San Juan Bautista

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viernes, 29 de septiembre de 2023

Reseña Literaria: Las fuentes de la ética – Rubén Calderón Bouchet

 


Este libro era la última obra inédita del autor, escrita cuando ya jubilado (en virtud de que fuera nombrado Profesor Emérito), le fuera encargado un curso de Ética para la Facultad de Filosofía y Letras de la UNC. El curso fue confeccionado teniendo el maestro setenta y tres años y mucho después, ya cerca de su muerte, él mismo lo entregó a sus herederos para su publicación póstuma.

Resulta evidente en la obra el estilo “oral” del “curso” (de hecho, el editor ha cambiado la palabra “curso” con que el autor se refería a lo escrito y que estaba en el original, por “libro” en el texto final), que no es desmedro de su estilo sino que, por el contrario, lleva las notas vivas de un urgente llamado para que la ética no sea un pesado asunto de manual aristotélico, sino que, partiendo de una muy amena reflexión sobre las variantes que de ella ha propuesto la historia, proponga al auditorio (hoy lectores) una “conversión”. Así es; hablamos de una ética que necesita una “conversión” para ser vívida, para ser connatural al sujeto.

A cada página se resalta el concepto de que la moral es no sólo el necesario resultado de una religión (pero no sólo de una religión que se expresa en la materialidad de una doctrina), sino de una religión que necesariamente debe vivirse por una compenetración sobrenatural con la

vida de Dios, luego de un paso purificante y expiatorio de nuestras faltas, del pecado.

Y no se refiere a una simple conversión espiritual indefinida o difusa, ya que esta propuesta de una internación en la Vida misma de un Dios Vivo resulta exclusiva de nuestra religión Católica, la revelada por Dios de una vez y por los siglos: “La formalidad de la religión verdadera es la instalación en el espíritu humano de esa fuerza sobrenatural y transfiguradora que la Iglesia Católica llamó la Gracia”. Es decir que, sin más vueltas, el autor remite a una conversión al catolicismo para explicarse e instalarse en una verdadera postura ética y no tiembla de traer al claustro laico- y a la filosofía- además del útil concepto de pecado (sin el cual nada se entiende), el tema imprescindible de la Gracia (que todo lo culmina). Ambos “enormísimos detalles” desconocidos (quizá apenas intuidos en algunos) por los griegos.

De esta manera, como en todo el transcurso de su magisterio dentro y fuera de un ambiente religioso, Rubén Calderón Bouchet logra escapar de aquella trampa de la que hablaba el Padre Calmel; la de que los oradores, la más de las veces suelen ser influidos por el auditorio con más fuerza transformadora que la que creen ellos producir (¡tonta vanidad!) al auditorio. Terrible paradoja que ha llevado a la dilución de la testimonialidad en muchísimos profesores católicos, descarrillados hacia un lenguaje naturalista (y de allí a un convencimiento semi-naturalista) para no chocar con ese mundo orgullosa y hasta agresivamente ateo que componen las universidades desde hace mucho tiempo.

La ética que cultivan los enseñantes católicos vergonzantes ha pasado a ser un asunto de la antigüedad griega y su adalid intelectual será Aristóteles, capirote pedante que los lleva a la “zona de confort” de no tener que hablar de la Iglesia, de su Magisterio expresado con anatemas y de sus Papas sentados en la Gran Cátedra de Pedro con el dedo alzado (que es finalmente la analogía principal de la cátedra universitaria). De no tener que pronunciar, muertos de amor, el Ecce Homo al que está obligada toda antropología. De ellos dirá el autor. “Un filósofo cristiano que hace de cuenta que no hay revelación de Dios para poder especular de acuerdo con una razón libre de compromisos sobrenaturales, podrá ser un excelente razonador, pero indudablemente ha dejado de ser cristiano en la línea de su reflexión metafísica. En verdad razona sobre un universo que ha perdido el sentido de su significación más profunda.”

De igual manera que se anuncia sin complejos ante el auditorio variopinto de una universidad laica como moralista católico, deja bien claro los requisitos que se exigen sine qua non para serlo: “…un hombre cuya razón está perfeccionada por un conocimiento que recibe de lo Alto y al que tiene acceso por la Fe”, ¡por supuesto¡ pero aún más, ¡más alto!; se es un intelectual católico en la medida que “.. en el proceso de su dinamismo específico”… recibe… “una energía restauradora que lo hace partícipe de la vida divina, pero con una participación que excede aquella que por su naturaleza le corresponde”. Y esta GRACIA, vivida por quien la practica y la predica, es finalmente la verdadera fuente que hace posible la vitalidad de una ética que solamente desde allí se salva de ser letra muerta y hueca oratoria de empingorotados moralistas, o de iusfilósofos de gabán y sombrero que señalan modelos momificados precristianos, porque no se atreven a mostrar al Modelo Vivo so peligro de parecer locos y, subrepticios como Nicodemo, visitan al Señor en la oscuridad del crepúsculo tomando con amarga ironía el consejo de “nacer de nuevo”. El “viejo coronel” como solían llamarlo los amigos, aunque resulte un tanto chocante lo que expreso, custodiaba su estado de gracia como un elemento imprescindible de su actividad intelectual, como el guerrero vela sus armas.

¿Cuál es el secreto por el que nuestro intelectual católico pudo dar este testimonio en medio de una Universidad laica y hasta “zurda” (violenta en algunos años)? En primer lugar porque el llamado lo hacía con el respeto y el pudor de un hombre que habla de moral y se sabe imperfecto, que habla de religión y se sabe pecador, pero que él mismo es un “converso” que está impregnado (y es evidente a todos) de aquello que como profesor “profesa” (resulta irónico la actual tendencia a un profesorado que nada profesa). Que a cada momento llama a compartir un bien espiritual con el mismo modo de quien invita a otros a compartir una comida íntima y hogareña, por él mismo sazonada y cocida. Habría que ser un bastardo para no agradecer el gesto y eso sí que lo obtuvo, mucha gratitud, sin que podamos, en pos de agrandar innecesariamente la figura, irrogarle conversiones en el medio universitario (que muy pocas o nada las hubo, pues como reza el dicho “cuando Dios no quiere, ni el santo puede”), salvo que, en muchísimos de ellos dejó el recuerdo imborrable de haber conocido a un católico de ley, como una agradable rareza. Experiencia que seguramente no será en vano cuando el estrépito de la existencia se vaya apagando y, recordando a aquellos que supieron “ser” cabalmente a nuestro rededor, llorando el tiempo del “no ser” en la banalidad, enfrentemos en profundidad esos instantes eternos de una final purificante agonía. Quien de verdad cree, siempre agoniza.

