San Juan Bautista

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jueves, 30 de mayo de 2013

UN PAPA CAMBALACHERO - Por Flavio Infante

  Se sabe cuánto eficaces resulten en literatura los contrastes para suscitar un efecto humorístico. Ejemplo por siempre celebérrimo será el del generoso hidalgo que, embalado en una misión ideal (y que, por colmo, dora su habla con arcaísmos), toma por escudero a un rústico aldeano y, sucesivamente, departe con cabreros, venteros, mozas ligeras, etc., haciéndolos confidentes de sus sublimes propósitos. También la mezcla de registros y la elección deliberada de medios lingüísticos impropios al tema sirven como recurso apto a despertar el humor: los dos paisanos voceando su perplejidad porque el uno creía haber asistido a  hechos reales ante la representación teatral del Fausto de Gounod, y era convicto de haber visto al demonio en persona, y la consiguiente glosa gauchesca de los episodios propuestos por el magín de un operista francés. Para no hablar de aquel maestro de la irreverencia  que, en los días del temprano Renacimiento, quiso valerse de la lengua de la filosofía y la teología para -salpimentándola adrede con vulgarismos, dando así vida al arte maccheronico- contar la loca historia de su héroe,

altisonam cuius phamam, nomenque gaiardum
terra tremat, baratrumque metu sibi cagat adossum.

  No creemos, en modo alguno, que la intención del papa Francisco sea humorística cuando apela al contraste, a lo inopinado y aun no frecuentado en las enseñanzas de un pontífice, en aquellas ocasiones en las que suelta imágenes de innecesaria y vana osadía, definitivamente malsonantes, como la de que «Dios es una persona y no un Dios-spray», o bien la exhortación a que la Iglesia tenga sus puertas abiertas «para no crear el octavo sacramento, el de la aduana pastoral». Estas cacofonías, que bien le hubieran exigido al Pseudo-Malaquías le colgase el profético lema de dictio strindens, habrán provocado no poca sorpresa entre quienes no conocían al entonces cardenal arzobispo porteño. A nosotros, en cambio, conociéndole el fraseo y las afecciones, nos sorprenden más bien las resultas de la reunión mantenida por Francisco con los obispos de la Apulia, que acudieron a Roma en la sólita visita ad limina apostolorum.

  Allí lanzó una bomba nonunca prevista: el motu proprio Summorum Pontificum «no se toca», y el misal de Juan XXIII (que es, al fin de cuentas, la última versión del misal tridentino de S. Pío V) «está a salvo». Y en cuanto a mons. Guido Marini  (aquel que fue ceremoniero de Benedicto XVI, fautor principal de la recuperación de la misa de siempre, de la cruz en el altar y de la balaustrada para separar a los fieles del presbiterio, entre otras prescripciones mucho más adecuadas que el cotillón a la celebración de los sagrados misterios), su continuidad está confirmada, pese a quienes le auguraban una sonora pateadura en las partes de atrás -entiéndase: un traslado a alguna diócesis lejana. Francisco lo conserva en su cargo, según él mismo adujo, «para que yo mismo pueda beneficiarme de su preparación tradicional y, al mismo tiempo, para que él pueda obtener provecho, igualmente, de mi formación más emancipada (sic)».

  Acá también hay un inquietante entrevero y contraste, tal como en el cambalache (locución rioplatense que vale por «mezcla confusa de cosas», aplicable también a los comercios en que se compra y vende y trueca un poco de todo, en abigarrada junta). Porque aquel escriba docto en los asuntos del Reino, del que el Señor nos habla en Mt. 13, 52, capaz como el paterfamilias de sacar de su tesoro «de lo nuevo y lo viejo», no alienta de seguro la identidad de los opuestos, ni declara abolido el principio de identidad y no-contradicción. ¿Es posible concordar el cuidado por la liturgia con su flagrante demolición? ¿Puede auspiciarse el necesario rescate de la tradición tolerando los abusos que en todos los órdenes vienen agrietando precipitadamente la unidad doctrinal de la Iglesia?

  Nos gustaría creer que la omnipotente gracia del Criador logró en un tris vencer las resistencias habituales de Bergoglio, a la manera del milagro moral que hizo de un Pío Nono inicialmente favorable a la masonería un guardián solícito e inquebrantable de los derechos de la Verdad, un fiscal implacable de los errores modernos. Pero sería aventurar mucho. Al fin de cuentas, fue prudencial la reserva que las primeras comunidades cristianas tuvieron ante Saulo después de su conversión, que bien podía ser fingida después de un pasado reciente como perseguidor sañudo de la Iglesia.
  

  El cardenal Bagnasco dando la comunión a «Luxuria»
Esta iniciativa de Francisco es para celebrarse, entonces, sobriamente. Que para ser completa y aventar toda posibilidad de ser adscrita a cálculo y estrategia debe continuarse en unas cuantas medidas depurativas del actual y ya extenuante caos. De lo contrario, y como en el tango "Cambalache", habrá que acostumbrarse a ver mixturados a la Biblia y el calefón.


  Designar como arzobispo de Buenos Aires a un verdadero clon del cardenal Bergoglio como mons. Poli, quien en el tedéum del 25 de mayo pasado babeó el consabido «no debemos tenerle miedo a la variedad de ideas», no es medida de gobierno muy alentadora. Que entre las clamoreadas reformas de Francisco ni  siquiera se mencione la remoción de tanto clero promotor de escándalos, como el caso del cardenal Bagnasco, presidente de la Conferencia Epicopal italiana, quien cedió el ambón para una de las lecturas y le dio luego la comunión a un reconocido transexual de aquel país en las circenses y sacrílegas exequias de otro sacerdote apóstata, es para seguir clamando con la Magdalena: tulerunt Dominum meum, et nescio ubi posuerunt eum.


