San Juan Bautista

San Juan Bautista

martes, 29 de octubre de 2013

Francisco y la abolición del SI SI, NO NO – Augusto TorchSon

  No deja de llamar la atención que no llamen la atención, que no preocupen, que no escandalicen, las nuevas propuestas de fe de Bergoglio, en la búsqueda no de una conversión del mundo, sino de una contemporización con este.

  En la homilía de hoy (29/10/2013) lo escuchamos decir: "La esperanza, ha dicho citando a San Pablo, no decepciona, es segura". Sin embargo, ha reconocido, "no es fácil entender la esperanza"… "Me viene la mente una pregunta: ¿dónde estamos anclados nosotros, cada uno de nosotros? ¿Estamos anclados allí, en la orilla de ese océano tan lejano o estamos anclados en una laguna artificial que hemos creado nosotros, con nuestras reglas, nuestros comportamientos, nuestros horarios, nuestros clericalismos, nuestros comportamientos eclesiásticos? no eclesiales ¿eh? ¿Estamos anclados allí? Todo cómodo, todo seguro”…  "Una cosa es vivir en la esperanza, porque en la esperanza estamos salvados y otra cosa es vivir como buenos cristianos, no más. Vivir en espera de la revelación o vivir bien los mandamientos, estar anclados en la orilla de allá o aparcados en la laguna artificial”.

 Entonces caben las preguntas de siempre ¿a quién se refiere? ¿a qué se refiere?, ¿ahora nos salva la esperanza y el vivir como buenos cristianos en los mandamientos es algo farisaico? ¿Jesús abolió el decálogo? ¿tenía Lutero razón y como mencionó el Papa Bergoglio lo único que importa es que Jesús te ha salvado y no aferrarse a pequeños preceptos de las estructuras caducas de la Iglesia que ya no dan respuesta? ¿es ahora el fideísmo lo que hay que seguir?

  Ante estos recurrentes interrogantes de quienes mínimamente tratan de ser intelectualmente honestos, nos pareció inmejorable el artículo publicado en la página de Don Augusto Padilla www.catapulta .com.ar, que reproducimos a continuación.

Augusto TorchSon

SOBRE INDEFINIDOS, AGUACHENTOS Y OTRAS MALAS YERBAS

  La palabra que define es propia de los hombres definidos. La claridad en la expresión, la claridad lograda y el correcto uso de los vocablos y los términos –evitando en lo posible la equivocidad– son signos que hablan de una voluntad fuerte, honesta, leal. De ahí que se haya dicho que la lógica es la ética de la inteligencia. Por eso es que, salvando la ignorancia, un razonamiento equivocado es un razonamiento inmoral. El logos y la ética van muy unidas en el hombre. La palabra que define es propia del hombre definido, con convicciones, que ama, pelea y combate.

  La palabra que no define y el discurso que deliberadamente elige los vocablos más elásticos y polisémicos, son, por el contrario, la palabra propia de los hombres sin definiciones. Incapaces del sí, incapaces del no. Paradójicamente, no hay nadie como ellos que conozca lo que valen las palabras; no hay nadie como ellos que perciba el compromiso que conlleva el pronunciarlas, el costo que implica el decirlas.

  Pero como su voluntad está en el mal, precisamente porque no quieren definir, porque quieren eludir el sacrificio y el esfuerzo que toda postura definida conlleva, estos hombres omiten culposamente el uso de la palabra concisa, clara y precisa, sustituyéndola por otra que sea lo suficientemente elástica para admitir diferentes interpretaciones. Así, el auditorio en un primer momento queda desconcertado; pero luego se inclina a interpretar el discurso en el sentido que le parezca verdadero.

  Pero el problema está en que ese sentido no es necesariamente el sentido en que el hombre ha querido decir las cosas. No obstante, al “definir” equívocamente –lo cual equivale a no definir–, este hombre ha cometido una injusticia: se ha refugiado en la equivocidad para dejar contentos a la mayor parte de la gente. Si es un profesor, un maestro, una autoridad o un sacerdote, su culpabilidad aumenta pues –teniendo el deber de enseñar, de juzgar la verdad y el error en las cosas, condenado el segundo y ensalzando el primero– ante la presencia de la falsedad, omite definir. Elude definir. Peca por omisión a su deber de ser LUZ.

  El hombre definido, por el contrario, dirá la verdad, oportuna e inoportunamente, sin menguarla ni hacerle descuentos, y sin pretender cuidar su propia fama de las opiniones del mundo. He ahí uno de los signos del testimonio verdadero.

(ENVÍO DEL LECTOR GILBERTO AQUINO)



Nacionalismo Católico San Juan Bautista

domingo, 27 de octubre de 2013

Cristo es Rey – Por el P. Alberto Ignacio Ezcurra.

    Cristo es Rey. Es una palabra que hoy, a veces, se prefiere no usar; suena demasiado fuerte, demasiado duro. Algunos prefieren decir “Maestro”, prefieren decir “Pastor”, prefieren presentar a Cristo como hermano, como amigo, a veces en un plano solamente horizontal, pero sin utilizar toda la fuerza que tiene esta palabra que nos está indicando la pura realidad. Parecería que se avergonzaran algunos de dar testimonio del Rey que está en los cielos. Parecería que nombrar a Cristo como Rey fuera muy duro para un tiempo en el cual a las palabras definidas se las trata de evitar.

  Entonces se prefiere no hablar de Cristo como Rey. Tal vez parezca poco democrático. Quisieran hablar de Cristo, como presidente. Y sin embargo Cristo es Rey. Y Cristo es Rey por diversos motivos, que ya hace muchos años señalaba en su enseñanza doctrinal dogmática el Papa Pío XI en la Encíclica Quas Primas, que dio el espíritu que animó a la primera y a la mejor fuerza de la Acción Católica.

  Cristo es Rey, en primer lugar por su excelencia. Llamamos rey, en cualquier orden del ser o del conocer, a aquello que es lo primero, a aquello que es lo mejor; entre un determinado ramo de artistas, se llama rey a aquel que ejecuta mejor ese arte; entre las flores se llama la reina a la rosa porque es la más hermosa en su belleza y en su perfume.

  El rey indica lo excelente, lo más noble, lo más grande. Y por eso, es Rey el Verbo de Dios cuando asume aquí en la tierra una naturaleza humana, cuando se hace hombre. Y entonces, esa naturaleza humana, esa alma y ese cuerpo asumidos por Cristo es lo más noble, es lo más perfecto, es lo principal de la Creación porque está unido indefectiblemente a la divinidad, al Verbo Creador, al Verbo en el cual, por su Palabra fueron dichas, fueron pronunciadas, fueron creadas todas las cosas.

  Cristo es Rey por su propia naturaleza divina, porque es el Verbo de Dios hecho hombre. Es aquello de los cual da testimonio delante de Poncio Pilato cuando él le pregunta: “Tú eres Rey?” “Sí, Yo soy Rey, mi reino no es de este mundo”. Lo cual no significa que Cristo no reine sobre este mundo, sino que su reino no tiene origen en este mundo; no es un reino humano. El poder que tiene Cristo es el poder que ha recibido del Padre; pero es un poder sobre todas las cosas, sobre todas las cosas del cielo y de la tierra.

  Cristo tiene ese poder también por derecho de conquista. Pensemos, una vez más, en aquella escena de la tentación en el desierto. El diablo que se muestra a Cristo. Y el diablo que lleva a Cristo sobre un alto monte y le muestra –dice el Evangelio- todos los reinos de la tierra, y le dice: “Todo esto es mío: si me adoras te lo daré”. Le mostró el poder y la gloria de esos reinos y lo tienta ofreciéndoselos.