 Su apostolado es sapiencial pero también es testimonial, y sobre todo es adecuado a su condición de laico, evitando el “sermón” que no le corresponde ni a su estado, ni al lugar. Es el apostolado de aquellos hombres formados en el estilo de la derecha católica francesa que en la modernidad, que falsifica todo lo sagrado, no usurpa la acción propia de los sacerdotes (que es profanación), sino que lo hacen desde el logro de una erudición sería, profunda y verdadera de sus ciencias; con el vigor y la fortaleza que da el asentarse en una formación profusa que reconoce una ciencia enraizada en una certeza que no es propia, ni sufre nuestros desfallecimientos, sino aportada por Quien dijo con la autoridad de Su Sacrificio, Yo soy la Verdad. Que además no hacen de su religiosidad una diatriba acusatoria ni una experiencia doliente de los tiempos, sino un elegante y humoroso “desplante” de quienes, a pesar de todo, se saben con resto ante un mundo que los quiere lacrimosos derrotados. Argentino como pocos, gaucho de estirpe, enfrenta (y la palabra es más que nunca adecuada para dibujar su noble caminar con frente alta) como su amado Don Segundo Sombra, a un mundo que lo ha condenado a la intemperie, pero que habiendo desalojado también a Cristo de sus templos ominosos, nos ha dejado con el frio del chubasco que templa y fortalece el carácter del arriero, en la mejor Compañía. Al dulce rescoldo de Su fuego.

Haciéndose con todos humanamente cercano y a la vez distante en la evocación de encarnar una antigua nobleza que no se alcanza a comprender del todo, cosa que los hombres modernos rechazan por exigida postura y hasta por envidia, pero que indefectiblemente extrañan en un rincón cordial; ninguno pudo dejar de reconocer el carácter “amoroso” de su magisterio. Es cierto que la llamada tranquila de su entera obra hacia la conversión, en este último libro se delata “urgente” - como dijimos más arriba - con una urgencia que toma un tono abruptamente teológico, en que la dimensión sobrenatural que tiene todo su trabajo intelectual salta en cada conclusión por sobre la atención al discípulo, para hacerse, por momentos, oración. Es urgencia que se nos sugiere adoptar y es suya en lo personal más que en otros libros, producto de una edad que desbasta la ciencia dejándola en sabiduría; sabiduría que ya dirige a rienda firme la marcha de la vida hacia la muerte, que tiene algo del aire de su pampa aspirada en el galope de un caballo; que a pesar de la vejez le acaricia la cara con la brisa del Dios que alegra su juventud.

Que lo hace - por fin - proto-agonista de su íntima amistad con Cristo.

Protagonista de una historia que se plenifica en el amor hogareño al que se vuelve para compartirla, pero… en la que un Dios celoso le preparaba el más amargo capítulo de renuncia y desprendimiento que puede exigírsele a un Adán enamorado, y para el cual, sin saber que será peor que la propia muerte, aquella Amistad se fortalecía para ser compartida por dos corazones traspasados.

Y su enseñanza fue amor por sus discípulos, pero fue amor por la Iglesia, y con esto nos referimos a una enseñanza que no sólo busca, como lo hace toda su obra, resaltar y transmitir la enseñanza perenne del Magisterio en estas materias (y no alguna individual originalidad), sino que de una forma ya desaparecida en los claustros universitarios y desafiando sin complejos la erosión que la apostasía clerical ha producido en el crédito público, da testimonio personal de su adhesión filial, sin desmedro e indiscutida a la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo, de la cual, él confesó haber pretendido con su obra hacer “una apología de la Iglesia”: “El cristianismo trajo para el hombre una promesa que, cuando no es aceptada de acuerdo con los parámetros del Magisterio de la Iglesia, se convierte fácilmente en motivos de extravagancias y de aspiraciones a retozar en las amplias praderas del antojo”.

Podemos asegurar que ya no quedan profesores laicos de este tamaño, que los poquísimos que no han defeccionado en la verdadera vocación intelectual cristiana de expresar sus ciencias dentro del marco luminoso de la fe, a cara descubierta y con el testimonio vital de la mayor y posible coherencia en todos los ámbitos de la existencia - aún dentro de nuestra debilidad - han sido vomitados por el sistema educativo. Sistema comandado por vulgares mediocres con tramposos saberes ganados en la astucia de los agitadores y no en la reflexión de los grandes maestros, súcubos del poder masónico y anticristiano. Y fueron expulsados aun cuando las almas, hasta las más infieles, habitantes de un infierno que ya han comenzado a experimentar en la tierra, extrañarán, por siempre sedientas, un magisterio de ese calibre. Ni se quiere pensar en el aullido desesperado y reclamante que los condenados harán contra aquellos que han defeccionado por propia voluntad al Magisterio, en todas sus expresiones.

Pero recordando la enseñanza de Calderón Bouchet sobre que toda decadencia supone enemigos externos y defecciones internas, y no hay que menospreciar a ninguno de los dos elementos en la ponderación del hecho histórico; la claudicación testimonial de la enseñanza católica de nuestro tiempo también se explica en la dificultad que tenemos para mantenernos en gracia de Dios, enorme y verdadera catástrofe de la época, más grande que todas las guerras y por la que se han desperdiciado grandes intelectuales y han pasado a relucir humildes pequeñuelos que evocan, en este crepúsculo de la creación, el añorado levante al son de un susurrado Magnificat.

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Esta publicación la dedicamos sus hijos al cumplirse diez años de su fallecimiento, cada vez más asombrados por el privilegio de haberlo tenido. Edición lograda gracias a la pródiga audacia de Don Felix de la Costa y a los oficios de diseño y corrección de esta gran familia de arrojados a la intemperie que es la FSSPX, a cuyo rescoldo hemos vivido y hemos podido permanecer extrañamente todos unidos con hijos y nietos en la Fe. Sabidos que lo logramos, sin méritos, primeramente por la misericordiosa Providencia de Nuestro Señor Jesucristo, pero como causa segunda, por la fuerza del compromiso de devolver en algo el honor que nos hizo al haber sido nuestro Padre. En la esperanza de que el cielo, más allá de los consuelos espirituales que no podemos imaginar, por el misterio de la resurrección de la cuerpos nos permita el carnal capricho de volver a tocar sus manos torpes, besar su noble frente y darnos el gusto de escuchar de sus voz tremendas verdades insondables.

 

DARDO JUAN CALDERÓN

Vistalba, primavera del 2023

jueves, 9 de enero de 2020

Ezra Pound: El poeta contra la usura – Ruben Calderón Bouchet




Los males de nuestro tiempo son muchos, pero uno de los más funestos es, indudablemente, el papel determinante que asumió la economía en el proceso de todas las actividades del espíritu. Ezra Pound lo vio así desde que comenzó la difícil tarea de pensar por su cuenta y se hizo conscientemente fascista contrariando los sentimientos de su pueblo y su educación. El fascismo representó para él el único camino transitable para devolver a la economía su situación de sierva en el orbe de nuestra civilización.

