánimo, acordémonos siempre de la promesa de Nuestro Señor Jesucristo en Paray-le-Monial en 1689 “Yo reinaré a pesar de mis enemigos” y del anuncio de la Santísima Virgen en Fátima en 1917 “Al fin mi corazón inmaculado triunfará”; esas promesas no han sido hechas en vano. A nosotros nos toca, apoyados sobre la Fe, animados por la Esperanza e inspirados por la Caridad, combatir para hacer avanzar su realización.

  

Notas:
(1)Se leerá, o releerá con provecho El alma de todo apostolado, de Dom Chautard, Jesucristo vida del alma de Dom Marmion e Historia de un alma de Santa Teresa del Niño Jesús.
(2)Revue Internationale fdes Sociétés Secrètes, tome XIX, année 1930, n° 37, 14 septembre 1930, p. 878.
(3)Sun Tzu, L’Art de la guerre, article VI, “Du plein et du vide”.


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viernes, 4 de octubre de 2019

Un capítulo impublicado de “El Nuevo Gobierno de Sancho” – Antonio Caponnetto


El Pastor Besuqueiro
Transcripto por Antonio Caponnetto
In memoriam de Aníbal D´Angelo Rodríguez



Apenas pudo el sanguíneo Helios asomar desafiante en el cielo argento, tras emanciparse de sus edípicos padres Hiperión y Tea, tostó la testa monda y lironda del Gobernador, quien a la sazón se hallaba rumiando el último “Avemaria” del primero de los Gloriosos.

En rascarse la oreja izquierda con la mano diestra andaba (guardando recato este juglar sobre otras rascaduras), cuando de pronto llególe a los oídos un crepitar de cuerdas desafinadas, cuyo responsable era un ente carnoso, de fisonomía tan híbrida que desconcertó al Primer Insulano.

-“Ya me decía mi señor Don Quijote que los ciclanes existen”, le farfulló Sancho a su Edecán de Turno.

-Edecán de Turno: ¿Quiénes son los ciclanes, Esplendencia? Aquí sólo se conoce el ciclón de San Lorenzo, de quien es devoto a rajatabla su Santidad Vergolfo I.

-¡Cállate zopenco! Se nota que no eres un analfabeto como yo. Si no, hubieras escuchado cantar al divino Homero, acerca de aquella raza temible de monstruos unitesticulares, como los chanchos monórquidos.

-Edecán de Turno: ¡A la pucha, Majestad!, me sorprende usted con su refinamiento idiomático. ¿Acaso ha tomado clases con el Conde Diego Armando?

-Cuanto sé de estas bestias sin atributos normales en sus partes pudendas, lo he aprendido en el chiquero de mi finca; que a quien tiene porqueriza/lo educará su nodriza; y entre mucha cochiquera/no es necesaria la escuela, y en el corral, de bedel/trabajaba Baradel y...

Interrumpiendo la conocida e irrefrenable adicción a la paremiología del Máximo Regidor, el Edecán le espeta con cierta premura de súbdito diligente: “Su Magnificencia, dispense usted, pero el ciclano éste, o como se diga, quiere verlo. Dice llamarse Tucho, tener un obispado en la aldea La Guita, y se siente perseguido por los reaccionarios de la susodicha comarca”.

-No sabía que aún quedaban reaccionarios en estos confines. ¿Son de Tacuara? ¡Qué pase! Aquí no se le niega el asilo a naides, sea hermafrodito, obispo, farinelli o metropolita. Que a cada quien yo escucho/aunque se tenga por Tucho...

Fue así que ingresó en la Sala de Primeros Auxilios Institucionales, un pelado torvo de chomba gris, calvicie sospechosamente lustrosa, gestos amadamados, boca achupetada y párpados abricerrados. A juzgar por el hedor que emanaban sus bragas, era posible adivinar que, en el trayecto hasta la Comandancia el infeliz se había desgraciado o padecía el síndrome crónico de colitis emotiva.

