21/09/2026
Observaciones sobre la Nota “Un camino de esperanza” de los Dicasterios
para la Doctrina de la Fe, para la Unidad de los Cristianos y para el Diálogo
Interreligioso.
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Et non est in alio aliquo salus. Nec enim aliud nomen est sub caelo datum
hominibus, quo oporteat nos salvos fieri. [Y en ningún
otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los
hombres, en el cual que debamos ser salvos]
Hechos 4, 12.
Habere non potest Deum patrem qui
Ecclesiam non habet matrem [No puede tener a Dios por Padre
quien no tiene a la Iglesia por Madre] San Cipriano, La unidad de la Iglesia católica,
6.
La Nota Un camino de esperanza, escrita por el
sexagésimo aniversario de Nostra Aetate,
lleva la firma de los cardenales Fernández, Koch y Koovakad. León XIV la aprobó
y ordenó su publicación. Está fechada el 16 de septiembre, memoria de los
santos Cornelio y Cipriano.
No sé si los
redactores advirtieron la ironía: San Cipriano es el Padre que dio a la Iglesia
la fórmula salus extra Ecclesiam non est
[Fuera de la Iglesia no hay salvación]. Enseñó que no puede tener a Dios como
Padre quien no tiene a la Iglesia como Madre. Bajo su protección se publica un
documento que, a lo largo de sesenta párrafos, se cuida de no repetir esa
verdad; de hecho, de muchas maneras la contradice y la niega. Y se trata del
Dicasterio que fue el Santo Oficio. El organismo instituido para salvaguardar
la Fe Católica firma ahora su liquidación.
Añado que la
Nota se hace pública cuatro días después de la fiesta del Santísimo Nombre de
María. El Beato Inocencio XI la extendió a la Iglesia universal en
agradecimiento por la liberación de Viena en 1683 que estaba en manos de los
otomanos. Fue precisamente en esos días que la Santa Sede nos explica que el
verdadero peligro para el cristianismo se llama islamofobia.
Examinemos
entonces el documento, no por lo que dice querer ser, sino por lo que «enseña».
I. Una ruptura confesada
La Nota se
presenta como testimonio de una «continuidad enriquecida». Pero basta con
leerla para darse cuenta de que ella misma desmiente esta afirmación, y más de
una vez.
Ya al principio
(n. 1) afirma que Nostra Aetate ha
significado un cambio profundo en la forma en que la Iglesia comprende su relación
con las demás religiones. En la conclusión (n. 57) se complace en el hecho de
que esa Declaración conciliar ha transformado radicalmente el rostro de las
relaciones interreligiosas. La Iglesia, se lee, ha pasado de una actitud a
menudo reservada o distante a un valiente camino de diálogo sincero, de
encuentro respetuoso y de cooperación fraterna. En el n. 51 llega a decir que
el diálogo transforma a las personas, las comunidades y a veces incluso a las
estructuras eclesiales.
Ahora bien, la
Iglesia no puede «comprender de otra manera» su propia relación con el error,
porque esa relación está fijada por la Revelación divina. El Concilio Vaticano
I lo enseñó con palabras que no admiten actualización. El significado de los
dogmas sagrados una vez declarados por la Iglesia debe mantenerse para siempre:
nec umquam ab eo sensu, altioris
intelligentiæ specie et nomine, recedendum; jamás nos debemos apartar de
ese significado [de los dogmas] bajo el pretexto o la apariencia de una mejor
comprensión (Dei Filius, cap. 4). Y
en el Juramento Antimodernista de San Pío X todo clérigo, hasta 1967, juró: prorsus rejicio hæreticum commentum
evolutionis dogmatum, ab uno in alium sensum transeuntium diversum ab eo, quem
prius habebat Ecclesia; rechazo absolutamente la ficción herética de la
evolución de los dogmas, que pasarían de un significado a otro diferente al que
la Iglesia profesaba antes.
Un documento
que celebra la «transformación radical» de una enseñanza no describe un
desarrollo homogéneo. Describe una mutación. Y los que de esos dicasterios
adulteran la Fe, que León consiente y auspicia, traicionan y abusan de la
autoridad que poseen.
II. Indiferentismo en los clérigos
El corazón
doctrinal de la Nota es una tesis que la Iglesia siempre ha condenado: las
falsas religiones serían, en cierta medida, vías de acceso a Dios.
Se repite (n.
1) que la Iglesia no rechaza nada de lo que es verdadero y santo en las otras
religiones. Hace propia (n. 33) la catequesis de León del 29 de octubre de
2025, para la cual en toda búsqueda religiosa sincera se debería discernir un
reflejo del único Misterio divino que abarca toda la creación. Se afirma (n.