Nació en Idaho, Estados Unidos, el 30 de octubre de 1885 y luego de realizar estudios en la Universidad de Pensilvania y en el Hamilton College, fue encargado del curso de literatura romántica en la misma universidad donde estudió. A partir de 1910 vivió más en Europa que en los Estados Unidos. Sus continuos viajes a Italia lo pusieron en contacto con Mussolini y se convirtió en un admirador entusiasta de su régimen político. Indudablemente, los norteamericanos nunca pudieron entender por qué razones, un hombre que había bebido la leche y la miel de sus instituciones, mostraba en plena madurez, preferencias tan extrañas a la ideología de su patria.

Durante la última guerra mundial trabajó para una emisora de Roma e hizo propaganda a favor del fascismo. Inculpado de traición a la patria por el Tribunal del distrito de Columbia, es arrestado por el ejército de los Estados Unidos y exhibido en una jaula de acero como si fuera un mono en los alrededores de Pisa. Juzgado en Washington, fue declarado loco e internado diez años en un manicomio. De acuerdo con los cánones de normalidad psíquica estilados en los Estado Unidos, nunca recuperó su cordura porque jamás logró adaptarse a las exigencias del modelo social impuesto en su nación y cuando salió de su encierro, en 1958, volvió a Italia donde vivió con una hija suya hasta 1972, año de su fallecimiento en Venecia.


Eugenio Montale sostiene que Ezra Pound, filósofo, economista, esteta y desesperadamente individualista y egocéntrico, fue un socialista aristocrático que vomitaba a Marx, los derechos del hombre, la democracia, el capitalismo, a toda América y al judaísmo con ella. Se aferró con fuerza al mito inventado por Mussolini y por unos años, los mejores de su vida según su propia confesión, soñó con una civilización de la que habría sido eliminado el pecado capital de nuestro mundo: la usura.

Ezra Pound veía en el sistema capitalista, tal como se daba en las naciones sedicentes democráticas, una organización para explotar a los hombres y someterlos al monstruo de la usura. Resultaba imposible luchar por un orden justo mientras subsistieran las condiciones impuestas por ese sistema en la elección de los gobernantes. En tres días, los canallas, los monopolizadores, los mercaderes encontrarán alguna astucia para estafar al pueblo.

“En 1860 – continuaba Pound en un escrito ocasional – uno de los Rothschild tuvo la delicadeza de admitir que el sistema bancario sostenido por él era contrario al interés del pueblo y esto antes que las sombras de las prisiones hitleristas se abatieran sobre la fortuna o parte de la fortuna de esta acaudalada familia.”

“Es tarea de esta generación hacer lo que no han hecho los primeros demócratas. El sistema corporativo que concede al pueblo poderes en relación con su trabajo y vocación, les proporciona también medios para protegerse eficazmente contra las potestades del dinero.”

“Si os gusta la idea corporativa – agregaba Ezra Pound  – buscad otro sistema eficiente, pero no perdáis la cabeza, no olvidéis lo que busca la gente honrada. No os mintáis a vosotros mismos, no cambiéis el arado por una hipoteca, ni la hipoteca por un arado.”

Las fuerzas económicas deben ser disciplinadas para que sirvan las necesidades de la nación, y el principio áureo de la economía no puede ser enriquecimiento, sino alimentos sanos, techo decente, vestidos apropiados. Quien habla del trabajo como fuente de riqueza y no como medio de vida, es un estafador. Tiene el propósito de hacerse rico, no con su trabajo, sino con el manejo de las transacciones a costa de lo producido por otros.

“La historia de ese maldito siglo XIX no nos enseña más que la violación de ese principio por la usurocracia liberal. En suma, la doctrina del capital ha mostrado por sí misma que se la podía resumir como un permiso a los ladrones sin escrúpulos y a los grupos antisociales de corroer los derechos de la propiedad.”

Esta tendencia es muy vieja. Moisés la llamada Neshek. Podemos llamarla usura, aunque el término capitalismo le permite aspirar a un premio de virtud.
Entre las acusaciones que llovieron sobre Ezra Pound, una de las más eficaces para malquistarlo con la opinión pública norteamericana fue la de antisemita. Acusación gratuita y maligna porque en su actitud nunca fue un racista  lo dijo con toda claridad en un artículo publicado por Greater Britain Publications en 1939.

En ese artículo sostenía, con la intrépida decisión que caracterizó siempre su posición intelectual, que no estaba contra el judío como hombre, sino por su particular vocación al ejercicio de la usura.

“Aquí y para que nadie intente salirse del tema – afirmaba – quiero distinguir entre la prevención contra el judío como tal y la actitud del pueblo judío adopta frente a su propio problema.”

“¿Desea como individuo observar la ley de Moisés? ¿O se propone seguir robando a los demás, por medio del mecanismo de la usura y queriendo, no obstante, ser considerado como un buen vecino? Este último es el tipo de criterio que una innoble delegación británica intentó poner en vigencia mediante la correspondiente Sociedad de las Naciones. La usura es el cáncer del mundo, solo el bisturí del fascimo puede extirparla de la vida de las naciones.”

Los zurdos han pretendido que solamente ellos tenían la receta para curar el mal. La prueba de lo contrario está en la opípara alianza que hicieron con las usurocracias en contra de los países fascistas. ¿Existe una connivencia fundamental y más allá de las luchas entre sus testaferros entre los países capitalistas y los comunistas? Ezra Pound lo creía así, y los fascistas, en general, estaban convencidos de la existencia de este entendimiento en el nivel internacional.


Ruben Calderón Bouchet: “Una introducción al mundo del fascismo” Ed. Nuevo Orden. Bs. As. 1989


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

viernes, 3 de mayo de 2019

La Americanización de la Iglesia – Rubén Calderón Bouchet





Si algo distingue espiritualmente a EE.UU. del resto de las naciones es la fuerza que ha sostenido su ideal de felicidad terrena, mediante el condicionamiento psicológico de las masas. Este ideal, en sus primeros pasos, tropezó con la enseñanza tradicional de la Iglesia Católica para quien la meta de la Encarnación no era, indudablemente, el goce pacífico de los alimentos terrenos. ¿No era posible una conciliación de dos ideales aparentemente tan diferentes?


El cardenal Billot, destacado miembro del Colegio Apostólico, cuando hablaba de las corrientes laicistas y de los esfuerzos, no siempre estériles, que hacían para penetran en la doctrina tradicional, decía a propósito de la moral del trabajo que procuraba por todos los medios sustituir la ética del calvario: “Laicismo por último, en la moral cristiana, quiero decir en lo tocante a las virtudes, algunas de las cuales, las que pertenecen a la vida interior, que dependen del espíritu de oración, de penitencia, de humildad, que nos mantienen en la continua dependencia de Dios, nuestro dueño, de Dios nuestro creador, de Dios nuestro fin último, son jubiladas como virtudes propias del antiguo régimen, mientras las otras que denominan activas, son consideradas como las únicas dignas del hombre adulto emancipado, libre y consciente de sí mismo”.