  Donde el pecado está presente, es el demonio el que reina. Y en ese momento, en el mundo no redimido, todos los reinos, todas las ciudades, todas las naciones, las almas de los hombres están en el poder de Satanás. Cristo se niega a aceptar eso de manos del demonio y se lanza a conquistarlo.

  Y Cristo, ¿Cómo se lanza a conquistar esos reinos en poder del demonio? Cristo se lanza a conquistarlos con su muerte en la Cruz y con su Resurrección. Cristo reina desde la Cruz.

  El reinado de Cristo no es fácil. Cristo es Rey, en primer lugar, con una corona de espinas, para llevar después la corona de gloria en la Resurrección. Cristo carga sobre sus espaldas nuestros pecados. Cristo carga la cruz con nuestros pecados sobre sus espaldas. Cristo derrama en la Cruz hasta la última gota de su Sangre para lavar nuestra alma de la inmundicia del pecado, para arrancarnos del poder del demonio.

  Cristo se lanza a conquistar aquello que no quiere recibir de las manos del demonio. Y desde entonces toda la historia es como una lucha entre aquellos dos reinos. San Juan, la describe en el Evangelio como una lucha entre la Luz y las tinieblas. El Verbo es la Luz que alumbra a todo hombre, la Luz de la Verdad, la Luz del bien, la Luz de la justicia, la Luz de la bondad. “Y las tinieblas no lo recibieron”. Las tinieblas del error, de la mentira, del engaño, de la maldad, de la injusticia, del pecado. Y toda la historia de la humanidad aparece para San Juan como esa lucha entre la Luz y las tinieblas, entre el Reino de Cristo que es Luz y el reino de Satanás que son las tinieblas.

  Cuando Cristo muere, a las tres de la tarde, el Viernes Santo en el Calvario; a las tres de la tarde las tinieblas cubren la tierra y parece que ha triunfado el demonio y que Cristo ha sido derrotado. Pero ese triunfo del demonio es aparente. Y, en la madrugada del domingo, Cristo, como el sol que nace va a resucitar para disipar con su Luz de Cristo resucitado, las tinieblas que parecían que lo habían vencido y será la derrota de las tinieblas.

  Pero la lucha sigue y, en la historia de la humanidad, el reino de Cristo y el reino de Satanás se disputan los corazones de los hombres y las naciones y los pueblos. Hasta que al final el triunfo de la Luz será definitivo. Y, en aquella Jerusalén celestial que Cristo vendrá para instaurar en su venida gloriosa, no hará falta luz de lámpara que la alumbre, dice el Apocalipsis, porque “será alumbrada por la luz que sale del trono de Dios y del Cordero”. Y el mal definitivamente derrotado y aquellos que han seguido bajo la bandera y bajo el reino de Satanás, serán, con las palabras del Evangelio: “arrojados a las tinieblas exteriores”. Mientras que los otros verán a Dios en toda la luz y esplendor de su gloria.

  Ese será el reino definitivo de Cristo. Aquí en la tierra ese reino es como una semilla en la Iglesia, en las almas en gracia, en las almas de los santos, en aquellos que el Evangelio consigue iluminar e impregnar. Es como una semilla que tiene que crecer y Cristo nos llama, precisamente para continuar su obra, para conquistar las almas de los hombres, para conquistar las familias, para conquistar las naciones.

  Pero es como una semilla que va creciendo y ese crecimiento es doloroso y significa cruces y significa luchas. Y ese crecimiento alcanzará su lentitud solamente al final de los tiempos cuando Cristo vuelva por segunda vez. No ya en la humildad, en la oscuridad del pesebre, en la pobreza del pesebre, sino como Rey triunfante sobre las nubes del cielo, en la majestad de su gloria, para juzgar a los vivos y a los muertos, para separar definitivamente la luz de las tinieblas, para someter todas las cosas y someterlo todo al Padre, como dice San Pablo: “Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo es de Dios”. Ese será el triunfo definitivo de Cristo.

  Pero mientras tanto, Él nos llama para seguirlo y para conquistar un mundo. Y ese seguimiento, lo repito, supone lucha. Porque como en aquella parábola del rey que Cristo cuenta, también hay quienes y, son muchos, exclaman en rebeldía, siguiendo la rebeldía de aquél primer rebelde, del ángel rebelde: “No queremos que Éste reine sobre nosotros”. Y si miramos a nuestro alrededor, es cierto que las tinieblas aparecen más fuertes y más extendidas que la luz y que a veces podemos sufrir la tentación del desaliento.

  Cristo no reina en muchas almas y en muchos corazones. Cristo no reina donde reina el pecado. Cristo no reina en ese hombre que en estos días describíamos como el hombre invertido. No el hombre vertical que Dios creó sobre dos pies para mirar hacia el cielo; no el hombre que tiene por encima de todo la luz de la inteligencia elevada por la fe que le muestra el camino y la voluntad fortalecida por la caridad y que por lo tanto es capaz de dominar las pasiones para entusiasmarse por lo que es bueno y por lo que es verdadero; sino ese hombre invertido, destruido y masificado. Ese hombre que tiene por encima de todo las pasiones, los instintos, las concupiscencias desordenadas y la voluntad debilitada por el pecado para satisfacer los caprichos, la inteligencia enferma para justificar que “lo que a mi me gusta está bien”. Ese hombre herido, ese hombre cerrado a la gracia, ese hombre sin Dios; ese hombre que vive, en la práctica, como si Dios no existiese.

  Cristo no reina en esas almas, Cristo no reina en la familia que se destruye, en la familia que se disgrega. Cristo no reina en la familia que está fundada –no sobre la roca sólida que es la caridad de Cristo, el amor de Cristo que asume el amor humano y que lo eleva al plano sobrenatural- sobre la arena movediza de las pasiones y de los sentimientos del corazón humano; de ese corazón que es una veleta que cambia con todos los vientos; fundado sobre lo que es pasajero, sobre una concepción de la vida fácil y hedonista y egoísta. Cristo no reina en la familia que se destruye, donde las dialécticas enfrentan a los padres; donde sufre el bombardeo de la pornografía, el bombardeo del destape. Donde se pierde en la familia toda autoridad; donde se quiere poner en la familia con la potestad compartida, dos cabezas; donde se la ensucia a través de los medios de difusión y de propaganda; donde del sexo y del amor se hace un estercolero y una basura; donde se profana el cuerpo desnudo del hombre y el cuerpo desnudo de la mujer. Cristo no reina allí.

  Cristo no reina en las familias dónde se rechaza la vida, donde el hijo se lo mira como un inconveniente, como un problema, como algo que hay que evitar y eso motivado no por razones profundas, sino por un tremendo egoísmo. Cristo no reina donde se asesina la vida desde el comienzo por el aborto. Cristo no reina cuando la familia está enferma. Cristo no reina en la enseñanza sin Dios, en la escuela sin Dios, donde a los niños se les enseña un montón de cosas, se les atiborra la cabeza de materias sin sentido; pero no se les enseña lo único importante para la vida, aquello que es primero, lo principal de todo, aquello que decía el viejo catecismo: “La ciencia más acabada es que el hombre bien acabe, porque al fin de la jornada, aquel que se salva sabe, y el que no, no sabe nada”.

  Pero esa ciencia más acabada, esa ciencia principal, la luz que nos muestra el camino del cielo, está ausente de la escuela argentina. Se pueden divinizar instituciones o ideas humanas; se pueden canonizar traidores elevándolos a la categoría de santos, pero para Cristo no hay lugar en la escuela. Cristo no está presente en la universidad sin Dios, donde hoy vuelve a entronizarse el marxismo, esa religión invertida del odio y de la dialéctica, que ya tantas almas y tantas vidas destruyó partiendo desde la Universidad Argentina.