 Lo secundaban nigromantes y arpías, súcubos y pécoras, íncubos y zahoríes, cada quien con su zorongo verde cruzado sobre lo que antiguamente se conocía con el nombre de pecho, pero que por semántica sexista derivó en peche o caje toracique.

Abusando de la confianza, y contra todo protocolo, el mitrado guitarrero de La Guita, tomó la palabra y díjole a Sancho:

-“Celsitud. Me llamo Fernández, aunque sé que no es buen momento para apellidarse así. Mi especialidad son los ósculos sanadores, por lo que algunos me conocen como “El Osculense” o “La Carantañona”. Pero no estoy aquí para blasonar de ternezas sino para explayar un quejido y reclamar sanciones, ¡o noble retoño de Baco!

Sabrá usted que durante siglos la Iglesia toleró la esclavitud; que enseñó además que los indios no tenían almas; que sus jerarcas de  insuperado cuño medieval no fueron sino machos que acusaron a la mujer sin razón; que sostuvieron que los templos son la casa de Dios y no del pueblo; que cometieron el pecado horrendo de declarar guerras justas contra los plausibles partidarios de una sociedad inclusiva, plurisexual, omniorificial, polifornicataria y pos verdad; y  sabrá usted, imagino, que debatiéndose contra el patriarcado opresor, y contra el hambre aborigen, rectamente saciado con el canibalismo, Fray Bartolomé de las Casas fue santo súbito, en prueba de lo cual le traigo una estampita con su cara y una jaculatoria de Pablo Neruda...”

Aguantó hasta aquí el Gobernador la glosolalia y la lagotería del visitante, e interrumpiéndolo con un gesto universal de “¡finishela!”, se dirigió de soslayo al Dr. Wikipedia, su Consejero y Asesor En Cultura Universal, ante lo cual los restantes miembros de la corte también se volvieron de soslayo.

-Dígame, maestro, ¿quién este Nervuda o Ners Buda que menta el ciclán?

-Es un poetastro chileno, Mi Sublimidad. Para más señas judío, stalinista y espía soviético y diz que dice alguno que de costumbres heterodoxas para un viri probati, como predica Monseñor Sánchez Amazonia.

-No he probado ni pienso probar esos “viris” –acotó Sancho- ni me ando leyendo versitos que, ¡bendito sea Dios! soy ágrafo e iletrado,y a mucha honra. Pero que ahora quiera la Capitanía de Chile volver a invadirnos de mapuches y aymarás, y encima canonizadores, valiéndose de este clérigo zote, no ha de consentirlo el marido de mi esposa, Teresa Panza.

Al oír las palabras “marido” y “mi esposa”, la caterva verdosa que acolitaba al Tucho, empezó a dar pruebas de descompostura facial y esfinterial, extremos corporales que, para el caso, eran exactamente lo mismo.

Sobreactuando el aplomo, más sin disimular el desagrado o la tirria, Sancho se acercó al Pastor Besuqueiros, con su mano derecha agarrada al facón y en la otra posando ostensiblemente el escapulario del Carmen, e interrogó de este modo al prelado de La Guita:

-Dime so pedazo de tarugo, ¿cuántos concilios menciona mi compadre Balmes, durante los cuales la Santa Madre Iglesia condenó la esclavitud? ¿Cuántas fueron tus diez últimas novenas a San Pedro Claver, San Pedro Nolasco o San Toribio de Mogrovejo? ¿Has estado en Valladolid cuando, siguiendo las órdenes de mi Señora Santa Isabel, se consignó que los indios eran creaturas como los aquí presentes, excepto tú y la recua que te apadrina? ¿Has asistido a San Bernardo capitaneando a los Templarios o a San Juan de Capistrano, llevando preces y mandobles por doquier, o a Raimundo de Fitero a la vanguardia de los Calatravenses? ¿Has visitado de hinojos los miles de altares consagrados a santos y mártires guerreros? ¿Te han enseñado en las clases de catecismo de tu parroquia: Génesis I,27, Efesios 5,23, Mateo 10,34 y Lucas 22,48? ¿Conoces la historia de la Macabea y de Judith, la de Juanita de Orleans y mi vecina carmelitana de Ávila?