59) que el Espíritu Santo actúa en el interior de las distintas religiones de
los pueblos y enciende en ellas la llama de la sabiduría. Y finalmente (n. 51)
se define el diálogo interreligioso como «un ámbito teológico, donde el
Espíritu Santo quiere hacerse sentir».
Jamás algún
católico ha negado que hay fragmentos de verdad natural esparcidos en los
errores de los paganos. El mismo diablo, para engañar, mezcla lo verdadero con
lo falso. Pero una cosa es reconocer un fragmento de verdad dentro de un
sistema erróneo y otra muy distinta es atribuirle a ese sistema, como tal, un
valor de salvación, una presencia del Espíritu Santo, una función de «ámbito
teológico». Este segundo paso es precisamente lo que el Magisterio eterno ha
condenado.
El Beato Pío
IX, en el Syllabus, condenó las
siguientes proposiciones:
– Homines in cujusvis religionis cultu viam
æternæ salutis reperire æternamque salutem assequi possunt. Los hombres
pueden encontrar el camino hacia la salvación eterna y alcanzarla en el culto
de cualquier religión (prop. 16).
–Saltem bene sperandum est de æterna illorum
omnium salute, qui in vera Christi Ecclesia nequaquam versantur. Al menos
se debe tener buena esperanza en la salvación eterna de todos los que no
participan en absoluto en la verdadera Iglesia de Cristo (prop. 17).
Pío XI, en Mortalium Animos (1928), describió con
precisión profética los congresos interreligiosos futuros. Condenó el principio
de los mismos: la falsa opinión de quienes consideran todas las religiones más
menos bonas ac laudabiles, más o
menos buenas y dignas de alabanza. Y advirtió que quienes adhieren a esta
opinión se alejan totalmente de la Religión revelada por Dios.
San Pío X, en Pascendi, desenmascaró la raíz teológica
de este error: el inmanentismo modernista. Si la religión nace de la
experiencia de lo divino en el sentimiento del hombre, toda religión, incluso
la de los paganos, debería ser considerada como verdadera. La Nota no hace más
que aplicar este principio cuando habla de «búsqueda religiosa sincera» y de
«diálogo de la experiencia religiosa» (n. 39).
El Espíritu
Santo es Spiritus veritatis (Jn 16,
13), y no puede habitar allí donde se niega la Divinidad del Hijo que lo ha
enviado. El salmista no conocía los matices del diálogo: Quoniam omnes dii gentium dæmonia, porque los dioses de los paganos
son demonios (Sal 95, 5). Tampoco los conocía el Apóstol: quæ immolant gentes, dæmoniis immolant, et non Deo, lo que los
paganos sacrifican, lo sacrifican a los demonios y no a Dios (1Cor 10, 20).
III. La Antigua Alianza y la
Sinagoga
La parte más
grave del documento se refiere al judaísmo. Quiero ser claro desde ahora,
porque la mala fe de los neo-modernistas está dispuesta a tergiversar. El odio
a los judíos es un pecado, y la Iglesia siempre lo ha condenado; la caridad
hacia ellos es un deber. Pero la mayor caridad que se puede usar para ellos es
la que la Iglesia ha practicado siempre: orar por su conversión a Nuestro Señor
Jesucristo, su Mesías. Es precisamente esta caridad la que la Nota suprime.
1. El origen naturalista del
cristianismo
En el n. 10, la
Nota expone una reconstrucción que ningún Padre de la Iglesia reconocería
jamás. El cristianismo primitivo habría surgido a partir del “movimiento
iniciado por Jesús”. Los primeros cristianos habrían adoptado principios del
judaísmo de la época, adaptándolos a la nueva situación postpascual. El
judaísmo rabínico y el cristianismo aparecerían así como dos ramas paralelas de
la misma raíz.
Esta es la
historia de las religiones del racionalismo del siglo XIX, no la fe católica.
La Iglesia de Cristo no es una «adaptación» del judaísmo, sino que es el verdadero
Israel, Israel Dei (Gal 6, 16), en la cual se cumplen las promesas. El judaísmo
rabínico, que surgió luego de la destrucción del Templo, no es un hermano
gemelo de la Iglesia: es la continuación de esa parte de Israel que no
reconoció el tiempo de Su visita (Lc 19, 44).
Que un
documento del antiguo Santo Oficio recurra a la autoridad del teólogo
calvinista Karl Barth (n. 5), para ilustrar la Encarnación como «el Verbo [que]
se hizo carne judía», dice todo sobre su inspiración…
2. La alianza “irrevocable” y la
religiosidad actual de los judíos
En el n. 13, la
Nota afirma que la alianza con el pueblo judío es irrevocable y tiene un
significado teológico. Añade que la religiosidad de los judíos de hoy, no sólo
la vinculada al Primer Testamento, sería relevante para los cristianos. Llega a
presentarla como efecto de la Palabra revelada, un valor actual y dinámico
capaz de enriquecernos. La Nota se cuida de negar las «dos caminos de
salvación». Pero es una negación de fachada, porque inmediatamente después
atribuye un valor salvífico y teológico precisamente a lo que acaba de decir de
no considerar un camino paralelo. Todo el Magisterio perenne de la Iglesia se
opone a esta doctrina.