Para los no argentinos va este aporte para entender un poco mejor  el cambalache ESCUCHAR

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La educación de los hijos en La Biblia

  En tiempos en donde la corrección y el orden (poner límites) se confunde con limitar la libertad de nuestros hijos, nos parece importante resaltar la pedagogía divina para lo cual transcribimos estas atemporales enseñanzas.

Eclesiástico 30
La educación de los hijos

1 El que ama a su hijo lo castiga asiduamente, para poder alegrarse de él en el futuro. 

2 El que educa bien a su hijo encontrará satisfacción en él y se sentirá orgulloso entre sus conocidos. 

3 El que instruye a su hijo dará envidia a su enemigo y se sentirá dichoso delante de sus amigos, 

4 Muere el padre, y es como si no muriera, porque deja detrás de sí a uno igual a él. 

5 Mientras vive, se alegra de verlo, y a su muerte, no siente ningún pesar: 

6 deja a alguien que lo vengará de sus enemigos y devolverá los favores a sus amigos. 

7 El que mima a su hijo vendará sus heridas y a cada grito que dé, se le conmoverán las entrañas. 

8 Un caballo sin domar se vuelve reacio, y un hijo consentido se vuelve insolente. 

9 Malcría a tu hijo, y te hará temblar; juega con él, y te llenará de tristeza. 

10 No hagas bromas con él, para no sufrir con él ni rechinar tus dientes al final. 

11 No les des rienda suelta en su juventud, 

12 pégale sin temor mientras es niño, no sea que se vuelva rebelde y te desobedezca. 

13 Educa a tu hijo y fórmalo bien, para que no tengas que soportar su desvergüenza. 






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miércoles, 29 de mayo de 2013

VERDADEROS GENOCIDIOS – HOLODOMOR UCRANIANO 1932-1933 - Por Augusto TorchSon

  Uno de los grandes genocidios de la historia y poco conocido, fue el perpetrado por el judío Iosif David Vissarionovich Dzhugashvili, más conocido como José Stalin. Esta atrocidad perpetrada por el estado comunista en contra de la población ucraniana se conoce como Holodomor, que en esa lengua significa “Gran Hambre”.
  La propaganda sionista se encargó de tapar este como otros hechos históricos provocados por sus agentes, y para esto usaron el subterfugio o engaño de victimizarse mintiendo y exagerando el que los tuvo por supuestas víctimas, para minimizar u ocultar los otros que los tuvo como victimarios.

  Después de establecerse el gobierno bolchevique en Rusia en 1917, Ucrania declaró su independencia de este país en enero de 1918, siendo reconocida esta por muchos países del mundo inclusive por el gobierno de Lenin pero después este judío traidor, recuperó gran parte del territorio ucraniano, siendo ocupada en el occidente por Checoeslovaquia, Polonia y Rumania. En sus prácticas habituales de sometimiento, el Ejército Rojo hizo padecer al pueblo ucraniano grandes humillaciones, entre las que nunca faltan las violaciones masivas de mujeres, que también padecieron las mujeres alemanas en la segunda guerra mundial. El accionar de estas bestias comunistas generó gran resentimiento e incentivó el sentimiento nacionalista de la gente.

  La revolución bolchevique planeada y financiada por la judería internacional, tenía como enemigos naturales de sus planes de sometimiento absoluto a los nacionalismos de cualquier tipo, ya que los planes de dominación judeo-masónicos, siempre tienen como uno de sus objetivos principales la abolición de los estados-naciones.

  Un dato al margen para graficar la sumisión comunista rusa a la plutocracia capitalista judía, es que los Rockefeller tenían explotaciones petroleras en ese país desde 1920.

  Con la llegada al poder del carnicero judío Stalin, este consideró que los granjeros con más de 10 hectáreas eran contrarevolucionarios y empezó su persecución, confiscando sus tierras para el estado en su plan de “colectivización”. Ante esto los granjeros incendiaban sus cultivos antes de entregárselos al gobierno comunista e iniciaron milicias para contrarrestar al ejército. Por temor a que este sentimiento nacionalista pueda extenderse a toda Rusia en 1932 Stalin ordenó la completa confiscación de la producción de agrícola y ganadera de Ucrania. Esta producción se exportó a fin de financiar el gobierno bolchevique y se cerraron las fronteras para de encerrar al pueblo sin alimentos y dejarlos morir de hambre. 
  Primero empezaron a comerse los perros, gatos y aves; cuando estos se hubieron acabado, comieron todo el pasto que había en el campo. Carentes absolutamente de alimentos, empezaron a morir de tifus, agotamiento, suicidios masivos, y finalmente de hambre. Se vieron inclusive actos de canibalismo.

  Los padres llevaban a sus hijos a las fronteras y trataban de hacerlos pasar por los alambrados de puas para que en los pueblos cercanos pudieran hacerse cargo de ellos, pero cuando los soldados comunistas los descubrían los recogían en camiones y los tiraban en el campo a 50 kilómetros de cualquier población para que mueran de hambre y frío.

  Estas atrocidades cometidas por el asesino más grande que hubo en la historia, fueron tapadas por toda la prensa mundial, especialmente la de Gran Bretaña, Francia y EEUU. Tampoco tomó cartas en el asunto la antecesora de la ONU, la globalista "League of Nations" (Sociedad de las Naciones). 

  El número final de muertos por esta acción fue de 10 millones de personas, como denunció en 2006, Viktor Yuschenko, presidente de Ucrania, ante la Asamblea General de la ONU, haciendo un llamado al reconocimiento mundial de dicho genocidio, y denunciando a la indiferencia de la mayoría de los países al respecto.

  Desconocer la verdad histórica nos hace vulnerables a la propaganda sionista, que se victimiza para poder oprimirnos contando con nuestra complicidad. Complicidad dada por nuestra pereza intelectual al aceptar sin más reparos, las mentiras transmitidas por los medios masivos de comunicación en calve sentimentalista. De esta manera hacemos causa común con nuestros enemigos, al compadecernos de sus lamentos, sin investigar la veracidad de sus propuestas.

