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domingo, 29 de octubre de 2017

La esencia de la república - M. Anatole France



  “La república -afirma Lantaigne- ha hecho a la Iglesia heridas más profundas y escondidas. Conocéis demasiado las cuestiones de la enseñanza M. Bergeret, como para advertir varias de sus plagas. Pero la peor de todas fue introducir en los episcopados a sacerdotes imbéciles de espíritu y de carácter… He dicho bastante. El cristiano se consuela sabiendo que la Iglesia no perecerá. ¿Pero cuál puede ser el consuelo del patriota? Descubre que todos los miembros del Estado están gangrenados y podridos. En veinte años ¡Que progreso en la descomposición! Un jefe de Estado cuya única virtud es la impotencia y que se convierte en criminal en cuanto se supone que obra o que solamente piensa. Ministros sometidos a un Parlamento inepto, al que se cree venal, y cuyos miembros, cada día más ignorantes, fueron elegidos, formados, designados, en las impías asambleas de los francmasones, para hacer un daño del que personalmente son incapaces, pero al que superan con los males causados por su inacción turbulenta; un funcionarismo en constante aumento, inmenso, ávido, malévolo y en quien la república cree asegurar una clientela que nutre para su ruina; una magistratura reclutada sin regla ni equidad, y demasiado a menudo solicitada por el gobierno para no sospechar su complicidad; un ejército en el que penetra sin cesar, como en toda la nación, el espíritu funesto de la independencia y de la igualdad, para luego arrojar sobre las ciudades y los campos una multitud de ciudadanos echados a perder por el cuartel, incapaces de tener un oficio y asqueados del trabajo; un cuerpo de maestros que tiene por misión enseñar el ateísmo y la inmoralidad; una diplomacia a la que le falta el tiempo y la autoridad y que deja el cuidado de nuestra política exterior y las conclusiones de nuestras alianzas a los expendedores de bebidas, a los empleados de tienda y a los periodistas; en fin, todos los poderes, el legislativo y el ejecutivo, el judicial, el militar y el civil, mezclados, confundidos, destruidos el uno por el otro; un reino irrisorio que en su debilidad destructiva ha dado a la sociedad los dos instrumentos de muerte más poderosos que la impiedad haya fabricado nunca: el divorcio y el maltusianismo. Todos los males de los que he hecho una rápida revisión pertenecen a la república y surgen naturalmente de ella. La república es esencialmente mala. Es mala porque quiere la libertad que Dios no ha querido, porque Dios es el señor y es él quien ha delegado a los sacerdotes y a los reyes una parte de su autoridad. Es mala porque quiere una igualdad que Dios no ha querido, puesto que ha establecido jerarquías y dignidades en el cielo y en la tierra. Es mala porque instituye una tolerancia que Dios no puede permitir, porque el mal es intolerable. Es mala porque consulta la voluntad del pueblo, como si el juicio de la multitud ignorante debiera prevalecer contra la inteligencia de los mejores y de aquellos que se conforman a la voluntad de Dios… Es mala porque declara su indiferencia religiosa, es decir, su impiedad, su incredulidad…”


M. Anatole France “L’Orme du Mail”, citado por Rubén Calderón Bouchet en “Maurras y la Acción Francesa frente a la III° República”, Ed. Nueva Hispanidad, 2000, pags. 34-35

Enviado por Santiago Mondino



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jueves, 3 de agosto de 2017

La compra de la República – Giovanni Papini





Nueva York, 22 de marzo.

  En este mes he comprado una República. Capricho costoso que no tendrá continuaciones. Era un deseo que tenía desde hace mucho tiempo y del que he querido librarme. Me imaginaba que eso de ser el amo de un país daba más gusto.

  La ocasión era buena y el negocio quedó concluido en pocos días. Al presidente le llegaba el agua hasta el cuello: su ministerio, compuesto por paniaguados1 suyos, estaba en peligro. Las arcas de la República estaban vacías; imponer nuevos impuestos hubiera sido la señal para el derrocamiento de todo el clan que asumía el poder, tal vez de una revolución. Ya había un general que armaba bandas de rebeldes y prometía cargos y empleos al primero que llegaba.

  Un agente norteamericano que estaba allí me advirtió. El ministro de Hacienda corrió a Nueva York: en cuatro días nos pusimos de acuerdo. Anticipé algunos millones de dólares a la República y además asigné al presidente, a todos los ministros y a sus secretarios unos estipendios dobles que los que recibían del Estado. Me han dado en prenda -sin que lo sepa el pueblo- las aduanas y los monopolios. Además, el presidente y los ministros han firmado un convenio secreto que, prácticamente, me da el control sobre toda la vida de la República. Aunque yo parezca, cuando voy allí, un simple huésped de paso, soy, en realidad, el amo casi absoluto del país. En estos días he tenido que dar una nueva subvención, bastante fuerte, para la renovación del material del ejército y me he asegurado, a cambio de ello, nuevos privilegios.

  El espectáculo, para mí, es bastante divertido. Las cámaras continúan legislando, en apariencia libremente; los ciudadanos siguen imaginándose que la República es autónoma e independiente y que de su voluntad depende el curso de los acontecimientos. No saben que todo lo que ellos creen poseer -vida, bienes, derechos civiles- penden, en última instancia, de un extranjero desconocido para ellos, es decir, de mí.

  Mañana puedo ordenar la clausura del Parlamento, una reforma de la Constitución, el aumento de las tarifas de aduanas, la expulsión de los inmigrantes. Podría, si quisiese, revelar los acuerdos secretos de la camarilla ahora dominante y derribar con ello al Gobierno, desde el presidente hasta el último secretario. No me sería imposible empujar al país que tengo en mis manos a declarar la guerra a una de las repúblicas limítrofes.

  Este poder oculto, pero ilimitado, me ha hecho pasar algunas horas agradables. Sufrir todas las molestias y servidumbre de la comedia política es una fatiga tremenda; pero ser el titiritero que, tras el telón, puede solazarse tirando de los hilos de los fantoches obedientes a sus movimientos es un oficio voluptuoso. Mi desprecio por los hombres encuentra aquí un sabroso alimento y miles de confirmaciones.

  Yo no soy más que el rey de incógnito de una pequeña República en desorden, pero la facilidad con que he conseguido adueñármela y el evidente interés de todos los enterados en conservar el secreto, me hace pensar que otras naciones, y bastante más grandes e importantes que mi República, viven, sin darse cuenta, bajo una análoga dependencia de misteriosos soberanos extranjeros. Siendo necesario mucho más dinero para su adquisición, se tratará, en vez de un solo dueño, como en mi caso, de un trust, de un sindicato de negocios, de un grupo restringido de capitalistas o de banqueros.

  Pero tengo fundadas sospechas de que otros países son efectivamente gobernados por pequeños comités de reyes invisibles, conocidos solamente por sus hombres de confianza, que continúan representando con naturalidad el papel de jefes legítimos.


FIN


1.Paniaguado: El que está protegido por una persona y es excesivamente favorecido por ella
(Capítulo de la novela Gog)

Visto en: Ciudad Seva

Enviado por Santiago Mondino



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