  Cristo no reina en la cultura pornográfica y blasfema, donde no se respetan las cosas más santas y sagradas; donde no solamente se ensucia la familia y el amor en la chabacanería más barata, sino que se llega a blasfemar de las cosas más santas, se llega hasta ensuciar a la misma Madre de Dios y Madre nuestra del Cielo, como está pasando y es de público debate, en estos días. Pero no es la primera vez que ocurre, que Cristo o que su Madre o que la Santa Iglesia es burlada en el teatro, es burlado en el cine. Y eso con el apoyo de las instituciones oficiales aquello que, solamente entre comillas, lo podemos llamar “cultura”.

  Cultura enferma de marxismo; cultura de cuarta categoría; cultura llena de pornografía; cultura destructiva; cultura de revistas inmundas que ensucian nuestros kioscos y que envenenan las almas de los jóvenes argentinos. Allí Cristo está ausente. Allí Cristo no reina.

  Cristo no reina en una economía invertida, donde el hombre está al servicio del lucro, de la ganancia, de la producción insensata; donde lo que reina es la mentira, la injusticia, la coima, el fraude, la falsificación. Cristo no reina en una sociedad sin Dios. Y esa es la tragedia profunda de la sociedad argentina.

  Nuestra Patria argentina nació cristiana; nació cristiana con aquellos hombres que vinieron de España trayendo juntas la espada de los conquistadores y la Cruz de los misioneros, que iban a ganar un continente para el rey en cuyos dominios no se ponía el sol, pero que iban a ganar también un continente para Cristo.

  Nuestra Patria nació cristiana con aquellos que le dieron la independencia, con aquellos que hicieron que nuestra bandera tuviera los colores del manto de la Virgen Inmaculada y que tuvieron a la Virgen como Señora de la Merced o como Señora del Carmen, como Patrona de los Ejércitos que nos dieron al libertad. Esos hombres como San Martín y Belgrano, que no se avergonzaban de llevar el Escapulario, de rezar el rosario enfrente a sus tropas. Esos fueron los que dieron origen a la Argentina.

  La Argentina nación cristiana y nació mariana; nació con la herencia del cristianismo, con la herencia cristiana y católica que recibimos de Europa con la empresa misionera de España. Pero después sí, después vinieron los doctorcitos porteños, los hombres de las logias y del puerto, de espaldas al país y de cara deslumbrada hacia las grandes naciones del mundo anglosajón masónico y protestante. Y esos quisieron hacer otra Argentina distinta, de espaldas a su historia, de espaldas a su tradición y de espaldas a su fe.

  Y esa es la tragedia argentina: que los argentinos nos hemos ido olvidando de Dios. ¿Y qué pasa cuando los hombres se olvidan de Dios? Si nos olvidamos de ese padre que tenemos en los cielos, dejamos de ser hermanos aquí en la tierra. Entonces nos enfrentamos por intereses de clases, por intereses de partidos, por intereses económicos, por intereses de sector, por intereses localistas. Y llegamos a odiarnos, llegamos a matarnos entre nosotros, porque cuando no somos hijos de un Padre común en el cielo, el hombre se transforma en lobo para el hombre. Cuando se niega la autoridad de Dios como la fuente de toda autoridad, la autoridad no sube desde abajo. Al negar la fuente de toda autoridad, entonces ya no hay más autoridad ni en el trabajo, ni en la familia, ni en la escuela, ni en la política, ni en ningún lado.

  Cuando los hombres se olvidan de Dios y de los mandamientos de Dios y quieren construir un paraíso en la tierra, de espaldas a Dios, lo que consiguen construir en la tierra es un infierno de odio, de engaño, de mentira y de miseria. Es posible, decía el Papa, construir un mundo sin Dios; pero sin Dios sólo es posible construirlo en contra del hombre, destruyendo al hombre.

  Y esa es la tragedia de nuestra Patria: que se ha olvidado de sus orígenes cristianos y la única solución que tiene la enfermedad profunda que afecta a la sociedad argentina, no está en los parlamentos, ni en los discursos de los políticos, ni en los programas económicos, ni en las plataformas partidarias, sino que está en la vuelta a Cristo, en la conversión del corazón, en que nos acordemos que esta Argentina es cristiana y mariana y empecemos a vivir como cristianos, no solamente en lo íntimo de nuestra conciencia, sino en la dimensión, en la proyección social de toda nuestra militancia en cualquier campo que sea. Como lo señala el Concilio Vaticano II, como una empresa y misión de laicos, sanear, purificar las estructuras inficionadas por el pecado e impregnar todos los ambientes del mundo con el espíritu del Evangelio.

  Cristo no reina en la sociedad ni en la política, donde lo que importa es subir un escalón más arriba aunque para eso haya que pisarle la cabeza al vecino; donde lo que importa es la facha, la apariencia y la imagen y, para eso, no se para en las promesas falsas, en el engaño, en las trampas, en la especulación.

  Cristo tiene que reinar, Cristo tiene que reinar. Cristo nos llama para conquistar un reino y nosotros le hemos dicho que sí. Él es rey por una realeza que le viene del por su propia naturaleza y con una realeza que Él se ganó con su sangre en la Cruz por derecho de conquista. Para esa empresa el Señor nos llama, para que Cristo comience por reinar en el alma de cada uno de nosotros, en nuestras inteligencias, por una fe firme, sin dudas, sin vacilaciones y capaz de iluminar nuestra vida como una antorcha, como una luz. Que reine en nuestros corazones por el amor y por la caridad verdadera, que es mucho más que el mero sentimentalismo horizontal.

  Que Cristo reine en una familia fundada verdaderamente en Él, en esa Roca sólida, en el amor de Cristo. Que la familia sea imagen de esa unión de Cristo con su Iglesia; unión definitiva, de una vez para siempre, sin divorcios, unión fiel, sin infidelidades, sin trampas, sin engaños; unión que tiene que ser sacrificada y fecunda, porque en la vida cristiana y en la familia cristiana, también está presente la Cruz.

  Que Cristo reine en la enseñanza, porque toda la acumulación de verdades parciales no sirve para nada sin la referencia a la única verdad. Que Cristo reine en la Patria. En una Patria donde lo económico esté sujeto a lo social y lo social a lo político y lo político esté sujeto a lo moral y todo eso esté abierto por arriba hacia Dios. Esa es nuestra empresa. Esa es la empresa para la cual, con esta evangelización de la cultura, tenemos que comenzar a iluminar las mentes de los hombres.

  Nuestro catolicismo no puede ser, como lamentablemente lo es hoy en tantas partes, un catolicismo de sentimientos baratos, de slogans fáciles, un catolicismo devaluado, un catolicismo falsificado como vino con mucho agua; un catolicismo que pone entre paréntesis algunas verdades que resultan más difíciles para la inteligencia y algunos mandamientos que resultan dolorosos para cumplir en la vida. No puede ser nuestro catolicismo sólo un sentimiento barato. Tiene que ser un catolicismo firme, esclarecido, militante; tiene que ser un catolicismo fuerte; tiene que ser un catolicismo de combate y de conquista.

  El espíritu misionero de la Iglesia, es el espíritu de conquista del Reino de Cristo. Y solamente si la entendemos así y no como un horizontalismo humanista que se queda en el plano meramente humano y que pierde la dimensión vertical, solamente así, podemos hablar de la civilización del amor.