  Hoy la opresión del sionismo masónico internacional es casi absoluta, por lo que el combate se presenta en su forma más difícil, que es, en el plano puramente espiritual. Para formarnos para enfrentar este terrible combate al que estamos llamados como soldados de Cristo, debemos primero informarnos.

  Sin pretender conseguir victorias en estas batallas, ya que las mismas solo le corresponden a Dios; preparémonos para resistir la avanzada del mal, sin hacer nunca concesiones con la mentira, el error.

Trabajando para que Cristo Reine y vuelva pronto.

Augusto TorchSon

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lunes, 27 de mayo de 2013

AMBIGÜEDADES PREOCUPANTES DEL PAPA FRANCISCO - Por Augusto TorchSon

  Nuevamente (y van…) tenemos que señalar algunas frases papales que causan bastante sorpresa y desconcierto.
  En la homilía del  22 de mayo Francisco dijo: El Señor nos ha creado a su imagen y semejanza, y somos imagen del Señor, y Él hace el bien y todos tenemos en el corazón este mandamiento: hacer el bien y no hacer el mal. Todos. ‘Pero, padre, ¡este no es católico! ¡No puede hacer el bien!’. Sí, puede. Debe hacerlo. No puede: ¡debe! Porque tiene este mandamiento en su interior. ‘Pero, padre, este no es cristiano, ¡no puede hacerlo!’. Sí, puede. Debe hacerlo. En cambio, esta cerrazón de no pensar que se puede hacer el bien desde fuera, todos, es un muro que nos conduce a la guerra y también a lo que algunos han pensado en la historia: matar en nombre de Dios. Nosotros podemos matar en nombre de Dios. Y eso, sencillamente, es una blasfemia. Decir que se puede matar en nombre de Dios, es una blasfemia

  Vamos a empezar por la nueva consideración de lo que es una blasfemia, otrora servicio a Dios. ¿Cómo entender la defensa de la Fe e inclusive de nuestra propia persona (vercomo templo del Espíritu Santo a la luz de las consideraciones papales? Se podría aducir que se refiere a actitudes de los fanáticos islámicos para con los cristianos por profesar su fé, cosa que sin la debida especificación queda como una generalización que puede entenderse como en casi todos sus discursos “a piaccere” y conveniencia del receptor. Descartamos que pueda referirse a las prescripciones talmúdicas respecto a matar, engañar, ultrajar y servirse por cualquier medio de los no judíos (goyim), debido a su cercanía al sionismo y sus reiterados homenajes a los mismos en sus condiciones de tales (Ver). En este sentido deberíamos descanonizar a Santa Juana de Arco o a San Luis de Francia que participó en dos cruzadas, o anatemizar la gloriosa defensa de los cristeros de nuestra fé apoyada por Pio XI, la epopeya de La Vendee y tantas otras para agregarlos a la lista de grandes asesinos y ahora “blasfemos” de la humanidad.

  Posteriormente dijo Francisco: “El Señor a todos, a todos nos ha redimido con la sangre de Cristo: a todos, no solo a los católicos. ¡A todos! 'Padre, ¿y los ateos?’. A ellos también. ¡A todos! ¡Y esta sangre nos hace hijos de Dios de primera clase! ¡Hemos sido creados hijos a imagen de Dios y la sangre de Cristo nos ha redimido a todos! …Pero yo no creo, padre, ¡yo soy un ateo!’. Pero haz el bien: nos encontramos allá”

  Para quienes aduzcan descontextualizaciones de nuestra parte ofrecemos el link aquí para su lectura completa.

  Ahora nos interesa entender para que estamos en la Iglesia Católica si para ir al cielo solo hace falta hacer el bien; entonces ¿que importancia tendría pertenecer a ella? Otra vez el tema de que todos somos hijos de Dios (ateos incluidos) que contraría la dogmatica prescripción que solo nos hacemos “hijos adoptivos” de Dios por el bautismo, sino la también  dogamtica definición de que “no hay salvación fuera de la Iglesia Católica” (extra ecclesiam nulla salus).

  El Concilio de Trento dice:
Canon 1: Si alguno dijere, que el hombre puede ser justificado ante Dios por sus propias obras, ya sean realizadas a través del aprendizaje de la naturaleza humana, o la de la ley, sin la gracia de Dios por medio de Jesucristo, sea anatema.
Canon 2: Si alguno dijere, que la gracia de Dios, por Jesucristo, se da sólo para esto, que el hombre pueda más fácilmente a vivir con justicia, y merecer la vida eterna, como si, por el libre albedrío sin la gracia, que fueron capaces de hacer ambas cosas, aunque de hecho apenas y con dificultad; sea anatema.
Canon 3: Si alguno dijere, que sin la inspiración proveniente del Espíritu Santo, y sin su ayuda, el hombre puede creer, esperar, amar o ser penitente como es debido, a fin de que la gracia de la justificación puede ser conferido sobre él ; sea anatema.

  ¿O será que la Tradición de la ÚNICA Y VERDADERA IGLESIA DE CRISTO está abolida por el "AMOR"?

  Extrañisima forma de evangelizar prescindiendo del Catolicismo y de Dios tiene el Papa Francisco.

  La intención original era agregar otras inenetendibles (por lo menos a los ojos de nuestra fe) alocuciones papales, pero para no extendernos vamos a dejarlo para otras oportunidades.

  Lo que si podemos señalar es lo extraño que resultan estas naturalistas predicas, sobre la pobreza material, el capitalismo, las mafias y demás injusticias mundanas, cuando la Iglesia se está quemando por dentro, con muchísimos y heréticos teólogos (muchos amigos de Bergoglio) predicando que llegó la hora del cambio refiriéndose específicamente al uso de anticonceptivos, sacerdocio femenino, fin del celibato sacerdotal, aceptación de uniones homosexuales, píldoras abortivas y volver a dar la comunión a los divorciados y vueltos a casar.