La Congregación Paulista, fundad en EE.UU. por Isaías Hecker (1819-1888) se propuso, un poco más allá de la segunda mitad del siglo pasado, acentuar en las enseñanzas católicas el valor de las virtudes activas y procurar un desarrollo de la personalidad donde la ética del calvario; humildad, obediencia,  renunciamiento, mortificación, fueran reemplazadas por esa nueva moral que requiere del hombre un concurso activo a todo cuanto constituye progreso material, sentido individualista de la responsabilidad y democracia social.


La voz de este profeta americano se perdió en el tumulto desatado en la Iglesia por el modernismo y sólo tuvo eco en Norteamérica donde sus ideas sobrevivieron esperando la oportunidad de un nuevo brote. Por su biógrafo el R.P. Elliot, conocemos algunas de las tesis americanistas que no tardarían en ser condenadas por Roma:

“La energía que la política moderna reclama no es el producto de una devoción como la que se estila en Europa; ese género de devoción pudo en su debido tiempo prestar servicios y salvar a la Iglesia, pero eso era, ante todo cuando se trataba de no sublevarse”.

“La exageración del principio individualista por parte del protestantismo llevó forzosamente a la Iglesia a reaccionar y limitar las consecuencias de ese principio…”


Ello condujo, lamentablemente al cultivo de las virtudes pasivas, y éstas “practicadas bajo la acción de la Providencia para la defensa de la autoridad exterior de la Iglesia entonces amenazada, dieron resultados admirables: uniformidad, disciplina, obediencia. Tuvieron su razón de ser cuando los gobiernos eran monárquicos. Ahora o son republicanos o constitucionales y se acepta que sean ejercidos por los propios ciudadanos. Este nuevo orden de coas exige necesariamente iniciativa individual, esfuerzo personal. La suerte de las naciones depende del aliento y de la vigilancia de cada ciudadano. Por lo cual, sin destruir la obediencia, las virtudes activas deben cultivarse con preferencia a las otras, tanto en el orden natural como en el sobrenatural”.


Eso se escribía a fines del siglo pasado y provenía de la mano de un sacerdote que creía, sin vacilaciones, que la sociedad americana prohijaba una nueva manera de entender al hombre en su relación con Dios y participaba, al mismo tiempo, de una fe pueril en las virtudes del sufragio y en la promoción de toda la ciudadanía a participar activamente en el gobierno de la ciudad, porque un día fue convocada a ratificar la elección de unos candidatos previamente elegidos por las comanditas partidarias.


León XIII condenó el error que hablaba de una adaptación de la Iglesia a las exigencias del siglo, fundándose en que Cristo no cambiaba con el tiempo: “hoy es el mismo que ayer y que será en los siglos venideros”. A los hombres de todos los tiempos se dirigen estas palabras: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”: No hay época en que no se muestre Cristo haciéndose obediente hasta la muerte. También vale para todos esta frase del Apóstol: “Los que son discípulos de Cristo han crucificado su carne con sus vicios y concupiscencias”.


Sabemos por la experiencia publicitaria que los vicios y las concupiscencias son fuertes promotores del consumo y que sería una verdadera catástrofe social y económica tener que parar la maquinaria de la producción si la gente comienza a pensar en su salvación en términos de ascesis. ¿Por qué esa salvación no puede serle ofrecida sin renunciar a la técnica moderna del confort?


El americanismo, detenido en la puerta del Santo de los Santos, por la espada flamígera de los Papas, reinicia su acometida a través dela Compañía de Jesús y otras congregaciones modernas y trata de penetrar, no directamente en la dogmática como pretendió en su momento el modernismo, sino indirectamente por el sesgo de la pastoral y la liturgia.



La Iglesia Americana


La Iglesia Católica es, en EE.UU. la más numerosa de todas. La estadística oficial de las Iglesias americanas le adjudica en 1964  una cantidad de 44.874.371 fieles. Los protestantes pasaban de 66 millones pero divididos en 220 principales iglesias sin contar algunas capillas oscuras en afán de cultivar su pequeña disidencia. No solamente por su número importaban los católicos, sino también por su poder económico. La Cancillería de la Iglesia Católica ocupaba sobre la “Madison Avenue” en New York un enorme edificio estilo neo renacimiento que compartía con una conocida firma de publicidad. Esta cancillería estaba dotada con todos los adelantos de la técnica y sus monseñores, rigurosamente vestidos de “clergyman” oscuro, manejaban con habilidad las computadoras y las máquinas de calcular. La Iglesia Católica era, desde el estricto punto de mira del negocio, uno de los más grandes que existían en EE.UU. ¿Cómo no pensar, puestos en disposición de verla como negocio, en la publicidad adecuada para que pudiera vender su producto al público americano?


Ernest Dicher, padre de la investigación motivacional, preguntado en alguna oportunidad por la mejor manera de hacer una buena propaganda para la Iglesia, recordó “que la descripción de elevados ideales está por siempre por encima de la posibilidad de la masa”, “el cielo es maravilloso pero para la mayoría de nosotros está demasiado lejos”. Este hecho debe llamar la atención sobre la necesidad de no predicar cosas que por su altura y su majestad estén más allá de nuestras manitos. Se debe adecuar el mensaje de Cristo a la mentalidad de ese pobre hombre reducido por la publicidad a ser un manojo de deseos.


Pero volviendo al negocio de la Iglesia, uno de los organismos técnicos encargados del asunto averiguó que un dólar invertido en la Iglesia Católica de los EE.UU., tenía la misma rentabilidad que uno invertido en la General Motors. Esto explica que sean los administradores, los sociólogos y los psicólogos y no los teólogos los que dirigen los asuntos de la Iglesia y le imponen sus criterios. Fultón J. Sheen, que había alcanzado una cierta notoriedad televisiva, habría dicho en una oportunidad: “Por el amor de Cristo, dejen de administrar y sean buenos pastores”.


Esto sucedió poco después de la última gran guerra y no cayó mal en las orejas de un público que todavía sentía el escozor de la muerte. Unos años más tardes Fulton J. Sheen había perdido su audiencia y la Iglesia lo abandonaba junto a los viejos misales, en algún depósito de trastos.


Para el año 1964, poco tiempo antes que el Papa Pablo VI hiciera su famosa visita, la Arquidiócesis de Nueva York desarrollaba un programa de construcción de inmuebles por valor de 90 millones de dólares. Como EE.UU. es el país de las estadísticas minuciosas, difícilmente algo pueda escapar a su control. La comparación del poder económico de la Iglesia Católica con el de la General Motors viene una y otra vez a la pluma de los periodistas que manejan cifras y observan negocios. En el año 1962 la Iglesia Americana poseía 17 mil establecimientos escolares, 400 casas de retiro, 920 hospitales, 460 escuelas de enfermeros, 520 periódicos. Contaba además con 142.000 profesores encargados de la formación de 5.600.000 alumnos. Los sacerdotes alcanzaban la cifra de 51.000 y las hermanas religiosas pasaban de 180.000.