  Si pensamos que Cristo nos dice que, en el amor, en el verdadero amor de caridad, se resumen todos los mandamientos. Entonces sí, la civilización del amor es una civilización donde la Ley de Dios y el Espíritu del Evangelio está impregnando la vida de los individuos y las relaciones entre los hombres. Y entonces, hablar de civilización del amor es lo mismo que hablar de reinado de Cristo o de proyección social del reinado de Cristo, más allá de lo que se quedaría en un mero sentimentalismo superficial. Cristo nos llama para esa empresa de conquista.

  Decíamos recién cuáles son las palabras con que la define el Concilio Vaticano II: “Sanear las estructuras inficionadas por el pecado e impregnar los ambientes sociales con el espíritu del Evangelio”. Y por eso siguen siendo válidas aquellas palabras y aquel llamado del Papa Pío XII, donde nos decía que es todo un mundo el que hay que rehacer desde los cimientos, que hay que transformar de salvaje en humano y de humano en divino. Es decir, conforme al corazón de Dios.

  Esa es la empresa y es difícil. Vamos a ponerla en manos de nuestro Rey y vamos a ponerla sobre todo, en las manos de la Reina, de María Santísima. Ella es Reina. Es Reina porque es la Madre del Rey. Pero no solamente por eso; sería un título honorífico solamente; es Reina porque junto a Cristo es conquistadora. Es Reina porque Ella es la primera victoria de Cristo.

  Cuando el demonio le dijo a Cristo, mostrándole todos los reinos de la tierra: “Todo esto es mío” –el demonio no mentía- pero se equivocaba. Cristo pudo haberle contestado: “Todo es tuyo, sí, pero mi Madre, no”. María Inmaculada estuvo protegida por el poder de Dios, desde el instante mismo de su concepción. Jamás en Ella tuvo parte el demonio; por eso María es la primera derrota del demonio y es la primera victoria de Cristo Rey. Por eso María aparece aplastando la cabeza de la primer serpiente. Esa es la función y es la misión de María en la empresa de conquista para el reinado de Cristo.
Que hoy, como siempre, nos ayude Ella para aplastar la cabeza de la serpiente y para que Cristo reine, para que la sangre de Cristo purifique las almas de los hombres, la familia argentina, la Patria Argentina.

Padre Alberto Ignacio Ezcurra.

Padre Alberto Ignacio Ezcurra “Tú Reinarás”. San Rafael, Kyrios, 1994, pp. 151-164.


Visto en: http://cruzamante-hispanidad.blogspot.com.ar/


Christus Vincit, Christus Regnat, Christus Imperat

¡Viva Cristo Rey!


PERSECUCIÓN VATICANA A CATÓLICOS

  Nota de NCSJB: El siguiente artículo señala el acoso sufrido por el P. Nicholas Gruner en la Plaza de San Pedro durante la supuesta consagración al mundo hecha por Francisco el 13 de Octubre pasado. Decimos supuesta porque nunca se hizo como se puede observar en el texto completo (aquí), a pesar del anuncio Vaticano de que así lo haría.

  De haber hecho la consagración al mundo tan anunciada por el Vaticano, de cualquier manera hubiera sido una desobediencia al pedido expreso de la Virgen en Fátima que solicitó específicamente la consagración de Rusia a su Corazón Inmaculado junto con todos los Obispos.

  El Padre Nicholas Gruner desde su ordenación en 1976 se dedicó a difundir el mensaje de Fátima por lo que fue terriblemente perseguido.

  Es director de Fátima Crussader, y junto con su íntimo amigo el Padre Paul Kramer son tal vez los más grandes difusores vivos del mensaje de Fátima, resaltando la importancia de cumplir lo expresamente pedido con respecto a Rusia por el cielo, para evitar guerras, persecuciones a la Iglesia y la aniquilación de muchas naciones, según las amorosas advertencias marianas.

Augusto TorchSon


¿Cuándo empezará el Régimen Bergoglio a arrestarnos?  por David Werling

   Hoy en día, Catholic Family News informa que un episodio relatado por el Padre Nicholas Gruner .
   Mariana Bartold relata la historia en resumen:

  Hombres de seguridad del Vaticano escogieron Fr. Nicholas Gruner (Fatima Center) entre la multitud de miles de personas en la Plaza de San Pedro en el fin de semana del 13 de octubre 2013 --- y sin identificarse, le pidieron que se fuera. El Padre, que había estado sentado en una sección privilegiada cerca del Papa Francisco, con calma les preguntó por qué.

  En respuesta, un tercer hombre (que resultó ser el director de los servicios de seguridad del Estado Vaticano, el señor Dominico Giani), le preguntó al Padre si fue suspendido. El Padre dijo que no. El señor Giani luego preguntó: "¿No estás suspendido" a divinis '? " - Y el padre volvió a explicar que no fue suspendido, hizo una referencia a la ley canónica, y agregó: "Nunca he recibido un documento oficial diciendo que estaba suspendido."

  Dominico Giani pareció dudar, teniendo en cuenta las palabras del Padre, y luego dijo: "Yo no soy un abogado canónico, mi trabajo es la seguridad .... voy a dejar que se vayas de nuevo a hacer sus oraciones, pero, cuando sea el final de la ceremonia, no se acerque al Papa ".

  Fr. Gruner contestó que no tenía intención de hacerlo, y agregó: "¿Yo no soy una persona peligrosa, no tengo armas, me pueden revisar".

  El Sr. Gianni respondió: "Si creyera que es peligroso, lo haría sacar".

  Si bien no hay duda de que los católicos del Vaticano II no tienen ningún amor particular por gente como el  P. Gruner, es el epítome del ridículo suponer que alguien como Fr. Gruner constituye de alguna manera un peligro físico para el Santo Padre. Esto es estúpido, increíblemente estúpido.

  Sin embargo, no pongo esta increíble estupidez en el Sr. Dominico Giani de la Guardia. Estoy seguro de que Giani antes de ese día no tenía ni idea, personalmente, sobre quién era el P. Nicholas Gruner. Es bastante obvio que, sin duda, algún otro miembro del aparato estatal del Vaticano, reconoció Fr. Gruner, y luego le señaló a la seguridad, haciendo la acusación de que él era un sacerdote suspendido y una posible amenaza física para el Papa. Giani hizo, como corresponde, simplemente el seguimiento de esta información.

  Esto indica de forma clara,  la actitud reinante y la agenda del régimen Bergoglio: los tradicionalistas son personas no gratas. Los que rodean al Papa (y con las indicaciones del mismo Papa Francisco) ven a los  tradicionalistas como peligrosos para su agenda. Si bien esto es probablemente muy cierto en un nivel intelectual, los liberales suelen demonizar la oposición intelectual, y transforman esto en amenazas físicas. Esto es pura fantasía, por supuesto, pero sirve para desestimar los argumentos tradicionalistas en contra de su liberalismo, y a desestimar a los católicos tradicionalistas en general. Hemos sido llamados "pelagianos" por este Papa -absolutamente ridículo en todos los niveles. Este Papa ha dicho que los tradicionalistas son "triunfalistas que no creen en la Resurrección" de nuestro Santísimo Señor -absolutamente ridículo en su completa ignorancia, sin mencionar su gran insensibilidad. El Papa Francisco nos ha acusado de ser "rigoristas" y "legalistas" y sin indicar una sola prueba o incluso un ejemplo para apoyar su afirmación. Hay aquí, un esfuerzo sistemático para demonizar a los católicos tradicionalistas, sin importar lo escandalosamente extraña que sea la acusación.

  ¿Está ahora el Vaticano considerando a los tradicionalistas como terroristas? Parece que estamos viendo ante nuestros ojos el comienzo de una muy atemorizante persecución, o al menos la aparición de una actitud encaminada en tal sentido, que se está originando, no desde el mundo, sino desde dentro del aparato de la actual dirección de la Iglesia. Lo que plantea la pregunta: ¿cuándo van a empezar a arrestarnos?