  Mucho necesitamos un gobierno en la Iglesia y no un interminable show mediático cuando cunden las herejías aún en quienes tiene que defender la fe como es el caso de Muller (ver aquí y aquí) y el cisma de hecho que en este caso ya no se trata de desobediencia al Papa, que nos acusa de “controladores de la fe”, sino a la Iglesia y su Tradición y Magisterio, que en definitiva es a Cristo mismo.

 Importante recordar el  CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, n° 675: “Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un pseudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne”

Trabajando para que Cristo Reine

Augusto TorchSon


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domingo, 26 de mayo de 2013

NO TIRARLE PERLAS A LOS CHANCHOS - P.Leonardo Castellani

 "Discutir sobre religión es una cosa que ya no me gusta. Hace como treinta años que no discuto —ni siquiera con los «censores»— de mis obras. Cuando era joven era un gran discutidor.

  Es cosa inútil. Al que pone objeciones religiosas, ordinariamente hay que recomendarle leer un buen Catecismo de Perseverancia. Ordinaria­mente habla de lo que no sabe. Si tiene interés en saber, sé tomará esa pe­queña molestia; si no tiene interés, habla por hablar y entonces la discu­sión es inútil y aun peligrosa.

  A los que vienen a uno en un barco o en un tren con él: «Vea Reverendo, ¿cómo responde usted a esto?», no hay que darles la solución, sino acrecentarles la objeción, urgiría mucho más todavía, que vea que uno la sabe y aun la «siente» tanto como él, o más. Es decir, hay que agudizarle (o crearle si acaso) el hambre de saber, porque si esa hambre no existe, darle la solución es perder tiempo..."

  …Hoy día hay muchos que preguntan «cómo es Dios» con la intención de aceptarlo o no aceptarlo según les guste o no les guste; quiero decir «su existencia». Pero la existencia es lo primero; y si es un hecho la existencia, con que yo no la acepte, no la destruyo como hecho. (Me destruyo a mí mismo.)

  …Esa posición de decir: «Si Dios me gusta o me satisface, bien, entonces puede ser que lo acepte», es un disparate monumental. Con ése no hay que discutir. Si Dios existe, … no tengo más remedio que decir: «No me gusta, no lo comprendo; pero si es un hecho, no tengo más remedio que arreglármelas con ese hecho como pueda». Es lo que hacemos enfrente de todos los hechos' de la Naturaleza o del Mundo Humano. Que traten, por ejemplo, de no aceptar una poliomielitis o un ciclón, a ver si va.


 Leonardo Castellani, “Dinámica social”, nº 81, julio de 1957. Versión reproducida en “Pluma en ristre” pág. 190.

Visto en: http://statveritasblog.blogspot.com.ar


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sábado, 25 de mayo de 2013

UN PAPA MACANUDO - Por Flavio Infante


  Macanudo, en la patria del papa Bergoglio, vale familiarmente por «agradable, simpático», o bien «amable». Por una rara fortuna léxica no le bastó a este vocablo ser objeto de uno, sino de varios sucesivos sentidos traslaticios, lo que hizo del mismo un ejemplar movedizo, instable hasta el día de hoy. Algunos creen que el argentinismo macana, por «mentira», se deriva del apellido de un escocés Mc Cann que, dueño de una pulpería en plena pampa en el remoto y telúrico siglo XIX, se prodigaba en cuentos extraordinarios, inverosímiles, mientras les escanciaba el aguardiente a los paisanos. Macanear pasó pronto por «mentir, decir embustes», y quizás porque en las soledades camperas de aquellos años fue siempre bienvenido el cantor y el cuentahistorias, de macanero a macanudo se cumplió una transición insensible y laudatoria, y así macanudo quedó por «afable». No tardó en aplicarse, más allá de las personas, incluso a objetos inanimados, y con nueva acomodación semántica: todavía recuerdo al Toto, viejo peón rural de mis pagos que se refería a cierta hachita como "macanuda" por su buen filo y maleabilidad.

  Digresiones aparte, es evidente el peligro que no pocos señalaron de que el de Francisco devenga un "pontificado virtual", amañado por la prensa, en el que las palabras y acciones bienvenidas a la sensibilidad contemporánea sean reproducidas sin descanso, presentando a Bergoglio como "el Papa del cambio" y otras vacuidades, mientras sus enseñanzas más afines al auténtico espíritu cristiano son diligentemente escamoteadas al voraz público orbital. Así, por ejemplo, las alusiones reiteradas al demonio como "príncipe de este mundo" y como causante del odio y persecución a Cristo y a su Iglesia, o a la verdad como objeto de escepticismo en nuestros días, pero cuyo encuentro es capaz de elevar y salvar al hombre, no son de las que los diarios destacan gustosos en sus titulares. Ni aquel rechazo bien sentado a los teologastros que pretenden presentar la persona de Cristo en términos meramente humanos, como a un gran predicador o a un sabio, llamándolos «intelectuales sin talento, eticistas sin bondad. Y de belleza ni hablemos, porque no entienden nada» (vid. http://www.linkiesta.it/chiesa-ideologia).

  Loquimini nobis placentia. De Francisco vienen, en cambio, triunfalmente señaladas otras aseveraciones, a saber: «quiero una Iglesia pobre»; «la Iglesia debe salir de sí misma, hacia las periferias existenciales» o «debemos tender puentes y no construir muros». Últimamente, se les agregó la afirmación groseramente aperturista de que, con su sangre, el Señor redimió incluso a los ateos, hecha por colmo en el curso de una alocución en la que se precisó que el «matar en nombre de Dios» es una «blasfemia» (sin acabar de precisar si el destinatario de sus dichos era el fundamentalismo musulmán o los gloriosos cruzados de la Tierra Santa, o si ambos a una, igualados).