El extraordinario poder económico de esta Iglesia extiende sus alas protectores por toda la cristiandad y es sabido que sostiene en un 95% el gasto de las misiones. Es una Iglesia seria, limpia, bien administrada y conservadora en la medida que puede serlo una institución americana. Cree por supuesto en la Comunión de los Santos, en la Vida Perdurable, en la Resurrección de la carne, pero americana al fin, cree en el “american way of life” y en la democracia como sistema infalible para curar todos los males que provienen de cualquier “elitismo”. Por esa razón, junto con su dinero, entró también en el seno de la Iglesia Universal su ideología.


La ideologización de la Iglesia Católica en EE.UU. es un fenómeno que obedece al ritmo de la americanización de las “etnias” que constituyen este grandioso cuerpo de fieles. Los italianos, irlandeses y polacos de la primera generación preferían los saludables “ghettos” donde se juntaban con sus paisanos y recordaban, al salir de misa, la patria perdida. La segunda generación ha aceptado todas las consignas del nuevo patriotismo. Ha cambiado el nombre de Bellini o Kowansky por Bell o Cower y por supuesto no están dispuestos a dar su dinero para que la Iglesia Europea sostenga un régimen tildado de fascista o adhiera a la nostalgia del romanticismo monárquico.


Los que no pueden comprender la integración de la fe en el “american way of life” no comprenderán jamás lo que sucede actualmente en la Iglesia Católica. Para el americano común, la religión y la democracia son indisociables y como ser democrático en esa sociedad no implica ninguna oposición, cada uno lo es de un modo natural y sin rencores, porque tal cosa no suscita controversias, ni negación de tradiciones prestigiosas.


El presidente Eisenhower hizo una declaración de fe muy americana cuando aseguró “que el gobierno no tenía sentido, si no estaba fundado sobre una fe religiosa profundamente sentida”. Añadió a continuación algo que es tan norteamericano como Bufalo Bill: “Poco importa cuál sea esa fe”.


Si examinamos su declaración con los desconfiados recaudos de una tradición teológica ortodoxa, la encontraremos tan protestante como vacía de cabal sentido religioso, pero en los EE.UU. suena bien hasta en las orejas católicas, porque todo buen norteamericano tiene fe en la fe, o en como decía Miller que no era un padre de la Iglesia pero sí un buen observador: “Tenemos un culto, no para Dios, sino para nuestro propio culto”.

La “Unam, Sanctam, Catholicam Ecclesiam” es la verdadera asamblea de los creyentes fundada por Cristo Nuestro Señor. Esto lo saben todos los católicos sean o no americanos, pero en la conquista de las almas tal declaración suena fascista y el americano medio no está dispuesto a trocar su sistema de libertad de opiniones por una declaración tan tajante. Esto lo pondría en contradicción con el sistema pluralista de vida civil y como ante todo es americano, admitirá ser católico si este adjetivo no crea una pretensión de unificación totalitaria. Es católico como otros buenos americanos son metodistas, presbiterianos, evangelistas, hermanos libres, judíos o musulmanes.


Evelyn Waugh contaba que había visto en Londres y en Chicago el film italiano “Paisa”, donde se cuenta que tres capellanes del ejército norteamericano llegan a una pequeña comunidad franciscana perdidsa en las montañas. Los frailes se enteran que uno de los capellanes es judío, el otro protestante y el tercero católico. Desorientados comienzan un ayuno por la conversión de los no católicos. Comenta Waugh que en Londres, ante un auditorio no católico, la simpatía estaba con los frailes. En Chicago el mismo film fue comentado por un grupo de católicos con ascendencia italiana que encontró ridículo, obsoleto, y totalmente en contra de una posible unión de creencias la actividad de los franciscanos.


Cuando el R.P. Jaques Montgomery bautizó a Lucy Johnson, hida del entonces presidente de los EE.UU. según el rito católico, muchos sacerdotes de la Iglesia Romana encontraron lamentable un procedimiento que rompía con los principios de la pluralidad religiosa. Esta posición podía aún escandalizar a muchos religiosos de la “Unam, Sanctam” porque hasta ese momento la influencia yanqui se limitaba al dinero y a la promoción del cura deportista y administrador.


La Iglesia Americana tiene, como hemos tratado de expresar, el candor de la confianza sin rencores, ni ironías, ni reticencias en el valor de la democracia. Diríamos que está incapacitada para pensar que alguien nacido católico y criado con la leche y la miel del Evangelio, no sea, al mismo tiempo y por una suerte de promoción espiritual paralela a la fe, democrático. Pero como el carácter democrático de su fe lo abre expresamente para la comprensión simpática de cualquier otra expresión de fe, el católico al hacerse democrático se hace también protestante y sólo guarda su capacidad de rencor para los retardatarios que se ríen de la democracia y mantienen su fe cerril y cerrada en la Unam Sanctam Catholicam Ecclesiam.


Esto explica también que al entrar en el complicado mundo espiritual de la vieja Europa Católica, el americanismo ha visto sus aguas enturbiadas por una serie de prejuicios que vierten en el gran diálogo ecuménico la resaca de sus viejos rencores. Cuando un santo varón de la Iglesia Americana oficia junto a un metodista o a un presbiteriano, lo hace sencillamente con el propósito de comulgar en una fe cuyos contenidos dogmáticos no son examinados con lentes muy transparentes. Cuando un Reverendo Padre francés hace lo mismo, su propósito más firme es escandalizar a los viejos creyentes, mofarse de su fe, e imponerles una promiscuidad que el otro siente con profunda repugnancia y rechaza desde las más hondas resonancias de su historial nacional.


No podemos olvidar que el espíritu que hizo a Norteamérica fue el mismo que destruyó la cristiandad. La revolución norteamericana fue la lógica consecuencia de esas minorías disconformes emancipadas de la fe tradicional y en abierta ruptura con el régimen eclesial. Eran, a su modo, cabezas fuertes, libre pensadores, personalidades dispuestas a perpetuar en el nuevo mundo la libertad religiosa tan duramente conquistada. En el plano de la actividad económica eran individualistas y emprendedores. En pocas palabras: burgueses. La revolución, en sentido estricto, era su propia salsa y el Nuevo Mundo les permitió realizarla sin los tropiezos de una sociedad con normas, principios, instituciones y prejuicios de otras épocas.


A partir del Concilio Vaticano II la penetración americanista en el seno de la Iglesia aceleró su ritmo y destruyendo las viejas estructuras teológicas de la Iglesia la prepara para una útil conversación con el mundo moderno.