 Traducción: Augusto TorchSon

Videos con las declaraciones del Padres Gruner en Inglés en: http://www.cfnews.org/page88/files/477a274fa3719f96ef3924ab8fa6bc3a-152.html


También recomendamos leer sobre el Padre Gruner y la suspensión "a divinis" en el siguiente enlace: http://old.fatima.org/span/sfather2.html

Agradecemos al lector que nos acercó el artículo


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

viernes, 25 de octubre de 2013

LA FE O EL CAOS – Por Flavio Infante

  De lo que se trata ya, según parece -y admitidas las mitologías contra la Revelación, para no ofender el pluralismo- es de proponer un recorrido inverso al que Hesíodo describe en su Teogonía, y hacer que todas las cosas vuelvan al caos. Ya que la posibilidad de un redditus ad nihilo escapa a la industria e ingenio de los hombres, no será poco restituir todo cuanto se pueda ad chao, cumpliendo así la acariciada ofensa contra la omnipotencia y el designio creador y ordenador de Dios.

  Tal objetivo se consuma a instancias de sucesivos golpes maestros, fiándose de que los hechos consumados son más que hechos para la impresionable percepción de nuestros contemporáneos, adscriptos (al menos desde el evolucionismo, o mejor aun desde Hegel) a todas las fábulas fatalistas, de amplia difusión. Los hechos consumados son otras tantas epifanías, son signos de una voluntad tan caprichosa e indoblegable como la de los olímpicos; los hechos consumados no admiten réplica: en su sola evidencia estriba la razón última de su credibilidad, ya que se debe "ver para creer", y el nuestro es mundo de fenómenos.

  Y ahí están los hechos, para quien quiera comprobarlos: una Iglesia de contornos cada vez más difusos, nada que ver con el hortus conclusus, fons signatus del Cantar de los Cantares, ni con la Jerusalem descendida del cielo, con doce puertas y doce fundamentos y la medida bien notoria de su muralla. ¿Que se trata de un símbolo numérico de la totalidad? Totalidad, sí, pero no "identidad de los opuestos"; riqueza insondable del ser, que no caos. Y con los nombres de los doce apóstoles del Cordero en cada fundamento (nota bene: la integridad de la fe transmitida por los Doce, sin mermas ni adiciones. Y esto es también una totalidad).

  El hecho ya incontrovertible es la Iglesia confundida con el mundo, en una progresiva asimilación que lleva ya varias décadas y que parece alcanzar su clímax en nuestros días. Por citar sólo un ejemplo entre millares: que se haga ingresar al santuario mariano de Aparecida, en Brasil, a una imagen de bulto representativa de la diosa griega Dikê, y esto durante la mismísima Novena a la Patrona y con la condescendencia alegre del arzobispo, el obispo auxiliar y el rector, es -y perdónese la repetición- una abominación y escándalo de bulto (ver aquí). Que sobre ninguno de estos desertores caiga la condigna sanción canónica tampoco ha de sorprender mucho en esta hora, habituadas las dos o tres últimas generaciones de católicos a convivir con novedades y traiciones. Sistemáticamente mancilladas tantas diócesis y seminarios de todo el mundo, faltaba acaso un último bastión que abatir, después de que el post-concilio lo picara de viruelas: el Trono de la unidad y la doctrina. Hoc opus, hic labor.

  Según consta en otras palabras en la carta abierta al Papa que cobró difusión por estos días, el entonces cardenal Bergoglio supo lucirse en sucesivos congresos hemisféricos de "teología" periférica, en esas latitudes en las que el rigor especulativo resulta no menos excepcional que el avistaje de la aurora boreal o de la mítica ciudad de los Césares. El ámbito más promisorio, al cabo, para la expansión de un modernismo de cuño tropical: una emulación tardía y pintoresca, entre mosquitos y vistosas cacatúas, de las tesis agnóstico-naturalistas condenadas antaño por los pontífices y brotadas en aquel entonces en la enjuta tierra europea.

  ¿Cuál es el -digamos- "común denominador" de este magma pseudo-teológico que suscita simposios continentales, comprometiendo antes a la industria editorial, a la hotelería y la sponsorización que a la inteligencia de la fe, y que acabó por ser -si debemos dar crédito a los testimonios como el apuntado más arriba- el trampolín de Bergoglio hacia el solio petrino devenido, por la renuncia de su predecesor, locus desertus? Posiblemente deba responderse: la «teología del anuncio», del kerygma, acuciada ésta por colmo por la agresiva campaña proselitista de las sectas protestantes en la América ex-hispana. El caso es que el acento puesto sobre el «anuncio» con prescindencia de todo auxilio racional, de la necesaria concordia entre fe y razón, de los motivos de credibilidad que la Iglesia siempre sostuvo como obligados «preámbulos de la fe», no ha servido sino a desnaturalizar la misma fe, promoviendo un emotivismo que nada tiene de católico y mucho sí de caótico. Fideísmo de pura estampa protestante, reacio a las intermediaciones que la Iglesia siempre supuso obligadas en la relación del alma con Dios (y, entre ellas, la identidad histórico-cultural). Las consecuencias de este viraje suicida son ya crudamente transparentes en la locuela del Obispo de Roma, que -y sin aparente mella del kerygma-,  luego de confirmar a judíos, musulmanes y animistas en sus respectivas creencias, pasa a fustigar elíptica pero furiosamente a los católicos que aún guardan la fe de sus ancestros. Lo exponen Gnocchi y Palmaro, felizmente vueltos a la carga con nuevo artículo, revisando algunos de los epítetos que Francisco les prodigó recientemente a quienes parecen ser ya sus únicos enemigos:

  No pasa homilía, no pasa entrevista, no pasa baño de multitud en el cual el papa no encoja los hombros ante una fe que se objetiva en la rigurosa relación con la razón. Nomina nuda tenemus: parece éste el mensaje de Francisco, el mismo del franciscano Guillermo de Occam [...] La fe no busca más un intelecto al que considera inhábil para conocer verazmente, productor de objetivaciones que corren el riesgo de volverse un obstáculo en el encuentro con Cristo.

  La instrumentalización del Nazareno para otros fines, se sabe, es un problema antiguo. El cardenal Giacomo Biffi denunció tiempo atrás que «Jesús se ha convertido en un pretexto que los cristianos usan para hablar de otra cosa». Hace decenios que esta «otra cosa» está representada por ecologismo, promoción de la legalidad, ecumenismo mediático, lucha contra las narco-mafias, protección de la selva amazónica y otras amenidades. Todo a despecho de la doctrina moral, de la bioética, del rigor litúrgico y doctrinal. Con el riesgo de encontrarse en presencia de un Cristo sin doctrina y sin verdad, un personaje bueno para todas las estaciones, un contenedor para ser rellenado con cuanto desee cualquier consumidor de la religión «hágala usted mismo».

  De lo que se deduce cuán sorprendente e irracional resulta, en tanto que extraño a la historia de la Iglesia, que aquel que hoy eleva preguntas y objeciones doctrinales sea tachado de rígido, moralista, eticista, sin bondad. Una acusación que, bien vistas las cosas, podría ser transferida a papas del pasado reciente. Paulo VI,  en 1968, escribe la encíclica Humanae vitae para confirmar la condena moral de la anticoncepción: un rígido eticista sin bondad. Juan Pablo II redactó en 1995 una suma de la bioética en la Evangelium vitae: pero haciendo así demuestra insistir en tesis duras y difíciles, que alejan a los hombres de la Iglesia en lugar de acercarlos. Benedicto XVI explica al Bundestag, en un memorable discurso, que cuando las leyes civiles contradicen la ley natural no son más leyes sino sólo simulacros a los que se les debe desobediencia: un intolerante que cierra la puerta de la Iglesia en el rostro del Estado laico y se va con la llave en el bolsillo.