  Hacía falta que las tesis modernistas alcanzaran a ser pronunciadas por boca de papa para que los enemigos seculares de la Redención reportasen un notorio triunfo. Sabemos que ese triunfo es, a la postre, su mismísima derrota, pues «el príncipe de este mundo ya ha sido juzgado». Pero midiéndolo desde las llanuras cismortales se dirían grandes los logros, así como inequívocamente cuajadas las aspiraciones de aquella Alta Venta de los Carbonarios, que hace ya casi doscientos años formuló su tenebroso programa, conocido por el entonces papa Gregorio XVI y posteriormente publicado por Pío IX en 1860: «el trabajo que vamos a emprender no es obra de un día, ni de un mes, ni de un año; puede durar varios años, acaso un siglo. Lo que debemos buscar y esperar, como los judíos esperan al Mesías, es un papa según nuestras necesidades. Para destrozar la roca sobre la que Dios construyó su Iglesia tenemos el dedo meñique del sucesor de Pedro comprometido en la conjura».
  Presentar insistentemente al papa como agradable y simpático, como bien avenido con la civilización moderna, como un filántropo y hasta como un bufón capaz de echar por la borda las enojosas prescripciones de la Iglesia, su ardua moral y sus escandalosas verdades ultraterrenas para alcanzar una risueña alianza con todos -enemigos de la Iglesia incluidos- es el evidente designio de la publicística de Babel. Allí está, para nuestra exhortación, el célebre relato de Soloviev, que presenta al Anticristo como «el gran espiritualista, asceta y amigo de los hombres», lleno de «supremas manifestaciones de continencia, abnegación y activa disposición de ayuda», en una perversa imitatio Christi mirante a la auto-elevación del hombre. «Tal santidad aparente ha de tomarse en sentido muy estricto. No se trata aquí de una capa que "palia", sino de un hábito general que desciende y se adentra hasta el campo de la ética, que casi necesariamente ha de aparecer como una santidad real en un mundo al que ya le resulta extraño el sentido originario, óntico y cúltico de ese concepto» (J. Pieper, Über das Ende der Zeit).

  Horroriza comprobar que el papa acepta este juego que le ofrecen. Sus antecedentes en la Argentina, por lo demás, no son para nada auspiciosos. A la vez que desconcierta notar el contrapunto que le hace a esta presentación edulcorada su feliz recurrencia -siempre soslayada por los medios- a las máximas de siempre de la Iglesia. Y no podemos dejar de parar mientes en aquella hipótesis del padre Meinvielle, que ponía a un mismo papa al frente de una ventura Iglesia gnóstica de la publicidad («con obispos, sacerdotes y teólogos publicitados, y aun con un pontífice de actitudes ambiguas») y de la Iglesia del silencio, objeto ésta sí de las promesas divinas.


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miércoles, 22 de mayo de 2013

FRASES DE SANTOS


"Más vale causar escándalo que esconder la verdad"
San Gregorio Magno


No aceptamos ninguna fe nueva de las que otros nos prescriben ni tenemos la osadía de transmitir como doctrina los productos de nuestras propias reflexiones o de transformar las palabras humanas. Al igual que los Santos Padres nos instruyeron a nosotros, nosotros instruimos a aquellos que nos interrogan
(San Basilio el Grande, Ep. 140, 2 Ad Eccl. Ant.)


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martes, 21 de mayo de 2013

La Reserva Federal de EEUU – Entendiendo el Nuevo Orden Mundial - Por Augusto TorchSon


  Pocas personas en el mundo conocen que el Banco de la Reserva Federal de EEUU, es un banco privado. Este banco es el que imprime la divisa nacional y en esa función vital para la salud económica de cualquier país, esta exenta completamente de controles o auditorías estatales.

  El origen de esta superestructura financiera del Nuevo Orden Mundial, tiene lugar en la crisis bancaria de 1907 creada artificialmente por los banqueros J.P. Morgan y los Rockefeller, entre otros. En dicha oportunidad la falta de confianza en el sistema bancario llevó a los bancos regionales a retirar sus depósitos de los bancos de New York y a su vez a los ahorristas a retirar los propios de los bancos regionales. Fue entonces que el gobierno de EEUU pidió a estos banqueros ayuda para afrontar la crisis y estos prestaron los fondos necesarios a tal fin. La verdadera intención de estos banqueros masones era presionar para establecer un Banco Central para inyectar liquidez al mercado pero en manos privadas, por supuesto las suyas.

  Así en 1910 se reunieron en la Isla Jekyll (apropiado nombre por el engendro que surgió) siete de los más importantes banqueros para planear el establecimiento de este banco que sería el más poderoso del mundo y es el Banco de la Reserva Federal. Como quienes estaban en el parlamento eran reacios a aceptar la imposición del control absoluto monetario en manos privadas, estos banqueros masones y sionistas, agentes de la casa Rothschild inglesa, financiaron la llegada a la presidencia de un modesto profesor que sería el encargado de poner en práctica los planes de sus titiriteros. Este presidente fue Wodrow Wilson, probable masón de grado 28 (ver), quien entre otras perversas acciones, introdujo a EEUU en la Primera Guerra Mundial y fue el promotor (en realidad el que ponía la cara) del primer intento fuerte de gobierno global, esto es la Sociedad de las Naciones (League of Nations).


    Volviendo a esta persona encargada de esclavizar a los EEUU y en definitiva al mundo entero financieramente, lo hizo recurriendo al subterfugio consistente en convocar al Parlamento a las 1.30 de la mañana, el 22 de Diciembre de 1913, momento en que los congresistas habían viajado mayoritariamente a sus estados para pasar Navidad con sus familias. Así pudieron estos banqueros mayoritariamente judíos tomar completo control de la economía del país siguiendo el ejemplo de sus socios ingleses, la Casa Rothschild, quien con otro subterfugio se quedaron con el control de la economía inglesa en 1815, cuando Nathan Rothschild, habiéndose enterado de la derrota de Napoleón 24 horas antes, esparció el falso rumor en la Bolsa Inlgesa de la victoria de este último y todos los inversionistas empezaron a vender sus acciones que fueron adquiridas por este judío masón a un precio menor al 10% y habiendo adquirido tal poderío económico forzó al gobierno a crear un banco central a su cargo. Fue entonces cuando con todo descaro dijo: “No me importa que marioneta pongan en el trono de Inglaterra para gobernar el Imperio en el cual el sol nunca se pone. El hombre que controle el suministro de dinero controlará al Imperio Británico, Y ese hombre soy yo.”