En los EE.UU. esto corría de suyo y no traía, como inmediata consecuencia, actitudes subversivas en el seno de la cristiandad. Muchos creyeron, no estoy seguro de la sinceridad puesta en esa fe, que en Europa ocurriría algo semejante. Muerto el fascismo, la democracia podría discurrir sobre un cauce limpio y cristalino. La ayuda norteamericana levantaría el nivel económico de los pueblos puestos bajo su protección, como efectivamente ocurrió, y esto haría entender a Rusia los errores de su planteo colectivista y las bases falsas sobre las que sentaba su política. Con un poco de buena voluntad y la colaboración de las Iglesias, habría democracia para exportar hasta la Siberia.


Así lo creyeron también los cerebros encargados de programar la política de la Iglesia Católica y como las decisiones ya no eran tomadas por los grandes teólogos que habían visto en el comunismo su calidad de “intrínsecamente perverso”, sino por psicólogos y sociólogos expertos en pastoral, el camino quedaba expedito para la gran confraternidad universal bajo el doble signo de la cruz, la escuadra y el compás. No sé si en el nuevo escudo entrarán también la hoz y el martillo, por lo menos el humanismo integral no lo rechaza.



Revista Cabildo


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domingo, 29 de octubre de 2017

La esencia de la república - M. Anatole France



  “La república -afirma Lantaigne- ha hecho a la Iglesia heridas más profundas y escondidas. Conocéis demasiado las cuestiones de la enseñanza M. Bergeret, como para advertir varias de sus plagas. Pero la peor de todas fue introducir en los episcopados a sacerdotes imbéciles de espíritu y de carácter… He dicho bastante. El cristiano se consuela sabiendo que la Iglesia no perecerá. ¿Pero cuál puede ser el consuelo del patriota? Descubre que todos los miembros del Estado están gangrenados y podridos. En veinte años ¡Que progreso en la descomposición! Un jefe de Estado cuya única virtud es la impotencia y que se convierte en criminal en cuanto se supone que obra o que solamente piensa. Ministros sometidos a un Parlamento inepto, al que se cree venal, y cuyos miembros, cada día más ignorantes, fueron elegidos, formados, designados, en las impías asambleas de los francmasones, para hacer un daño del que personalmente son incapaces, pero al que superan con los males causados por su inacción turbulenta; un funcionarismo en constante aumento, inmenso, ávido, malévolo y en quien la república cree asegurar una clientela que nutre para su ruina; una magistratura reclutada sin regla ni equidad, y demasiado a menudo solicitada por el gobierno para no sospechar su complicidad; un ejército en el que penetra sin cesar, como en toda la nación, el espíritu funesto de la independencia y de la igualdad, para luego arrojar sobre las ciudades y los campos una multitud de ciudadanos echados a perder por el cuartel, incapaces de tener un oficio y asqueados del trabajo; un cuerpo de maestros que tiene por misión enseñar el ateísmo y la inmoralidad; una diplomacia a la que le falta el tiempo y la autoridad y que deja el cuidado de nuestra política exterior y las conclusiones de nuestras alianzas a los expendedores de bebidas, a los empleados de tienda y a los periodistas; en fin, todos los poderes, el legislativo y el ejecutivo, el judicial, el militar y el civil, mezclados, confundidos, destruidos el uno por el otro; un reino irrisorio que en su debilidad destructiva ha dado a la sociedad los dos instrumentos de muerte más poderosos que la impiedad haya fabricado nunca: el divorcio y el maltusianismo. Todos los males de los que he hecho una rápida revisión pertenecen a la república y surgen naturalmente de ella. La república es esencialmente mala. Es mala porque quiere la libertad que Dios no ha querido, porque Dios es el señor y es él quien ha delegado a los sacerdotes y a los reyes una parte de su autoridad. Es mala porque quiere una igualdad que Dios no ha querido, puesto que ha establecido jerarquías y dignidades en el cielo y en la tierra. Es mala porque instituye una tolerancia que Dios no puede permitir, porque el mal es intolerable. Es mala porque consulta la voluntad del pueblo, como si el juicio de la multitud ignorante debiera prevalecer contra la inteligencia de los mejores y de aquellos que se conforman a la voluntad de Dios… Es mala porque declara su indiferencia religiosa, es decir, su impiedad, su incredulidad…”


M. Anatole France “L’Orme du Mail”, citado por Rubén Calderón Bouchet en “Maurras y la Acción Francesa frente a la III° República”, Ed. Nueva Hispanidad, 2000, pags. 34-35

Enviado por Santiago Mondino



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lunes, 19 de septiembre de 2016

Marx y la esperanza en la historia – Rubén Calderón Bouchet



  Marx fue un pensador burgués. Mal economista en el sentido riguroso y hasta científico del término, no fue el mejor filósofo, pero tuvo el genio de dar al sentido exclusivamente económico de la vida un soplo de demencia religiosa que desató la esperanza de un cambio total provocado por el paso de los medios de producción de las manos del capitalista a las del pueblo organizado. Esta idea fue sembrada sobre una conciencia de la cual no había desaparecido la esperanza esjatolójica en el Reino de Dios y de una transformación del hombre provocada por el fermento de la gracia divina y la conversión religiosa de la voluntad, pero en cuyas convicciones más profundas había entrado para siempre el culto del trabajo humano y la confianza en una redención puramente antropocéntrica.

  Marx no examinó la actividad económica en su sentido lato, a la luz de la eficacia productiva. En ese orden de reflexiones el capitalismo tiene sobre sus ideas todas las ventajas de la eficiencia y a su favor el peso aplastante de las estadísticas y el mejor standard de vida. Pensó la actividad económica en términos de una fuerza transformadora de la naturaleza y la dotó de un ímpetu soteriológico capaz de provocar el advenimiento de un "hombre nuevo", el producto de un salto cualitativo en la evolución de la especie. Era una idea au jour, nacida de una hipótesis biológica y de un tremendo deseo de que fuera verdadera para terminar con el dogma de la creación de la nada. Marx nunca supo bien qué cosa sería ese hombre socialista, pero el sueño armonizaba con sus ambiciones titánicas y coronaba el esfuerzo dialéctico de Hegel con un porvenir. Por el momento y hasta tanto la realización del socialismo no provocara el paso de la pre-historia presenta a la verdadera historia, la visión de este fin último brotado del abrazo de la economía y el evolucionismo biológico incoaba la esperanza en la historia.

  Tener esperanza en la historia es fundar el sentido de la vida en la huidiza movilidad del tiempo. Personalmente esa esperanza es insostenible, porque supone pasar por encima de la inevitable muerte individual. Puedo esperar más allá de la muerte y podrá discutirse la cordura de semejante esperanza. Pero esperar con el convencimiento de que la muerte tiene la última palabra es indudablemente una esperanza desesperada, o más simplemente una forma bastante complicada de la desesperación.