  Pero el artificio dialéctico que transforma a cuantos quieren defender la doctrina católica en fariseos despiadados, faltos de un corazón que palpita por el Cristo herido y crucificado, es débil. Jesús no invita a los fariseos a irse porque profesan una fe equivocada, sino a ser los primeros en observar la ley. Mientras que aquí parece más apropiado decir que el objetivo final, aparte del juicio temerario sobre la intimidad de la conciencia, resulte el principio mismo, reputado como obstáculo en el diálogo con el mundo. 

  Llevado hacia el perímetro de la iglesia, todo esto produce un catolicismo sin doctrina, emotivo, empático, pneumático [...] Una religión que, en la incapacidad de dar respuestas, impone con prepotencia dudas y preguntas y alumbra un catolicismo que "sabe que no sabe", de gusto prearistotélico. Acá dentro se encuentran las coordenadas del encuentro con el mundo moderno, del que salen pelotones de católicos que no creen en el Credo porque no lo conocen, pero acuden presurosos a la plaza San Pedro o a Copacabana.

  De ahí que resulten despreciados los usos y observancias de la Iglesia como norma de fe, y que esta última acabe por ser redefinida como un subjetivo «encuentro» con el Redentor, por el que toda institución dimanada de la apostolicidad de la Iglesia quedaría librada a la obsolescencia. No otra cosa hicieron hace cien años los modernistas con el concepto de «Revelación», trocándolo en ridícula "experiencia personal" de la Divinidad. Es, por enésima vez, la desconfianza -de raíz protestante- hacia toda manifestación objetiva del culto.

  La misma confusión que induce a la oposición inexistente entre fe y razón, entre recta doctrina y misericordia, es la que introduce un hiato insalvable entre la oración vocal, prescrita, que aun los más empinados maestros de la mística aconsejaban no abandonar, y la «oración» a secas, en seguimiento de la cual habría que desechar la primera. ¡Y después se nos corre con la monserga de un cristianismo inclusivo!

  Una fe hipodoctrinal, resuelta en un simple encuentro, acaba por ver en el aspecto formal de la Iglesia un obstáculo a la propia manifestación. Y sería difícil demostrar que el papa Bergoglio, desde la tarde misma de su elección, no haya evidenciado con las palabras y los hechos su aversión a la forma y a la formalidad. De acá desciende la distinción entre el "decir oraciones" y el "rezar", que es mucho más que un calembour porque pone en discusión la armonía entre lex orandi y lex credendi.
 
    Pero es necesaria la disciplina, es necesaria la ascesis que el actual pontífice se saltea a pie ligero, dirigiéndose demasiado pronto a la mística. «Aquel que deja de rezar con regularidad», escribe el cardenal Newman en un sermón sobre la oración de 1829, «pierde el medio principal para recordar que la vida espiritual es obediencia al Legislador, no un simple sentimiento o gusto».

  Suena impiadoso el juicio de quien desprecia el "decir oraciones" sin imaginar que, en el fondo de estas fórmulas de las que nadie puede cambiar una tilde, está quien ve las llagas de Cristo y alcanza quizás a tocarlas y besarlas. En aquellas palabras consideradas piedra de tropiezo de una fe verdadera se encuentra encerrada, en cambio, una sabiduría que abre al sentido más profundo de los instantes terribles que toda creatura tendrá que vivir en el umbral del último respiro. Son ritmos celestes que encantan al alma y la arrancan al mundo, y la nutren con aquel anticipo de vida sobrenatural que es la ceremonia.




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miércoles, 23 de octubre de 2013

LA DEMOCRACIA ES UNA RELIGIÓN SUBVERTIDA – Por Antonio Caponnetto

  “Del que al negar a la autoridad todo origen divino, se abre la puerta a toda corrupción… Armada la multitud con la creencia de su propia y única soberanía, se precipita fácilmente a promover turbulencias y sediciones; y quitados los frenos del deber y de la conciencia, solo queda la fuerza, que raras veces puede contener los apetitos de las muchedumbres, formadas siempre de los menos cultos y los menos aptos.” (SS. León XIII, “Libertas Praestantissimum”)

  “Entonces, ni sufragio universal ni calificado son modelos para un católico coherente. Sí en cambio, vale la admiración e imitación del espíritu y de las formas concretas de aquella sociedad cristiana, en la que la organización corporativa y foral permitía —llegado el caso y dadas ciertas condiciones— designar a los gobernantes mediante el criterio del primus inter pares, que devenía después en primus inter primus. Algunos tratadistas han caracterizado a este modo de elegir autoridades, sufragio directo por distribución territorial y representación corporativa. Mutatis mutandi, todavía hoy la Iglesia nos da el ejemplo de la validez de este criterio cuando tiene que designar un nuevo Papa. No se convoca a las masas a la elección. No se presentan listas de candidatos emergentes de otros tantos órganos partidocráticos. Ni cualquiera elige ni cualquiera puede ser electo. La Iglesia sabe —como lo ha dicho Pío XII en “La organización política mundial”— que “cuando la creatura es reducida a simple elector, la vida de las naciones se halla disgregada por el culto ciego al valor numérico”. Y no puede dejar de recordar que el primer sufragio universal de la historia (¿o fue calificado?), los electores eligieron a Barrabás y crucificaron a Jesucristo.”

DR. ANTONIO CAPONNETTO (Extracto de “La Perversión Democrática")



Nacionalismo Católico San Juan Bautista

martes, 22 de octubre de 2013

SOCIEDAD Y RELIGIÓN - Por Mons. Thiamér Tóth

LA RELIGIÓN Y EL RESPETO A LA AUTORIDAD
  La religión pregona que «todo poder viene de Dios», y de esta suerte pone los cimientos del respeto a la autoridad, el cual es postulado importantísimo de una vida social ordenada.

  Cuando en el alma del pueblo vive el respeto de Dios, entonces es santo el juramento hecho delante del juez; entonces obliga el juramento hecho sobre la bandera. Encierra una verdad muy profunda la inscripción que se lee en el edificio de nuestra Curia: «Justitia est regnorum fundamentum»; «la justicia es el fundamento de los reinos»; pero el fundamento de la justicia es la religión. Sin respeto a la autoridad es ingobernable la sociedad humana. Mas ¿cómo podrá exigir respeto aquel Estado que es el primero en negar el respeto que debe a Dios?

  Lo primero que hacen siempre los revolucionarios es socavar el principio de la autoridad y desacreditar a los representantes de la misma. Y, no obstante, el mismo comunismo no es capaz de trabajar sin autoridad; aún más, se ve constreñido a exagerar el principio de la autoridad, transformándolo en la caricatura de una disciplina terrorista.

LA RELIGIÓN Y LA MORAL
  No es menor la importancia del papel que la religión desempeña en orden a ennoblecer la vida moral.

  La que menos puede prescindir de las fuerzas morales que ofrece la religión es precisamente nuestra época, en que —no lo negamos— hay ejemplos de noble esfuerzo moral, pero en la que ha subido espantosamente el termómetro de la maldad, de la rudeza, del fraude y de otras epidemias morales, y ha crecido el número de los divorcios, de los menores delincuentes, de los suicidios, y en la que partiendo de la literatura, del escenario y de la pantalla, emprenden su camino espectros sombríos de corrupción moral.