  Es entonces quien controla la emisión de las divisas quien controla la economía, saturando de efectivo o haciendo que este escasee, según se necesidades para crear grandes crisis de acuerdo a sus estratégicos planes de dominación mundial.

  Para tener una idea de la impunidad con la que se maneja esta gente, es importante destacar que el artículo 1 sección 8 de la Constitución establece que el poder de acuñar dinero y establecer su valor corresponde exclusivamente al Congreso, con lo que vemos la ilegalidad con la que aún hoy están establecidos.

  Ante esta situación el Presidente John Fitzgerald Kennedy, se había propuesto terminar con la Reserva Federal y en un memorable discurso se refirió a las sociedades secretas (masonería) que manejan detrás del telón el poder. ((ver aquí))Así ordenó al Tesoro de los EEUU que imprimiera 4.000 millones de dólares para reemplazar los de la R.F. y limitar así el poder supranacional de estos banqueros. La consecuencia de esta acción fue el asesinato de Kennedy a manos de sicarios masones y judíos. Pusieron en su lugar al su vicepresidente y masón grado 33 Lyndon Johnson y miembro del CFR quien vetó la orden presidencial anterior y restableció su poderío y monopolio a la FED (Reserva Federal).

  Como prueba de la independencia con que se manejan y la absoluta falta de control estatal de la FED ponemos el siguiente video en inglés, (no lo encontramos subtitulado) donde el ex chairman del  la R.F., el judío sionista Alan Greenspan, se jacta de dicha autonomía. 



 Los bancos que forman la FED son propiedad de las 8 familias más poderosas del mundo que son:  los Rothschilds de Inglaterra y Alemania, Moses Seif de Italia, los hermanos Lazard de Francia, los Warburg de Alemania, Kuhn-Loeb de Alemania, Goldman-Sachs de los Estados Unidos, los Hermanos Lehman de los Estados Unidos y los Rockefeller de los Estados Unidos.


  Podemos creer erróneamente que los EEUU son los dueños del mundo, cuando en realidad lo son  quienes manejan la economía de ese país, y a través de ellos el mundo entero. No es casual que la mayoría de los propietarios de estas megaestructuras bancarias sean judíos. Teniendo en cuenta que los judíos en el mundo son aproximadamente 17 millones, sobre 7000 millones de habitantes del planeta, y sabiendo que de ellos los poderosos son una cifra ínfima; podemos atar cabos con respecto a quienes y porqué quieren dominar el mundo. 

  La Reserva Federal no es más que otra de las herramientas que tienen estos plutocratas, junto con las Naciones Unidas, OTAN, CFR, Trilateral Comission, Club de Bilderberg, y otros muchos tentáculos  para someternos a un control absoluto. A través de estas instituciones se promueve, el aborto, la homosexualidad, la promiscuidad, el desamor a la patria, el desapego a la familia, el consumo de drogas y la inseguridad, y finalmente usando su poder para manejar la economía del mundo, generar las grandes crisis que van a llevar a guerras y conflictos y al agotamiento de la población, que va a terminar aceptando perder su libertad a cambio de seguridad (ver Masonería y guerras mundiales) . En este domino global es en donde encaja perfectamente la figura del anticristo y teniendo en cuenta la situación actual del mundo, podemos deducir casi sin posibilidad a equivocarnos, que estamos al comienzo de los “dolores de parto” indicados en la Apocalipsis 12,2 en la Biblia, como los tiempos penúltimos a la Parusía de Nuestro Señor Jesucristo.


  Sin ánimo de desalentar a nadie, más con la intención dar a conocer la verdad sobre la realidad en que vivimos, llamamos a despertar al verdadero mundo que se nos oculta y poniendo nuestra confianza solo en Dios, decimos con esperanza: Adveniat RegnumTuum (VENGA A NOSOTROS TU REINO)

Augusto TorchSon


Nacionalismo Católico San Juan Bautista



lunes, 20 de mayo de 2013

LA DEMOCRACIA COMO RELIGIÓN - La frontera del mal


  Fue Aldous Huxley, en su fábula futurista “Un mundo feliz”, quien sugirió que lo que llamamos un axioma —es decir, una proposición que nos parece evidente por sí misma y que por tal la aceptamos— se pue­de crear para un individuo y para un ambiente determinados median­te la repetición, millones de veces, de una misma afirmación. Para este efecto —la génesis artificial de axiomas y de dogmas— proponía la utilización, durante el sueño, de un mecanismo repetitivo que hablase sin interrupción a nuestro subconsciente, capaz, durante horas, de re­cibir y asimilar cualquier mensaje.

  Este designio está, hoy, al cabo de medio siglo, muy cerca de la realidad, aunque sea a través de técnicas no exactamente iguales, co­mo lo ha subrayado el propio Huxley en su “Retorno al mundo feliz”.

  La realización más importante en este sentido a través de métodos de saturación mental por los mass-media ha sido, en nuestra época, el establecimiento a escala universal del dogma-axioma de la democra­cia. De esta noción —en su sentido individualista y mayoritario— se ha logrado hacer la piedra angular de la mentalidad contemporánea.