¡Respóndeme mentecato, memo, alcornoque y cernícalo! ¿A mí no me respondes? No sabes que Dios Nuestro Señor me ha conferido el poder para crear en esta ínsula amada el Ministerio de Patadas en el Trasero, fungiendo de Prefecto, a perpetuidad, el irrefrenable Braulio? ¡Respóndeme, te conmino! ¿No fue el Dios de los Ejércitos el primero que estipuló una resistencia contra los ángeles caídos? ¿No fue el glorioso Mikael el que ejecutó la más grande contraofensiva jamás vista para pelear contra el sotreta de  Mandinga?

Apabullado por las preguntas de Su Esplendencia, que le salían a borbotones, como tinto de damajuana en peña mendocina, y más turbado que otras veces, Tucho quiso apelar a su especialidad, la mimología; y empezó a soplar besitos al aire de octubre, en la Comandancia misma del Supremo. No lo hubiera hecho. De pronto, las manos del Prefecto Braulio, envueltas en unas anchas mangas rojo punzó, atenzaron el cogote del pastor besuqueiro, y lo llevaron, a fuerza de coceaduras y voleas, hasta el calabozo más cercano.

Entonces, y tomándose un respiro en jarra grande, Sancho I promulgó la siguiente

Sentencia:

“Considerando que los obispos tienen alma, aunque esté reducida a un sustantivo abstracto; que son culpables de privar a la gracia de la naturaleza, aquélla la cual sobrevuela en vano buscando a la otra para posarse; que el último examen que aprobaron cum laude fue el de pipí; y que antes prefieren ofender a Dios que la muerte, la añadidura al Reino y la cizaña al trigo. Considerando a lo agregado ut supra, que el susodicho Tucho debió ser colafizado que no emponderado, y que su obsecuencia seguida de felonía tiene antecedentes graves en el Huerto de Getsemaní, se resuelve:

I.-Mantenerlo en el calabozo sine die, durante cuya estancia en él ayunará y rezará, estudiando ambas Summas y la Patrología griega, en su idioma fontal.

II.-Obligarlo a tomar clases de historia con el Lobizón Cuyano, quien queda  autorizado desde ya por esta pragmática a darle con el puntero en las yemas, cada vez que yerre, desbarre u opine.

III.-Suspenderle el ejercicio del santo ministerio, hasta que no aprenda a oficiar los ritos tridentino, mozárabe y visigótico, para lo cual se le pone de tutor  al Eparca Víctor Vas terrechian.

IV.-Enviarlo una vez al año, con tobillera radarizada, al Encuentro Nacional de Mujeres, y dejarlo en medio dellas con una pancarta celeste que diga: ¡Viva el Patriarcado! Comando Cacho Castaña.

V.-Será justicia.

Leído que fuere el veredicto con la solemnidad y la pompa que el caso ameritaban, aplaudieron los presentes, fugáronse los abisales verdes, restablecióse la calma, y el Gobernador dio la señal de los festejos. Los cuales consistieron ese día  en el cierre de Santa Marta, una fogatina con  Nostra Aetate y Amoris Laetitia, la declaración de la insula como el Primer Estado Gibelino y Cesaropapista, y 21 cañonazos desagraviando la Catedral de La Guita. Los cuales serán arrojados en tres tandas de siete, por Los Colorados del Monte, el General Enrique Gorostieta Velarde y el noble Henri de La Rochejaquelein.