  Frente a los dictados de la moral autónoma, incapaces de imponer la autoridad, y distintos según los diversos autores, no hay más que la religión, que puede aducir leyes morales eternas que están muy por encima de todo capricho humano y que, por lo mismo, no se conmueven ni siquiera en la tempestad de los instintos; y la religión no vacila ante la acusación de ser anticuada y antimoderna, porque sabe muy bien que los frutos de la vida moral no se alimentan del aire, sino que brotan y se nutren del árbol de la comunión con Dios.

  Donde se cierran las iglesias forzosamente se han de abrir cárceles, y en número mayor al de las iglesias clausuradas, y hay que transformar en mangos de azotes los fragmentos que se puedan recoger de los báculos episcopales que el furor laicista convirtió en menudos trozos. El único sostén firme de la moral es la fe, porque únicamente el alma llena de convicciones religiosas puede pronunciar el «no!, ¡no!, ¡nunca!» victorioso, sin contemporizaciones, de la integridad moral.

  El Estado tiene imperiosa necesidad de la moralidad pública, y, por otra parte, esta moralidad pública no puede ser creada únicamente por el Estado; éste, a lo más, puede ampararla con sus leyes. Solamente se puede atribuir la verdadera moralidad a la religión, que se apodera del alma de los hombres, que penetra su vida privada y que hasta ejerce control sobre los pensamientos más secretos del hombre.

  Veracidad, cumplimiento del deber, concepto puro de la moral, honradez, amor al trabajo, son factores sin los cuales no se puede sostener la vida de las naciones, pero ellos de ninguna manera pueden ser creados por el Estado.

  El titánico empuje de la técnica moderna fácilmente sofoca los deseos eternos del alma inmortal. Por todas partes se oye el traqueteo de las máquinas, el chirriar de las grúas, el ronquido de las hélices, la bocina de los autos, y en este caos apenas si queda tiempo al hombre para pensar en su alma.

  Suenan con acentos de liberación las palabras amonestadoras de la religión cristiana: «Buscad primero —no: únicamente, sino: primero— el Reino de Dios.» No hagáis andar el mundo de coronilla. Primero es el domingo, el día del Señor; después ha de seguir el día del trabajo, el día laborable. Antes la oración para que «venga a nosotros tu reino», y después su continuación: «danos hoy nuestro pan de cada día».

  Aunque trabajéis en talleres oscuros ha de brillar ante vosotros la luz eterna; aunque trabajéis encorvados en fábricas estrechas, habéis de mirar el horizonte amplio de la misión ultraterrena; los brillantes focos que iluminan la fábrica no ha de eclipsar para vosotros el débil parpadeo de la lámpara que arde ante el Sagrario, y las nubes de humo que arrojan las chimeneas de las fábricas no han de ocultaros las estrellas del cielo.

  Ved ahí cuán sublime misión tiene la religión cristiana: infundir vida nueva en las almas que están en trance de perecer de hambre en medio de una lucha económica incesante.

  La religión santifica el trabajo cultural. El ritmo con que corre la cultura humana produce de un modo natural defectos no pequeños, sombras oscuras, que presentan sus problemas atormentadores aun a los pensadores más insignes, empezando por los antiguos indios, hasta Rousseáu y Tolstói. La cultura excesivamente pulida y refinada, ¿vale realmente más que la sencillez del estado primitivo?

  Únicamente la enseñanza sobria y austera de la religión es decir, del cristianismo, puede brindarnos un remedio contra las desventajas y degeneraciones de la cultura. Sin ello el predominio rudo del «yo» y de los goces sensuales pueden ahogar con facilidad la cultura, a la cual únicamente la religión puede poner un capítulo final que dé sentido a todo y sea digno de nuestra vida humana.

  La religión no extiende el dominio de la moral únicamente a la vida familiar, al arte y a la ciencia, sino también a la vida económica, y detiene no solamente al artista, al sabio, sino también al propietario de la fábrica y al comerciante en el punto en que las barreras de la ley moral se yerguen para moderar la marcha libre en demasía.

  Es la religión la que da vigor a las leyes supremas de la justicia y de la honradez en la vida económica, cuando la Naturaleza, egoísta, disimularía con cierta facilidad, aun tratándose de algunos éxitos logrados por medios sospechosos.

  Hoy ni siquiera barruntamos cuánto perdería la sociedad con la  decadencia de la vida religiosa. La influencia de la religión sólo se  manifiesta después de muchos años, y, por ventura, siglos, de penetración lenta y constante en la sociedad, y también se pierde muy despacio. Y aunque la religión parece que ha perdido en la actualidad su influencia antigua, la sociedad, no obstante, sigue viviendo —inconscientemente, claro está— de ella y de lo con ella relacionado, así como al atardecer continúa la luz durante cierto tiempo aun después de ponerse el sol.

  Muchas veces oímos la queja legítima de que la disparidad de condición y el descontento, a pesar de tantas disposiciones legales y medidas de defensa, no van camino de mitigarse. En estos trances no hemos de olvidar que sin la tranquilidad interior del hombre, sin una adhesión resuelta a Dios, sin la paz que ésta comunica, son, en último término, infructuosas todas las medidas exteriores de la sociedad. Mientras no se atienda al anhelo interior del alma, los salarios más altos no podrán dar satisfacción.

  Hoy día, el alma de las masas se ve sacudida por una duda formidable, y siente el vacío con todo su horror; se ha perdido la fe en Dios y en el cielo, y los sueños nebulosos del porvenir no son capaces de dar la más pequeña compensación para no sentir el vacío que han dejado en el alma los perdidos ideales. Consideraciones meramente jurídicas y sociales nunca podrán suprimir el egoísmo natural del hombre; la dura corteza no se ablandará sino en el fuego de la religiosidad y del amor a Dios.

  La convicción religiosa es la que modela armónicamente la vida del individuo, que, a su vez, viene a ser el primer postulado del bien público. Lo que más falta nos hace en la época actual es un pensamiento elevado, un pensamiento-guía, que esté por encima de nuestros pequeños asuntos cotidianos y que sirva de ideal orientador a los que luchan en medio de las dificultades de esta existencia material. No se nos tache de rancios si en este punto flota ante nuestros ojos, como ideal, el pensamiento-guía de la Edad Media.

  El medievo tuvo también sus defectos, pero por lo menos hubo en él un pensamiento-guía que todo lo dominaba y lo llenaba todo. La Edad Media tenía una fe viva.

  La realidad de una vida que rebasa los límites de esta tierra llenaba de luz resplandeciente el alma del hombre medieval.

  Puesto que su mirada atravesaba con una peculiar clarividencia, el velo de la vida terrenal, y penetraba en el mundo del más allá, a cada paso sentía el hálito de aquella vida tan distinta.

  No afirmamos que el hombre medieval haya sido mejor que el moderno, pero, en todo caso, era más rico, más profundo y, por tanto, feliz. Era más ingenuo y más alegre. También él se cubría de polvo, pero no se dejaba ahogar por el polvo. Entonces daban con gusto los hombres, porque recibían con facilidad. El egoísmo, como contagio de masas, era desconocido. Este espíritu común que latía en cada uno, esta fe robusta, levantaba catedrales, guiaba el pincel de los artistas y el cincel de los escultores.

  Las iglesias medievales nos revelan una paz espiritual, una tranquilidad, una alegría, completamente desconocidas para nosotros.

  En las amables estatuas de mármol de los santos nos sonríe propiamente la alegría de los antiguos fieles; el simbolismo de los dragones y monstruos encadenados expresa la tranquilidad del espíritu religioso que ha triunfado sobre el mal, y aun hoy nos obliga a sonreír el humorismo ingenuo que goza viendo al diablo forzado a vomitar por su boca de piedra, desde las alturas del templo, las aguas de lluvia, o forzado también a sostener una ingente pilastra —de mal grado y rechinando los dientes—, rindiendo de esta manera su homenaje al Señor.