  La consolidación del dogma de la democracia y de su axiomática ha sido, por supuesto, obra de muchos años, pero es ahora cuando co­noce su vigencia universal. Ya, a fines de los años veinte, se daba por supuesto, en el lenguaje político español, que, a través de la dictadura del General Primo de Rivera, era obligado “volver a la normalidad cons­titucional (o democrática)”. Hoy se supone para el mundo todo, desde la Europa más culta hasta la selva africana, que sólo unas elecciones “libres” (de sufragio universal) pueden justificar un gobierno ortodo­xo. Cualquier otro gobierno recibirá el calificativo de “dictadura”» y se llamará a cruzadas contra él, previa su denuncia universal, como violador de los “derechos humanos”, que constituyen la apelación últi­ma que en otro tiempo se situaba en el juicio de Dios Uno y Trino. (Existen, por supuesto, determinadas tolerancias o concesiones en gra­cia a la perfección universal del cuadro: el mundo soviético o sovietizado y múltiples sultanatos árabes prescinden de toda consulta a la “opinión pública” y les basta con auto-titularse “populares o democráticos” para gozar de una suficiente inmunidad.)

  No es preciso recordar que la constelación de principios que for­man la ortodoxia democrática está muy lejos de la evidencia de los axiomas. Más aún, pienso que llegará un tiempo en el que los hom­bres se asombrarán de que la gobernación de los pueblos —y la edu­cación en su seno de los hombres— haya estado confiada al sistema de opinión y mayoría. Algunos de estos principios son del calibre epis­temológico que puede verse en las siguientes enunciaciones:
  •  El poder nace de la Voluntad General y no reconoce otro origen o título.
  •  La Voluntad General se identifica con la opinión pública en un momento dado.
  •  El voto de todos los ciudadanos tiene el mismo valor.
  •  El contenido de esa opinión se expresa en los nombres de los candidatos y de los partidos y en los slogans electorales.
  •  Los partidos y sus mass-media son los artífices de esa opinión.

   De donde, como corolario obligado: las técnicas de publicidad y de influencia subliminal (el condicionamiento de reflejos, en suma) será lo que gobierne a los pueblos.

  Sin embargo, esta serie de enormidades que constituyen la “orto­doxia pública” de la democracia ha sido admitida incluso por la Iglesia oficial de nuestros días. Así, cuando en España —o en cualquier otra democracia— sucede que troupes teatrales representan espectáculos sacrílegos o blasfematorios con subvención oficial, los prelados, en su mayoría, nada dicen, porque su intervención podría interpretarse “co­mo una coacción a la libertad de expresión ciudadana”. Y los que protestan no lo hacen en el nombre y por el honor de Dios, sino por­que “tales espectáculos ofenden a una mayoría católica del pueblo es­pañol”.  Es decir, en nombre de la Democracia y para su defensa.

  Así, también, cuando las organizaciones tituladas católicas protes­tan contra la laicización de la enseñanza oficial y contra las leyes confiscatorias (o disuasorias) de la enseñanza privada religiosa, no lo ha­cen ya en razón de que la educación en país católico debe ser católica para todos (con las excepciones debidas a los declaradamente arreligiosos o de otras religiones). Se limitan a defender unos escaños con­fesionales dentro de la gran democracia que formamos (“nuestra de­mocracia” les oímos decir); esto es, defender el derecho de los grupos católicos que lo deseen a poseer escuelas confesionales.

  Hasta tal punto ha penetrado el espíritu de la democracia liberal en la mentalidad de hoy y en su “ortodoxia pública” que el declararse no-demócrata o contrario a la democracia resuena en los oídos como en otro tiempo la apostasía expresa o la blasfemia.    Muchos católicos que rehusarían el calificativo de socialista, o de divorcista, o de abor­tista —que, incluso, luchan contra estas ideas— no ven inconveniente alguno en declararse demócratas o liberales, y militar en partidos bajo estas denominaciones.

  Sin embargo, una vez admitida la Voluntad General como fuente única de la ley y del poder —y negada toda otra instancia inmutable de religión con el más allá—, ¿qué lógica podrá oponerse a la socialización de los bienes o de la enseñanza, a la ruptura del vínculo matri­monial, a las prácticas abortistas o la eutanasia, si tales designios o supuestos derechos figuran en el programa del partido mayoritario? La democracia moderna, con su aspecto equívoco y aceptable es, en rea­lidad, la llave y la puerta para todas esas aberraciones y las que les seguirán.

  Y es que, en el campo de los males, como en el de los bienes o va­lores, existe una jerarquización que podemos establecer sin más que recurrir, por vía de negación, a las Tablas de la Ley. Así, podemos ver que la socialización de los bienes o de la enseñanza se opone al séptimo mandamiento (no hurtar) y ataca directamente a la familia, institu­ción de origen divino; el divorcio se opone a esa misma institución y, generalmente, al noveno mandamiento (no desear la mujer del próji­mo); el aborto y la eutanasia atentan contra el quinto mandamiento (no matar)...

  Pero la raíz misma de la democracia moderna se opone al primero y principal de esos mandamientos, aquel al que se reducen los demás: «amarás al Señor, tu Dios, por encima de todas las cosas». Propugnar la laicización de la sociedad (negarle un fundamento religioso) y de­rivar la ley de la sola convención humana equivale a cortar los lazos de la convivencia humana respecto de Dios, a negar la religión (o re­ligación del hombre con su Creador). Las transgresiones de aquellos otros mandamientos pueden, en casos, ser pecados de debilidad: sólo la trasgresión de éste es pecado de apostasía.

  De aquí el martirio aceptado sin vacilación por los primeros cris­tianos en la Roma imperial. Ellos disfrutaban en su tiempo de una situación de «libertad religiosa»; es decir, no eran condenados por prac­ticar su culto. Un status parecido al que otorga la democracia moder­na a las confesiones religiosas, aunque con distinto fundamento. Los romanos admitían en su politeísmo a todos los cultos y divinidades. No hubieran tenido inconveniente en admitir al Dios cristiano entre las divinidades del Capitolio y autorizar libremente el culto cristiano. Pero con la condición para los cristianos de reconocer, al menos táci­tamente, el politeísmo y de adorar al Emperador como símbolo y ga­rante de la religiosidad oficial. Y aquellos cristianos que se mostraban en lo demás como buenos ciudadanos, preferían el suplicio y las fieras del circo antes de renegar de la unicidad todopoderosa del verdadero Dios.