  El marxismo no habla de esperanzas personales y trata de fundar una suerte de esperanza colectiva. Yo espero por otros, pero no por otros que esperan personalmente eso que yo espero por ellos, sino por otros que todavía no son y de los que a ciencia no sé lo que esperarán, en caso de que esperen algo. Mi esperanza se adhiere a un espejismo que permitirá a las generaciones sucesivas ir sacrificándose una tras otra detrás de una ilusión que la muerte de cada uno apaga de un manotazo.



Rubén Calderón Bouchet – “Esperanza, Historia y Utopía” – Ed. Dictio 1980 – Págs. 187-189.




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jueves, 19 de mayo de 2016

En Pocas Palabras – Rubén Calderón Bouchet


  A modo de resumen de lo que venimos argumentando estos últimos meses, les traigo a colación éste artículo de Rubén Calderón Bouchet, publicado en la revista Maritornes del año 2001, que con humor, sencillez y erudición, logra esas síntesis para las que tenía un don especial, y cada párrafo – proveniente de una hondura espiritual y sapiencial de serena y decantada fuente – da la clave sobre cada uno de los temas que con tanto esfuerzo hemos garrapateado.

Los Cocodrilos del Foso


EN POCAS PALABRAS 
  
  Existen en la actualidad dos actitudes que ejercen una suerte de tiranía intelectual sobre el hombre contemporáneo: la cronolatría  y la religión de los hechos. El tiempo, inexorablemente progresista, guarda en su seno la novedad salvadora: hoy no se puede ser monárquico y menos aquí, en la República Argentina, donde la tradición monárquica desapareció con la Revolución de Mayo y resulta un chirriante anacronismo tratar de resucitarla; por lo demás, la democracia liberal es un hecho indiscutible con el que hay que contar para cualquier aventura política que pretenda un cierto consenso. Ahora, si usted se dedica a declamar algunas jaculatorias perimidas en un pequeño cenáculo anacrónico, está usted en su derecho. Se trata de un entretenimiento poco peligroso  y no hay porque rasgar nuestras democráticas vestiduras ante un gusto poco contagioso.

  Reconozco el valor de estas objeciones, por lo menos en el terreno fáctico en que se plantean, pero me gustaría formular una modesta réplica para defenderme de una acusación que me coloca en la posición de un “momio” irredimible. Al fin de cuentas los médicos tienen en su mente la idea ejemplar de la salud humana y saben perfectamente que, como tal, no se da en ninguno de nosotros. La democracia liberal es una enfermedad del cuerpo social y sus malas consecuencias no tardan mucho en manifestarse de modo que convocar la ejemplaridad de una sociedad políticamente sana, no resulta una faena absurda  aun cuando sepamos muy bien en la compañía del viejo Maurras, que la salud no es contagiosa y que, con nuestra prédica, no corremos el peligro de arrastrar muchedumbres y quitarles los votos al bribón de turno.

  Hoy, junto a los futurólogos están los hechólogos, los que se atienen a lo que es y por supuesto, consideran que no tomar en cuenta la contundencia presencial del “factum” es perder de vista la realidad. En política hoy hay que ser liberal, no hay otra salida: el cáncer esta aquí y debemos contar con él si queremos una dieta adecuada. Nada más claro ni perspicaz ¡ pero el médico insistirá en curar el cáncer con todos los medios a su alcance! y manteniendo fija en su mente la idea de una salud fisiológica que le sirve de causa ejemplar.

   ¿En política no se puede ser médico? ¿Es necesario colaborar con la empresa de pompas fúnebres y preparar el velatorio con todos los ornatos de una republicana despedida? Considero que en todos los casos hay que sacar la cabeza del agua y nadar contra la corriente para no caer en el pecado de un seguro suicidio.

  ¿Es que hay algún antecedente monárquico en su familia? Si, ¡Cómo no! Y también masónico. El primero de los míos que llego a estas tierras en 1540 se llamaba Gaspar e indudablemente era un súbdito fiel de Carlos V y acaso lo fuera con mas orgullo que yo con respecto al presidente de turno. Recordemos el famoso dicho de Arturo de Foxá: “Se puede morir por un monarca, pero morir por un presidente es como morir por el sistema métrico decimal”. Cuando la primer magistratura política se ha convertido en algo ridículo, el sacrificio exigido al ciudadano invita a loar las glorias de la deserción. No olvidemos que fuimos un Imperio y no una colonia, hasta Ricardo Levene se dio cuenta de este hecho, de manera que recordar las glorias de nuestros orígenes es ponernos en contacto con un abolengo real que no tenemos por qué considerar absolutamente perimido. El olvido es una ley higiénica cuando se trata de acontecimientos penosos que deprimen el ánimo, pero es una enfermedad de la memoria cuando olvidamos sucesos que enaltecen y ayudan a vivir.

  Toda mi vida he contado con un interlocutor sardónico que trató siempre de combatir mis pensamientos  más nobles cubriéndolos con la burla de sus sarcasmos. Ahora mismo me susurra en la única oreja que me queda: ¿A quien pensás poner de rey en la Argentina, pedazo de pazguato? ¡A nadie, hijo, a nadie! –le respondo alarmado-. Pero pensándolo mejor, el argentino ha sido siempre monárquico y ha tratado de enaltecer sus caudillos hasta el pináculo de una suerte de monarquía plebiscitaria. Es cierto, no se puede hacer un rey de un atorrantito cualquiera y por mucho que gritemos: ¡Que grande sos!, no le añadimos ni un centímetro a su cabal estatura.

  El diablito –sin duda es uno de la legión- me mira entre irónico y un poco molesto, porque el argumento “ad hominem” le pesa y se da cuenta que los argentinos somos muy democráticos cuando hacemos reclamos y, bastante tiránicos cuando el “mandamás” nos acaricia el lomo con sus halagos demagógicos. Un rey no necesita acariciar el lomo de la bestia. Su magistratura no depende de los votos y descansa en la continuidad de una línea histórica que, mientras no se rompa, mantiene la unidad y la cohesión de un pueblo histórico.

   ¿Y cuando se rompe?

  El pueblo queda huérfano y a la disposición de los financistas que tratarán de inventarle una oligarquía de junta votos para que los representen y pongan sus caras impermeables a las escupidas, mientras ellos facturan las ganancias y mantienen una publicidad mentirosa que los sostiene en su anonimato tan provechoso como irresponsable.

  ¿Y con ese esquemita pretendes explicar una historia de conquistas populares y de indudables adelantos en el terreno de las libertades civiles?

  No pretendo nada. Los esquemas sirven para evitar los discursos demasiado largos, por lo demás tengo algunos volúmenes escritos en los que he desarrollado con amplitud el contenido de lo que tú llamas un esquemita. Léelos.