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Novedad editorial: Lecciones políticamente incorrectas - Antonio Caponnetto






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jueves, 3 de octubre de 2019

La acción contra-revolucionaria - Jean Vaquié



Segundo Anexo al trabajo de Flavio Mateos: “Sobre la democracia”

LA ACCIÓN CONTRA-REVOLUCIONARIA
Jean Vaquié




(Fragmento del editorial de
Le Sel de la terre n° 58, Otoño 2006)


En un folleto titulado La Batalla preliminar (1), Jean Vaquié (1910-1992) distingue dos batallas: la inferior y la superior. Aquí lo que dice:


Nosotros debemos en principio combatir para conservar las últimas posiciones que nos quedan. Es necesario de toda evidencia y de toda necesidad, conservar nuestras capillas, nuestros monasterios, nuestras escuelas, nuestras publicaciones, nuestras asociaciones, y más generalmente nuestras esperanzas de salvación y la ortodoxia de nuestras doctrinas. Estamos así implicados en una serie de combates conservadores de pequeña amplitud a los cuales no sabríamos sustraernos (…)

Pero por encima de eso innumerables compromisos conservadores, una batalla más importante aún, ha comenzado por la cual el objetivo es el cambio de poder (…) “Yo reinaré a pesar de mis enemigos” (…) Podemos estar seguros que hoy Nuestro Señor opera misteriosamente según su manera habitual, en vistas de extirpar el poder de la Bestia y de instaurar su propio reino. Este misterioso combate, del cual Él es el agente principal, constituye la batalla superior, la del objetivo principal.


Jean Vaquié explica a continuación la naturaleza de cada una de esas dos batallas. En efecto, importa no confundirlas, aun cuando ellas se libran al mismo tiempo y son realizadas por las mismas personas, porque en los dos casos la manera de actuar es bien diferente.


A propósito de la batalla inferior, retengamos esto:


La batalla de cada día consiste en mantener la luz en medio de la noche.

Es necesario que el Maestro, cuando venga, nos encuentre “velando”. Es lo que nos pide.

A.  Esta batalla se libra sobre objetivos secundarios.

B.    Ninguna asistencia divina excepcional le está prometida.


En cuanto a la batalla superior,


Se propone un doble objetivo:

-la extirpación del poder de la Bestia

-la restauración del poder del derecho divino.

Ahora bien, ese doble objetivo es radicalmente imposible de alcanzar por la minoría reaccionaria actualmente subsistente, neutralizada como está por el aparato masónico.

A. Ella es llevada por la misma minoría sobre la cual pesa ya la batalla inferior.

B. Ella se terminará por un milagro de resurrección.


Hay entonces dos batallas: llevamos la primera con nuestras propias fuerzas (ayudados por supuesto por la gracia de Dios), pero la segunda depende de la iniciativa de Dios. En el lenguaje de Santo Tomás de Aquino, uno diría que en el primer caso Dios nos da su gracia cooperante, en el segundo su gracia operante.


Sin embargo, en esta segunda batalla, no se trata de esperar sin hacer nada. Para preparar la intervención de Dios, nosotros debemos en principio trabajar para conservar la fe:


Dios se reserva siempre un “pequeño número” donde Él pone la fe como en reserva. A menudo es incluso a un solo hombre que Él la confía. Por ejemplo Moisés no tenía más que su bastón, y su fe, para hacer salir a los Hebreos de Egipto. Del mismo modo, David no tenía más que su honda y su fe, para vencer a Goliath. Igualmente, en tiempo de la Encarnación, una sola familia era perfecta, la Sagrada Familia.


A continuación, debemos librar la “batalla preliminar”, que consiste en rezar y hacer penitencia para obtener la intervención de Dios:


Hay que quitar el obstáculo que impide a Dios intervenir. Y ese obstáculo, es la insuficiencia de nuestros deseos y de nuestras oraciones.