El apóstol
Pablo enseña: Diciendo autem novum,
veteravit prius. Quod autem antiquatur et senescit, prope interitum est; al
decir “nueva alianza”, Dios ha declarado que la primera es antigua; y lo que se
vuelve antiguo y envejece está a punto de desaparecer (Hbr 8, 13).
El Concilio de
Florencia, en la bula Cantate Domino
(1442), define que las prescripciones legales del Antiguo Testamento cesaron
con la venida de Cristo. Después de la promulgación del Evangelio, no pueden
observarse sin perder la salvación eterna. Y el mismo Concilio proclama que
ninguno de los que existen fuera de la Iglesia católica —no sólo los paganos,
sino tampoco los judíos o los herejes y los cismáticos— puede llegar a ser
partícipe en la vida eterna. Firmiter
credit, profitetur et prædicat, nullos extra catholicam Ecclesiam existentes,
non solum paganos, sed nec Judæos aut hæreticos atque schismaticos, æternæ vitæ
fieri posse participes.
Santo Tomás (S.
Th. I-II, q. 103, a. 4) enseña, junto con los Padres, que las ceremonias de la
Ley Antigua, después de la Pasión, han muerto y luego de la difusión del
Evangelio son mortales.
Pío XII, en Mystici Corporis (1943), enseña que con
la muerte del Redentor la Ley Antigua es abrogada y el Nuevo Testamento ha
tomado el control.
La Iglesia
Católica, durante diecinueve siglos, ha rezado el Viernes Santo[1]
para que Dios quite el velo de los corazones del pueblo judío, según las
palabras de San Pablo: velamen positum
est super cor eorum. Cum autem conversus fuerit ad Dominum, auferetur velamen;
hasta hoy, cuando se lee a Moisés, se extiende un velo sobre sus corazones;
pero cuando uno se convierte al Señor, el velo es retirado (2 Cor 3, 15-16). La
Nota no considera ese velo un impedimento que hay que quitar, sino una riqueza
de la cual aprender.
3. Una cita amputada
Además, hay un
detalle que revela el método. En el nº 14 la Nota invoca el decreto del Santo
Oficio del 25 de marzo de 1928 (AAS 20 [1928], 103-104) como precedente para su
lucha contra el antisemitismo. Ese decreto, en efecto, condena el odio contra
el pueblo que Dios elegió una vez. Pero la Nota silencia su objetivo principal.
El decreto suprimió la asociación Amici
Israël, cuyos miembros solicitaban, entre otras cosas, modificar la
liturgia del Viernes Santo. El Santo Oficio consideró que sus ideas eran
contrarias al sentir de la Iglesia, a la doctrina de los Padres y a la sagrada
Liturgia.
En consecuencia,
los funcionarios de los dicasterios romanos citan en su apoyo un documento que
condenó exactamente lo que hoy ellos promuevan. No es un descuido: es la marca
de una operación engañosa que se alimenta de citas amputadas y de omisiones
calculadas.
4. El judaísmo rabínico no es la
religión del Antiguo Testamento
Aquí está el
equívoco sobre el que descansa todo el edificio de la Nota -y de Nostra Aetate- que habla del judaísmo
como si fuese la religión de Abraham, de Moisés y de los Profetas, que ha
llegado intacta a nosotros por otro camino. Pero no es así, y el Magisterio lo
ha sabido siempre. La religión instituida por Dios en el Sinaí fue
completamente ordenada al Templo, al sacerdocio levítico y al sacrificio
ritual: cuando se rasgó el velo del Templo y el Sacrificio de la Cruz completó
y abolió las figuras, esa economía terminó; y la destrucción del Templo en el
año 70, que ningún judío observante ha podido reparar, fue la sanción visible de
ello. Lo que surgió después -el judaísmo rabínico y talmúdico, codificado en la
Mišnah y en el Talmud entre los siglos II y VI y en sus escuelas posteriores- no
es la continuación de la religión mosaica: es una construcción post cristiana,
elaborada en gran parte en oposición a la Iglesia y al reconocimiento de Jesús
como el Mesías venido en carne. No es la rama antigua: es una rama nueva,
nacida después del Calvario y contra el Calvario, nacida del Sanedrín que
condenó a Nuestro Señor Jesucristo.