  Situación semejante es la de los católicos dentro de un país de Cristiandad ante la aceptación voluntaria de la democracia moderna. Con el agravante de que aquí el status de libertad no se apoya en una distinta concepción de la religión, sino en una negación de ésta, de toda religión, que pasa a considerarse como asunto privado u opinión. No es ya una religión falsa, sino un antropocentrismo o culto al Hom­bre. Hoy no hay que reconocer como dios al emperador sino a la Cons­titución. Ciertamente que en la democracia no se exige de modo tan rotundo ese reconocimiento bajo forma de adoración, y el caso se presta a interpretaciones o “arreglos de conciencia”. Pero para quien esa aceptación no sea obligada ni formularia, sino acto voluntario a través de la adhesión al sistema o a un partido, el caso es objetiva­mente más grave que para los cristianos de Roma.

  Tales reconocimientos se oponen también a las dos primeras pe­ticiones que formulamos en el Padrenuestro, la oración que el propio Cristo nos enseñó: “santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino”. El demócrata liberal las sustituye implícita (o explícitamen­te) por “eliminado sea tu Nombre; venga a nosotros la secularización, el reino del Hombre”. Y se oponen, en fin, a las dos últimas enseñan­zas que Jesucristo Nuestro Señor nos dejó en su vida mortal antes de ser conducido al suplicio: cuando ante la autoridad civil (Pilato) y ante la religiosa (Caifás) afirma la Verdad y la autoridad de origen divino.

  La democracia liberal se presenta así, bajo su verdadera luz, co­mo la frontera del mal; aquella línea de demarcación que, traspasa­da, nos sitúa fuera de “los que pertenecen a la Verdad”; es decir, en el reino de los que, por aclamación popular, obtuvieron la muerte de Cristo. El reino en que no se habla ya de verdad ni de autoridad, sino de opinión y de pueblo. En el que los creyentes en El sólo pedirán unos escaños en el seno del pluralismo laicista para vivir tranquilamente su fe sobre una apostasía inmanente.

  Pero acontece que la negación de Dios acarrea como corolario ine­vitable la negación del hombre: ¿Qué podrá construirse en la ciudad humana sobre la arena movediza de la opinión y del sufragio? ¿Qué dejará tras de sí la sociedad democrática en la que el hombre sólo se sirve a sí mismo? Eliminado de raíz el Fin Supremo y la re-ligación con El, ¿cuánto durarán los fines subordinados y una vida que no con­duzca al marasmo del hastío y de los vicios acumulados? Es ya la so­ciedad que tenemos ante nosotros, eminentemente en los países más desarrollados económicamente: la sociedad en la que sobran los medios de vida, pero falta una razón para vivir.

  La democracia liberal está consumando la ruina de nuestra civilización y, por contagio, de toda otra civilización. Porque la civilización cristiana (o clásico-cristiana) no ha sido sustituida por otra, sino por una anti­civilización o una disociación que, si pervive, es a costa de los restos difusos de aquella cultura originaria, de aquel —hoy combatidísimo— orden de las almas.

  Se evidencia así que ninguna concepción del orden político puede resultar más letal o aniquiladora para la comunidad humana que la democracia moderna o “sociedad abierta”. Postular una sociedad sin fe y sin principios, sin normas estables, neutra, carente de puntos de referencia, dependiente sólo de la opinión pública y de la utilidad del mayor número, es como abrogar la disciplina de un navío, olvidar su nimbo y el orden de las estrellas, abandonarla a la deriva. ¿A dónde se dirigirá tal navío? ¿En qué lenguaje se entende­rá su tripulación? ¿Cómo capeará las tempestades? ¿Qué justificará su misma unidad y su existencia?

  La razón es una instancia capaz de penetrar todo lo que es puramente humano e, incluso, dentro de cier­tos límites, el orden mismo del ser. La civilización occidental de origen cristiano —nuestra civilización histórica— ha sido la encargada de de­mostrar en la práctica esta capacidad de la razón. Su fe —nuestra fe— se ha predicado ya en todos los ámbitos de la tierra y ha arrai­gado, en mayor o menor grado, en las civilizaciones más dispares. Su ciencia, su técnica, sus categorías mentales y sus imágenes de compor­tamiento —básicamente racionales, anti-míticas— se han extendido a todo el mundo, penetrándolo en buena parte. Sea como cultura super­puesta, sea como injerto cultural, puede hoy decirse que una sola cul­tura —la occidental— es la cultura común del planeta.

Sin embargo, y paradójicamente, esta planetarización de una cul­tura racional sólo pudo realizarse a través de una civilización determi­nada —la occidental—, civilización que, como todas, nació de una fe —de un anclaje en la eternidad—, y se edificó sobre unas normas y unos valores morales. Y ello porque, en sentencia filosófica, operari sequitur esse, el obrar sigue al ser: no se expande una civilización sin antes ser, existir. Y si sólo en este caso ha sido posible el efecto de una difusión en cierto modo universal fue, precisamente, porque tal civilización se apoyó, originariamente en la Religión Verdadera.

  En la renuncia a esos orígenes se encuentra la raíz última de la crisis en que se debate la sociedad occidental. Crisis no circunstancial sino degenerativa, extendida en forma de rebelión generalizada, y, por vía de contagio, a otras civilizaciones, incluso a la propia naturaleza invadida y contaminada. La expresión de esa renuncia a todo anclaje sobrenatural es la democracia liberal; más aún, que renuncia, nega­ción de toda trascendencia, erección de la sociedad del Hombre y para el Hombre.

Porque esa llamada «sociedad abierta» —la de los “Derechos hu­manos”— ignora el primero y principal de los derechos del hombre, que es el de buscar la verdad y servirla, el de fundamentar en ella su vida y el perdurable rumbo de su periplo terrenal.

Rafael Gambra, Revista Roma Nº 89, Agosto 1985.


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