Esta distinción de las dos batallas permite comprender el error estratégico cometido por aquellos que esperan obtener el cambio de poder (objetivo de la batalla superior) por pequeños combates que nos permitirían ganar terreno poco a poco (2) He aquí la reflexión de Jean Vaquié, que nos parece muy justa:


Venimos de marcar la diferencia entre por una parte los objetivos secundarios, o sea el mantenimiento de las últimas posiciones tradicionales que constituyen el asunto de la batalla inferior, y por otra parte el objetivo principal, o sea la extirpación del poder de la Bestia que es el asunto de la batalla superior.

Muchos no querrán admitir esta distinción. Dirán y dicen ya: “No hay dos batallas, no hay más que una. El cambio del poder no puede resultar más que de la sucesión de pequeñas victorias elementales del combate día a día. Este cambio es un asunto de largo aliento, nuestro ascenso no puede ser sino muy lento. Es utópico dar por descontado un desenlace repentino”.

Los jefes de grupos que razonan así van a llevar su esfuerzo principal sobre los objetivos secundarios, allí donde nuestros adversarios los esperan, fortalecidos por su legalidad socialista.
Nuestros adversarios, en efecto, buscarán, como hacen de ordinario, hacernos perder nuestra sangre fría y hacernos entrar en la violencia (o al menos en el activismo).


Al final de este breve análisis del texto de Jean Vaquié, podemos sacar la siguiente conclusión:


Debemos llevar una doble batalla: la batalla de conservación de los islotes de cristiandad y la batalla preliminar de oración y de penitencia. Pero es ilusorio y peligroso lanzarse a acciones de envergadura para retomar el poder (3). Eso no podrá hacerse más que en la hora señalada por Dios.
  


Notas:

(1)-Aparecido por primera vez en Lecture et Tradition, enero 1990, y reeditado por De Rome & D’Ailleurs 156, enero 1999, después por L’Action familiale et scolaire (2001).
(2)-Esos pequeños combates no son sin embargo a desdeñar, porque forman parte de la batalla de mantenimiento. Ellos permiten a veces obtener reales victorias: la historia de la Tradición desde hace cuarenta años es la prueba. Pero la ilusión consiste en pensar que sumando pequeñas victorias uno terminará por obtener el cambio de poder. La batalla superior es de otra naturaleza que la batalla inferior.
(3)-Eso no quiere decir que los católicos no deban comprometerse en el plano político. Mons. Lefebvre (…) recuerda ese deber siempre imperioso. Sin embargo, dadas las circunstancias actuales los resultados serán forzosamente limitados (por ejemplo al nivel de un municipio). El retorno al reino de Cristo-Rey a nivel nacional e internacional no podrá hacerse sin una intervención especial del cielo: es lo que Jean Vaquié llama la batalla superior, que coincidirá sin dudas con el triunfo del Corazón Inmaculado de María prometido en Fátima.





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miércoles, 2 de octubre de 2019

La soberanía del pueblo es una herejía - R.P. Charles Maignen


Primer Anexo al trabajo de Flavio Mateos: “Sobre la democracia”

LA SOBERANÍA DEL PUEBLO ES UNA HEREJÍA

R.P. Charles Maignen, Doctor en Teología, 1892


Cuarta parte: Conclusiones

Capítulo II:
CONCLUSIÓN PRÁCTICA


La república actual, con sus hombres y sus leyes, es el castigo de Francia

Francia, nación preferida, hija mayor de la Iglesia, colmada de dones naturales y sobrenaturales de Dios, Francia ha pecado.

En una misma hora de revuelta y de locura, ella ha renegado de Cristo, su Dios, ella ha matado a su padre, el Rey cristiano.

Francia es castigada.

Desde ese día de crimen la nación no es solamente dividida, ella es mutilada, decapitada.

“Es en castigo del pecado que los impíos llegan al poder con permisión de Dios”

Así concluye Santo Tomás cuando examina los medios de remediar la tiranía (De regemine Principum, lib. 1, cap. IV):

“Hay que acabar de pecar para que cese la plaga de los tiranos”.