Por tanto, la
fórmula de los «hermanos mayores» (n. 20) y la de los «padres en la fe» (n. 12)
no son expresiones desafortunadas: son errores teológicos. ¡Lejos de ser
hermanos mayores! Nuestros padres en la fe son los Patriarcas y los Profetas,
que esperaron a Cristo y a quienes Cristo liberó, al haber descendido a los
infiernos. María Santísima, los Apóstoles, los primeros mártires fueron judíos,
y la Ecclesia ex circumcisione es
nuestra madre.
Pero el
rabinismo posterior no es nuestro padre en nada: nació después de nosotros y en
polémica contra nosotros. San Pablo, que también amaba a sus hermanos según la
carne hasta el punto de querer ser anatema él mismo y separado de Cristo en
favor suyo (Rom 9, 3), enseña que las ramas naturales han sido cortadas a causa
de la incredulidad, y que Dios tiene el poder para injertarlas de nuevo si no
persisten en la incredulidad (Rom 11, 20 y 23). Toda la esperanza del Apóstol
descansa en ese “si”: y la Nota, que cita abundantemente la Carta a Romanos,
nunca menciona ese “si”.
Añado una
palabra que quiero que se entienda exactamente por lo que dice. El criterio
dado por el apóstol San Juan no se refiere a un pueblo, ni a una sangre, ni a
una nación: se refiere a una doctrina: Quis
est mendax, nisi is qui negat quoniam Jesús est Christus? Hic est antichristus,
qui negat Patrem et Filium. ¿Quién es el mentiroso si no es el que niega
que Jesús es el Cristo? El anticristo es el que niega al Padre y al Hijo (1Jn
2, 22). Todo aquel que niega a Cristo entra en esa frase: griego o romano,
europeo o americano, laico o clérigo, y hoy ante todo un clérigo…
Pero una
religión que se ha constituido históricamente en torno a la negación de la mesianidad
de Nuestro Señor Jesucristo no es una fe hermana con algunas lagunas: es, en
principio, la antítesis del cristianismo. Decir esto no es desprecio hacia
nadie: es la razón misma por la que la Iglesia Católica ha rezado por la
conversión de Israel cada Viernes Santo de su historia. Quienes nos han
arrebatado esa oración no nos han hecho más caritativos: nos han hecho
indiferentes a la salvación eterna de hombres a quienes decimos amar.
5. Un catolicismo judaizante
Lo que la Nota
pretende lograr tiene un nombre antiguo, y se encuentra en la Carta a los
Gálatas: ¿quomodo gentes cogis judaizare?
¿Por qué obligáis a los gentiles a judaizarse? (Gal 2, 14). San Pablo luchó
toda su vida contra quienes querían mantener una economía paralela junto a la
Cruz, y usó palabras que ningún Dicasterio se atrevería a reimprimir hoy: si circumcidamini, Christus vobis nihil
proderit; si os hacéis circuncidar, Cristo no os beneficiará de nada (Gal
5, 2). El judaizante no niega a Cristo: le pone a un lado. No dice que la Cruz
es inútil: dice que no es spes unica.
Y es, precisamente, la estructura del nº 13, donde se niega de palabra la
doctrina de los dos caminos de salvación, pero se reafirma en esencia, al
atribuir a la antigua alianza un significado teológico actual y a la
«religiosidad judía» actual un valor que nos enriquecería.
Este judaísmo cristianizado
no es una invención conciliar: durante casi dos siglos el mundo protestante
anglosajón ha cultivado la misma teología de las dos alianzas -el dispensacionalismo
de Darby y Scofield-, con las consecuencias políticas ahora visibles en todas
las naciones occidentales, en las que los exponentes del «cristianismo
sionista» someten a las naciones a la mafia asquenazí. La iglesia sinodal no ha
hecho más que importar su sustancia, vistiéndola con un léxico «católico»: el
catolicismo judaizante actual es el equivalente sinodal del sionismo
protestante. Dos caminos diferentes en origen, idénticos en efecto, ya que
ambos hacen que la Cruz sea parcialmente superflua y reducen a la Iglesia
Católica a uno de los caminos.
6. El noaquismo, o la religión
universal de los gentiles
Si se niega que
los judíos deben convertirse a Cristo, entonces hay que preguntarse qué es lo
que se ofrece a los gentiles. La tradición rabínica tiene sobre esta cuestión
una respuesta antigua y coherente: los siete preceptos noáquicos (Sanedrín 56a), un código moral mínimo
reservado para los no judíos, que excluye cualquier pretensión sobrenatural
para ellos. Una religión universal sin la Trinidad, sin la Encarnación, sin la
Cruz, sin el Sacerdocio, sin la Iglesia, sin la Gracia y sin los Sacramentos.
Esto no es una curiosidad erudita: en 1991 el Congreso de Estados Unidos, con
la Ley Pública 102-14, reconoció solemnemente las «Siete Leyes Noáquicas» como
fundamento de la civilización.