  Este calor unificador de la fe religiosa que todo lo penetra y que todo lo satura; esta superioridad victoriosa brilla por su ausencia en nuestra época. Con aquella fe desapareció también la apacible concepción del mundo que tenían los antiguos.

  Con razón dice un célebre historiador de la cultura, BURCKHARDT: «Entonces vivir significaba existir de veras; pero la vida que hoy llevamos se sintetiza en... el negocio.»

  La religión ofrece un objetivo a la vida humana; la ciencia no es capaz de dárselo. La ciencia es un tesoro magnífico, y ¡ay de aquel que la desprecia! Sin embargo, a las cuestiones abrumadoras: «de dónde», «adónde» y «¿por qué», que la vida nos propone a todos, la ciencia es hoy tan incapaz como hace milenios de dar respuestas satisfactorias.

  Nos aclara los fenómenos, explica contradicciones, corrige errores, establece relaciones de causalidad; pero únicamente la religión nos habla respecto de este punto para nosotros trascendentalísimo: de dónde parte y hacia dónde se dirige la curva que indica el curso del mundo y la curva de nuestra propia vida.

  La civilización meramente material no es capaz de dar satisfacción al anhelo del alma. La familia, la sociedad, la filosofía, el arte, la literatura, todos, desean un contenido espiritual, y únicamente la religión está en condición de realizar esta espiritualización de la vida.

  Nunca fue de más actualidad que hoy hablar de la importancia social de la religión; hoy, cuando nos encontramos junto a las ruinas humeantes de una civilización ya casi del todo derrumbada.

  La ciencia y el arte, la sociedad y la familia, en su largo proceso de infidelidad, que duró decenios y siglos, se fueron divorciando de aquellos sublimes ideales que iluminaron la vida de los antepasados.

  Si el carro pierde la clavija del eje, pronto o tarde perderá la rueda. La Humanidad ha perdido su alma y empieza a sentir la falta que ella le hace.

  Confesamos con humildad que el humo se nos subió a la cabeza y nos hemos fiado en demasía de nuestras fuerzas. Hemos creído que teniendo máquinas, fábricas, ferrocarriles, minas, industria, técnica, ya lo teníamos todo; que ya podíamos cortar aquel hilo que partiendo de la tierra se dirige hacia el cielo... Y lo cortamos... Y nos ocurrió lo que a la araña insensata de la parábola de Jörgensen.

  ¿Qué le ocurrió a esa araña insensata?

  Ahí va el resumen de mi conferencia. Con ello cierro mis palabras... Destruyó su orgulloso trabajo porque no comprendió la utilidad del hilo que se dirigía hacia las alturas.

MONS. TIHAMÉR TÓTH – “El Triunfo de Cristo”


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domingo, 20 de octubre de 2013

La Santa Inquisición – Por P. Ángel O. Peña


  Los libros de historia propiciados por los enciclopedistas del siglo XVIII exageran la leyenda negra de la Inquisición. Los cuadros pintados por Jean Paul Laurens no muestran de la Inquisición más que calabozos tenebrosos y víctimas jadeantes, postradas a los pies de monjes sádicos. Incluso en pleno año 2001, una revista presentaba el libro negro de la Inquisición, acompañado con el subtítulo: Caza de brujas y cátaros. Retrato de un fanático: Torquemada. Las torturas y la confesión. De las  ilustraciones del documento, siete representan una hoguera y una escena de tortura.

  Pero los hombres de la primitiva Inquisición medieval del siglo
XIII, vivieron la Inquisición como una liberación. La historiadora
Regine Pernoud dice que la Inquisición fue la reacción de defensa de la sociedad ante las herejías en tiempos en que la fe era tan importante como en nuestros días lo es la salud física.

  Evidentemente, con la mentalidad del siglo XXI es difícil entender la Inquisición. Pero, en aquellos tiempos, lo que no se toleraba era la herejía o apostasía de la fe católica. Y en cuanto a la Inquisición española, fundada en 1478, dice Henry Kamen, inglés no católico: En una época en que el uso de la tortura era general en los tribunales criminales europeos, la Inquisición española siguió una política de benignidad y circunspección. La tortura era empleada sólo como último recurso y aplicada en muy pocos casos. Las confesiones obtenidas por la tortura jamás eran aceptadas como válidas, porque evidentemente habían sido obtenidas por coacción. Por lo tanto, era esencial que el acusado ratificara su confesión al día siguiente de haber sido torturado... Los archivos de la Inquisición son exhaustivos y completos al describir el curso de las sesiones de tortura. Cada palabra, cada gesto era anotado por el secretario presente. Como reportajes, estos relatos carecen de paralelo en su época... Comparándola con la crueldad deliberada y la mutilación practicadas en los tribunales seculares ordinarios, se ve con una luz mucho más favorable de lo que sus detractores se han molestado en admitir. Si se agrega a esto las relativas buenas condiciones de sus prisiones, queda claro que el tribunal, en su conjunto, no tenía interés por la crueldad y que intentó en todo momento temperar la justicia con un trato misericordioso.

  Por eso, como dice el historiador peruano Fernando Ayllón: El número de condenados a muerte por el tribunal de la Inquisición no fue tan exagerado como decían sus detractores... En todo caso, el número de condenados fue mucho menor que en los demás países europeos en que las guerras religiosas y las quemas de brujas multiplicaron por decenas, cuando no por miles de veces, esta cifra. La leyenda negra contra el tribunal, conforme lo sostienen la mayoría de los investigadores hoy en día, resulta por demás insostenible.

  En los Estados en donde el protestantismo había calado profundamente, no existía en verdad la Inquisición; pero, en su defecto, existía algo peor: el capricho y la voluntad omnímoda de los reyes y príncipes o de los jefes confesionales, como sucedía en los cantones suizos... El mundo protestante fue mucho más cruel e implacable en la persecución de quienes profesaban doctrinas diferentes de las profesadas por ellos. En suma, las llamadas crueldades de la Inquisición no eran ni pecado de la Inquisición ni culpa de España, sino naturales consecuencias del criterio dominante en asuntos procesales y penales. Por ello, podemos terminar este epígrafe, diciendo que la Inquisición fue en todo mejor que la fama que dejó de sí.

  Y en cuanto a la quema de brujas, el gran especialista en este tema Gustav Henningsen, no católico, afirma: La exagerada suposición de que la Inquisición, en el siglo XV y XVI, hubiera quemado a 30.000 brujas, hace tiempo que ha dejado de tenerse en consideración por la ciencia. Y dice más: Las cifras de la quema de brujas por la Inquisición, por inesperadas, resultan asombrosas. Para Portugal es 4, para España 59 y para Italia 36.

  Con respecto a la Inquisición española, según muchos expertos, el número de muertos en toda su historia sería entre 1.500 y 2000. Por ello podemos preguntarnos: ¿Habría habido menos muertos sin la Inquisición? Y en los países en que no hubo Inquisición como Inglaterra y Alemania, ¿cuántos muertos hubo por las guerras religiosas? Creemos que el balance es más positivo que negativo. Henningsen dice: La Inquisición fue la salvación de miles de personas acusadas (de brujería), de un crimen imposible. Y Roth Cecil afirma: Por este servicio a la humanidad y a la verdad (de librar de la muerte a acusados de brujería, pues hubo 20.000 juicios) la Inquisición española merece la gratitud de todos los hombres civilizados.

  ¿Qué les podemos decir a aquellos que, como el autor del Código da Vinci, dicen que la Inquisición mató cinco millones de brujas? ¿Que son mentirosos, ignorantes, perversos?

Padre Ángel O. Peña - ¿Europa sin Cristo? Pags. 42 a 45.


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