« Tollenda est igitur culpa ut cesset tyrannorum plaga. »

He aquí el principio del cual hace falta partir para encontrar un remedio a nuestros males.

Tollenda est culpa!

El pecado de la Francia moderna es doble.

Hay en ella un pecado de origen: la pretensión del pueblo a la soberanía, el desconocimiento de toda autoridad que no emane de él; es decir, la impenitencia en el pecado de revolución.

Dios que ama Francia le hace sentir el peso de su cólera.

“Regnare facit hominen hypocritam propter peccata populi » (Job, XXXIV, 30).

El judío y el masón, el hombre hipócrita, reinan sobre nosotros.

Hay que hacerle comprender al pueblo porqué y cómo él es castigado, si uno quiere que se convierta y que Dios le perdone.

Predicad, vosotros que habláis de Dios, predicad la grandeza del crimen y la justicia de la expiación. No dejéis al pueblo olvidar que él es culpable. Heredero de un bien mal adquirido, hace falta que lo sepa y lo dé: al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios.

Al César, es decir a aquel que gobierna sobre la tierra, el pueblo debe rendir el poder soberano en el orden temporal: la autoridad de hacer y de imponer la ley.

A Dios, el pueblo debe reconocerlo por su juez, y de profesar, como nación, el culto que Él mismo ha instituido.

Hay que predicar la obediencia a Dios, en principio, después a todos los que mandan en su nombre y siguen su ley.

Es necesario que los católicos aprendan a odiar la Revolución; hay que mostrársela en su verdadero rostro, con sus vergüenzas, sus infamias y sus crímenes.

Es necesario que los católicos aprendan a despreciar “la civilización moderna, el progreso y el liberalismo”, con los cuales la Iglesia, su madre, “no debe y no puede reconciliarse y transigir” (Cfr. Proposición 80 del Syllabus).

Es necesario, en fin, que ellos rompan con los errores y las ilusiones del siglo, de los cuales la mayor parte sufren inconscientemente la opresión.

Deben saber resistir de otra manera que con palabras; no solo protestando contra las leyes impías, sino violándolas.

Deben reivindicar las libertades de la Iglesia, no ubicándose sobre el terreno condenado del derecho común, sino en nombre de los derechos superiores de la verdad y de la Justicia, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, Rey de Reyes.

Es necesario que llamen al parlamentarismo una mentira, la libertad de cultos un delirio, el liberalismo una peste y la soberanía del pueblo una herejía.

El día donde el pueblo católico de Francia, agrupado alrededor de sus jefes, sabrá pensar, hablar y actuar de tal suerte, la revolución será acabada y la patria salvada.

Entonces, será fácil acordar la elección de un líder o una forma de gobierno. Aquellos que nos han llevado a la victoria por ese camino sabrán cómo cumplir con su deber hasta el final.

Dios colmará la Francia católica de sus dones, y vengador de sus enemigos, nos dará maestros según su corazón.

Sedem ducum superborum destruxit Deus, et sedere fecit mites pro eis. (Eccli., X, 17.)



CAPÍTULO III:

EL OBSTÁCULO

Varios de entre nuestros lectores encontrarán seguramente las líneas precedentes demasiado místicas y no verán nada menos práctico que una tal conclusión para un tal trabajo.

Usted que piensa así, usted es el obstáculo a la salvación.

El obstáculo a la salvación, son los católicos que sueñan únicamente con medios humanos, en un peligro donde sólo Dios puede salvarnos.

Ahora bien, los medios humanos, no son solamente impotentes para salvarnos, ellos acelerarán nuestra ruina. ¿Qué medios tenemos, humanamente, de salvar la religión y Francia?

Los que nos da la Constitución.

¿Y qué medio nos da la Constitución?

El sufragio universal, solamente.

Es decir, precisamente lo que ha perpetuado y enraizado en el corazón de Francia el pecado mortal de la revolución.