Comparemos
ahora ese proyecto con lo que propone la Nota. En el n. 58 se llama a las
religiones a transformar el mundo para que se convierta en una expresión
fraterna de la voluntad de Dios, y en el n. 53 hay prisa por descartar la
posibilidad de fundar una religión mundial. Pero el resultado es el mismo: un
monoteísmo genérico, una moral común, una fraternidad sin el Hijo de Dios. No
necesito atribuir intenciones a nadie, y me cuido de hacerlo: basta con
observar que la Iglesia sinodal predica a los gentiles más o menos lo que la
Sinagoga ha reservado siempre para ellos, y que en ninguno de los dos esquemas
queda lugar para Nuestro Señor Jesucristo. Es esto, y no la fraternidad
evangélica, lo que se esconde detrás de la expresión «hermanos mayores».
IV. El Islam y la memoria de Lepanto
En el n. 43, la
Nota retoma de Nostra Aetate la
afirmación de que los musulmanes adoran al único Dios. Y se regocija de la
creciente conciencia crítica sobre la islamofobia.
¿Pero a qué
Dios adora el que niega expresamente a la Santísima Trinidad, la Divinidad de
Nuestro Señor Jesucristo, su muerte en la cruz y su Resurrección? El apóstol
San Juan responde sin ambigüedades: Omnis
qui negat Filium, nec Patrem habet; quien niega al Hijo no tiene al Padre
(1Jn 2, 23). Y también: Omnis qui
recedit, et non permanet in doctrina Christi, Deum non habet; quien se
retira y no permanece en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios (2Jn 9). Un
monoteísmo que rechaza al Hijo no es una forma imperfecta de la verdadera fe:
es su negación, y además consciente, porque el Corán conoce a Cristo y lo
rechaza como Dios.
Luego está la
dimensión práctica, que la Nota aborda con una prudencia reveladora. En el nº
45 retoma Evangelii Gaudium para
pedir a los cristianos que reciban con afecto a los inmigrantes musulmanes,
mientras implora a los países islámicos a conceder libertad de culto a los
cristianos. Obsérvese la asimetría de los verbos: por un lado, un deber, por
otro una súplica. La reciprocidad se ha invocado durante sesenta años y nunca ha
llegado, y nadie se atreve a sacar la conclusión obvia de ello.
Mientras tanto,
continúa la inmigración masiva, promovida por poderes políticos y financieros
que conocen muy bien sus efectos, y bendecida por una jerarquía que ha
encontrado su última razón social (y una fuente conveniente de beneficio que
compensa las desastrosas pérdidas de donaciones y ofrendas de sus fieles). Las
consecuencias están a la vista para cualquiera que no se le haya pagado para no
verlas: periferias europeas enteras de facto apartadas de la ley y costumbre
cristianas; iglesias vendidas, cerradas o transformadas mientras las mezquitas
se multiplican; una sustitución étnica y religiosa planificada que ya no puede
negarse y que se prefiere llamar enriquecimiento.
En el n. 47, la
Nota admite la persecución de cristianos por parte de grupos extremistas, pero
sin nombrar el lugar, la causa y el remedio: la única respuesta identificada
sigue siendo el diálogo. Un diálogo que se dirige a otro lugar, casi molesto
por la sangre de los mártires católicos en Nigeria, masacrados a diario por
aquellos a quienes Roma les da la mano sonriendo.
La caridad
hacia el individuo extranjero es un deber, y nadie lo discute aquí. Pero la
caridad tiene un orden -el ordo caritatis
que Santo Tomás expone en la Summa
(II-II, q. 26, a. 6-8)- y la caridad hacia el extranjero no obliga a un pueblo
cristiano a entregar a sus hijos una tierra descristianizada. Los pontífices
que organizaron la Santa Liga amaban tanto a los turcos que querían su
conversión, y amaban a su pueblo lo suficiente como para no entregarlos. Hoy
hemos dejado de hacer ambas cosas, y este doble abandono cobarde es
hipócritamente llamado bienvenida.
La Nota evoca
muchas veces a San Francisco de Asís como patrono de la «fraternidad universal»
(n. 30). En los últimos días la Iglesia ha celebrado la Impresión de sus
Estigmas Sagrados. Pues bien, cuando el Poverello
fue a Damieta a ver al sultán al-Malik
al-Kamil en 1219, no fue allí para «construir una sociedad fraterna capaz
de aceptar las diferencias». Fue allí para predicarle a Nuestro Señor y
convertirlo. En su primera Regla, dispuso que los frailes que fueran entre los
sarracenos proclamaran la Palabra de Dios, para que pudieran creer y ser
bautizados. Esta es la fraternidad franciscana: la caridad que quiere la
salvación eterna del hermano, no que sea confirmado en el error.