  Lo único que me faltaba es ponerme a leer las estupideces tuyas. No soy tu ángel de la guarda y mi faena es hacerte comprender que debes servir a Satanás si quieres ser algo en este mundo. Pero estás  empeñado en mantener un anacronismo que marcha directamente contra el culto de Cronos que es uno de los nombres de mi jefe y el que mejor marca su posición revolucionaria.

  Querés que te diga la verdad, diablito, ¡me tenés podrido! Lo que estás diciendo lo he oído tantas veces en mis largos años y dicho por tantas voces mentirosas que no sé cómo,  todavía consiguen orejas dóciles a sus consignas. Es verdad que los diarios colaboran, junto con los otros medios de publicidad, para mantener en la gente una imbecilidad a prueba de balas y hacerles creer cosas que han probado mil veces su falacia.

  Como siempre nos separamos un poco enojados. En otros tiempos el Ángel de la Guarda hablaba en mi favor, pero desde el Concilio Vaticano II se ha tomado vacaciones y como nadie cree en él, ha decidido cortar por lo sano y no ocuparse de nuestro destino a no ser que una fe muy profunda lo conmueva y lo ponga en la vía de realizar su faena defensiva. Con un poco de timidez y con esa inseguridad que dan las convicciones cuando no proceden de una piedad firme y segura, le pido que me dé algunas razones que me permitan una defensa del trono en este país independiente y mayor de edad en materia política. Como el Ángel no me responde me  limito a repetir una vieja lección, que he enseñado muchísimas veces pero que nadie ha tomado en serio a pesar del aparato teológico con que he tratado de respaldarla.

  La palabra padre es un término análogo y su analogado principal es Dios en persona. Su traslado al orden biológico es una transposición legítima en la medida que se respete su origen divino y se advierta con claridad su procedencia. El varón es padre, no tanto porque engendra al hijo en un acto generativo, sino por la proyección espiritual que asume sobre su crianza y su educación. En esta misma línea espiritual debe entenderse la paternidad del Sacerdote y por supuesto la paternidad del gobernante que debe ser también sacerdotal por la unción sacramental que recibe de la Iglesia y el carácter fundamentalmente religioso de su providencia política. Un gobierno que no entienda su misión en términos teológicos no es cristiano y no puede recibir la impronta de la Gracia porque carece de esa propiedad de la naturaleza humana que ha sido tradicionalmente conocida como “imago Dei”.

  ¡Así te quería pescar! – el diablito asoma nuevamente su hocico puntiagudo de rata viscosa y me increpa con su cuerpo tembloroso de rabia-. ¡Ahora resulta que el orden político por ser creado por Dios  debe respetar la semejanza impuesta por el creador y mantener para siempre el símbolo del Rey-Sacerdote, en vez de seguir las fluctuaciones impuestas por el progreso revolucionario!

  Te he dicho mil veces que el progreso no es revolucionario, y si esa palabra tiene un verdadero sentido esjatológico, debe ser entendida como sinónimo de santificación. Cuando el hombre muere, su cuerpo entra en un  proceso de cambios tan acelerados que en muy poco tiempo resulta irreconocible. La muerte es el verdadero analogado de la revolución, y la monarquía la única forma de gobierno que proyecta sobre la sociedad, bien o mal,  la imagen del padre. ¡Que no podemos tener un gobierno de esa naturaleza es una decisión revolucionaria que han impuesto ustedes, la legión demoníaca, para destruir en los hombres la imagen del Creador!

  ¡Uff, qué aburrido! Desde tu conversión te he visto envuelto en esa marejada de beaterías que nacen, probablemente, de tus antepasados celtas a los que te pareces tanto por el aspecto como por el carácter de tu humor místico tan reñido con la realidad.

  Me callé. Con este hijo… de su madre, no se puede hablar y cuando comienza a enumerar el triunfo de los hechos como si fueran argumentos contra la verdad, confieso que pierdo un poco los estribos y se me pierde la buena hilación de las razones. ¡Claro, si ganaron tienen razón! Y si no, ¿Por qué ganaron?

  Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos, cuando son más que los buenos. Los nuevos “sarrachines” son los revolucionarios y aquí cabe el dicho italiano: “Vergogna dil cristian qu’al sarrachin si rende”.

  Al verme un poco apabullado la rata se reanima y mostrando sus dientes amarillos en una mueca que pretende sardónica, me recuerda:
No te olvides que fue León XIII, un Papa más o menos de tu gusto, el que propuso el “Ralliement” con la revolución y, hasta adopto el término “democracia” para hacerlo entrar en el “marote” de esos emperrados enemigos de la república que fueron los legitimistas franceses.

  No me hables de la política de los Papas que salvo honrosas excepciones, Pio X por ejemplo, ha sido un gran retroceso frente a los embates de la revolución y acaso para salvar algunos islotes de la presencia cristiana en la sociedad actual, han aceptado compromisos que, indirectamente, afectan la buena doctrina. La política del “ralliement” provocó el advenimiento de la democracia cristiana y con ella las lucubraciones mistagógicas de ese imbécil de Marc Sangnier tan claramente condenado en “Notre Charge” de Su Santidad Pio X. Sé como cualquiera que en materia de régimen político la Iglesia no ha canonizado a ninguno, pero - no obstante -  las exigencias del buen criterio y Magisterio Santo, pueden hablar y hablan efectivamente de sistemas “intrínsecamente perversos” como el comunismo explícitamente ateo,  dejando caer sus anatemas sobre todos los que son tácitamente ateos y que sin negar la existencia de Dios no reconocen sus mandatos en la institución de su única religión. Y en esos sistemas están incluidas todas las democracias liberales, sin ninguna excepción.

  El Diablillo, que debo reconocer no es muy importante ni por su tamaño ni por su envergadura intelectual, se subió a mi escritorio y desde allí me apunto con su dedo de uñas ratoniles, diciéndome con calculada ironía: 

 La Iglesia ha cambiado y ya no solamente admite una pluralidad de posibles gobiernos sino que privilegia con especial énfasis a esa democracia liberal que tú condenas con excesiva ligereza. ¿No estarás separándote demasiado de ese Santo Magisterio que con tanta devoción señalas cuando sus enseñanzas coinciden con las tuyas propias?

  Se me atragantó el gañote, se me nublo la vista y busqué con la mirada algo para tirarle por la cabeza, pero desgraciadamente todo lo que tengo tiene para mí su valor y reconozco que mis rabietas nunca han superado la santa conservación de mis bienes. Descolgué un crucifijo que tengo en un costado de la biblioteca y pronuncié la consabida fórmula del conjuro: ¡Nómbrese a Jesucristo!

  El diablillo desapareció y yo me quedé rumiando un poco la angustia de no poder conciliar mi fe con las enseñanzas impartidas por los Papas a partir del Vaticano II.



Rubén Calderón Bouchet




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