Es decir, la gracia del pueblo soberano, ¡gracia prometida al precio de qué humillaciones y qué bajezas! Gracia siempre revocable y sin cesar rescatada.

¿Cómo arrojaría usted el anatema sobre el dogma de la soberanía popular, si usted espera de ella la salvación?

¿Cómo proclamará usted los derechos imprescriptibles y divinos de la Iglesia, si el programa del partido que usted funda para defenderlos es un programa electoral, destinado a reunir la mayoría de los hombres de este tiempo?

¡Oh infernal astucia del espíritu de mentira que nos obliga a este desfile!

¡Pasad, oh católicos, bajo las horcas caudinas de los votos populares! ¡No hay otra salida! Entonces los fracasos se preparan; estudiamos para ganar la opinión pública, reducimos el equipaje inoportuno de principios a lo estrictamente necesario; uno es "liberal" amigo del "progreso", admirador apasionado de la "civilización moderna".

“Qué es el pueblo, dice San Juan Crisóstomo, cualquier cosa llena de tumulto y de turbación… ¿Es más miserable que aquel que le sirve? Que los mundanos pretendan eso es tolerable, aunque sea intolerable; pero que aquellos que dicen haber dejado el mundo sufran de un tal mal, eso es más intolerable aún” (In Joann., hom. 3, t. I, p. 8).

Y entre aquellos que han dejado el mundo, hay algunos que sufren de este mal del mundo y a quienes el mundo no los ha dejado; hay quienes pretenden conciliarlo todo, unirlo todo: la verdad con la mentira, la luz con las tinieblas, la soberanía del pueblo con los derechos de Dios.

Se celebra ya el triunfo de sus doctrinas; aun permaneciendo enemigos de la Iglesia, aquellos que la persiguen se hacen sus amigos; las almas perecen y reina la paz entre los lobos y los pastores.

No hay que despertar la ira de la gente, el maestro va a hablar, se acerca la hora de las elecciones; ¡silencio! Y haciéndonos muy humildes, muy pequeños, puede ser que tengamos la indulgencia que necesitamos, para hacernos perdonar el crimen de seguir existiendo.

Y mientras uno se calla, el error habla, las mil voces de la prensa vierten sobre las almas un torrente de barro y mentiras, y no escucha más que el ruido de este flujo, y se olvida de todo, incluso el idioma en que se habla la verdad; de modo que si una voz la proclama, y se escucha, su palabra desconocida produce un escándalo o se pierde en la noche.

He ahí el obstáculo a la salvación: el liberalismo católico.


¡GOLPEAD A LOS CATÓLICOS LIBERALES
Y MATARÉIS LA REVOLUCION!



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martes, 1 de octubre de 2019

El Estado liberal, jacobino y democrático - Jordán Bruno Genta



Nota de NCSJB: a modo de pequeño homenaje al mártir de Cristo y la Patria, Jordán Bruno Genta, en vísperas de otro aniversario de su nacimiento (1909-1974), compartimos un pequeño fragmento de su pensamiento que demuestra dónde está el mal absoluto que corroe las naciones. Y para los que exigen respuesta al “qué hacer”, vaya como primera recomendación el empezar sabiendo que NO hacer, comenzando por NO contemporizar con el mismo sistema generador de lo mismo que pretenden combatir. 



La negación del verdadero Señor del tiempo y de la eternidad, Jesucristo, se acusa históricamente en la exaltación de los falsos señores del dinero. El único dilema teológico es: Dios o las riquezas.

El pluralismo ideológico y  la coexistencia pacífica con  el  comunismo  marxista  que ha logrado un pleno conformismo ambiental en las democracias plutocráticas,  es  la  obra  de una propaganda abrumadora por todos los medios de comunicación, financiada  por el poder  internacional  del dinero.

 H. Belloc en su bien documentado libro sobre Los judíos, nos advierte acerca de “una cuasi alianza que se percibe en todo el mundo entre los banqueros judíos por una parte, y el comando judío de la Revolución Rusa por otra”.