San Pío V no
combatió la islamofobia: reunió a la Santa Liga, confió la flota al Rosario,
venció en Lepanto e instituyó la fiesta de Santa María de la Victoria. El Beato
Inocencio XI, luego de Viena, consagró el 12 de septiembre al Nombre de María.
Según los criterios de esta Nota, ambos deberán ser contados entre los «modelos
monolíticos» que el n. 54 declara fuente de violencia y sufrimiento.
V. Libertad religiosa y religión del
hombre
La Nota vincula
expresamente Nostra Ætate con Dignitatis Humanæ (n. 2). Presenta la
libertad religiosa como condición para toda relación respetuosa entre las
religiones y la pone como fundamento de una «ciudadanía universal».
También aquí el
Magisterio anterior es unánime:
–Gregorio XVI,
en Mirari vos (1832), llama a la
libertad de conciencia una sentencia absurda y errónea, o más bien un delirio,
que surge de la fuente envenenada del indiferentismo: Ex hoc putidissimo indifferentismi fonte absurda illa fluit ac erronea
sententia, seu potius deliramentum, asserendam esse ac vindicandam cuilibet
libertatem conscientiæ; de esta fuente tan sucia del indiferentismo surge
esa absurda y errónea sentencia, o más bien delirio, de que se debe admitir y
garantizar a todos la libertad de conciencia.
–El Beato Pío
IX, en Quanta Cura (1864), hace suya
esa condena. El Syllabus condena la
proposición de que todos son libres de abrazar la religión que, a la luz de la
razón, haya considerado verdadera (prop. 15). Condena también aquella para la
cual ya no sería apropiado que la religión católica sea la única religión del
Estado (prop. 77).
–León XIII, en Immortale Dei (1885) y en Libertas Præstantissimum (1888), enseña
que el Estado no puede tratar a todos los cultos por igual sin caer en el ateísmo
práctico. La libertad de culto, entendida como el derecho a profesar cualquier
religión, contradice la virtud de la religión, que se debe al único Dios
verdadero.
–Pío XI, en Quas Primas (1925), proclama la realeza
social de Cristo sobre los individuos, sobre las familias y sobre los Estados.
Denuncia el secularismo como la plaga de nuestro tiempo.
–También ya ha
sido juzgado el sueño de la «fraternidad universal» sin Cristo. San Pío X lo
hizo en su Carta Notre charge apostolique
(1910), en la que condenó el Sillon.
En ella denunciaba un gran movimiento de apostasía, organizado en todos los
países, para l’établissement d’une Église
universelle qui n’aura ni dogmes, ni hiérarchie, ni règle pour l’esprit, ni
frein pour les passions, para la institucionalización de una Iglesia
universal que no tendrá dogmas, ni jerarquías, ni reglas para el espíritu, ni
freno para las pasiones. La Nota, en el nº 53, se apresura a especificar que no
quiere fundar una gran religión mundial y, al mismo tiempo, afirma que las religiones
transforman el mundo para que se convierta en expresión fraterna de la voluntad
de Dios (nº 58). Una voluntad de Dios que, evidentemente, puede expresarse
tanto en una sinagoga como en una mezquita, una pagoda o en la Basílica de San
Pedro.
En la misma
carta, San Pío X recordó que los verdaderos amigos del pueblo ne sont ni révolutionnaires, ni novateurs,
mais traditionalistes, no son ni revolucionarios, ni innovadores, ni
tradicionalistas. Esto explica por qué hoy los tradicionalistas son tratados
como enemigos.
VI. La abolición de la misión
El punto en el
que la Nota se saca la máscara es el n. 54. Dice que «la defensa intransigente
de la propia posición y el proselitismo», como forma de único encuentro con el
otro, ya no tienen sentido en la «aldea global interconectada». En el n. 22 se
amonesta a quienes se sienten «tentados» a insistir exclusivamente en la
obligación de anunciar a Cristo. En el n. 46 se reafirma que no hay
proselitismo en la dinámica del amor.
Antes de
responder, es necesario desenmascarar el engaño lexical, porque es sobre él
donde descansa toda la operación. El proselitismo, en el uso habitual, tiene
una connotación negativa: evoca la persuasión agresiva, la presión psicológica,
el reclutamiento, la conciencia comprada con el pan o inclinada con la amenaza.
Ahora bien, la evangelización no es proselitismo, y nunca lo ha sido. La
Iglesia siempre ha enseñado que el acto de fe debe ser libre y que los infieles
no pueden ser obligados de ninguna manera a creer (S. Th. II-II, q. 10, a. 8).
San Gregorio Magno prohibió bautizar a los judíos contra su voluntad, y esa
prohibición se incorporó a la constitución Sicut
Judæis, renovada por una larga serie de pontífices. Ningún católico digno
de ese nombre ha defendido jamás las conversiones forzadas.
El engaño
consiste en hacer coincidir los dos términos evangelización y proselitismo.
Bergoglio, con engaño, jugó con esta identificación, atribuyendo al mandato de
evangelizar las características odiosas del proselitismo: la arrogancia, la violencia,
la falta de respeto hacia el otro. Una vez completada la sustitución, el juego
termina: quienes predican la conversión se convierten en agresores, quienes
permanecen en silencio en hombres de diálogo, y el misionero, que durante
veinte siglos ha sido la imagen más pura de la caridad cristiana, es
considerado intolerante y divisivo.
Es un sofisma
elemental y, precisamente por esta razón, es efectivo. Pero hay que decirlo
claramente: ninguno de nosotros promueve el proselitismo: esta es más bien la prerrogativa
de las sectas, especialmente de origen protestante. Nosotros reivindicamos el
mandato de Nuestro Señor, que es algo muy distinto y que ningún Papa ni Dicasterio
tiene el poder de derogar.
En la Iglesia
conciliar y sinodal el mandato de Nuestro Señor se considerado una forma de
intolerancia que debe ser desterrada. Pero ese mandato no puede ser anulado: Euntes ergo docete omnes gentes, baptizantes
eos in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti (Mt 28, 19). Y no admite
derogaciones: Qui crediderit et
baptizatus fuerit, salvus erit; qui vero non crediderit, condemnabitur (Mc
16, 16).
Benedicto XV,
en Maximum Illud (1919), recordó a
los misioneros que su único objetivo es la expansión del Reino de Cristo y la
salvación de las almas. Pío XI enseñó lo mismo en Rerum Ecclesiæ (1926) y Pío XII en Evangelii Præcones (1951). La Iglesia que renuncia a convertir a
los infieles ya no es misionera y traiciona su propia razón de ser. Se
convierte en un agente de mediación cultural al servicio de la «convivencia
pacífica».
También la
práctica que la Nota elogia ha sido explícitamente prohibida por la ley de la
Iglesia. El n. 49 alaba las «celebraciones compartidas»; el can. 1258 § 1 del
Código de Derecho Canónico de 1917, vigente hasta 1983, establecía que no es
lícito que los fieles de ninguna manera asistan activamente o participen en las
funciones sagradas de los no católicos: Haud
licitum est fidelibus quovis modo active assistere seu partem habere in sacris
acatholicorum. El nº 19 celebra el panteón de 1986 en Asís, con los líderes
de las falsas religiones reunidos para rezar cada uno a su propio “dios”. Mortalium Animos había prohibido a los
católicos participar en tales asambleas.
El n. 41
presenta a las «parejas interreligiosas» como fruto del diálogo. Pero el canon
1070 establece que la disparidad de culto hace nulo el matrimonio, y el canon
1060 declara que la Iglesia prohíbe también los matrimonios mixtos con
bautizados no católicos.
El n. 38
recuerda con satisfacción que el Dicasterio envía mensajes de buenos deseos
para las fiestas de otras religiones. San Juan había ordenado no saludar ni
siquiera a quienes no llevan la doctrina de Cristo: Nec Ave ei dixeritis (2 Jn 10). Hoy la Santa Sede envía saludos al
culto de los ídolos. ¿Pero qué entendimiento hay entre Cristo y Belial? ¿Qué
acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? ¿Quæ autem
conventio Christi ad Belial? ¿Qui autem consensus templo Dei cum idolis? (2 Cor 6,
15-16).
VII. La neolengua del falso irenismo
Queda por
hablar del lenguaje, que no es un accesorio, sino el vehículo del error. La
Nota nos ofrece la «cultura de la complejidad, de la flexibilidad y de la
amistad» (n. 55) y el modelo del poliedro (n. 56). Nos habla de «casa común»,
de «aldea global» y de «mártires del diálogo» (n. 33). Ninguno de estos
términos pertenece al léxico de la Fe. Todos pertenecen al léxico de la
ideología globalista. Los Mártires de la Iglesia murieron por no haber
dialogado con la idolatría y por haber negado un grano de incienso a Júpiter.
La Nota inventó una nueva categoría: los mártires del compromiso.
Pío XII, en Humani Generis (1950), describió este
fenómeno con precisión. Deploraba el falso irenismo de quienes, para promover
la unión, están dispuestos a vaciar los dogmas de su significado y a sustituir
la terminología escolástica por fórmulas vagas y adaptables. No se niega
abiertamente la verdad: se la vuelve indescriptible, porque se han abolido las
palabras para decirla. Una Iglesia que ya no sabe pronunciar las palabras:
infiel, herejía, conversión o infierno, no necesita negar formalmente la Fe. Ya
lo ha hecho a través del lenguaje.