El Padre Meinvielle en su estudio teológico sobre la cuestión judía, concluye en base a sólidos argumentos que “la apostasía universal de los pueblos gentiles y la dominación judaica de todos los pueblos serán un solo hecho histórico”.

 H. Coston en su libro Les financiers qui ménent le monde (Con dinero rueda el mundo, en la traducción castellana), nos demuestra que “hasta el siglo XVI [...] el poder político es el más fuerte. Sabe y es capaz de resistir a los señores feudales y a los banqueros [...] pero en el siglo XVIIII, la república francesa tiene un rey: Rothschild”.

 El documento más notable y menos cuestionable que se puede citar en orden a la idolatría de la riqueza en la Cristiandad contemporánea, nos lo ofrece el judío Carlos Marx, en una serie de artículos juveniles reunidos en un opúsculo titulado La cuestión judía:

 “El egoísmo es el principio de la sociedad burguesa. El dios del egoísmo es el dinero. El dinero humilla a todos los dioses del hombre y los convierte en una mercancía. Es el valor universal de todas las cosas. Ha despojado de su valor peculiar a todos los seres... El dios de  los  judíos  se ha secularizado.  La letra de cambio es el dios real del judío. El dinero convierte al hombre y a todos los seres en cosas enajenables, venales, entregadas a la servidumbre de la necesidad egoísta, del tráfico y de la usura.

El judío ateo, Carlos Marx, nos revela con agudeza implacable, el verdadero significado del Estado liberal jacobino, democrático, nacido de la Revolución Francesa. Es el Estado edificado por cristianos renegados, sobre el hombre egoísta erigido en el hombre real y verdadero, en el hombre natural. El hombre comienza y acaba en cada hombre. El hombre nace libre y bueno, pero la sociedad lo ha corrompido hasta ahora por medio de la religión, de la familia, de la patria. Hay que desarraigarlo de todo vínculo existencial con el pasado, lo histórico, lo tradicional, porque es un lastre de prejuicios y de servidumbres inadmisibles. Las nuevas estructuras sociales y políticas tienen que ser convencionales, contractuales y revocables a voluntad: familia, Patria, Estado. En principio, el derecho y la ley no tienen otra finalidad que garantizar los derechos del hombre egoísta. La seguridad es el valor supremo en la sociedad liberal; se sobreentiende que se trata exclusivamente de la seguridad material.

Se comprende que según este criterio del hombre egoísta, el poder político se haya subordinado al poder económico; el servicio haya sido relegado por el provecho; los intereses individuales o de grupos hayan prevalecido sobre el interés general. Esto nos explica el Estado liberal, neutro, indiferente, policía de seguridad para los triunfadores; la economía de lucro y la libre concurrencia sin límites; la propiedad como derecho absoluto e incondicionado; el  imperialismo  internacional  del  dinero y  la conciencia ideológica de clases antagónicas,  extremas e irreconciliables, más acá y más allá de las fronteras nacionales.

La política que no sirve al bien común, suprema ley de la sociedad después de Dios, se corrompe y se degrada.  Una  institución  es  buena si  sirve adecuadamente, eficazmente, al fin para que esta hecha; es mala si no sirve y, por el contrario, conspira contra dicho fin. El Estado liberal, jacobino y democrático edificado sobre el hombre egoísta y el sufragio universal, han permitido que la riqueza del poder soberano de la Nación haya sido reemplazada por el poder de la riqueza sin Dios y sin Patria. La plutocracia internacional  a la sombra de la llamada soberanía popular, mediatiza los poderes públicos y explota a las naciones. La concentración progresiva de las riquezas nacionales, en poderes financieros multinacionales a favor de los principios liberales, ha despojado y miserabilizado a la inmensa mayoría de las personas y de las naciones.


Jordán B. Genta: “El Nacionalismo Argentino” Ed. Cultura Argentina S.A. 1972. Págs. 10-13.


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