VIII. Conclusión: La carretera ancha
La nota se
titula Un camino de esperanza, y su
último párrafo invita a todos a recorrerlo juntos. Pero Nuestro Señor nos ha
advertido que hay dos caminos. Uno es estrecho y conduce a la vida. El otro es
ancho y espacioso, et multi sunt qui
intrant per eam (Mt 7, 13). El camino propuesto por León y por los
Dicasterios romanos tiene todas las características del segundo. Es ancho,
porque cualquiera sin conversión entra en él. Es espacioso, porque todo está
admitido en él excepto la afirmación de la Verdad. Está lleno de dignatarios de
todas las religiones, y sólo falta aquel que dijo: Ego sum via, et veritas, et vita. Nemo venit ad Patrem nisi per me (Jn
14, 6). Abraham, de quien la Nota reivindica la paternidad común, contra spem in spem credidit (Rom 4,
18): esperó contra toda esperanza humana, porque creía en la promesa de Dios,
que es Nuestro Señor Jesucristo. La esperanza que la Nota nos propone es
exactamente lo contrario: una esperanza totalmente humana, que ha dejado de
creer en la Promesa.
Esta no es la
esperanza teologal, que tiene por objeto la vida eterna y los méritos de
Nuestro Señor como fundamento. Es la esperanza mundana de una paz sin el
Príncipe de la Paz, de una fraternidad sin el Padre, de una convivencia sin la
Cruz. Es la Religión del Hombre que la masonería ha teorizado durante tres
siglos y que la Iglesia conciliar, hace sesenta años, comenzó a predicar desde
sus púlpitos.
A quienes me
preguntan si es lícito rechazar un documento aprobado por el Papa, respondo con
San Pablo: Licet nos aut angelus de cælo
evangelizet vobis præterquam quod evangelizavimus vobis, anathema sit (Gal
1, 8). He citado a Gregorio XVI, Pío IX, León XIII, San Pío X, Benedicto XV,
Pío XI, Pío XII, el Concilio de Florencia y el Concilio Vaticano I. ¿Quién,
entre ellos y esta Nota, contradice la Fe de todos los tiempos? Ciertamente no
esos Pontífices.
A los fieles
les digo: no se dejen perturbar. Lo que ha sido verdad durante diecinueve
siglos no se volvió falso el 28 de octubre de 1965 con la promulgación de Nostra Aetate, ni el 16 de septiembre de
2026 con la publicación de esta Nota. Sigan rezando por la conversión de los
infieles, de los herejes y de los judíos, como siempre ha hecho la Iglesia.
Sigan profesando que fuera de la Iglesia no hay salvación. Sigan amando a las
almas lo suficiente como para que desean el Bautismo.
Y volvámonos a
Aquella de quien la Iglesia canta: Gaude,
María Virgo, cunctas hæreses sola interemisti in universo mundo. Ella, que en
Viena y en Lepanto salvó al cristianismo por la espada, lo salvará también de
este engaño tan sutil. Lo hará cuando un Papa vuelva a hacer lo que hicieron
San Pío V y San Pío X: confirmar a sus hermanos en la Fe, condenar el error y
devolver a la Iglesia su misión. O lo hará Nuestro Señor, en el día de Su
Segunda Venida, cuando reasumirá en sí mismo la Realeza universal y el Pontificado
supremo.
+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo, 21
de septiembre de 2026, fiesta de San Mateo, Apóstol y Evangelista.
[1] Oremus et pro perfidis Judæi: ut Deus et
Dominus noster auferat velamen de cordibus eorum; ut et ipsi agnoscant Jesus
Christum Dominum nostrum. Oremos también por los judíos incrédulos: para
que Dios y nuestro Señor les quiten el velo de sus corazones; para que también
ellos reconozcan a Jesucristo, nuestro Señor.
Fuentes:
1. https://gloria.tv/post/zpeCTmcssmKK4XGkszxH3Hqin
2. https://www.exsurgedomine.org/es/blog/premisa-una-cita-que-acusa
Traducción: José Arturo Quarracino
Edición: Miles Christi
PARA MÁS INFORMACIÓN
“Apostasía vaticana”:
https://gloria.tv/post/7ynAG7ZfxBvK1MBD4MqN3aMxn
“Diez años con Francisco”:
https://gloria.tv/post/UEqqVjZCCVLQ6g89ps67irXSM
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[1] Oremus
et pro perfidis Judæi: ut Deus et Dominus noster auferat velamen de cordibus
eorum; ut et ipsi agnoscant Jesus Christum Dominum nostrum. Oremos
también por los judíos incrédulos: para que Dios y nuestro Señor les quiten el
velo de sus corazones; para que también ellos reconozcan a Jesucristo, nuestro
Señor.
